jueves, 30 de octubre de 2014

EL JUEZ (2014), de David Dobkin

A veces, el orgullo es una carga demasiado pesada y es difícil enfrentarse a él. Dejar un rastro por donde se pasa, una pequeña aureola de prestigio coronada por una vida honesta puede ser el sueño de muchos pero, realmente, está al alcance de muy pocos. Más aún cuando el fracaso se ha asomado demasiadas veces por la puerta y no se estuvo cuando se tenía que estar, o no se dijo la palabra justa, o, sencillamente, se miró hacia otro lado porque no había otra opción que mantuviera la honradez. No se puede volver hacia atrás y arreglar los errores. Solo se puede recordarlos y buscar una explicación.

Muchos hijos hemos tenido la impresión de que nunca hemos sido lo suficientemente buenos como para que nuestros padres, quizá las personas más importantes de nuestras vidas, estuvieran orgullosos de nosotros, de nuestra trayectoria, de nuestra forma de ser, de nuestras virtudes y también de nuestros defectos. Y todos, de alguna manera, hemos emprendido una huida hacia delante, intentando ganarnos la vida por nosotros mismos prescindiendo de ese vacío que hemos dejado atrás. Quizá hemos regresado y hemos encontrado algún atisbo. Quizá hemos pensado en la oscuridad de nuestra sala de estar y hemos hallado algún detalle escondido en la memoria que nos descubría la verdad. Quizá hemos subido hacia arriba y, cuando hemos mirado hacia abajo, nos hemos dado cuenta de que el éxito no era lo que más importaba. Porque un padre no mira hacia el éxito, mira hacia el corazón. Cuando no hay corazón, es el momento de pensar que, efectivamente, su orgullo de padre se encuentra herido de muerte.
Y cuántas veces hemos pensado en hacer una demostración de nuestra valía. Desde que éramos pequeños quisimos jugar el partido de nuestra vida delante de ellos, luego, tal vez, quisimos sacar buenas notas para que, al leerlas, tuvieran una sonrisa silenciosa al leerlas. Más tarde deseamos traer una chica a casa, una chica especial, que fuera la que él considerara suficiente para su hijo. Los nietos, esos que son tan difíciles de ver en algunas ocasiones...Nunca hay palabras para justificar que si no demostrábamos que éramos buenas personas, lo demás se derrumbaba como un castillo de naipes.
Aquí tenemos a un hijo, brillante y poco escrupuloso abogado, y a un padre, juez creyente en la justicia y en el sistema, que tienen que volver a reencontrarse porque alguien muere y alguien mata. Y todo toma forma de complicada despedida para que el corazón de quien se queda tenga la bandera a media asta en señal de homenaje y sentimiento. No importa el crimen salvo para explicar cuánto se ha querido. No importa la defensa salvo para demostrar la valía y para exhibir unas habilidades. Todo quedará reducido a una sola frase final que haga que cobren sentido los desvíos y los atajos y las arrugas descansen con la tranquilidad de haber hecho lo correcto. Lo correcto. Lo correcto. Eso que a tantos nos es tan difícil distinguir.

Para contar este drama familiar (no se dejen engañar, no hay tanto misterio en el asunto) hay dos actores de categoría como Robert Downey Jr., y Robert Duvall, presente y pasado de la interpretación que dirimen un duelo de sentimientos e intensidades que gana el segundo aunque no desmerezca en nada el trabajo del primero. La película es aceptable, digerible, entretenida, con una dirección correcta y una fotografía maravillosa de Janusz Kaminski para enmarcar esta historia de amor paterno-filial de rincones algo tortuosos. Hay personajes algo planos, algún diálogo certero, un par de momentos buenos y sobre todo, dos actores en la escena. Grandes, capaces de dar lo mejor de sí mismos, matizados, expresivos. Uno poniendo cara de no haber agotado la ida y el otro, extenuado de una vuelta demasiado penosa. Y así es como, en algún lugar del camino, la lágrima será recogida por un leve toque de orgullo a media asta. 

6 comentarios:

CARPET_WALLY dijo...

Pues sentimientos encontrados ante esta película y lo que suentas sobre ella.

Desde el punto de vista cinematográfico, vi el trailer antes de ver "Relatos salvajes", cuyo momento continúo esperando. Me pareció entonces una película bastante predecible y tópica soportada por dos grandes actores.
Veo por lo que cuentas que no me alejaba mucho de lo dicho, me pareció más entonces una película sobre padres e hijos que sobre juicios, que esto sólo era el atractivo decorado donde dirmir algún dilema moral que podía ser complejo, pero finalmente parecía decantarse por las complicadas diferencias paterno-filiales y aun más, me pareció intuir que tampoco iba a conseguir una gran enseñanaza de la probable moraleja 8 fuere cual fuere), tal vez en eso me excedí de previsor.

De lo que leo mi pre-juicio no parecía andar desencaminado en lo cinematográfico, no sé si en lo moral y ahí, en el sentido pedagógico de orientación ante la relación con el padre, o de este con el hijo, me siento más llegado por tus letras que lo que probablemente consiguiera el celuloide.

Quiere el momento que ande "disfrutando" de la guerra generacional que supone tener un hijo cuya adolescencia está en plenitud no sólamente en el plano hormonal, también una hija en parecida edad pero cuyos desvarios parecen más encarrilados. El chaval probablemente se enzarza en complicadas decisiones sobre si aceptar lo que proponen sus padres tiene más de mansedumbre y seguidismo que en propia definición de que es y como quiere ser.

Y aquí estaba cuando mi propia disquisición sobre tu escrito, se ha convertido en un dialogo conmigo mismo, que se sale de los límites de este lugar, tanto en cantidad como en intimas reflexiones que os provoque tanto aburrimiento como a mi pudor hacerlas públicas (tan infantiles sean tal vez).

Así que me vuelvo a lo que me he escrito, tal vez a concluirlo o a ampliarlo, aunque inicialmente no lo escribiera para mi. Lo que si puedo hacer es dar las gracias, a veces leer a otro, aunque no hable de uno mismo, hace que abra su mente y encuentre un camino que no veía. Tu post lo ha consguido, al menos atisbo una vereda que no sabía que existía.

Gracias y abrazos íntimos.

César Bardés dijo...

Tu comentario va por dos vertientes y me apresto a contestarlas (no te preocupes, no me olvido de "Relatos salvajes", la tendrás en cuanto pueda) aunque he de reconocer que, en esas líneas que me dedicas, llegas a hacer que la lágrima me ponga un nudo en la garganta porque el artículo haya servido, al menos de forma mínima, hacia algo que te preocupa. Bienvenido sea el artículo y aún más tales consecuencias al escribirlo.
Cinematógraficamente. La película está dirigida de forma correcta (sin alharacas), se pasa el tiempo a pesar de su duración y su mayor virtud reside en la interpretación de los dos actores principales. Aún he leído por ahí que tener a Downey y Duvall tan desaprovechados...no, no, no entendamos mal la historia. No están desaprovechados. Otra cosa es que la historia, teniendo capacidad para agarrarse con fuerza al buen cine, no sea digna de que haya dos actores de esta categoría, pero ellos hacen bien el trabajo, se lucen, tienen momentos para ello. Y sigo diciendo que Duvall gana, quizá porque me creo más su personaje o él mismo hace que me lo crea más.
Una de las virtudes de la película reside en que no pone demasiado énfasis en la resolución, más o menos esperada, del conflicto. Es natural. No existe esa gran escena que saca la lágrima (cosa que tú sí consigues y haces que me enorgullezca) y tampoco es necesaria y no lo es porque no sería creíble. Y eso es algo que me gustó de la película. El conflicto judicial es un mero pretexto y, probablemente, la mayor decepción viene porque yo creo que es lo que menos le interesa contar a Dobkin. Su mirada va dirigida a esa relación tan difícil que tienen ellos dos. A destacar, y no desvelo nada, la dolorosísima escena que tiene lugar en la sala cuando ya se ha pronunciado el veredicto. Uno se pone en lugar de Downey y llora con él.
En cuanto al moral...nadie más que tú y tu señora esposa podéis evaluar con su exacta medida lo que podáis estar viviendo y las posibles intenciones de vuestro vástago. Es absolutamente cierto que en la rebelión hacia los padres hay un continuo acto de autoafirmación que impulsa a estar siempre en el lado contrario solo para demostrarse a sí mismo y espetar en la cara de sus progenitores que no es una más en la multitud y que no se va a dejar influenciar por lo que podáis decir o hacer. Y eso es algo que no hay que dejar de tener en cuenta aunque me imagino que ya lo haces.
Creo, y tal vez también hayas atisbado mucho en esa lectura que has hecho del artículo, que tenía en mente a mi padre cuando escribí el artículo. Mi relación con él siempre fue muy buena, fue mi guía, mi referencia y mi modelo. Sin embargo, qué curioso, nunca me dijo que estaba orgulloso de mí en ninguno de los aspectos que vivimos juntos. Aunque yo sé que lo estaba porque le conocía bien. Ello no quita para que alguna vez yo lo necesitara.
Sé que lo estaba porque vino a mis partidos aunque su juicio era silencioso. Sé que lo estaba porque leía algo de lo que yo escribía pero la cosa no pasaba de una rápida lectura que no traía juicio alguno. Sé que lo estaba porque vino a mi licenciatura militar y a mi imposición de medalla aunque jamás dijo algo parecido a "bien hecho". Sé que lo estaba porque su media sonrisa le delató cuando traje el título universitario a casa. Sé que lo estaba porque, ya con Alzheimer, se sorprendía como un niño cada vez que descubría que yo había conseguido publicar un libro. Sé que lo estaba cuando miraba a su nieto y veía en él rasgos que supo ver en mí. Pero jamás dijo que yo era el mejor, que yo había hecho algo extraordinario, que yo había...Y siempre me ha quedado ese resquemor. Por eso, he entendido al personaje de Downey y sus intentos denodados por ser mejor persona y hacerse merecedor de una mirada de su padre.
Gracias a ti, Carpet. Ha sido impresionante.
Abrazos sinceros.

CARPET_WALLY dijo...

Si, muchas gracias de nuevo. Efectivamente tenía claro en el artículo tu relación con tu padre y el sentirse orgulloso. Tu te sientes orgulloso de él, es algo que se aprecía no sólo aquí sino prueba que has ido dando en todo el largo tiempo que navegamos juntos, o al menos cerca, por este mar de mares infinito.

Y el tema del orgullo me ha llevado a mi hijo, si. Pero en forma de duda, porque no tengo claro si mis intenciones de buen guía e incluso las de mi mujer, sean tan buenas como pretendo sentir. Porque en el fondo quiero construir una buena persona (ella también), pero el problema radica ahí, en que intento hacerlo yo y quizá no debiera ser así, quizá sólo bastase que le diera los materiales y que fuera él mismo quien construyera el edificio.

Cuando uno es muy niño es lógico llevarle de la mano, pero este gesto, amoroso, tierno, inevitable se va convirtiendo según crecen en incomodo, fugaz e incluso llegado el momento inoportuno. ¿Has dejado de amar por no darles la mano? No, claro que no, y eso es muy fácil de entender. ¿Cuando se debe de dejar de dar la mano no física? Los hijos pueden contar con ella si la necesitan, pero ¿aceptamos que ya no quieran darnosla?.

Y en cuanto al orgullo...¿Busco sentirme orgulloso por que sea una buena persona? ¿por él o por que así me sentiré orgulloso de mi mismo?.

Las veleidades adolescentes de mi hijo no son graves, no más que las que provocan algún enfado a destiempo, alguna discusión enconada, alguna desilusión escolar innecesaria, alguna esperanza frustrada...Al menos eso es lo visible. pero ya es suficiente como para sembrar los miedos. ¿Dejaremos los padres de tener miedo alguna vez?

La relación con mi padre nunca fue como la tuya. Yo no sentí ese orgulo qe comentas en los momentos que comentas, ni en otros, al reves, me sentí en muchos momentos muy frutrado por que no parecía apreciar aquello que a mi me enorgullecía.
Yo no lo vi, si lo sintió no se delató salvo al final, cuando ya estaba muy herido...Fue entopnces cuando, dicen que sucede a veces, cambiamos nuestros papeles. Él buscaba mi aprobación, se afanaba en mostrarme comomovía el brazo que parecía que decían el tumor había invalidado, buscaba conversaciones conmigo de asuntos diversos cuando nuestra comunicación había sido bastante escasa...¿Y yo? Yo me mostraba seguro de mi mismo, comprensivo, cariñoso, adulador...él era el niño y yo el padre. Una falsa realidad de la que quiero pensar que disfrutamos felizmente aunque fuera sólo unos pocos meses.

En fin, el orgullo, el de ser padre, el de ser hijo. Tu padre hacía bien en sentirse orgulloso, por ti y por lo que él contribuyó a generar...

Yo ya me siento orgullos de sentirme amigo tuyo, vuestro...que el maño no dice nada, pero sé que mira.

Abrazos agradecidos

César Bardés dijo...

Yo no puedo aconsejarte con propiedad. Mi hijo solo está en edad preadolescente y ya tiene ramalazos del asunto pero, de momento, aún lo llevamos bien. Solo te puedo aconsejar desde el punto de vista de profesor de gente que estaba en esa edad. Creo que lo que dices es muy importante.
Es maravilloso que alguien diga así, como yo también lo he hecho, que lo que más importa es que su hijo sea una buena persona. Por encima de éxitos personales, notas, calificaciones, honores o medallas. Y eso te honra como padre. Te aseguro que no todos piensan igual.
Por otro lado, creo que es clave lo que dices. Él tiene que construir el edificio, sí. Tú solo dale pistas, algo que le motive para seguir esa pista, como si fuese un misterio sin resolver. El resultado es mucho más efectivo, entre otras cosas, porque durante el tiempo en el que dure el pavo, tendrá la impresión que ha sido él el que se ha hecho a sí mismo...más tarde uno se da cuenta de que no es así, que lo único que hizo fue seguir esas pistas que el auténtico culpable de la verdadera madurez ha ido dejando.
La mano...esa mano que yo ya no tengo. Ha habido muchas veces que hemos tenido la discusión enconada y él simplemente ha hecho las paces dándome la mano como diciéndome con un gesto que me quería y que intentase comprenderle. La última vez fue el año pasado, una mañana, camino del colegio. Desde entonces, la echo mucho de menos. No la tendré nunca más pero ha sido un gesto fundamental en la relación con él. Son ellos los que deciden cuándo dejar de darla. Incluso la no física. Hay que notarlo, nunca se va a decir con estas palabras: "Papá, ya no quiero que me eches una mano". Ahora estoy experimentando como en sus tareas escolares, ya no quiere mi ayuda. Tengo que dejarle, aunque aún tengo mi sensación de intranquilidad, pensando en que, tal vez, estará equivocado, que a lo mejor, no lo hace tan bien como bajo mi supervisión...Pero hay que hacerlo. Y hay que aceptarlo porque tenemos que dejar que se construya ese pedazo de tío que nos va a asombrar dentro de unos años. Es así de sencillo. Otro tipo de orgullo se abre paso por mucho que siempre veamos al niño ilusionado, con ojos muy abiertos y con la imaginación al cien por cien suplicando por nuestra complicidad.
En cuanto a sentirse orgulloso porque sea buena persona...Creo que la parte de orgullo que nos corresponde en cuanto a eso es muy pequeña porque el orgullo no radica en una cosa ni otra. Está en sentirnos orgulloso porque él, por sí mismo, ha sabido elegir una serie de valores que pueden cambiar las cosas, aunque sea en una proporción ínfima. Aunque nosotros hayamos dado pistas, él ha encontrado la razón. Ese es el orgullo, pírrico, que nos toca.
La respuesta a si los padres dejaremos de tener miedo alguna vez, creo, sinceramente, que la respuesta es no. Siempre estaremos con el alma en vilo pensando en que se pueden equivocar, que pueden no hacer las cosas igual que las hicimos nosotros aunque estuvieran bien, que las influencias funcionan y apabullan, que las dificultades económicos van a condicionarlo todo...Claro que no...pero también, te seré sincero, Carpet, no quiero dejar de tenerlo.
El orgullo de ser padre, de ser hijo. ¿Sabes lo peor? Que no estoy nada seguro de que mi hijo esté orgulloso de su padre y tampoco de que mi padre estuviera tan orgulloso de mí, lo cual me lleva a pensar que, inevitablemente, llevo una carga de fracaso vital que nadie me va a poder quitar.
Desde luego que es un orgullo teneros. De eso no puede presumir nadie.
Abrazos emocionados.

dexter zgz dijo...

Hay que reconocer que el trailer es malo de narices. No se sabe si estás ante una comedia chorras o ante un drama serio. Es de esos que los ves y dices "uy, esta no". Y mira que Robert Duvall justifica el precio de una entrada.

Os miro, os miro y embelesado me quedo de vuestras conversaciones. Yo no he sido padre pero sigo siendo hijo y es muy emocionante todo lo que decís. Leyéndoos me he acordado de la canción del maestro Serrat "Los locos bajitos" que como todas las canciones del nano llevan dentro un trocito de vida. Y entiendo vuestros temores al intentar impedir que sufran o que un día os digan adiós. Leyéndoos también me han invadido las mismas sensaciones que cuando vi este mismo año "Nebraska", yo diría sin despeinarme casi que la mejor peli de lo que llevamos de 2014. No sé si Carpet la has pillado en el plus ya pero de verdad que merece la pena.

Sospecho que tendrán que pasar años para ver si ese edificio y sus cimientos son sólidos. Eso se ve muy bien en la peli de Payne. No me digáis exagerado pero después de esa peli me he replanteado mucho mi relación con mi padre. Y creo que no hay mejor premio de lotería que sentarte con tu viejo a tomar unas cañas y decirle con la mirada que le quieres y que estás orgulloso de él. Parafraseando el título de otra buena peli de esta temporada, sobran las palabras.

Abrazos filiales

César Bardés dijo...

El trailer es que no tiene mucho de dónde sacar porque se esfuerza en venderlo como un "thriller" judicial y eso no es así. La mayor parte del metraje va dirigido hacia el conflicto padre-hijo y, claro, se les va el anuncio en catas.
Me uno a la recomendación de Dex sobre "Nebraska". No ayuda en cuanto a la adolescencia pero sí en cuanto a pillar una relación padre-hijo, desde luego. Vela, Carpet.
Yo también espero que mi hijo me diga que está orgulloso de mi. Aún no tiene la madurez suficiente como para hacerlo aunque también sé que lo está. Esa sensación se le va a diluir en breve y es una auténtica putada para mí pero intento retenerla entre mis manos como la arena que se me escapa entre ellas.
Abrazos paternos.