viernes, 18 de septiembre de 2015

ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO (1979), de Ridley Scott

Un espacio cerrado donde los mismos cables de la enorme nave espacial parecen los tentáculos en reposo de una bestia insaciable de sangre. Siete personajes que actúan por impulsos humanos…menos uno. Una expedición equivocada en un planeta que es hostil y que, desde lejos, está diciendo que es mejor no posarse allí. Unos huevos que parecen incubar criaturas sacadas del mismo infierno. Poco a poco, cada tripulante del Nostromo caerá en las garras del monstruo de doble boca y organismo perfecto. Porque se ha dejado entrar el mal en las entrañas. Porque el hombre, como especie débil, tiene que desaparecer.
El espacio, vacío e inerte, enorme en su inmensidad, silencioso en su lenguaje misterioso que lo mismo encierra a la belleza que a la maldad más inimaginable. Los pasillos estrechos de esa nave que más parece un castillo flotante en un inmenso decorado plagado de estrellas. La respiración agitada porque la criatura es más inteligente de lo que se podría esperar de algo que parece un animal. El gato, verdadero octavo pasajero. El sintético, que trata de preservar una misión para la división de armamento de la compañía porque, tal vez, no posee ninguna consideración humana. Las unidades de calor con su saliva humeante abriéndose paso por un laberinto de corredores que no llevan a ninguna parte salvo a la destrucción total. Hay que acabar con el bicho pero es demasiado feroz como para que la solución pase por el pensamiento. Él también se mueve, también planea, también conspira. Y lo hace mejor que el ser humano. Porque está preparado para matar.

Ridley Scott abrió el cielo hacia el terror con una mirada seria y repleta de agobio, única y genial, a través de una película que puso en juego el antiguo juego del gato y del ratón que hizo que algunos críticos de la época dijeran que estábamos ante el nuevo Stanley Kubrick. Lo cierto es que aquí derrochó talento porque no cedió a la comercialidad imperante en el momento, muy influenciada por la fiebre de La guerra de las galaxias, de George Lucas, y creó una historia agobiante, claustrofóbica y creíble sobre uno de los mayores enemigos que el hombre podría encontrar en el espacio. Luego ya vinieron secuelas variadas que se adaptaron a los tiempos y que bajaron la calidad a la mera anécdota pero ninguna como la original, la primera, la que nos puso el vello de punta y la tensión en los huesos. Y también nos quedamos prendados, por primera vez, de la Suboficial Ripley y de Sigourney Weaver, toda una desconocida que ponía ímpetu y ganas a un personaje que podría haber pasado desapercibido en manos de cualquier otra actriz. Y ahora, permítanme. Voy a comer algo porque siento que en el estómago se me remueve algo extraño y no es precisamente comida. Tengo algo de acidez, eso sí. Será una cuestión de sangre.

4 comentarios:

Raúl dijo...

película a recordar y revisitar, que magnífico viaje de terror espacial, que túneles más largos y claustrofóbicos en la Nostromo, la bella y la bestia en otros confines cósmicos, la criatura creada por Giger, canina, repugnante y poderosa, y como no la teniente Ripley, que escena la final, eso sí está erotismo y no la Hathaway de Interstellar. abrazos. César

César Bardés dijo...

"Alien" ya se ha convertido en un clásico del cine de, yo diría, terror más que de ciencia-ficción aunque visite los dos géneros con maestría. Hay que reconocer que el trabajo de Moebius como director artístico con esos pasillos que nombras fue fantástico, así como la criatura diseñada por Giger (ayudado por Rambaldi). Lo de la Weaver es que se nos hace irremediablemente atractiva a pesar de que sea una mujer con rasgos andróginos lo cual la hace aún más interesante.
Abrazos y gracias.

Suso Susillo dijo...

Buenas,

¿Que se puede decir más de esta maravilla? Por mucho que dijese de ella, creo que siempre tendría la sensación de haberme quedado corto. Amante del cine de género, acá una combinación perfecto de mis dos géneros favoritos, aunque estemos claramente ante una película de terror, donde el castillo adquiere la forma de una nave especial y el fantasma de turno les sale un tanto viscoso y algo más despiadado que de costumbre.

Saludos.

César Bardés dijo...

No hay nada que añadir a lo que comentas. Tienes toda la razón en tu visión del castillo gótico convertido en nave espacial, sobre el fantasma (o la bestia) que se introduce en la fortaleza que, al fin y a la postre, acaba siendo una ratonera y sobre todo una película de terror mítica que aún sigue conservando toda la fuerza del año en la que se estrenó.
Un saludo.