martes, 1 de septiembre de 2015

PRIMAVERA TARDÍA (1949), de Yasujiro Ozu

El arpa de hierba toca su melodía con delicadeza porque, al fin y al cabo, el viento tiene manos de mujer. La quietud del aire trae consigo la paz del espíritu y ella, Noriko, la mujer que, cuando sonríe, ilumina el universo, no quiere romper ese estado de ánimo. Quiere vivir la vida tal y como es, sin ataduras, sin más obligaciones que coquetear con quien le place, cuidar de su padre, ver a sus amigas, ser espectadora de un tiempo que la abandona con urgencia. La primavera llega tarde este año, Noriko. No dejes pasar el último tren para una última aventura.
El sake llena de sabor todo el paladar para dar una idea de la fuerza de la misma felicidad. “La felicidad hay que merecerla”, le dice el padre de Noriko a su hija. Y es así. Hay que trabajar por ella porque si no, se aburre y se va, en busca de un viento favorable, de una paz duradera, de un lugar donde todo encaja y nada hay que forzar. Noriko no quiere casarse, no quiere esa felicidad. Le basta con su padre, con la tranquilidad que siempre emana de él porque es un hombre que, en todo momento, sabe lo que está haciendo. Y lo hace sin vehemencias y sin importancias. Solo porque tiene la necesidad de hacerlo. Y hombres como ese ya no quedan demasiados. Tal vez, por eso, Noriko no quiere abandonarlo. Ella es una roca y lo será para el hombre que tenga la fortuna de dar con ella y quiere serlo para su padre. Y solo una mentira podrá darle una idea de la necesidad de que viva su propia vida. La vida de Noriko. Una vida que, todos y cada uno de los espectadores, saben que será feliz porque ella irradia la cualidad de atraer lo mejor de cada uno.

Noriko, Noriko, Noriko. Tres veces dijo tu nombre el gran director Yasujiro Ozu. Tal vez para dar lecciones sobre cómo vivir y sobre cómo comportarse. Ésta, Principios de verano y Cuentos de Tokio fueron los poemas donde se escribieron las estrofas de una mujer que Ozu sabía que existía pero que él mismo no quiso buscar salvo en sus películas. Quizá porque supo desde el primer instante que la ausencia de una Noriko en su vida sería como quitar la cáscara a la manzana, o, tal vez, quitar al mar su propia orilla. Y, en ocasiones, se prefiere la seguridad a la búsqueda incansable de un futuro que se abre a cada momento cuando la belleza, la luz, la ilusión, la verdad y el ansia de vivir están presentes ahí mismo, en los umbrales donde hay que quitarse los zapatos, en los pasteles de una charla intrascendente con una vieja amiga, en el momento eterno de estar en una playa con dos bicicletas y dejando vagar al espíritu que siempre pide libertad. Y ahí, sentados de rodillas, como un invitado más, Yasujiro Ozu nos invita a una última copa de sake para decirnos bien a las claras que tenemos corazón, que poseemos alma, que somos algo más que pedazos de carne con ambiciones, que el amor es todo lo que nos debería mover y que eso lo olvidamos, en muchas ocasiones, cuando decidimos buscar el refugio más seguro, se llame como se llame. Incluso aunque su nombre sea hogar.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Ozu, vaya comienzo de temporada, quillo.

Yo ya alguna vez ya hablé en otro lugar del cine de Ozu, una de mis grandes debilidades ya te lo digo. No era a propósito de esta película, pero, qué más da. Todo el cine de Ozu admite el mismo comentario. No sin cierto pudor, me atrevo a reproducir aquí alguna de esas palabras:

Sentarse a ver una película de Yasuhiro Ozu es como sentarse a contemplar el mar en un día en calma. Ambas experiencias te acaban dejando la misma sensación de paz y de sosiego. Ozu concibe a sus personajes como pequeñas olas en el inmenso mar del tiempo. La ola, uno de los símbolos por excelencia de la cultura japonesa, muere al besar la playa pero deja en la arena una huella que solo borrará la llegada de otra ola. Con el hombre pasa igual, unos nacen, otros mueren, la marea nunca cesa porque los que se van han de dejar su sitio a los que llegan, es la ley de la vida; la única diferencia es que la huella que dejan los que se van no se borra en el corazón de quienes se quedan.

Los no iniciados en el universo Ozu cuentan al menos con la referencia de su gran obra maestra, la excelsa “Cuentos de Tokio”, para conocer los pilares argumentales de su obra. La familia y las diferentes relaciones entre sus miembros, el paso del tiempo , la muerte, constantes que se repiten una y otra vez en las películas del maestro nipón hasta convertirlas casi en variantes de una misma sinfonía.

A través de sus pequeñas estampas familiares, Ozu es también el cineasta que mejor acierta a retratar a la sociedad japonesa de posguerra Siempre de puertas para adentro- en su obra los interiores ganan a los exteriores por abrumadora mayoría- el director nos habla como nadie de la transición que lleva a esa sociedad anclada en la tradición a convertirse en una potencia económica mundial, sin renunciar además a esa tradición. Para ello, Ozu pone el acento en la confrontación entre lo moderno, representado en el empuje con el que afronta la vida la nueva generación, niños y jóvenes, y lo viejo, que se materializa en la perspectiva más serena de sus mayores.

Es la vida la que pasa ante nuestros ojos, fluida, serena. Ozu sólo tiene que poner la cámara a nuestro alcance para que seamos testigos de ella. Y nadie como él ha sabido plasmar en pantalla la serena belleza de las cosas. Con un estilo mínimo, invisible, unos encuadres perfectos, una fotografía en tonos suaves y delicados para transmitir esa serenidad. Contando siempre lo mismo, pero nunca igual. Porque la vida renace y se renueva día a día, y el oleaje nunca cesa.

Abrazos serenos

César Bardés dijo...

La gente no sabe lo que se pierde con este blog. Por el mismo precio y en la misma visita uno se lleva una película y un monográfico sensitivo sobre el director. Y, la verdad, Dex, no tengo mucho que añadir a lo que dices. Creo que reflejas a la perfección el ritmo y la cadencia de un director que, curiosamente, tenía fama de dictatorial como el propio Ozu. Tu artículo y su estilo son serenos. No hay sitio para la crispación (tan propia de Kurosawa, por ejemplo). Y las olas, como bien dices, no dejan de llegar.
No tengas tanto pudor. Lo que escribes sobre Ozu está por encima de muchas otras tonterías que he leído por ahí. La primavera nunca llega tarde.
Abrazos con sake.