miércoles, 11 de abril de 2018

PELHAM 1, 2, 3 (1974), de Joseph Sargent

El secuestro de un vagón de metro. Impensable. Increíble. Inaudito. Se desenganchan del convoy y piden un rescate. Hay que correr porque son unos tipos bastante inflexibles que tratan  de tener en jaque a toda la ciudad. El alcalde paga porque no tiene más remedio. Los túneles son la noche urbana y es difícil saber lo que van a hacer. Nunca hubieran entrado si no tuvieran una idea para salir. No hay nada como poner un poco de pánico en las vías para distraer la atención. Vamos, Pelham 1,2,3. ¿Dónde estás?
El teniente de la policía de transportes Zachary Garber trata de penetrar en la mente del señor Blue, un hombre frío que no presenta ningún problema a la hora de asesinar a alguien con tal de conseguir sus objetivos. Esto no es terrorismo, es terror delincuente, es un simple rescate a cambio de unas cuantas vidas. Ellos no pueden escapar. Los captores, tampoco. Y el ritmo de las ruedas es imparable. El metro, con su universo de olores y comportamientos, apenas puede creer qué es lo que está pasando en uno de sus túneles. No es un buen sitio como para ponerse nervioso. Disparar a lo loco puede traer más de un disgusto y ya hay alguna víctima que otra. ¿Cuándo actuará el policía que está dentro del vagón? ¿Hay un policía? Sí…pero ¿qué puede hacer?
El mercado de mercenarios se agotó en los países tercermundistas, el despido injusto por trapicheo de drogas en las estaciones puede ser un buen móvil, la huida de ambientes mafiosos no es fácil de ejecutar, sobre todo porque hay determinadas actitudes que parecen nacidas en el mismo centro de los barrios más conflictivos. Nueva York se estremece ante el secuestro y lo único que hay que hacer es adelantarse al próximo movimiento de estos tipos. Algo que se antoja tremendamente difícil cuando no han cometido ningún error. Salud. Cuídese el resfriado.

Un ritmo endiabladamente demoledor en una película que resulta mucho más efectiva que la versión que realizó hace pocos años el desaparecido Tony Scott. Con interpretaciones excepcionales de Walter Matthau, Martin Balsam, Robert Shaw y Héctor Elizondo, parece que viajamos en ese sucio vagón que atraviesa la ciudad de parte a parte y resulta retenido por un audaz secuestro que nadie se explica. Nueva York es la ciudad de los imposibles y aquí puede pasar de todo. Incluso que un metro salga desbocado en velocidad sin conductor, o que el billete incluya un rapto entre estación y estación. Es el momento de actuar con rapidez. La misma ciudad es capaz de engullir todo lo que le pase y esto es algo que no pasa todos los días. Salud. Cuídese ese resfriado. Deténgase Pelham 1,2,3. La próxima parada es Plaza Acción.

2 comentarios:

CARPET_WALLY dijo...

Verdaderamente esta versión es mucho, pero mucho mejor que la moderna de Tony Scott, lo que quiere decir que no es la acción la que impone el ritmo, sino que es el ritmo el que marca la acción.

Ni Denzel, ni Travolta pueden con Mathau, con Shaw o con Balsam, pero el problema no es sólo de actores sino de la tensión. En el 74, pero aun ahora mismo (la vi hace pocos días) no era necesaria mucha palabrería, tiros o artificios para inculcar la angustia de un secuestro, bastaba con un primer plano de un rostro sudando para que entendieramos la angustia del personaje (secuestrado o secuestrador), ahora toda la esencia se traslada a los actores principales que entablan una partida de ajedrez dialéctica (hasta que llega la hora de los tiros), el resto delos personajes son planos, salvo un par de secundarios, el político que busca obtener un beneficio, el policía que va de sobrado, el secuestrador que es colaborador necesario...

Yo leí la novela antes de ver la película y esta versión es mucho más cercana al original que lo que hizo Scott de largo.

A destacar el nombre de los secuestradores, los señores Green, Brown, Grey y Blue. seguro que a Tarantino le suenan de algo.

Abrazos acatarrados

César Bardés dijo...

Yo creo que esta película ya es un clásico. Quizá no demasiado conocido porque, precisamente, la sombra "moderna" de la versión de Tony Scott ha hecho que ésta película desapareciese un poco, cuando, en realidad, como bien dices, es mucho, mucho mejor. El ritmo de la película es endiablado incluso en los momentos en los que no hay acción porque el ambiente y la angustia es algo que se palpa en la película, y se palpa en todo momento.
En la moderna, nadie se puede creer que sea un simple regulador del tráfico metropolitano el que se haga cargo de negociar con los secuestradores, por mucho que Travolta se empeñe en que sea él porque (alucina) ve algún punto de contacto. La versión de Sargent es mucho más realista (a pesar del tiempo transcurrido) y, desde luego, mucho más cercana a la novela original que yo también llegue a leer en un préstamo.
No me cabe ninguna duda de que la idea de Tarantino de nombrar a sus perros encerrados con colores puede partir, perfectamente, de esta película.
Y qué decir de los actores. Washington tiene todos mis respetos, pero no está demasiado acertado aquí. Travolta, sencillamente, se dedica a dar su recital histrión que tampoco viene demasiado a cuento. Admirablemente contenidos están tanto Matthau y Shaw. El primero porque, sí, es policía, pero no deja de ser un hombre bastante normal y con cierta inteligencia. El segundo porque, en el fondo, le cae simpático Garber-Matthau pero muestra la frialdad propia de alguien a quien se le atribuye un pasado que cuadra perfectamente con su carácter. Para mí, sencillamente, es que no hay color, prácticamente, en ningún aspecto.
Abrazos con semáforos en verde.