martes, 27 de octubre de 2015

MAUREEN O´HARA: EL CIELO ERA DE COLOR ROJO

Fogosa, impetuosa, indomable, irlandesa…así era Maureen O´Hara. Una actriz sólida que mantenía un punto de vulnerabilidad incluso cuando la mirada se le endurecía. El orgullo de los personajes que interpretaba era el santo y seña de su actuación. Mujeres rocosas, fuertes, irremediablemente bellas pero, también y sin que eso esté reñido, abrumadoramente temperamentales. Suyo es uno de los besos más famosos de la historia del cine, suyas son algunas de las lágrimas más sentidas que se han derramado en las salas de todo el mundo. Con su pelo color rojo, hizo sentir a todo el público que el cielo era de ese color y que todos querían perderse en ese sueño de suavidad indómito.
Muchos creen que el auténtico descubridor de Maureen O´Hara fue John Ford pero eso no es así. Fue el actor Charles Laughton quien quedó prendado de ella después de ver una prueba de pantalla para la película La posada de Jamaica, de Alfred Hitchcock. Laughton quedó tan impresionado de su fuerza, de su belleza con un punto salvaje y de su soltura en escena que le ofreció un contrato para hacer su siguiente película juntos en Estados Unidos y así Maureen O´Hara se convirtió en la auténtica gitana Esmeralda, objeto del amor de Quasimodo en Esmeralda, la zíngara, de William Dieterle. La película, muy visual, aún no había descubierto el color del pelo de O´Hara pero contenía una fuerza excepcional que Laughton aprovechó en su papel del jorobado de Notre Dame.
Probablemente, a raíz de ese papel es cuando John Ford posó sus ojos en ella y le ofreció el papel de Angharad en ¡Qué verde era mi valle!, un auténtico poema lírico sobre el trabajo y el devenir de una familia irlandesa de la cuenca minera británica. Bellísima y etérea, casi inalcanzable, O´Hara da una lección en una película que ya es leyenda destacando una discreción maravillosa que no hace sino inundar ese hogar de mineros tiznados de carbón.
Su perfil de mujer orgullosa e invencible se afianza con Diez héroes de West Point, de Henry Hathaway, sobre los inicios de la academia militar estadounidense. Se empareja con Tyrone Power en el clásico de aventuras de Henry King El cisne negro y también lo hace con Henry Fonda en esa onírica aventura bélica que es la extraña El sargento inmortal, de John M. Stahl.
De ahí vuelve a trabajar con Charles Laughton en la que es una de las mejores películas de su carrera. Esta tierra es mía, de Jean Renoir la descubre como una mujer dispuesta a luchar por la libertad, puntal necesario para cualquier héroe, inspiración en cada uno de los actos que convierten la naturalidad en una hazaña. La libertad y el humanismo toman una enorme dimensión bajo los personajes de Laughton y de ella misma para formar a futuros demócratas que, de verdad, quieran respetar esos derechos humanos que tanto nos gusta faltar. Una interpretación que queda tiernamente refugiada en la memoria de cualquiera que realmente crea que el cine sirve para algo.
Se pierde un poco en producciones que la recluyen como la chica del aventurero de turno hasta que topa con la comedia Niñera moderna, de Walter Lang concebida a mayor gloria de ese grandísimo actor que fue Clifton Webb. Maureen O´Hara está relegada a un papel secundario pero fundamental como la madre de esos niños que asisten atónitos a la maestría de Míster Belvedere como niñera, capaz de imponer una disciplina en un hogar ingobernable. Una comedia divertida a la que ella contribuye con convicción.
Una de sus interpretaciones más dramáticas y menos reconocidas es la que realiza para Nicholas Ray en Un secreto de mujer como una mujer acusada de un intento de asesinato. John Ford vuelve a confiar en ella para dar vida a la mujer del Coronel Yorke en Río Grande y, por supuesto, no duda en darle el que, posiblemente, sea el papel de su vida. La Mary Kate Danaher de El hombre tranquilo..
Su retrato de la mujer irlandesa que quiere demostrar a toda costa que se ha casado con un hombre con sangre en las venas no solo es parte de la historia del cine sino que también lo es de nuestros corazones. Su beso en el viento, su despecho irritante, su adorable feminidad, su fuerte determinación que se esfuma cuando los puños salen a relucir…todo en ella hace que sea la mujer fordiana por excelencia, a la que todos acudimos cuando queremos relacionar en la misma frase a John Ford con el sexo femenino. Experta en tocar las narices hasta límites insospechados, Mary Kate Danaher fue la pelirroja con todas sus consecuencias, la fortaleza hecha Irlanda, el pasto verde para el ganado hambriento y la dueña de Blanca mañana. Solo por eso, Maureen O´Hara hubiera merecido todos los Oscars del mundo.
Vuelve a trabajar para John Ford en Cuna de héroes, una conmovedora película sobre el Sargento O´Donnell uno de los instructores de la Academia de West Point. Su emparejamiento más que afortunado con Tyrone Power hace que este sea uno de los papeles más tiernos que haya interpretado nunca, siempre al lado de su marido, siempre cuidando de los chicos que, en realidad, han sido muchos hijos al ritmo del paso de instrucción. Otro poema del tuerto genial que, quizá, no ha tenido tampoco el reconocimiento que merece.
Con Ford sigue cosechando sus mejores papeles y revalida esa afirmación con Escrito bajo el sol, biografía del aviador y guionista Frank Wead y que confirma la destreza de Maureen O´Hara en el papel de abnegada esposa que sufre, se enfada, vuelve, retiene y abraza al hombre de su vida. Cambia de registro totalmente y se interna en esa parodia algo seria del cine de espías que es Nuestro hombre en La Habana, de Carol Reed, como la secretaria de Alec Guinness, el espía que nunca fue y que, sin embargo, toma determinaciones propias de la profesión. Encantadoramente madura, Maureen O´Hara parece presagiar el cambio que se avecina en el cine produciendo a Sam Peckinpah en la que sería su primera película, Compañeros mortales, un título de aprendizaje para el gran director pero que pone en juego a una Maureen O´Hara inusualmente sensual y objeto de deseo para una pandilla de cuatreros de baja estofa.
Con la madurez ya marcada en el rostro deambula por producciones de interés discutible durante los años sesenta aunque con algún éxito como la comedia Disney Tú a Boston y yo a California hasta que decide emparejarse por última vez con John Wayne en el aceptable western de George Sherman El gran Jack, en un papel decididamente recio de mujer que no se doblega ante nada pero que se queda en poco menos que episódico. Anuncia su retirada del cine y solo lo rompe para aparecer, veinte años después, en la comedia intrascendente a mayor gloria de John Candy Yo, tú y mamá, de Chris Columbus. Y aún mantenía ese brillo excepcional en su mirada, esa certeza que da el hecho de que cuando ponía los ojos en ti, no había nada más en el mundo.

En 2014 fue galardonada con un Oscar especial en reconocimiento a toda su carrera. Y es que, tal vez, Maureen O´Hara (mujer polifacética que practicó el atletismo hasta tal punto que no admitía dobles en las escenas de riesgo, tenía una voz de soprano más que notable e hizo campaña por varios presidentes republicanos) fue más una presencia que una actriz y el tiempo, ese enemigo al que no se puede vencer nunca, nos ha privado de su presencia. Nos queda la actriz. Y ese cielo que, en cada una de sus películas, no deja de ser rojo intenso, rojo sangre, rojo pasión, rojo sueño.

2 comentarios:

Raúl Gallego dijo...

Gran recordatorio de la carrera de una de las clásicas. Belleza irlandesa de carácter que acompañó y dio la fuerza necesaria a tipos como John Wayne, Errol Flynn, Tyrone Power, George Sanders, Charles Laughton... inolvidables sus papeles como el de Esta tierra es mía, como no se iba a enamorar el maestro Laughton de esa pelirroja. Un abrazo.

César Bardés dijo...

Sinceramente creo que la historia no le ha hecho justicia a pesar del Oscar especial que se le concedió este año. Era muy buena actriz y además una señora de los pies a cabeza. Tienes razón al apuntar que dio la fuerza necesaria a todos esos actores y a muchos más porque apuntaló sus interpretaciones con su trabajo. Fue gran amiga de los Laughton e, incluso, se atrevió a corregir a Elsa Lanchester cuando dijo que no tuvieron hijos porque Laughton era homosexual. Puede que sí o puede que no, eso no importa. Lo importante es que nos queda una actriz que ya entró en la eternidad en medio de un campo verde rogando para que su marido entrase en combate.
Un abrazo.