martes, 13 de octubre de 2015

SEIS DESTINOS (1942), de Julien Duvivier

Impecablemente cortado, sí señor. Así es cómo luzco. Mis solapas son perfectas, estoy hecho a la medida de mi dueño, un actorcillo que parece que se deja llevar más por las pasiones que por su oficio y que se equivoca, como es habitual entre los actores de éxito rápido y talento escaso, con la elección de la mujer que ama. Más que nada porque es una mujer casada, bellísima, espectacular, sensual…pero casada. Y con un tipo que tiene su aquél porque le gusta acariciar sus fusiles de caza, porque tiene una mirada aviesa que me cala aunque vaya dirigida a mi dueño. Ahora, se va a llevar un buen chasco. Y es que mi amo va a escoger precisamente el día de mi estreno, el día de su estreno, para hacer la actuación de su vida. Ambos vamos a salir heridos. Pero tendremos una ventaja. Vamos a salir con la verdad y eso, hoy en día no es fácil de conseguir. Tendré un agujero pero de eso…se tendrá que preocupar mi próximo dueño.
Bueno, y aquí estoy, sirviendo como prenda para un préstamo entre mayordomos. Y además como elemento indispensable para deshacer un entuerto porque a un bala perdida se le encuentra una carta comprometedora en el bolsillo de un compañero. Menos mal que los amigos están para lo que sea y yo seré la pieza de convicción. Je, agujereado y todo lo que quieran pero soy el que pone la tela en su sitio y voy mucho más allá. En mi maldición conjunta de traer mala suerte y buena a la vez, rompo un compromiso e inicio otro. Eso no lo puede hacer cualquier traje de etiqueta. Claro que estos mayordomos, después de la que se ha armado, no van a hacer otra cosa más que llevarme a una casa de empeños. Yo, un frac impecablemente cortado, a medida y carísimo, empeñado por diez miserables dólares…
Ah, la gloria por diez miserables dólares. Sí, señor. Y es que un músico que tiene la oportunidad de su vida para dirigir a la sinfónica en el Carnegie Hall no tiene un traje de etiqueta adecuado y ahí estoy yo, para sacarle del apuro. Claro que el tipo es un poco más ancho de espaldas de lo normal y mis costuras no dan para más. El tipo sufrirá una humillación pública que no se la deseo ni a mi peor chaleco pero obtendrá el éxito de su vida, una ovación como la que nadie ha recibido, una admiración que será la envidia de todo el mundo de la melodía clásica. Mala suerte. Buena suerte. Son los dos lados de mi negrura elegante.
Bueno, ahí me han dejado, en la beneficiencia. Con las costuras de los hombres totalmente reventadas. Pero alguien…un hombre que un día fue importante y que hoy duerme entre los cubos de basura va a recibir una invitación para acudir a una cena de antiguos alumnos de Harvard. No tiene nada. Por no tener, no tiene ni dignidad. Pero le apetece la idea de volver a ser, por una sola noche, alguien con prestigio, con elocuencia, con ese ímpetu que hizo de él uno de los mejores estudiantes de su clase de Derecho. Llegará el mismo facineroso que le comenzó a hundir y, por culpa de la inocente desaparición de una cartera, todo el engaño se descubrirá porque, debajo de mí, el ex abogado no lleva una camisa de etiqueta, sino una de rayas, delatora del hambre y del alcohol que tanto han inundado sus ilusiones. La humillación será total…pero también será el principio de un nuevo comienzo. La verdad es que las maldiciones que pesan sobre mí son bastante caprichosas.
Un borracho impenitente intentará dar una conferencia sobre las bondades de la leche de coco para dejar de beber conmigo sobre su tronco. A cada uno lo suyo. Él no piensa dejar de beber, desde luego, así que, por una inocente venganza, la leche de coco se vuelve cóctel de ambrosía. Y la borrachera llega. Todo el mundo ríe. Todo el mundo. Hasta yo me río de  mí mismo, ahora que mi clase ya está reservada para un montón de gente de ilusiones bajas y dinero escaso.

Ah, bueno, están esos ladrones que me utilizan porque tengo una gran cantidad de bolsillos interiores y soy el contenedor de su botín. Un pequeño accidente hará que me arrojen desde un avión y caiga en una comunidad de gente de color, con sus espirituales, su esperanza intacta y su montón de sueños modestos que serán realizados con los fajos que guardo en mi interior. Y al final, seré lo que siempre he soñado ser, un espantapájaros en medio de un pequeño huerto, propiedad de un anciano que solo me quiere para que los cuervos no picoteen su sembrado. Y quizá, al son de un viejo espiritual negro, me siento más elegante que ese día en el que unos señores muy estirados entraron en la residencia de un actor más bien mediocre aunque hinchado de éxito con el fin de vestir su arrogancia y servir de atrezzo para su mejor actuación. Ésta ha sido la mía. Damas y caballeros, soy el frac más famoso de la historia del cine. Y, muy posiblemente, ésta película que he protagonizado sea la mejor de cuantas se han hecho con distintos episodios. No en vano tengo este reparto. No en vano tengo a estos guionistas de fábula. Nos veremos. Quizá en una fiesta. Quizá en un milagro.

5 comentarios:

CARPET_WALLY dijo...

Jo, el único recuerdo que tengo de esta película es que me fascinó y que la tengo como un ideal de las películas de episodios, la otra que también en la nebulosa de la memoria es "El Rolls Royce amarillo", pero a menor nivel. Quizá la caracteristica de esta, además de su enorme reparto, era su espíritu humanista, su vocación de historias con moraleja y ninguna mejor que la de Edward G. (tengo en mis recuerdos que esta película me lo descubrió) o la de Charles Laughton.

Las historias, las escenas y los dialogos se pierden, pero no las sensaciones y ese smoking que sirve para un roto y para un descosido (nunca mejor dicho) tuvo la facukltad de emocionarme en su día.

Y hoy, tu post vuelve a tocar aquella tecla y resucita lo que andaba por ahí perdido y vagando en busca de un hueco para salir de nuevo a la luz. Gracias de nuevo, amigo.

Abrazos de etiqueta.

César Bardés dijo...

Pues me alegro de haberte traído tan buenos recuerdos. Al fin y al cabo, ¿cómo no recordar aquella escena en la que se le rompen las sisas de los hombros a Charles Laughton mientras dirige la orquesta sinfónica y el director que le ha cedido la batuta y le observa desde el palco decide quitarse la chaqueta y le dice, lacónico: "Siga" y el público, en señal de respeto, se quita la chaqueta también? Yo vi esa escena de niño (otra recomendación que debo a mi padre) y se me quedó para siempre grabada, como también se me quedó grabada la escena de la humillación de Edward G. cuando deja ver su camisa de pobre debajo del elegante frac. Todos los episodios tienen su aquél y, desde luego, está muy bien visto el paralelismo con "El Rolls Royce amarillo" pero mira, a pesar de que tiene una producción estupenda y que está el color y que hay un reparto plagado de estrellas (con especial mención al episodio que protagoniza Ingrid Bergman) funciona mucho peor tal vez porque, como dices tú, en ésta hay mucho humanismo, más cercanía, más verdad.
Abrazos con pechera.

dexter zgz dijo...

El caso es que yo también recuerdo haber visto esta película - y más concretamente en uno de aquellos Cineclubs de sábado madrugada- pero tampoco la tengo muy presente la verdad. Sin ánimo de hacer un transversal, que no da para tanto la cosa, te quería hacer una consulta porque no sé si hay más pelis de este tipo, en las que un objeto es el pretexto para cambiar de historia a historia como esta o como pasaba un poco en la recién comentada "Madame d". O cuando son los propios personajes los que van encadenando las historias como "El círculo" de Panahi, "La Ronda" de Ophüls o "Caricias" de Ventura Pons. Creo que Altman también tira de este recurso en algún momento de "Short cuts".

Abrazos cruzados

CARPET_WALLY dijo...

Y Anthony Man en "Winchester 73". Cesc Gay en "Una pistola en cada mano" sin embargo no utiliza ningún opbjeto físico para unir sus historias aunque hay mucho físico que tiene que ver con estar bien armado en sus episodios.

Hay una pelçícula canadiense de los 90 que cuenta la historia de un violín "El violín rojo" a lo largo de varios siglos y en varios paises. Recuerdo a Samuel L Jackson en la peli.

Y "Noche en la tierra" no tiene el mismo objeto como leiv motiv, pero si el mismo "tipo " de objeto, un taxi.

Abrazos enlazados

César Bardés dijo...

Bueno, ahí mismo está "El Rolls-Royce amarillo", de Anthony Asquith, que recoge la misma estructura de "Seis destinos" pero utilizando un lujoso coche que va pasando de mano en mano. Podríamos considerar como de este tipo también "Four rooms", que aunque tiene un personaje en común, todo ocurre en el mismo hotel. Del mismo modo, si aceptamos "Vidas cruzadas", tenemos que aceptar, por ejemplo, "Happiness". Si aceptamos como objeto también la habitación de un hotel, podríamos nombrar "California Suite", de Herbert Ross. En Europa está la historia del Palacio de Versalles a través de varios episodios en "Si Versalles pudiese hablar", de Sacha Guitry.
Así a bote pronto, es lo que se me ocurre.
Abrazos por episodios.