Los
hechos son siempre escurridizos dependiendo de la versión de unos y de otros.
Puede que, un día, una chica que no ha tenido demasiada suerte entre a trabajar
como interna en una casa que es lo más parecido a un paraíso en la Tierra. La
dueña de la casa es encantadora, el sueldo es apetecible y, a pesar de que la
tarea es pesada y continua, todavía queda el aliciente de que el señor también
sea el poseedor de una sonrisa irresistible, pero lo principal es que ese
trabajo va a proporcionar seguridad para el futuro más inmediato para una chica
que se mueve en el alambre.
Los infiernos de la
bipolaridad comienzan a manifestarse porque se ve que no es oro todo lo que
reluce. Esa familia tiene más secretos de lo que parece a primera vista y el
entorno, ese conglomerado de señoras maledicentes, envidiosas,
irremediablemente insidiosas y bastante despreciables, proporcionan alguna que
otra información. La señora de la casa tiene un pasado psiquiátrico y su
comportamiento oscila entre el encanto y la brujería, algo que se debe manejar
con un cuidado exquisito, sobre todo si eres alguien que posee un pasado que es
más recomendable que permanezca oculto.
Y el caso es que el
nudo de la película, y también de la novela en la que se basa, tiene su gracia.
El director Paul Feig se cuida mucho de guardar los distintos puntos de vista
para que, cada uno, guarde su correspondiente giro de guion que sorprenda al
espectador. Sin embargo, el desenlace no puede ser más chapucero. Cuando
imaginas una historia que carga sobre sus espaldas la obligación de la
sorpresa, debes culminarlo todo con algo que se haga creíble y que, a la vez,
también lleve su correspondiente regalo. Y hay que ser muy crédulo para aceptar
cómo se resuelve todo el embrollo.
Además de todo eso, hay
que reconocer que las hechuras de la película dirigida por Feig se asemejan
mucho a las de un telefilme. Y, para rematar la faena, las esperadas escenas de
alto voltaje erótico son más bien las de un anuncio de colonia. Y no deja de
ser una lástima porque el meollo del asunto tiene su atractivo, algo retorcido,
quizás, pero efectivo y agudo. No basta con asomarse al atractivo sexual de las
dos protagonistas, Amanda Seyfried y, sobre todo, Sidney Sweeney, sino que hay
que dotar de fondo y forma con una resolución convincente que haga que todo
encaje y aquí lo que pasa es que se queda todo más desflecado que el corte de
pelo de un veinteañero.
Por otro lado, también
habría que destacar el descarado comercialismo de una banda sonora que se sitúa
en los márgenes de la película más hinchable y modosa. Todos estos defectos
hacen que la película no llegue al aprobado porque entre algo de comida de
cierta categoría, lo que se sirve contiene restos de basura. Y, claro, a pesar
de que el público premia a la historia con unos tímidos aplausos al final, el
conjunto está casi vacío y ciertamente es inocuo. La película se olvida con la
misma facilidad con la que se ha visto. Es decir, es como la asistenta del
título. Limpia, brilla y da esplendor, pero en cuanto se rasca un poquito,
salta el polvo de la plata y la mugre de la vajilla.
Así que hay que tener mucho cuidado no sólo con el servicio, sino también con el patrón que contrata. Hay auténticos psicópatas sueltos y, a veces, la unión hace la fuerza o, más bien, es al contrario. La fuerza hace la unión. El caso es que la película se deja ver y se deja inutilizar cuando podría haber sido una brillante disquisición sobre los puntos de vista sobre la repetición de unos hechos, sobre las oportunidades que nunca vienen gratis y sobre el valor que hay que tener para no dejarse avasallar por unas circunstancias que no se pueden prevenir porque el disfraz es consistente y, sobre todo, enormemente atractivo. Ya sé, ya sé, habrá muchos que no estén de acuerdo con todo esto, pero… ¿saben qué? Estoy narrando la opinión desde mi punto de vista y rara es la película que consigue engañarme, aunque, la verdad, alguna sí hay. Esta no es una de ellas.
