miércoles, 25 de marzo de 2026

LA MUJER ZURDA (1977), de Peter Handke

 

Todo parecía ir bien dentro de la rutina. Una mujer, un hijo, un trabajo de cierta solidez y sobradamente pagado…De repente, un hombre vuelve de un viaje de negocios en Finlandia y se encuentra con que su mujer quiere abandonarle. Quiere vivir sola con su hijo. Quiere desterrarle de su vida. Y ahí mismo, aparece con letras de neón una palabra que se enciende y se apaga continuamente en la conciencia de él. “Soledad”….”Soledad”…”Soledad”. Todo cambia y se sumerge en una nube de inconsciencia, de sueños líquidos que se antojan a algo muy parecido como a contener la respiración debajo del agua. Quizá lo más doloroso es que no hay ninguna explicación. Ella se niega a decir una palabra sobre los motivos. Se cierran todas las puertas de una sola vez y no hay posibilidad de encontrar ni un leve resquicio. Es entonces cuando empieza un diabólico juego en el espectador que trata de encontrar los motivos en la mente de esa mujer que se niega a hablar, pero que, de alguna manera, comienza una lenta y segura reconstrucción de su vida. Es como construir un edificio, pero empezando por la azotea. Con esa obra y reforma en su interior, trata de encontrar un equilibrio interior que le va a ser siempre esquivo, pero desea intentarlo. Incluso se puede llegar a pensar que es muda, pero no lo es. Por eso se construye un misterio alrededor de ella. ¿Cómo es? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Hacia dónde va? Tal vez hacer que la vida se ajuste a sus términos y no a los que le impone la vida, o su marido, o su propia existencia, o la misma sociedad. No todo van a ser aciertos. Sus pasos son inseguros y el error también existe, por mucha decisión que haya tomado. En algún momento de esta película, parece que la pantalla es una ventana por la que miramos, indiscretos, a esta mujer reconstruida, difícil, parca en comunicación, incapaz de expresarse, voluntariosa al máximo.

Esta es la principal razón del cine de Peter Handke en una de sus escasas incursiones detrás de las cámaras. Para ello, cuenta con una actriz que es una auténtica delicia como es Edith Clever, que interpreta a esta mujer zurda, Marianne, que decide dar un giro de ciento ochenta grados a su vida y que tampoco es capaz de explicar cómo ha llegado a tomar esa decisión. Al lado de ella, un espléndido plantel de secundarios, empezando por Bruno Ganz interpretando al marido, perplejo y abandonado, y siguiendo con varias sorpresas en papeles pequeños como el director de El puente, Benrhard Wicki, el actor Michael Lonsdale y, en una pequeña aparición, Gerard Depardieu. El resultado, por supuesto y sabiendo que viene de la óptica tan particular de Handke, es una película en la que resulta extremadamente difícil transitar porque todo gira en torno a entender a esta mujer que rompe con todo y, tal vez, no sabe cómo construir nada aunque lo intenta y lo hace de un modo evidentemente torpe. Puede que Handke, en el fondo, trate de decirnos que no todas nuestras decisiones son totalmente racionales, que los cambios son necesarios para seguir adelante, aunque ello signifique hacer trizas muchas cosas que son habituales. Todo estaba en la mente de ese escritor tan enigmático como contradictorio que siempre amó el cine como su segundo lenguaje.

martes, 24 de marzo de 2026

ESTADO DE SITIO (1998), de Edward Zwick

 

Toda acción tiene sus consecuencias. En esta ocasión, un líder terrorista es secretamente secuestrado y eso hace que sus cédulas destacadas en una gran ciudad como Nueva York se pongan en marcha. ¿Alguna vez se han planteado lo indefensos que estamos ante el terrorismo? Cualquiera que justifique sus acciones, es un bellaco que no merece ser ni nombrado. Al límite de sus advertencias, en esta película, el FBI y la CIA se ponen en marcha y ya se sabe lo que pasa cuando dos agencias gubernamentales ocupan el mismo terreno. Uno de los dos estorba bastante. En cualquier caso, de algún modo basado en la soledad, en las horas interminables de trabajo al pie del cañón, en la experiencia en la dirección de grupos numerosos de personas empeñados en el mismo objetivo, los encargados del caso de ambas agencias llegan a apreciarse. Comprenden cuán demoledora es la soledad que experimentan. Eso, quizá, tampoco ayuda. Hay que actuar con independencia, sabiendo lo que se hace. Puede que uno bucee demasiado en el pasado del otro y no gusten determinadas actitudes. Puede que haya órdenes, pero siempre hay un modo de ejecución que termina archivado en el cajón del reproche. Por otro lado, los terroristas han dispuesto una estructura piramidal por actuación. Es decir, actúa la primera cédula. Si cae, automáticamente la segunda cédula se pone en marcha. Y así sucesivamente. No se sabe cuál es el próximo golpe porque no se posee información al respecto. Incluso ellos llevan algo de ventaja porque es posible que alguien se haya introducido en posición horizontal.

En cualquier caso, y más allá de un puñado de escenas muy bien rodadas, no cabe duda de que la película acaba por ser un serio aviso sobre el papel de los militares en situaciones de caos. Cuando el orden se desmanda, no importa la consideración humana. Cualquier cosa vale para obtener la información de quién, cuándo y cómo. Algunos, conservarán la cabeza sobre sus hombros. Otros, preferirán imponer el orden que más les gusta amparados por la sempiterna excusa del cumplimiento de las órdenes. No acaba de ser creíble la parte final de esta película, pero no cabe duda de que la traición anida en las calles y se convierte en el peor enemigo de todos aquellos que quieren detener la barbarie.

Denzel Washington y Annette Bening se encuentran muy lejos de cualquier otro miembro del reparto. Incluso en una película de suspense activo, ofrecen interpretaciones creíbles, cercanas, verdaderas, sin dejar de regalar un lado profesional que se ajusta perfectamente a sus personajes. No así Bruce Willis, que parece incómodo en la piel de ese general de alto rango que, parapetado tras las palabras “Constitución” y “democracia”, quiere hacerse con el control del país, sin paliativos, de forma implacable. Ese retrato se desmorona en esa parte final que viene a ser el pasaje más débil de toda la película. Algo que se antoja bastante lógico habida cuenta de que el director es Edward Zwick, alguien que ya había dirigido mediocridades como Leyendas de pasión o En honor a la verdad y que siempre se ha destacado Tiempos de gloria como la cumbre de su supuesto arte. Aquí, nuevamente, demuestra que una historia que atrapa, que interesa y que engancha queda algo diluida porque no se atreve a una valentía que exige a todos sus personajes.

viernes, 20 de marzo de 2026

DE RATONES Y HOMBRES (1992), de Gary Sinise

 

Apenas hay dinero para sobrevivir y George y Lennie vagan por los vastos campos de labranza tratando de conseguir trabajo como temporeros. Siembran, recogen, apilan, almacenan, lo que haga falta. Por eso, Lennie es especialmente útil. Es un gigante con una fuerza casi sobrehumana. George es el que pone la inteligencia porque Lennie apenas puede juntar dos ideas. Sin embargo, George se ha propuesto cuidar del gigantón porque es una época en la que, si le deja solo, no podría sobrevivir. Lennie tiene un retraso, pero es maravillosamente ingenuo. Sueña con apartar la nata de la leche de una granja que George siempre le dice que van a comprar. Y cada vez que lo recuerda, se le iluminan los ojos. Sin embargo, la tierra es dura y cicatera. Los hombres son duros y cicateros. Las mujeres…no, eso es otro terreno. Y más aún llevando a cuestas a Lennie. La vida no es fácil con la depresión económica. Hay que trabajar de sol a sol, bajo temperaturas asfixiantes o gélidas. El tiempo atmosférico no tiene piedad. La desgracia cada vez está más cerca. El lamento no quiere salir, pero cuando no se puede más, cualquier atisbo de esperanza suena a sueño y gloria. Es época de ratones. Son días de hombres.

Cuando la miseria no puede golpear a los que resisten contra viento y marea, se ceba con los más débiles. Lo impensable, ocurre. La verdad es tan horrorosamente impía que nadie es capaz de afrontarla. Sólo George. Tendrá que vagar por los campos, sobreviviendo con aún menos de lo que tiene. Nadie llorará a los que deja atrás. Sólo un recuerdo y una sonrisa entre lágrimas correrán por su pensamiento. Lo más difícil tendrá que ser hecho. Y el remordimiento será un compañero más.

Excelente versión de Gary Sinise sobre el inmortal relato de John Steinbeck, siempre del lado de los más pobres y de los más desfavorecidos. En este caso, como en Las uvas de la ira, Steinbeck se fija en dos personajes que no tienen futuro y que el pasado se les diluye como la inteligencia de Lennie. Esos pasos cortos que sólo siguen a George son tan tiernos que dan ganas de acompañarlos, vayan donde vayas. El propio Sinise hace un gran trabajo en la piel de George y cuenta con un inmenso John Malkovich para dar peso a cada gramo de Lennie. Todo cobra un sentido maravillosamente triste en la historia y comprendemos todo lo que hace George. Y también sabemos, muy a nuestro pesar, que no seríamos capaces de hacer lo que él hace.

A veces, el cariño se presenta con la peor de sus caras. Y es algo que no se puede dejar atrás a no ser que una horda de perros salvajes esté ladrando a la espera de salir de caza. La suciedad llega al rostro y la moral se pierde cuando no hay nada que echarse a la boca. Ni siquiera el inocente sueño de un niño grande imaginando el sabor de la nata separada de la leche recién ordeñada.

jueves, 19 de marzo de 2026

EL TESTAMENTO DE ANN LEE (2025), de Mona Fastvold

 

Dios no habla a través de las desgracias. Si tienes cuatro hijos y los cuatro fallecen antes de cumplir un año, no quiere decir que Dios manda que se eliminen las relaciones sexuales para alcanzar la pureza y la santidad. Dios tampoco se dedica a exigir liturgias en las que los fieles cantan al unísono como si fueran un coro de cantantes profesionales o un cuerpo de baile perfectamente sincronizado. El teatro puede sustituir a la fe y, sin embargo, mantener esa apariencia de que el aliento divino se ha hecho presente  con la oración y el golpe de pecho como elementos preferentes del culto. Todo esto no es más que una tontería.

Y es que, ya de momento, sorprende que en el guion se halle Brady Corbet, que el año pasado estaba en boca de todos al ser el máximo responsable de una película como El brutalista. Por lo que se ve, a Corbet le va el tema del sexo por activa y por pasiva y el rechazo a los que piensan diferente. Con la colaboración de Mona Fastvold como directora del engendro, se nos pone en juego el nacimiento de una secta y su desarrollo posterior, pero todo está mostrado como una disculpa, como si toda esta gente abducida por una supuesta santa que, ni más ni menos, se proclama como la heredera directa de Jesucristo, no hicieran daño a nadie con su continua alabanza personal en la tal mesías y divina con los más diversos ritos. El resultado es una película que dura dos horas y cuarto con un buen puñado de canciones que, prácticamente, la convierten en un musical con más canciones de misa que un cantoral de la catedral. Y eso sí, que no falten los golpes de pecho.

En el fondo, se supone que subyace una crítica a una sociedad estadounidense que no acepta lo que parece extranjero aunque sea algo que ha arraigado con fuerza en sus creencias. Ya se sabe, quien nombra mucho a Dios es que tiene mucho que esconder como persona. En cualquier caso, aquí no hay mácula que ensombrezca la labor evangelizadora e, incluso, se describen un par de secuencias que son bastante risibles, como la del dedo loco que va señalando el lugar en el que debe asentarse la tribu de fieles, con el fulanito iluminado cambiando de brazo cuando le viene en gana, aunque me imagino que por cansancio. Al final, lo que queda es una historia que no guarda demasiado interés porque, durante las dos horas y cuarto de marras, están hablando de lo mismo. Dios, cómo debe creerse en Dios, cómo se debe evangelizar la palabra de Dios, cómo se ha de buscar a otros fieles para que se unan a la fiesta y es inevitable pensar en Dios, cuándo va a acabar esto.

Decían los supuestos expertos que la interpretación de Amanda Seyfried como la madre Ann, agitadora y principal impulsora del método de oración y culto, era digna de mención. Y sí, no lo hace mal la chica, pero tampoco es la interpretación del año. Canta, se marca unos pasos de baile que si me los hace el cura de mi barrio le propongo para el Bolshoi, y se prodiga en las consabidas miradas de ternura ante todos aquellos que no entienden la inconfundible llamada del Altísimo. Y es una época en la que el optimismo no era precisamente el pan nuestro de cada día, así que cualquier asidero que permitiera un poco de consuelo, era bienvenido. Todo ello añadido a la falta de cultura, caldo de cultivo ideal para hacer prosperar las ideas locas, las canciones angelicales y las visiones que resulta que van teniendo todos y cada uno de los personajes que van desfilando por la trama.

Así que yo, personalmente, si quiero ver un musical, prefiero decantarme por Cantando bajo la lluvia o West Side Story, que, al menos, no me dan la brasa con el asunto religioso. Si quiero ver una película sobre los engaños de la creencia y los charlatanes que se creen sus propias palabras, me pongo El fuego y la palabra, que me dice mucho más y tiene unas interpretaciones que hacen creer en la existencia de Dios. Y si el tema es verse cómo vivían las comunidades emigrantes durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos, lo mismo me pongo El crisol para que no me arrebaten el nombre. Y dejo ya de perder el tiempo porque cada vez que oigo “Amén” me entran los siete males.

miércoles, 18 de marzo de 2026

EL VIRTUOSO (2021), de Nick Stagliano

 

Una película extraña con un resultado también bastante asonante. Me explico. La idea es excelente. Un asesino profesional que ha prescindido de cualquier escrúpulo a la hora de realizar su trabajo comienza a darse cuenta de que se está desprendiendo de todo lo que le convierte en humano. En uno de sus encargos, hay una víctima colateral que muere de un modo terrible y eso le hace replantearse todo. Sin embargo, se mira al espejo y es incapaz de sonreír. No queda ni el menor indicio de ternura en su corazón. Todo lo ha ocupado la eficiencia de un trabajo que sabe que analiza y realiza como nadie. Sólo un papel con un nombre y se pone en marcha. Eso es todo.

Por otro lado, su jefe. Un misterioso personaje que, para consolarle de esa víctima colateral de su último trabajo, le cuenta cómo él mismo perdió toda la conciencia al lado del padre del asesino. Los tortuosos caminos de su mente le llevan a exigir, sin ninguna excusa, que los trabajos estén perfectamente hechos y cerrados. No hay nada que discutir. No hay nada que alegar.

Y allá que va el asesino, a un villorrio perdido para encontrar a alguien con un nombre algo intrigante. Llega, analiza, acierta, huye, lo repiensa, vuelve, encuentra a alguien y, de algún modo, también se encuentra a sí mismo sentado en un rincón esperando una última oportunidad para recordarse que tiene algo de humano en su alma. Al final, lo previsto. Algo menos que la desolación. Algo más que el aislamiento.

Aunque hay momentos de indudable tensión bien llevada, la dirección de Nick Stagliano es pausada, muy europea, sin prisas, con una voz en off que nos descubre los insondables pensamientos del protagonista y, al mismo tiempo, nos hace ver el tormento de su interior sin una palabra de más, sin una queja de menos. Sólo frases sueltas. Hay que destacar dos apartados interpretativos muy notables. Por un lado, Anson Mount, tremendamente atractivo a pesar de esa impasibilidad que no dice nada y, al mismo tiempo, dice todo en la piel del asesino profesional. Por el otro…casi se levantan los pelos como escarpias al recordarlo, Anthony Hopkins que, sin duda, ostenta un papel secundario en todo ese teatro en apariencias impostadas, pero que protagoniza una escena con un monólogo tan extraordinariamente interpretado que contiene más cine y más arte que películas enteras. Su rostro se vuelve  un mapa de sentimientos encontrados, de nostalgia hacia sensaciones que un día se tuvieron y que ya se perdieron en la memoria de las obligaciones, de intuición del abismo que se abre ante él porque su conciencia se ha vuelto implacable y la profesionalidad está por encima de todo. Sólo por ese monólogo de cinco minutos, la película merece ser vista.

Por lo demás, no olviden lo que sienten, por muy equivocados que estén. Si lo hacen, serán seres sin más destino que el encuentro con otros seres de igual incapacidad y, entonces, nadie estará a salvo. Sólo el corazón es lo que nos diferencia de las pistolas. Ellas no piensan que una bala puede causar más de una muerte.

martes, 17 de marzo de 2026

EL OJO MENTIROSO (1981), de Peter Yates

Quizás todos, en alguna ocasión, hemos querido llamar la atención de un amor que hemos convertido en platónico a pesar de ser inalcanzable. Eso es lo que pasa a un conserje de edificio que vive un tanto obsesionado por una reportera de televisión que le tiene bastante embelesado. Más que nada porque se le presenta una oportunidad sorprendente cuando ocurre un asesinato en sus dominios. Para resultar algo más interesante, el porterillo de tres al cuarto, presume de ver, oír y saber y, para añadirle algo de sal al cocido, miente. Eso, sin duda, casi resulta un plan perfecto para comenzar a hablar con esa periodista que posee un atractivo indudable y una inteligencia notoria. El plan del portero parece no tener fisuras, pero sí tiene.

El caso es que los asesinos también ven la televisión y todo lo que va revelando la reportera como resultas de lo que le cuenta el fantasioso portero se lo creen a pie juntillas y deciden hacer lo posible para eliminarlo del mapa. Ya se sabe. Un muerto vale lo mismo que dos, así que habrá que trazar un plan para que el conserje sea un fiambre y la reportera se calle. Es algo sencillo para ellos, pero no será tan fácil.

En manos de cualquier otro, esto parecería el argumento de una comedia, pero no es así. Es una película de misterio que, si tiene algún defecto, es que Peter Yates, un director británico que ya llevaba varios años asentado en los Estados Unidos, concretamente desde su monumental éxito en Bullitt, dirige la historia al mejor estilo inglés y eso va en detrimento de la agilidad de la trama. Las escenas son más lentas, más austeras, más secas. Los encuentros no tienen diálogos de réplica rápida. Cada personaje se piensa mucho lo que va a decir y cómo lo va a decir. Es cierto que, a favor de El ojo mentiroso, está en su reparto que incluye a William Hurt en el papel de ese encargado del condominio, a Sigourney Weaver como esa atractiva reportera que destaca con su mirada inteligente y, detrás de ellos, figuran nombres tan ilustres como los de James Woods, Christopher Plummer o aún un desconocido Morgan Freeman. El resultado, con sus defectos incorporados, es el de una película con un guion brillante y una dirección no tan acertada, con momentos muy logrados y algún que otro instante en el que se debería haber puesto más énfasis e impresiona de forma demasiado ligera para elevar este producto a la categoría de heredero directo del estilo Hitchcock, aunque su argumento cumple con todos los requisitos.

Y es que sentirnos más importantes de lo que realmente somos es un pecado tan viejo como la misma Humanidad y, más aún, cuando se trata de conseguir una mirada de una mujer que te ha secuestrado los sueños, se ha adueñado de tus pensamientos y está a sólo un paso de acunar tu corazón. Una mentira, al fin y al cabo,  no va a ninguna parte. Dos, tampoco. Mentir un poco no está mal. Es inherente al ser humano. Es propio de una vanidad que siempre acaba por ser el pecado favorito del diablo. ¿No lo han hecho ustedes nunca?

 

viernes, 13 de marzo de 2026

EL PECADO DEL OSCAR

 


Son unos pecadores irredentos por el nivel de las películas que optan a los premios. Creíamos, ingenuos nosotros, que aquello de darle siete estatuillas doradas a Todo a la vez en todas partes iba a ser algo aislado, pero no. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood se empeña en nominar auténticas mediocridades que, para agravar aún más el enredo, parten como favoritas para convertirse en la Academia de Partes y Carencias Cinematográficas. Lo dicho. El día de la ceremonia hay que tomárselo como “San Cine” y punto y pecado.



Para la mejor película, en esas diez candidatas no hay nivel suficiente para proclamar una ganadora indiscutible. Quizá Valor sentimental, de Joachim Trier y, quizá, Hamnet, de Chloe Zhao, sean las que están un poco por encima de las demás. ¿A quién van a premiar? Yo apostaría que van a dárselo a Los pecadores, pero por una sencilla razón que excede la exclusivamente cinematográfica. Siempre que ha habido una película de preferencia por la minoría afroamericana en los últimos años, ha ganado. Ahí están Moonlight o Doce años de esclavitud, dos mediocridades enormes de las que, además, nadie se acuerda. Y Los pecadores parte con dieciséis nominaciones, récord absoluto de los premios. Ahí es nada. Pequemos, pues, pequemos.



Para el mejor actor, parece que Timothée Chalamet con su desquiciado Marty Supreme es el mejor colocado, a pesar de sus recientes y desafortunadas declaraciones que revelan que el chico no posee demasiadas células grises. Las votaciones ya estaban prácticamente cerradas cuando se le fue la lengua y se le debe algún que otro premio con su Bob Dylan del año pasado y tal. Parece seguro. Y si no, se lo van a dar a Michael B. Jordan, maravilloso actor que merece el Oscar, el Nobel y el summun, en detrimento de Ethan Hawke que realiza una maravillosa creación del letrista Lorenz Hart en Blue Moon.



Para la mejor actriz se perfila con claridad Jesse Buckley por Hamnet. Su desgarradora esposa de William Shakespeare es una interpretación compleja y muy dramática. No va a tener demasiadas rivales esa noche porque está arrasando en toda la temporada de premios. Y, las cosas como son, merece el premio además de ser una excelente actriz.







Para el mejor actor secundario la cosa se complica. Lo merece Stellan Skarsgard porque es veterano, porque da una lección de interpretación en Valor sentimental sin acudir al histrionismo, al maquillaje, a la tortura mental y al retorcimiento conductual, aunque un poco de esto último sí que hay. Es muy posible que se lo den a Jacob Elordi por Frankenstein porque el chico es joven y se desenvuelve bastante bien en la piel de maquillaje y super-héroe que le ha puesto Guillermo del Toro. Y como se lo den a Sean Penn por Una batalla tras otra es para que los académicos se lo hagan mirar. ¿De verdad le van a dar un tercer Oscar a Penn por hacer de un tío con permanente cara de estreñido?



Para la mejor actriz secundaria, se lo van a dar a Winmi Mosaku por Los pecadores, cuando quien lo merece es Inga Ibsdotter Lilleaas, por Valor sentimental, pero, claro, con ese nombre cómo le van a dar ni las buenas noches.








Como mejor dirección, está muy claro el premio para Paul Thomas Anderson por Una batalla tras otra, uno de los directores más sobrevalorados del cine contemporáneo, pero qué sabré yo. Quien lo merece es Chloe Zhao por Hamnet aunque, probablemente, no se lo tenían que haber dado hace unos años por Nomadland, pero no van a estar para dramas y sí para recalcarnos con mucha supuesta gracia que los de derechas son unos bastardos y los de izquierdas unos chapuzas.





Para la mejor película internacional, me encanta el eufemismo, se sospecha el premio para El agente secreto, de Kleber Mendonça, aunque, por supuesto, quien lo merece es Valor sentimental, esa película tan criticada por todos aquellos que no han visto a Bergman salvo para creer que es una actriz. Y así estamos, pecando por doquier.

No acertaré ninguno, pero es que la alternativa tampoco invita al optimismo, así que hagan sus apuestas, jueguen fuerte y, cuando terminen, no se olviden de pecar. Por ejemplo, váyanse a un club nocturno como buenos blancos y chúpenle la sangre a los negros, metáfora que a nadie se nos habría podido ocurrir ni en los peores sueños.