viernes, 12 de junio de 2026

EL DRAMA (2026), de Kristoffer Borgli

 

No voy a desvelar el hecho central de esta película. Sólo voy a decir que es una de esas cosas que, supuestamente, hacen que todo lo que piensas y sientes acerca de otra persona a la que amas con todas tus fuerzas se convierta en una duda permanente. Una duda peligrosa, alienante y latente. Y ése es el drama. Lo que parecía seguro, indestructible e irreductible se convierte en algo volátil, que depende de las actitudes, que reclama un nuevo principio, que hace que puedas sentirte solo a pesar de que estás acompañado. Y, además, voy a decir otra cosa desde una perspectiva meramente humana. Mirado fríamente, es una bobada.

Con estos mimbres, el director Kristoffer Borgli articula una historia de amor, que ya de por sí es una valentía en estos tiempos que corren, bajo producción de un cineasta tan dudoso como Ari Aster. El resultado es que se puede asistir a una buena interpretación por parte de los dos protagonistas porque Robert Pattinson se ajusta perfectamente al papel de esa especie de ratón de biblioteca, tímido, abrumadoramente inseguro, que no sabe si el siguiente paso que va a dar es el correcto, y, desde luego, Zendaya demuestra que hay actriz bajo esa atractiva fachada dando, por un lado, la imagen celestial de una chica muy cercana a lo ideal y, por otro, a una especie de inadaptada que, un día, pudo mandar todo al infierno.

Vale, ya no puedo contar más. No sea que alguien decida jugar conmigo a contar cosas inconfesables que demuestren lo cobarde, cicatero y voluble que soy. El resto es una película que empieza, prácticamente, como una comedia romántica que se deja ver con cierto interés y va tornándose en un áspero sendero donde las auténticas personalidades afloran hasta llegar a un drama que se apoya, fundamentalmente, en muchas de las enfermedades que padecemos como sociedad.

Y es que podemos tener la seguridad de que es posible que las amistades, no lo sean tanto; que siempre haya alguien que quiera sacar provecho de la situación, que los acontecimientos, mirados desde cierta óptica, puedan ser ambientaciones perfectas de pasos normales, o bien sean ocurrencias ridículas que ponen de manifiesto la carencia personal de cada uno. Ya se sabe, nos pueden gustar muchas cosas de aquel o aquella que va a compartir el resto de su vida contigo, pero también se presentan unas cuantas facetas que hacen que, en otras circunstancias, jamás pensarías en esa persona como el amor de tu vida. Son las cosas que no me gustan de ti.

Todo es una balanza explosiva, que no se inclina hacia ningún lado salvo que se haga para que el final sea lo que realmente se desea. Somos seres sitiados por la incertidumbre y la vida se encarga de poner palos en las ruedas a cada paso. Nada es como lo pensamos, como casi siempre es lo que nos pasa. Y es posible que ni siquiera esté cerca de ser así, pero ahí es donde tiene que entrar nuestra categoría como hombres y como mujeres para que eso no importe demasiado mientras tengamos a alguien que nos acompañe en las lágrimas, en las risas, en los deseos, en las frustraciones, en los días negros y en los días rojos. Hay muchos de cada uno de ellos en una vida en común. Y sólo el amor y el cariño, el auténtico amor y el verdadero cariño, son las alzas que nos permiten salvar esos miserables obstáculos humanos que no llevan a ninguna parte y que, sin embargo, nos atenazan en nuestras decisiones y en nuestros comportamientos. No es fácil vivir. Nadie dijo nunca que lo fuera. Lo realmente duro es permanecer.

Así que ahora, mientras escribo estas líneas, me pregunto cuáles son los acontecimientos de mi vida de los cuales me puedo avergonzar más. Seguro que tengo alguno. Seguro que lo tiene usted. Seguro que lo tiene mi vecina de enfrente. Y es posible de que, a pesar de ese error garrafal, soy un ser humano que puedo merecer la pena. Pregúnteselo. ¿Usted diría lo mismo? El dilema, desde luego, es interesante. El error, posiblemente, no.

jueves, 11 de junio de 2026

BACKROOMS (2026), de Kane Parsons

 

En algunas personas, el complejo de culpabilidad puede ser tan intenso que lleva a la búsqueda imposible de un escape casi onírico. La conciencia es ese mecanismo, compuesto de éticas, educaciones y recuerdos que es capaz de paralizar a cualquiera en su capacidad para reaccionar y construir de nuevo una vida sobre las ruinas de la anterior. Eso es lo que le pasa a este vendedor de muebles que está sometido a una férrea dictadura de conciencia que le golpea sin conmiseración porque sus recuerdos le destrozan, sus errores le atenazan y no puede seguir con su vida. La solución es fabricarse una vida en el mismo refugio de su conciencia.

Al mismo tiempo, la psiquiatra que lo trata tiene algún que otro problema de ansiedad porque asume los problemas de los demás y arrastra un recuerdo indeleblemente doloroso relacionado con su madre. También se introducirá en ese laberinto de habitaciones vacías en donde yacen los recuerdos deformados porque esa memoria no es un notario de nuestro pasado. Nuestros recuerdos están hechos de la forma en la que los recordamos. Es todo un poco mirarse al ombligo continuamente y perderse en el jeroglífico de nuestro interior. El terror no está ahí fuera. Está dentro de nosotros.

Con estos mimbres y basándose en su propio cortometraje, el director Kane Parsons fabrica una película que juega con la confusión y que trata de aterrorizar cuando, en realidad, lo que consigue es una permanente sensación de incomodidad. No hay sustos, no hay momentos de pánico, es sólo la certeza de que, en nuestro propio edificio de oficinas vacío, hay cosas que nos cuidamos de enterrar con esmero mientras que hay otras que, simplemente, no queremos recordar porque nos descubre la posibilidad de que seamos unos monstruos por haber sido unos cobardes, o unos insidiosos, o unos desidiosos, o unos interesados, o unos crueles, o unos impresentables, o unos seres dañinos que no queremos reconocer. En el fondo, la película tiene un elemento de brillantez aunque embarulla a propósito algunas de sus propuestas para que el público pueda vender la película con la etiqueta comercial del terror. Y, en realidad, es un drama en el que los monstruos salen, los agobios se manifiestan, las persecuciones se extienden y, al final, lo que queda, es una parábola de nuestra propia deformidad mental.

Es bueno el trabajo de sus protagonistas con los rostros de Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, la música es inaguantable y digamos que, la principal secuencia de supuesto horror, se rueda con la ilusión de una cámara de vídeo casera, lo que hizo que me aparecieran unos sudores repentinos por el mareo que me provocó. Cosas mías. En todo caso, el respetable prorrumpió en aplausos al final, lo cual quiere decir que todos y cada uno de ellos descifraron perfectamente el mensaje y el simbolismo de la propuesta y que se mordieron las uñas con fruición en vídeo o en película. El oficio de crítico de cine cada vez es más duro.

Así que tengan mucho cuidado si deciden inspeccionar sus conciencias. Es posible que encuentren algo con lo que se sientan muy a gusto. También alguno de sus socorridos recuerdos puede salvarlos del infierno. O, incluso, la alucinación culpable puede llevarles a la locura. Elijan ustedes. Lo increíble pasa ahí dentro, en ese cuarto oscuro, perdón, amarillo, donde almacenan sus experiencias y quedan pendientes del cedazo inconsciente o su contrario. De ello pende su salud mental, o su grado de adaptación, o su forma de superar los problemas derivados de sus propios errores, porque todos los cometemos. Grandes, pequeños, inconfesables, dichos en voz baja, guardados para siempre tras la cortina reparadora del silencio, latentes, evidentes, aleccionadores, inútiles…yo qué sé. Puede que el recuerdo que tenga mi conciencia de esta película sea ese mareo de una noche de primavera calurosa que me llevó a ninguna parte y que luego traté de explicar en unas cuantas líneas amontonadas como sillas desechadas por algún vendedor de muebles que ha caído en el ridículo y en el olvido.

miércoles, 10 de junio de 2026

ARISE, MY LOVE (1940), de Mitchell Leisen

 

Extraña película. Está llena de sentimientos encontrados y, aún así, funciona maravillosamente bien. Todo empieza de manera especialmente dramática porque el principio, es un final. Una ejecución en una cárcel española. Se trata de deshacerse de los miembros de las Brigadas Internacionales que han caído prisioneros y, una vez acabada la guerra, el gobierno de Franco trata de ajustar las cuentas. En una celda, bien pegada al paredón (tanto que resulta bastante insegura si hay alguna bala perdida disparada por alguna cabeza extraviada), un hombre espera su final. Un fraile ha acudido a consolarle en sus últimas horas y al tipo no se le ocurre otra cosa que liarle para que juegue una partida de póker con él. Es un aviador derribado que ha pasado varios meses en prisión y ya sólo le quedan horas de vida. De repente, llega el indulto. Su mujer, una atractiva americana, ha pedido clemencia y se lo han concedido. El fraile es el primero que se alegra. El segundo es el reo, pero no porque sea un agorero ni nada por el estilo. Es sólo que nunca se ha casado, así que no tiene ni idea de quién puede ser esa mujer que ha puesto tanto empeño en liberarle.

Así, lo que empieza de forma desoladoramente dramática, comienza a transformarse en una comedia. Al principio, se mueve con soltura en los intrincados y no siempre bien transitados caminos de la comedia romántica, pero es que, luego, de forma sorpresiva, deriva en una screwball comedy. Todo girando, claro está, en torno al juego del cortejo que comienzan ese aviador idealista, que quiere luchar donde se hace falta, y esa periodista que busca el titular con ansia. Hay situaciones verdaderamente graciosas, desencuentros, tropiezos, máquinas de escribir y deseos incontenibles de acabar el uno junto al otro…pero, en un nuevo giro de tuerca, estalla la guerra en Europa y la trama se retuerce y pasamos a un dilema moral de altos vuelos… ¿Merece la pena luchar por la libertad en Europa cuando acabas de conocer al amor de tu vida que, sin duda, camina hacia el éxito en Estados Unidos que, en ese momento, siente la guerra como algo ajeno? El hundimiento del Atenea en el Atlántico y en el que viajan los dos protagonistas, ayudará a clarificar las cosas. Puede que, por un lado, estés al lado de quien más quieres y que, no obstante, creas que has traicionado todo aquello en lo que creíste y que, al fin y a la postre, puede cambiar el mundo. O puede que, por otro lado, estés luchando con ahínco para desterrar la amenaza fascista de Europa y que no pienses más que en ella mientras te salpica la gasolina del motor de un caza. Por parte de ella, puede que disfrute de un éxito que ya tiene ganado y que renuncie a contar la mayor noticia del siglo XX como es la guerra, o puede que su vida sea un titular y que el Pulitzer esté a la vuelta de la esquina mientras, con el ruido de las teclas, se recuerdan los mejores momentos que han podido ocurrir en su vida. Decidan ustedes.

Por cierto, Mitchell Leisen dirige y el guion es de dos señores llamados Charles Brackett y Billy Wilder. No está a la altura de Medianoche, pero es una buena película que sorprende a cada vuelta de la esquina. Prepárense para reir, para llorar y para preocuparse.

martes, 9 de junio de 2026

EL MAESTRO DEL CRIMEN (2024), de Simon West

 

Danny Dolinski todavía cree que es el mejor. Son muchos años llevando a cabo los encargos más sucios y aún piensa que, en su interior, sigue habitando ese maestro del crimen que rara vez se ha equivocado. Sin embargo, hay síntomas que llevan a pensar que Danny está ya al final del camino. Físicamente ha decaído, ya no piensa con la claridad de antes. Danny es consciente de que está pasando una mala racha, pero no abandona la idea de que eso es temporal, de que volverá a apretar el gatillo con fuerza y vigor. Todo lo demás son habladurías. Sólo necesita una oportunidad por parte de la organización para que todo vuelva a su cauce. Y el encargo cae y no es tan fácil. Se trata de adiestrar a su propio sustituto. Un impulsivo joven que tiene que aprender todos los trucos del oficio. Danny se emociona con la oportunidad, pero también sabe que debe ganar los suficientes puntos como para que sus superiores no quieran jubilarlo. A ello también le ayudará una joven oriental que también tiene lo suyo. La fauna y la flora de la ciudad asoman la cabeza en una noche que parece más larga que la trayectoria de una bala en pos de su objetivo. Eso es un período que puede parecer muy corto, pero sólo si no eres la bala.

El caso es que alguna de las carencias físicas de Danny parece que van desapareciendo mientras enseña las malas artes al advenedizo de turno. Y Danny,  por supuesto, va a tener que tomar algunas cartas en el asunto que se trae entre manos mientras va dejando algún cadáver por aquí y por allá. Incluso su pupilo también se emociona y empieza a contribuir al fondo de pensiones de vendedores de pompas fúnebres. El negocio es duro, bien lo sabe Danny. Un día estás arriba, viviendo por todo lo alto y, al siguiente, caes por un precipicio empujado por todos aquellos en quienes confías. El secreto está en mantener el equilibrio por el mismo borde de la cima.

No es una gran película. Casi, casi, entraría en la categoría de mediocre, pero aún así tiene elementos interesantes. Uno de ellos, sin lugar a ninguna duda, es la interpretación de Christoph Waltz en la piel de ese asesino de vuelta que trata de recuperar su lugar en el escalafón de sicarios. Otro es el delicioso papel de Lucy Liu. Y el argumento no deja de tener una cierta originalidad. No obstante, en algunos momentos, parece como si la energía que una película de estas características debe tener, se tomara un respiro. Como si después de un par de secuencias brillantes, hubiera que meter algo rematadamente mediocre para no brillar tanto. En cualquier caso, entre esas irregularidad un tanto inexplicable, se pasa el rato con cierta ligereza y con un sentimiento palpable de pena porque podría haber sido una película más que estimable y se queda en algo de aprobado justo. En cualquier caso, no olviden hacer su gimnasia de dedos, cuidarse de la artrosis y dejar bien claro que la pistola es una buena prolongación de sí mismos siempre y cuando se dediquen a este negocio, claro. Si no, siéntense y esperen a que la bala les alcance.  

viernes, 29 de mayo de 2026

UN ESPÍA EN HOLLYWOOD (1961), de Jerry Lewis

 

Morty es un buen chico que es contratado por el presidente de la Paramutual Pictures para ejercer de espía en el propio estudio. La productora no hace más que perder dinero y quiere saber qué es lo que se cuece en los rodajes para que ese río de medios se vaya por el sumidero y la mejor idea es poner a un chico para todo merodeando por los platós a ver si se entera de lo que hacen los subordinados de la casa. Todo es fácil, sólo que Morty es un buen chico que sueña con llegar a lo más alto. No hay más que sentarse en una de esas salas de conferencias forradas de madera noble, con sus sillones de respaldo hasta la cabeza y, al son del Blues in Hoss, de Count Basie, soñar con que se dirige una tormenta de ideas con la última palabra en poder del que preside. A menudo, la imaginación es más perfecta que si tiene una buena banda sonora. Y Morty tiene una de las mejores imaginaciones.

Todo está estructurado en pequeños chistes en los que Morty puede llegar a tocar con las manos la hipocresía de los altos ejecutivos y la picaresca de los trabajadores más modestos. El cine es el negocio de la mentira y, por tanto, todos los que lo hacen, de una manera o de otra, también mienten. Nadie sabe dónde radica el éxito, pero sí que se pueden buscar grandes profesionales. Sin embargo, toda esa pátina dorada que recubre el negocio es falsa, porque no es más que otro negocio más. Busca lo mismo. Escarba en lo mismo. Y lo que se quiere, al fin y a la postre, son beneficios. Así que Morty es el encargado de hallar dónde se encuentra el agujero de la pasta. ¿Es por incompetencia? ¿Es porque no se trabaja bien? ¿Es porque se cede demasiado a los caprichos de la estrella o del director de turno? ¿Es porque los ejecutivos no hacen más que encender sus eternos puros habanos y no tienen ni idea de cuál es el producto que venden? Morty va a encontrar la respuesta a todas estas preguntas y ninguna va a ser del todo satisfactoria.

Jerry Lewis ha proclamado varias veces que, de todas las películas que llegó a dirigir, esta es la que más le gustaba de todas. Y no le falta razón porque, a pesar de no ser la más famosa, es un bonito ejercicio de crítica teñida de carcajadas con las diferentes situaciones del protagonista, interpretado con su ligereza habitual por parte del propio Lewis, que en el fondo no es más que el cuento del ingenuo en la selva. Ese elemento extraño, que no pertenece al mundo de Hollywood, tiene que moverse como un espía indiscreto dentro de los bastidores más rasos de toda la industria. Y su perplejidad no tendrá fin, pero tampoco su entusiasmo. Este espía de Hollywood proporcionó unas cuantas carcajadas y, quizá con El botones, El profesor chiflado y El terror de las chicas, forma el cuadro de honor de la filmografía de un tipo que sólo quiso hacernos reír en un mundo que no invitaba demasiado a ello.


jueves, 28 de mayo de 2026

THE MANDALORIAN AND GROGU (2026), de Jon Favreau

 

Artículo 3000 del blog. Gracias a todos los que habéis leído y, tal vez disfrutado. A por otros 3000.

En realidad, las leyes del código mandaloriano, quitando su parte más legendaria, no son más que las propias de la vida. Una frase define esto más que cualquier otra: “Los mayores cuidan de los jóvenes hasta que los jóvenes tienen que cuidar de los mayores”. De este modo, la historia de heroísmo de este cazarrecompensas de la galaxia más lejana nunca habida, no se centra sólo en él sino también en la criatura que lo acompaña y que despierta nuestros más tiernos sentimientos. También hay algún sitio para las risas con esos diminutos expertos en mecánica que hablan como si hubiesen inhalado óxido nitroso y cuyas conversaciones se parecen mucho a las que teníamos los que hemos abandonado la adolescencia hace ya unos cuantos años. En cualquier caso, éste es el camino.

Al decir esto, no quiero decir que la película sea una obra maestra. No lo es. Ni siquiera se puede analizar la historia con un mínimo de profundidad porque ella misma es consciente de sus limitaciones. Eso sí, es un entretenimiento resultón, que no llega al notable, pero con el que se pasa un buen rato de aventuras trepidantes prestando muy poca atención a un arco argumental que es más bien corto y simplón. De cualquier modo, la trama da lo que se pide y es el acompañamiento ideal para seguir las aventuras de este personaje fascinante, que esconde su rostro porque la ley mandaloriana se lo impide, y de ese Yoda-bebé que tiene más fuerza en su pulgar que Luke Skywalker en todos los episodios del IV al VI.

Por otro lado, hay que reconocer la creatividad en el diseño de las más diversas criaturas que van apareciendo por todo el metraje. Ya conocemos más que de sobra a los Hutt, pero aparecen muchos otros, incluso algún humano que otro, y nos deleitamos con las tres secuencias en las que miramos embelesados a Sigourney Weaver porque tiene tanta clase y tanto saber estar que nos recuerda a la Suboficial Ripley, desde luego, pero también a la enorme actriz que siempre ha sido. Ah, por cierto, no hay que perderse a uno de los mejores personajes, como es ese simio de cuatro brazos que tiene una especie de kebab ambulante y que se convierte en el principal informador del mandaloriano. Detrás de esa expresión y de esa voz se halla Martin Scorsese. Y en su nerviosismo implícito podemos adivinar algunos de los gestos del gran director.

Así que déjense llevar y no olviden llevar a todos sus vástagos que tengan ya una edad suficiente como para disfrutar de los láser, de las selvas tupidas, de los ingenios ya un tanto caducos que hemos visto y de un buen montón de homenajes en los que se puede apreciar alusiones o imágenes muy parecidas a Apocalypse now, de Francis Ford Coppola; o a Dos hombres y un destino, de George Roy Hill; o, incluso, a la famosa pelea entre el bien y el mal de La amenaza fantasma entre Darth Maul y Obi-Wan. Hay cine en todo este invento, hay mucha acción, aunque, en determinado momento, la película se detiene en seco, hay momentos de ternura y bastantes instantes de risa que cada vez se agradecen más. Creo que George Lucas, desde su trono de retiro, estará bastante orgulloso de esta historia derivada de su saga porque cuadra perfectamente con su visión del cine aunque, por supuesto, no deje de haber el consabido toque Disney que está a punto de llevarlo todo por los caminos de la dulzura inoportuna.

Éste es el camino. Es el del entretenimiento, el de la diversión sin más. Probablemente, haya una segunda parte porque se deja abierta la posibilidad. Puede que a Pedro Pascal le dejen enseñar su rostro un poco más que en esta ocasión, puede que haya un mensaje, digamos, un poco más ambicioso, puede que vibremos más con situaciones que nos hagan pensar que los héroes estén realmente en peligro. Se pueden mejorar muchas cosas. Muchas. Sin embargo, yo he vuelto a ser niño y no he dejado de disfrutar…aunque sea un poco a medias.

miércoles, 27 de mayo de 2026

EL DON DEL CORAJE (1979), de Lewis John Carlino

 

La sombra de un padre, en algunas ocasiones, es demasiado alargada. Puede que haya sido un héroe de guerra y que su vida sea la entrega a su país. Todo ello bajo una disciplina férrea, que se ha convertido, prácticamente, en una forma de vida que ha trasladado a su propia familia. Los hijos crecen mirando a esa figura imponente que luce unos orgullosos galones de sargento de las fuerzas aéreas en la bocamanga. Los hijos puede que quieran parecerse a él, puede que quieran que él se sienta orgulloso de ellos, puede que todo eso lo intenten conseguir sin renunciar a su propia personalidad. No sería difícil de imaginar teniendo en cuenta la personalidad del propio modelo. En cualquier caso, Bull Meechum dice las cosas claras, en las menores palabras posibles. Así es imposible que no le entiendan y no sólo eso. Tal vez, sus hijos, si son inteligentes, sabrán lo que piensa el padre sin despegar una pestaña. Puede que ahí resida el don del coraje.

Sin embargo, la película se esfuerza en no conceder ninguna condecoración al Sargento Meechan. Puede que nadie quiera imponérsela, pero los hijos están llegando ya a unas edades en las que hoy es blanco, mañana negro y al siguiente lo quema. Ben Meechan, el mayor de sus hijos, quiere abrirse paso en el deporte. Concretamente, en el baloncesto. Puede que ahí, en esa parte de la cancha, se sienta un general. Y que no acepta que cualquier otro le dé instrucciones, u órdenes, o lo que sea que le llegue. Tiene su propia personalidad. E, incluso, es capaz de sobreponerse a las estúpidas convenciones raciales de Carolina del Sur y tener un amigo negro. ¿Qué hay de malo en ello¿ En esencia, nada, sólo que Bull Meechan sabe que esto puede perjudicar la carrera de cualquier oficial. Y su sueño es que Ben regrese enseguida a casa para que el año que viene ingrese en la academia miliar. ¿Quién sabe? Puede que tenga un teniente en casa dentro de unos pocos años. Bull Meechan no es un racista en esencia, no tiene nada en contra de los negros. Sólo sabe que no ejercen buena influencia, ni levantan comentarios elogiosos dentro del ejército. El hijo, por otro lado, cree que su padre podría cambiar eso. Pero no lo va a hacer. Quiere demasiado al ejército como para arremeter contra él. Así que quizá el mejor camino sea el de la canasta en una cancha de baloncesto.

Robert Duvall realiza una interpretación prodigiosa en esta película, rellenando todos los huecos de su personaje sobre la marcha. Es un hombre de enormes carencias, pero iiremediablemente valiente. Dedicado a vender su alma si fuera necesario. Lo que sea por mantener el honor del uniforme. Y más aún por el apellido Meechan. Es el don del coraje, ese don que se tiene o no se tiene. Y echando un vistazo al Sargento Bull Meechan es evidente que él lo tiene de serie. Sin más. Y lo utiliza en todos y cada uno de los aspectos de su vida. Aunque esté equivocado en unos cuantos. Al fin y al cabo, eso nos pasa a todos. Lo que no tenemos todos es esa perseverancia, ese pundonor, esa forma de decir que no hay rendición posible.