La picazón de los siete
años. Ya se sabe, es ese gusanillo que entra al ciudadano medio, casado,
posiblemente con hijos y bordeando la cuarentena con el que empiezan a entrar
pensamientos tales como que hay vida más allá del rellano de su casa, que se ha
perdido demasiado tiempo en las preocupaciones propias del hogar y que, sin
buscarlo ni pretenderlo, pero aprovechando, sueñan con alguien que se pone a
tiro, por ejemplo, en las típicas vacaciones en las que se envía a la mujer y
al hijo a un lago mientras se queda trabajando en la ciudad con los rigores del
calor y el asfalto. Lo que se ha llamado toda la vida “de Rodríguez”. Al
principio, todo es liberación. Una cenita ligera en algún sitio, llegar a casa,
dejar los zapatos en cualquier rincón, ponerse cómodo, servirse una copa y
disfrutar de los placeres de la televisión o de cualquier buen libro. Ni se
busca, ni se pretende. Hasta que se entera de que la vecina de arriba está como
un queso y que un poco de compañía para tontear nunca viene mal.
El relato se complica
porque la imaginación suele correr más rápido que la realidad y se empieza
fantasear con situaciones, con músicas, con veladas repletas de romanticismo, o
de pasión desenfrenada, o de elegancia suma, o de veleidades propias de esos
cuarenta años, siete de los cuales se han pasado siendo el esposo obediente y
tan útil como cualquier mueble de los que adornan el apartamento. Se preparan
los cócteles, se ensaya al piano, se coloca en el tocadiscos el Concierto número
dos para piano y orquesta de Sergei Rachmaninov y ese físico mediocre que se ve
todas las mañanas en el espejo…resulta igual de mediocre en una realidad
deformada por los sueños. Sí, los hombres también juguetean con el pensamiento,
pero no lo suelen decir. Es un fenómeno muy curioso que se multiplica con los
años.
Billy Wilder dirigió una comedia sin pretensiones, trasladando con extraordinaria inteligencia el original teatral de George Axelrod y haciendo que la tentación viviera arriba con el rostro y la figura de Marilyn Monroe. Así cualquiera. Bien es cierto que Wilder lamentó durante toda su vida que no le dejaran contar con Walter Matthau para el papel del “Rodríguez” en cuestión y que le impusieron a Tom Ewell como protagonista porque había sido el actor que había llevado a buen puerto la obra teatral. Ewell no lo hace mal, cumple y, en algunos pasajes, resulta realmente adecuado, pero llega a asustar la posibilidad de haber podido realizar esta película con un hombre tan extraordinario en los terrenos cómicos como Walter Matthau. Muchos consideran esta película como una obra casi intrascendente dentro de la filmografía de un director como Billy Wilder, pero el resultado es bueno, muy bueno, con escenas terroríficamente reales porque esa imaginación que despliega el protagonista se introduce en muchos secretos de todos aquellos que, alguna vez , se han quedado solos en los rigores del verano con ese cigarrillo que la parienta te prohíbe, con esa copa que no te deja nunca tomar y con esa tranquilidad silenciosa que se adueña del hogar cuando hijos y mujer están fuera. Es lógico que se presente esa picazón…ni querida, ni pretendida.






