jueves, 12 de febrero de 2026

TRAIN DREAMS (2025), de Clint Bentley

 

Robert Grainier es un hombre que vive en plena naturaleza. De ella, ha aprendido su hostilidad, su salvajismo y él trata de defenderse de la mejor manera posible porque, en realidad, es lo único que ha conocido. La vida es así. Hostil, salvaje, ofensiva. Es un leñador que trabaja duro en las temporadas de tala y que, luego, vuelve a su casa y se conforma con una pipa, un buen fuego y un buen puñado de paisajes a la vista. A pesar de su aparente tranquilidad, no le encuentra mucho sentido a la existencia. Entre otras cosas porque ella se ha encargado, bien a las claras, de arrebatarle todo lo que le importaba.

Hubo un momento, demasiado breve, demasiado fugaz, en el que pareció que, entre esa agreste naturaleza en la que se movía con cierta soltura, le daba algo más. Una compañera ideal, que siempre le apoyaba, que siempre estaba ahí para acogerle con una sonrisa cuando volvía de sus largas temporadas de trabajo. Y la naturaleza, incluso, fue un paso más allá, y le dio una hija. Grainier creyó que el cielo estaba en la tierra, porque, entre épocas de leña, era maravilloso descubrir con su hija el simple hecho físico de una taza de metal flotando en el río. Y lo era aún más si su mujer estaba ahí, con su comprensión, con su sonrisa, con su mirada, esa misma que todos hemos sentido alguna vez y que resulta insustituible. Es hora de mejorar, de prosperar un poco, de probar ligeramente los límites, pero él se resiste. No ha conocido mucho más, no necesita mucho más. Es un hombre de pies a cabeza, pero sabe que, más allá del bosque, sólo será uno entre la multitud.

De repente, lo pierde todo. Ya no tiene hija. Ya no tiene esposa. Ya no tiene casa. Y sueña con que, algún día, la misma naturaleza le vuelta a otorgar lo que un día le dio poseer. Reconstruye la casa, de forma más modesta, y pasa largos días y frías noches solo, encerrado en sus pensamientos y en la inmensa culpabilidad de no haber estado cuando más se le necesitaba Son eternos años de hablar unas pocas palabras al día y, en la mayoría de las ocasiones, consigo mismo. Y no le encuentra sentido a nada. Se prolonga por inercia. Se muere sin morir. Sólo cuando obtiene un pequeño y raudo momento de plenitud, consigue encajar el sentido de todo, consigue saber cuál es la verdad de su razón, consigue sonreír de nuevo en un mundo que le está abandonando a la marcha del progreso.

Espléndidamente fotografiada por Adolpho Veloso, Train dreams es una película que pone a prueba la paciencia de los presurosos. El director Clint Bentley imprime un ritmo exasperadamente lento en una historia en la que, prácticamente, no pasa nada y, cuando pasa, resulta fundamental para el personaje, pero no para el espectador porque la misma inercia de la película lleva a una irremediable languidez. Es cierto que Joel Edgerton es un actor superlativo, capaz de expresar un buen puñado de sentimientos sin despegar los labios y que resulta la razón esencial para ver esta historia que parte de ningún lugar para llevarte a ninguna parte. Además, Bentley cae en un estrepitoso error y es en el uso y abuso de una voz en off que resulta prescindible porque el espectador es perfectamente capaz de deducir lo que pasa al protagonista que, por otro lado, no deja de ser en ningún momento. El resultado es una película que pretende tener trasfondo y que lo único que tiene es imágenes bonitas y un gran actor dimensionando un papel que, en manos de otro, habría acabado bastante desdibujado.

Y es que, a veces, la vida cicatera, esa misma que exige que troceemos troncos con una sierra y que los callos nos ardan en las manos para arrancar algún beneficio, da poco y luego, con una burla insultante, te quita ese poquito y te deja a solas contigo mismo. Algunos creen que eso no tiene ningún propósito y otros lo encuentran como único consuelo a una hora y tres cuartos de preciosismo silvestre en un olvido que durará el resto de nuestra miserable existencia.

miércoles, 11 de febrero de 2026

SAIGÓN (1988), de Christopher Crowe

 

Asumir el papel de una pareja de policías en el Saigón de la guerra no deja de ser una tarea bastante absurda. Pensémoslo un momento. ¿Investigar unos crímenes en una guerra que se caracteriza por el asesinato indiscriminado? Digno de Samuel Beckett. En todo caso, ahí está esa pareja de policías que tiene algo de aquella otra que formaron los detectives Doyle y Russo en French Connection sólo que se cambia el Departamento de Narcóticos por el de Homicidios y pónganse a olisquear las pruebas. Se trata de cazar a un asesino en serie en esa ciudad dominada por el caos que ha ido eliminando prostitutas como si fueran soldados del frente. Las primeras pistas no dejan ningún lugar a dudas. El asesino es norteamericano y todo apunta que es un oficial de cierto rango. Para completar la tarta. La peor ciudad del mundo, los peores crímenes del mundo para cazar a un tipo inalcanzable. ¿Se puede soñar con un caso mejor?

El sudor se pega a esas camisas de civiles que lucen los suboficiales McGriff y Perkins en unos barrios en los que nada está claro, la gente se mueve con total libertad de comportamiento. Lo que es legal, no está bien visto. Lo que es ilegal, es la normalidad. Habrá que emplear la violencia en una o dos ocasiones para conseguir la información necesaria. Y sacar el arma reglamentaria si las cosas se tuercen mucho en ese universo de callejas estrechas, puestos de acera y calzada y uniformes que sólo buscan un lugar en el que hundir el vicio de la desesperación del frente. Saigón es la nueva urbe del pecado y McGriff y Perkins lo van a comprobar de primera mano.

Con la mirada más objetiva posible, la intención de la película es original y muy apreciable. La idea de dos policías militares dedicados a la investigación de una serie de asesinatos en una ciudad que se cae a pedazos, en un ambiente en el que todo está en contra, es muy buena. Sin embargo, hacía falta la dirección de alguien con más garra y proyección que Christopher Crowe, mejor guionista que director, en su única incursión tras las cámaras. Si esta misma historia hubiera caído en las manos de otro realizador como, por ejemplo, John McTiernan, estaríamos ante algo auténticamente bueno. Como no es así, crece la desazón en el público porque se espera algún acontecimiento que haga que la historia arraigue y cobre vuelo, pero eso no ocurre en ningún momento. La sensación, al final, es de una cierta decepción y de expectativas defraudadas porque es como si la película prometiera y no cumpliese.

En cualquier caso, cuando caen encargos de este tipo, más vale que llevemos a cuestas el sudor y la conciencia. Habrá que buscar en verdaderos vertederos y la confusión será toda la respuesta. El trabajo consiste en separar el grano de la paja, mantener la mirada firme entre las drogas, el vicio, la degeneración y ese puñado de locos que han decidido hacer una guerra a diez mil kilómetros de su país. Saigón tiene muchísimas preguntas y, prácticamente, ninguna respuesta.

martes, 10 de febrero de 2026

ACCIDENTE (1967), de Joseph Losey

 

Un accidente oportuno y ligeramente turbio. Un profesor cita a dos alumnos suyos en su propia casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Cuando van a llegar, sufren un accidente con el coche y el profesor consigue rescatar a la chica. El acompañante muere. Hasta ahí todo bien. O relativamente bien dentro de la desgracia, pero es que todo ha sido una finta del destino. El muerto estaba liado con la chica. El profesor desea a la chica. La chica desea al profesor. Todo se complica de forma casi onírica porque la chica ha salido anteriormente con otro profesor que, para más confusión, también lleva un delirante programa de televisión local. Y todo se entremezcla de tal forma que muy pocos saben cómo descifrarlo. El chico, la chica, el profesor-tutor, su mujer, el profesor mediático, el ambiente enfermizo de la universidad, el accidente, la memoria…Puede que todo sea un flashback, pero será el espectador será el encargado de darse cuenta. No lo sé. ¿Ustedes qué opinan?

Joseph Losey dirigió con su evidente profundidad una película pequeña que le dejó enormemente satisfecho. El dramaturgo y amigo del cineasta Harold Pinter colaboró en el guion y juntos adaptaron la novela de Nicholas Mosley, vehículo perfecto para mostrar las turbiedades del impoluto ambiente académico inglés. Dirk Bogarde aporta sus habituales dobleces escondidas tras un rostro agradable y que resulta ideal para mostrar el progresivo y tortuoso camino hacia el desastre personal con el que se enfrentan todos los personajes. Aquí no hay triunfadores. No hay más que perdedores. Todos se enfrentan a la derrota de sus propósitos porque no hay ninguna salida moral que les permita llegar a una conclusión satisfactoria. Algunos podrán pensar que el asunto que plantea la película es nimio, pero no lo es si nos adentramos en estos personajes perdidos, presos de la melancolía y del fracaso. Por supuesto, tanto Losey como Pinter aprovechan que el Támesis pasa por todas partes para incluir un retrato aburrido y muy crítico de la burguesía británica, anclada en una vida cómoda e irremisiblemente rutinaria, con predominio de la hipocresía, la envidia y la represión moral. Algo que, si nos fijamos un poco, puede estar posado sobre los inamovibles tomos de cualquier biblioteca sesuda de un profesor universitario sin mañana.

Tengan mucho cuidado al acercarse a esta película. Quiere decir muchas cosas y, en realidad, se abstiene de pronunciar una palabra. Todo hay que deducirlo porque todo está muy sugerido y obliga a trabajar al espectador. La inversión de valores, la comodidad de una posición desahogada (dando rienda suelta a las ideas militantes de Losey), la certeza de que lo que hemos visto no es actual, sino pasado, la cámara se acerca, la cámara se aleja. Hemos entrado, hemos salido. La muerte es sólo un espejo de lo que nos ocurrirá a todos. La tensión se puede cortar en alguna escena porque el deseo es el verdadero motor que mueve todas las pasiones. Puede que acostarse con alguien sea la meta para que todo parezca que está en orden. Igual que ese profesor que, amablemente, invita a unos estudiantes a su casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Accidente.

jueves, 5 de febrero de 2026

UNA MUJER EN LA LIGA (1989), de David S. Ward

 

El plan, realmente, es muy sencillo. Los Indians de Cleveland son un equipo deficitario, que nunca ha ganado ningún torneo. Son malos, en dos palabras. Con los resultados paupérrimos que suelen cosechar, la mejor solución es su traslado a otra ciudad, con otro equipo técnico, con otros jugadores, con otra infraestructura. Y Rachel Phelps es lo que pretende con la llegada a la presidencia del club. Sólo hay un problema, no muy grande. Los jugadores, hasta ahora, han jugado con cierta desmotivación, sin ganas, de ahí sus pobres resultados. En cuanto salta el rumor de que el club puede ser trasladado porque no gana ni a las chapas, adivinen qué pasa. Sí, los chicos se alían unos con otros y, de repente, empiezan a jugar como los ángeles. Sólo para fastidiar a esa pretendida ejecutiva brillante que no piensa más que en maximizar beneficios y echar a todos a la calle. Además, los Indians tienen a un lanzador de ensueño, sólo que es un poco irregular. Le llaman “Wild thing” y tiene su sintonía propia cada vez que entra al campo. El lío, el lanzamiento, el bateo y la carrera están servidos. A ver quién gana en esta carrera contra los intereses creados.

David S. Ward dirigió su mejor película en esta ocasión y, curiosamente, es una de las que menos se recuerdan. No es una comedia tronchante, no es, ni mucho menos, un drama, es una curiosa disección del mundo del béisbol, con sus ejecutivos preocupados por llenar estadios y rentabilizar publicidades, con sus jugadores de altos y bajos, que muestran hastío y, a la vez, son capaces de poner a las gradas de pie. Con sus técnicos, que creen tener fórmulas mágicas y dependen, sobre todo, de que los jugadores quieran jugar de verdad. La película es buena, agradable, se deja ver y con algunas líneas de diálogo de cierta agudeza. No en vano David S. Ward fue ese guionista que algunos años antes había ganado un Oscar con El golpe, de George Roy Hill.

En el apartado interpretativo habría que destacar a Charlie Sheen, en una de sus escasas interpretaciones meritorias, al lado de Corbin Bernsen, que por aquel entonces estaba muy de moda, Tom Berenger, que posiblemente sea el actor más mediocre de la época y que sólo se salvó por su prodigiosa interpretación en Platoon, de Oliver Stone, Wesley Snipes, con el que tuvieron serios problemas porque de béisbol sabía tanto como yo de física cuántica, Margaret Whitton en la piel de esa ejecutiva que se pasa de lista, y una René Russo maravillosa y radiante sosteniendo por debajo al plantel femenino.

Así que ya saben, pidan la seña, lancen una bola curva, traten de batear con fuerza y corran, corran como el viento porque las oportunidades pasan de largo y, a veces, es porque nos hemos dejado ir por pereza, desmotivación o vaya usted a saber. Lo cierto es que, cuando hay problemas, es muy bueno tener a un “Wild thing” en el equipo. Saldrá por una de las puertas del césped y la gente se volverá loca porque creerán que las bolas llevan música incorporada.

MARTY SUPREME (2025), de Joshua Safdie

 

Es difícil llegar a diferenciar entre el mediocre y el triunfador. Es posible que un triunfador, en realidad, sea un auténtico mediocre, pero no resulta fácil encontrar que un mediocre sea todo un triunfador. Aquí, se habla de un tal Marty Mauser, que intentó siempre dar la imagen de triunfador y, en realidad, era bastante mediocre en todo lo que hacía y en todo lo que sentía. Entre otras cosas, porque usaba el arma de la mentira para parapetarse detrás de esa nada que él representaba y de la que quería salir a toda costa, aunque no sabía muy bien cómo.

Toda esta enrevesada reflexión lleva a creer que esta historia, de haberse rodado hace cincuenta años, la podría haber dirigido un monstruo sagrado como John Huston, experto en fracasados y perdedores porque, a pesar del único triunfo que se describe en la película, Marty Mauser fue un fracasado legendario. Detrás de un cierto encanto, se escondía un alma cobarde, cicatera, que te daba tanto en un minuto como te lo quitaba en el siguiente, que no le importaba descender a los infiernos si con eso conseguía ascender, supuestamente, un peldaño más en su particular guerra personal. Todo ello conllevaba un buen engrase en su repertorio de mentiras, de fingimientos llevados hasta el último extremo, de engaños, de juegos de buscavidas, de intentar sobrevivir al día siguiente aunque su meta era llegar a los mundiales de ping-pong.

Y el caso es que resulta extraordinariamente triste la vida de este hombre, porque siempre está asido con una mano al embuste como único agarradero dentro de un mundo que le desprecia, le rechaza y le ahoga. Sus objetivos son pequeños y sus bandazos por la vida son errores que casi llegan a la monumentalidad. Y lo peor de todo es que no se arrepiente absolutamente de nada, no desea ser querido por nadie, no quiere ninguna mirada de atención más que para servir a sus propios objetivos de ser campeón de ping-pong. Y todo lo que consigue es un set de un partido no oficial.

Timothée Chalamet ofrece todo un repertorio de sensaciones dentro de una película que llega a ser bastante cansina. Hay pasajes realmente largos en los que todo es palabrería dicha muy aprisa, con frases muy repetidas, acciones atropelladas, pim, pam, pum y fuego y todo es para trasladar la idea de que su personaje es un desastre en todos los aspectos, que es un tipo del que no te fiarías ni para ir con él de aquí a la esquina y que, en el fondo, te da lo mismo que sea campeón de ping-pong o de la taba. El fulano es bastante despreciable porque se cree un manipulador de primera y no es más que un pobre hombre tratando de encontrar un éxito en la vida.

En todo caso, la dirección de Joshua Safdie sería aceptable si no tuviera la brillante idea de obsequiarnos con temas sobradamente conocidos de una época que no corresponde a la película, porque la modernidad es algo a lo que los nuevos cineastas no pueden renunciar. Eso hace que la cinta esté punteada con momentos realmente pesados, con uno o dos aciertos en la música de coro como acompañamiento perfecto a los abismos que se abren a los pies del protagonista. Gwyneth Paltrow, por su parte, compone un papel dramático perfectamente creíble y la sensación, al final de la proyección, es que lo que has visto no tiene demasiado interés, porque el personaje principal, omnipresente en todo momento, es un individuo con menos profundidad que una bañera y con más mentiras en el saco que tiene por cerebro que respiraciones hace al cabo del día. Y pare usted de contar. No hay nada más en la historia.

Cuando mientan, traten de ser creíbles y más aún si consiguen encajar la mentira en un rompecabezas rodeado de piezas verdaderas. Eso hará que la apariencia de honestidad pueda mantenerse incluso en los momentos más complicados. Si no, lo que conseguirán, no es más que una huida hacia adelante que sólo tendrá fin cuando se den perfecta cuenta de sus responsabilidades y algunas de ellas tardan bastante en venir. La mía, en este momento, es terminar el artículo dedicado a una película que no merece más que cinco o seis líneas de escritura.

miércoles, 4 de febrero de 2026

ZAFARRANCHO EN EL CASINO (1961), de Richard Thorpe

 

Esta es una de las películas más desconocidas de todas las que protagonizó Steve McQueen. A ello contribuyó el desprecio del propio actor que consideró que la cinta estaba desfasada, siendo un claro ejemplo de un cine realizado una década antes bajo los auspicios de la Metro Goldwyn Mayer. Lo curioso de todo ello es que, sin ser ninguna obra maestra de la comedia, resulta una película muy aceptable, con unos personajes bien llevados, algunos de ellos realmente graciosos, con un trama llena de enredos en la que, quizá, sí que se nota mucho lo anticuado que resulta el computador de marras que resulta ser el centro de todo el lío, con un protagonista que, en contra de lo que pudiera parecer, estaba muy bien dotado para los registros cómicos. Es, en definitiva, una película muy agradable de ver.

Al lado de Steve McQueen, que lleva todo el peso de la función, destaca la maravillosa y ridícula actuación de Paula Prentiss como la chica más atractiva de la historia…solo que es tan miope que Rompetechos parece un lince ibérico a su lado. Además, hay un plantel de secundarios nada despreciable, encabezado por Jack Weston y seguido por nombres tan ilustres como Dean Jagger, Jim Hutton, como el sempiterno amigo para todo del protagonista y Ben Astar en el papel del perplejo cónsul ruso que ve cómo sus ganancias se esfuman.

Todo se resume con facilidad. Unos muchachos oficiales de la Marina de los Estados Unidos deciden aprovechar que el barco pasa por Venecia para hacer saltar la banca en el casino. El truco no puede ser más sencillo, ni más acorde con los tiempos que vivimos. Se trata de adivinar todas las jugadas con ayuda de un super computador que lleva el buque. Empiezan con poquito y acaban con todo. Y, mientras tanto, chicas de todo tipo y condición, con una miope de libro al frente, la persistente seriedad de los oficiales superiores, las ganancias, las peleas, con una especialmente graciosa, y, señores, recojamos las fichas que la apuesta nos ha salido bien y hay que regresar antes del toque de descanso.

Algunos podrían pensar que esta es una película de McQueen antes de ser la gran estrella que fue, pero no es así. Ya se había estrenado con notable éxito Los siete magníficos y el chico estaba deseando intervenir en películas de calidad. No le gustó lo acartonado de todo lo que tenía preparado la Metro para hacer la historia de estos vivales que se aprovechan de cuanto tienen a tiro, pero hay que reconocer que, teniendo en cuenta que no se prodigó mucho en comedia, McQueen era mejor actor, incluso, de lo que él mismo se consideraba.

Así que hagan sus apuestas, señores. La bola va a girar alrededor de la ruleta, con sus blancos y sus rojos (y su verde), atinen con su predicción, y sospechen, sospechen siempre de cualquier que no hace más que ganar. Seguro que hay truco detrás. Por muy simpáticos que sean, esos tipos quieren llenarse los bolsillos y salir corriendo de una ciudad mágica como Venecia. Ah, el amor, el juego, la risa, los puñetazos…Venecia…

martes, 3 de febrero de 2026

UNA VIDA MARCADA (1948), de Robert Siodmak

Si se comete un crimen, hay que reconocer que nadie estará más interesado en conocer la verdad que un amigo que te ha acompañado toda la vida. El Teniente Candella pateó las calles al lado de Martin Rome y, un buen día, decidió llevar una placa. El destino ha querido que Martin fuera acusado de matar a un policía y que, en la refriega, esté recuperándose en un hospital. Mientras tanto, Candella visita a la familia de su amigo, aquella con la que, de pequeño, compartía pequeñas tartas, juegos en la habitación y saludos en la calle. Quizá las motivaciones de Martin sean distintas de las que se piensan. Quizá sea aún ese amigo de toda la vida que se torció con las malas compañías. Sin embargo, el terror del Teniente Candella es que sea culpable porque, si es así, tendrá que llevárselo del hospital para responder ante la justicia.

Robert Siodmak nos baja a las calles que aún huelen a aquel asfalto recalentado y que guarda la humedad de las bocas de incendios. En esas mismas calzadas en las que se pueden freír unos buenos filetes, jugaron estos dos personajes que se erigen como el centro de una trama que reúne ese pasado que no se quiere borrar porque, muy posiblemente, fue la única época en la que fueron plenamente felices, con ese presente feo en el que hay que buscarse la vida y ya no hay tiempo para juegos, ni para complicidades. La vida se ha encargado de golpear duro a los dos y han ido dando tumbos. Uno en el lado correcto, el otro, en el lado que le han dejado.

La pareja protagonista tiene, eso sí, un claro desequilibrio. Richard Conte, sin ser un adalid indiscutible de la interpretación, es bastante mejor actor que Victor Mature y no faltaron voces para que, en su día, se dijera que el reparto de papeles estuvo muy equivocado, que tendría que haber sido al revés. Conte incorpora a Martin Rome, un tipo que tiene muy clara su frontera ética a pesar de estar coqueteando con el lado más oscuro de las calles. Mature es el Teniente Candella, que trata de rescatar a un viejo amigo de las fauces de la tentación más ignominiosa, pero no sabe muy bien cómo hacerlo. El resultado es una película que hunde sus entrañas en el cine negro, pero con dos héroes inseguros, que tratan de llegar al día siguiente y no siempre lo consiguen. La calle, al fin y al cabo, siempre está ahí. Para bien o para mal. Para recordarnos el niño que fuimos y el adulto en el que nos convertimos. Menos mal que directores como Robert Siodmak fueron capaces de recoger el testigo para contarnos la historia de dos muchachos cualquiera que se han ido del centro de juegos y ya están en el cruce donde termina la calzada. La pregunta es quién se saldrá con la suya, porque la vida sigue apretando por mucho que aquellos niños hayan cumplido ya años y lleven armas en la sobaquera. Es el momento de dejar que uno de los dos viva. Es la vida marcada de los que no tienen muchas más mañanas.