El miedo suele ser el
origen de todos nuestros problemas interiores. Desde pequeños, hemos tenido
miedo a muchas cosas. Miedo a que nos quitaran un balón. Miedo a que los
compañeros nos dijeran cualquier cosa que nos apartara de la integración. Miedo
a que, mañana, el profesor nos dijera algo que nos pusiera en ridículo.
Miedo…miedo…sólo miedo. Esa sensación también nos acompaña de adultos. Tenemos
miedo a tomar responsabilidad. Miedo a que, si la tomamos, no estemos a la
altura. Miedo a que seamos la mitad de personas que soñamos con ser. Miedo a no
ser un buen hijo, o un buen marido, o un buen padre. Miedo…miedo…sólo miedo.
El silencio es el mayor
compañero del miedo porque es una de esas sensaciones que nos guardamos para
nosotros…más que nada porque creemos que, si expresamos las razones y angustias
de nuestros miedos, podemos parecer débiles e inútiles. Y puede, incluso, que
lo seamos. Aquí tenemos a un niño que tiene mucho miedo y que es incapaz de
superarlo hasta que un hombre, que también ha atenazado su vida con el miedo,
le ayuda a ver más allá del temblor. Puede que ese miedo pueda transformarse en
algo útil para los demás. Puede que no sea tan terrible lo que el niño cree ver
y que no puede contar. Puede que…sí, puede que el niño también sea una especie
de terapia para ese adulto que ha perdido el rumbo en su vida justo cuando ha
sabido lo que era la muerte.
No se puede contar
mucho de esta película sin desvelar muchas de las sorpresas que guarda en su
interior. Los que la han visto sabrán a lo que me refiero. Los que no la han
visto se quedarán, tal vez, con ciertas ganas de agarrarla de algún sitio y
verla. Si no es suficiente con el anzuelo que he puesto, pondré un par más.
Está primorosamente dirigida por M. Night Shyamalan, un director que ha sido
constantemente machacado por la crítica y que, aquí, realiza la que
posiblemente sea su mejor película. Está soberbiamente interpretada por Bruce
Willis, por el niño Haley Joel Osment y por Toni Collette. Tiene secuencias que
son pura emoción y, si nos asomamos, puro miedo. Sí, más miedo. Miedo a
descubrir lo que somos realmente. Miedo a que se pierda el amor porque la
incomunicación es su mayor enemigo. Miedo…miedo…sólo miedo. De alguna manera
mágica, esta película marca el encuentro entre el miedo real, ese que nos
agarra de la garganta todos los días, y el miedo sobrenatural que habita en
nuestro mundo de percepciones y de sueños. Ambos son igualmente temibles, pero
hay que saber manejarlos. En el primer caso, nos hará personas. En el segundo,
nos hará seres con experiencia, porque puede que, en algún lugar de nuestro
interior, sí que hayamos hablado con alguien con el que no podíamos hablar. No
quiero decir más porque no quiero hacer disfrutar de menos. Sólo apuntar, como
última idea, que, en ocasiones, el cine nos regala cosas que van más allá de
nuestro entendimiento y de nuestra razón y, con una historia de fantasía, el
pensamiento vuela en pos de una vida más soportable.






