El
diablo ya no lo domina todo. Comienza a estar sobrepasado en unos tiempos en
los que las ediciones en papel están siendo parte de la historia. El mundo
digital se está imponiendo a unas velocidades vertiginosas y ya no tiene
ninguna importancia cuántos comprar los ejemplares de su revista, sino cuántos
clicks se hacen en cada uno de sus reportajes. Aparte de eso, los emporios
empresariales siguen en sus batallas en las que impera la desigualdad y se
están devorando unos a otros. El diablo, tal vez, ya haya pasado de moda,
aunque tenga uno o dos ases guardados en la manga de Armani.
La chica voluntariosa
que soñaba con escribir en un periódico se ha quedado sin empleo. Ya no importa
escribir bien, tener rigor en los reportajes, informar al público desde un
punto de vista objetivo. Los diarios digitales también se están abriendo camino
y están ganando sobradamente a las ediciones impresas. Sus tremendos costes a
la hora de pagar a las plumas que firman artículos, columnas y editoriales
están siendo reducidos porque ya no se busca la calidad, se busca la cantidad
de lectores inmediatos y poco acostumbrados a leer más de tres líneas. El
periodismo serio se está arrojando a la basura, igual que un diario de ayer.
Volver a un antiguo empleo va a ser un desafío. Y más aún cuando el fracaso
está llamando a todas las puertas que signifiquen escribir.
Con estas
circunstancias, tenemos también al asesor de moda, que nunca ha tenido
oportunidades porque sigue a la sombra del diablo. No ha podido dirigir nada,
porque él sólo asesora. De forma muy eficiente, por supuesto, pero eso tampoco
es suficiente. En una hipotética reestructuración, él va a ser el primer
cordero para el sacrificio. Por otro lado, la chica que oscilaba entre la envidia
y el cariño trabaja para una conocida marca y no va a dejar sus sueños
arribistas por nada. En el ambiente de la alta costura, no hay lugar para los
sentimientos. Ese es un axioma que, con el paso de los años, ha permanecido
inmóvil, sin ceder ni un ápice.
Y ya tenemos una
historia más para armar otra aventura de superación, de exhibición de recursos,
con un retrato más humano y más suavizado de un diablo que no deja de serlo,
pero que ya no azuza tanto las llamas del infierno. La frivolidad sigue siendo
enseña y, desde luego, no deja de ser atractivo asistir al pase de modelos que
nos brinda la película y, de paso, al estupendo trabajo de los cuatro
protagonistas que, al fin y al cabo, pasan por ser las mejores razones para ir
a verla. Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, que tiene
las mejores líneas de diálogo, son cuatro portadas de primerísima clase. Si a
eso añadimos a Kenneth Branagh hecho un auténtico encanto, pues ya está.
Tampoco hace falta tener mucha profundidad, ni mucha más doblez para el signo
del cambio de unos tiempos que han adulterado todos y cada uno de los aspectos
de nuestra vida. No se pide mucho más. Y en esta ocasión, el número no es más
que una repetición que la primera edición.
No hay que confiarse cuando las cosas cambian de forma tan abrupta y tan rápidamente. La inteligencia, ese bien escaso, debe estar siempre en guardia y la perseverancia también se erige como un arma valiosa en unos días en los que se juega a la desesperación como ataque. Mientras tanto, las tiendas de altas marcas como Prada, Louis Vuitton, Dior, Jean Paul Gaultier o Yves Saint Laurent no dejan de abrir sus puertas, porque siempre hay sitio para valorar una creatividad que también se ha puesto en fuga, aunque hay que reconocer que algunos de los vestuarios que se exhiben con modelos de alta clase como estas estupendas actrices son realmente atractivos. Sonrían, perfúmense, no dejen de hacer la raya en el ojo, pónganse los tacones más difíciles del mercado…pero no pierdan su alma por el camino. Esa nunca querrá pasearse para mostrar un triunfo que, en realidad, no existe. Es todo.






