viernes, 6 de marzo de 2026

BLUE MOON (2025), de Richard Linklater

 

Lorenz Hart fue uno de los más brillantes letristas del teatro musical americano. Con una prolija obra a sus espaldas, su asociación con Richard Rodgers fue extraordinariamente fecunda e, incluso, algunas de sus canciones han pasado al acervo popular por derecho propio. Entre ellas, posiblemente, la que más destacó fue Pal Joey, interpretada sobre las tablas por Gene Kelly y en el cine, por Frank Sinatra, un musical que contiene clásicos imperecederos como Bewitched, My funny Valentine y, sobre todo, esa maravillosa tonada, llena de burla y agudeza, que es The lady is a tramp.

Lorenz Hart va, ebrio de abandono, a un bar de Nueva York donde se va a celebrar el ágape posterior al estreno de Oklahoma, el primer musical que Richard Rodgers, compañero de siempre, estrenó sin su colaboración, con Oscar Hammerstein en su lugar. Hart trata de superar la irreparable sensación de que ya no sirve para nada y, lo que es peor, para nadie. Su amigo y paño de lágrimas, ya no quiere trabajar con él. Sabe que está a las mismas puertas del olvido y se hunde en un infierno de tabaco, de alcohol y de autocompasión que hace que no le quede mucho tiempo en esta tierra. Hace gala de buen humor y, sin duda, derrama brillantez en sus diálogos con el camarero, con el escritor que busca un rincón de silencio, con el pianista aficionado a punto de ser destinado en alguna base perdida de la Coste Este… Su lamento es original, es nostálgico, es, también, un grito de socorro porque está perdiendo sitio a pasos agigantados en un mar de adulaciones que no le llevan a ninguna parte. Lorenz Hart tiene un pie dentro del ataúd y se resiste a ser uno más entre la multitud. Incluso aboga por un musical más dramático y menos almibarado. Y eso, quizá, en tiempo de guerra no es precisamente lo que la gente está demandando en el teatro.

Richard Linklater mueve la cámara con gusto y elegancia a través del amplio escenario de ese bar que destaca por su elegancia y comodidad. Prácticamente, es una obra de teatro filmada, pero hay una razón muy poderosa para ver esta película y se llama Ethan Hawke. La interpretación matizada y extraordinaria que ofrece el actor destaca más por lo que no dice que por lo que pronuncia, consiguiendo así una atractiva metáfora para un momento en concreto de la vida de un letrista irrepetible. Y no sé si utilizar este adjetivo porque estoy seguro de que Lorenz Hart no me lo hubiese permitido. El caso es que Hawke realiza una de las interpretaciones del año, pasando por los todos los estados de ánimo posibles, escondiéndose detrás de su caracterización para sacar al gran actor que demuestra ser. Actúa con el cuerpo, acentuando la baja talla del letrista, se expresa con la mirada y con el gesto y habla con absoluta autoridad, dominando al personaje y haciéndolo suyo a la vez que es él. Una interpretación que, casi, casi, podríamos decir que entra en la leyenda.

Así que no olviden nunca que el éxito es efímero. Hoy puedes ser el mejor letrista del mundo y, a la mañana siguiente, eres un apestado porque el mejor compositor posible te ha dejado de lado. Por mucho que en tu vida privada seas un degustador de la vida, un hombre que prueba todas las esquinas posibles y que has dejado suficientes muestras de bondad, que has tratado de vivir sin molestar dejando un rastro de arte en tus poemas cantados, el olvido siempre merodea sin piedad, tratando de cazar su siguiente presa. Y nadie mejor para ello que un tipo que ha visto cómo sus propias obras  han sido anunciadas en enormes carteles de neón en pleno Broadway, Nada podrá hacer que tu nombre no sea borrado aunque, eventualmente, el destino se burle haciendo que alguien, en algún lugar, mientras pasea por la calle, silbe una melodía conocida y, después, acompañe su silbido con una letra que podría empezar, por ejemplo con “She gets too hungry…for dinner at eight. She loves the theater and never comes late…”

jueves, 5 de marzo de 2026

LA RESIDENCIA (2025), de Yann Gozlan

 

Un futuro distópico no muy lejano. La civilización, presa ya de un irreparable cambio climático y de la dependencia tecnológica, busca acomodo en la desaparición de su propia personalidad. La inteligencia artificial está ahí para ayudar en las necesidades más básicas y una residencia, dotada con el más moderno sistema cibernético, pasa por ser el refugio de artistas y creadores, consagrados al desarrollo de sus obras en un entorno absolutamente controlado y ciertamente aséptico. Sólo hay un problema. Son estudiados al milímetro porque la misión es el principio del fin. Se trata de absorber la sensibilidad humana para que no sea necesaria la intervención humana en ninguna manifestación artística.

Y la sensibilidad puede que sea lo más íntimo que posee cualquiera que se dedique a una profesión que rinda culto al arte. Se pueden escribir muchas líneas, pero muchas de ellas no tienen alma. Se pueden componer multitud de melodías, pero la mayoría de las notas son sólo repeticiones mecánicas de esquemas ya ensayados con anterioridad. Si se anula el elemento de la sensibilidad del artista, el proceso ya sólo puede ser involutivo. Si se entrega a las máquinas, es el apocalipsis porque el ser humano ya no podrá mirar nunca más hacia adelante. Sólo será un ente inútil, un pedazo de carne con ojos, que ha renunciado a la inteligencia, que se antoja innecesario para dotar de alma a cualquier obra que se ponga en circulación.

En medio de un buen puñado de artistas que se han recogido voluntariamente en esa residencia, hay una mujer. Posee una extraña mirada serena a pesar de que está claramente resquebrajada por el dolor. Trata de racionalizarlo todo, pero cada vez le cuesta más. Tiene una inteligencia artificial que controla su salud en un entorno en el que un virus resulta ya un inconveniente mortal y permanente, que supervisa su trabajo obligándola a escribir un número de páginas al día, que, además, es capaz de urdir trampas muy creíbles para reconducir la dirección de la creatividad. Es difícil escapar a esa comodidad, pero ella se resiste porque lo ha perdido todo y si pierde su sensibilidad, incluido su dolor, ya no quedará nada de ella misma. Sólo será una pieza colaboradora más de un fin que se antoja cercano ya en nuestros días.

Interesante película que contiene una acertada reflexión sobre el uso y el abuso de la inteligencia artificial que, inevitablemente, acabará por sustituir todo lo que merezca la pena de la condición humana. Las letras serán otras, pero tendrán una semejanza inquietante con algo escrito con anterioridad. La música será distinta, pero sonará a algo parecido que nuestro oído ya ha guardado. La plasticidad será novedosa, pero el estilo seguro que recuerda a alguien que también estuvo en el mismo grupo de artistas al que perteneció Virginia Woolf. No cabe duda de que Cecile de France realiza una interpretación meritoria, siempre desde esa serenidad que sabe transmitir, en la que parece que no ocurre nada, pero que, en realidad, es una máscara que cubre toda la tormenta interior que padece su personaje. El resultado es una película turbadora, que mueve hacia el escepticismo de un futuro que no parece nada prometedor, por mucho que sea el depositario de avances impensables. Incluso resulta sintomático que el nombre de esa inteligencia artificial absolutista sea Dalloway, personaje principal de una de las novelas de mayor renombre de la propia Virginia Woolf.

Por supuesto, no se engañen con estas líneas. Están redactadas por una inteligencia artificial que ha hecho un refrito de muchos otros artículos escritos sobre esta película. Así que relájense. Tienen un vaso de agua preparado en la cocina y yo estoy aquí para hacer su vida más fácil. ¿Puedo ayudarles en algo? 

miércoles, 4 de marzo de 2026

RÍO SALVAJE (1994), de Curtis Hanson

 

El río nos lleva por meandros del destino con la fuerza de una corriente que puede ser mansa, pero también violenta. Nos empeñamos en descender por su cauce porque queremos amar las aguas tranquilas y, al mismo tiempo, estamos deseosos de soltar la adrenalina necesaria cuando la espuma se vuelve furia y menea la embarcación en la que vamos subidos con las personas que más queremos. Sus orillas siempre son descansos, pequeños intermedios que nos ofrece la existencia de vez en cuando. Es el momento en que nos paramos para conocer a otros, para mirarnos a los ojos y decir la verdad de un mundo que se empeña en llevarnos río abajo sin paradas por el camino. Es ese instante que puede ser eterno porque lo compartimos con una mirada llena de ilusión o con una sonrisa que nadie, nunca, jamás, podrá repetir. Mientras tanto, el río llama, el río suena, el río arrastra y tenemos que hacer frente a aquellos problemas que van saliendo, igual que rocas que, desafiantes y orgullosas, se plantan en medio del curso y nos retan a la cara planteando un duelo de resistencia.

En ese devenir de la corriente, una familia intenta reconstruir algo que tiene débiles soluciones hasta que el mismo río se convierte en un camino que conduce directamente hacia el infierno. La travesía, comandada por una mujer que ha tenido que hacer frente a demasiado rápidos en su vida, transitará del placer a la tortura, dejando cadáveres por el camino e, incluso, obligando a un hombre que había olvidado sus principales obligaciones a comportarse como tal. Algunas veces, hay que hacer algo así para recordar que ese hombre del cual se enamoró la mujer de tu vida, sigue estando en cualquier sitio de la convivencia. El río, al igual que la vida, se llena de villanos que quieren coger un atajo hacia la impunidad. Al fin y al cabo, en ese cauce, no hay controles de carretera, ni otro tipo de jaula de centinela. Sólo agua, riscos, montañas, vegetación y, quizá, otros despistados que también bajan por unos rápidos que, cada vez, son más abruptos.

Río salvaje es una buena película, de claro origen ecológico, en el que destaca por derecho propio Meryl Streep como el de esa mujer que ha conocido días de gloria en el deporte de aventura y quiere arreglar las cosas dentro de una familia que, poco a poco, se va deshaciendo por los bordes. Ella está tremenda, realizando ella misma la mayor parte de las escenas arriesgadas con un descenso en rafting que no debió ser nada fácil. Está, eso sí, espléndidamente secundada con un reparto muy solvente que incluye a David Strathairn, Kevin Bacon y John J. Reilly. La fotografía es hermosa. La dirección es sencilla, pero muy elegante. Quizá, eso sí, hay un par o tres de cosas que no cuadran demasiado con la lógica y que se detienen en aras de un montaje algo tramposo en lo que a tiempos se refiere, pero es una historia con tensión, con sus momentos difíciles, con alguna que otra visita a la inquietud (la sonrisa de Kevin Bacon ayuda bastante en esas lides) y con la seguridad de que un par de horas se convierten con facilidad en un placentero discurrir de las aguas en la capacidad de volver a plantearnos ciertas cosas que sólo aparecen en el pensamiento cuando la tensión se presenta con ganas de quedarse.

martes, 3 de marzo de 2026

EL TERCER SECRETO (1964), de Charles Crichton

 

Un suicidio que deja muchos cabos sueltos. Una niña de quince años que quiere averiguar cueste lo que cueste qué es lo que paso, porque no puede creer que su padre, un hombre de éxito en el campo de la psiquiatría, quisiera quitarse la vida. Un reportero que ha sido paciente del médico y comienza a investigar qué es lo que pasó. La lista se reduce a cuatro pacientes. Son los que atendía el médico de modo habitual porque el resto del tiempo lo ocupaba con su dedicación al campo académico e investigador. El periodista pregunta, inquiere y, siempre, tras cada una de sus palabras, parece que hay una especie de temor a descubrir que él mismo ha sido el asesino o, al menos, el instigador del suicidio. La tensión se pone en guardia cada vez que él aparece y, de alguna manera, la hija del muerto tiene una cierta tendencia a la manipulación. Mundos mentales muy oscuros, citas de Shakespeare en un muro al borde de un río que es mitad paz, mitad infierno, cuadros inopinados, una casa como centro neurálgico de todo. La turbiedad de la psique acaba por contaminar toda idea e, incluso, la sombra de la pederastia acaba por coger forma en las sospechas de los que se hallan fuera de la teoría de la conspiración.

No cabe duda de que Charles Crichton articula un misterio de interés, arropado por un reparto de primer orden que incluye nombres tan ilustres como los de Richard Attenborough, Diane Cilento o Jack Hawkins. Es cierto que un actor de renombre como Stephen Boyd asume el papel protagonista, pero, de alguna manera, se antoja falto de recursos como para abordar con garantías un personaje de cierta complejidad mental. Aborda las transiciones confusas de su personaje con demasiada urgencia, no da tiempo a comprender del todo a su personaje que, en un principio, se hunde en la violencia para ir evolucionando hacia una especie de enamoramiento de esa niña que guía sus pasos para terminar en un sacrificio para curarse a sí mismo. También es cierto que la niña, Pamela Franklin, con un año más de los que tenía cuando interpretó a la turbadora y ladina alumna y protegida de Deborah Kerr en Suspense, de Jack Clayton, realiza un buen trabajo porque oscila con maestría entre la ingenuidad, la inquietud, la belleza adolescente y el temor por ese tercer secreto que acaba por ser la verdad.

Entre oscuridades personales y reflejos de comportamiento, Londres acaba por ser el escenario de un misterio que casi se revela como un asesinato del cariño y una celebración por la sanidad mental. Todos los personajes revelan rincones muy escondidos de su personalidad y eso añade un velo de misterio a la intriga de qué es lo que pasó para que un psiquiatra modélico decidiera acabar con su vida. Tal vez, no soportaba el tercer secreto. Tal vez, no quería que nadie supiera hasta qué punto llegó a equivocarse en un diagnóstico que nunca quiso ver. Túmbense en el diván y siéntanse dispuestos a contar sus más escondidas inquietudes. Puede que tengan que pasar antes por el secreto de la mentira, de la mentira que nos contamos a nosotros mismos y de la verdad.

viernes, 27 de febrero de 2026

UN SIMPLE ACCIDENTE (2025), de Jafar Panahi

 

Defender los propios derechos en un país que no entiende de eso, acaba por ser una herida que nunca se puede cerrar. Puede que, por una huelga, hayas ido a la cárcel y que, allí, te hayan torturado hasta que tu espalda ya no sea capaz de erguirse igual. Sigues en el país cuando te liberan, pero, por las noches, aquel torturador que hacía sonar el temible chirrido de su pierna ortopédica se te presenta cada vez que cierras los ojos. Los años pasan y las heridas no cicatrizan. Perdiste la inocencia, parte de tu vida, una porción de tu propia dignidad, todos los sueños… Eso no tiene ningún remedio.

Sin embargo, el destino te ofrece una oportunidad para poner unos puntos en la brecha. Por un accidente en una carretera oscura, te topas con un fulano que, casualmente, tiene una pierna ortopédica y suena exactamente igual a como lo recuerdas. No puedes asociarlo a la cara de tu torturador porque nunca se la viste. Te llevaban a una sala con los ojos vendados y allí te sometían a barbaridades. Sólo ese chirrido, esa biela gastada, ese ruido entre metálico y gomoso se te ha quedado en la memoria. Coges al tipo y te lo llevas y lo entierras o le proporcionas una muerte cruel, igual que los terribles padecimientos que te hizo pasar. Punto redondo. Fin del pasado. Los tormentos son lavados.

No puedes estar seguro de que es él. Por supuesto, él lo niega todo. Su pierna cercenada es reciente, es imposible que fuera el verdugo de todas tus esperanzas. Necesitas más testigos que compartieron contigo celdas y torturas para que aquello no sea un crimen sin sentido. Seguro que él, en caso contrario, no se lo pensaría. A ti, aún te queda un pequeño resquicio de moral. Al fin y al cabo, puede que sea lo único que te mantiene vivo.

Sin permisos para rodar y con una economía de medios evidente, Jafar Panahi ha rodado una interesante parábola sobre la dictadura iraní, sobre el derecho a meterse en la espiral de violencia que siempre significa la venganza y sobre nuestros límites como seres humanos. Panahi, por ejemplo, llega a impresionar con ese plano fijo final de larguísima duración en el que los protagonistas se sinceran y precisan cuáles son sus inquietudes, sus miedos, sus rutinas y sus anhelos. El hombre está ahí, atado, indefenso y Panahi se detiene en él porque es el centro de todas las motivaciones y se ha convertido en el objeto de todas las frustraciones. Durante el resto de la película, el director iraní nos lleva por las calles de Teherán, en un eterno vagar divagando sobre si el individuo en cuestión es la persona o no lo es. Los testigos que acompañan al protagonista dudan, o no, pero quieren tener una certeza y esa no es otra que poseer la oportunidad de la humillación, sea en forma de muerte, o sea con los contornos de la dignidad. Da igual. Sus sentimientos y sus heridas han estado demasiado tiempo encerradas en un baúl del interior y ahora es el momento en el que la nada puede estar rellena de algo.

Todos tenemos personas que nos han torturado de una u otra manera y siempre, siempre, deseamos que a esos seres les llegue un buen merecido. Tal vez, tendríamos que plantearnos si eso puede llevar a una espiral que nos condene a la ausencia de bondad, o la corrupción del alma. A veces, lo mejor es olvidar. A veces, no queda más remedio que darle un gusto a la rabia. Es lo que trae la violencia, sea del tipo que sea, que se queda a vivir en nuestro interior y es muy difícil que se vaya. Por mucho que tengamos rasgos de buenas personas, o momentos en los que nuestra auténtica personalidad sale a relucir y hagamos todo lo que se espera de nosotros en el lado más positivo de nuestro ánimo. Puede que no deseemos tanto mal. Puede que sí y que seamos sólo bestias que queremos devolver las dentelladas que se han quedado grabadas en la piel y en el pensamiento. Un simple accidente es capaz de conducirnos a una elección que es realmente complicada y que nadie más puede tomar por nosotros.

jueves, 26 de febrero de 2026

EL AGENTE SECRETO (2025), de Kleber Mendonça Filho

 

En los años setenta se decía que a los brasileños les bastaba el samba, el fútbol y el sexo para ser felices. Era como dar una idea de libertad en un país que estaba asolado por la pobreza, la represión política y la prostitución. Dentro de aquel ambiente sudoroso y enrarecido, había disidentes que luchaban a su manera contra un régimen en el que la corrupción era lo habitual y más aún si se echaba una mirada a los estamentos universitarios. En esta ocasión, un profesor jefe de un departamento de investigación resulta ser un agente secreto sin amo que, en realidad, trabajaba por la libertad, siempre tan escurridiza y, a veces, elemento en fuga de una sociedad que luchaba por encontrar un sitio en el que sobrevivir.

Bajo la mirada reprobatoria de un presidente como Ernesto Geisel, hacía falta mucho valor para sobreponerse a los continuos abusos policiales, encabezados por una serie de agentes que, en realidad, creían con firmeza en la certeza de que eran los dueños de la voluntad popular. No se andaban con tonterías y hacían gala de su fanfarronería que, en muchas ocasiones, lindaba con una actitud circense que no podía ser censurada porque eran de gatillo fácil y justicia volátil. Brasil estuvo muy cerca del caos porque, en su condición de grandeza por la extensión de su territorio, no se podía controlar esa disidencia que, en su mayoría, destacaba por su silenciosa resistencia.

No cabe duda de que, después de la excelente Aún estoy aquí, se vuelve sobre esos mismos apuros que, esta vez, también tiene una mirada de optimismo. Las nuevas generaciones son capaces de hablar de aquella época sin el trauma como guía a pesar de que había razones más que suficientes como para que hubiera desánimos insalvables. Kleber Mendonça dirige esta historia con aires neorrealistas, apelando a la naturalidad y con una ambientación muy fiel a aquellos años de tristeza maquillados por los bailes callejeros y una falsa libertad sexual que no hacía más que emponzoñar cualquier intención democrática. Era caer en la trampa en la que se quería que todo el mundo estuviera preso.

Una de las razones principales para ver esta película es la interpretación de Wagner Moura que, siempre desde la serenidad y sin un gesto de más, incorpora a ese profesor universitario que lo único que desea es salir de allí con su hijo, por mucho que su verdadera intención sea oponerse al régimen injusto y brutal que atenazaba a todo el país. Desde la naturalidad, Moura compone un personaje creíble, atravesado por el dolor, pero muy patriota porque, al fin y al cabo, se puede amar a un país sin necesidad de adorar su sistema político. Más allá de eso, se suceden las conspiraciones, la tela de araña que propone Mendonça, que no huye del planeamiento chapucero, resulta creíble y, desde luego, resulta efectivo y fiel.

Y es que la libertad, en el fondo, también puede ser disfrazada con la creación de una leyenda que acaba por ser popular con una pierna peluda, cercenada y devorada por un tiburón, que se dedica a coser a patadas todo lo que ensucia a un país. Y la gente no lo cree, pero se divierte con las sucesivas noticias de una prensa al servicio de la dictadura. La gente lo cree todo y es fácil atribuir teorías conspirativas al terrible hallazgo de esa pierna que la policía se apresura a hacer desaparecer porque las piernas, no nos engañemos, también son los instrumentos necesarios para salir corriendo por delante de las balas, de los golpes y de la injusticia.

Hay que destacar que, en su duración excesiva, hay algún que otro error que, por otra parte, no empaña en absoluto la valoración final de la película. Ese mismo argumento, con múltiples homenajes al cine, ese instrumento de evasión que proporciona la oportunidad de entretenerse y, al mismo tiempo, pensar, es la demostración preclara de que ningún gobierno que quiera perpetuarse está demasiado a favor de que sus ciudadanos tengan criterio propio. Es de primero de dictadura. 

miércoles, 25 de febrero de 2026

ROBERT DUVALL: CHARLIE NO HACE SURF

 

“He hecho muchas cosas malas, pero también he hecho muchas cosas buenas. Siempre desearías que hubiera una cosa buena más. Es como esos jinetes que siempre buscan un caballo. El caballo”.

Así es cómo evaluaba Robert Duvall su propia carrera. Un actor que siempre buscó hacer lo mejor, aunque, a veces, no fuera posible. Con una carrera de más de cien títulos, lo que no alberga ninguna duda es que su presencia elevaba la categoría de la película, fuera cual fuera. Era como un agarradero en el que se enganchaban todas las virtudes de cualquier película en la que intervenía y, alrededor de él, se tejían los elogios, los entramados, el sustento de la historia. Nunca habrá otro como Robert Duvall.

De larguísima experiencia televisiva, su salto al cine fue de todo menos precipitado. Aparecía aquí y allá en papeles de poca importancia aunque, en alguna ocasión, destacaba por derecho propio. Es cierto que su aparición en el medio fue fulgurante interpretando a Boo Radley en unas poquísimas escenas de la maravillosa Matar un ruiseñor, de Robert Mulligan. Y, en esos primeros años, ahí está el timorato empleado de banca, cobarde hasta la médula y falto de personalidad, débil de carácter y cornudo a tiempo completo de la excelente La jauría humana, de Arthur Penn. Consigue un papel protagonista en una película que fue un completo fracaso, muy atípica en la filmografía de su director, como en Cuenta atrás, de Robert Altman y realiza apariciones interesantes aunque breves en El detective, de Gordon Douglas, al lado de Frank Sinatra, o en Bullitt, de Peter Yates, proporcionando información a Steve McQueen. También aparece de malvado enfrentándose nada menos que a John Wayne en Valor de ley, de Henry Hathaway, y es el objeto de una buena retahíla de chanzas y burlas por parte del personal médico de MASH, también de Altman.

George Lucas le proporciona un papel muy interesante en el terreno de la ciencia ficción y ya, aquí, se podría afirmar que Robert Duvall está muy cerca de ser lo mejor de la película. THX1138, es una fábula distópica, con un futuro aséptico que busca anular al ser humano hasta confundirlo con cualquier fondo blanco. La película fue un rotundo fracaso, pero Duvall demostró cómo se podía actuar con el rostro, con el cuerpo y con la mente. Es El padrino, de Francis Ford Coppola, la cinta que hace que Robert Duvall sea un rostro absolutamente familiar para todos los que se acerquen a ver cualquier película en la que él aparece. Ese Tom Hagen, hermano de adopción de la familia Corleone y, en el fondo, el más capacitado para dirigirla aunque esté fuera de cualquier consideración por su ascendencia irlandesa, es el hombre fiel, consejero, hermano de verdad de esos personajes perdidos en la esencia del poder y de la ambición. Tom Hagen, su personaje, ya está entre los papeles más conocidos de la Historia del cine, tanto por su interpretación en El padrino como en El Padrino II.

Fue muy interesante cómo retomó el personaje que Lee Marvin había hecho en A quemarropa, de John Boorman, para volverlo a interpretar a su modo en la notable La organización criminal, dirigida por John Flynn. Trabaja con Peckinpah en Los aristócratas del crimen, una experiencia que no le agradó, y compone un Doctor Watson entregado a su amistad con Sherlock Holmes en la notable Elemental, Doctor Freud, de Herbert Ross. Se transmuta en un ejecutivo sin escrúpulos de una cadena de televisión en Network, de Sidney Lumet, y encarna al Coronel Radl, cerebro de la operación para matar a Winston Churchill en la apreciable Ha llegado el águila, de John Sturges.

Por supuesto, otro de sus personajes más recordados es el demencial Coronel Kilgore de Apocalypse now, obsesionado con el surf, excesivo en sus reacciones, fanfarrón en todas sus afirmaciones y belicista hasta la médula, Oledor de napalm por la mañana y convencido de que Charlie no hace surf, Duvall consigue una merecidísima nominación al Oscar a través de un personaje que, en manos de cualquier otro, hubiera sido un muñeco histriónico, pero que resulta escalofriantemente loco en su piel.

Cuarta nominación con ese retrato del militar inflexible con sus hijos en El don del coraje, una película de la que se sentía particularmente satisfecho y entabla un duelo interpretativo de muchísima altura con Robert de Niro, del cual resulta vencedor, en Confesiones verdaderas, de Ulu Grosbard, encarnando a un policía que investiga un crimen con implicación eclesiástica.

Consigue la estatuilla dorada interpretando a un viejo cantante country retirado por el alcohol en Gracias y favores, de Bruce Beresford. Una película sin pretensiones, de sentimientos y de gestos que no todo el mundo sabe ver. Y resulta extraordinariamente convincente como el periodista que sigue al último fenómeno de las canchas de béisbol en El mejor, de Barry Levinson, con Robert Redford dándole la réplica. Hay que reconocer que el sombrero de ala ancha le sentaba muy, muy bien.

Es el veterano policía que enseña a Sean Penn a andarse por las calles de patrulla en Colors y resulta especialmente rechazable en la única versión cinematográfica de El cuento de la doncella, que dirigió Volker Schlondorff en 1990. A partir de aquí sus apariciones son cada vez más episódicas, dando siempre un maravilloso realce a todas las secuencias en las que interviene. Ahí está el policía al borde la jubilación de Un día de furia, de Joel Schumacher, y que tiene que cazar a un Michael Douglas harto de su vida y del mundo que trata de atravesar Los Ángeles; o el redactor jefe, ya enfermo, de la excelente The paper, de Ron Howard; o esa interpretación fantástica que realiza como abogado resabiado que se enfrenta a John Travolta en la excelente Acción civil, de Steven Zaillian; o tremendo como el ganadero que se halla en paz con la naturaleza y que se juega todo por quien considera su amigo en Open Range, de Kevin Costner; o ese viejo, último resquicio de humanidad que se encuentran los protagonistas de La carretera; o esa grandísima última interpretación que realiza en El juez, en manos de Robert Downey para lo bueno y para lo malo.

Sí, lo sé, es un repaso somero a la carrera de un grandísimo actor, pero es que he querido que fueran los caballos ganadores para demostrar que siempre, siempre consiguió una cosa buena más. Era un actor impresionante, único e inigualable. Un océano de clase, eterno en su lugar, sin salirse ni un ápice de todo lo que requería su personaje. Él sabía muy bien que Charlie no hace surf.