miércoles, 9 de septiembre de 2026

MANOLO SOLO: EL ACTOR QUE CONTENÍA TODAS LAS MIRADAS

 

Algo muy extraño ocurría cuando veías actuar a Manolo Solo.  Parecía que, de alguna manera, en todos y cada uno de sus personajes, se guardaban todas las miradas posibles. Miradas de decepción, de sorpresa, de descontento, de sabiduría, de ingenuidad, de verdad, de mentira, de búsqueda, de rifles y ponys, de broma, de conquista, de derrota, mucha derrota. Sólo con ese poder que atesoraba, era capaz de trazar cada una de las características de sus encarnaciones a las que acompañaba con una voz que modulaba con autenticidad. No en vano había sido un excelente actor de doblaje. El destino, siempre burlón y esquivo, no ha dudado en llevarse a un intérprete de su categoría justo cuando ya estaba dominando las películas en las que intervenía. Injusticia nada divina.

Manolo rezumaba autenticidad en todo lo que hacía y no es insensato pensar que comprendía, por su experiencia y su capacidad, todas las motivaciones de los personajes a los que interpretaba. Sabía perfectamente que Santi “El Triana”, de Tarde para la ira tenía que modelarse a través de su voz, tan quebrada que apenas era un silbido, con esa forma de hablar tan taleguera, tan de trullo y patio. Lo demás era construirlo a partir de esa voz. Y con siete minutos dio vida a un personaje que ya se ha quedado en el imaginario de todo el público. Sin embargo, no fue el único que merece la pena ser recordado porque, si algo caracterizaba a Manolo, era su increíble entendimiento de cualquier papel que caía en sus manos, como el de ese cineasta en busca de respuestas, aislado en un rincón perdido de una playa que huele a pescado y madera seca por el salitre y el agua en Cerrar los ojos, esa maravilla de Víctor Erice que también supo guiar a Manolo por los cauces del homenaje, del verdadero sentido de contar historias que, en el fondo, tienen mucho de realidad.

Y así podría ir siguiendo al enumerar sus extraordinarios trabajos, como ese profesor universitario de Una quinta portuguesa, que elige el escondite detrás de otra entidad para dejar atrás su enorme fracaso en la vida privada, en medio de plantas silenciosas y agradecidas en un lugar que lo acoge con tanta ternura como lo hacía el propio Manolo con sus personajes. O, incluso, ese periodista de El Caso que también se pierde en las marismas del Guadalquivir alrededor de La isla mínima porque olvidar es muy fuerte, pero permanecer en la memoria lo es aún más. O como el moderado Juez Ruz de B, la película que hablaba de la corrupción de traje, corbata y chulería de Luis Bárcenas, o el desenroscado Miralles de El buen patrón que ya no encaja en la empresa perfecta de básculas y que, queriendo dar guantazos, encaja los golpes a pares. Da igual, podríamos seguir por la lista interminable de secundarios memorables que nos ha regalado y seguiríamos viendo a un hombre, a un actor, que trataba con enorme cariño a todos s los que le ha tocado interpretar y eso define a todos aquellos que deben fingir la verdad para hacernos creer la mentira. Manolo era uno de ellos. Siempre lo era, por pequeño que fuera su papel.

Además, tenía otra característica que era muy notable. Y era su naturalidad. Parecía que no hubiera tenido que aprenderse su papel, sino que lo decía en ese momento porque era lo que realmente pegaba. Pertenecía a una estirpe de actores españoles que eran capaces de sobrecoger con apenas un gesto y conmover con un leve entornar de ojos. Él iba justo detrás de Rodero, de Bódalo, de Puente, de Lemos, de Merlo, de Delgado, de Pellicena, de Rellán, de Alonso, porque sabía decir las cosas, poner el énfasis en el acento justo, dejarlo sobre la mesa y recoger la réplica para utilizarla en su siguiente frase. Es una enorme pérdida que nos haya dejado tan pronto, porque él pertenecía a esa raza de actores que no necesitaban más que su intuición, su razón y su experiencia. Y nos quedan muy pocos actores como él. Un par de ellos, como mucho.

Manolo, quiero dejarte estas líneas como agradecimiento por tus miradas, por tu trabajo previo antes de abordar cada uno de los papeles en los que he tenido la fortuna de verte, por continuo rebosar de calma, o de ira, o de bajeza, o de altura, según tocaba. Quiero decirte que siento no poderte disfrutar más, aunque ten por seguro que te volveré a ver muchas, muchas veces en todo lo que nos has dejado. Quiero asegurarte que pude acercarme a todas y cada una de tus miradas. Y que me llegaste allí mismo, en esa parte en la que el olvido no es una palabra de mi vocabulario y que, a pesar de no haberte conocido personalmente, estoy seguro de que, en algún lugar, hay una cañita para compartir entre nosotros para que me cuentes un par de secretos de tu trabajo. Lo espero con impaciencia. Mientras tanto, nunca estarás solo, Manolo.

martes, 8 de septiembre de 2026

SPIDERMAN: BRAND NEW DAY (2026), de Destin Daniel Cretton

 

¡Qué necesario es que alguien te diga, de vez en cuando, que estás haciendo un buen trabajo! Si eso falta, no tarda en aparecer una ansiedad muy parecida a la soledad. Sientes que nadie más que tú te importa, que no afecta a los demás nada de que lo que puedas hacer, que, al fin y al cabo, podrías desaparecer y ni un alma te echaría en falta. Es como sentir que, más allá de ti mismo, hay un insondable abismo que produce vértigo con el más mínimo asomo. Todos necesitamos de alguien. Todos necesitamos a alguien. Todos somos alguien.

Y eso no podía ser menos en un super héroe. Ya se sabe, un tipo, más o menos simpático que no abandona su humor en medio de cualquier refriega, que se juega la cara por todos los demás con tal de poner un poco de orden en su ciudad. No es tarea fácil. Y, si se me apura, hasta es posible que, si miramos un poco a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que los super héroes existen. No son ubicuos, ni siquiera son infalibles y, por supuesto, no destruyen la urbe cada vez que a algún pirado se le ocurre hacer un ejercicio de dominación y ruina, pero sí, existen. Por eso, hay que recordar eso de que cuando ayudas a alguien, en realidad, estás ayudando a todos. Primero, porque, aunque no lo veamos, tus acciones afectan a unas cuantas personas que giran en su propia constelación alrededor de ti. Segundo, porque es lo que nos hace humanos. Tercero, porque todos poseemos un gran poder y, por tanto, también cargamos con una gran responsabilidad. Cuarto, porque es lo que hay que hacer. Son razones de peso. No llevamos máscaras para proteger nuestro anonimato, ni somos tan inteligentes como para fabricar artilugios que nos ayuden a luchar contra el mal y sus derivados, pero sí que ponemos en juego muchas de nuestras habilidades más escondidas si, de verdad, queremos ayudar a alguien. Hagan la prueba. Se quedarán sorprendidos.

Después de esta optimista introducción, hay que reconocer que la última entrega del héroe arácnido no está mal. Es muy entretenida y, desde luego, hay secuencias admirablemente diseñadas. Por si eso fuera poco, hay unas cuantas apariciones especiales que le dan algo de textura a la historia que, quizá, se antoja algo alargada hacia el final, pero que eso no empaña la sensación de pasar un buen rato lanzando telas de araña, recuperando el pasado, enfrentándose a la terrible soledad, con un par de chistes que no están mal y con el bien sobreponiéndose a las trampas de un mal que habita mucho más cerca de lo que pensamos. Al igual que, con toda seguridad, hay super héroes a nuestro alrededor, hay que pensar que los super villanos están igual de cerca. Y esos suelen llevar traje de malvado adornado con una corbata.

Vale, vale, que me pongo aleccionador para una película que no lo pretende, pero hay que reconocer que el artículo tiene tanta originalidad como un impacto en la espalda. No se preocupen, vuelvo al tema. La dirección no es mala, aunque tampoco es de una brillantez inusual, y la interpretación de Tom Holland comienza a tener algún que otro atisbo de profundidad. Zendaya pone belleza e inteligencia y Jon Bernthal pasa por ahí para castigar, que es lo suyo. El resto, lo iremos descubriendo poco a poco con este paulatino regreso de los héroes de Marvel, que ya anuncian a bombo y platillo la última entrega de los Vengadores con el título de Doomsday, con resurrecciones incluidas.

Si ustedes están llamado a la ayuda, hay que ser plenamente consciente de que, en la mayoría de las ocasiones, la ingratitud es lo que espera al día siguiente. Nadie va a dar una palmadita en la espalda. Nadie va premiarte con una sonrisa. Nadie. Hay que tener un aguante propio de super héroe. Y eso no lo tiene todo el mundo. Ténganlo por seguro. Hay que alimentarse de esas cosas buenas que hacemos que, aunque no lo notemos, hacen que el mundo sea un poco mejor, por mucho que pesen nuestros actos anteriores o el olvido esté acechando cuál escorpión en busca de su presa. Cuando ayudas a alguien, ayudas a todos. Eso es una gran verdad que conviene no archivar en el cajón de objetos perdidos de la memoria. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

LA CONSTELACIÓN DEL PERRO (2026), de Ridley Scott

 

Se hace muy difícil encontrar razones para seguir viviendo en medio de un final. Quizá un hombre haya seguido por inercia porque, al fin y al cabo, ha conseguido la compañía de otro y ha conservado a su perro, obediente y único. De vez en cuando, pilota su avioneta para coger gasolina, alimentos y medicinas en ciudades fantasma ocupadas por otros seres humanos que se han convertido en aves carroñeras que buscan su supervivencia a través de la violencia y el canibalismo. Vuelve, se fortifica, vive en un permanente estado de alerta y está siempre acompañado por un animal que no le falla y que le recuerda que una vez tuvo un pasado que mereció la pena vivir.

Así han ido pasando los años. Así ha conseguido seguir. Sin embargo, se le van agotando las razones cuando su mejor compañero desaparece. Quiere encontrar a otros seres humanos, que también luchan, que también siguen y, tal vez de ese modo, puede hallar alguna razón para desear ver un nuevo día. El apocalipsis no invita a nadie, coge lo que es suyo, lo agarra por la fuerza y lo desgarra sin piedad. Un oasis se puede vislumbrar en la sonrisa de unos niños, en la seguridad de que el contacto con otras personas de bien tiene la posibilidad de convertirse en un nuevo principio. Y si fracasa en el intento, entonces es más que probable que se transforme en un definitivo final.

No es un secreto para nadie que haya visto dos o tres películas que Ridley Scott hace tiempo que renunció a hacer cine para sólo mantenerse en los números de taquilla. Su cine, tiempo atrás, tuvo un valor incalculable, pero degeneró en productos facilones, vendidos con pericia, disfrazados por el aura de una comercialidad descarada y un descuido evidente. En esta ocasión, no realiza una obra maestra, ni muchísimo menos, pero no es su peor película. Scott articula una película en la que, por una vez, se preocupa de mirar en el interior de sus personajes con aire sugeridor, con cariño hacia ellos, desarrollando con cuidado sus motivaciones y sus errores. Jacob Elordi y Margaret Qualley cumplen con su función, y no pasan de ahí, de pareja de corte clásico, con sus traumas de principio y su búsqueda de final y el acierto de que el personaje de Elordi, en el fondo, es un tipo perdido lleno de esperanza. Josh Brolin acaba por ser el más interesante y el mejor de todos ellos. Y Guy Pearce, importante en algunos tramos, desaparece incomprensiblemente del todo en la parte final. Sólo está allí, sin aportar nada. La película tiene una irregularidad latente, pero no es desgraciada, incluido esa secuencia bizarra sumergida en el universo VIP que destila crueldad por naturaleza. El resultado es una cinta que consigue un aprobado más o menos holgado, sin llegar en ningún instante al notable. Cosas de Ridley.

Alejado de los ambientes brumosos que tanto ha sabido explotar, la estructura de western parece salpicar un argumento flojo, que, en el fondo, se antoja muy parecido al de Furia en la carretera, de George Miller, con mucha menos parafernalia y con los personajes vestidos. Mientras tanto, se sufre con un mundo apagado, con ligeras reminiscencias a El último hombre vivo, de Boris Sagal, con alguna que otra secuencia de cierta altura mientras se mira embelesado a las estrellas.

No dejen nunca de recordar qué es lo que hacían antes del fin del mundo. La película fecha la acción en mayo de 2035, así que nos queda bien poco. Salven al perro, porque en su mirada llena de amor y lealtad puede se encuentre toda la memoria que se pierde a velocidad de disparo entre tanto caos. No se dejen seducir por el lujo y el plástico que tanto facilita las cosas. El mundo es el que es y el secreto está en no perder la esperanza, en tener la seguridad de que comenzar de nuevo es posible y que, tal vez, encontrarse con el amor bajo las estrellas sea tan romántico como lo era antes de que todo terminara sin aire. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

EL SER QUERIDO (2026), de Rodrigo Sorogoyen

 

Con frecuencia, el abismo que se abre entre un fotograma y otro en la vida llega a ser tan profundo que sólo puede haber un insalvable rencor de película. Los errores se cometen y se dejan ahí, en un rincón de las sensaciones y de la memoria, y queda en un estado letárgico, latente y, a la vez, ausente. De repente, llega otra historia y no se puede evitar el grito de dolor que ha quedado sordo con el tiempo, dejando que la ira y la frustración salgan para arruinar la toma, para repetirla hasta la saciedad, para otra película que ni siquiera sirve para que dos caminos vuelvan a ser paralelos.

Y comienzan las excusas y las esquivas presencias. Con la naturalidad propia de un rodaje en el que todos se comprometen y, de alguna manera, también mueren. La historia sigue adelante, queriendo decir todo lo que quiere decir. Sólo con la panorámica completa, con el plano arropado por la música, con la mirada sabia, pero irremediablemente huérfana, se puede seguir con un destino que no debería haber sido así y que ha sido demasiado generoso para unas maneras cercanas al despotismo y cicatero con una búsqueda que se ha convertido en una quimera que no termina más que cuando se apagan las luces de neón y de los focos. El rencor sigue ahí porque aún hay dolor. Y el dolor no se borra, no admite segundas y terceras tomas, no se puede trucar con un montaje tramposo o precipitado.

Rodrigo Sorogoyen articula una película absorbente en su descripción de las relaciones y de las reacciones humanas a través de dos personajes que buscan la redención y la satisfacción. Javier Bardem, que demuestra una vez más el espléndido actor que puede ser cuando no se aleja tanto de sí mismo, y Vicky Luengo ofrecen un recital de interpretación, siendo precisos en sus reacciones, comprensibles en sus motivaciones, grises en sus humanidades. Mientras tanto, la película avanza y, si bien, palidece en cierto modo después de la impresionante escena de tensión máxima haciendo que el espectador ruegue por un final menos alargado, el conflicto ha sido recibido con el respeto del silencio, con la admiración del ensimismamiento y con la seguridad de que las personas existen ahí, en ese trozo de ficción que, por momento, gana un Oscar a la vida más cercana.

A medio camino entre el Ocho y medio, de Federico Fellini, y La noche americana, de François Truffaut, el director Sorogoyen nos habla de personajes que traspasan la película y de personas que se filtran por la vida. El resultado es que se llega al convencimiento de que todos queremos ser queridos y que, cuando el amor se ha negado a presentarse, sólo puede quedar rencor, sólo puede quedar dolor, sólo puede quedar decepción, por mucho que se haga lo posible para compensar de alguna manera todo lo que se ha hecho mal. El tiempo se ha encargado de que ese abismo entre dos fotogramas sea insalvable. El objetivo ya está desenfocado, el director de fotografía ha dimitido, el vestuario ya está ajado y los recuerdos ni siquiera son los mismos, entre otras cosas, porque la justificación también aparece de una forma casi esperpéntica, negada, abrumada y poco creíble. Así es el cine. Así es la vida.

No sirven de nada antiguas amistades y, menos aún, las nuevas que se hacen derivadas de la convivencia obligatoria de un largo rodaje en el que el paisaje resulta árido, salpicado de cráteres, con las sombras del sol a través de cumbres que, por mucho que se quieran escalar, sólo llevan al cansancio y a algo muy semejante a la nada. El tiempo ya se ha ido y los rencores se quedan ahí, grabados por la cámara y fijados por el corazón, como esos momentos en que la magia del cine permanece en el recuerdo. El cine evade, pero, por supuesto, también clava sus garras cuando quiere que pensemos. Y es entonces cuando nos podemos dar cuenta de que alguien nos quiere, o quizá, no.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

HACIENDO AMIGOS (2026), de David Marqués

 

A veces, es necesario camuflarse con el entorno para darse cuenta de que el mundo no es exactamente como nos lo habíamos imaginado. Puede que una pareja de atracadores de medio pelo vean el resquicio para la huida en un autobús que está esperando a una serie de personas con discapacidad y, por supuesto, uno finja ser y el otro finja acompañar. Eso da pie a una serie de situaciones cómicas que nos remiten, como no podía ser menos, a Campeones, de Javier Fesser, sólo que, en esta ocasión, se opta por una comedia algo más desatada con desarrollo menos refinado. Sin embargo, hay que reconocerlo, hay momentos desopilantes, otros menos afortunados y un desenlace que podría haberse trabajado con esmero y cariño, como hacen los personajes caprianos de esta película.

Así que ahí tenemos a Antonio Resines y a Quin Gutiérrez, dominador del tono uno, y de las miradas con significado el otro, movidos por el provecho y por el chantaje a que son sometidos por una serie de personas maravillosas que se juntan durante una semana para hacer una obra de teatro en uno de esos lugares a los que a uno le encantaría irse de vacaciones con relax. En el apartado femenino tenemos a Megan Montaner, que debería de aplicarse el famoso “menos es más”,  y la propia guionista de la historia, Marta González de Vega, que asume con oficio y sin carne su personaje de psicóloga. El resultado es una película veraniega, sin ninguna pretensión, que sólo quiere hacer reír poniendo a los protagonistas en situaciones incómodas, sin demasiado matiz argumental. Ya se sabe, eso hace que cualquier idea que se le ocurra a la guionista pueda tener cabida aunque sea con una lógica de canto. No importa. La película cumple su misión. La gente sale encantada, con la sonrisa puesta y el aire acondicionado en la piel y en los labios.

Así que ahí estamos, manejando unos cuantos estereotipos con cierta gracia, haciendo que los actores no se corten ni una guirnalda en la composición de unos personajes que tienen que pasar por el rosa, el amarillo, el blanco y el negro para llegar al convencimiento de que la vida es algo más que unas joyas robadas. Y el viaje es agradable porque, en algún pasaje, los chistes se suceden con cierta sensación de amontonamiento y son efectivos. Sin olvidar la apelación a la bondad ingenua, a los valores que nos definen como seres humanos, a la apreciación de quien no debería ser diferente, a la verdad interior de las personas, que es la que realmente cuenta. La vida debería ser un regalo para todos. Incluso para aquellos con los que nos esforzamos. Paciencia, sí, a raudales. Cariño, también. Música de moda, que no falte. Discobuses, algo que sorprende en su concepción, como tramas paralelas. Y la seguridad de que lo que conforma verdaderamente al ser humano es nuestro sentimiento de buenas personas y no los malos impulsos. Tal vez porque, si hay más de los segundo que de lo primero, entonces es que hemos perdido la partida.

Bailen, rían, gocen, actúen, amen, canten, que todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son, como diría don Pedro. Un regalo puede ser una simple patata de bolsa. Un gesto puede cambiar el día. Un cariño es el movimiento que hace que el gris se convierta en azul. Una sonrisa es el foco que ilumina la escena. Una mirada es la razón de todo. Pensar en el que está al lado, que seguro que libra sus propias batallas, es una anomalía. Ceder en la ilusión del otro, es una joya intercambiada. Y así todo. Basta con percibir que las cosas tienen muchos lados con los que considerar su finalidad. Y, ante todo y sobre todo, está el amor, que es el auténtico motor de todos nuestros actos. Desde el amor a una canción infantil hasta la pasión más desatada. Desde el aprecio a los más pequeños detalles que son los que proporcionan mucha felicidad, hasta la seguridad de que la vida merece la pena porque los buenos momentos, por pocos que sean, superan siempre a los malos. Sólo por pasar un buen rato perdemos la cabeza y, a menudo, pasamos de largo frente a ellos sin darnos cuenta de la oportunidad que perdemos.

martes, 1 de septiembre de 2026

LA ODISEA (2026), de Christopher Nolan

 

El punto más fuerte de esta versión homérica de Christopher Nolan del viaje de regreso de Ulises a Ítaca está en el interior del héroe. Es un hombre perdido, que ha quebrantado todo en lo que creía para lograr una victoria que consistió en una traición, en arrasar una ciudad, en acabar con todo lo que se ponía por delante. Y no sólo eso, sino que carga en su conciencia con la imposibilidad de enterrar y rendir honores a todos los que murieron luchando a su lado. Eso hace que su eterno peregrinaje para volver a su hogar sea una quimera, porque no es dueño de su destino, el cual pertenece únicamente a los dioses, sino que, en el fondo de su corazón, tampoco desee el regreso, lo cual le lleva al olvido, a la nada en una playa con alguien que cuida de él, al miedo de recordar que, en algún lugar del Mediterráneo, una amante esposa y un devoto vástago le esperan con impaciencia.

Luego pueden llegar las objeciones sobre la verosimilitud histórica, que se puede justificar con la idea de que el relato, en realidad, es un recuerdo confuso, probablemente en parte inventado por el propio Odiseo, o en el discutible reparto que, en efecto, choca en algunas de sus elecciones, pero eso no oscurece el hecho de que Nolan rueda escenas magníficas, con sentido de grandeza impresionante, con símbolos continuos que no hacen más que romperse a través de la voluntad. Por el contrario, también, de forma un tanto incomprensible, hay otras secuencias rodadas con una torpeza sorprendente, como la lucha final en el palacio de Ítaca, con cámara al hombro y montaje rápido, sin ese sentido de grandeza, con una elección reprochable en el encuadre, algo más propio de un principiante que de un cineasta experimentado como él.

En el apartado interpretativo, alguien destaca por encima de todos y no es otra que Anne Hathaway, que compone una Penélope creíble, tremendamente embravecida por la inexplicable tardanza de su marido, que utiliza la lógica ante todo y la furia de mujer como razón. Charlize Theron también resuelve con calma su parte en el papel de Calypso, refugio tranquilo para ese héroe perdido que interpreta Matt Damon con cierta vacilación y que no es capaz de dotar de mucha profundidad a un personaje que lo requiere. Sorprende Robert Pattinson como un villano que es un auténtico inútil, un cobarde, esquivo e interesado. Se potencia a Telémaco en la piel de Tom Holland para que tenga un mayor protagonismo que el que guarda en el relato original de Homero, pero tampoco llega a cotas inolvidables. El resultado es una película desequilibrada, con episodios muy bien resueltos, como el del descenso al Hades, aunque la voz de Agamenón se antoje inadecuada, y otros que destacan por su ausencia de explicación como el de los gigantes con armadura, que tampoco se halla en el relato original.

Y es que la culpa puede ser una energía tan potente como la ira de Poseidón en el desierto de agua y olas. El dolor se puede hacer inaguantable y haber vivido en el lado opuesto de todo lo que se ha creído y por lo que se ha vivido es una prueba de espada y fuego para cualquier ser humano. Odiseo sabe que prescindir de los seres humanos es uno de los actos más viles que se pueden achacar incluso a los héroes y eso, mal que nos pese, sigue siendo algo que hoy en día tiene una absoluta vigencia. La sangre propia no lava los pecados cometidos. La venganza, necesaria en este caso, sólo es el último tramo de un regreso que no se ha deseado por parte de ese héroe extraviado, que manipula a sus hombres y abandona sus cuerpos. El egoísmo puede ser muy poderoso e, incluso, se erige en un arma devastadora contra la desesperación. Tal vez porque el cielo no está poblado de dioses, sino de las miradas de amor de quien realmente ha amado con todas sus fuerzas. O de todos aquellos que vertieron su cariño en la espera sólo para poder asistir al derramamiento de las entrañas de todos aquellos que quisieron escalar al punto más alto del dominio sin merecerlo. El sacrificio, cuanto más grande es, más recompensa conlleva. Y eso es algo que sólo los héroes que han perdido su conciencia saben apreciar.

viernes, 17 de julio de 2026

VERANO Y HUMO (1961), de Peter Glenville

 

Con este artículo ya cerramos el blog por vacaciones. Ha sido un año durísimo y es necesario que descanse y me olvide de todo, o que piense en ello, o que llore, o que vuelva a sonreír. En cualquier caso, no me olvidaré del cine, que ha sido mi escuela y mi consuelo. No dejo de ir. Vosotros, tampoco. Un gran abrazo y hasta el martes 1 de septiembre.

La represión ha hecho nido en el interior de Alma. Desde muy joven cayó enamorada perdidamente de John. Él era guapo, era alto y, de alguna manera, representaba esa vida que parecía quedar tan lejos que podía ser hasta producto de su propia fantasía. Alma se conformó con la indiferencia del joven y, como con el resto de las cosas de su vida, dejó pasar todo por delante de la fachada de su casa. Vio pasar el tiempo, vio pasar la juventud, vio pasar al chico, vio pasar a los vecinos que iban, venían y morían. Dejó que todo atravesara su borde sin llegar a tocar ninguna de las cosas que el resto de los mortales acariciaban. John, por su parte, era todo lo contrario. Se entregó a la vida disoluta mientras acababa sus estudios de medicina. Encima era listo. Para lo que quería. Para lo que no, era un pasajero de la noche, que entregaba todas sus fuerzas a atravesarla para llegar a un día siguiente que siempre era el mismo porque también tenía su noche. Una vampiresa del pueblo, una latina algo desenfrenada, le atrae porque, para él, es otra nueva aventura que experimentar. La chica es explosiva. Es todo lo contrario de Alma que destaca, precisamente, por todo lo contrario. John se sumergerá en la noche. Alma se perderá en el día.

Se pensó que Peter Glenville sería un buen director para esta adaptación de la obra de Tennessee Williams que saltó, en un éxito sorprendente, del off-Broadway a alcanzar las luces de neón del teatro de estreno en la ciudad de Nueva York. Él mismo había dirigido la obra en el West End y podía ser una opción más que respetable. Es verdad que, lejos de estilos anteriores en parecidos dramas de Williams, Glenville se muestra un poco acartonado, como temiendo que la obra se le desboque por algún lado, pero no es así. Realiza un buen trabajo apoyándose, sobre todo, en la soberbia interpretación de Geraldine Page como Alma. Si hay que poner algún defecto al intento, se acentúa sobre la cabeza de Laurence Harvey que no acaba de poner toda la carne en el asador para su John, a pesar de haber sido siempre un actor muy competente. Eso desequilibra ligeramente toda la historia, pero el resultado es bueno, típicamente Williams, con esas pasiones reprimidas que acaban por explotar en el cielo de la frustración, con esos ambientes sudorosos que coquetean con la lujuria y la homosexualidad y, por supuesto, con el añadido de una excelente Rita Moreno en la piel de esa vampiresa, deseosa de chupar la sangre a cualquier hombre que se atreva a acercarse.

El verano pasa y el humo tarda en irse porque siempre deja un rastro de olor y día velado. Los sentimientos luchan por salir por se hallan traumáticamente taponados en el límite de la sensatez. El amor es siempre esa liebre que se escapa y que se desea atrapar por encima de todo y que, no obstante, se empeña en ser libre. El amor te besa una vez en la mejilla, sonríe y huye, porque es de naturaleza cobarde, por mucho que, a veces, nos haga ser valientes. El verano pasa y el humo se va.