jueves, 16 de julio de 2026

LA MUERTE DE ROBIN HOOD (2026), de Michael Sarnoski

 

Puede que las leyendas no sean exactamente como se nos han contado. Tal vez Robin Hood no fuera ese héroe que ha pasado a la posteridad como el adalid del justiciero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y que no tenía ningún aprecio por la corona de Ricardo Corazón de León. O puede que sí. El tiempo es un gran ejecutor y, pasados los años de gloria, es posible que todas aquellas hazañas que se contaron desde las entrañas del bosque de Sherwood no merezcan más que el olvido porque la edad, los valores, el cansancio, la decepción, el frío, la intemperie de la Historia ya no sean los mismos que los que imperaban en aquellos días de espada afilada y flecha silbante. Cuando eso ocurre, es el momento en que las leyendas deben morir. Y deben hacerlo sin mirar atrás.

Y es que el medioevo no era una época de amabilidades. Pasa por la imaginación la idea de que Robin Hood fuera ese hombre enamorado de Lady Marian, ese as con el filo y con el arco…pero la época lo arrasaba todo. Es más plausible creer que sí, que algunas de esas heroicidades ocurrieron, pero que no era tiempo de delicadezas y que también pagaran muchos inocentes, muchas víctimas que, simplemente, estaban en el lugar menos indicado en el momento más inoportuno. La mirada se vuelve vieja, sin vida y ya sólo resta esperar que alguien, en la noche del futuro, aseste el golpe oportuno o la puñalada más traicionera y ya se acabe todo, porque todo se ha acabado hace ya muchos años. Mientras llega ese instante postrero, Robin trata de hacer algo bueno porque no quiere despedirse con mal sabor de boca. Nunca se acordará de sus enemigos, pero jamás podrá olvidar a aquellos que realmente fueron sus amigos. Incluso habrá algún reencuentro inesperado escondido bajo la máscara, pero sólo será para asegurar que las almas eran gemelas y que, de algún modo, los códigos de los que se batieron de ley deben seguir en pie, pase lo que pase.

Así que ese mito que nació de viejas canciones glosadas por múltiples trovadores hasta llegar a la literatura de nuestro tiempo puede que no fuera tan puro, ni tan perfecto. Es el momento de entonar un último poema que exhale un lastimero aliento de sinceridad y de protección. La sangre sigue corriendo y quizá sea eso lo que más pese al héroe insigne. No fue capaz de cortar esas corrientes de agua roja que dejaban escapar la vida con tanta facilidad como los años en los que luchó al lado de los mejores. Siempre habrá un hijo de alguien que desee su muerte, o un padre de otro más que quisiera abrirle en canal. Son trampas de cazador que hay que esquivar y ya no quedan demasiadas fuerzas. Sólo un pequeño rastro de amor que, al fin y al cabo, es lo que merece la pena en este mundo helado, impío y desagradecido.

Hay que reconocer que La muerte de Robin Hood es una película tristemente hermosa. Se asiste al último fulgor del mito y se llora con esa flecha lanzada al aire infinito igual que hace muchos años lo asistimos de la mano de Richard Lester en la desesperanzada Robin y Marian. Aquí hay menos romanticismo, pero mucho cuidado en la recreación de una época que era durísima e implacable. En las secuencias de lucha, el director Michael Sarnoski no se anda con tonterías, pero, no obstante, resulta abrumadoramente poético a la hora de despedir al ladrón más famoso de la Historia. La emoción resulta casi incontenible en una película que no es de aventuras, aunque haya alguna que otra, sino que se convierte, prácticamente, en una elegía de redención que sólo puede terminar con la muerte. Hugh Jackman hace un espléndido trabajo metiéndose en la piel ajada de Robin Hood, alejado del mito, cercano a la ruina física, perdedor a pesar de todo y deseoso de abrazar a la muerte para dejar de sufrir y de hacer sufrir. El resultado es una película que se instala en el corazón de forma notable, aunque con lentitud. Es imposible que este poema pueda gustar al público, porque ya no se hacen películas que hablen de este modo del dolor, de la derrota, de la nada que sigue a la gloria. Dejemos que la flecha salga del arco y que una lágrima, solitaria y exploradora, surque la mejilla de quien nunca se dejó embargar por la pena.

miércoles, 15 de julio de 2026

NO SUDDEN MOVE (2021), de Steven Soderbergh

 

Sin movimientos bruscos. Suave, suave. Tres tipos de armas tomar son reclutados de un modo algo misterioso para hacer un trabajo que, en un principio, parece fácil. Se trata de entrar en una casa, retener a una familia mientras el padre se desplaza a su trabajo y coge unos documentos de vital importancia que nadie sabe en qué consisten. Sin embargo, cuando algo huele mal entre obreros que están acostumbrados a faenar en la basura, es que algo va realmente fatal. No se sabe, parece que uno de ellos tiene unas órdenes concretas y en ellas no se incluye a los otros dos individuos. No obstante, hay algo con lo que nadie cuenta y es que esos dos otros fulanos son de cuidado. Son peligrosos, de cabeza bastante fría y gatillo extremadamente caliente y comienzan a caer los cadáveres uno tras otro y, curiosamente, dentro de su ética personal no entra el hacer daño a esa familia que parece normal. Con un padre y su amante secretaria, con una madre que también tiene un lío, con un hijo en edad adolescente y rebeldía natural y una niña que aún no ha salido del cascarón. Esto es de locos, aunque las balas no atienden de razones, sólo de obras y hay que tener en cuenta que hay fuerzas muy poderosas detrás de esos documentos. Incluso el FBI, que está más despistado que una bala hincada en el hígado buscando el corazón.

El atractivo de esta película reside en su espectacular reparto. Dentro de una ambientación muy convincente y con un diseño de personajes que no se para en tonterías, hay que destacar el estupendo trabajo que realizan Don Cheadle y Benicio del Toro en los papeles principales, espléndidamente secundados por un repertorio de actores de altura como Jon Hamm, Brendan Fraser, espectacular en el papel de intermediario con unos aparentes modales delatores de que todo le da igual, Ray Liotta, David Harbour, Kieran Culkin y un apropiado Matt Damon en la parte final. Detrás de las cámaras, un tipo que suele saber lo que se hace, aunque, a veces, no, como Steven Soderbergh. Todos estos nombres conforman un bosque tupido dentro de una trama que se va enrevesando como una reunión de vecinos, sólo que los vecinos son matones de primera. Soderbergh no sólo juega con una sensación latente de violencia, sino que también pone sobre el tablero una casi permanente tendencia a la perplejidad de los personajes y del propio público. Es cierto que, tal vez, la película se resienta de haber sido rodada en plena época de pandemia y, en algún momento, es notable la idea de que los actores y actrices tienen que guardar una distancia mientras dicen sus diálogos o amartillan sus pistolas, pero el argumento es muy bueno, a un solo paso de la brillantez. Y la garantía interpretativa está asegurada, eso es irrebatible.

Así que mucho cuidado si les reclaman para algo, les juntan con otros de igual valía y fama y no les dan muchas explicaciones. Seguro que hay alguna bala en la recámara para usted. Hay que asegurarse de que el asunto es limpio y rápido y que no hay que dejar correr la sangre innecesariamente. Al fin y al cabo, hasta en el negocio del asesinato es obligatorio poseer una cierta ética. 

martes, 14 de julio de 2026

EL MALVADO ZAROFF (1932), de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack

 

Todo parece ir bien en un crucero de placer. Unos cuantos amigos y amigas, charlan relajadamente en el salón del yate. El día ha sido placentero y ahora parece que la mar se pone un poco impertinente, pero nada preocupante. La conversación discurre por senderos de inanidad y de pasar el rato. De pronto, el barco zozobra, empieza a entrar agua, todo se va al fondo. Hay que nadar, ganar la salida, luchar por la vida. Del todo al cero en apenas unos minutos.

Una isla en medio del desierto de agua. Parece la salvación para sólo un superviviente. Hay una mansión. Es mejor ir hasta allí y pedir ayuda. Esto va a ser un trauma que no será fácil de superar para el hombre. Llegan a la casa. Es recibido por un tipo enorme que parece tártaro o mogul, o ninguna de las dos cosas. Sólo escruta con unos ojos que llegan a ser agresivos, pero no dice una palabra. ¿Dónde estamos? ¿Quién es el señor de la casa? ¿Nos pueden ayudar?

Una voz desde lo alto de la escalera se deshace en amabilidades. Posee un delicado acento centroeuropeo y sus ademanes están llenos de finura y cortesía. Se presenta como el conde Zaroff y, sí, es una pena lo del naufragio, pero es algo habitual en los alrededores de esta isla. Todos vienen a pedir ayuda y el conde Zaroff trata de hospedar a todos. Ahora mismo hay otros dos huéspedes, víctima de un naufragio anterior, que están esperando alguna clase de transporte para volver a la civilización. Es realmente mala suerte. Ropa, comida, conversación siempre desde los límites de las buenas maneras…incluso parece un buen lugar para quedarse y disfrutar de unas cortas vacaciones.

Eso sí, el conde no deja pasar la oportunidad de cantar las gestas de sus cacerías. Es algo que le encanta. Perseguir a la presa hasta que cae en sus manos. Quizá más tarde pueda enseñar su sala de trofeos. Ahora, descanse. Todo llegará. Zaroff lo tiene todo planeado…pero hay un elemento disruptivo en su plan. Ese recién llegado, no es un cualquiera. Es un aventurero que se las ha visto con todo tipo de fieras, en toda clase de situaciones, se conoce los secretos de la selva, las angustias de las arenas del desierto, las trampas de la sabana africana. Es un ejemplar único. En todos los sentidos.

No cabe duda. El tiempo pasa implacablemente sobre esta película del año 1932. Lo que entonces podía ser el mejor escenario para una película de terror y huida, ahora se nos antoja como algo tan ingenuo que casi causa sonrojo…y, sin embargo, algo tiene esta película. Quizá sea su esfuerzo por crear un ambiente fronterizo con la muerte, o la siempre apasionante historia que se destila a través de las cacerías de todo tipo de presas, pero exhala un hechizo del que otras películas modernas carecen. Es corta, es precipitada, es bisoña y es algo embriagadora. Esto hay que verlo con los ojos de un joven de la década de los treinta y pensar que lo más cercano a Indiana Jones que tenían en la época, era esto. Y que los gritos y el disfrute se sucedían en el cine a través de una historia de infinita crueldad y que ha sido reproducida con eficacia en otras películas como la excelente La presa desnuda, de Cornel Wilde, o Caza humana, de Joseph Losey, con otros motivos y otras excusas. Es hora de ser más puros y empezar a correr. Zaroff es un enemigo a tener en cuenta, por mucho que ya haya sido superado.

viernes, 10 de julio de 2026

EL CARNICERO (1970), de Claude Chabrol

 

Todo parece tranquilo en un pueblo de la campiña francesa. Por un lado, una maestra que, prácticamente, vive recluida. Tuvo un par de desengaños amorosos tiempo atrás y prefiere disfrutar de la soledad y de sus niños en la escuela. Es buena en eso. Es atractiva, aunque con una belleza muy particular. No quiere al mundo y espera que el mundo no la requiera. Por otro, un carnicero con mucha historia a las espaldas. Fue soldado en Argelia y vivió los peores horrores, las mayores matanzas. Es algo que, cada noche, vuelve a revivir con angustia. El desahogo viene cuando va a trabajar a su tienda y tiene que despiezar la mercancía. Allí da unos cuantos hachazos con su cuchillo de matarife y, parece que no, pero la angustia se va, ayudado por un charloteo con una clienta, por un pedido que hay que preparar o por controlar la llegada del género. La vida transcurre con placidez en ese pueblo del que nadie se acuerda.

En una boda, estos personajes que parecen muy perdidos en la vorágine de sus propias existencias, se encuentran y, de alguna manera, simpatizan. Ella es atractiva y aún joven, con unos ojos arrebatadores. Él parece un buen hombre, muy dispuesto, muy voluntarioso y aún más amable. Puede que surja algo entre ellos, pero es algo inasible, que los dos no se atreven a cazar, como un colibrí en la montaña. Sin embargo, hasta en el mejor de los paraísos existen los nubarrones que impiden la felicidad. Un asesino en serie merodea por los alrededores. Sus crímenes son terribles, execrables, totalmente inhumanos. Los pueblos de la cercanía se han visto manchados con la sangre que ha derramado y que aparezca por la villa de los protagonistas es cuestión de tiempo. La policía hace averiguaciones y, quizá, el mejor detective es siempre el silencio.

En este contexto de amargura, sin rumbo y crueldad, el carnicero acabará demostrando a la maestra hasta dónde puede llegar el amor. Ese mismo que ella ha visto cómo huía de su presencia y dejaba sólo el agrio sabor de la derrota.

Claude Chabrol realizó esta película con la habitual falta de énfasis que los miembros de la Nouvelle Vague imprimían a sus historias. Nada tiene importancia porque la vida es veloz y, a menudo, leve, por mucho que los acontecimientos puedan ser más graves de lo que podamos imaginar. Articula un drama de amor y crimen desde una perspectiva de espectador levemente implicado, pero en absoluto concernido. El resultado es que, sin duda, hay interés en lo que cuenta, por mucho que, en algunos momentos, parezca alejarse de los postulados del movimiento que le repudió por desertar con premeditación y alevosía. Y su mirada es la de alguien curioso, pero pasivo. Leal, pero proclive a la distracción. Agresivo, pero sólo en privado. Si deciden ver esta película, entenderán a qué me refiero.

Así que, en el fondo, hay que elegir muy bien a quién queremos para que nos saque del hoyo al que nuestro ánimo nos ha condenado. Esas pequeñas elecciones, que no tienen casi importancia en nuestro día a día, muchas veces determinan nuestro devenir. Y, a veces, guardan la sorpresa del sacrificio, de la honestidad y de la sinceridad dentro de un envoltorio que no tocaríamos ni de lejos.

jueves, 9 de julio de 2026

NORMAL (2026), de Ben Wheatley

 

Si te apuntas a miembro numerario del correturnos del cargo de sheriff y te destinan a una localidad que ostenta el nombre de Normal, desconfía. Es bastante probable que en ese oasis adormilado por el hielo y la nieve todo va a pasar y nada será normal. Empecemos por el principio. El tipo que llega para mantener el orden en el pueblo es alguien con bastante sangre fría, con un cierto toque de delicadeza en la resolución de conflictos y, por supuesto, con un hecho que marcó su devenir vital porque fue un momento de decisión que le obligó a tomarse la justicia por su mano. No quiero desvelar más, no sea que me manden a la policía del pensamiento.

El caso es que en Normal los días se suceden con una aparente tranquilidad cuando, en realidad, la villa tiene más secretos que la central de inteligencia, aunque nombrar aquí la palabra inteligencia resulte, cuando menos, chocante. Ese secreto acabará por ser patente y eso dará lugar a una serie de alianzas, de violencias desbocadas y de degustaciones masivas de pasteles de carne con salsa sangrienta. Vale. ¿Qué sacamos en limpio de una historia como esta?

Lo primero es que resulta una película implacablemente original, de eso no cabe duda. Con muchísimos defectos, eso sí. En el debe, ese argumento que va sorprendiendo a cada paso después de un planteamiento algo moroso, que parece que va preparando todo lo que va a venir después. Bob Odenkirk, sin duda, da el tipo como ese sheriff competente, pero algo retraído, que sólo quiere olvidar y superar su separación matrimonial. La dirección de Ben Wheatley es algo plana, tampoco es para tirar dinamita. En el haber, tenemos esa violencia tan sumamente exagerada que busca escandalizar y hacer murmurar al público palabras que empiezan por be. Bestial, brutal, bastarda, barullo, venga ya…sí, sí, ya sé que es con uve.

El resultado es una película peligrosamente desequilibrada, que navega entre un argumento que tenía muchísimas posibilidades, con giros bastante creíbles y ajustados y que va derivando en un festival de sangre para que tengamos claro que en Normal nada es normal. El sheriff va a tener que moverse rápido y comenzar a tomar decisiones muy drásticas porque la yakuza, la temible mafia japonesa, también tiene algo que decir. Al final, el fulano va a acabar pidiendo a gritos que acabe su suplencia y que le destinen a algún sitio algo más tranquilo y más caluroso. No sé…algún rincón perdido en Texas, por ejemplo.

La calificación final que merece la historia es de puro entretenimiento. A veces, impacta, a veces se escapa el exabrupto. Es divertida, sí, pero es horrible. A los que esperan una reformulación del éxito que obtuvo el propio Odenkirk con Nadie, que se olviden. Esto es otra cosa. No es que sea más seria, no lo es. Es más todo y Odenkirk, que también colabora en el guion, trata de causar la misma sorpresa, y lo hace, sólo que de un modo radicalmente diferente.

No se fíen de la amabilidad de los lugareños allí donde estén. Al igual que todo hombre está librando su propia batalla interior, todo pueblo tiene secretos escondidos bajo su tranquilidad. A menudo, empujados con escoba. Así que hagan su trabajo, no se metan en líos, no intenten descubrir lo que no deben porque se puede liar una de padre y muy señor nuestro. El extraño, por muy bien recibido que sea, siempre es un extraño. Suele poner muy nervioso a todo el mundo porque no se sabe cómo piensa, no se sabe qué va a hacer, no se sabe hasta dónde quiere llegar y, por encima de cualquier otra consideración, no se tiene ni idea de hasta qué punto puede llegar a ser corruptible. Todos tienen un precio y, tal vez, ése sea algo tan impagable como la tranquilidad. Por eso, las calles se llenan de sonrisas, de saludos breves, de detalles de buena vecindad…y no hay nada más falso que un vecino. No es normal.

martes, 7 de julio de 2026

INVITACIÓN A LA DANZA (1956), de Gene Kelly

 

Todo se puede expresar a través del baile. No es sólo el movimiento de los cuerpos acompasados a través del espacio, sino que en esa curva, en esa mano, en esos brazos y en esas prodigiosas piernas se puede hablar de amor, de desamor, de risa y de seriedad. Tomemos por ejemplo la historia de ese payaso que está perdidamente enamorado de una compañera. Él es sólo un payaso que hace reír y nada más. Está siempre escondido tras una máscara de pintura y una nariz roja y, en realidad, no cuenta para nadie salvo para los niños que se acercan hasta el circo para pasar un rato de risas desbocadas y admiración por ajenos equilibrios imposibles. Tal vez al payaso se le ha pasado algo por alto. La risa no es sólo su función…también es un arma para la conquista. Quizá nada le gusta más a una mujer que reír. Y ése puede ser el principio de un baile en pareja para el resto de la vida.

Otro ejemplo puede ser el significado de las cosas. Puede que una pulsera sea el símbolo de la unión o del odio, de pasiones pasadas y de enamoramientos futuros. Esa pulsera irá pasando de mano en mano hasta que encuentre dos corazones en los que descansar. Su andadura comienza cuando un marido enamorado se lo regala a su mujer. El destino no es muy aliado para dejar que los objetos vayan hablando por ahí y esa pulsera irá pasando de mujer a hombre y de hombre a mujer hasta que, por aquellas casualidades nunca buscadas, vuelve a ese marido que lo dio lleno de ilusión y que ha seguido un camino errante para encontrar de nuevo el sentido de su vida. Pulseras, mujeres, hombres, calles, rincones, jazz…todo se confabula para que los pies no paren quietos y la historia quede grabada como un maravilloso ballet de confusión y belleza.

El tercero es cuando el baile se alía inmisericorde con la fantasía. Sinbad, el marino, se encuentra una lámpara que, como no puede ser de otra manera, contiene a un genio en su interior. Sinbad no es ambicioso, ni está más deseoso de correr otras aventuras que las que habitualmente vive en su eterno peregrinar por los mares, pero el genio es un buen tipo y comienza a enseñarle las bondades de su propiedad. No, Sinbad no se arrepiente, porque estas aventuras sí que están llenas de fantasías. El baile se junta con los dibujos animados y tenemos otras razones para creer que la magia existe bajo el hechizo de la música.

Gene Kelly quiso llevar adelante este proyecto de una película íntegramente bailada, pero sin palabras. Quiso invitar a todos a un baile difícil, porque puede que no sea para todos los gustos, pero irremediablemente hermoso a través de unas coreografías que oscilan entre lo clásico y lo más moderno para traer tres historias de amor y pasión con los pies como alas e ilusión en el corazón. El resultado es una obra única, en la que no falta la ficción, pero tampoco la fantasía. Al fin y al cabo, una buena parte de nuestros sueños han nacido mientras hemos bailado con alguien….¿A usted también le ha pasado eso?

lunes, 6 de julio de 2026

EL TANQUE (Der Tiger) (2025), de Dennis Gansel

 

En la Segunda Guerra Mundial, un tanque era lo más parecido a un ataúd lleno de gasolina, con ruedas estruendosas y un permanente aroma a grasa y sudor en su interior. En ese ambiente, la obsesión y el miedo son plantaciones seguras para el ánimo. Ya no era sólo el mero instinto de supervivencia, sino el deseo irresistible de salir de allí, de respirar, de dejar de escuchar el atronador sonido de una maquinaria de guerra y muerte. Tal vez, por eso, a un tanque se le encomienda una misión detrás de las líneas enemigas. En principio, con la dificultad propia de tener que moverse en un terreno tan resbaladizo como la tierra de nadie, no es demasiado difícil. Se trata simplemente de recoger a un oficial que, por aquellas casualidades de la vida, es íntimo amigo del comandante al mando de ese monstruo de hierro y obuses. Es el camino, más que el objetivo. Y ese sendero, algo misterioso y emboscado, va a poner a prueba todas las capacidades de la tripulación. Por supuesto, los recuerdos y los deseos incontenibles de poner pies en polvorosa se entremezclarán entre combates, camuflajes e, incluso, una escaramuza anfibia que, por extraño que parezca, era perfectamente posible en ese tipo de tanques.

Hay una querencia popular, bastante incomprensible, hacia una película tan mediocre e, incluso, algo ingenua, como Corazones de acero y se tiende a comparar cualquier película de tanques con ella y, claro, suele servir como argumento irrefutable para echar abajo otros intentos como éste, de procedencia alemana, pero de producción muy seria. Es un error. Aparte de los muchos gazapos técnicos que colaba aquella película con Brad Pitt al mando, resultaba ciertamente increíble en su resolución con soldados haciendo la vista gorda hacia el enemigo, etcétera, etcétera. Aquí, lo que se puede discutir con algo de razón, es el final que, por supuesto, no desvelaré, porque el resto de la película resulta realizada con una factura técnica impecable, con unos actores muy creíbles, que hacen suyo el rostro de la angustia dentro de ese ataúd con ruedas. Los combates están bien rodados y se da alguna que otra pista, especialmente en esa transmisión por radio en el que se entona sin descanso el Agnus Dei y que los tanquistas dan por hecho que es una interferencia de alguna misa que se celebra con algún aparato cerca.

Lo único cierto es que, quizá, en el momento final, la imaginación cabalga a lomos del cerebro y se pueden presentar fantasías que pueden parecer delirantes. Sobre todo si se trata de hombres que están encerrados en una ratonera de acero y aceite, con las llamas tratando de traspasar los muros de lo aceptable. Hay que fijar el objetivo, saber lo que se va a hacer y disparar en el instante más oportuno. El resto sólo son debilidades que se cuelan en la vida que se escapa a cada kilómetro, cegándonos de lo verdaderamente importante, sin más consuelo que el hogar, o los sueños, o llegar al siguiente recoveco para que el impacto sea inmediato y certero. Así es la vida. Así es la muerte.