Cuando el cabeza de
familia fallece, a veces, suele pasar que se destapan situaciones que estaban
siendo escondidas para mantener la aparente calma. Más aún en la rígida
sociedad victoriana, tan dada a la maledicencia y a pensar equivocadamente sólo
por descender unos peldaños en la escalera de la consideración social. Eso es
lo que pasa con los Dashwood. El padre muere y hay demasiadas deudas. Su mujer
y sus tres hijas van a pasar verdaderas dificultades. Y aquí es donde se
plantea la batalla sobre el sentido y la sensibilidad. Dos de las hijas son
casaderas. Una de ellas está convencida de que no hay mayor problema en
buscarse a un novio con posibles que les saque del atolladero. La otra, por el
contrario, aún está anclada en los sentimientos, en la pureza de algo tan noble
como el amor. Comienza el juego. Hay que buscar pretendientes. Sin embargo, el
destino tiene reservada una broma de bastante buen gusto. Por aquellas cosas de
la vida, la que no tiene ningún reparo en buscar un matrimonio de conveniencia,
acabará sucumbiendo a las flechas de Cupido. La otra, mucho más romántica,
sopesará con fuerza las ventajas de emparejarse con alguien que no tenga
problemas en el bolsillo.
Y es que los avatares
femeninos tienen estas cosas porque, si ellas mismas son un cúmulo de
contradicciones, cómo no van a tener esas mismas contradicciones los vaivenes
del hado. A partir de aquí, encontramos un juego brillante de intenciones y de
palabras, que acabará en una fiesta porque el amor, en cualquier de sus formas,
es algo para celebrar.
Mucho se ha hablado
sobre a quién pertenece realmente la autoría de esta película. Es evidente que
Ang Lee puso su técnica al servicio de un guion que estuvo trabajado al
milímetro por Emma Thompson. Creo que, tal vez, ella tuvo algo más que ver,
porque estuvo presente en todas las fases de la producción, porque su impronta
se deja ver en todas y cada una de las escenas, porque todo es una exhibición
del buen gusto que esta actriz y guionista ha desplegado siempre. Ang Lee, por
su parte, impuso la elegancia visual que destila esta película en todas sus
secuencias, perfecto acompañamiento de todo ese repertorio de sentimientos
sugeridos que están esparcidos a lo largo de la trama. El resultado es una
delicia, que nos lleva por los vericuetos del sentido y por los rincones de la
sensibilidad, con actuaciones tremendamente ajustadas de todo el reparto, desde
la propia Emma Thompson, hasta alguien que, en principio, podría no estar en
consonancia como Hugh Grant, pasando por la maravillosa Kate Winslet y el
adusto en apariencia Alan Rickman. Es una película que no hay que perderse y,
es más, que hay que revisar de vez en cuando porque la comisura de los labios
siempre tiende hacia arriba cuando se ve.
Así que no hagan planes, señoras. Todo está en manos de algún jugador celestial que echa los dados y puede salir cualquier cosa. Lo que estaba previsto, no sucede. Lo que ni siquiera estaba pensado, acontece. Y nosotros, pobres mortales sin imaginación, nos quedamos sorprendidos de algo tan simple como es el amor.






