Todo parece ir bien en
un crucero de placer. Unos cuantos amigos y amigas, charlan relajadamente en el
salón del yate. El día ha sido placentero y ahora parece que la mar se pone un
poco impertinente, pero nada preocupante. La conversación discurre por senderos
de inanidad y de pasar el rato. De pronto, el barco zozobra, empieza a entrar
agua, todo se va al fondo. Hay que nadar, ganar la salida, luchar por la vida.
Del todo al cero en apenas unos minutos.
Una isla en medio del desierto
de agua. Parece la salvación para sólo un superviviente. Hay una mansión. Es
mejor ir hasta allí y pedir ayuda. Esto va a ser un trauma que no será fácil de
superar para el hombre. Llegan a la casa. Es recibido por un tipo enorme que
parece tártaro o mogul, o ninguna de las dos cosas. Sólo escruta con unos ojos
que llegan a ser agresivos, pero no dice una palabra. ¿Dónde estamos? ¿Quién es
el señor de la casa? ¿Nos pueden ayudar?
Una voz desde lo alto
de la escalera se deshace en amabilidades. Posee un delicado acento
centroeuropeo y sus ademanes están llenos de finura y cortesía. Se presenta
como el conde Zaroff y, sí, es una pena lo del naufragio, pero es algo habitual
en los alrededores de esta isla. Todos vienen a pedir ayuda y el conde Zaroff trata
de hospedar a todos. Ahora mismo hay otros dos huéspedes, víctima de un
naufragio anterior, que están esperando alguna clase de transporte para volver
a la civilización. Es realmente mala suerte. Ropa, comida, conversación siempre
desde los límites de las buenas maneras…incluso parece un buen lugar para
quedarse y disfrutar de unas cortas vacaciones.
Eso sí, el conde no
deja pasar la oportunidad de cantar las gestas de sus cacerías. Es algo que le
encanta. Perseguir a la presa hasta que cae en sus manos. Quizá más tarde pueda
enseñar su sala de trofeos. Ahora, descanse. Todo llegará. Zaroff lo tiene todo
planeado…pero hay un elemento disruptivo en su plan. Ese recién llegado, no es
un cualquiera. Es un aventurero que se las ha visto con todo tipo de fieras, en
toda clase de situaciones, se conoce los secretos de la selva, las angustias de
las arenas del desierto, las trampas de la sabana africana. Es un ejemplar
único. En todos los sentidos.
No cabe duda. El tiempo pasa implacablemente sobre esta película del año 1932. Lo que entonces podía ser el mejor escenario para una película de terror y huida, ahora se nos antoja como algo tan ingenuo que casi causa sonrojo…y, sin embargo, algo tiene esta película. Quizá sea su esfuerzo por crear un ambiente fronterizo con la muerte, o la siempre apasionante historia que se destila a través de las cacerías de todo tipo de presas, pero exhala un hechizo del que otras películas modernas carecen. Es corta, es precipitada, es bisoña y es algo embriagadora. Esto hay que verlo con los ojos de un joven de la década de los treinta y pensar que lo más cercano a Indiana Jones que tenían en la época, era esto. Y que los gritos y el disfrute se sucedían en el cine a través de una historia de infinita crueldad y que ha sido reproducida con eficacia en otras películas como la excelente La presa desnuda, de Cornel Wilde, o Caza humana, de Joseph Losey, con otros motivos y otras excusas. Es hora de ser más puros y empezar a correr. Zaroff es un enemigo a tener en cuenta, por mucho que ya haya sido superado.






