Robert
Grainier es un hombre que vive en plena naturaleza. De ella, ha aprendido su
hostilidad, su salvajismo y él trata de defenderse de la mejor manera posible
porque, en realidad, es lo único que ha conocido. La vida es así. Hostil,
salvaje, ofensiva. Es un leñador que trabaja duro en las temporadas de tala y
que, luego, vuelve a su casa y se conforma con una pipa, un buen fuego y un
buen puñado de paisajes a la vista. A pesar de su aparente tranquilidad, no le
encuentra mucho sentido a la existencia. Entre otras cosas porque ella se ha
encargado, bien a las claras, de arrebatarle todo lo que le importaba.
Hubo un momento,
demasiado breve, demasiado fugaz, en el que pareció que, entre esa agreste
naturaleza en la que se movía con cierta soltura, le daba algo más. Una
compañera ideal, que siempre le apoyaba, que siempre estaba ahí para acogerle
con una sonrisa cuando volvía de sus largas temporadas de trabajo. Y la
naturaleza, incluso, fue un paso más allá, y le dio una hija. Grainier creyó
que el cielo estaba en la tierra, porque, entre épocas de leña, era maravilloso
descubrir con su hija el simple hecho físico de una taza de metal flotando en
el río. Y lo era aún más si su mujer estaba ahí, con su comprensión, con su
sonrisa, con su mirada, esa misma que todos hemos sentido alguna vez y que
resulta insustituible. Es hora de mejorar, de prosperar un poco, de probar
ligeramente los límites, pero él se resiste. No ha conocido mucho más, no
necesita mucho más. Es un hombre de pies a cabeza, pero sabe que, más allá del
bosque, sólo será uno entre la multitud.
De repente, lo pierde
todo. Ya no tiene hija. Ya no tiene esposa. Ya no tiene casa. Y sueña con que,
algún día, la misma naturaleza le vuelta a otorgar lo que un día le dio poseer.
Reconstruye la casa, de forma más modesta, y pasa largos días y frías noches
solo, encerrado en sus pensamientos y en la inmensa culpabilidad de no haber
estado cuando más se le necesitaba Son eternos años de hablar unas pocas
palabras al día y, en la mayoría de las ocasiones, consigo mismo. Y no le
encuentra sentido a nada. Se prolonga por inercia. Se muere sin morir. Sólo
cuando obtiene un pequeño y raudo momento de plenitud, consigue encajar el
sentido de todo, consigue saber cuál es la verdad de su razón, consigue sonreír
de nuevo en un mundo que le está abandonando a la marcha del progreso.
Espléndidamente
fotografiada por Adolpho Veloso, Train
dreams es una película que pone a prueba la paciencia de los presurosos. El
director Clint Bentley imprime un ritmo exasperadamente lento en una historia
en la que, prácticamente, no pasa nada y, cuando pasa, resulta fundamental para
el personaje, pero no para el espectador porque la misma inercia de la película
lleva a una irremediable languidez. Es cierto que Joel Edgerton es un actor
superlativo, capaz de expresar un buen puñado de sentimientos sin despegar los
labios y que resulta la razón esencial para ver esta historia que parte de
ningún lugar para llevarte a ninguna parte. Además, Bentley cae en un estrepitoso
error y es en el uso y abuso de una voz en off que resulta prescindible porque
el espectador es perfectamente capaz de deducir lo que pasa al protagonista
que, por otro lado, no deja de ser en ningún momento. El resultado es una
película que pretende tener trasfondo y que lo único que tiene es imágenes
bonitas y un gran actor dimensionando un papel que, en manos de otro, habría
acabado bastante desdibujado.
Y es que, a veces, la vida cicatera, esa misma que exige que troceemos troncos con una sierra y que los callos nos ardan en las manos para arrancar algún beneficio, da poco y luego, con una burla insultante, te quita ese poquito y te deja a solas contigo mismo. Algunos creen que eso no tiene ningún propósito y otros lo encuentran como único consuelo a una hora y tres cuartos de preciosismo silvestre en un olvido que durará el resto de nuestra miserable existencia.





