miércoles, 18 de febrero de 2026

OCEAN´S THIRTEEN (2007), de Steven Soderbergh

 

Cuando una banda organizada de profesionales del timo y el robo han realizado un golpe que ha pasado a la historia, es muy mala idea enemistarse con uno de ellos. Y más aún cuando, a consecuencia de ese robo burocrático, ha tenido un infarto en toda regla que, además, le ha dejado sin ganas de hablar. Danny Ocean vuelve a juntar a su grupo y el objetivo es claro: arruinar al enemigo. Para ello, se vuelve a poner en marcha un juego de ceros para que ese casino que está a punto de inaugurarse se venga abajo en la primera noche. Por supuesto, hay que combinar cerebro, picaresca, listeza, varios frentes, idas, venidas y algún que otro choque para dar veracidad al asunto. Y el toque final es invitar a Terry Benedict, principal damnificado de ese mítico golpe primario, para que también participe. Ni que decir tiene que Danny Ocean está de sobreaviso con este individuo y tiene plena conciencia de que Benedict tratará de buscar su propia jugada. Es un Mike Tyson. Un directo a la mandíbula. Es hacer justicia con un buen amigo que puso el dinero para que las fuentes de Las Vegas siempre estuvieran unidas al Claro de luna, de Debussy.

Nuevamente, hay clase a raudales. Incluso cuando hay que renunciar a ella. Y ese tal Willy Bank que se ha buscado que le quiten hasta sus diamantes de hostelería se va a quedar con tres palmos de narices en pleno desierto luminoso. Ahí están los once de Ocean para llevarlo a cabo. Invitarán a alguno más, en plan técnico, porque el tal Bank ha ideado un sistema de seguridad que parecen las mismísimas puertas de la residencia del diablo, pero no hay problema. Con decisión e imaginación, los once de Ocean saltarán todas las dificultades. Con su contorsionista, con sus mecánicos, con el informático, con el actor, con el croupier, con el jefe y con su segundo. Todos los elementos están ahí. La ganancia será la satisfacción.

Despedida de la saga Ocean que se rodó porque tanto George Clooney como el director Steven Soderbergh supieron desde el principio que Ocean´s twelve no estaba a la altura de lo que se esperaba y querían terminar con un golpe marca de la casa. Quizá no sea un atraco tan divertido y tan pensado como el primero, pero funciona bien porque, además de los once, salen Andy García y Al Pacino como los avariciosos propietarios de casinos y se añade a Ellen Barkin para cubrir el vacío femenino que, en esta ocasión, no pueden llenar ni Julia Roberts, ni Catherine Zeta Jones. Una pena, sí, porque hubiera estado bien verlas en acción y participando del juego, pero el resultado final es bueno, elegante, con sus disfraces, sus calmas de pajarita, sus justicias particulares (especialmente significativo es la compensación que Brad Pitt pone en marcha para el sufrido personaje de David Paymer) y con una dirección sobria y, sobre todo, ágil, se pasa un gran rato de cine entretenido, rodado con sobriedad y sentido y subiendo la apuesta aunque acierta en el manque y en el color. Yo, cuando quiero recordar todo el encanto que no tengo, siempre me pongo ésta a continuación de Ocean´s eleven, obviando la segunda, y me quedo francamente satisfecho. ¿Una manita al blackjack?

martes, 17 de febrero de 2026

PARQUE JURÁSICO (1993), de Steven Spielberg

 

Construir un parque de atracciones con el principal atractivo de unas criaturas que ya tuvieron su oportunidad en la vorágine de la evolución, no deja de tener cierto riesgo. Por supuesto, será algo que maraville a niños y mayores, que les dejará con la boca abierta mientras degustan su pizza en la cafetería del complejo, pero es bastante peligroso colocar a unos cuantos animales desarrollados genéticamente en un mundo donde el hombre ha hecho su irrupción y pretende ser la clase dominante. Sí, convengamos que eso es lo que ha hecho John Hammond y pretende, de alguna manera, jugar a ser Dios. Él decide qué es lo que revive y qué es lo que muere, cuántos machos y cuántas hembras de cada especie, cómo se puede hacer un recorrido atractivo por todo el parque para que se puedan ver esas criaturas depredadoras lo más cerca posible.

Eso es algo que siempre llama la atención de la naturaleza humana. Acercarse a las bestias lo más posible aunque se tenga plena conciencia de su brutal peligrosidad. Ha ocurrido en zoos, acuarios, animalarios al aire libre y laboratorios de toca-toca. Los animales no son racionales y, por lo tanto, si les ofreces la mano es bastante posible que ellos no vean una mano, sino un filete. Más aún si resulta que esos animales son insaciables, quieren devorar todo lo que se les ponga por delante, por muy niños o muy mayores que sean las personas que se aproximan temerariamente. Una cría de león es maravillosamente hermosa, pero cuidado, sigue guardando esos instintos de fiera salvaje.

No cabe duda de que Steven Spielberg estremeció al público cuando enseñó lo que se podía hacer con gráficos informáticos en un mundo cretácico. Después de la sorpresa inicial, llega la aventura y hay que decir que lo hace con resultados francamente buenos. Después de más de treinta años desde su estreno, es bastante plausible afirmar con cierta rotundidad que lo que hizo Steven Spielberg fue regalarnos un clásico.

Además, quizá con el insuperable referente de la novela de Michael Crichton, se podría decir que el diseño de personajes es creíble y apetecible, con especial mención a ese Ian Malcolm, matemático de altura, que es consciente de la locura que es ir en contra de la evolución para hacer revivir a aquellos animales que no pueden causar otra cosa más que la destrucción. Jeff Goldblum, además, asume el papel con acierto y resulta uno de los principales atractivos de la película. Por supuesto, hay que destacar a Sam Neill, a Laura Dern y a Richard Attenborough como el inefable multimillonario John Hammond, pero Goldblum está en ese escalón que, hace años, el público no dejaba de pedir. El héroe escéptico, algo cínico, dispuesto a ser valiente y, al mismo tiempo, enormemente cabal con respecto a sus opiniones sobre la evolución.

Compren la entrada. Acomódense en el coche-raíl y disfruten del viaje. A su derecha y a su izquierda, todo está repleto de criaturas que parecen sacadas de la imaginación más calenturienta de cualquier ser mítico. Revisen su estado físico. No cambien. Escuchen. Y, háganme caso, comiencen a correr si observan un charco de agua que tiembla ante lo que parecen ser unas pisadas. No miren atrás, por favor.

viernes, 13 de febrero de 2026

WEAPONS (2025), de Zach Gregger

 

Casi no tenemos tiempo de ambientarnos dentro de esta historia de brujas y hechizos. El niño que narra nos pone en situación y, directamente, pasamos al hecho central. Diecisiete niños han desaparecido. Son todos de la misma clase. Y sólo uno asiste al colegio al día siguiente. Todas las sospechas, como no puede ser menos en cualquier civilización supuestamente avanzada, se dirigen hacia la profesora. Una docente nueva, algo extraña, pero competente a primera vista. Y entonces comienza a construirse un mosaico que va desgranando los hechos, personaje a personaje.

Ésa es la gran virtud de esta película. Su estructura a través de los diferentes personajes que terminan su punto de vista cuando ocurre un hecho que se nos explica en el siguiente cuadro referido a otro personaje. Brillante. Sin embargo, hay diversos defectos que afectan a esta película, supuestamente de terror. El primero de ellos es que, como buen relato de terror del cine de los últimos veinte años, no respeta demasiado sus propias reglas en la resolución. Al fin y al cabo, esto no es más que un cuento de brujas y de un pueblecito, aparentemente paradisíaco, que ve turbada su paz porque unos niños desaparecen y comienzan a esparcirse comportamientos inexplicables entre varios miembros. Todo se supone que desaparece al final, cuando el peligro ha pasado, pero no, parece que lo que conviene sí que se esfuma y lo que no, pues ahí se queda, camaradas. Por otro lado, otro acierto es que, en ese testimonio no declarado de cada uno de los personajes que explican la historia, subyace una crítica a algunos comportamientos ocultos de respetables ciudadanos que, sin llegar a ser terribles, sí que son, al menos, reprochables. Eso hace que la película entre en un raro equilibrio de picoteo en la curiosidad del espectador y en la innecesaria truculencia de algunas de sus escenas.

Y es que la intención no es mala. Todo tiene un cierto atractivo que remite a El pueblo de los malditos, de Wolf Rilla, versionada años más tarde por John Carpenter, y la construcción del relato es ciertamente notable. Algún comportamiento que cambia por las buenas, sin hechizo de por medio, hace que tampoco sea convincente en algunos de sus pasajes, pero es evidente que la historia es original, está bien llevada, aunque haya algunos aspectos de crítico tiquismiquis que no consigan convencer al menos avispado de la clase.

En el momento de entrar en las sombras, tenemos que preguntarnos si eso es lo que realmente queremos. Es posible que eso conlleve la posibilidad de que no sintamos, ni padezcamos, y algunos pagarán el precio con gusto. Vender el alma al Diablo (en este caso, a la bruja) acaba por ser un precio asequible si con eso se elimina toda sensación, pero el dolor no se queda en el objeto de la brujería, sino en los que aún quedan con razón. Además de eso, todo se supone que se hace para aliviar una enfermedad y eso no se trasluce en ningún momento. Ni el cómo, ni el por qué. Sólo el qué. Y es curioso comprobar cómo la exigencia del espectador medio, que se preocupa, a veces, con exceso, de que las cosas estén cerradas y bien cerradas, pasa por alto estas trampas narrativas porque, de alguna manera, la película no tiene muchos sustos, pero sí que deja al alma agitada. Todos podemos ser asesinos en nuestra indolencia. En estos tiempos eso es algo que deberíamos tener muy aprendido.

Amy Madigan hace con los ojos cerrados lo que quiere con el papel de la bruja en cuestión, que también es tía del niño que no desaparece. A Josh Brolin no se le ve cómodo como ese padre angustiado, incapaz de concentrarse en el trabajo porque el hecho de la desaparición de su hijo secuestra todo su razonamiento. Sí, hay imágenes buenas, chocantes y hermanadas con la inquietud, y, desde luego, la película mantiene un fútil interés durante todo el metraje porque quieres saber qué es lo que pasa y luego llegas a una solución escueta y bastante poco convincente, aunque, digamos, el morbo tapa cualquier otro defecto. Bien, ahora que ya han leído este artículo sin gracia, déjenme hacer un pequeño conjuro con un mechón de su pelo… 

jueves, 12 de febrero de 2026

TRAIN DREAMS (2025), de Clint Bentley

 

Robert Grainier es un hombre que vive en plena naturaleza. De ella, ha aprendido su hostilidad, su salvajismo y él trata de defenderse de la mejor manera posible porque, en realidad, es lo único que ha conocido. La vida es así. Hostil, salvaje, ofensiva. Es un leñador que trabaja duro en las temporadas de tala y que, luego, vuelve a su casa y se conforma con una pipa, un buen fuego y un buen puñado de paisajes a la vista. A pesar de su aparente tranquilidad, no le encuentra mucho sentido a la existencia. Entre otras cosas porque ella se ha encargado, bien a las claras, de arrebatarle todo lo que le importaba.

Hubo un momento, demasiado breve, demasiado fugaz, en el que pareció que, entre esa agreste naturaleza en la que se movía con cierta soltura, le daba algo más. Una compañera ideal, que siempre le apoyaba, que siempre estaba ahí para acogerle con una sonrisa cuando volvía de sus largas temporadas de trabajo. Y la naturaleza, incluso, fue un paso más allá, y le dio una hija. Grainier creyó que el cielo estaba en la tierra, porque, entre épocas de leña, era maravilloso descubrir con su hija el simple hecho físico de una taza de metal flotando en el río. Y lo era aún más si su mujer estaba ahí, con su comprensión, con su sonrisa, con su mirada, esa misma que todos hemos sentido alguna vez y que resulta insustituible. Es hora de mejorar, de prosperar un poco, de probar ligeramente los límites, pero él se resiste. No ha conocido mucho más, no necesita mucho más. Es un hombre de pies a cabeza, pero sabe que, más allá del bosque, sólo será uno entre la multitud.

De repente, lo pierde todo. Ya no tiene hija. Ya no tiene esposa. Ya no tiene casa. Y sueña con que, algún día, la misma naturaleza le vuelta a otorgar lo que un día le dio poseer. Reconstruye la casa, de forma más modesta, y pasa largos días y frías noches solo, encerrado en sus pensamientos y en la inmensa culpabilidad de no haber estado cuando más se le necesitaba Son eternos años de hablar unas pocas palabras al día y, en la mayoría de las ocasiones, consigo mismo. Y no le encuentra sentido a nada. Se prolonga por inercia. Se muere sin morir. Sólo cuando obtiene un pequeño y raudo momento de plenitud, consigue encajar el sentido de todo, consigue saber cuál es la verdad de su razón, consigue sonreír de nuevo en un mundo que le está abandonando a la marcha del progreso.

Espléndidamente fotografiada por Adolpho Veloso, Train dreams es una película que pone a prueba la paciencia de los presurosos. El director Clint Bentley imprime un ritmo exasperadamente lento en una historia en la que, prácticamente, no pasa nada y, cuando pasa, resulta fundamental para el personaje, pero no para el espectador porque la misma inercia de la película lleva a una irremediable languidez. Es cierto que Joel Edgerton es un actor superlativo, capaz de expresar un buen puñado de sentimientos sin despegar los labios y que resulta la razón esencial para ver esta historia que parte de ningún lugar para llevarte a ninguna parte. Además, Bentley cae en un estrepitoso error y es en el uso y abuso de una voz en off que resulta prescindible porque el espectador es perfectamente capaz de deducir lo que pasa al protagonista que, por otro lado, no deja de ser en ningún momento. El resultado es una película que pretende tener trasfondo y que lo único que tiene es imágenes bonitas y un gran actor dimensionando un papel que, en manos de otro, habría acabado bastante desdibujado.

Y es que, a veces, la vida cicatera, esa misma que exige que troceemos troncos con una sierra y que los callos nos ardan en las manos para arrancar algún beneficio, da poco y luego, con una burla insultante, te quita ese poquito y te deja a solas contigo mismo. Algunos creen que eso no tiene ningún propósito y otros lo encuentran como único consuelo a una hora y tres cuartos de preciosismo silvestre en un olvido que durará el resto de nuestra miserable existencia.

miércoles, 11 de febrero de 2026

SAIGÓN (1988), de Christopher Crowe

 

Asumir el papel de una pareja de policías en el Saigón de la guerra no deja de ser una tarea bastante absurda. Pensémoslo un momento. ¿Investigar unos crímenes en una guerra que se caracteriza por el asesinato indiscriminado? Digno de Samuel Beckett. En todo caso, ahí está esa pareja de policías que tiene algo de aquella otra que formaron los detectives Doyle y Russo en French Connection sólo que se cambia el Departamento de Narcóticos por el de Homicidios y pónganse a olisquear las pruebas. Se trata de cazar a un asesino en serie en esa ciudad dominada por el caos que ha ido eliminando prostitutas como si fueran soldados del frente. Las primeras pistas no dejan ningún lugar a dudas. El asesino es norteamericano y todo apunta que es un oficial de cierto rango. Para completar la tarta. La peor ciudad del mundo, los peores crímenes del mundo para cazar a un tipo inalcanzable. ¿Se puede soñar con un caso mejor?

El sudor se pega a esas camisas de civiles que lucen los suboficiales McGriff y Perkins en unos barrios en los que nada está claro, la gente se mueve con total libertad de comportamiento. Lo que es legal, no está bien visto. Lo que es ilegal, es la normalidad. Habrá que emplear la violencia en una o dos ocasiones para conseguir la información necesaria. Y sacar el arma reglamentaria si las cosas se tuercen mucho en ese universo de callejas estrechas, puestos de acera y calzada y uniformes que sólo buscan un lugar en el que hundir el vicio de la desesperación del frente. Saigón es la nueva urbe del pecado y McGriff y Perkins lo van a comprobar de primera mano.

Con la mirada más objetiva posible, la intención de la película es original y muy apreciable. La idea de dos policías militares dedicados a la investigación de una serie de asesinatos en una ciudad que se cae a pedazos, en un ambiente en el que todo está en contra, es muy buena. Sin embargo, hacía falta la dirección de alguien con más garra y proyección que Christopher Crowe, mejor guionista que director, en su única incursión tras las cámaras. Si esta misma historia hubiera caído en las manos de otro realizador como, por ejemplo, John McTiernan, estaríamos ante algo auténticamente bueno. Como no es así, crece la desazón en el público porque se espera algún acontecimiento que haga que la historia arraigue y cobre vuelo, pero eso no ocurre en ningún momento. La sensación, al final, es de una cierta decepción y de expectativas defraudadas porque es como si la película prometiera y no cumpliese.

En cualquier caso, cuando caen encargos de este tipo, más vale que llevemos a cuestas el sudor y la conciencia. Habrá que buscar en verdaderos vertederos y la confusión será toda la respuesta. El trabajo consiste en separar el grano de la paja, mantener la mirada firme entre las drogas, el vicio, la degeneración y ese puñado de locos que han decidido hacer una guerra a diez mil kilómetros de su país. Saigón tiene muchísimas preguntas y, prácticamente, ninguna respuesta.

martes, 10 de febrero de 2026

ACCIDENTE (1967), de Joseph Losey

 

Un accidente oportuno y ligeramente turbio. Un profesor cita a dos alumnos suyos en su propia casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Cuando van a llegar, sufren un accidente con el coche y el profesor consigue rescatar a la chica. El acompañante muere. Hasta ahí todo bien. O relativamente bien dentro de la desgracia, pero es que todo ha sido una finta del destino. El muerto estaba liado con la chica. El profesor desea a la chica. La chica desea al profesor. Todo se complica de forma casi onírica porque la chica ha salido anteriormente con otro profesor que, para más confusión, también lleva un delirante programa de televisión local. Y todo se entremezcla de tal forma que muy pocos saben cómo descifrarlo. El chico, la chica, el profesor-tutor, su mujer, el profesor mediático, el ambiente enfermizo de la universidad, el accidente, la memoria…Puede que todo sea un flashback, pero será el espectador será el encargado de darse cuenta. No lo sé. ¿Ustedes qué opinan?

Joseph Losey dirigió con su evidente profundidad una película pequeña que le dejó enormemente satisfecho. El dramaturgo y amigo del cineasta Harold Pinter colaboró en el guion y juntos adaptaron la novela de Nicholas Mosley, vehículo perfecto para mostrar las turbiedades del impoluto ambiente académico inglés. Dirk Bogarde aporta sus habituales dobleces escondidas tras un rostro agradable y que resulta ideal para mostrar el progresivo y tortuoso camino hacia el desastre personal con el que se enfrentan todos los personajes. Aquí no hay triunfadores. No hay más que perdedores. Todos se enfrentan a la derrota de sus propósitos porque no hay ninguna salida moral que les permita llegar a una conclusión satisfactoria. Algunos podrán pensar que el asunto que plantea la película es nimio, pero no lo es si nos adentramos en estos personajes perdidos, presos de la melancolía y del fracaso. Por supuesto, tanto Losey como Pinter aprovechan que el Támesis pasa por todas partes para incluir un retrato aburrido y muy crítico de la burguesía británica, anclada en una vida cómoda e irremisiblemente rutinaria, con predominio de la hipocresía, la envidia y la represión moral. Algo que, si nos fijamos un poco, puede estar posado sobre los inamovibles tomos de cualquier biblioteca sesuda de un profesor universitario sin mañana.

Tengan mucho cuidado al acercarse a esta película. Quiere decir muchas cosas y, en realidad, se abstiene de pronunciar una palabra. Todo hay que deducirlo porque todo está muy sugerido y obliga a trabajar al espectador. La inversión de valores, la comodidad de una posición desahogada (dando rienda suelta a las ideas militantes de Losey), la certeza de que lo que hemos visto no es actual, sino pasado, la cámara se acerca, la cámara se aleja. Hemos entrado, hemos salido. La muerte es sólo un espejo de lo que nos ocurrirá a todos. La tensión se puede cortar en alguna escena porque el deseo es el verdadero motor que mueve todas las pasiones. Puede que acostarse con alguien sea la meta para que todo parezca que está en orden. Igual que ese profesor que, amablemente, invita a unos estudiantes a su casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Accidente.

jueves, 5 de febrero de 2026

UNA MUJER EN LA LIGA (1989), de David S. Ward

 

El plan, realmente, es muy sencillo. Los Indians de Cleveland son un equipo deficitario, que nunca ha ganado ningún torneo. Son malos, en dos palabras. Con los resultados paupérrimos que suelen cosechar, la mejor solución es su traslado a otra ciudad, con otro equipo técnico, con otros jugadores, con otra infraestructura. Y Rachel Phelps es lo que pretende con la llegada a la presidencia del club. Sólo hay un problema, no muy grande. Los jugadores, hasta ahora, han jugado con cierta desmotivación, sin ganas, de ahí sus pobres resultados. En cuanto salta el rumor de que el club puede ser trasladado porque no gana ni a las chapas, adivinen qué pasa. Sí, los chicos se alían unos con otros y, de repente, empiezan a jugar como los ángeles. Sólo para fastidiar a esa pretendida ejecutiva brillante que no piensa más que en maximizar beneficios y echar a todos a la calle. Además, los Indians tienen a un lanzador de ensueño, sólo que es un poco irregular. Le llaman “Wild thing” y tiene su sintonía propia cada vez que entra al campo. El lío, el lanzamiento, el bateo y la carrera están servidos. A ver quién gana en esta carrera contra los intereses creados.

David S. Ward dirigió su mejor película en esta ocasión y, curiosamente, es una de las que menos se recuerdan. No es una comedia tronchante, no es, ni mucho menos, un drama, es una curiosa disección del mundo del béisbol, con sus ejecutivos preocupados por llenar estadios y rentabilizar publicidades, con sus jugadores de altos y bajos, que muestran hastío y, a la vez, son capaces de poner a las gradas de pie. Con sus técnicos, que creen tener fórmulas mágicas y dependen, sobre todo, de que los jugadores quieran jugar de verdad. La película es buena, agradable, se deja ver y con algunas líneas de diálogo de cierta agudeza. No en vano David S. Ward fue ese guionista que algunos años antes había ganado un Oscar con El golpe, de George Roy Hill.

En el apartado interpretativo habría que destacar a Charlie Sheen, en una de sus escasas interpretaciones meritorias, al lado de Corbin Bernsen, que por aquel entonces estaba muy de moda, Tom Berenger, que posiblemente sea el actor más mediocre de la época y que sólo se salvó por su prodigiosa interpretación en Platoon, de Oliver Stone, Wesley Snipes, con el que tuvieron serios problemas porque de béisbol sabía tanto como yo de física cuántica, Margaret Whitton en la piel de esa ejecutiva que se pasa de lista, y una René Russo maravillosa y radiante sosteniendo por debajo al plantel femenino.

Así que ya saben, pidan la seña, lancen una bola curva, traten de batear con fuerza y corran, corran como el viento porque las oportunidades pasan de largo y, a veces, es porque nos hemos dejado ir por pereza, desmotivación o vaya usted a saber. Lo cierto es que, cuando hay problemas, es muy bueno tener a un “Wild thing” en el equipo. Saldrá por una de las puertas del césped y la gente se volverá loca porque creerán que las bolas llevan música incorporada.