viernes, 22 de febrero de 2019

LOS FAVORITOS DEL OSCAR


Bien es sabido que, cuando se baja el nivel de algo, el abanico de posibilidades se dispara en todas las direcciones y, en el caso de los Oscar, no podía ser menos. No ha sido un año de grandes películas. Es más, ni siquiera ha sido un año de películas memorables. Dentro de una o dos temporadas, no hablaremos de los premiados de este año, salvo, quizá, de la candidata de Alfonso Cuarón, más por sensibilidad que por mérito y el resto, casi con toda seguridad, pasarán a ser pasto del olvido salvo que el mismo desarrollo de la ceremonia señale algún título por aquellas casualidades de la vida. ¿Quién se acordaría hoy de una película como Moonlight si no fuera por la legendaria metedura de pata de Warren Beatty y Faye Dunaway?

Dicho lo cual, podríamos aventurar que, para el premio a la mejor película, la Academia optará por repartir la suerte. No querrá dar todo a Roma para que sea aclamada como el mejor título del año porque preferirá que a la película de Cuarón se le premie, con toda justicia, en otras categorías que detallaré a continuación así que es muy posible que La favorita sea quien se lleve el gato al agua. No, no es ni parecida al Barry Lyndon, de Stanley Kubrick, por mucho que haya voces que proclamen su semejanza. Ni siquiera me parece que sea una película extraordinaria, pero reúne todos los requisitos para lo que viene siendo últimamente la entrega del Oscar. Y con el sistema de votación consistente en que cada miembro de la Academia vote a sus cinco películas favoritas otorgando mucha puntuación a las dos primeras, tiene todas las papeletas. Al fin y al cabo, tiene su punto transgresor y también se está creando una legión de opositores furibundos a la película de Alfonso Cuarón.

En la categoría de mejor actor, parece que todo está muy claro. Rami Malek se llevará el calvo de oro por su encarnación de Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody. Su intenso trabajo vocal, su capacidad camaleónica y la inmensa popularidad de una película que no es extraordinaria, pero funciona como espectáculo ayudarán en su elección. Quizá, a alguna distancia, se coloque Christian Bale por su concienzudo trabajo en El vicio del poder, pero sería toda una sorpresa.

Para la mejor actriz secundaria sería una gran injusticia que la vencedora no fuera Glenn Close por su trabajo en La buena esposa. Es su séptima nominación, es muy posible que también sea la última y Hollywood le debe un reconocimiento a esta gran actriz. Su gran competidora es Olivia Colman por meterse en la piel de la reina Ana Estuardo en La favorita, pero la Academia también funciona, en muchas ocasiones, por la ley de la compensación.

Para el mejor actor secundario el asunto se pone un poco más feo. No hay ninguno que sobresalga demasiado, no hay interpretaciones eternamente memorables en tan difícil categoría. Tal vez Mahershala Ali tenga sus opciones por Green Book, como ese músico de jazz sinfónico que se atreve a internarse por el sur de los Estados Unidos a principios de los sesenta en compañía de un guardaespaldas. En su contra está el reciente Oscar al mejor secundario también por Moonlight y eso da opciones a un veterano como Sam Elliott por Ha nacido una estrella. Una categoría que se presenta interesante.

En el caso de la actriz secundaria, parece que la mejor colocada es Rachel Weisz, estupenda, sin duda, en La favorita y es posible que sea el premio de apoyo al de mejor película, pero, cuidado. También está nominada Emma Stone por la misma película y ya se sabe que eso puede derivar en una división del voto en beneficio de una tercera actriz y ahí parece que Regina King pueda tener opciones por El blues de Beale Street, la aburridísima película de Barry Jenkins.

Como mejor director, la mirada no puede volverse más que hacia Alfonso Cuarón por el espléndido y sencillo trabajo que hace en Roma. Premiar a cualquier otro sería injusto, por mucho que el director mejicano ya tenga un calvo en su repisa de chimenea por Gravity. Y también es una forma de decir que, en realidad, la mejor película del año es la suya.

Por otro lado, en el premio a la mejor película extranjera, no parece que Roma tenga ningún rival de entidad salvo, quizá, Un asunto de familia, la cinta japonesa de Hirokazu Koreeda, pero no es probable. Es por ello que, unido a la posibilidad de que Cuarón también se lleve el premio al mejor guión original, Roma pierda parte de sus opciones como mejor película del año.

Y estos son los favoritos del Oscar. Veremos si el domingo día 24 de febrero hemos acertado algo de un año tan flojo y, por tanto, tan abierto. Mientras tanto, vayan con cuidado y procuren no pisar al conejito de la reina. Les puede salir muy caro.

jueves, 21 de febrero de 2019

EL CANDIDATO (2018), de Jason Reitman

Basar la competencia de un personaje público en lo que hace o deja de hacer en su vida privada es una muestra más de la dictadura de lo políticamente correcto. El daño del amarillo periodístico puede ser enorme por poner el foco en lo que no corresponde, distrayendo a la opinión pública de los verdaderamente importante. Y, quizá, aquí en España, eso nos pueda dar más o menos igual, demostrando que nuestra democracia, en algunos aspectos, es más madura que la de otros países con mayor tradición, pero en Estados Unidos eso es poco menos que pecado mortal. Más que nada porque asocian que un hombre que engaña a su mujer también será capaz de engañar al pueblo.
Y así carece de importancia toda la trayectoria política de un candidato a la presidencia que albergaba buenas intenciones, que mantenía una imagen impecable, que se atrevía con algunos desafíos que podían ponerle en ridículo y, sin embargo, salía más que airoso de los envites. La prensa lo divulgará todo sin pararse demasiado en comprobar los hechos, sin dar muchas oportunidades para que el perjudicado pueda defenderse. Y no bastará su brillante oratoria, o el estrujamiento de los cerebros que le acompañan para lavar su imagen. Quedará como el adúltero impenitente que se aprovecha de todo para echar su cana al aire y trepar por encima de cualquier consideración moral.
No se puede evitar el recuerdo hacia aquella película que protagonizaron Henry Fonda y Cliff Robertson bajo la dirección de Franklin J. Schaffner y que llevaba por título El mejor hombre cuando se ve El candidato. Ambas insisten en que, quizá, el mejor, el más indicado para ocupar el puesto más alto de la nación es aquel que no se presenta, que tiene tan poco apego al poder que está dispuesto a la renuncia con tal de que el escándalo no salpique a la democracia. Competente es el trabajo de Hugh Jackman, intenso en su creación del político que, a base de trabajo, trata de conseguir la victoria para llevar a cabo las reformas que más se necesitan. La dirección de Jason Reitman es rutinaria, sin alardes y pasa por correcta. Sin embargo, cuando todo termina, se tiene la sensación de que al conjunto le falta algo de fuerza, de capacidad de enganche, por mucho que en la memoria aún se recuerde el desastre de la campaña del senador Gary Hart para la presidencia que, finalmente, ganó George Bush padre. Por lo demás, se deja pasar el rato, se reconocen personajes de la historia reciente americana como Bob Woodward, Bob Dole o Ben Bradlee, interpretado por Alfred Molina, se refunfuña al final, tratando de encontrar el sentido a destapar los líos extramatrimoniales del que, posiblemente, hubiera sido un buen presidente y, sobre todo, al comprobar que la prensa, buscando el amarillismo, se degrada y se arrastra por el peor de los fangos. Aunque, de eso, en España, sí sabemos un rato.

No basta con las buenas intenciones. No es suficiente tratar de vencer al enemigo con lógica, con propuestas razonables y razonadas, con trabajo duro y experiencia política. También hay que ser un hombre intachable en las relaciones privadas, amante de su mujer, siempre de buen humor, con la palabra justa en la boca y el gesto relajado y suave. Todo un reto para cualquier ser humano. Mientras tanto, se buscará hasta en las más recónditas cloacas cualquier desliz para poner en duda su competencia. Y así, poco a poco, se van bajando los escalones hacia el más vergonzante de los perfiles bajos. ¿Les suena? 

miércoles, 20 de febrero de 2019

LA HORA DEL LOBO (1968), de Ingmar Bergman

“La hora del lobo es el momento que transcurre entre la medianoche y el amanecer, momento en el que muere la mayoría de la gente, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales. Es la hora donde el insomnio es perseguido por la ansiedad, cuando los fantasmas y los demonios mantienen su influencia. La hora del lobo es la hora cuando la mayoría de los niños vienen a la vida”
No hay demasiada simpatía por ese pintor que busca un lugar aislado donde dar rienda suelta a su inspiración y sólo encuentra un compendio de sus propios miedos y deseos reprimidos. Es un enfermo que encuentra placer en la reclusión de sus sueños y su mujer trata por todos los medios de traerlo de vuelta, hacer que vuelva a ser un hombre imperfecto, pero un hombre al fin y al cabo. La hora del lobo se presenta con más fuerza en medio de ninguna parte y, de alguna manera, todos caemos en su enigmático hechizo de maldad y esperanza. Aquí, en esta historia, se puede palpar el distorsionado estado anímico que a todos nos atenaza y nos paraliza y, lo que es aún peor, nos pierde. La fotografía envuelve a todos y se convierte en un instrumento más para describir la represión de deseos ocultos y la búsqueda de la libertad creativa. Y, poco a poco, vamos descubriendo que el terror, el auténtico pánico, habita en todos y cada uno de nosotros.
La locura merodea en la isla de sol y viento y la oscuridad y la amenaza del caos se presienten como sus ayudantes. Y todo ello parece que es un inquietante reflejo de una realidad que se ha intentado ahogar con violencia, tratando de mirar hacia adelante como única salida de la vida. ¿Cuándo se hará presente la luz del día a nuestros ojos?  Quizá el umbral de la muerte sea el único lugar donde eso pueda ser posible, donde la creatividad genial se haga firme e imperecedera. Tal vez eso sea irrealizable en el terreno de lo consciente, en nuestro sombrío hogar de ilusiones y absurdos. Soledad, frío, miedo, problemas, asaltos, asesinatos, pretenciosidad, angustia, malos sueños, pantanos mentales, virilidad, deseo, carne, adoración, distancia, decepción, huida. Todo eso ocurre siempre en la hora del lobo, esa hora mágica en la que el cuerpo está indefenso y débil, en la que hay que decidir si la realidad empuja hacia el sueño o queremos volver a la mediocridad en la que sabemos que estamos inmersos.

Ingmar Bergman estuvo ahí, vagando y subiéndose por las paredes, llorando de horror, preguntándose el sentido de estar despierto cuando todo lo que se desea está encerrado en el territorio de la inconsciencia.

martes, 19 de febrero de 2019

NOVECENTO (1976), de Bernardo Bertolucci

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla sobre "La ciudad desnuda", de Jules Dassin, podéis hacerlo pinchando aquí.

El tiempo pasa y todo debe asentarse en un equilibrio de fuerzas que siempre serán contrarias. Por un lado, los patronos, cómodos, dueños de inmensas tierras expuestas a los caprichos del clima, despreocupados porque saben que mañana tendrán un plato a la mesa y, tal vez, un coche para conducir o, incluso, podrán hacer un largo viaje de varios meses para disfrutar de su ociosidad casi siempre insultante. Por otro lado, los campesinos, aquellos que se pelean con la tierra para que dé sus frutos, que trabajan de sol a sol con las manos encallecidas, el gesto contraído y las lágrimas dispuestas. La eterna lucha entre ricos y pobres que, en el momento en que se abandona en su perspectiva social y se entra de lleno en la política, se corrompe, se pervierte y comienzan los abusos. Ya no son ricos y pobres, son fascistas y comunistas. La dictadura de los patronos o la del proletariado. Mientras, los dramas humanos se suceden, la locura se desata, la decepción se instala. Ni unos son felices, ni otros sueñan con serlo. Es el ingrato siglo XX, que derramará tanta sangre que ni siquiera la tierra podrá absorberla.
Por un lado, Alfredo. El niño mimado y rico, que no alberga aversión hacia los trabajadores, pero que, sin embargo, es insoportablemente superficial y sin demasiada personalidad. Un niño que crece entre juegos y un hombre que no sabe comportarse como debe. Ya se sabe. Los ricos pueden darse el lujo de no pensar en nada. Todo está hecho.
Por otro lado, Olmo. El niño de rodillas sucias y mirada teñida de rencor, que sufre no sólo por lo que le pasa a él sino también porque sus compañeros también pasan hambre. La injusticia le subleva y la virtud de su contención le hace diferente a todos los demás. Quiere acabar con los patronos, pero no con las personas. Más que nada porque sabe que la lucha por tener un poco de pan al día siguiente tendrá que seguir de una forma u otra.

Italia convulsa desde la muerte de Verdi, el músico del risorgimento, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Los malvados ajusticiados. Los hombres de mirada torcida, con el corazón depravado deben ser pasados por la justicia del pueblo. Y Bernardo Bertolucci diciéndonos que, tal vez, la solución está en esa pelea continua y equilibrada entre el capitalismo y el socialismo, algo desquiciada, pero necesaria. Con las imágenes de Vittorio Storaro y agarrando la belleza como bien común, Bertolucci tampoco deja de mostrar terribles crueldades, escenas que hacen que la mirada se aparte, buscando aire en algún lugar donde la corrupción moral y física no llegue hasta esos límites. Entre el campo y las residencias, Gerard Depardieu y Robert de Niro pasean su amistad demostrando que así, también, se rebajan los rencores porque, al fin y al cabo, todos somos personas. A su alrededor, Sterling Hayden, Burt Lancaster, Stefania Sandrelli, Dominique Sanda y, sobre todo, un inmenso y rechazable Donald Sutherland dando cuerpo y forma a la misma maldad que anida en lo más profundo y podrido del ser humano. Quizá, en la turbulencia de un siglo tan desalmado, queda la certeza de que todo cambio debería empezar por nosotros mismos y Bernardo Bertolucci también deja escapar algo de ese ligero desencanto hacia la utopía de un mundo un poco más justo.

viernes, 15 de febrero de 2019

EL MUNDO DE GEORGE APLEY (1947), de Joseph L. Mankiewicz

El heteropatriarcado tiene sus días contados. George Apley lo ignora porque, casi sin ser consciente de ello, lo ejerce con autoridad. Él controla cada uno de los minutos que forman parte de su vida y de la vida de su familia. Todo debe de estar en su sitio, siempre con la frase justa y la actitud apropiada. No hay ni una nota aguda en la aburrida sinfonía de su existencia. Nada debe salirse de lo que se espera. Y, sin embargo, los tiempos están cambiando. Y alguien debe abrirle los ojos. Tal vez quien lo haga es precisamente aquél que ya hace años se dio cuenta de que aquello no era la felicidad. Podrá ser la comodidad, la seguridad de saber a la perfección lo que va a ocurrir al minuto siguiente, la ociosidad de una posición asegurada…pero no es la felicidad. Y George Apley está a punto de hundir la incipiente felicidad de sus hijos. Va a tener que ponerse al día, no le queda más remedio.
Al fin y al cabo, alguien que lee a Ralph Waldo Emerson tiene siempre la razón de su lado, ignorando la implicación radical de su más profundo significado. La plata siempre limpia. Los compromisos cumplidos porque, seamos sinceros, uno no se debe comprometer si no tiene la seguridad de que va a cumplir todos los términos. George Apley es el último representante del cuello engolado y de las palabras indicadas. Los jóvenes se abren paso con fuerza y es inadmisible permitir que su hija tenga relaciones con un profesor universitario de Harvard que estudió en Yale. Eso es de una incoherencia irritante. Boston debe permanecer así. Anclada en sus costumbres, celebrando el día de Acción de Gracias de la misma forma un año tras otro. Y que su hijo se vea con la hija de un chatarrero de Auster…no, no. Las relaciones con extranjeros están absolutamente vedadas para un joven de Harvard. Aunque quizá, haya que ser un poco más flexible, siempre guardando las formas, claro.
George Apley no sabe que los deseos cuadriculados presididos por la tradición no siempre son del agrado de terceros. Y, por eso, tendrá que encajar alguna que otra derrota que le haga volver a su original forma de pensar, a ese mundo tan confortable del que nunca debió salir. Sólo habrá una persona que le saque de ese inmovilismo bañado en superioridad y tendrá que ser, precisamente, el ser más débil de su entorno. El más despreciado, el más ínfimo, el que no cuenta, el que le dice una verdad al oído y le regala un beso en la mejilla. Es aquel que le dice que tiene que ser él mismo, más allá del rancio abolengo bostoniano. Los tiempos cambian, George. Y el mundo se cae a pedazos, más vale que recojas alguno.

La delicadeza de Joe Mankiewicz al dirigir esta película resulta magistral con un Ronald Colman en auténtico estado de gracia. Las reacciones y motivaciones de George Apley son perfectamente entendibles a pesar de que parezcan ridículas, trasnochadas o demasiado impostadas. El arribismo social sitia al presuntuoso George y le hace mirar, por una vez en su vida, a su alrededor, mucho más allá de sus inútiles reuniones en pro de los huérfanos de la ciudad o para la preservación y observación ornitológica de la fauna alada de Boston. Y, nuevamente, tenemos que ceder paso a una película que roza la maestría, narrada como una comedia, pero nunca como una parodia. Algo tan difícil como creer que se puede ver un pájaro carpintero con el pecho amarillo en pleno mes de noviembre.

jueves, 14 de febrero de 2019

MARÍA, REINA DE ESCOCIA (2018), de Josie Rourke

No deja de ser fascinante que dos reinas como María Estuardo e Isabel I de Inglaterra coincidieran como máximas mandatarias en un tiempo en el que la consideración de la mujer estaba bajo la mirada inquisitiva y casi siempre censurable del hombre. Fueron mujeres fuertes, decididas, dispuestas a hacer frente a todo un océano de conspiraciones masculinas que trataban de menoscabar su poder con el objetivo de que no pudieran demostrar de lo que eran capaces. Para vencer, no dudaron en prescindir de sentimientos y debilidades, de sensibilidades y de comportamientos auténticos y, simplemente, no se dejaron pisotear. Una lo pagó con el destierro y el verdugo. La otra, con la soledad.
Sin embargo, cuando las coronas están en juego, se portaron como verdaderas monarcas dispuestas a llevar las riendas de cualquier enfrentamiento, incluso entre ellas. Aunque las lágrimas estuvieran a punto de derramarse formando surcos sobre su maquillaje, aunque sus corazones debieran ser ahogados para no gritar que, en realidad, lo que más deseaban era amor. Fueron reinas que superaron a todos los hombres de su tiempo porque pusieron en marcha genio, decisión, determinación y astucia. Y demostraron que la espada también era diestra en su puño. La grandeza se abría paso ante ellas. La insidia se cernía tras sus pasos.
No cabe duda de que esta película tiene momentos de calidad. Su ambientación, su vestuario, oscuro y austero; su enfrentamiento en la única escena que comparten Saoirse Ronan y Margot Robbie. También tiene algún error que no llega a ser de bulto como el hecho de que haya una proliferación excesiva de gente de color en puestos de responsabilidad política o que nadie se llegue a creer del todo la historia del trovador acusado de acostarse con una reina. Falta algo de ritmo en alguna escena y hay algún diálogo que no acaba de estar bien trabajado, pero el trabajo de las dos protagonistas es bueno y toda la historia tiende a valorar a las mujeres, nobles y cercadas, por encima de los infaustos hombres que no poseen ni un solo personaje positivo. El resultado es que se deja ver, alternando pequeños errores y, reconozcámoslo, pequeños aciertos y, en algún momento se tiene la sensación de que tanta intriga se está haciendo un tanto larga. Lo normal si hay que tener en cuenta la energía que despliegan dos reinas dispuestas a defender con uñas y dientes lo que creen. Y ya se sabe que cuando dos mujeres se enfrentan a su destino, no puede haber hombre que las detenga.
Así, nos colocamos frente al nacimiento de una nueva época que acabará por reunir dos reinos dispares por primera vez y nos introduciremos con delicadeza en el alma atormentada de dos grandes damas que se ven sitiadas por el enorme precio de llevar una corona en la cabeza. Por otro lado, la religión también tratará de derrocar la paz para servir a sus propios intereses a través de sermones de odio, la nobleza se corromperá en la búsqueda de pecados que puedan servir de coartada, la guerra penderá de un hilo al comprobar que el derecho de nacimiento puede ser una amenaza permanente. Y todo, al final, se reducirá a una simple cuestión de orgullo que se escupirán dos reinas dispuestas a pacificar sus territorios sacrificando su propia felicidad personal. Sin pestañear, sin excusas. Sólo ellas. Destinos de mujer.

martes, 12 de febrero de 2019

ALÍ (2001), de Michael Mann

Una sombra corre entre las calles de una ciudad cualquiera. Es un hombre grande, corpulento, que preserva su anonimato con la capucha de la sudadera bien calada. La noche es fría y solitaria y sólo un coche de policía rompe la monotonía de la madrugada. Los policías se dan cuenta de que el tipo es negro. Seguro que no es de fiar. Un negro corriendo de madrugada tiene intenciones escondidas debajo de la capucha. En ese momento, el coche de policía recibe una llamada de emergencia. Adiós, muchacho, ya te pillaremos en otra ocasión.
Muhammad Alí les despide con una mirada de desprecio. Esa misma mirada que ha tenido que lanzar una y otra vez para defender los derechos de la gente de color. Quisieron encerrarle en la cárcel por no ir a Vietnam, le desposeyeron del título de campeón del mundo de los pesos pesados. Era el más grande, el boxeador más legendario que haya pisado nunca un cuadrilátero, el más polémico y, por eso mismo, aprovechaba la más mínima oportunidad para salir en defensa de los suyos. Su baile inquieto alrededor del ring le hacía una presa difícil de cazar, a pesar de que era partidario de que el contrincante llevara la iniciativa. Siempre decía que era más fácil contraatacar que atacar. Y tenía la derecha más rápida de la Historia. Cassius Clay alias Muhammad Alí se equivocó muchas veces, lucho hasta la extenuación, ganó muchos combates y perdió pocos, recuperó el título mundial tres veces y fue el protagonista de aquella mítica lucha que se dio en llamar The rumble in the jungle frente a George Foreman, el hombre que tenía martillos en lugar de puños. Alí fue el campeón, siempre lo fue, nadie le quitó el título. Nunca hubo nadie como él.
Supo ganarse el cariño de cierta parte del público, se le echó en cara muchas de sus actitudes, sus cualidades físicas eran únicas y la prensa lo odió tanto como lo amó. El boxeador que picaba como una avispa y bailaba como una mariposa tenía la cualidad de resurgir siempre de sus cenizas y tuvo que demostrar al mundo entero que no sólo sabía lanzar golpes, sino que los encajaba como nadie. Se levantó de su suspensión por tres años, volvió a pelear, ganó a Quarry, perdió con Frazier y se enfrentó a Foreman con la mirada perdida, tratando de abstraerse de todo lo que le decían. Tenía que cansar a la bestia para poder acabar con ella. Sólo así, levantándose todo el tiempo, moviendo la cabeza para quitarse el atontamiento del último puñetazo, Muhammad Alí pudo tocar el cielo y volver a ser el más grande, el mejor, el único.

Michael Mann demuestra oficio aunque, en algunos tramos, se queda algo corto al retratar a esta mítica figura del boxeo que, aquí, cuenta con el rostro de Will Smith en un trabajo enorme, físico e interpretativo, que nos retrotrae a la época en la que Muhammad Alí fue el ídolo de millones de personas en todo el mundo, con sus defectos y sus innegables virtudes, con su directo al mentón y su baile inconfundible. Y quizá no nos quede más que asistir, maravillados, a la capacidad de recuperación de un hombre que se negó a entregarse al hoyo al que le condenaban. Eso es algo que sólo pueden hacer los que realmente son leyendas.