jueves, 29 de octubre de 2026

LEONES EN INVIERNO (2026), de Albert Pintó

 

Es muy distinto acudir a la violencia para esconder el miedo a la vida que invocarla para hacerle frente. Cuando la desgracia llama con fuerza y no hay ayuda, sólo queda dejar salir a la ira y volver a los lugares que ya se conocieron un día, en otra existencia, cuando el fútbol era la excusa y la sangre corría porque no se llega a la capacidad para dominar los impulsos. Mientras tanto, ese submundo de drogas, de traiciones, de situaciones impensables que siempre se mueven en el filo de lo soportable se hace más y más presente y llega el momento en el que hay que despertar al león, mal que le pese a cualquier razón.

El director Antonio Pintó, después de la notable Tierra de nadie, vuelve a hacernos pensar sobre aquellas amistades que fueron importantes un día y que son sólo recordatorios de algo que nunca debería ocurrir de nuevo. Para ello, pone en juego a tres actores de probada valía como Luis Zahera, siempre acertado en sus composiciones extremas, Roberto Álamo, como un policía al que jamás se le ve trabajar y Jesús Callejo como el típico heroinómano que sólo piensa en el próximo pico. Los dos primeros saldan con notable su trabajo. El tercero demuestra que es mucho más experto cuando domina al gran actor que hay dentro de él que en esta ocasión. Alrededor de ellos, una fauna salvaje de personajes que sólo muestran que la vida es perder, que, a veces, esa derrota continua es abrumadora y que parece que asistimos a una versión cañí de El precio del poder, con toques de Infiltrados y de un deseo irrefrenable de parecerse a Martin Scorsese sin tanta estilización.

Todo esto no estaría mal si no fuera porque en la trama hay flecos que no terminan de explicarse del todo bien y que, hacia el final, Pintó introduce un giro de guion solamente para que el personaje de Luis Zahera tenga una justificación simpática para acabar con el causante de sus desgracias. Lamentablemente, ese supuesto giro, no es demasiado creíble si nos atenemos a lo que hemos visto con anterioridad. Como tampoco es de recibo ese deseo del protagonista de acudir a la redención después de todo lo que ha hecho para calmar su sed de venganza. Quizá con más trabajo de guion y menos lugares comunes, el conjunto saldría beneficiado, pero ya se sabe, es mejor quedarse con Jordi Mollá en su composición de malvado entregado a Dios, con Inma Cuesta con su inacabable dolor y con tres o cuatro reacciones que no acabas de entender, porque hay que explicar algo más y mostrar un poquito menos.

Desde luego, el viaje de pena e ira podría llegar a ser apasionante. Por mucho que se quiera proporcionar excusas para despertar a esos leones que desahogaron su rabia desde el fondo sur del Santiago Bernabéu. Es la demostración preclara de que algo que podría dar que pensar se transforma en retazos de planicie sin demasiado recorrido. Aún así, Pintó consigue dos o tres escenas brillantes que disfrazan la impresión final, pero que no llegan a herir el pensamiento. Ya se sabe. La noche de Madrid, con mucha presencia de aquellos bajos que un día estuvieron repletos de locales de ocio y que ahora no son más que basureros humanos mientras que los de siempre campan a sus anchas por el lado más oscuro de la complicidad.

La vida es perder, desde luego. Y nadie puede controlar esa sensación de derrota. Tan sólo es posible graduar la magnitud de la pérdida y, a menudo, es imposible porque el corazón tiene razones que la razón no entiende. Los muertos se suceden. Y, cuando no queda nada, sólo está uno mismo. Y permanece esa sensación que eso tampoco es suficiente. Sólo es el espejismo de los hombres y mujeres que podríamos haber sido y que el destino se ha encargado de atropellar a toda velocidad. Para ello, hay que buscar, sea como sea y a cualquier precio, la serenidad necesaria para seguir adelante. Aunque eso nos cueste leer un artículo tan prescindible como éste. Hay que mirar hacia adelante y dejar que los demonios sigan durmiendo. Despertarlos no lleva a ningún sitio salvo al infierno.

miércoles, 28 de octubre de 2026

UN HOMBRE SOLO (1955), de Ray Milland

 

Dos millones de visitas en el blog. Ante eso, no se pueden decir muchas cosas. Sólo gracias y que intentaremos llegar a los tres millones. Un abrazo y gracias de nuevo.

Silencio. La llanura guarda muchas sorpresas en su inmensidad o en la tortuosa configuración laberíntica de sus caminos. Una diligencia ha sido masacrada y ese individuo parece el más lógico culpable. Silencio. Él trata de demostrar su inocencia, pero tiene pocos, muy pocos, medios para conseguirlo. Se refugia en algún sitio, esperando que su anonimato le proteja, pero es insuficiente y el dueño de la casa es el sheriff de los alrededores. Ese hombre está solo. Nadie le apoya. Nadie le ayuda. Nadie le comprende. Silencio. Es sólo un lobo estepario que ha viajado por muchos caminos, ha disparado unas cuantas veces, casi siempre de forma justificada, y ha dejado atrás un reguero de cierta leyenda que hace que todo el mundo le tenga miedo. Y sin embargo, no es más que un hombre. Un tipo con un arma al cinto que trata de escapar de un entorno que cada vez se le cierra más. Y ese entorno está apretando la mano alrededor de su cuello. Silencio. Todo se explica con las acciones. Todo es confuso porque, a veces, hay que emplear la violencia para evitar lo que se quiere eludir. Es como un inmenso rompecabezas moral en el que las balas son los bornes que encajan las piezas.

Ray Milland dio, una vez más, muestras de lo interesante que era como director. En esta ocasión, puso en pie una película del Oeste de presupuesto muy bajo en la que, en la primera media hora, no se dice una palabra. Todo lo explica con imágenes. Quizá la idea la copió de la que era su película favorita, El espía, de Russell Rouse, en la que el propio Milland no decía absolutamente nada en todo el metraje, a pesar de ser el protagonista. En esta ocasión, también es la estrella principal de la película y, detrás de su silencio, hay algunos actores solventes como Ward Bond, Raymond Burr, Lee Van Cleef, con Mary Muprhy aportando el lado femenino y, por supuesto, el único personaje que cree en ese forajido al que hieren su alma de hombre bueno. El resultado es una película notable, a pesar de que en la ambientación y en los decorados llega a notarse la carencia de medios, con ese primer tramo en el que no se pronuncia ni una palabra, potenciando el hecho de que las acciones son mucho más importantes que las intenciones. Puro Oeste.

Así que guarden silencio. Sólo queda asistir como espectadores a toda una escenografía de sentimientos encontrados en los que todos podemos vernos reconocidos mientras el vacío de la falsa acusación se abre a nuestro alrededor. Casi ni se van a poder oír los disparos que llevan el mensaje de que ese hombre atrapado y solo no tiene nada que ver con ninguna masacre. Y menos aún la de inocentes que simplemente viajaban a bordo de una diligencia de línea. Todo apuntará en su contra. Incluso se impondrá la duda en aquellos que han podido ver algo bueno en él. Y es que, desgraciadamente, siempre ha sido mucho más difícil demostrar la inocencia que la culpabilidad. Y ya, desde este momento, es mejor guardar silencio.

martes, 27 de octubre de 2026

LA DAMA DEL COCHE CON GAFAS Y UN FUSIL (1970), de Anatole Litvak

 

El plan se presenta atractivo. Una secretaria acompaña a su jefe y a su esposa al aeropuerto. De repente, se le ocurre una idea loca, una de esas que se presenta sin avisar y que se cree que es irremediablemente atractiva. Aprovechando la ausencia del mandamás, lo mejor es coger ese coche de lujo último modelo y darse una vuelta por la Costa Azul, probar la experiencia de alojarse en hoteles de primera categoría mientras todo el mundo la mira y conduce ese vehículo que llama la atención. ¿Por qué no? Nada es como se sueña y comienzan a presentarse los problemas. Cuando llega al hotel donde decide estar más a gusto que nadie, la gente parece reconocerla. Ella nunca ha salido de su ciudad. Es imposible, pero la saludan como si la conocieran desde hace tiempo. Además de eso, un sospechoso ruido parece salir del coche. Es posible que sea el exceso de trabajo que hace que una pueda imaginar que la multitud la reconozca cuando nunca se han cruzado en su vida o que un extraño sonido salga de ese coche, ese maldito coche, que tal vez debiera haber dejado en el garaje de la casa de su jefe y haberse ido a su casa a tomar una copa en el sofá. Las cosas se van a complicar. Mucho. Y se van a poner extremadamente serias.

Hasta aquí puedo leer. Un punto de arranque que llega a ser muy interesante con Samantha Eggar al volante. Además, es la última película que realizó un director de cierta solvencia como Anatole Litvak. El argumento, no hay duda, resulta digno de atención, pero hay diversos puntos que hacen perder peso a la película. Uno de ellos, sin lugar a ninguna duda, es la totalmente inadecuada banda sonora con Petula Clark a la cabeza golpeando los tímpanos con una melodía bastante insoportable. El otro es la ausencia de química en una pareja como la que forman Oliver Reed y Stephane Audran como el jefe de la secretaria en cuestión y su mujer. Un último ítem, quizá ya más discutible, es que el espectador no sabe nada de lo que está ocurriendo y va descubriendo lo que pasa a la vez que el personaje protagonista. Y, la verdad, llega a ser bastante cansino.

A su favor, el trabajo de Samantha Eggar, que navega entre el disfrute, la confusión y el horror mientras se mueve en unos escenarios extraordinariamente bien cuidados, telón de fondo ideal para la manipulación que se pone en juego con algunos tintes de sadismo. También es evidente que el espectador se llega a morder las uñas preguntándose qué es lo que se halla detrás de la complicada trama a la que, tal vez, le falta unas gotas de siniestra exposición. En cualquier caso, es una buena película, que mantiene el suspense y que, lastimosamente, también ha pasado al olvido de todos los cinéfilos.

Y es que no siempre el olvido y el retiro en un paraíso es la mejor solución a todos los problemas. Un fin de semana a escondidas puede costar muy caro. Mucho más que la factura de un hotel de ensueño.

viernes, 23 de octubre de 2026

DOCE HOMBRES SIN PIEDAD (1957), de Sidney Lumet

 

Doce hombres justos no pueden equivocarse. A pesar de que las evidencias son claras, la duda razonable es como el aire del humo de la ciudad, siempre permanece hasta que aparece la lluvia. Puede que éste sea un juicio rutinario. El acusado es un joven que ha crecido en un barrio marginal, que ha sido golpeado y marginado por su familia y por la sociedad y que, con toda seguridad, no ha podido más. No ha sido capaz de fabricarse una coartada, ni de recordar dónde perdió el arma homicida. No tiene defensa posible. Por eso, la esperanza suele habitar en el algún rincón del destino y entre esos doce hombres que tienen que decidir sobre la muerte de un chico…puede que haya uno que vea un poco más allá de los demás, que haya decidido demostrar que hay puntos de flaqueza en una acusación que se muestra tan convencida de la razón. Para ello tendrá que batallar, exponer sus argumentos de una forma que todos lleguen a entenderlo. A nadie le gusta cambiar de opinión sobre algo que se puede ver de forma tan cristalina. Allí, en una sala de deliberaciones de un jurado, se librará un combate entre la razón y el empecinamiento. Y las pruebas tendrán que ser puestas en duda una por una.

Todos, los doce hombres, están allí por obligación porque la democracia también exige cumplimientos del deber público. Usted sí, usted no, no me entiende, le voy a matar, esto no es serio, vámonos que estamos perdiendo el tiempo. La vida de un hombre bien merece un par de horas de discusión. Escudriñar planos de vivienda y establecer la fiabilidad de un testigo que renquea de una pierna. Utilizar la lógica para desmontar el testimonio de una testigo ocular que vio el crimen desde su ventana. Establecer que esa navaja que acaba por ser una pieza de convicción puede adquirirse a poco que uno se pasee hasta el conflictivo barrio del chico…cada uno aportará su experiencia, o su punto de vista, o su frialdad ante el hecho terrible de hacer depender la vida de alguien de lo que otro piense o tenga asimilado en su interior. Incluso los hay que actúan por venganza. Estos chicos, ya no son lo que eran, ya no dan importancia al respeto, ya no escogen la rectitud de hacer que el comportamiento en una sociedad sea el que se espera de ellos. Todo porque la duda razonable siempre va a existir en cada uno de los ámbitos de la vida. Y no siempre es para algo positivo.

Para aquellos a los que les gusta el cine, invito a cualquiera a que se fije en la técnica que emplea el director Sidney Lumet en esta película. Su repertorio de planos es tan impresionante que deja a cualquier otro en un simple aprendiz. Sin embargo, eso no es todo. La dirección de actores es espectacular, sacando un momento brillante de cada uno de ellos, o varios según sea el personaje. Por supuesto, por encima de todos, está Henry Fonda como ese jurado número ocho…porque ninguno de ellos tiene nombre. Sólo son números en la maquinaria democrática del juicio por jurado. La ciudad espera. Y puede que, incluso sus nombres, sean sólo una agradable forma de presentación porque más de uno puede que haya aprendido algo en esa sala de deliberaciones.

jueves, 22 de octubre de 2026

LA INVITACIÓN (2026), de Olivia Wilde

 

Tomando como base aquella Sentimental, de Cesc Gay en la que lo mejor, de largo, fue la interpretación de Javier Cámara componiendo un personaje con una mordacidad verbal tan hiriente que llegaba hasta las últimas consecuencias, Olivia Wilde ha dirigido una versión americana con Seth Rogen asumiendo el papel. En esta ocasión, esa bestialidad interpretativa se ve reemplazada por una decepción vital que hace que la historia pierda muchos enteros, aunque conserve y potencie algunas virtudes que resultan bastante interesantes.

Aquí, Wilde estira algunos extremos del guion llevándolo aún más lejos, aunque guarde varios errores de cierto bulto como es la interpretación de la propia Wilde que hace que su personaje sea presa de la inseguridad más irritante porque no hay ni un solo plano que se dedique a sí misma que no quiera decir algo, cayendo en un histrionismo que hace que, lejos de empatizar con su frustración, consiga ser algo más que cargante. En el otro lado del cuadrilátero, Penélope Cruz y Edward Norton consiguen crear sus propios personajes y, en contra de lo que se pudiera esperar, Norton es el que mejor lo hace, aunque su papel sea el que menos cancha posea para ello. La española no lo hace mal, aguanta bien en algunos extremos, pero esa mujer que es psicoterapeuta y que en la versión de Gay realiza toda una sesión a la pareja contraria haciéndoles llegar a la conclusión de que ya no se quieren de un modo que resulta estúpida y políticamente correcta, está muy simplificada, perdiendo parte de su posibilidad de lucimiento. El resultado, como no podía ser menos, es otra versión eminentemente teatral que se centra en los interminables diálogos sobre la convivencia, el sexo utilizado como elemento liberador y, por supuesto, en la confrontación que evidencia la dominación de la pareja de visitantes sobre los anfitriones.

Algunas de las decisiones en la planificación de Wilde resultan discutibles, colocando elementos de interferencia en los intercambios continuos de pareceres, pero, si exceptuamos su propia interpretación, es notable su dirección en el apartado actoral. Los personajes hablan y hablan sólo para llegar a la conclusión de que, cuando una pareja está tan rota que sólo cabe compartir un buen jamón, la única salida posible, plausible y aceptable está en recordar todos aquellos momentos que hicieron que la relación pareciera irrompible, eterna y aparentemente estable. Una melodía, un lugar de vacaciones, una situación divertida, una sensación de protección…todo eso forja el camino aunque todos los que hayamos vivido en pareja no alcancemos a recordar esos instantes en los que queda impresa el auténtico sentimiento del amor. El ofrecimiento del jamón es sólo una novedad que, cuando va en contra de los propios gustos, y por mucho que sea atractivo, puede impactar, generar una falsa complicidad, pero que, en las personas aparentemente normales, será algo que nunca se puede compartir, porque el jamón de verdad está en casa si no nos hemos equivocado. Y eso no podrá disfrazarse con cualquier invitación impostada, temporal y demoledoramente fugaz.

Resulta enternecedor que Olivia Wilde decida dedicar la película a Diane Keaton, símbolo máximo de la inseguridad independiente femenina. Y posiblemente lo haga para engrandecer su propio personaje, incertidumbre con piernas, gesticulante hasta la exasperación y deseosa de dar aquella impresión de improvisación que era marca de fábrica de la inigualable actriz. Ella no se le acerca. Ni siquiera en ese vano intento de vestuario supuestamente inapropiado y, a la vez, elegante. Las frases se suceden, pero al carecer del personaje mortalmente mordaz que caracterizó Javier Cámara con inigualable maestría, toda la trama pierde fuerza, resulta aprobada, pero justita. Se asiste a una obra de teatro con cuatro intérpretes experimentados que, a poco que hagan, tendrán algunos puntos de interés, pero el jamón nunca será ibérico. Se queda en prosciutto. Hay risas en algún momento. Eso significa que, los menos avezados, lo aceptan sin problemas ¿no?

miércoles, 21 de octubre de 2026

EL CUARTO PROTOCOLO (1987), de John McKenzie

 

Aprovechar el inmenso poder para realizar tu propia acción agresiva sin permiso de la oficialidad. Ahí se resume la esencia en la que se tienen que mover los servicios secretos sin violar el último protocolo de control de armas nucleares. El plan es fácil. Se envía a un agente con un dominio total de la lengua inglesa, se le coloca cerca de una base aérea de la OTAN y se fabrica allí mismo una bomba nuclear con las piezas llevadas por partes. Es tan sencillo que asusta. La OTAN no tendrá más remedio que contestar, puede que el gobierno soviético caiga y así la confrontación será inevitable. Un plan perfecto con muy poco esfuerzo.

No obstante, hay algunas personas que se están dando cuenta de que una operación muy oscura se está cociendo en los pasillos inaccesibles del poder en la sombra. Por parte soviética, un alto funcionario del espionaje ruso ve movimientos raros, con la captación de agentes que estaban siendo preparados para otras misiones más adecuadas para la paz o por el extraño envío de correos durmientes con las distintas piezas, impensablemente pequeñas, para fabricar la consabida bomba. En el lado inglés, un tipo inteligente que ha sido defenestrado a la vigilancia de puertos y aeropuertos sospecha ladinamente de la muerte extraña de un marinero. Dos y dos son cuatro, por mucho que sus superiores quieran que dé tres.

Basada en la novela de Frederick Forsyth, hay que reconocer que El cuarto protocolo es una buena película de espionaje. Y resulta aún más convincente en toda la parte interpretada por Michael Caine. Ese John Preston que es capaz de destapar la filtración de información de un ingenuo funcionario que cree que Sudáfrica es un régimen que hay que defender y que, más tarde, es trasladado y ve indicios de una conspiración peligrosísima para desencadenar la Tercera Guerra Mundial, es un personaje que se mueve por los cánones de la lógica, a menudo obviada por superiores que están más pendientes de su futuro profesional o de la conveniencia de valorar posibles objetivos para que encajen con los del gobierno de turno, es un hombre que valora su escasa felicidad personal y que se mueve con una gran profesionalidad en los abismos del contraespionaje. En el lado opuesto, es necesario nombrar a Pierce Brosnan, convincente como el agente ruso encargado de la construcción de la bomba, frío y sin motivos personales salvo su propia satisfacción. Notable interpretación antes de dar el salto a la serie Bond. Además, habría que nombrar las muy ajustadas interpretaciones de Ray McAnally como el General Karpov y de Ian Richardson, excelente como Nigel Irvine, cargos homólogos en sus respectivos bandos, que juegan con las piezas humanas como si fueran figuras de ajedrez en un interminable partido de tira y afloja que, por otro lado, se antoja como necesario para el equilibrio mundial.

Así que estén atentos a los pequeños detalles y, por supuesto, hagan una planificación correcta y minuciosa de lo que piensan hacer. A veces, esa es la diferencia entre la vida y la muerte. No vayamos a saltarnos de golpe todos los protocolos que nos mantienen vivos.

martes, 20 de octubre de 2026

CAZADOR DE FORAJIDOS (1957), de Anthony Mann

 

La tentación del revólver puede convertir a los hombres buenos en asesinos despiadados. No hay nada como un maestro para ayudar a leer la verdad interior de uno mismo para que ese uso de las armas, siempre hábil y certero, sea también, justo. Y eso es lo más difícil en una tierra sin ley, en la que unos y otros se acostumbran a tomarse la justicia por su mano y a vaciar el tambor a la primera de cambio. En un pueblo perdido de algún lugar, hay un sheriff muy joven, un inexperto al que han puesto ahí, con toda seguridad, para poder hacer lo que les venga en gana a los retorcidos de turno. Ese chico no sabe disparar y, lo que es aún peor, no sabe cuándo. Tiene buenas intenciones, quiere hacerlo bien, desea con fuerza que se le respete, pero sabe que no es así. Siempre existirán esas miradas burlonas si se sienta en alguna silla del paseo principal del pueblo, o algún comentario dicho en voz baja en la taberna, o, incluso, por allí puede pasar un forajido que se ría en su cara porque el chaval no sabe, aunque puede.

Hasta allí se acerca un pistolero resabiado que también ha sido sheriff y que ha cambiado esa profesión por otra mucho más lucrativa. Se dedica a cazar forajidos a los que se les ha puesto precio a su cabeza. Sin embargo, este individuo es diferente. Su mirada siempre es tranquila y su mano es relampagueante cuando tiene que empuñar un arma. Recala en el pueblo y se da cuenta enseguida de qué es lo que hay en ese villorrio al que parece que ha ido a parar su próxima presa. El chico le pide ayuda, no para cazar a nadie, sino para aprender. Él rehúsa…pero sólo aparentemente. Intentará dirigir al joven sheriff para que él mismo descubra sus debilidades y fortalezas, para que se le quede bien grabado cuándo tiene que utilizar el arma que le cuelga del cincho y cuándo no, y para que esté bien seguro de que puede ser un agente de la ley que entre en la leyenda.

Anthony Mann dirige esta película del Oeste con Henry Fonda y Anthony Perkins en los principales papeles y, a pesar de que en esta ocasión opta por el blanco y negro, sigue con las constantes de su cine en el género. Hombres con pasado que no quieren volver a revivirlo, paisajes abruptos aunque, en esta ocasión, más comedidos, probablemente, por la limitación del propio blanco y negro, intenciones sugeridas y desveladas por la propia actitud de los protagonistas…El viaje iniciático que emprende el personaje de Anthony Perkins en la piel de ese sheriff barbilampiño acaba por ser apasionante con su reflejo en la mirada serena e imperturbable de Henry Fonda y, nuevamente, Mann nos regala una estupenda película, aunque, eso sí, algo por debajo de sus míticas cinco películas del género con el gran James Stewart.

Piensen hasta tres antes de desenfundar. No todo el mundo merece el esfuerzo que requiere una bala. Los días caerán y los elementos que enturbian la paz acabarán yéndose…por las buenas o por las malas.