jueves, 18 de junio de 2026

EL DÍA DE LA REVELACIÓN (2026), de Steven Spielberg

 

El hombre sigue empeñándose en resolver sus diferencias a través de guerras y conflictos, escarbando en sus propios defectos para hacerlos aún más evidentes y delatando su condición de raza inferior, poco merecedora de formar parte del orden universal. Más aún en estos tiempos en los que ha olvidado desarrollar su empatía para concentrarlo en algo que no necesita ninguna como las redes sociales, las pantallas y los avances tecnológicos que, aunque aparentemente, nos han acercado más, sólo han conseguido que sea un ser más solitario, más aislado, más egoísta. Si hubiera un ser superior, probablemente, tenga esa virtud consolidada, como una de las mejores maneras para alcanzar la felicidad como seres, la plenitud como partes integrantes de la verdad y la seguridad entendida como elemento esencial de la convivencia entre los millones que integramos este pequeño y hermoso planeta.

Quizá, en algún lugar, haya un par de ejemplares humanos que sean capaces de manifestar una empatía mostrada como una ventaja evolutiva, sabiendo cuáles son los problemas del otro y siendo voluntarios natos para preocuparse por los demás. Eso hace que, en un momento dado, esos seres superiores hablen por sus bocas, les doten de la facultad de traducir lo ininteligible, les faculten para dar a conocer uno de los grandes secretos que atenaza a los hombres y a las mujeres y se despeje la incertidumbre si somos los únicos seres de toda la creación. Y seguro que Dios no tiene nada que decir a todo ello.

Mientras tanto, los gobiernos no dejarán de tratar al ser humano como si fueran niños que necesitan ser guiados en sus creencias y en sus temores. Tal vez porque, de ese modo, sean más fáciles de manipular y de servir a las estúpidas propuestas para hacer la vida más fácil cuando, en realidad, la complican muchísimo más. No dudarán en emplear toda su fuerza y sus medios en tapar la verdad…porque la verdad es enemiga acérrima del poder y, si se vive y se habita en un mundo de mentiras, el ser humano se perderá en sus propios complejos, en sus inferioridades, en sus miedos. El principio organizador de cualquier sociedad es la guerra y siempre tiene que haber alguna. Es imposible que haya un mensaje de paz, de sinceridad, de comprensión…sobre todo, de comprensión. No nos podemos comprender, olvidamos que todos tenemos nuestras guerras propias, nuestros remordimientos, nuestros fallos difícilmente reparables. Se dedican a aumentar todas esas sensaciones sólo para que tengamos la conciencia no expresada de que somos ganado. Imprescindible para sus objetivos. Innecesario para sus beneficios.

De repente, llega Steven Spielberg y nos pone en la mesa una película de aventuras que recuerda mucho a Encuentros en la tercera fase, pero que es mucho más ambiciosa en su capacidad de alcance. Parte de una situación que ya está en marcha y obliga al espectador a ponerse al día porque así es la vida misma. Y sumerge al espectador en un abismo de silencio absorbente, atento a cada una de las acciones cinematográficas. Nos encontramos con el cine y no sabemos muy bien qué hacer después de asistir a tanta mediocridad. Él no nos manipula, no quiere que creamos más que en nosotros mismos. Es la confianza lo que salva al ser humano y no el pánico. Los seres superiores, si realmente lo son, no podrán venir para castigarnos, sino para orientarnos. Así de sencillo. Y lo harán con riesgo porque seguro que saben sobradamente que somos depredadores de lo distinto. Cuenta con un reparto competente con Emily Blunt, Josh O´Connor, Colin Firth, Colman Domingo y, por supuesto, con el que puede ser el último trabajo de John Williams en la banda sonora. Y caemos en su trampa de acción, en su camino de teoría, en su misiva de buena voluntad. Quiere que creamos que, igual que somos portadores de muerte, también lo somos de esperanza y que la solución no se halla en otro lugar más que en nosotros mismos. Y nos deja otra certeza reservada para los que de verdad apreciamos lo que resulta valioso. Spielberg habla. Los demás, escuchamos. 

miércoles, 17 de junio de 2026

LOS PECES ROJOS (1955), de José Antonio Nieves Conde

 

La noche es infernal y llegar al hotel es un respiro. Tres personas. Padre, novia e hijo. Y desean ver el mar furioso. Están locos. Con el temporal ponerse a ver el mar por la noche. Pasa lo que tiene que pasar. Alguien resbala y cae. La muerte es el cuarto huésped. La policía llega para investigar si ha sido suicidio o accidente. Marcha atrás. Volvemos a la historia de amor entre el padre y su novia. Él es un niño de papá, que sueña con triunfar como escritor, a pesar de que no ha conseguido publicar ni una línea. Las editoriales le rechazan porque es un tipo que destila fantasía, demasiada en tiempos en los que parece que la esperanza asoma por el fondo. Ella es una corista de tercera, que trabaja en una revista y que, al contrario de lo que se pudiera pensar, es bastante lista, pero que se une al deseo de todas las coristas de todos los teatros de tercera del mundo. Ese deseo no es otro que pescar a un marido con posibles. Alguien que le saque de ese pozo de pellizcos, de piropos retrecheros y no tan castizos, de babosos que sólo quieren ver sus piernas y soñar con su piel. Ella desea su abrigo de visón, su relación estable, ser considerada una señora y no una cualquiera.

Sin embargo, ese padre tiene un hijo. Parece ser que es bastante guapo y está estudiando arquitectura y, por aquello de los líos de familia y de las herencias, va a heredar una cantidad nada despreciable para la época. Más de tres millones de pesetas. Tela marinera. El chico tiene un futuro que para sí lo quisiera cualquier corista de tres al cuarto (o del cuatro al quinto para no ser redundante). El caso es que la tía que debe dejarle todo ese dinero, fallece y entonces hay que tomar decisiones drásticas. Una de ellas, es emprender un viaje a algún lugar de la costa, allí donde las olas se enfurecen más de lo debido y el mar ruge con ira. Una decisión extraña, se mire por donde se mire.

Excelente película española con inspiración hitchockiana debida al genio de un director como José Antonio Nieves Conde, que ya había hecho sus dos obras maestras anteriores: Surcos y El inquilino. En esta ocasión, nos disfraza de melodrama criminal una historia de suspense y preguntas sin contestación posible que acaba por secuestrar el sentido y formar parte de una conspiración que nunca existió. La obsesión acaba por ser también protagonista de la película y se cierne sin piedad sobre Arturo de Córdova y Emma Penella, inmensos y desgraciados en sus papeles principales. No hay película española de calidad que se precie sin unos buenos secundarios y, en esta ocasión, tenemos a Félix Dafauce como el policía encargado del extraño accidente, Pilar Soler como la corista compañera de la protagonista y Manuel de Juan como el conserje del hotel que acaba por ser el lugar de los hechos. El guion de Carlos Blanco está lleno de inteligencia porque sortea todas las trampas propias de una historia muy delicada, a la que se le puede ver el engaño en cualquier momento y se mantiene incólume en su pétreo misterio. Una película que, al fin y al cabo, te deja con un buen puñado de peces rojos dando vueltas a la pecera.

martes, 16 de junio de 2026

ROMA, CIUDAD ABIERTA (1945), de Roberto Rossellini

 

En el gris plomizo de una ciudad ocupada, se puede oler el heroísmo rutinario de una serie de personajes que lo único que quieren es vivir en libertad. Hay que tener mucho cuidado con lo que se habla y con quién se habla y no esperar nada del enemigo. Los nazis no son partidarios de la compasión, así que rogar por los prisioneros e ir a interceder por ellos no acaba de ser una buena idea porque el emisario puede acabar con los huesos partidos o con su propia vida. La crueldad se adueña de esas calles que parecen abandonadas y que exhiben la mala fortuna de una ciudad que ha pasado de la dictadura a la ocupación y en la que hay que buscar comida en los rincones más mugrientos, siempre con la camaradería y la solidaridad como únicos aliados que, además, no se encuentran en cualquier sitio. Los alemanes se encargan de instaurar el miedo como la única coacción. Ayudas, mueres. Resistes, mueres. Te enfrentas, mueres. Hay pocas salidas para lo que es la supervivencia. Y no sólo de pan vive el hombre, unas saludables gotas de idealismo también van muy bien en una ciudad en la que la tristeza apaga el esplendor de sus inigualables monumentos o de sus antaño encantadoras calles. La esperanza no se ha detenido en Roma.

Sólo la fuerza de voluntad puede mitigar en algo el ruido de las botas que golpean sin conmiseración los adoquines de las calles. La desesperación se instala como un ingrediente casi sustitutivo de la comida, porque el hambre también parece aliarse con los teutones. Quizá, en algún sitio, haya algún líder que merezca la pena salvar, o un sacerdote que decide que ya es hora de dejar las palabras y que Jesús sería el primero en ayudar a los necesitados. Ejecuciones, humillaciones, indiferencias. El dolor ajeno no es de nadie. Simplemente, es ajeno. Es de otros. Que luchen, si quieren. No hay nada que hacer ante el ruido del que es manifiestamente superior. Roma es una ciudad abierta, pero tiene cerrado el paso a cualquier atisbo de mejora.

Roberto Rossellini cambió la forma de ver el cine con esta película. Aunque no es la primera película neorrealista (posiblemente, ese honor le correspondería a Jean Renoir con Toni), sí que otorgó carta de naturaleza a ese movimiento que ha sido origen y razón de muchos otros cineastas que quisieron coger a unos cuantos actores, la mayoría de ellos no profesionales, y ponerlos delante de una cámara a ver qué es lo que pasaba. Y lo que pasaba, en muchas ocasiones, era un milagro. Eso sí, sería injusto no reconocer el trabajo de los dos intérpretes que sí eran profesionales como Anna Magnani y ese sacerdote que da la vida encarnado por Aldo Fabrizi. No puedo evitar las lágrimas viendo a los dos, luchando hasta el final por lo que creen justo. Algo de lo que no todos pueden presumir. Tal vez porque conceptos como la solidaridad o el convencimiento de que los que sufren también son hermanos tuyos, ya están anticuados. Ahora sólo se ven amistades a través de las pantallas y así, muy posiblemente, no pasamos ningún peligro.

viernes, 12 de junio de 2026

EL DRAMA (2026), de Kristoffer Borgli

 

No voy a desvelar el hecho central de esta película. Sólo voy a decir que es una de esas cosas que, supuestamente, hacen que todo lo que piensas y sientes acerca de otra persona a la que amas con todas tus fuerzas se convierta en una duda permanente. Una duda peligrosa, alienante y latente. Y ése es el drama. Lo que parecía seguro, indestructible e irreductible se convierte en algo volátil, que depende de las actitudes, que reclama un nuevo principio, que hace que puedas sentirte solo a pesar de que estás acompañado. Y, además, voy a decir otra cosa desde una perspectiva meramente humana. Mirado fríamente, es una bobada.

Con estos mimbres, el director Kristoffer Borgli articula una historia de amor, que ya de por sí es una valentía en estos tiempos que corren, bajo producción de un cineasta tan dudoso como Ari Aster. El resultado es que se puede asistir a una buena interpretación por parte de los dos protagonistas porque Robert Pattinson se ajusta perfectamente al papel de esa especie de ratón de biblioteca, tímido, abrumadoramente inseguro, que no sabe si el siguiente paso que va a dar es el correcto, y, desde luego, Zendaya demuestra que hay actriz bajo esa atractiva fachada dando, por un lado, la imagen celestial de una chica muy cercana a lo ideal y, por otro, a una especie de inadaptada que, un día, pudo mandar todo al infierno.

Vale, ya no puedo contar más. No sea que alguien decida jugar conmigo a contar cosas inconfesables que demuestren lo cobarde, cicatero y voluble que soy. El resto es una película que empieza, prácticamente, como una comedia romántica que se deja ver con cierto interés y va tornándose en un áspero sendero donde las auténticas personalidades afloran hasta llegar a un drama que se apoya, fundamentalmente, en muchas de las enfermedades que padecemos como sociedad.

Y es que podemos tener la seguridad de que es posible que las amistades, no lo sean tanto; que siempre haya alguien que quiera sacar provecho de la situación, que los acontecimientos, mirados desde cierta óptica, puedan ser ambientaciones perfectas de pasos normales, o bien sean ocurrencias ridículas que ponen de manifiesto la carencia personal de cada uno. Ya se sabe, nos pueden gustar muchas cosas de aquel o aquella que va a compartir el resto de su vida contigo, pero también se presentan unas cuantas facetas que hacen que, en otras circunstancias, jamás pensarías en esa persona como el amor de tu vida. Son las cosas que no me gustan de ti.

Todo es una balanza explosiva, que no se inclina hacia ningún lado salvo que se haga para que el final sea lo que realmente se desea. Somos seres sitiados por la incertidumbre y la vida se encarga de poner palos en las ruedas a cada paso. Nada es como lo pensamos, como casi siempre es lo que nos pasa. Y es posible que ni siquiera esté cerca de ser así, pero ahí es donde tiene que entrar nuestra categoría como hombres y como mujeres para que eso no importe demasiado mientras tengamos a alguien que nos acompañe en las lágrimas, en las risas, en los deseos, en las frustraciones, en los días negros y en los días rojos. Hay muchos de cada uno de ellos en una vida en común. Y sólo el amor y el cariño, el auténtico amor y el verdadero cariño, son las alzas que nos permiten salvar esos miserables obstáculos humanos que no llevan a ninguna parte y que, sin embargo, nos atenazan en nuestras decisiones y en nuestros comportamientos. No es fácil vivir. Nadie dijo nunca que lo fuera. Lo realmente duro es permanecer.

Así que ahora, mientras escribo estas líneas, me pregunto cuáles son los acontecimientos de mi vida de los cuales me puedo avergonzar más. Seguro que tengo alguno. Seguro que lo tiene usted. Seguro que lo tiene mi vecina de enfrente. Y es posible de que, a pesar de ese error garrafal, soy un ser humano que puedo merecer la pena. Pregúnteselo. ¿Usted diría lo mismo? El dilema, desde luego, es interesante. El error, posiblemente, no.

jueves, 11 de junio de 2026

BACKROOMS (2026), de Kane Parsons

 

En algunas personas, el complejo de culpabilidad puede ser tan intenso que lleva a la búsqueda imposible de un escape casi onírico. La conciencia es ese mecanismo, compuesto de éticas, educaciones y recuerdos que es capaz de paralizar a cualquiera en su capacidad para reaccionar y construir de nuevo una vida sobre las ruinas de la anterior. Eso es lo que le pasa a este vendedor de muebles que está sometido a una férrea dictadura de conciencia que le golpea sin conmiseración porque sus recuerdos le destrozan, sus errores le atenazan y no puede seguir con su vida. La solución es fabricarse una vida en el mismo refugio de su conciencia.

Al mismo tiempo, la psiquiatra que lo trata tiene algún que otro problema de ansiedad porque asume los problemas de los demás y arrastra un recuerdo indeleblemente doloroso relacionado con su madre. También se introducirá en ese laberinto de habitaciones vacías en donde yacen los recuerdos deformados porque esa memoria no es un notario de nuestro pasado. Nuestros recuerdos están hechos de la forma en la que los recordamos. Es todo un poco mirarse al ombligo continuamente y perderse en el jeroglífico de nuestro interior. El terror no está ahí fuera. Está dentro de nosotros.

Con estos mimbres y basándose en su propio cortometraje, el director Kane Parsons fabrica una película que juega con la confusión y que trata de aterrorizar cuando, en realidad, lo que consigue es una permanente sensación de incomodidad. No hay sustos, no hay momentos de pánico, es sólo la certeza de que, en nuestro propio edificio de oficinas vacío, hay cosas que nos cuidamos de enterrar con esmero mientras que hay otras que, simplemente, no queremos recordar porque nos descubre la posibilidad de que seamos unos monstruos por haber sido unos cobardes, o unos insidiosos, o unos desidiosos, o unos interesados, o unos crueles, o unos impresentables, o unos seres dañinos que no queremos reconocer. En el fondo, la película tiene un elemento de brillantez aunque embarulla a propósito algunas de sus propuestas para que el público pueda vender la película con la etiqueta comercial del terror. Y, en realidad, es un drama en el que los monstruos salen, los agobios se manifiestan, las persecuciones se extienden y, al final, lo que queda, es una parábola de nuestra propia deformidad mental.

Es bueno el trabajo de sus protagonistas con los rostros de Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, la música es inaguantable y digamos que, la principal secuencia de supuesto horror, se rueda con la ilusión de una cámara de vídeo casera, lo que hizo que me aparecieran unos sudores repentinos por el mareo que me provocó. Cosas mías. En todo caso, el respetable prorrumpió en aplausos al final, lo cual quiere decir que todos y cada uno de ellos descifraron perfectamente el mensaje y el simbolismo de la propuesta y que se mordieron las uñas con fruición en vídeo o en película. El oficio de crítico de cine cada vez es más duro.

Así que tengan mucho cuidado si deciden inspeccionar sus conciencias. Es posible que encuentren algo con lo que se sientan muy a gusto. También alguno de sus socorridos recuerdos puede salvarlos del infierno. O, incluso, la alucinación culpable puede llevarles a la locura. Elijan ustedes. Lo increíble pasa ahí dentro, en ese cuarto oscuro, perdón, amarillo, donde almacenan sus experiencias y quedan pendientes del cedazo inconsciente o su contrario. De ello pende su salud mental, o su grado de adaptación, o su forma de superar los problemas derivados de sus propios errores, porque todos los cometemos. Grandes, pequeños, inconfesables, dichos en voz baja, guardados para siempre tras la cortina reparadora del silencio, latentes, evidentes, aleccionadores, inútiles…yo qué sé. Puede que el recuerdo que tenga mi conciencia de esta película sea ese mareo de una noche de primavera calurosa que me llevó a ninguna parte y que luego traté de explicar en unas cuantas líneas amontonadas como sillas desechadas por algún vendedor de muebles que ha caído en el ridículo y en el olvido.

miércoles, 10 de junio de 2026

ARISE, MY LOVE (1940), de Mitchell Leisen

 

Extraña película. Está llena de sentimientos encontrados y, aún así, funciona maravillosamente bien. Todo empieza de manera especialmente dramática porque el principio, es un final. Una ejecución en una cárcel española. Se trata de deshacerse de los miembros de las Brigadas Internacionales que han caído prisioneros y, una vez acabada la guerra, el gobierno de Franco trata de ajustar las cuentas. En una celda, bien pegada al paredón (tanto que resulta bastante insegura si hay alguna bala perdida disparada por alguna cabeza extraviada), un hombre espera su final. Un fraile ha acudido a consolarle en sus últimas horas y al tipo no se le ocurre otra cosa que liarle para que juegue una partida de póker con él. Es un aviador derribado que ha pasado varios meses en prisión y ya sólo le quedan horas de vida. De repente, llega el indulto. Su mujer, una atractiva americana, ha pedido clemencia y se lo han concedido. El fraile es el primero que se alegra. El segundo es el reo, pero no porque sea un agorero ni nada por el estilo. Es sólo que nunca se ha casado, así que no tiene ni idea de quién puede ser esa mujer que ha puesto tanto empeño en liberarle.

Así, lo que empieza de forma desoladoramente dramática, comienza a transformarse en una comedia. Al principio, se mueve con soltura en los intrincados y no siempre bien transitados caminos de la comedia romántica, pero es que, luego, de forma sorpresiva, deriva en una screwball comedy. Todo girando, claro está, en torno al juego del cortejo que comienzan ese aviador idealista, que quiere luchar donde se hace falta, y esa periodista que busca el titular con ansia. Hay situaciones verdaderamente graciosas, desencuentros, tropiezos, máquinas de escribir y deseos incontenibles de acabar el uno junto al otro…pero, en un nuevo giro de tuerca, estalla la guerra en Europa y la trama se retuerce y pasamos a un dilema moral de altos vuelos… ¿Merece la pena luchar por la libertad en Europa cuando acabas de conocer al amor de tu vida que, sin duda, camina hacia el éxito en Estados Unidos que, en ese momento, siente la guerra como algo ajeno? El hundimiento del Atenea en el Atlántico y en el que viajan los dos protagonistas, ayudará a clarificar las cosas. Puede que, por un lado, estés al lado de quien más quieres y que, no obstante, creas que has traicionado todo aquello en lo que creíste y que, al fin y a la postre, puede cambiar el mundo. O puede que, por otro lado, estés luchando con ahínco para desterrar la amenaza fascista de Europa y que no pienses más que en ella mientras te salpica la gasolina del motor de un caza. Por parte de ella, puede que disfrute de un éxito que ya tiene ganado y que renuncie a contar la mayor noticia del siglo XX como es la guerra, o puede que su vida sea un titular y que el Pulitzer esté a la vuelta de la esquina mientras, con el ruido de las teclas, se recuerdan los mejores momentos que han podido ocurrir en su vida. Decidan ustedes.

Por cierto, Mitchell Leisen dirige y el guion es de dos señores llamados Charles Brackett y Billy Wilder. No está a la altura de Medianoche, pero es una buena película que sorprende a cada vuelta de la esquina. Prepárense para reir, para llorar y para preocuparse.

martes, 9 de junio de 2026

EL MAESTRO DEL CRIMEN (2024), de Simon West

 

Danny Dolinski todavía cree que es el mejor. Son muchos años llevando a cabo los encargos más sucios y aún piensa que, en su interior, sigue habitando ese maestro del crimen que rara vez se ha equivocado. Sin embargo, hay síntomas que llevan a pensar que Danny está ya al final del camino. Físicamente ha decaído, ya no piensa con la claridad de antes. Danny es consciente de que está pasando una mala racha, pero no abandona la idea de que eso es temporal, de que volverá a apretar el gatillo con fuerza y vigor. Todo lo demás son habladurías. Sólo necesita una oportunidad por parte de la organización para que todo vuelva a su cauce. Y el encargo cae y no es tan fácil. Se trata de adiestrar a su propio sustituto. Un impulsivo joven que tiene que aprender todos los trucos del oficio. Danny se emociona con la oportunidad, pero también sabe que debe ganar los suficientes puntos como para que sus superiores no quieran jubilarlo. A ello también le ayudará una joven oriental que también tiene lo suyo. La fauna y la flora de la ciudad asoman la cabeza en una noche que parece más larga que la trayectoria de una bala en pos de su objetivo. Eso es un período que puede parecer muy corto, pero sólo si no eres la bala.

El caso es que alguna de las carencias físicas de Danny parece que van desapareciendo mientras enseña las malas artes al advenedizo de turno. Y Danny,  por supuesto, va a tener que tomar algunas cartas en el asunto que se trae entre manos mientras va dejando algún cadáver por aquí y por allá. Incluso su pupilo también se emociona y empieza a contribuir al fondo de pensiones de vendedores de pompas fúnebres. El negocio es duro, bien lo sabe Danny. Un día estás arriba, viviendo por todo lo alto y, al siguiente, caes por un precipicio empujado por todos aquellos en quienes confías. El secreto está en mantener el equilibrio por el mismo borde de la cima.

No es una gran película. Casi, casi, entraría en la categoría de mediocre, pero aún así tiene elementos interesantes. Uno de ellos, sin lugar a ninguna duda, es la interpretación de Christoph Waltz en la piel de ese asesino de vuelta que trata de recuperar su lugar en el escalafón de sicarios. Otro es el delicioso papel de Lucy Liu. Y el argumento no deja de tener una cierta originalidad. No obstante, en algunos momentos, parece como si la energía que una película de estas características debe tener, se tomara un respiro. Como si después de un par de secuencias brillantes, hubiera que meter algo rematadamente mediocre para no brillar tanto. En cualquier caso, entre esas irregularidad un tanto inexplicable, se pasa el rato con cierta ligereza y con un sentimiento palpable de pena porque podría haber sido una película más que estimable y se queda en algo de aprobado justo. En cualquier caso, no olviden hacer su gimnasia de dedos, cuidarse de la artrosis y dejar bien claro que la pistola es una buena prolongación de sí mismos siempre y cuando se dediquen a este negocio, claro. Si no, siéntense y esperen a que la bala les alcance.