No
voy a desvelar el hecho central de esta película. Sólo voy a decir que es una
de esas cosas que, supuestamente, hacen que todo lo que piensas y sientes
acerca de otra persona a la que amas con todas tus fuerzas se convierta en una
duda permanente. Una duda peligrosa, alienante y latente. Y ése es el drama. Lo
que parecía seguro, indestructible e irreductible se convierte en algo volátil,
que depende de las actitudes, que reclama un nuevo principio, que hace que puedas
sentirte solo a pesar de que estás acompañado. Y, además, voy a decir otra cosa
desde una perspectiva meramente humana. Mirado fríamente, es una bobada.
Con estos mimbres, el
director Kristoffer Borgli articula una historia de amor, que ya de por sí es una
valentía en estos tiempos que corren, bajo producción de un cineasta tan dudoso
como Ari Aster. El resultado es que se puede asistir a una buena interpretación
por parte de los dos protagonistas porque Robert Pattinson se ajusta
perfectamente al papel de esa especie de ratón de biblioteca, tímido,
abrumadoramente inseguro, que no sabe si el siguiente paso que va a dar es el
correcto, y, desde luego, Zendaya demuestra que hay actriz bajo esa atractiva
fachada dando, por un lado, la imagen celestial de una chica muy cercana a lo
ideal y, por otro, a una especie de inadaptada que, un día, pudo mandar todo al
infierno.
Vale, ya no puedo
contar más. No sea que alguien decida jugar conmigo a contar cosas
inconfesables que demuestren lo cobarde, cicatero y voluble que soy. El resto
es una película que empieza, prácticamente, como una comedia romántica que se
deja ver con cierto interés y va tornándose en un áspero sendero donde las auténticas
personalidades afloran hasta llegar a un drama que se apoya, fundamentalmente,
en muchas de las enfermedades que padecemos como sociedad.
Y es que podemos tener
la seguridad de que es posible que las amistades, no lo sean tanto; que siempre
haya alguien que quiera sacar provecho de la situación, que los
acontecimientos, mirados desde cierta óptica, puedan ser ambientaciones
perfectas de pasos normales, o bien sean ocurrencias ridículas que ponen de
manifiesto la carencia personal de cada uno. Ya se sabe, nos pueden gustar
muchas cosas de aquel o aquella que va a compartir el resto de su vida contigo,
pero también se presentan unas cuantas facetas que hacen que, en otras
circunstancias, jamás pensarías en esa persona como el amor de tu vida. Son las
cosas que no me gustan de ti.
Todo es una balanza
explosiva, que no se inclina hacia ningún lado salvo que se haga para que el
final sea lo que realmente se desea. Somos seres sitiados por la incertidumbre
y la vida se encarga de poner palos en las ruedas a cada paso. Nada es como lo
pensamos, como casi siempre es lo que nos pasa. Y es posible que ni siquiera
esté cerca de ser así, pero ahí es donde tiene que entrar nuestra categoría
como hombres y como mujeres para que eso no importe demasiado mientras tengamos
a alguien que nos acompañe en las lágrimas, en las risas, en los deseos, en las
frustraciones, en los días negros y en los días rojos. Hay muchos de cada uno
de ellos en una vida en común. Y sólo el amor y el cariño, el auténtico amor y
el verdadero cariño, son las alzas que nos permiten salvar esos miserables
obstáculos humanos que no llevan a ninguna parte y que, sin embargo, nos
atenazan en nuestras decisiones y en nuestros comportamientos. No es fácil
vivir. Nadie dijo nunca que lo fuera. Lo realmente duro es permanecer.
Así que ahora, mientras escribo estas líneas, me pregunto cuáles son los acontecimientos de mi vida de los cuales me puedo avergonzar más. Seguro que tengo alguno. Seguro que lo tiene usted. Seguro que lo tiene mi vecina de enfrente. Y es posible de que, a pesar de ese error garrafal, soy un ser humano que puedo merecer la pena. Pregúnteselo. ¿Usted diría lo mismo? El dilema, desde luego, es interesante. El error, posiblemente, no.






