Y el lugar puede que
sea sobre las tablas de un escenario. El teatro es una caja mágica en la que
caben todo tipo de sueños, toda clase de anhelos, incontables modos de
esperanza, inacabables sinergias de auténticos mañanas. No sólo para el
público, sino también para los que lo hacen. De algún modo, subes ahí arriba y
notas que hay algo que no se puede describir porque, de una manera ignota, se
conecta con un buen puñado de seres que esperan un rato de evasión, disfrutando
con las reacciones en vivo de cualquier escena, por ejemplo, de una casa de
vecinos con unos cuantos inquilinos que se ven obligados a convivir más de lo
recomendable. Y cuando dos parejas tienen que compartir piso, entonces es
cuando entra el amor y se coloca en su lugar. Sobre el escenario y tras las
bambalinas.
Todo esto podría ser
una perfecta introducción a cualquier obra de teatro filmada en la que
glosaríamos con energía y entusiasmo las bondades de las artes escénicas. Pero
es que teatro, agónico, mísero, casi inexistente, tuvo lugar entre los muros
del gueto de Varsovia en plena ocupación alemana. Era un teatro de judíos para
judíos. Y el silencio se impone en medio de ese gozo para el alma que es una
obra cuando irrumpe un alemán al que, curiosamente, también le gusta el teatro
y debe montar su propio espectáculo. Ahí entra un actor invitado como es el
miedo, acompañado del horror. No obstante, se debe continuar. Se debe ofrecer
la esperanza completa, no sólo un extracto interrumpido por la brutalidad.
Mientras, detrás del escenario, se idea una fuga que deberá implicar
necesariamente algún sacrificio.
Rodrigo Cortés realiza
un ejercicio de estilo elegante, con un manejo de la cámara que, en algunos
pasajes, parece recordar al Brian de Palma más virtuoso. Nos pasea por las
calles aterrorizadas hasta que nos lleva al refugio de la escena, allí donde se
viven los sueños y se sueña la vida. El resultado es una película
irremediablemente diferente e irresistiblemente atractiva, en el que pone en
juego la obra representada y la vida sin ensayos siempre con la premura que el
terror impone como director. En esa fría Varsovia, asolada por la sangre y los
copos de nieve, hay un espacio donde los ojos buscan la sonrisa y aún hay tiempo para el amor, para el humor,
para la verdad y para la mentira.
Así que déjense coger la mano por este estupendo director y abandónense a su guía llena de sabiduría y de amor por el teatro y por el cine. Iremos de la platea al escenario y viceversa y siempre buscaremos la belleza en los rincones más difíciles del alma humana. El teatro ha sido siempre un buen espejo de ello. Y su hermano menor, el cine, ha sido un buen gregario. No dejemos que la realidad, triste, gris y, a menudo, insoportable, se adueñe de todos los rincones de nuestro pensamiento. Allí arriba, bajo un telón que establece la frontera entre lo real y lo ficticio, hay un puñado de personas que luchan por escenificar los sueños que nunca hemos tenido.






