Debido al fallecimiento de mi madre, suspenderemos la actividad del blog hasta el martes día 9 de junio. Ella era fuerte, con mucho carácter, cinéfila hasta la médula, amante de Marlon Brando, especialmente de su filmografía de los años cincuenta. Como bien sabéis, mi padre era arquitecto y se le adelantó unos años. Si el cielo existe y es lo que queremos que sea, estoy bien seguro de que durante todo este tiempo le ha estado haciendo un chalet con piscina de borde infinito y con una sala de cine con pantalla gigante y con las películas de Brando en primera fila. Hasta siempre, mamá. Y gracias.
Los ojos del lobo
lunes, 1 de junio de 2026
viernes, 29 de mayo de 2026
UN ESPÍA EN HOLLYWOOD (1961), de Jerry Lewis
Morty es un buen chico
que es contratado por el presidente de la Paramutual Pictures para ejercer de
espía en el propio estudio. La productora no hace más que perder dinero y
quiere saber qué es lo que se cuece en los rodajes para que ese río de medios se
vaya por el sumidero y la mejor idea es poner a un chico para todo merodeando
por los platós a ver si se entera de lo que hacen los subordinados de la casa.
Todo es fácil, sólo que Morty es un buen chico que sueña con llegar a lo más
alto. No hay más que sentarse en una de esas salas de conferencias forradas de
madera noble, con sus sillones de respaldo hasta la cabeza y, al son del Blues in Hoss, de Count Basie, soñar con
que se dirige una tormenta de ideas con la última palabra en poder del que
preside. A menudo, la imaginación es más perfecta que si tiene una buena banda
sonora. Y Morty tiene una de las mejores imaginaciones.
Todo está estructurado
en pequeños chistes en los que Morty puede llegar a tocar con las manos la
hipocresía de los altos ejecutivos y la picaresca de los trabajadores más
modestos. El cine es el negocio de la mentira y, por tanto, todos los que lo
hacen, de una manera o de otra, también mienten. Nadie sabe dónde radica el
éxito, pero sí que se pueden buscar grandes profesionales. Sin embargo, toda
esa pátina dorada que recubre el negocio es falsa, porque no es más que otro
negocio más. Busca lo mismo. Escarba en lo mismo. Y lo que se quiere, al fin y
a la postre, son beneficios. Así que Morty es el encargado de hallar dónde se
encuentra el agujero de la pasta. ¿Es por incompetencia? ¿Es porque no se
trabaja bien? ¿Es porque se cede demasiado a los caprichos de la estrella o del
director de turno? ¿Es porque los ejecutivos no hacen más que encender sus
eternos puros habanos y no tienen ni idea de cuál es el producto que venden?
Morty va a encontrar la respuesta a todas estas preguntas y ninguna va a ser
del todo satisfactoria.
Jerry Lewis ha
proclamado varias veces que, de todas las películas que llegó a dirigir, esta
es la que más le gustaba de todas. Y no le falta razón porque, a pesar de no
ser la más famosa, es un bonito ejercicio de crítica teñida de carcajadas con
las diferentes situaciones del protagonista, interpretado con su ligereza
habitual por parte del propio Lewis, que en el fondo no es más que el cuento
del ingenuo en la selva. Ese elemento extraño, que no pertenece al mundo de
Hollywood, tiene que moverse como un espía indiscreto dentro de los bastidores
más rasos de toda la industria. Y su perplejidad no tendrá fin, pero tampoco su
entusiasmo. Este espía de Hollywood proporcionó unas cuantas carcajadas y,
quizá con El botones, El profesor chiflado y El terror de las chicas, forma el cuadro
de honor de la filmografía de un tipo que sólo quiso hacernos reír en un mundo
que no invitaba demasiado a ello.
jueves, 28 de mayo de 2026
THE MANDALORIAN AND GROGU (2026), de Jon Favreau
Artículo 3000 del blog. Gracias a todos los que habéis leído y, tal vez disfrutado. A por otros 3000.
En
realidad, las leyes del código mandaloriano, quitando su parte más legendaria,
no son más que las propias de la vida. Una frase define esto más que cualquier
otra: “Los mayores cuidan de los jóvenes
hasta que los jóvenes tienen que cuidar de los mayores”. De este modo, la
historia de heroísmo de este cazarrecompensas de la galaxia más lejana nunca
habida, no se centra sólo en él sino también en la criatura que lo acompaña y
que despierta nuestros más tiernos sentimientos. También hay algún sitio para
las risas con esos diminutos expertos en mecánica que hablan como si hubiesen
inhalado óxido nitroso y cuyas conversaciones se parecen mucho a las que
teníamos los que hemos abandonado la adolescencia hace ya unos cuantos años. En
cualquier caso, éste es el camino.
Al decir esto, no
quiero decir que la película sea una obra maestra. No lo es. Ni siquiera se
puede analizar la historia con un mínimo de profundidad porque ella misma es
consciente de sus limitaciones. Eso sí, es un entretenimiento resultón, que no
llega al notable, pero con el que se pasa un buen rato de aventuras trepidantes
prestando muy poca atención a un arco argumental que es más bien corto y
simplón. De cualquier modo, la trama da lo que se pide y es el acompañamiento
ideal para seguir las aventuras de este personaje fascinante, que esconde su
rostro porque la ley mandaloriana se lo impide, y de ese Yoda-bebé que tiene
más fuerza en su pulgar que Luke Skywalker en todos los episodios del IV al VI.
Por otro lado, hay que
reconocer la creatividad en el diseño de las más diversas criaturas que van
apareciendo por todo el metraje. Ya conocemos más que de sobra a los Hutt, pero
aparecen muchos otros, incluso algún humano que otro, y nos deleitamos con las
tres secuencias en las que miramos embelesados a Sigourney Weaver porque tiene
tanta clase y tanto saber estar que nos recuerda a la Suboficial Ripley, desde
luego, pero también a la enorme actriz que siempre ha sido. Ah, por cierto, no
hay que perderse a uno de los mejores personajes, como es ese simio de cuatro
brazos que tiene una especie de kebab ambulante y que se convierte en el
principal informador del mandaloriano. Detrás de esa expresión y de esa voz se
halla Martin Scorsese. Y en su nerviosismo implícito podemos adivinar algunos
de los gestos del gran director.
Así que déjense llevar
y no olviden llevar a todos sus vástagos que tengan ya una edad suficiente como
para disfrutar de los láser, de las selvas tupidas, de los ingenios ya un tanto
caducos que hemos visto y de un buen montón de homenajes en los que se puede
apreciar alusiones o imágenes muy parecidas a Apocalypse now, de Francis Ford Coppola; o a Dos hombres y un destino, de George Roy Hill; o, incluso, a la
famosa pelea entre el bien y el mal de La
amenaza fantasma entre Darth Maul y Obi-Wan. Hay cine en todo este invento,
hay mucha acción, aunque, en determinado momento, la película se detiene en
seco, hay momentos de ternura y bastantes instantes de risa que cada vez se
agradecen más. Creo que George Lucas, desde su trono de retiro, estará bastante
orgulloso de esta historia derivada de su saga porque cuadra perfectamente con
su visión del cine aunque, por supuesto, no deje de haber el consabido toque
Disney que está a punto de llevarlo todo por los caminos de la dulzura
inoportuna.
Éste es el camino. Es el del entretenimiento, el de la diversión sin más. Probablemente, haya una segunda parte porque se deja abierta la posibilidad. Puede que a Pedro Pascal le dejen enseñar su rostro un poco más que en esta ocasión, puede que haya un mensaje, digamos, un poco más ambicioso, puede que vibremos más con situaciones que nos hagan pensar que los héroes estén realmente en peligro. Se pueden mejorar muchas cosas. Muchas. Sin embargo, yo he vuelto a ser niño y no he dejado de disfrutar…aunque sea un poco a medias.
miércoles, 27 de mayo de 2026
EL DON DEL CORAJE (1979), de Lewis John Carlino
La sombra de un padre,
en algunas ocasiones, es demasiado alargada. Puede que haya sido un héroe de
guerra y que su vida sea la entrega a su país. Todo ello bajo una disciplina
férrea, que se ha convertido, prácticamente, en una forma de vida que ha trasladado
a su propia familia. Los hijos crecen mirando a esa figura imponente que luce
unos orgullosos galones de sargento de las fuerzas aéreas en la bocamanga. Los
hijos puede que quieran parecerse a él, puede que quieran que él se sienta
orgulloso de ellos, puede que todo eso lo intenten conseguir sin renunciar a su
propia personalidad. No sería difícil de imaginar teniendo en cuenta la
personalidad del propio modelo. En cualquier caso, Bull Meechum dice las cosas
claras, en las menores palabras posibles. Así es imposible que no le entiendan
y no sólo eso. Tal vez, sus hijos, si son inteligentes, sabrán lo que piensa el
padre sin despegar una pestaña. Puede que ahí resida el don del coraje.
Sin embargo, la
película se esfuerza en no conceder ninguna condecoración al Sargento Meechan.
Puede que nadie quiera imponérsela, pero los hijos están llegando ya a unas
edades en las que hoy es blanco, mañana negro y al siguiente lo quema. Ben
Meechan, el mayor de sus hijos, quiere abrirse paso en el deporte. Concretamente,
en el baloncesto. Puede que ahí, en esa parte de la cancha, se sienta un
general. Y que no acepta que cualquier otro le dé instrucciones, u órdenes, o
lo que sea que le llegue. Tiene su propia personalidad. E, incluso, es capaz de
sobreponerse a las estúpidas convenciones raciales de Carolina del Sur y tener
un amigo negro. ¿Qué hay de malo en ello¿ En esencia, nada, sólo que Bull
Meechan sabe que esto puede perjudicar la carrera de cualquier oficial. Y su
sueño es que Ben regrese enseguida a casa para que el año que viene ingrese en
la academia miliar. ¿Quién sabe? Puede que tenga un teniente en casa dentro de
unos pocos años. Bull Meechan no es un racista en esencia, no tiene nada en
contra de los negros. Sólo sabe que no ejercen buena influencia, ni levantan
comentarios elogiosos dentro del ejército. El hijo, por otro lado, cree que su
padre podría cambiar eso. Pero no lo va a hacer. Quiere demasiado al ejército
como para arremeter contra él. Así que quizá el mejor camino sea el de la
canasta en una cancha de baloncesto.
Robert Duvall realiza una interpretación prodigiosa en esta película, rellenando todos los huecos de su personaje sobre la marcha. Es un hombre de enormes carencias, pero iiremediablemente valiente. Dedicado a vender su alma si fuera necesario. Lo que sea por mantener el honor del uniforme. Y más aún por el apellido Meechan. Es el don del coraje, ese don que se tiene o no se tiene. Y echando un vistazo al Sargento Bull Meechan es evidente que él lo tiene de serie. Sin más. Y lo utiliza en todos y cada uno de los aspectos de su vida. Aunque esté equivocado en unos cuantos. Al fin y al cabo, eso nos pasa a todos. Lo que no tenemos todos es esa perseverancia, ese pundonor, esa forma de decir que no hay rendición posible.
martes, 26 de mayo de 2026
EL RASTRO DE LA PANTERA (1954), de William Wellman
Allá arriba, donde la
tierra pierde su nombre y empieza a llamarse cielo, el viento y la nieve pueden
trastornar los sentidos. La soledad se hace un sitio en el hogar y puede que ya
no se distinga con claridad dónde está el cariño en un paisaje inhóspito. El
único enemigo es la naturaleza y eso desgasta porque ella es mucho más
poderosa, mucho más constante y mucho más implacable. Para complicar aún más
las cosas, una pantera merodea en los alrededores y hay que darle caza. Por un
lado, la familia, harta de tanto aislacionismo. Por el otro, la fiera, buscando
pelea. Los rifles se cargan, las malas intenciones, también. Y el disparo que
se efectúe tendrá un eco que las mismas montañas se encargarán de no acallar en
su eterna reverberación.
El blanco y negro se
funde con el rojo. Parece como si la sangre estuviera deseando salir de algún
pecho para delatar hasta dónde llega la ira. La comida y el calor de una
chimenea no son suficientes como para acallar las diferencias y la verdad de una
contienda que parece no tener fin. Si la Naturaleza no da tregua… ¿por qué va a
darla el ser humano? Las pasiones no significan nada cuando el frío resulta tan
hiriente y los copos caen de las ramas de los árboles buscando alguna cabeza a
la que golpear. El rastro de la pantera es nítido y, tal vez, es ella quien
tiene todas las respuestas a esas preguntas que ya no se formulan porque la
soledad es compañera inseparable del silencio. Carguemos las armas. El felino
ruge. La Naturaleza muerde. El ser humano pierde.
Variados son los atractivos de esta atípica película dentro de la filmografía de un director como William Wellman. Uno de ellos es su concepción visual. Está rodada en color y se puede apreciar con claridad en las escenas del interior de la cabaña de los Bridges, pero cuando se tienen que enfrentar con el exterior, parece que todo está fotografiado en un cuidadoso blanco y negro que sólo está roto por el color de la cazadora que luce el protagonista, Robert Mitchum. Por otro lado, esa contraposición entre la tensión familiar y la caza que se inicia para atrapar a la fiera resulta más que interesante. Sí, es cierto, no es una película para todo el mundo porque se espera una trepidante historia de aventuras y, en realidad, es un drama como la cima de una cordillera. Eso puede llevar a la decepción de algunos o al júbilo de otro porque es una de esas pocas películas que gustará o no dependiendo de la personalidad que cada uno pueda poseer. Eso también hace respetables todas las críticas y todas las alabanzas, pero de lo que no cabe duda es que es una cinta dirigida primorosamente e interpretada con la habitual eficacia de Robert Mitchum, secundado por otro gran nombre como Teresa Wright en una aparición mucho menos importante porque la función la domina Mitchum de principio a fin en la piel de ese hombre que quiere dominar a la Naturaleza y se enfrente con el enemigo más poderoso que se pueda imaginar. No sólo de panteras vive el odio.
viernes, 22 de mayo de 2026
CAMINO DE LA JUNGLA (1962), de Robert Mulligan
Un médico se traslada a
la selva de Indonesia con el único objetivo de avanzar y cuidar en los
tratamientos contra la lepra. En 1936, la enfermedad corre como la pólvora
entre los nativos y cree que el esfuerzo merece la pena. Es joven, algo
impulsivo, muy responsable y un excelente doctor. Se le destina como ayudante
de un tipo algo cascarrabias, con métodos poco frecuentes, que admira el
trabajo bien hecho, pero también es capaz de hacer cualquier cosa con tal de
que le salga su cuenta. Al principio, desprecia a ese joven que parece llevar
en la mirada los principios de la razón, pero, más tarde, la admiración llega a
ser parte de su rutina. Sólo tiene un defecto y es que el novato no cree en
Dios. Está comprometido con una mujer de carácter, una encantadora dama que
hace que las palmeras se estremezcan a su paso y el viejo médico no duda en
tender una trampa para que la damisela salga por piernas de Indonesia y vuelva
a Holanda y lo único que consigue es que ella se quede y se case con el amor de
su vida. A partir de ahí es cuando comienza el peligro.
En alguna de las
múltiples islas de Indonesia, se halla un brujo que no duda en emplear los
trucos de la magia negra para quitarse de encima a los competidores y, por
supuesto, esos galenos europeos lo son. El joven médico verá con sus propios
ojos cómo otro colega se abalanza sobre él en actitud notoriamente agresiva con
la locura en sus ojos y el descuido en su rostro. No se lo puede explicar. Si
él no cree en Dios, evidentemente, tampoco puede creer en la magia negra. Eso
son supersticiones acompañadas de cierto poder de sugestión. Eso y el calor de
la jungla, que golpea sin piedad en la piel y en los sentidos, como una tortura
ideada por algún ser superior.
Y así, empieza a
aparecer la infelicidad en la vida de este joven doctor impulsivo, algo
idealista y ateo. Cae en el engaño, en conseguir las cosas a través de atajos
no demasiado éticos, en la propia infidelidad con su esposa que no duda en
perdonarle si cuida su salud mental. La selva puede ser muy cruel con el ser
humano. Lo rechaza poco a poco hasta que se hace insoportable vivir en ella. Se
convierte en un enemigo que ha confabulado el calor, el agua, la vegetación y
la soledad para que actúen como armas implacables contra todo aquel que ose
enfrentarse a la naturaleza.
Robert Mulligan consiguió una película interesante que trata, fundamentalmente, de la búsqueda de Dios a través del reverso más tenebroso de la condición humana. En algún momento, se hace morosamente larga, pero no es una película de aventuras al uso debido a ese fuerte componente moral que impregna todos los actos del protagonista, un Rock Hudson que alcanza cotas dramáticas interesantes y que está muy bien acompañado por Gena Rowlands y Burl Ives. El resultado es el de una historia que fracasó estrepitosamente en su momento debido, probablemente, a su atipicidad, a su condición de aventura interior más que física. Al fin y al cabo, la moral es algo que nos persigue, a veces como una enfermedad y, en otras, como un salvavidas. Es algo que decidimos por nuestra cuenta… ¿no?
jueves, 21 de mayo de 2026
JUGADA MAESTRA (2026), de John Patton Ford
La
ambición y la venganza nunca han sido una buena pareja. Cuando el fin principal
es el arribismo y la escala en la posición social, tener el pensamiento nublado
por una idea de venganza siempre hará que el objetivo se difumine y se puedan
cometer errores. Si la venganza es ese plato que ha de servirse frío, la
ambición es capaz de desdibujar las metas. En este caso, tenemos al típico
trepa al que se le han negado unos cuantos derechos por el comportamiento díscolo
de su madre y pergeña un plan alocado que consiste en eliminar a todos aquellos
que obstaculizan su lugar en la línea de sucesión hacia una fortuna
incalculable. Por el camino, se cruzarán sus pasiones y sus desaires y, claro,
al final se construye su propia cárcel basada en un asesinato que nunca llegó a
cometer.
Con estos mimbres, el
director y guionista John Patton Ford se dedica a inventarse una nueva versión
de aquella obra maestra de la Ealing que se llamó Ocho sentencias de muerte, cuyo mayor atractivo residía en mostrar
la maravillosa versatilidad de un actor como Alec Guinness que se atrevía a
interpretar a todas las víctimas del protagonista, encarnando hasta ocho
papeles distintos, con caracterizaciones totalmente diferentes y con un trabajo
de dicción extraordinario, dotando a cada uno de sus personajes de una
personalidad variada y variable de una entidad que se mostraba, prácticamente,
por sí sola. En esta ocasión, esto no ocurre y hay un actor o actriz diferente
para cada asesinado así que Patton Ford se aplica en la realización de los
asesinatos, bastante alejados de sus originales, siendo algunos realmente
ocurrentes. El problema está en que el protagonista es un actor tan limitado y
tan carente de cinismo como Glen Powell que está a años luz de la arrogancia
que mostraba un intérprete experto en las tablas como Dennis Price que, además
al estar ambientada su versión en la época victoriana, contaba con la ventaja
de la ridiculización de unos tiempos en los que un asesinato podía ser considerado
como un signo de distinción.
Es cierto que aquí la
película se beneficia de una actriz capaz de transmitir sensualidad y mala baba
como Margaret Qualley, pero al conjunto se le puede reprochar la carencia de
colmillos afilados, perdiendo gran parte de su carga de profundidad crítica,
aunque, por supuesto, no duda en atacar con fiereza a la burguesía y al
ambiente ejecutivo de las altas finanzas. Mientras en Ocho sentencias de muerte hay una permanente sonrisa repleta de
cinismo, aquí persiste una cierta indiferencia que condena a la historia al
aprobado muy, muy justo.
Por otro lado, también
hay una diferencia que se antoja casi fundamental y es el final. Sin descubrir
nada, podemos decir que la película de la Ealing contaba con un último giro
brillante, acorde con la acidez del relato, mientras que aquí se cierra todo al
estilo típicamente americano, sin alejarse demasiado del original, pero dejando
en el aire una sensación de maldición, de destino escrito de antemano. Y la
expresión “escrito de antemano” no es casual. Tiene su aquel. Sobre todo, si
han visto la primera versión.
Así, pues, tengan mucho cuidado con ese joven que parece tan majo a simple vista. Detrás de cada hombre (o mujer y esto tampoco está escrito por capricho) hay un infierno de ambiciones desmedidas, de envidias escondidas, de deseos incumplidos que pueden dominar la totalidad de sus comportamientos. Lo que puede ser una jugada maestra se queda en una broma infantil si se sucumbe a la ambición desmedida o a la venganza fermentada. El resultado puede ser una cruz insalvable, rodeada de rejas, de confesiones poco acertadas o de versiones descafeinadas al cincuenta por ciento. Piensen bien los pasos a dar y no duden en abandonar lo que resulte altamente sospechoso. Por el camino que se han trazado para que alguien les considere algo, un abandono no es una derrota. Ni siquiera si deciden no ir a ver esta película.





