jueves, 24 de septiembre de 2026

TIEMPO DE VICTORIA (2026), de Anthony Maras

 

Las grandes decisiones pueden depender de pequeños detalles. El desembarco de Normandía colgaba de un hilo por aquello del tiempo que podía hacer en el momento en el que las tropas aliadas tocaban la orilla. Y esto es algo que no sólo trata esta película sino que hay amplia literatura acerca de ello. Tanto es así que hubo un aplazamiento del desembarco porque había una alta probabilidad de precipitación. No sólo en cuanto al tiempo atmosférico sino también por la ambición de unos cuantos oficiales que buscaban la gloria mucho antes que la victoria. Eso era algo que no se podía permitir. Y mucho menos consentir. En ningún sentido.

Por ello, el Alto Mando Aliado se esmeró en reclamar al mejor meteorólogo británico, el Capitán James Stagg. Un hombre que se sintió incómodo desde el primer momento porque creía que no debía estar allí, velando por las vidas de miles de hombres, sino al lado de su esposa, a punto de dar a luz. Por si fuera poco, el meteorólogo americano, el Coronel Krik, se convirtió en su enemigo en casa ya que era más amante de los modelos que de las predicciones y eso chocaba frontalmente con la observación científica que Stagg preconizaba. Eisenhower, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Expedicionarias, tuvo que elegir.

Ése es el conflicto y, en él, se hallan debilidades humanas como condicionantes en un ambiente opresivo, casi carcelario, en donde cualquier error podía resultar fatal en algo tan escurridizo como el pronóstico del tiempo. Basada en una obra teatral previa, el director Anthony Maras articula una película eficaz, algo plana dramáticamente, bien interpretada con Andrew Scott siendo lo bastante intenso en su tormento interior como el Capitán Stagg, con Brendan Fraser poniendo el rostro y la caracterización convincente del General Eisenhower, con Chris Messina poniendo palos en las ruedas como el arrogante Coronel Krik, Damian Lewis sobreactuando como el General Bernard Montgomery y, por encima de todos ellos, esa estupenda actriz que es Kerry Condon como la secretaria y asistente personal de Eisenhower. El resultado es una película dinámica, redundante en algún pasaje que otro, que puede decepcionar a aquellos que van con la esperanza de asistir a una historia de guerra cuando es un enfrentamiento de despachos y competencias, de deseos de precipitación y de lluvias y marejadas, de mapas de historia meteorológica y de física atmosférica. Cojan el chubasquero y aguarden. Hay disfrute en ella aunque, quizá, se quede corta en algunos de sus extremos.

Y es que siempre hay que confiar en aquellos profesionales que saben hacer bien su trabajo. Puede que parezca que no están donde deben estar, al fin y al cabo, todos tienen una vida, pero saben lo que hay que hacer y, lo que es más importante, cuándo hay que hacerlo. De sus conocimientos dependen las vidas de muchos hombres y, en este caso, la libertad de Europa. De sus decisiones se derivan muchas consecuencias que las mentes ajenas apenas pueden atisbar. Puede que un meteorólogo decida que no hay que poner en riesgo nada a pesar de que el sol brille o, al contrario, que esté convencido de que es el momento adecuado para asestar un golpe decisivo a la guerra cuando está diluviando. El tiempo, con sus minutos renuentes, parece que se detiene y los pensamientos se vuelven tan pesados como un saco de trinchera. La verdad, por lo general, va en contra de la gloria. Más aún cuando esa verdad es parte de un trabajo concienzudo, en un terreno en el que la duda siempre tiene su cuota abonada. En su desempeño están todas las miradas, todos los mapas, todas las predicciones, todas las responsabilidades y todas las frustraciones. Son fáciles de reconocer. Son aquellos a los que se les echará la culpa si algo fracasa, aunque sólo han hecho su trabajo lo mejor que han podido, han informado con rigor y han expresado su conformidad o su disconformidad con algún extremo que nadie quiere asumir. Eso es algo que, hoy en día, parece haber perdido gran parte de su valor.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

DILLINGER (1973), de John Milius

 

Nunca hubo un gángster más cinéfilo que John Dillinger. Sin disculpar su brutalidad en absoluto, era un amante de las películas. No se perdía una y cuenta la leyenda que su actor favorito era Douglas Fairbanks al que le gustaba imitar entre sus compinches, saltando de un lado a otro simulando estar enfrascado en una lucha a espada. De hecho, su muerte vino dada porque el FBI sabía exactamente cuáles eran sus gustos cinéfilos y le tendieron sendas trampas en los dos cines en los que creían que podría estar. Fue en el cine Biograph, saliendo de ver a Clark Gable, Myrna Loy y William Powell en El enemigo público número uno, de W. S. Van Dyke. El FBI le acribilló por la espalda después de identificarse.

Con estos mimbres, John Milius escribió y dirigió esta película y se ocupó personalmente de convencer a Warren Oates para que interpretase al malvado criminal porque, además de ser un excelente actor, también guardaba un cierto parecido físico con él. La película está espléndidamente ambientada en los años treinta y no ahorra críticas hacia el villano, aunque tampoco se queda corto con los métodos del FBI a través del personaje de Melvin Purvis, el hombre que lo cazó y al que le presta su expresión el actor Ben Johnson (curiosamente Oates y Johnson interpretaron a los hermanos Gorch en la mítica Grupo salvaje, de Sam Peckinpah). El caso es que Dillinger y su banda aterrorizaron a todo el medio Oeste de Estados Unidos perpetrando doce atracos en distintos bancos en apenas un año. Por supuesto, sin escatimar violencia y llevándose por delante a los que osasen interponerse en su camino, entre ellos, un agente del propio FBI.

El resultado es una película llena de vigor, de mirada algo lejana, con una fotografía muy contrastada, ligeramente acelerada en algunos pasajes, pero que está a años luz por delante del intento más moderno de Michael Mann en su casi infame Enemigos públicos, con Johnny Depp. Aún así, Milius no deja de ser truculento en algunos pasajes aunque, más que truculento, podríamos decir que es descarnado, precisamente, porque no quiere presentar a John Dillinger como un santo, sino que era un asesino y un ladrón sin conciencia a pesar de ser un amante del cine que el propio director también ama.

Es mejor no olvidar que las personas, por malvadas que sean, tienen múltiples facetas que hacen que nunca estén hechas de una sola pieza. Un hombre puede sonreír y seguir siendo un canalla. Un hombre puede matar y admirar algo que también nos secuestra el pensamiento. La belleza no está vedada a nadie, ni siquiera a aquellos que se empeñan en destruirla. Y esa dualidad es la que Milius quiere resaltar en ésta película, que fue la primera vez que se puso tras las cámaras. Rodeado de un equipo competente y la intromisión del mismísimo John Edgar Hoover que le exigió cambios en el final para presentar una imagen más amable del FBI, Milius ofreció una buena película que se halla lejos de la obra maestra, pero que resulta estimable. Ah, y si deciden verla, esperen a que terminen los créditos finales. Eso no tiene precio.

martes, 22 de septiembre de 2026

LABIOS SELLADOS (1957), de Karl Malden

 

De acuerdo, el Mayor Cargill ha sido un traidor en Corea. Sin embargo, el Teniente Coronel Edwards, encargado de investigar los hechos para acusarle de alta traición, no está tan seguro de que el asunto permita categorizarlo todo. Cargill ha sido un héroe, pero como dice él mismo, no se puede pedir a un hombre que sea un héroe todo el tiempo. Puede romperse en mil pedazos en su último mes, o en su última semana, o en su último minuto. La presión que se soporta en combate es tan insoportable que puede trasmutarse en otra persona. El Teniente Coronel Edwards le interroga, por supuesto, pero también quiere saber la opinión de todos los que rodearon al Mayor Cargill en el frente de batalla. ¿Fue un traido? ¿Hasta qué punto? ¿Llegó a la simpatía con los comunistas? ¿Traicionó por ideales o por una sutil tortura psicológica? ¿Era un buen hombre? ¿Sus hombres le respetaban? ¿Era un tipo de carácter voluble? ¿Sabía lo que hacía?

En todo este mar de dudas que sólo tratan de esclarecer la verdad, el Mayor Cargill sólo se niega a contestar una pregunta y es ¿Por qué? Y lo peor de todo es que parece no importarle en absoluto arriesgarse a una ejecución en un futuro consejo de guerra. Edwards está impresionado con el historial de guerra de Cargill y esa pregunta, ¿por qué?, le obsesiona. No puede creer que un hombre con la determinación y la templanza del Mayor Cargill haya llegado a ese tiempo límite que todo hombre tiene antes de romperse en mil pedazos y sucumbir a la humillación del enemigo. La respuesta a esa pregunta será el sorpresivo desenlace de esta espléndida historia que, como curiosidad, resulta ser la única película dirigida por el actor Karl Malden. ¿Por qué no dirigió más? Su contestación fue rotunda: “Prefiero ser un buen actor que un director mediocre”.

No tiene nada de mediocre este espléndido drama militar en el que el misterio se reduce a las motivaciones del personaje del Mayor Cargill, interpretado con eficacia por Richard Basehart. Ahora bien, quien lleva todo el peso de la función y realiza un trabajo maravilloso, quizá uno de los mejores de su carrera, es Richard Widmark en la piel del Teniente Coronel Edwards. Incansable buscador de la verdad que intenta comprender las razones que llevan al límite a un hombre a colaborar con el enemigo, con una claridad de ideas para las que tiene siempre una respuesta, con un aplomo militar absolutamente creíble, Widmark crea un personaje de peso, casi se podría decir que memorable, con grandes matices y con un dramatismo totalmente convincente.

Así que, si se deciden por el camino de la traición, que sus buenas razones tendrán, asegúrense de contar con un investigador como ese Teniente Coronel Edwards. Sólo él se va a preocupar de contar la verdad más allá del marasmo de actuaciones propagandísticas o cara a la galería que siempre supone el anuncio del enjuiciamiento de un tipo que ha colaborado con el enemigo. Sólo así se podrán entender los porqués. Los cómos y los cuándos son sólo espejos para la opinión pública y acaban por olvidarse con la siguiente traición.

viernes, 18 de septiembre de 2026

GREYHOUND (2020), de Aaron Schneider

 

Un capitán novato debe encabezar la escolta de un convoy mercante. Su corbeta es un buen barco, manejable, con una tripulación muy profesional. Es un hombre de creencias y no es de extrañar que utilice a Dios como asidero y consuelo en un pedazo de mar al que llaman, no sin razón, “agujero negro”. En esa zona del Atlántico Norte, los alemanes hacen de las suyas a sus anchas porque no es posible proporcionar cobertura aérea a ningún barco. Los convoyes mercantes dependen sola y exclusivamente de su escolta. En esta ocasión, son veintinueve barcos que están a merced de las cuatro corbetas de guerra.

Sin embargo, lo que parece imposible, ocurre. No sólo deben atravesar con la máxima rapidez ese vacío de seguridad en un mar que ha decidido ponerse hostil, sino que también se encuentran con lo que en el argot marino se conoce como una manada de lobos, es decir, un número indeterminado de submarinos dispuestos a causar todas las bajas posibles. El agua no ayuda, sólo se dependerá de la pericia de ese capitán en su primera travesía. Y por el cuaderno de bitácora, el tipo es de lo más competente.

De esto modo y con una dirección modélica, podemos apreciar los movimientos a babor y a estribor, esquivando torpedos, corriendo en pos de echar una mano a la cola del convoy donde los alemanes están hundiendo a un carguero griego, destruyendo los nervios de acero que hay que tener cuando los lobos aúllan dispuestos a devorar la presa, haciendo un trabajo que nadie más quiere hacer. Ese Greyhound, que se podría traducir como Galgo, se multiplica para atacar, defenderse, salvaguardar a los demás, rescatar a los supervivientes y salir vivos. Y el mar, mientras tanto, no deja de golpear con su furia recargada con espuma, zarandeando a las personas y a las ideas y dejando muy poco espacio a una lógica que es complicadísimo conservar.

Excelente película centrada, prácticamente, en Tom Hanks en la piel de ese capitán que, con sus momentos de vacilación, sabe a la perfección cuáles son los pasos a seguir para hacer frente a esos malditos nazis que, por si fuera poco, también se dedican a la guerra propagandística a través de diferentes canales de radio. En su favor, no es un héroe de una sola pieza porque el miedo se dibuja en muchas de sus decisiones. Actúa, pero no está seguro de nada, aunque su deber es dar esa impresión a toda su tripulación. Si él resiste, ellos aguantarán mejor. Es así de simple. La mayoría de ellos son muy jóvenes. Y él no puede comer pensando en la inmensa responsabilidad que está a punto de ser horadada por un proyectil enviado por esos malditos nazis, lobos sin piedad, que quieren ver al galgo hundido y pidiendo socorro.

Así que prepárense para embarcarse en un viaje en el que las millas se contarán por nervios, las alarmas serán continuas, las maniobras, hábiles; las órdenes, precisas. Y todos deben estar en sus puestos y listos para acatar las indicaciones del capitán. Al fin y al cabo, la mejor manera de enfrentarse a una manada de lobos es convertirse en cazador.

jueves, 17 de septiembre de 2026

EL NIDO(2026), de Hugo Stuven

El miedo no es más que un punto de vista. Puede ser para quien haya sufrido y repetido algunos errores que cometieron sus anteriores. O. tal vez, puede ser para quien aparezca como visitante. O, incluso, puede ser para aquellos que permanecen. Adopta las más distintas formas y, casi siempre, como un auténtico velador de pensamientos, tratando de eliminar la razón, de hacer que la única guía sea el instinto, casi siempre erróneo. El miedo suele ser el enemigo a batir. Vivir con miedo es prácticamente convertirlo en un contrincante contra el que no se puede vencer. Es el dominador de ideas. Es el impulsador de arrebatos. Es el encendedor de violencias.

Y es que el miedo también puede habitar una casa en la que huele a madera mohosa y en la que el tiempo parece haberse detenido. Es un miedo sin tiempo. Allí se transformó en el detonante de vidas desperdiciadas, de desgracias que el destino se encargó de realizar a conciencia, de traumas que no suelen pasar de largo. Invade los sueños. Carcome las sensaciones. Tritura la verdad a su conveniencia. Ni siquiera cuando se presenta vestido de racionalidad es un elemento fiable. Se arrastra por los raíles hasta llegar a la encrucijada en la que hay que levantar fantasmas y hacer que jueguen a favor. Los ojos parecen salirse de sus órbitas para llegar a un hecho que se escondió en el bosque de la memoria y sólo las lágrimas de desesperación harán que vuelva para explicarse.

Interesante película la realizada por Hugo Stuven en la dirección, con una presentación modélica de personajes, con algún que otro error leve, con cierta querencia hacia Night Shyamalan, con una actriz que resulta extraordinaria en algunos pasajes como Michelle Jenner, espléndidamente secundada por Luisa Gavasa y con algunos ases en la manga que acaban por ser previsibles hasta que llega la jugada final en la que sorprende ahogando las creencias y castigando las seguridades. Casi con un solo escenario, haciendo que sea parte protagonista de una trama que ya está en marcha cuando comienza la historia, Stuven realiza una película que llega al notable, con sentido, con un buen dominio de los espacios cerrados y con una permanente pregunta flotando en el ambiente…sólo que no siempre es la misma pregunta.

Arrástrense por estos raíles de miedo y misterio en una charada psicológica rural que acaba por ser tremendamente perturbadora. La película empieza con miedo y termina con miedo. Es el mismo que experimentamos todos cuando abrimos la puerta de nuestra casa ante el incierto caos que nos espera al otro lado. El miedo toma partido y, a veces, es un viento a favor. ¿Quién sabe? Hay que decir la verdad en un macabro juego en el que todo es mentira porque la realidad también experimenta pánico. Y nada es más siniestro que el desplazamiento a través de esos hierros sujetados con fuerza al suelo de una realidad ficticia, construida con la base de una madera húmeda y traidora. Quizá sea un buen plan probar algo de playa e ir a ver el mar para que la mente pueda evadirse de un ambiente viciado, esclavizado, atormentado y rayano con la locura. Sí, porque esa es la consecuencia favorita del miedo. La locura. La seguridad de que se alteran las reglas de la vida para adecuarse a unos parámetros en los que el ser humano sea capaz de estar cómodo porque ya no quedan más salidas. Es como el cuco, que abandona sus crías en nidos ajenos. Y ya se sabe que quien lo sobrevuela termina con el trastorno servido. No lo olviden. Los raíles del miedo les conducirán por esos caminos. Por mucho que el aislamiento haga su trabajo y construya una burbuja de naturaleza. Por mucho que quieran olvidar que, un día, fueron presa de otras locuras que sólo merecen la muerte. Miren por debajo de la puerta. Tal vez lleguen a atisbar lo que nunca quisieron ver. Todo está en esta película. No hagan caso de este galimatías que es consecuencia de mi propia insania.

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL PUENTE SOBRE ESTAMBUL (1975), de Maximillian Schell

 

Un policía suizo es asesinado en extrañas circunstancias y se asigna el caso a un inspector encallecido que no lleva una vida fácil. Su conciencia no se halla muy limpia, su salud no está para abusar, ni siquiera, de la noche y, por si fuera poco, le han puesto al lado a un novato que no sabe ni sorberse los mocos. Estupendo. Además, según va avanzando el caso, el inspector se encuentra con que su superior no es todo lo expeditivo y trabajador que debería ser y que empieza a moverse con subterfugios poco recomendables el cariz político de un asesinato que sólo debería ser un caso más. La inteligencia parece ser un arma que todos rechazan. La oscuridad se cierne. Todo el mundo es culpable.

Esta pequeña y sucinta descripción de los hechos podría dar lugar a que creamos que ésta es una película más con su misterio, su búsqueda criminal y su serie de tópicos más o menos manidos en cualquier policiaco que se precie, pero hay algo más. La historia parte de un escritor tan extraordinario y atípico como Friedrich Dürrenmatt y la narración está llena de vacíos imposibles que acaban por tener su sentido siempre y cuando se tenga cierta paciencia. Las confusiones se suceden porque el crimen tiene un elemento muy importante de caos y de malvada truculencia. El ambiente en el que se desarrollan los hechos es permanentemente frío, hostil, como si quisiera rechazar cualquier investigación sobre un crimen que no tiene demasiada lógica en su planteamiento. Además de todo ello, sorprende ver en el papel del inspector resabiado a un hombre como Martin Ritt, director de la generación de la televisión y responsable de títulos como Hud, o Cartas a Iris, acompañado de Jon Voight como el novato y de Robert Shaw como el villano sin redención. El toque femenino, muy adecuado, muy motivador y muy bien interpretado, corresponde a Jacqueline Bisset. Y detrás de las cámaras, Maximillian Schell tratando de hacer que, entre tanto sin sentido, el espectador se quede enganchado intentando averiguar qué diablos está pasando.

El resultado final es una película apreciable, sin llegar al sobresaliente, con una realización apropiadamente centroeuropea, con motivaciones muy oscuras detrás de cada uno de los protagonistas y con una cierta morosidad en el avance de la trama. Schell no acierta con el ritmo, pero sí con las historia que acaba por ser realmente sorprendente e inesperada en su desenlace final.

Así que tengan mucho cuidado en esas ciudades en las que todo parece estar en orden y en las que el tiempo parece detenerse en sus limpias y húmedas aceras. Son esas urbes de aire silencioso, en las que nada parece estar fuera de lugar y todo guarda una escrupulosa tranquilidad. Por debajo de esas piedras geométricamente dispuestas, de esos paveses o de esos puentes inmaculados, transcurren corrientes de diabólica invención, que abominan de todo ello y tratan de desestabilizar lo más posible cualquier consideración moral, profesional o de convivencia. Berna es el escenario. El resto lo pone la sangre de los que van a caer. Uno a uno, en silencio, como las hojas que se depositan suavemente mecidas por el viento en el suelo impoluto de un parque suizo.

martes, 15 de septiembre de 2026

MIRANDO HACIA ATRÁS CON IRA (1956), de Tony Richardson

 

Jimmy no ha tenido demasiada suerte. Hizo muchos sacrificios para licenciarse en la universidad y ahora está trabajando como simple vendedor porque la vida no le ha dado ni la más mínima oportunidad. Simplemente, no consiguió encontrar un trabajo acorde con su valía. Se siente infeliz. Tampoco cree que haya acertado especialmente con su matrimonio. Su mujer era bonita, pero, poco a poco, lo que pudo sentir por ella se ha desvanecido. En parte, porque se mueven en entornos grisáceos, que tienden a anular cualquier atisbo de ternura en medio de una sociedad fría, que trabaja día y noche para poder pagar las letras de la nevera. Jimmy tiene algunos días buenos, pero también muchos malos. Puede que haya algo de bipolaridad en él, aunque eso, en aquella época, sonaba a término incomprensible. ¿Cómo puede ser una persona bipolar? O eres amable, o eres desagradable. No puede haber unos días de un lado y otros del contrario.

Jimmy cree que su mujer es demasiado reservada. No le cuenta nada, no le hace partícipe de nada. Es como si él estuviera al margen de la vida que ella vive. En determinado momento, Jimmy pierde los nervios y la empuja. Mal momento. Ella estaba planchando y se quema. Va al médico y, allí, se entera de que tiene una mano quemada y de que está esperando un hijo. Maldita vida enredadora. Una amiga que es actriz viene a pasar unos días y empieza a meter ideas malsanas en la esposa. Lo mejor es que Jimmy se quede solo. Las iras estallan, las diferencias se ensanchan, la vida se estira. Y Jimmy, como no puede ser menos, en un arranque de furia, acaba haciendo el amor con la visitante.

Tony Richardson dirigió esta película fundamental dentro del movimiento del Free Cinema inglés, con Richard Burton, Claire Bloom y Mary Ure en esos papeles perdidos, errantes dentro de una gran urbe que no resulta nada acogedora y que es particularmente cruel con quien no se adapta al sistema diario de frustraciones e infelicidades. Eso es lo que no querían los cineastas bien pensantes de la época. Mostrar la cantidad de desgracia que alguien normal podría acumular y hacer sentir miserable al público por asistir, impotente, a esa espiral de acontecimientos dañinos para cualquiera en unos personajes extraviados en sus comportamientos, en sus pensamientos y, también, en sus sentimientos. Pesimismo real. Cine en la calle.

Puede que, quizá, los obstáculos vitales sean insalvables o, al menos, lo parezcan, pero ya en 1956 se lanzaba un mensaje hacia la moderación del ánimo, hacia la objetividad de la mirada y hacia la serenidad de la rabia. Algo que se antoja inusualmente moderno también hoy en día. John Osborne supo trasladar todo eso a la obra teatral en la que se basa esta película y los jóvenes airados británicos de la época recogieron el testigo para mostrárselo a todo el mundo. Toda valla debe derivar en una enseñanza. Toda tranquilidad del alma debe construir al ser humano. La furia y esa rebeldía que pide a gritos tomarlo todo por la fuerza no deben ser armas para cambiar nuestros particulares microcosmos. Miremos alrededor, tenemos más de lo que nos merecemos en la mayoría de los casos.