Dios
no habla a través de las desgracias. Si tienes cuatro hijos y los cuatro
fallecen antes de cumplir un año, no quiere decir que Dios manda que se
eliminen las relaciones sexuales para alcanzar la pureza y la santidad. Dios
tampoco se dedica a exigir liturgias en las que los fieles cantan al unísono
como si fueran un coro de cantantes profesionales o un cuerpo de baile
perfectamente sincronizado. El teatro puede sustituir a la fe y, sin embargo,
mantener esa apariencia de que el aliento divino se ha hecho presente con la oración y el golpe de pecho como
elementos preferentes del culto. Todo esto no es más que una tontería.
Y es que, ya de
momento, sorprende que en el guion se halle Brady Corbet, que el año pasado
estaba en boca de todos al ser el máximo responsable de una película como El brutalista. Por lo que se ve, a
Corbet le va el tema del sexo por activa y por pasiva y el rechazo a los que
piensan diferente. Con la colaboración de Mona Fastvold como directora del
engendro, se nos pone en juego el nacimiento de una secta y su desarrollo
posterior, pero todo está mostrado como una disculpa, como si toda esta gente
abducida por una supuesta santa que, ni más ni menos, se proclama como la
heredera directa de Jesucristo, no hicieran daño a nadie con su continua
alabanza personal en la tal mesías y divina con los más diversos ritos. El
resultado es una película que dura dos horas y cuarto con un buen puñado de
canciones que, prácticamente, la convierten en un musical con más canciones de
misa que un cantoral de la catedral. Y eso sí, que no falten los golpes de
pecho.
En el fondo, se supone
que subyace una crítica a una sociedad estadounidense que no acepta lo que
parece extranjero aunque sea algo que ha arraigado con fuerza en sus creencias.
Ya se sabe, quien nombra mucho a Dios es que tiene mucho que esconder como
persona. En cualquier caso, aquí no hay mácula que ensombrezca la labor
evangelizadora e, incluso, se describen un par de secuencias que son bastante risibles,
como la del dedo loco que va señalando el lugar en el que debe asentarse la
tribu de fieles, con el fulanito iluminado cambiando de brazo cuando le viene
en gana, aunque me imagino que por cansancio. Al final, lo que queda es una
historia que no guarda demasiado interés porque, durante las dos horas y cuarto
de marras, están hablando de lo mismo. Dios, cómo debe creerse en Dios, cómo se
debe evangelizar la palabra de Dios, cómo se ha de buscar a otros fieles para
que se unan a la fiesta y es inevitable pensar en Dios, cuándo va a acabar
esto.
Decían los supuestos
expertos que la interpretación de Amanda Seyfried como la madre Ann, agitadora
y principal impulsora del método de oración y culto, era digna de mención. Y
sí, no lo hace mal la chica, pero tampoco es la interpretación del año. Canta,
se marca unos pasos de baile que si me los hace el cura de mi barrio le
propongo para el Bolshoi, y se prodiga en las consabidas miradas de ternura
ante todos aquellos que no entienden la inconfundible llamada del Altísimo. Y
es una época en la que el optimismo no era precisamente el pan nuestro de cada
día, así que cualquier asidero que permitiera un poco de consuelo, era
bienvenido. Todo ello añadido a la falta de cultura, caldo de cultivo ideal
para hacer prosperar las ideas locas, las canciones angelicales y las visiones
que resulta que van teniendo todos y cada uno de los personajes que van
desfilando por la trama.
Así que yo, personalmente, si quiero ver un musical, prefiero decantarme por Cantando bajo la lluvia o West Side Story, que, al menos, no me dan la brasa con el asunto religioso. Si quiero ver una película sobre los engaños de la creencia y los charlatanes que se creen sus propias palabras, me pongo El fuego y la palabra, que me dice mucho más y tiene unas interpretaciones que hacen creer en la existencia de Dios. Y si el tema es verse cómo vivían las comunidades emigrantes durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos, lo mismo me pongo El crisol para que no me arrebaten el nombre. Y dejo ya de perder el tiempo porque cada vez que oigo “Amén” me entran los siete males.













