viernes, 22 de mayo de 2026

CAMINO DE LA JUNGLA (1962), de Robert Mulligan

 

Un médico se traslada a la selva de Indonesia con el único objetivo de avanzar y cuidar en los tratamientos contra la lepra. En 1936, la enfermedad corre como la pólvora entre los nativos y cree que el esfuerzo merece la pena. Es joven, algo impulsivo, muy responsable y un excelente doctor. Se le destina como ayudante de un tipo algo cascarrabias, con métodos poco frecuentes, que admira el trabajo bien hecho, pero también es capaz de hacer cualquier cosa con tal de que le salga su cuenta. Al principio, desprecia a ese joven que parece llevar en la mirada los principios de la razón, pero, más tarde, la admiración llega a ser parte de su rutina. Sólo tiene un defecto y es que el novato no cree en Dios. Está comprometido con una mujer de carácter, una encantadora dama que hace que las palmeras se estremezcan a su paso y el viejo médico no duda en tender una trampa para que la damisela salga por piernas de Indonesia y vuelva a Holanda y lo único que consigue es que ella se quede y se case con el amor de su vida. A partir de ahí es cuando comienza el peligro.

En alguna de las múltiples islas de Indonesia, se halla un brujo que no duda en emplear los trucos de la magia negra para quitarse de encima a los competidores y, por supuesto, esos galenos europeos lo son. El joven médico verá con sus propios ojos cómo otro colega se abalanza sobre él en actitud notoriamente agresiva con la locura en sus ojos y el descuido en su rostro. No se lo puede explicar. Si él no cree en Dios, evidentemente, tampoco puede creer en la magia negra. Eso son supersticiones acompañadas de cierto poder de sugestión. Eso y el calor de la jungla, que golpea sin piedad en la piel y en los sentidos, como una tortura ideada por algún ser superior.

Y así, empieza a aparecer la infelicidad en la vida de este joven doctor impulsivo, algo idealista y ateo. Cae en el engaño, en conseguir las cosas a través de atajos no demasiado éticos, en la propia infidelidad con su esposa que no duda en perdonarle si cuida su salud mental. La selva puede ser muy cruel con el ser humano. Lo rechaza poco a poco hasta que se hace insoportable vivir en ella. Se convierte en un enemigo que ha confabulado el calor, el agua, la vegetación y la soledad para que actúen como armas implacables contra todo aquel que ose enfrentarse a la naturaleza.

Robert Mulligan consiguió una película interesante que trata, fundamentalmente, de la búsqueda de Dios a través del reverso más tenebroso de la condición humana. En algún momento, se hace morosamente larga, pero no es una película de aventuras al uso debido a ese fuerte componente moral que impregna todos los actos del protagonista, un Rock Hudson que alcanza cotas dramáticas interesantes y que está muy bien acompañado por Gena Rowlands y Burl Ives. El resultado es el de una historia que fracasó estrepitosamente en su momento debido, probablemente, a su atipicidad, a su condición de aventura interior más que física. Al fin y al cabo, la moral es algo que nos persigue, a veces como una enfermedad y, en otras, como un salvavidas. Es algo que decidimos por nuestra cuenta… ¿no?

jueves, 21 de mayo de 2026

JUGADA MAESTRA (2026), de John Patton Ford

 

La ambición y la venganza nunca han sido una buena pareja. Cuando el fin principal es el arribismo y la escala en la posición social, tener el pensamiento nublado por una idea de venganza siempre hará que el objetivo se difumine y se puedan cometer errores. Si la venganza es ese plato que ha de servirse frío, la ambición es capaz de desdibujar las metas. En este caso, tenemos al típico trepa al que se le han negado unos cuantos derechos por el comportamiento díscolo de su madre y pergeña un plan alocado que consiste en eliminar a todos aquellos que obstaculizan su lugar en la línea de sucesión hacia una fortuna incalculable. Por el camino, se cruzarán sus pasiones y sus desaires y, claro, al final se construye su propia cárcel basada en un asesinato que nunca llegó a cometer.

Con estos mimbres, el director y guionista John Patton Ford se dedica a inventarse una nueva versión de aquella obra maestra de la Ealing que se llamó Ocho sentencias de muerte, cuyo mayor atractivo residía en mostrar la maravillosa versatilidad de un actor como Alec Guinness que se atrevía a interpretar a todas las víctimas del protagonista, encarnando hasta ocho papeles distintos, con caracterizaciones totalmente diferentes y con un trabajo de dicción extraordinario, dotando a cada uno de sus personajes de una personalidad variada y variable de una entidad que se mostraba, prácticamente, por sí sola. En esta ocasión, esto no ocurre y hay un actor o actriz diferente para cada asesinado así que Patton Ford se aplica en la realización de los asesinatos, bastante alejados de sus originales, siendo algunos realmente ocurrentes. El problema está en que el protagonista es un actor tan limitado y tan carente de cinismo como Glen Powell que está a años luz de la arrogancia que mostraba un intérprete experto en las tablas como Dennis Price que, además al estar ambientada su versión en la época victoriana, contaba con la ventaja de la ridiculización de unos tiempos en los que un asesinato podía ser considerado como un signo de distinción.

Es cierto que aquí la película se beneficia de una actriz capaz de transmitir sensualidad y mala baba como Margaret Qualley, pero al conjunto se le puede reprochar la carencia de colmillos afilados, perdiendo gran parte de su carga de profundidad crítica, aunque, por supuesto, no duda en atacar con fiereza a la burguesía y al ambiente ejecutivo de las altas finanzas. Mientras en Ocho sentencias de muerte hay una permanente sonrisa repleta de cinismo, aquí persiste una cierta indiferencia que condena a la historia al aprobado muy, muy justo.

Por otro lado, también hay una diferencia que se antoja casi fundamental y es el final. Sin descubrir nada, podemos decir que la película de la Ealing contaba con un último giro brillante, acorde con la acidez del relato, mientras que aquí se cierra todo al estilo típicamente americano, sin alejarse demasiado del original, pero dejando en el aire una sensación de maldición, de destino escrito de antemano. Y la expresión “escrito de antemano” no es casual. Tiene su aquel. Sobre todo, si han visto la primera versión.

Así, pues, tengan mucho cuidado con ese joven que parece tan majo a simple vista. Detrás de cada hombre (o mujer y esto tampoco está escrito por capricho) hay un infierno de  ambiciones desmedidas, de envidias escondidas, de deseos incumplidos que pueden dominar la totalidad de sus comportamientos. Lo que puede ser una jugada maestra se queda en una broma infantil si se sucumbe a la ambición desmedida o a la venganza fermentada. El resultado puede ser una cruz insalvable, rodeada de rejas, de confesiones poco acertadas o de versiones descafeinadas al cincuenta por ciento. Piensen bien los pasos a dar y no duden en abandonar lo que resulte altamente sospechoso. Por el camino que se han trazado para que alguien les considere algo, un abandono no es una derrota. Ni siquiera si deciden no ir a ver esta película. 

miércoles, 20 de mayo de 2026

MIMIC (1997), de Guillermo del Toro

 

En muchas ocasiones, un avance científico puede derivar en algo monstruoso. Esta vez, la doctora Susan Tyler creó genéticamente a una criatura para acabar con los portadores de una enfermedad. Fue una solución rápida y de urgencia que funcionó. Sin embargo, todo invento tiene consecuencias inesperadas y esa criatura genética ha crecido, ha sobrevivido, ha matado todo lo que se ha encontrado y su siguiente víctima, como no puede ser de otra manera, es el ser humano. Quizá sean los únicos que están por encima en la cadena alimenticia. Cuando la amenaza es patente, la doctora Susan Tyler será de inestimable ayuda porque sólo ella sabe cuáles son los puntos vulnerables de esos insectos creados para matar y desinfectar. Al fin y al cabo, siguen pensando lo mismo. Hay que desinfectar el planeta y el principal bicho es el hombre.

Habrá que bajar a las alcantarillas para que la limpieza sea efectiva. También hay un niño que es muy capaz de imitar los ruidos de esos puñeteros insectos y va a ser de mucha ayuda, a pesar de sus tremendas dificultades de comunicación. La ciudad subterránea va a convertirse en una trinchera en la que el enemigo ya se ha introducido. Será sin cuartel. El fuego, las culpas, el enfrentamiento, los insecticidas, la resistencia. La especie, debido a su procedencia genética, ha evolucionado y no es tan fácil de exterminar. Aplastar, vencer. No cabe el empate, ni la cesión. O ellos o nosotros.

La primera aventura americana de Guillermo del Toro en la dirección es más que notable. Agarrando elementos propios del cine de terror más clásico, del Toro convierte la historia en un cuento de horror y supervivencia dentro de un entorno urbano, alejándose de mansiones malditas, campos aterrorizados y vísceras descontroladas. A su lado, tiene una baza inmejorable como es Mira Sorvino, mucho mejor actriz de lo que el cine ha tenido a bien concederle, como esa doctora que, dentro de su maravilloso atractivo, debe luchar contra los demonios de su propia creación y su capacidad natural para afrontar los nuevos desafíos, como corresponde a cualquiera que se apasione por la investigación científica. La mirada infantil, algo muy propio del cine del mexicano, también está presente en la película, con un tinte entrañable y siempre con la amenaza presente. A pesar de que el propio del Toro renegó de ella debido a las continuas interferencias de los hermanos Weinstein, queriendo alterar el guion escrito a pie de campo. Sólo la intervención de Mira Sorvino junto con la de su pareja de entonces, Quentin Tarantino, solventó una situación que llegó a ser realmente tensa.

Los inventos…ah, los inventos…suelen tener consecuencias imprevisibles y eso es algo que del Toro pudo experimentar en sus propias carnes. Mientras tanto, nos regaló una historia que, literalmente, supone un descenso a los infiernos de la ciencia, de lo que, en un principio, estaba matemáticamente previsto y que luego se desata por un orden natural que se ve alterado por esa plaga que invade cada rincón de la Tierra y la contamina con su comportamiento, casi siempre tóxico. Se llama ser humano.

martes, 19 de mayo de 2026

ROCKNROLLA (2008), de Guy Ritchie

 

Vivir en Londres, trabajar en los bajos fondos y moverse dentro de un ambiente de especulación inmobiliaria entre gente del hampa resulta un ejercicio de equilibrismo bastante peligroso. Además, no sólo es eso, sino que también tenemos un elemento tan corrosivo como es la venganza por en medio. Curiosamente, tal vez, la venganza sea lo necesario para salvarse. Sólo hace falta que los distintos jugadores coincidan en un pozo cercano al Támesis y entonces todo quedará en orden. El Grupo Salvaje que se acumula en los billares necesita algo de acción y entre entradas y salidas de la cárcel se hará algún descubrimiento sorpresivo. Al fin y al cabo, lo menos que se puede hacer por un amigo que va a ingresar en el trullo es concederle un deseo que siempre ha querido hacer realidad. Sólo que eso no lo sabremos hasta el final, no sea que la reputación de malo quede arrastrada por los suelos. En fin, toda esta gente oscila entre lo pintoresco y lo patético. Y, claro, con pistolas, cuchillos, drogas, dinero, malas intenciones y buenas perspectivas es complicado llegar a un sitio más o menos despejado en esa ciudad que esconde maldades como puños.

Y es que nadie es lo que dice ser, ni siquiera cuando no lo dice, así que resulta muy difícil saber cuáles son las intenciones de cada uno. Sólo el que se solaza con las drogas, a pesar de un temperamento violento que arranca de mucho tiempo atrás, va de frente. Ese ya se sabe por dónde va, pero los demás…caramba, ni siquiera el menos malo se muestra tal cual es. Esto es la jungla y hay que ser el más fuerte…no, no, no…hay que ser el más listo.

Quizá con algo menos de sorna, Guy Ritchie articuló una película de malos contra malísimos que alterna momentos brillantes con algunos otros más arrastrados. No es una película elegante, pero sí muy efectiva y, su mayor virtud, más allá de las violencias desatadas y desquiciadas y de las situaciones perplejas, es el diseño de personajes que van desde lo razonablemente malvado hasta lo impensablemente maléfico. En esa ensalada de enfermos por saltarse la ley, se hallan momentos de alta comedia, secuencias algo desagradables y resoluciones que coquetean peligrosamente con la curiosidad. Eso sí, mención aparte merece el excepcional elenco que Ritchie pone en juego, con Gerard Butler, Thandie Newton, Tom Hardy, Idris Elba, un estupendo Mark Strong y Tom Wilkinson que, por una vez, resulta un tanto sobreactuado sin empañar al conjunto en general.

Así que, cuando se les presente una oportunidad única, piénsenlo dos veces. Toda acción tiene muchas ramificaciones y hay que meditar concienzudamente cuáles son los jugadores que van a querer mover ficha. Mucho cuidado, no siempre se muestra el lado más favorecido de cada personalidad, hay que tener una delicadeza situada en la punta de lo imposible para hacer frente las sucesivas trampas de cualquier entramado que se pudiera presentar. Ojo. Los bolsillos llenos suelen ser cepos de los que es muy difícil salir. Rock and Roll. Y no dejen de bailar. Próxima parada: sudores fríos.

jueves, 14 de mayo de 2026

RECREACIÓN DE UN ASESINATO (2026), de Jim Sheridan y David Merriman

 

La sombra de Doce hombres sin piedad es demasiado alargada para que no se recuerde una vez más. Esta vez, no es en Nueva York, sino en Belfast. Y no son doce hombres sino siete acompañados de cinco mujeres. El asesinato es diferente, porque se trata de la revisión de un crimen ocurrido muchos años antes y decidir si procede la extradición al ser la víctima una ciudadana francesa que pasaba sus vacaciones en la lluviosa Irlanda del Norte. Aún así, sigue siendo la jurado número ocho quien planta la idea de la duda razonable, sigue siendo el jurado número tres el que la cuestiona, aprovechando la hartura de las políticas falsamente feministas. Y, sobre todo, es el propio director, Jim Sheridan, quien lleva la voz organizativa del jurado, imponiendo su autoridad y también su innegable serenidad. No es casual.

Es evidente que ante este modelo tan nombrado y mitificado, Recreación de un asesinato pierde, por mucho que repita algunos momentos álgidos de la película de Sidney Lumet, pero Sheridan, cineasta experimentado y de calado cuando nos regaló obras punteras como Mi pie izquierdo, En el nombre del padre o The bóxer, es capaz de sacar un par de escenas llenas de inquietud. Una de ellas a base de sombras, luces fugaces, unas botas con cordón y el rostro de Vicky Krieps, la número ocho. Ahí es donde Sheridan parece empeñado en demostrar que aún hay algo en él del cineasta que fue y que también consigue algún otro pasaje que puede quedarse en la memoria. No obstante, el conjunto flojea porque el director opta por renunciar al tiempo real e incluye elipsis que desdibujan un tanto la tensión de esa habitación donde doce personas deciden la culpabilidad o la inocencia de un imputado. Los personajes principales están bien trazados, descubriéndose debilidades personales que hacen que su voto no sea totalmente imparcial, pero hay otros que los descuida inexplicablemente, como la mujer mayor, que, más allá de un puñado de miradas, apenas es poseedora de una línea de diálogo.

Todo ello se sustenta en una historia que fue verdadera, es decir, el asesinato existió, pero nunca se reunió una corte para decidir la extradición de aquel que consideraron culpable. Quizá eso beneficie a la película, porque, en algún momento aislado, se llega a sentir el terror de un crimen que fue, recreado por un cineasta que también fue, en una película que, a su vez, recrea a otra que fue mucho.

Así que no se precipiten en su veredicto. No es una película de acción, sino de diálogo. Es una historia para degustar y para ser conscientes de que también hay investigaciones que pueden llegar a la categoría de chapuza con tal de evitar un posible escándalo internacional. Por instantes, puede que se pierdan un poco con el baile de unos nombres sin cara, pero nunca se le pone rostro al asesinato. Y menos aún a la sensación de terror cuando la sangre está a punto de brotar y de salir en busca de un culpable. Los diálogos llegan a ser muy hirientes, las reacciones, desmedidas, las opiniones, desechables, los votos, cambiantes, pero aún así, es difícil clarificar la mirada para decidir una condena. No, no tiene ese exuberante repertorio de planos que están dentro de Doce hombres sin piedad, ni esa tensión de ambiente sobrecargado y ánimo a punto de rasgarse, pero alguna lección de buen cine sí que da porque la delgada línea que separa la culpabilidad sin concesiones a la duda razonable es más que fina. Alguien dijo una vez que si los jurados se fijaran en las dudas razonables que plantea cualquier caso, no habría ni una sola condena. Tal vez, se trata de poner todas las pruebas en una balanza y comprobar qué lado pesa más. No es fácil tomar decisiones sobre la vida de los demás. No es fácil salir de una tragedia personal como le ocurrió a Jim Sheridan y aparecer diez años después tratando de hacer un homenaje tan sentido a una película como Doce hombres sin piedad. Posiblemente, no quisiera ganar. Sólo seguir estando.

martes, 12 de mayo de 2026

EL HÉROE DE BERLÍN (2016), de Stephen Hopkins

 

Al principio, sólo se trata de correr. Correr más rápido que el viento, más rápido que el pensamiento, más rápido que la vida. Es como adelantar en unos segundos al mismo tiempo y tratar de derrotar lo imposible. Jesse Owens no soñaba con ninguna Olimpiada, ni con ningún triunfo a escala mundial. Sólo corría para derrotar a los rivales con los que le tocaba medirse y ya está. Eso es todo. Arañar un segundo más en cada carrera era un premio adicional, porque se acercaba poco a poco al récord mundial y eso siempre es un orgullo, especialmente para alguien negro en un país que todavía estaba hundido en la infamia de la segregación. Sin embargo, llega una oportunidad. Owens es el más rápido. Debe ir a las Olimpiadas representando a Estados Unidos, un país que, en el fondo, está dividido por sus luchas raciales, que no acepta a los negros…pero bien que les reclama cuando se trata de colgarse alguna medalla…en este caso, de oro.

Hay algo más. Las Olimpiadas no son en cualquier sitio. Se celebrarán en Alemania y, en ese momento, la nación teutona se distingue por proclamar la superioridad de la raza aria en todos los órdenes, también en el físico. Por supuesto, un ser inferior no puede vencer a ningún ario, es imposible. Eso dejaría como mentiroso a ese tipo del bigotito. Por otro lado, también se plantea un posible boicot de los Estados Unidos al evento, debido a la prohibición de llevar atletas judíos, por ahí no van a pasar los centroeuropeos. Judíos, no. De ningún modo. Todo esos empresarios que han hecho un buen dinero participando en la construcción del estadio olímpico y en otras instalaciones ahora van a tener que reunirse para decidir si esa nación de libertad como Estados Unidos va a ir a los Juegos Olímpicos, evento deportivo que también funcionará como aparato de propaganda del régimen más deleznable que ha conocido la Humanidad.

Debo confesar que navego entre dos aguas con esta película. Tiene grandes momentos, realizados con un mimo excepcional por su director, Stephen Hopkins. Sin embargo, hay otros en los que, pudiendo lucirse, se quedan mediocres, cortos, sin demasiada sustancia en su interior. Eso hace que la película sea tremendamente irregular cuando detrás tiene una historia tan poderosa como la de Jesse Owens, probablemente la primera estrella olímpica de todos los tiempos. Es conmovedor el inicio de esa amistad basada en el respeto mutuo que inicia Owens con su competidor Lutz Long, Jeremy Irons como el presidente del Comité Olímpico Estadounidense tiene momentos realmente brillantes y dota a su personaje de una evolución muy interesante desde la reticencia hasta el apoyo sin fisuras a su atleta. William Hurt también conserva su instante de lucimiento y, no obstante, la película no acaba de funcionar en algunos pasajes. Tal vez porque uno espera que coja la velocidad que el propio Owens alcanzaba en sus distintas pruebas y nunca llega a levantar el vuelo del todo. De todas formas, sería injusto no reconocer que esta historia, la de Jesse Owens, merecía ser contada. Tal vez, como ejemplo para que futuras generaciones aprendan algo sobre la resiliencia, sobre la verdadera heroicidad, sobre el valor del respeto. No es poco. Es casi un récord.

LA VIDA DE BRIAN (1979), de Terry Gilliam

 

Hay cosas en esta vida que son malas,

que te pueden volver loco.

Otras cosas sólo te hacen maldecir y maldecir.

Cuando estés lidiando con las cosas difíciles de la vida,

no te quejes, silba,

eso ayudará a que las cosas mejoren.

 

Mira siempre el lado positivo de la vida.

Mira siempre el lado luminoso de la vida.

 

Como último chiste no está mal. Un puñado de tipos crucificados, padeciendo el peor de los tormentos y cantando que hay que mirar el lado positivo de la vida. Ya se sabe, los martirios son un poco rollo mientras se pasan, así que lo que hay que hacer es conservar la individualidad y ponerse a reír. Y eso no quiere decir que haya poco respeto, ni que se ponga en ridículo nada. Si no, hagamos una prueba. Esa conversación que el Frente Popular de Judea mantiene en las gradas del circo, sí que pone en ridículo lo que hablan (y pongo este ejemplo por la enorme vigencia del contenido de la discusión), pero aquí no hay risas, ni nada de eso. Podríamos decir que es, simplemente, un deseo de mirar el lado luminoso de la vida, de despojarlo todo de la solemnidad a la que somos tan proclives. Tan ridículos son esos supuestos liberadores que se esconden detrás de unas sábanas, como Poncio Pilatos haciendo ver a sus guardias que su amigo Pijus Magníficus tiene un nombre estupendo, al igual que el de su mujer, Incontinencia Suma. Según eso, también ridiculiza la enseñanza en latín con la pintada de “Romanus ite domus” en los muros de palacio, o las masas informes que desean ser guiadas a través del primer profeta que pillan por la calle. Vamos, vamos, un poco de seriedad, caballeros.

Así pues, tenemos esta película rodada por el quinteto más gamberro que ha podido dar el mundo del espectáculo en la historia reciente. El humor absurdo obtiene carta de naturaleza con la mezcla de anacronismos y costumbres de la época y asistimos a las aventuras y desventuras de Brian, un nazareno que nace en el pesebre que está junto enfrente de otro que, al fin y a la postre, también ha sido bastante famoso. Las hechuras de la película, seamos sinceros, son bastante chapuceras, pero la sucesión de chistes, tanto físicos como verbales, hacen que nos sintamos liberados de cualquier obligación moral autoimpuesta. Los centuriones no destacan por su inteligencia (Roma, ridícula), el asceta es un inútil que se pone a hablar a las primeras de cambio (ascetas, ridículos), la reglamentación de la tortura lapidaria resulta un desahogo para las mujeres (las mujeres, ridículas y violentas), Brian asomándose desnudo sin vergüenza a la ventana invita a pensar que es un liberado (desnudo, ridículo), los resistentes no pueden ser más inútiles (resistencia, ridícula), el mazmorrero es una bestia sin demasiada forma (carceleros, ridículos) y, por supuesto, el tipo que destaca por una educación exquisita en el reparto de cruces para el sacrificio está fuera de lugar (crucifixión, ridícula).

Hay que dejarse de prejuicios, y disfrutar de la vida. Mirar el lado luminoso de la existencia y dejarse de escuadrones suicidas, amores que no lo son, frentes resistentes que apelan a la camaradería de una forma tan ingenua que levantan vergüenza ajena y centuriones que confunden identidades porque el primero que pasa dice que es fulanito de tal. En el fondo… ¿la vida no es un ridículo espectáculo en la que el ser humano sólo tiene la única labor de despojarla de crueldad? Si no, ya saben…atraviesen la puerta, pónganse a la derecha y cojan una cruz cada uno. El camino del calvario estará lleno de carcajadas.