miércoles, 25 de febrero de 2026

ROBERT DUVALL: CHARLIE NO HACE SURF

 

“He hecho muchas cosas malas, pero también he hecho muchas cosas buenas. Siempre desearías que hubiera una cosa buena más. Es como esos jinetes que siempre buscan un caballo. El caballo”.

Así es cómo evaluaba Robert Duvall su propia carrera. Un actor que siempre buscó hacer lo mejor, aunque, a veces, no fuera posible. Con una carrera de más de cien títulos, lo que no alberga ninguna duda es que su presencia elevaba la categoría de la película, fuera cual fuera. Era como un agarradero en el que se enganchaban todas las virtudes de cualquier película en la que intervenía y, alrededor de él, se tejían los elogios, los entramados, el sustento de la historia. Nunca habrá otro como Robert Duvall.

De larguísima experiencia televisiva, su salto al cine fue de todo menos precipitado. Aparecía aquí y allá en papeles de poca importancia aunque, en alguna ocasión, destacaba por derecho propio. Es cierto que su aparición en el medio fue fulgurante interpretando a Boo Radley en unas poquísimas escenas de la maravillosa Matar un ruiseñor, de Robert Mulligan. Y, en esos primeros años, ahí está el timorato empleado de banca, cobarde hasta la médula y falto de personalidad, débil de carácter y cornudo a tiempo completo de la excelente La jauría humana, de Arthur Penn. Consigue un papel protagonista en una película que fue un completo fracaso, muy atípica en la filmografía de su director, como en Cuenta atrás, de Robert Altman y realiza apariciones interesantes aunque breves en El detective, de Gordon Douglas, al lado de Frank Sinatra, o en Bullitt, de Peter Yates, proporcionando información a Steve McQueen. También aparece de malvado enfrentándose nada menos que a John Wayne en Valor de ley, de Henry Hathaway, y es el objeto de una buena retahíla de chanzas y burlas por parte del personal médico de MASH, también de Altman.

George Lucas le proporciona un papel muy interesante en el terreno de la ciencia ficción y ya, aquí, se podría afirmar que Robert Duvall está muy cerca de ser lo mejor de la película. THX1138, es una fábula distópica, con un futuro aséptico que busca anular al ser humano hasta confundirlo con cualquier fondo blanco. La película fue un rotundo fracaso, pero Duvall demostró cómo se podía actuar con el rostro, con el cuerpo y con la mente. Es El padrino, de Francis Ford Coppola, la cinta que hace que Robert Duvall sea un rostro absolutamente familiar para todos los que se acerquen a ver cualquier película en la que él aparece. Ese Tom Hagen, hermano de adopción de la familia Corleone y, en el fondo, el más capacitado para dirigirla aunque esté fuera de cualquier consideración por su ascendencia irlandesa, es el hombre fiel, consejero, hermano de verdad de esos personajes perdidos en la esencia del poder y de la ambición. Tom Hagen, su personaje, ya está entre los papeles más conocidos de la Historia del cine, tanto por su interpretación en El padrino como en El Padrino II.

Fue muy interesante cómo retomó el personaje que Lee Marvin había hecho en A quemarropa, de John Boorman, para volverlo a interpretar a su modo en la notable La organización criminal, dirigida por John Flynn. Trabaja con Peckinpah en Los aristócratas del crimen, una experiencia que no le agradó, y compone un Doctor Watson entregado a su amistad con Sherlock Holmes en la notable Elemental, Doctor Freud, de Herbert Ross. Se transmuta en un ejecutivo sin escrúpulos de una cadena de televisión en Network, de Sidney Lumet, y encarna al Coronel Radl, cerebro de la operación para matar a Winston Churchill en la apreciable Ha llegado el águila, de John Sturges.

Por supuesto, otro de sus personajes más recordados es el demencial Coronel Kilgore de Apocalypse now, obsesionado con el surf, excesivo en sus reacciones, fanfarrón en todas sus afirmaciones y belicista hasta la médula, Oledor de napalm por la mañana y convencido de que Charlie no hace surf, Duvall consigue una merecidísima nominación al Oscar a través de un personaje que, en manos de cualquier otro, hubiera sido un muñeco histriónico, pero que resulta escalofriantemente loco en su piel.

Cuarta nominación con ese retrato del militar inflexible con sus hijos en El don del coraje, una película de la que se sentía particularmente satisfecho y entabla un duelo interpretativo de muchísima altura con Robert de Niro, del cual resulta vencedor, en Confesiones verdaderas, de Ulu Grosbard, encarnando a un policía que investiga un crimen con implicación eclesiástica.

Consigue la estatuilla dorada interpretando a un viejo cantante country retirado por el alcohol en Gracias y favores, de Bruce Beresford. Una película sin pretensiones, de sentimientos y de gestos que no todo el mundo sabe ver. Y resulta extraordinariamente convincente como el periodista que sigue al último fenómeno de las canchas de béisbol en El mejor, de Barry Levinson, con Robert Redford dándole la réplica. Hay que reconocer que el sombrero de ala ancha le sentaba muy, muy bien.

Es el veterano policía que enseña a Sean Penn a andarse por las calles de patrulla en Colors y resulta especialmente rechazable en la única versión cinematográfica de El cuento de la doncella, que dirigió Volker Schlondorff en 1990. A partir de aquí sus apariciones son cada vez más episódicas, dando siempre un maravilloso realce a todas las secuencias en las que interviene. Ahí está el policía al borde la jubilación de Un día de furia, de Joel Schumacher, y que tiene que cazar a un Michael Douglas harto de su vida y del mundo que trata de atravesar Los Ángeles; o el redactor jefe, ya enfermo, de la excelente The paper, de Ron Howard; o esa interpretación fantástica que realiza como abogado resabiado que se enfrenta a John Travolta en la excelente Acción civil, de Steven Zaillian; o tremendo como el ganadero que se halla en paz con la naturaleza y que se juega todo por quien considera su amigo en Open Range, de Kevin Costner; o ese viejo, último resquicio de humanidad que se encuentran los protagonistas de La carretera; o esa grandísima última interpretación que realiza en El juez, en manos de Robert Downey para lo bueno y para lo malo.

Sí, lo sé, es un repaso somero a la carrera de un grandísimo actor, pero es que he querido que fueran los caballos ganadores para demostrar que siempre, siempre consiguió una cosa buena más. Era un actor impresionante, único e inigualable. Un océano de clase, eterno en su lugar, sin salirse ni un ápice de todo lo que requería su personaje. Él sabía muy bien que Charlie no hace surf.

martes, 24 de febrero de 2026

POR FAVOR, MATEN A MI MUJER (1986), de Jim Abrahams y David Zucker

 

La premisa es fácil. No me digan ustedes que no. Su mujer es una arpía insoportable. No la quieren ni regalada en un puesto callejero. Metijona, malhumorada, estúpida, insidiosa, boba, sin elegancia ninguna…ya saben, una de esas que esconde todos sus complejitos de inferioridad detrás de toneladas de maquillaje de Dior. Un buen día, unos salvadores…digo, unos facinerosos la secuestran y, claro, exigen un rescate. La pregunta es ¿pagarían? Bueno, da la casualidad de que el marido de la interfecta va a decidir que mejor no. Que los tipos estos se la trajinen, la eliminen y borren todos los problemas de un plumazo. Mientras tanto, eso sí, hay que desempeñar el papel de plañidera lo mejor que se puede. Ay, qué pena, no se merece esto, con lo encantadora que ha sido siempre, con lo mucho que la quiere la gente, con lo mucho que la quiero yo…sí, la quiero muerta. A ver si se va con viento fresco y hace la eternidad imposible al diablo. Hay que andarse con mucho cuidado porque el marido va a tener que caminar sobre el filo de una navaja. Por un lado, va a dar muchas largas a los valientes que se la han llevado y por otro tiene que aparentar que hace todo lo posible como para hacerla volver a casa. Con lo mucho que la quiero yo…

Además, hay un par de detallitos sin importancia. El marido ya estaba planeando el asesinato de la esposa. Y, de hecho, la han secuestrado la misma noche en la que pensaba llevar a cabo su siniestro plan. Por otro lado, hay que añadir que uno de los secuestradores es una mujer que, a la vez, tiene su propio lío con otro fulano que también quiere sacar tajada del enredo. Todo muy normal.

A partir de aquí, las cosas se complican exponencialmente. Chantajes, aquí te pillo, aquí te mato, tira de allí que yo suelto de aquí, está muerta, no lo está y las risas, damas y caballeros, están aseguradas. Más que nada porque los responsables de toda la trama son Jim Abrahams y David Zucker, que rebajaron el tono cómico de sus intentos de Aterriza como puedas, para contar una historia con pies y cabeza a la que tampoco le faltan sus momentos brillantes. El resultado es una comedia con cierta gracia, algo alocada en algún pasaje, pero inteligentemente corta. Todo se ventila en una hora y cuarto y el rescate está pagado.

Otro de los alicientes de esta película es el dúo protagonista compuesto por unos divertidos y desatados Bette Midler y Danny de Vito. Son auténticos maestros en el ritmo cómico que dominan a la perfección y que convierten esta farsa en un estupendo ejercicio veloz de enredo repleto de colmillos afilados y leche en mal estado. Así que ya saben, prepárense porque el marido no paga, la mujer no vive, los secuestradores no cobran y aquí nadie se sale con la suya…salvo el espectador, claro está que tiene un rato de sonrisa permanente salpicado con dos o tres carcajadas gamberras de cierta clase. Depositen el dinero en el maletín y su mujer será entregada sana y salva.

viernes, 20 de febrero de 2026

FRANKENSTEIN (2025), de Guillermo del Toro

 

Cualquier intento humano por jugar a ser Dios tiene el peligro como consecuencia inmediata. Es inútil descubrir cuáles son las intenciones detrás de cada una de las adaptaciones del monstruo de Frankenstein que ha realizado el cine y ésta no puede ser menos. El doctor Víctor Frankenstein juega a crear vida y lo que se encuentra no es la derrota de la muerte, sino la muerte en vida. Además de dar a luz a una criatura que jamás podrá tener un lugar en el mundo, también se condena al eterno sufrimiento por cometer el error de querer decidir sobre la vida y sobre la muerte. Y eso es algo que nunca, en la historia de la Humanidad, ha salido bien.

Por supuesto, la criatura, nada más ver sus primeras imágenes de lo que es la vida, no recibe más que hostilidad. Algo que podríamos fácilmente trasplantar a la existencia del propio ser humano. Y sueles dar aquello que recibes. De ahí, su caída en la furia y, sobre todo, en la rabia de no tener ni idea del motivo para el que fue creado. Al igual que cualquiera de nosotros. En su corazón, anida la crueldad porque es lo único que conoce y sólo la instrucción y el cariño es lo que le convierte en un ser capaz de emanar bondad a pesar de que sigue recibiendo los ataques indiscriminados de una humanidad torpe, decidida a destruir todo lo que crea y toca, que, prácticamente, se comporta como una fiera sin razón. Y eso, el monstruo, tampoco lo entiende hasta que llega al convencimiento de que el monstruo no es él.

El director Guillermo del Toro vuelve a sus obsesiones frecuentes para retratar, de nuevo, a una criatura que se mueve en la más absoluta de las marginalidades, algo que ya ha abordado en, prácticamente, toda su filmografía. Antes de pasar a las virtudes, sería bueno enumerar cuáles son los defectos de esta adaptación del clásico de Mary Shelley como, por ejemplo, el hecho de que la manera de abordar la historia no dista mucho de la imaginación de Stan Lee para retratar a un super-héroe. Incluso del Toro no duda en otorgar al monstruo de una fuerza sideral y de una invulnerabilidad que para sí quisiera Superman o Doc Savage. Por otro lado, también hay un abuso literal de efectos generados por ordenador. Seguramente, hay muy pocas escenas que no tenga planos provenientes del todopoderoso CGI y, en algunos momentos, da una impresión falsa de una historia cuya sensibilidad llega al sobrecogimiento. Del Toro también es lobo viejo en esto del cine y no deja de saltarse algunos rincones de lógica para que su poema a la vida y a la muerte llegue a buen término. Por otro lado, la excesiva truculencia de algunas escenas hace que uno se pregunte si el director es Guillermo del Toro o Robert Aldrich aunque me hallo en los terrenos de la certeza al creer que hay muchos que aplauden esta última decisión.

Entre las virtudes, que son muy grandes, y, sin duda la primera de todas, está en esa puesta en escena absolutamente espectacular con la colaboración en la dirección artística de Tamara Deverell. Es cierto que, a veces, llega a un barroquismo algo cargante, pero no cabe duda de que el envoltorio de la película es lujoso y extremadamente efectivo. Jacob Elordi crea una interpretación sensible y cercana para poner en pie al monstruo y Oscar Isaac, un actor excelente que es capaz de transmitir mucho sin acudir al histrionismo, aquí no sabe dar con el interruptor adecuado. Mia Goth aporta poco más que rostro aunque del Toro renuncie a su resurrección, quizá, pensando en que habrá una continuación con otros mimbres y mismos intérpretes.

El resultado final es bueno, aunque podría haber sido sobresaliente. La música está llena de aciertos, el vestuario resulta espectacular, aunque poco creíble en algún modelo, la grandeza está servida aunque sea a través de gráficos. Y la mayor virtud de todas es que del Toro sirve una historia que se conoce hasta la saciedad para ofrecer una nueva visión, demasiado cercana al cómic, eso sí, que se ajusta perfectamente a nuestros tiempos.

Y ahora, maldita creación, vive. Habla. Di mi nombre.

jueves, 19 de febrero de 2026

RUTA DE ESCAPE (2026), de Bart Layton

 

Tres personajes que, por distintas razones, están llegando al final. Uno quiere dejar la vida que lleva siempre y cuando alcance esa cifra dorada que le permita un retiro desahogado. Otra que espera un ascenso definitivo en una carrera que ha esculpido a base de pico y pala y que no ha tenido el reconocimiento necesario. El tercero ha llegado al divorcio, ha perdido algo de olfato en el trabajo, un defecto fundamental y empieza a verlo todo con la distancia del desengaño. Todo gira en torno a un ladrón de guante blanco que planea sus golpes al milímetro, caracterizados por la rapidez, por la ausencia de violencia y por no dejar ni una sola pista a sus perseguidores.

Con estos mimbres, cualquiera podría pensar que estamos ante una película de acción, persecuciones, tiros y un climax cada dos minutos, pero no es así. Basándose en una novela de Don Winslow, estamos ante una historia negra áspera, narrada desde el lado de la decepción, con unos intérpretes competentes, sin ahorrar en las correspondientes persecuciones o disparos, pero que traza, con suma paciencia, una telaraña de emociones dentro de un mundo que rechaza a los que no son héroes.

Bart Layton dirige con un pulso admirable, sazonando un poco de misterio, otro poco de enredo, un poquito más de reacción e, incluso, algo de emoción. Todo el conjunto está muy bien equilibrado, con unos trabajos muy apreciables por parte del trío protagonista, Chris Hemsworth, Halle Berry y Mark Ruffalo acompañados de un odioso y muy efectivo Barry Keoghan, de una estupenda Monica Barbaro y del venerable Nick Nolte. El resultado es una buena película que no llega a los límites de una obra maestra, pero que acaba por ser efectiva, notable y curiosamente bien cerrada. No es menos cierto que aquellos que esperan la típica ensalada de acción salen decepcionados y rezongando, pero aquí hay mucho más cine que eso.

Y es que todo funciona con más soltura cuando el trabajo es realizado por unos cuantos profesionales que saben lo que hacen, aunque sus recompensas sean exiguas y un tanto tendentes al deseo de cualquiera de querer y ser queridos. En estos tiempos que corren no es poco y parece que es un bien que se escurre entre las manos sin darnos ocasión a sentir nuestros cariños y nuestras inseguridades a buen recaudo. Todo gira en torno al dinero, desde luego, pero una renuncia de vez en cuando sana algunas heridas del alma y otorga la suficiente perspectiva como para que el camino correcto pueda ser el más torcido.

En ese rompecabezas del destino, los movimientos inesperados de terceros ocupan un lugar preminente dentro de las líneas marcadas. Habrá algún desvío que acabará por ser perdonado. Al fin y al cabo, la necesidad manda y el cambio de opinión es algo inherente en cualquier ser humano. Las rutas de escape cada vez son más estrechas y puede que algo de consuelo sea otorgado a través de técnicas de meditación o del yoga, que tenga usted un hermoso día después de sentirse a sí mismo y ser consciente de cuáles son las carencias de la personalidad propia. Eso, al menos, ayuda a seguir con el día a día. O puede que la ilusión que proporciona ser importante para alguien también sea una buena piedra de toque cuando parece que todos los caminos están cortados.

Guarden el botín y salgan rápido. Asegúrense de no dejar ni un minúsculo rastro. Eso les permitirá continuar con una apariencia y una existencia más o menos normal. Todos tenemos secretos. Algunos más grandes, otros más pequeños, pero esos secretos que nunca contamos son el mejor retrato de nuestra personalidad más oscura. En todo eso estamos de acuerdo. Ahora bien, estén a uno u otro lado, no dejen de lado su propia ética privada. Sólo así se podrá ser una persona que valga la pena en medio de un mundo que se esfuerza de veras en aplastarnos y soslayarnos. Tengan un hermoso día.

miércoles, 18 de febrero de 2026

OCEAN´S THIRTEEN (2007), de Steven Soderbergh

 

Cuando una banda organizada de profesionales del timo y el robo han realizado un golpe que ha pasado a la historia, es muy mala idea enemistarse con uno de ellos. Y más aún cuando, a consecuencia de ese robo burocrático, ha tenido un infarto en toda regla que, además, le ha dejado sin ganas de hablar. Danny Ocean vuelve a juntar a su grupo y el objetivo es claro: arruinar al enemigo. Para ello, se vuelve a poner en marcha un juego de ceros para que ese casino que está a punto de inaugurarse se venga abajo en la primera noche. Por supuesto, hay que combinar cerebro, picaresca, listeza, varios frentes, idas, venidas y algún que otro choque para dar veracidad al asunto. Y el toque final es invitar a Terry Benedict, principal damnificado de ese mítico golpe primario, para que también participe. Ni que decir tiene que Danny Ocean está de sobreaviso con este individuo y tiene plena conciencia de que Benedict tratará de buscar su propia jugada. Es un Mike Tyson. Un directo a la mandíbula. Es hacer justicia con un buen amigo que puso el dinero para que las fuentes de Las Vegas siempre estuvieran unidas al Claro de luna, de Debussy.

Nuevamente, hay clase a raudales. Incluso cuando hay que renunciar a ella. Y ese tal Willy Bank que se ha buscado que le quiten hasta sus diamantes de hostelería se va a quedar con tres palmos de narices en pleno desierto luminoso. Ahí están los once de Ocean para llevarlo a cabo. Invitarán a alguno más, en plan técnico, porque el tal Bank ha ideado un sistema de seguridad que parecen las mismísimas puertas de la residencia del diablo, pero no hay problema. Con decisión e imaginación, los once de Ocean saltarán todas las dificultades. Con su contorsionista, con sus mecánicos, con el informático, con el actor, con el croupier, con el jefe y con su segundo. Todos los elementos están ahí. La ganancia será la satisfacción.

Despedida de la saga Ocean que se rodó porque tanto George Clooney como el director Steven Soderbergh supieron desde el principio que Ocean´s twelve no estaba a la altura de lo que se esperaba y querían terminar con un golpe marca de la casa. Quizá no sea un atraco tan divertido y tan pensado como el primero, pero funciona bien porque, además de los once, salen Andy García y Al Pacino como los avariciosos propietarios de casinos y se añade a Ellen Barkin para cubrir el vacío femenino que, en esta ocasión, no pueden llenar ni Julia Roberts, ni Catherine Zeta Jones. Una pena, sí, porque hubiera estado bien verlas en acción y participando del juego, pero el resultado final es bueno, elegante, con sus disfraces, sus calmas de pajarita, sus justicias particulares (especialmente significativo es la compensación que Brad Pitt pone en marcha para el sufrido personaje de David Paymer) y con una dirección sobria y, sobre todo, ágil, se pasa un gran rato de cine entretenido, rodado con sobriedad y sentido y subiendo la apuesta aunque acierta en el manque y en el color. Yo, cuando quiero recordar todo el encanto que no tengo, siempre me pongo ésta a continuación de Ocean´s eleven, obviando la segunda, y me quedo francamente satisfecho. ¿Una manita al blackjack?

martes, 17 de febrero de 2026

PARQUE JURÁSICO (1993), de Steven Spielberg

 

Construir un parque de atracciones con el principal atractivo de unas criaturas que ya tuvieron su oportunidad en la vorágine de la evolución, no deja de tener cierto riesgo. Por supuesto, será algo que maraville a niños y mayores, que les dejará con la boca abierta mientras degustan su pizza en la cafetería del complejo, pero es bastante peligroso colocar a unos cuantos animales desarrollados genéticamente en un mundo donde el hombre ha hecho su irrupción y pretende ser la clase dominante. Sí, convengamos que eso es lo que ha hecho John Hammond y pretende, de alguna manera, jugar a ser Dios. Él decide qué es lo que revive y qué es lo que muere, cuántos machos y cuántas hembras de cada especie, cómo se puede hacer un recorrido atractivo por todo el parque para que se puedan ver esas criaturas depredadoras lo más cerca posible.

Eso es algo que siempre llama la atención de la naturaleza humana. Acercarse a las bestias lo más posible aunque se tenga plena conciencia de su brutal peligrosidad. Ha ocurrido en zoos, acuarios, animalarios al aire libre y laboratorios de toca-toca. Los animales no son racionales y, por lo tanto, si les ofreces la mano es bastante posible que ellos no vean una mano, sino un filete. Más aún si resulta que esos animales son insaciables, quieren devorar todo lo que se les ponga por delante, por muy niños o muy mayores que sean las personas que se aproximan temerariamente. Una cría de león es maravillosamente hermosa, pero cuidado, sigue guardando esos instintos de fiera salvaje.

No cabe duda de que Steven Spielberg estremeció al público cuando enseñó lo que se podía hacer con gráficos informáticos en un mundo cretácico. Después de la sorpresa inicial, llega la aventura y hay que decir que lo hace con resultados francamente buenos. Después de más de treinta años desde su estreno, es bastante plausible afirmar con cierta rotundidad que lo que hizo Steven Spielberg fue regalarnos un clásico.

Además, quizá con el insuperable referente de la novela de Michael Crichton, se podría decir que el diseño de personajes es creíble y apetecible, con especial mención a ese Ian Malcolm, matemático de altura, que es consciente de la locura que es ir en contra de la evolución para hacer revivir a aquellos animales que no pueden causar otra cosa más que la destrucción. Jeff Goldblum, además, asume el papel con acierto y resulta uno de los principales atractivos de la película. Por supuesto, hay que destacar a Sam Neill, a Laura Dern y a Richard Attenborough como el inefable multimillonario John Hammond, pero Goldblum está en ese escalón que, hace años, el público no dejaba de pedir. El héroe escéptico, algo cínico, dispuesto a ser valiente y, al mismo tiempo, enormemente cabal con respecto a sus opiniones sobre la evolución.

Compren la entrada. Acomódense en el coche-raíl y disfruten del viaje. A su derecha y a su izquierda, todo está repleto de criaturas que parecen sacadas de la imaginación más calenturienta de cualquier ser mítico. Revisen su estado físico. No cambien. Escuchen. Y, háganme caso, comiencen a correr si observan un charco de agua que tiembla ante lo que parecen ser unas pisadas. No miren atrás, por favor.

viernes, 13 de febrero de 2026

WEAPONS (2025), de Zach Gregger

 

Casi no tenemos tiempo de ambientarnos dentro de esta historia de brujas y hechizos. El niño que narra nos pone en situación y, directamente, pasamos al hecho central. Diecisiete niños han desaparecido. Son todos de la misma clase. Y sólo uno asiste al colegio al día siguiente. Todas las sospechas, como no puede ser menos en cualquier civilización supuestamente avanzada, se dirigen hacia la profesora. Una docente nueva, algo extraña, pero competente a primera vista. Y entonces comienza a construirse un mosaico que va desgranando los hechos, personaje a personaje.

Ésa es la gran virtud de esta película. Su estructura a través de los diferentes personajes que terminan su punto de vista cuando ocurre un hecho que se nos explica en el siguiente cuadro referido a otro personaje. Brillante. Sin embargo, hay diversos defectos que afectan a esta película, supuestamente de terror. El primero de ellos es que, como buen relato de terror del cine de los últimos veinte años, no respeta demasiado sus propias reglas en la resolución. Al fin y al cabo, esto no es más que un cuento de brujas y de un pueblecito, aparentemente paradisíaco, que ve turbada su paz porque unos niños desaparecen y comienzan a esparcirse comportamientos inexplicables entre varios miembros. Todo se supone que desaparece al final, cuando el peligro ha pasado, pero no, parece que lo que conviene sí que se esfuma y lo que no, pues ahí se queda, camaradas. Por otro lado, otro acierto es que, en ese testimonio no declarado de cada uno de los personajes que explican la historia, subyace una crítica a algunos comportamientos ocultos de respetables ciudadanos que, sin llegar a ser terribles, sí que son, al menos, reprochables. Eso hace que la película entre en un raro equilibrio de picoteo en la curiosidad del espectador y en la innecesaria truculencia de algunas de sus escenas.

Y es que la intención no es mala. Todo tiene un cierto atractivo que remite a El pueblo de los malditos, de Wolf Rilla, versionada años más tarde por John Carpenter, y la construcción del relato es ciertamente notable. Algún comportamiento que cambia por las buenas, sin hechizo de por medio, hace que tampoco sea convincente en algunos de sus pasajes, pero es evidente que la historia es original, está bien llevada, aunque haya algunos aspectos de crítico tiquismiquis que no consigan convencer al menos avispado de la clase.

En el momento de entrar en las sombras, tenemos que preguntarnos si eso es lo que realmente queremos. Es posible que eso conlleve la posibilidad de que no sintamos, ni padezcamos, y algunos pagarán el precio con gusto. Vender el alma al Diablo (en este caso, a la bruja) acaba por ser un precio asequible si con eso se elimina toda sensación, pero el dolor no se queda en el objeto de la brujería, sino en los que aún quedan con razón. Además de eso, todo se supone que se hace para aliviar una enfermedad y eso no se trasluce en ningún momento. Ni el cómo, ni el por qué. Sólo el qué. Y es curioso comprobar cómo la exigencia del espectador medio, que se preocupa, a veces, con exceso, de que las cosas estén cerradas y bien cerradas, pasa por alto estas trampas narrativas porque, de alguna manera, la película no tiene muchos sustos, pero sí que deja al alma agitada. Todos podemos ser asesinos en nuestra indolencia. En estos tiempos eso es algo que deberíamos tener muy aprendido.

Amy Madigan hace con los ojos cerrados lo que quiere con el papel de la bruja en cuestión, que también es tía del niño que no desaparece. A Josh Brolin no se le ve cómodo como ese padre angustiado, incapaz de concentrarse en el trabajo porque el hecho de la desaparición de su hijo secuestra todo su razonamiento. Sí, hay imágenes buenas, chocantes y hermanadas con la inquietud, y, desde luego, la película mantiene un fútil interés durante todo el metraje porque quieres saber qué es lo que pasa y luego llegas a una solución escueta y bastante poco convincente, aunque, digamos, el morbo tapa cualquier otro defecto. Bien, ahora que ya han leído este artículo sin gracia, déjenme hacer un pequeño conjuro con un mechón de su pelo…