Darcy lleva un
matrimonio feliz. Tienen una bonita casa, su hija es maravillosa y el marido,
Bob, es atento y considerado con ella. Se puede decir que la vida es plena para
la familia. Darcy se da cuenta de que un extraño anda merodeando. Parece un
tipo siniestro, con cara de enfermizo, que sólo vigila. No hace nada más. En
realidad, no está cometiendo ningún delito. Sólo espera dentro de su coche en
la calle y eso es todo. Sin embargo, no deja de ser inquietante. Darcy se pone nerviosa.
No obstante, tal menudencia no es nada comparada con la que se le viene encima.
Darcy descubre que su marido no es quien aparenta ser. En realidad, es un
psicópata asesino que mata a sangre fría y que se le revela como un monstruo.
Eso dinamita toda la paz familiar que uno hubiera podido soñar. Él sigue siendo
atento y amable con ella, pero el trauma está ahí. Haciendo de tripas, corazón,
ella le propone un trato. Deja de asesinar y aquí es como si no hubiera pasado
nada. ¿De acuerdo? De acuerdo. ¿Eso es todo? No, ni mucho menos.
Basada en un relato de
Stephen King, la película contiene una interpretación meritoria de la siempre
eficaz Joan Allen, pero se resiente de asignar el papel del marido a un actor
tan poco carismático para la ocasión como Anthony LaPaglia. Si se hubiera
optado por un intérprete de más peso, capaz de sugerir, de mostrar esa
amabilidad, que no es falsa, pero esconder a un verdadero monstruo tras esa
capa de aparente normalidad, la película hubiera ganado muchos enteros. Aún así,
funciona en algunos pasajes, porque lo que he contado es sólo el principio.
Pasan muchas cosas después. King vuelve a visitar el universo familiar y el
impacto que tiene sobre la unidad doméstica un descubrimiento que haría volar
por los aires cualquier atisbo de felicidad. El papel de Joan Allen es, a
ratos, soberbio, porque muestra en todo momento una fragilidad que llega a
resultar incomprensible aunque, al final, todas las piezas encajen en una
resolución que se antoja sombría y estupenda. No está mal la película, no.
Así que escruten con cautela al que se sienta a su lado en esas noches de sofá y película. Traten de asomarse al lado más oscuro de su personalidad. En la mayoría de las ocasiones, sólo es un compendio de secretos sin importancia que pueden molestar más o menos en la medida en la que no les han hecho partícipes, pero, de vez en cuando, salta la sorpresa y resulta que hay un abismo insondable de crueldad en el interior que clama por salir de vez en cuando. A algunos se les manifiesta en la búsqueda exterior de alguien que escuche sus penas, a otros por ser compradores compulsivos, a otros por apuntarse a algún tipo de club que hace que sus inquietudes intelectuales y morales tengan una vía de escape. A los menos, les da por abrir a sus víctimas en canal, pero no se preocupen. Eso no pasa a menudo. Tal vez puedan pasarlo por alto apelando al extremo cariño que se pone en el equilibrio familiar y vital.






