Vale.
Dos hermanos que han estado mezclados en negocios sucios vuelven a su ciudad
natal para intentar olvidar el pasado que, probablemente, ha estado repleto de
muertos y de giros violentos. Vale. Tratan de abrir un club en un granero. La
idea es buena en ese estado del Sur, con la música negra como protagonista y
rodeados de amigos que les han visto crecer y han compartido unas cuantas
correrías de olor a campo y ganado suelto. Vale. Por supuesto, también hay
algún reencuentro con antiguos amores blancos, algunas lujurias negras y un
tipo que toca la guitarra como si hubiera hecho un pacto con el diablo. No, no
se llama Robert Johnson. Vale.
A partir de aquí, en un
supuesto giro de guion, se sacan los colmillos y se empieza a chupar sangre. Si
dejas que esos malditos blancos se acerquen, te harán unas preciosas marcas en
el cuello y serás prisionero de la noche hasta que ellos quieran. Eso sí, esos
vampiros blancos y todos los reclutas que irán jurando sangre a su paso,
quieren acabar con el local que han puesto los hermanos de raya diplomática. Y
si es con todos los negros que se resisten dentro, mejor. Vale.
Diversos reparos se
pueden poner a esta película teniendo en cuenta que lleva un envoltorio lujoso
alrededor. La fotografía es excelente y la música, por supuesto, es lo mejor de
largo. Sin embargo, en muy discutibles decisiones de dirección podemos apuntar
los cambios de formato de pantalla a la buena de Satán. A ratos es panorámico,
a ratos, no…se supone que el director Ryan Coogler quiere enfatizar algo y
darle mayor énfasis a lo hermoso de este mundo, mientras que lo infernal se
mueve en los márgenes estrechos de un objetivo pequeño. Vale. Por otro lado,
Coogler se las da de novedoso y, lo que es aún peor y que resulta lo peor que
le puede pasar a un director de cine, de autor. No duda en poner ese plano
circular, supuestamente vanguardista, que resulta un homenaje atemporal a la
música negra con manifestaciones artísticas que van del jazz al rock e intenta
que sean los fantasmas del pasado y del futuro que se dan cita en el local
donde la sangre se va a pegar a los colmillos cual hoja de lechuga seca a los
incisivos.
Aún hay más. Coogler
apuesta por una inevitable mezcla de géneros sin saber que tienes que ser muy,
muy bueno para que eso funcione. ¿Es Los
pecadores un drama? No, aunque quizá sus mejores momentos se hallen en ese
terreno. ¿Es Los pecadores un
musical? No, aunque su banda sonora sea, posiblemente, lo mejor de la película.
¿Es Los pecadores una película de
cine negro? No, porque está claro que las posibles implicaciones turbias
terrenales le importan tanto como el cambio de objetivo a capricho. ¿Es Los pecadores una película de terror?
No, o al menos, yo no he pasado ni un poquito de miedo. Puede ser muy grindhouse y puede ser genial la
metáfora que propone, aunque también sea más evidente que un fuera de juego de
la defensa adelantada de Flick, pero miedo, lo que se dice miedo, no da. ¿Qué
es Los pecadores? Pues no lo sé. Lo
es todo, no es nada, levanta pasiones allí donde va y yo sigo preguntándome por
qué. Puede que esa mezcla de géneros no busque la originalidad (por cierto, lo
de mezclar pasado, presente y futuro en medio de una fiesta ya lo hizo Alan
Rudolph en Los modernos) sino que, en
realidad, sea una película complaciente que trate de contentar a todos. Bien
por ella, entonces. Mal para los que somos algo picajosos y nos gusta que nos
cuenten algo.
Así que ya saben, si quieren empezar de cero, lo mejor que pueden hacer es abarrotar la puerta de ajos, poner espejos allá por donde pisen y preparar unas cuantas estaquitas puntiagudas de madera para que no falte la ración gore del asunto. No se olviden de un poquito de incoherencia y de deslizar un mensaje que se suba al carro de la moda del pensamiento impuesto por el artículo treinta y tres del código infernal. Seguro que tienen el éxito asegurado.






