jueves, 22 de octubre de 2026

LA INVITACIÓN (2026), de Olivia Wilde

 

Tomando como base aquella Sentimental, de Cesc Gay en la que lo mejor, de largo, fue la interpretación de Javier Cámara componiendo un personaje con una mordacidad verbal tan hiriente que llegaba hasta las últimas consecuencias, Olivia Wilde ha dirigido una versión americana con Seth Rogen asumiendo el papel. En esta ocasión, esa bestialidad interpretativa se ve reemplazada por una decepción vital que hace que la historia pierda muchos enteros, aunque conserve y potencie algunas virtudes que resultan bastante interesantes.

Aquí, Wilde estira algunos extremos del guion llevándolo aún más lejos, aunque guarde varios errores de cierto bulto como es la interpretación de la propia Wilde que hace que su personaje sea presa de la inseguridad más irritante porque no hay ni un solo plano que se dedique a sí misma que no quiera decir algo, cayendo en un histrionismo que hace que, lejos de empatizar con su frustración, consiga ser algo más que cargante. En el otro lado del cuadrilátero, Penélope Cruz y Edward Norton consiguen crear sus propios personajes y, en contra de lo que se pudiera esperar, Norton es el que mejor lo hace, aunque su papel sea el que menos cancha posea para ello. La española no lo hace mal, aguanta bien en algunos extremos, pero esa mujer que es psicoterapeuta y que en la versión de Gay realiza toda una sesión a la pareja contraria haciéndoles llegar a la conclusión de que ya no se quieren de un modo que resulta estúpida y políticamente correcta, está muy simplificada, perdiendo parte de su posibilidad de lucimiento. El resultado, como no podía ser menos, es otra versión eminentemente teatral que se centra en los interminables diálogos sobre la convivencia, el sexo utilizado como elemento liberador y, por supuesto, en la confrontación que evidencia la dominación de la pareja de visitantes sobre los anfitriones.

Algunas de las decisiones en la planificación de Wilde resultan discutibles, colocando elementos de interferencia en los intercambios continuos de pareceres, pero, si exceptuamos su propia interpretación, es notable su dirección en el apartado actoral. Los personajes hablan y hablan sólo para llegar a la conclusión de que, cuando una pareja está tan rota que sólo cabe compartir un buen jamón, la única salida posible, plausible y aceptable está en recordar todos aquellos momentos que hicieron que la relación pareciera irrompible, eterna y aparentemente estable. Una melodía, un lugar de vacaciones, una situación divertida, una sensación de protección…todo eso forja el camino aunque todos los que hayamos vivido en pareja no alcancemos a recordar esos instantes en los que queda impresa el auténtico sentimiento del amor. El ofrecimiento del jamón es sólo una novedad que, cuando va en contra de los propios gustos, y por mucho que sea atractivo, puede impactar, generar una falsa complicidad, pero que, en las personas aparentemente normales, será algo que nunca se puede compartir, porque el jamón de verdad está en casa si no nos hemos equivocado. Y eso no podrá disfrazarse con cualquier invitación impostada, temporal y demoledoramente fugaz.

Resulta enternecedor que Olivia Wilde decida dedicar la película a Diane Keaton, símbolo máximo de la inseguridad independiente femenina. Y posiblemente lo haga para engrandecer su propio personaje, incertidumbre con piernas, gesticulante hasta la exasperación y deseosa de dar aquella impresión de improvisación que era marca de fábrica de la inigualable actriz. Ella no se le acerca. Ni siquiera en ese vano intento de vestuario supuestamente inapropiado y, a la vez, elegante. Las frases se suceden, pero al carecer del personaje mortalmente mordaz que caracterizó Javier Cámara con inigualable maestría, toda la trama pierde fuerza, resulta aprobada, pero justita. Se asiste a una obra de teatro con cuatro intérpretes experimentados que, a poco que hagan, tendrán algunos puntos de interés, pero el jamón nunca será ibérico. Se queda en prosciutto. Hay risas en algún momento. Eso significa que, los menos avezados, lo aceptan sin problemas ¿no?

miércoles, 21 de octubre de 2026

EL CUARTO PROTOCOLO (1987), de John McKenzie

 

Aprovechar el inmenso poder para realizar tu propia acción agresiva sin permiso de la oficialidad. Ahí se resume la esencia en la que se tienen que mover los servicios secretos sin violar el último protocolo de control de armas nucleares. El plan es fácil. Se envía a un agente con un dominio total de la lengua inglesa, se le coloca cerca de una base aérea de la OTAN y se fabrica allí mismo una bomba nuclear con las piezas llevadas por partes. Es tan sencillo que asusta. La OTAN no tendrá más remedio que contestar, puede que el gobierno soviético caiga y así la confrontación será inevitable. Un plan perfecto con muy poco esfuerzo.

No obstante, hay algunas personas que se están dando cuenta de que una operación muy oscura se está cociendo en los pasillos inaccesibles del poder en la sombra. Por parte soviética, un alto funcionario del espionaje ruso ve movimientos raros, con la captación de agentes que estaban siendo preparados para otras misiones más adecuadas para la paz o por el extraño envío de correos durmientes con las distintas piezas, impensablemente pequeñas, para fabricar la consabida bomba. En el lado inglés, un tipo inteligente que ha sido defenestrado a la vigilancia de puertos y aeropuertos sospecha ladinamente de la muerte extraña de un marinero. Dos y dos son cuatro, por mucho que sus superiores quieran que dé tres.

Basada en la novela de Frederick Forsyth, hay que reconocer que El cuarto protocolo es una buena película de espionaje. Y resulta aún más convincente en toda la parte interpretada por Michael Caine. Ese John Preston que es capaz de destapar la filtración de información de un ingenuo funcionario que cree que Sudáfrica es un régimen que hay que defender y que, más tarde, es trasladado y ve indicios de una conspiración peligrosísima para desencadenar la Tercera Guerra Mundial, es un personaje que se mueve por los cánones de la lógica, a menudo obviada por superiores que están más pendientes de su futuro profesional o de la conveniencia de valorar posibles objetivos para que encajen con los del gobierno de turno, es un hombre que valora su escasa felicidad personal y que se mueve con una gran profesionalidad en los abismos del contraespionaje. En el lado opuesto, es necesario nombrar a Pierce Brosnan, convincente como el agente ruso encargado de la construcción de la bomba, frío y sin motivos personales salvo su propia satisfacción. Notable interpretación antes de dar el salto a la serie Bond. Además, habría que nombrar las muy ajustadas interpretaciones de Ray McAnally como el General Karpov y de Ian Richardson, excelente como Nigel Irvine, cargos homólogos en sus respectivos bandos, que juegan con las piezas humanas como si fueran figuras de ajedrez en un interminable partido de tira y afloja que, por otro lado, se antoja como necesario para el equilibrio mundial.

Así que estén atentos a los pequeños detalles y, por supuesto, hagan una planificación correcta y minuciosa de lo que piensan hacer. A veces, esa es la diferencia entre la vida y la muerte. No vayamos a saltarnos de golpe todos los protocolos que nos mantienen vivos.

martes, 20 de octubre de 2026

CAZADOR DE FORAJIDOS (1957), de Anthony Mann

 

La tentación del revólver puede convertir a los hombres buenos en asesinos despiadados. No hay nada como un maestro para ayudar a leer la verdad interior de uno mismo para que ese uso de las armas, siempre hábil y certero, sea también, justo. Y eso es lo más difícil en una tierra sin ley, en la que unos y otros se acostumbran a tomarse la justicia por su mano y a vaciar el tambor a la primera de cambio. En un pueblo perdido de algún lugar, hay un sheriff muy joven, un inexperto al que han puesto ahí, con toda seguridad, para poder hacer lo que les venga en gana a los retorcidos de turno. Ese chico no sabe disparar y, lo que es aún peor, no sabe cuándo. Tiene buenas intenciones, quiere hacerlo bien, desea con fuerza que se le respete, pero sabe que no es así. Siempre existirán esas miradas burlonas si se sienta en alguna silla del paseo principal del pueblo, o algún comentario dicho en voz baja en la taberna, o, incluso, por allí puede pasar un forajido que se ría en su cara porque el chaval no sabe, aunque puede.

Hasta allí se acerca un pistolero resabiado que también ha sido sheriff y que ha cambiado esa profesión por otra mucho más lucrativa. Se dedica a cazar forajidos a los que se les ha puesto precio a su cabeza. Sin embargo, este individuo es diferente. Su mirada siempre es tranquila y su mano es relampagueante cuando tiene que empuñar un arma. Recala en el pueblo y se da cuenta enseguida de qué es lo que hay en ese villorrio al que parece que ha ido a parar su próxima presa. El chico le pide ayuda, no para cazar a nadie, sino para aprender. Él rehúsa…pero sólo aparentemente. Intentará dirigir al joven sheriff para que él mismo descubra sus debilidades y fortalezas, para que se le quede bien grabado cuándo tiene que utilizar el arma que le cuelga del cincho y cuándo no, y para que esté bien seguro de que puede ser un agente de la ley que entre en la leyenda.

Anthony Mann dirige esta película del Oeste con Henry Fonda y Anthony Perkins en los principales papeles y, a pesar de que en esta ocasión opta por el blanco y negro, sigue con las constantes de su cine en el género. Hombres con pasado que no quieren volver a revivirlo, paisajes abruptos aunque, en esta ocasión, más comedidos, probablemente, por la limitación del propio blanco y negro, intenciones sugeridas y desveladas por la propia actitud de los protagonistas…El viaje iniciático que emprende el personaje de Anthony Perkins en la piel de ese sheriff barbilampiño acaba por ser apasionante con su reflejo en la mirada serena e imperturbable de Henry Fonda y, nuevamente, Mann nos regala una estupenda película, aunque, eso sí, algo por debajo de sus míticas cinco películas del género con el gran James Stewart.

Piensen hasta tres antes de desenfundar. No todo el mundo merece el esfuerzo que requiere una bala. Los días caerán y los elementos que enturbian la paz acabarán yéndose…por las buenas o por las malas.

viernes, 16 de octubre de 2026

EVA MARIE SAINT: LA DISTINCIÓN ES MUJER

 

Eva Marie Saint reunía todas las cualidades necesarias para ser una estrella, pero ella prefirió ser una actriz. Apasionada de su profesión, estudió en el Actor´s Studio a las órdenes de Elia Kazan. Allí aprendió la técnica, pero, siempre sabia y muy consciente de cuál era el lugar que quería desempeñar, la modeló a sus propias cualidades. Sabía que era demasiado menuda y, sin embargo, encarnó a mujeres de indudable carácter y siempre con un toque de clase, aunque su papel fuera el de un personaje humilde.

Antes de dar el salto el cine, intervino en múltiples episodios de series de televisión, un medio que nunca abandonó. Por eso, Elia Kazan no estaba muy convencido de darle el papel de Edie Doyle en La ley del silencio y, en un principio, pensaba dárselo a Elizabeth Montgomery. No obstante, Kazan decidió hacerle una prueba y se dio cuenta de que ella, a pesar de la inocencia atrevida que desprende su personaje, aportaba rasgos adultos muy interesantes al personaje, algo que no ocurría con Montgomery. Actuó al lado de Marlon Brando, que ella mismo se encargó de remarcar que, posiblemente, era el mejor actor con el que había trabajado y, ya en su primera película, ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria.

Continuó haciendo apariciones en las más variopintas producciones televisivas durante dos años más, algo muy poco frecuente en una ganadora del Oscar, hasta que se le presentó la oportunidad de demostrar su versatilidad en una comedia al lado de Bob Hope en Esa extraña sensación, de Melvin Frank y Norman Panama, un divertido enredo de equívocos que enseñó su sentido del humor, muy alejado del papel que había desempeñado para Kazan.

De ahí pasa al drama más trágico de la mano de otro director de primera línea como Fred Zinnemann en Un sombrero lleno de lluvia, al lado de Don Murray y Anthony Franciosa. Saint cosecha una excelente retahíla de buenas críticas por este melodrama de drogas y amores con traumas incluidos. A continuación, se incorpora al reparto de El árbol de la vida, de Edward Dmytrik, una película llena de dificultades motivadas por el terrible accidente que sufrió Montgomery Clift que le desfiguró la cara y que obligó al director a emplear dobles y  a enfocar al propio Clift recuperado del accidente desde lejos después de una larga suspensión. La película fue un intento de recuperar el espíritu de Lo que el viento se llevó, que acabó muy lastrado por una trama pesada, apasionada e intermitente.

Esta actriz, pura distinción, fue la mejor oponente para Cary Grant en la extraordinaria Con la muerte en los talones, del maestro Alfred Hitchcock. En ella, Saint presume de elegancia, de atractivo, de madurez, de la composición tranquila de un personaje que siempre se mueve en el filo de las simpatías. En la película, conquistó a Grant. En los cines, todo el público se enamoró de ella. La propia Saint declaró que trabajar con Hitchcock fue una de las cosas más grandes que le habían ocurrido nunca.

Ese toque de estilo inimitable que supo darle a su personaje le proporcionó la oportunidad de emparejarse con Paul Newman en Éxodo, de Otto Preminger, encarnando a una mujer profundamente preocupada por el entorno de violencia y por ejercer de madre en un país que estaba despertando desde la sangre de lo que nunca debió ocurrir. La química con Newman fue evidente, al igual que la tuvo con Brando, confirmando la suposición de que Eva Marie Saint podía ser la actriz más adecuada para cualquiera de los actores del Método.

Como no podía ser menos, también estuvo al lado de otro de los grandes galanes como Warren Beatty en Su propio infierno, de John Frankenheimer, un drama sobre gigolós, mujeres que desean ser amadas y rechazos colectivos. También fue llamada de urgencia para sustituir a la inicialmente prevista Patricia Neal en la interesante 36 horas con James Garner preso de un ataque de amnesia en un aparente hospital aliado en la Segunda Guerra Mundial. La película parte de un relato de Roald Dahl convenientemente adaptado y, aunque está bien dirigida, bien realizada y mejor interpretada, es una historia que se resiente de un montaje algo errático.

Encarna a la tercera pata del banco de Castillos en la arena, de Vincente Minnelli, dando la réplica a dos torbellinos como Richard Burton y Elizabeth Taylor en una historia sobre amores prohibidos y estilos de vida contrapuestos. Un melodrama que cosechó un rotundo fracaso, pero que también puso en evidencia que Eva Marie Saint no tenía ningún reparo en aceptar papeles algo más secundarios sin miedo. A ella lo que le importaba realmente era la calidad de lo que hacía.

Llegó el momento de intervenir en la comedia más alocada de finales de los años sesenta como fue ¡Que vienen los rusos!, de Norman Jewison, sobre la supuesta invasión de territorio norteamericano por parte de la tripulación de un submarino ruso que, realmente, sólo quiere ayuda para la reparación de su nave. Algo trasnochada por el tiempo, la película tuvo un impacto enorme, mereciendo varias nominaciones al Oscar por su descaro e histerismo. Un éxito que hizo que se viera a la actriz con los ojos de madre o de mujer madura que no abandonaba su elegancia ni siquiera ante una invasión del enemigo.

Forma parte del enorme rompecabezas que rodea al círculo de la Fórmula Uno en esa estupenda película que es Grand Prix, otra vez con Frankenheimer. Su romance con Yves Montand resulta creíble en la piel de una mujer que parece herida y que sólo está dispuesta a aguantar una carrera más para entrar en su propio destino. Una interpretación en tono menor que, sin embargo, aporta mucho estilo a una película sobre cuatro ruedas.

Ese mismo año de 1968, interviene en una estupenda película como es La noche de los gigantes, de Robert Mulligan, junto a Gregory Peck. Su interpretación de una mujer que ha sido raptada por los indios y que ha tenido un hijo con uno de sus jefes más salvajes resulta impresionante por el tremendo comedimiento con el que aborda el papel. Poseedora de silencios, ella sólo busca proteger a su hijo de ese indio que decide ir a por todas con tal de llevárselo y lo hace desde su propio desvalimiento dentro de un mundo que ya no entiende y que, sin duda, acabará por rechazarla. Una joya de película y de interpretación.

Dos años más tarde, se empareja con George Segal para trabajar en una comedia romántica sin demasiadas pretensiones como es Loving, de Irvin Kershner, sobre un artista que quiere revitalizar su carrera justo en el momento en el que todo parece que se derrumba a su alrededor. Una película estimable, pero Eva Marie Saint empieza a sentir que ya es hora ir abandonando al cine.

Con Fuera de emisión, de Pau Bogart y al lado de Bob Hope recibe el rechazo del público y de la crítica a través de una comedia de intriga que no llegó a ningún lado. Decidió retirarse a partir de este momento a la televisión, interviniendo en multitud de telefilmes y de episodios sueltos de series de todo tipo, clase y condición, regresando puntualmente catorce años después para una comedia sin mayor trascendencia de Tom Hanks titulada Nada en común, en una de esas apariciones venerables de antiguas leyendas que, de vez en cuando, aparecen por la cartelera. Después, otro parón de catorce años para hacer otra aparición en Soñé con África, a mayor gloria de Kim Basinger, o una comedia con perro con Jeff Daniels titulada con ñoñería sobrada Mi mejor amigo; o aportando arrugas de sabiduría en una película dirigida por Wim Wenders titulada Llamando a las puertas del cielo, con el matrimonio formado por Jessica Lange y Sam Shepard; o sorprendentemente encarnando a la madre terrestre de Clark Kent en Superman Returns.

De esta época data esa anécdota que contó ella misma en la que, ya dueña de unos cuantos años de edad, tuvo que pasar una de sus revisiones anuales y el médico le preguntó: “¿Cuándo te vas a retirar?”y ella respondió: “Nunca. Es que me gusta lo que hago”. Eva Marie Saint dejó un rastro de distinción que nadie ha podido igualar. Se nos ha ido el traje de gala más elegante que el cine nunca se puso, aunque ella ya andaba retirada desde 2019. Nos queda siempre esa sensación que ella sabía transmitir de que podíamos oler el rastro de un suave y discreto perfume cuando aparecía en la escena.

jueves, 15 de octubre de 2026

EL PRECIO DE LA RED (2026), de Aaron Sorkin

Básicamente, el problema es el siguiente. ¿Cuáles son los mensajes más leídos en las redes sociales? Los que polarizan. Así que si se construye un algoritmo en el que se carga de valor cualquier mensaje al que se da un “like” o, mejor aún, se comparte contenido, entonces saltan recomendaciones que redirigen la navegación hacia grupos de ultraderecha radical. De esa forma, se fabrica el pensamiento colectivo y, lo que es peor aún, se invita al comportamiento deleznable que convierte la convivencia en pura basura. Por otro lado, esas mismas redes sociales nacieron para que personas que no se conocen de nada conecten y compartan gustos, aficiones, ideas y proclamas. Fácil ¿no? Si no se verifica el contenido, todo vale.

Si, por otro lado más, los que dirigen y trabajan en las multinacionales de la red social son cuasi autistas que no tienen ni la más mínima capacidad empática y sólo piensan en la maximización del negocio, entonces ya estaría el cuadro completo. De vez en cuando, eso sí, hay algún garbanzo negro que trata de poner en conocimiento de la gente cómo se juega con la personalidad de millones de usuarios que, paulatinamente, van radicalizando su forma de pensar y, además, hay algún periodista dispuesto a contarlo, es que la esperanza no está perdida y alguna forma de decencia también se esconde en algún lugar ignoto de esa selva que es cualquier red social.

Por el camino, desde luego, hay un buen puñado de términos que no se acaban de dominar porque al consumidor final, que es el usuario, le da exactamente igual cómo funcionan los dichosos algoritmos. Es todo demasiado complicada para que un mundo dominado por las pantallas, por lo que dicen, por lo que piensan, por lo que cuelgan y por lo que muestran, se paren a pensar por un minuto cómo la manipulación también habita en el bolsillo donde se guarda el móvil o en el maldito ordenador que extiende sus cadenas y obligar a estar cuantas más horas mejor tratando de buscar algo que nos haga creer que no estamos solos, que también tenemos algo que decir aunque, desde luego, esas cosas que escribimos estén más cerca del fascismo que de otra cosa. La vida reducida a una máquina que nos dirige, nos redirige y nos aplasta sometiéndonos a una esclavitud que, casi siempre, acaba por ser algo bastante peligroso.

Con estos mimbres, el director y guionista Aaron Sorkin fabrica lo que podría ser una continuación lejana de aquella La red social, de David Fincher, que Sorkin también escribió en su momento. La figura de Mark Zuckerberg y su absoluta falta de comprensión de un mundo que no le interesa y que sólo ve como una factoría de dinero domina todo el entramado. Para ello, Sorkin realiza una película que es menos irregular que su predecesora, centrada en la delatora Mickey Madison, eficaz, y en un convincente Jeremy Allen White como el periodista ganador del Premio Pulitzer por escribir y publicar las miserias de la red. El resultado es una película curiosa, muy bien llevada, sin bajos, pero tampoco altos y con la certeza de que vivimos una generación de personas manipuladas y de cerebro más lavado que las sábanas de un fantasma ancestral.

Piénsenlo dos veces. Ese “like”, ese deseo de compartir algo que llega, esa furia desatada que se desahoga en la red social, pero que no estalla en nuestro ámbito particular, puede ser un arma letal a favor de actitudes que son absolutamente reprochables. Curiosamente, los malditos inventores que han llevado su síndrome de Asperger hasta las últimas consecuencias, son los nuevos dictadores. Aquellos que siempre están en la sombra y que ejercen su poder desde su pedestal inalcanzable de magnates sin alma, ni corazón. No lo tienen. Nunca lo tendrán. Sólo somos piezas de un juego que inventaron que terminó por acabar con nuestra privacidad, con nuestra independencia mientras no dejaban de articular trampas para atrapar nuestra débil personalidad, que se siente muy sola si no hay nadie que secunde o les invite a compartir el insulto, la propaganda, el grito y el extremismo. El puñetero algoritmo se encargará de trazar el siguiente paso. 

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

LOS CRÍMENES DE LA ACADEMIA (2022), de Scott Cooper

Falta un corazón. Tal vez sea el delator, aunque eso vendrá muchos años después. En la Academia Militar de West Point se ha encontrado a un cadete de segundo año ahorcado. Podría pensarse que es un suicidio, pero un pequeño detalle indica que no es así. Le falta el corazón. A medias para evitar el escándalo y para hallar al culpable del asesinato, la dirección de la Academia recluta a un detective privado, Augustus Landor. Tiene cierta fama de resolver bien los casos, aunque ya está prácticamente retirado. Él se encargará de buscar entre medias de todos esos muchachos bien uniformados y sujetos con cordón de plata a un código de silencio que sólo quebrantarán con la muerte.

Landor comienza su investigación y, sin duda, encuentra pistas que hacen que el rompecabezas sea aún más difícil de resolver. Traba conocimiento en la taberna con un joven cadete. Es culto, es poeta, es tremendamente observador y, desde luego, parece honesto. Se llama Edgar Allan Poe.

Los mimbres del misterio están bien sujetos. Los crímenes se suceden y Landor se va sumergiendo en certezas que, de alguna manera, ya sabía de antemano. Más cadetes muertos, elementos de brujería, la presión de los rectores académicos…todo se confabula alrededor de un detective que ha perdido lo que más quería y al que su mansedumbre acaba por ser una excelente cortina para no atisbar la verdadera naturaleza de sus sentimientos.

Notable película de Scott Cooper, que ya dio muestras de su buen hacer en la seca y estupenda Hostiles, al lado de su admirado amigo Christian Bale. En esta ocasión, Cooper pone el acento en la ambientación, absolutamente certera, en esa Academia de West Point, lugar mítico de formación de oficiales del ejército. Cooper va añadiendo capas de austeridad en su puesta en escena a la vez que no deja de visitar sus obsesiones por el dolor que nunca acaba. Es una época difícil y la vida es tan frágil que se necesita al mejor narrador de historias extraordinarias para llevarla adelante. Muy comedido Christian Bale, algo que ya viene siendo habitual en sus trabajos para Cooper y, desde luego, mención especial merece Harry Melling que, con su rostro descaradamente asimétrico hace realidad al auténtico Edgar Allan Poe, con su mirada inteligente, su hábil vocabulario y su tendencia a la autodestrucción. El resultado es una película que merece la pena, porque los misterios, ya se saben, encierran enigmas dentro de acertijos y esta vez no va a ser menos.

Laven las pruebas, realicen los ritos, arranquen los corazones, conozcan la infelicidad, ésa que puede durar toda una vida, de cerca. El detective Augustus Landor les guiará a través de sus susurros de inteligencia por una serie de pistas que irá recogiendo y descifrando ese maldito cadete que merece más procesos disciplinarios que cualquier otro. El mal suele habitar en el interior. Nunca es diáfano, ni se le considera. El miedo a la pérdida es lo que subyace detrás de todo el misterio. Y quizá una despedida sea la mejor muestra de cariño a quien se va sin acabar una frase que podría haber quedado para la historia. O, mejor aún, resérvenla para sus futuros libros.

martes, 13 de octubre de 2026

SANGRE FÁCIL (1984), de Joel Coen

 

La sangre corre fácilmente cuando el amor se convierte en odio. En algún pueblo perdido de Tejas, un matrimonio ha llegado ya al límite y comienza la aversión. Él no puede evitar maltratar a su mujer. Ella le tiene miedo y asume mansamente su condición de víctima, a la vez que tiene un amante que, por aquello de que casi es el único negocio más o menos grande del pueblo, también es empleado del marido. Ya está montado el triángulo isósceles de tantas y tantas pasiones que acaban mal. En este caso, va a ser peor. El marido contrata a un oscuro detective privado para que acabe con su esposa. Ella empieza a fantasear con la idea de matar a su marido. El amante aparece en el momento menos adecuado en la escena del crimen. El cadáver se niega a morirse. La sangre es fácil, la muerte, no.

Narrada con un ritmo parsimonioso y casi sin énfasis, los hermanos Coen consiguieron una película negra que parece rascar un poco más allá de la suciedad inherente a cualquier pasión envenenada. Sus planos son largos y los intérpretes, sin duda siguiendo las indicaciones de los dilectos hermanos, estiran sus reacciones hasta asimilar sobradamente todo lo que les está pasando. La muerte no es fácil de normalizar y menos aún en ese rincón apartado en el que se planean tantos asesinatos y tan concentrados. El dinero anda por medio, sí, pero no es el móvil fundamental. El resto es pasión, porque el amante se la juega y tiene mucha suerte. El marido se la juega y, desde luego, pierde. El detective se la juega y el dolor se instala definitivamente debajo de su sombrero tejano. La esposa mantiene toda la calma que puede porque sabe que sólo así podrá salir del lío tremendo en el que se ha metido sin proponérselo. El resultado es una película espléndida, de velocidad atípica, con estallidos de violencia, con el error como enseña, con el asesinato como fondo.

Y es que la coincidencia de ideas suele ser bastante común cuando hay tal desencuentro que sólo queda el dolor de las palizas. Enterrar a un hombre no es nada fácil, sobre todo si te está mirando a los ojos. Y, por encima de cualquier otra cosa, no se olviden nada en la escena del crimen. Creerán que son los más listos de la fiesta cuando, en realidad, el destino saldrá como una serpiente a buscarles. Es el problema de planear un asesinato calculado para que no haya coartadas. Es el problema de planear un asesinato calculado por razón de dinero y con el engaño entre medias. Es el problema de limpiar el lugar de un asesinato calculado porque te pueden encontrar con sorpresas desagradables. Es el problema de reaccionar con la suficiente sangre fría para que el asesinato se convierta en un acto de defensa propia. Demasiados problemas para un detective, un camarero, un empresario al que deberían cortar el gaznate y una mujer valiente y decidida. El ganador será una incógnita. Puede que no haya ninguno. Ustedes deciden.