El mito del eterno
retorno que encarna Ulises es algo más que eso. Es el sueño de volver con un
deber cumplido y con la obligación de traer a todos los hombres que estuvieron
bajo su mando a las puertas de Troya. Muchos se quedaron allí y el mar, siempre
atrayente y emboscado, espera esos quince años de regreso en los que Ulises y
sus hombres vivirán una de las aventuras mejor imaginadas de toda la historia.
No faltan las tentaciones y, ante todo y sobre todo, una de ellas como es la de
la rendición. Sin embargo, son guerreros, están dispuestos a ir hasta el final
siempre que su jefe, el rey de Ítaca, les lidere. Él también está tentado y, a
pesar de que desea por encima de cualquier otra cosa regresar a su hogar, no
deja de querer experimentar todo el sabor de una aventura en la que sabe que,
muy posiblemente, puede perder la vida. Cuando las sirenas cantan, sus hombres
se tapan los oídos. Él se ata a un mástil porque, en el fondo, desea escuchar
esa canción torturante y agónica que le invita a salvar el mar y sus misterios
y renunciar. Es como probar el peligro con la orilla de los labios y no querer
saborearlo. Para eso, hay otras escaramuzas, como el monstruo de un solo ojo, o
Circe, que vuelve a sus hombres en cerdos y les condena a una vida de engorde y
sacrificio. Ulises sabe que el mar tiene secretos que nadie ha podido desvelar
y que él puede ser el primero en narrar su odisea. Sabe que los héroes nunca lo
fueron quedándose en casa.
Y al regreso, sólo el
perro lo reconoce. Se da cuenta de todo lo que hay alrededor de su reina,
Penélope, y emprende otro viaje, el del conocimiento, el de saber antes de
actuar. Y cuando lo hace, resulta demoledor. Ya tiene toda la sabiduría de los
dioses. Ya conoce todos los secretos. Ya sabe que su arco es sólo suyo.
Resulta un ejercicio de nostalgia ver esta película hoy en día. La producción, italo-anglo-americana, acaba por ser, en algunos momentos, bastante sonrojante aunque no cabe duda de que en el año de su rodaje, 1954, debió ser novedosa y atrayente. Si se ve hoy en día, la mejor actitud es ser conscientes de que, prácticamente, es una película casi de dibujos animados con la intervención de la acción real para narrar una de los más grandes relatos de aventuras que el hombre ha podido imaginar. Hoy se queda pequeña, con algunos decorados que destacan por su simpleza, con una continuidad algo renqueante y con un color irreal que acaba por ser un gran aliado de la fantasía. El director Georg Wilhelm Pabst era el previsto para hacerse cargo, pero, apenas unos días antes de iniciarse el rodaje, cayó enfermo, siendo sustituido por Mario Camerini que, sabiéndose incapaz de afrontar el desafío técnico que requería la película, pidió a un joven ayudante de dirección llamado Mario Bava que le echase una mano en las secuencias más complicadas. El resultado es un cuento en imágenes, muy alejado del realismo al que estamos acostumbrados hoy en día, pero, al fin y al cabo… ¿quién quiere a la realidad por encima de la fantasía en los tiempos que vivimos?






