jueves, 9 de julio de 2026

NORMAL (2026), de Ben Wheatley

 

Si te apuntas a miembro numerario del correturnos del cargo de sheriff y te destinan a una localidad que ostenta el nombre de Normal, desconfía. Es bastante probable que en ese oasis adormilado por el hielo y la nieve todo va a pasar y nada será normal. Empecemos por el principio. El tipo que llega para mantener el orden en el pueblo es alguien con bastante sangre fría, con un cierto toque de delicadeza en la resolución de conflictos y, por supuesto, con un hecho que marcó su devenir vital porque fue un momento de decisión que le obligó a tomarse la justicia por su mano. No quiero desvelar más, no sea que me manden a la policía del pensamiento.

El caso es que en Normal los días se suceden con una aparente tranquilidad cuando, en realidad, la villa tiene más secretos que la central de inteligencia, aunque nombrar aquí la palabra inteligencia resulte, cuando menos, chocante. Ese secreto acabará por ser patente y eso dará lugar a una serie de alianzas, de violencias desbocadas y de degustaciones masivas de pasteles de carne con salsa sangrienta. Vale. ¿Qué sacamos en limpio de una historia como esta?

Lo primero es que resulta una película implacablemente original, de eso no cabe duda. Con muchísimos defectos, eso sí. En el debe, ese argumento que va sorprendiendo a cada paso después de un planteamiento algo moroso, que parece que va preparando todo lo que va a venir después. Bob Odenkirk, sin duda, da el tipo como ese sheriff competente, pero algo retraído, que sólo quiere olvidar y superar su separación matrimonial. La dirección de Ben Wheatley es algo plana, tampoco es para tirar dinamita. En el haber, tenemos esa violencia tan sumamente exagerada que busca escandalizar y hacer murmurar al público palabras que empiezan por be. Bestial, brutal, bastarda, barullo, venga ya…sí, sí, ya sé que es con uve.

El resultado es una película peligrosamente desequilibrada, que navega entre un argumento que tenía muchísimas posibilidades, con giros bastante creíbles y ajustados y que va derivando en un festival de sangre para que tengamos claro que en Normal nada es normal. El sheriff va a tener que moverse rápido y comenzar a tomar decisiones muy drásticas porque la yakuza, la temible mafia japonesa, también tiene algo que decir. Al final, el fulano va a acabar pidiendo a gritos que acabe su suplencia y que le destinen a algún sitio algo más tranquilo y más caluroso. No sé…algún rincón perdido en Texas, por ejemplo.

La calificación final que merece la historia es de puro entretenimiento. A veces, impacta, a veces se escapa el exabrupto. Es divertida, sí, pero es horrible. A los que esperan una reformulación del éxito que obtuvo el propio Odenkirk con Nadie, que se olviden. Esto es otra cosa. No es que sea más seria, no lo es. Es más todo y Odenkirk, que también colabora en el guion, trata de causar la misma sorpresa, y lo hace, sólo que de un modo radicalmente diferente.

No se fíen de la amabilidad de los lugareños allí donde estén. Al igual que todo hombre está librando su propia batalla interior, todo pueblo tiene secretos escondidos bajo su tranquilidad. A menudo, empujados con escoba. Así que hagan su trabajo, no se metan en líos, no intenten descubrir lo que no deben porque se puede liar una de padre y muy señor nuestro. El extraño, por muy bien recibido que sea, siempre es un extraño. Suele poner muy nervioso a todo el mundo porque no se sabe cómo piensa, no se sabe qué va a hacer, no se sabe hasta dónde quiere llegar y, por encima de cualquier otra consideración, no se tiene ni idea de hasta qué punto puede llegar a ser corruptible. Todos tienen un precio y, tal vez, ése sea algo tan impagable como la tranquilidad. Por eso, las calles se llenan de sonrisas, de saludos breves, de detalles de buena vecindad…y no hay nada más falso que un vecino. No es normal.

martes, 7 de julio de 2026

INVITACIÓN A LA DANZA (1956), de Gene Kelly

 

Todo se puede expresar a través del baile. No es sólo el movimiento de los cuerpos acompasados a través del espacio, sino que en esa curva, en esa mano, en esos brazos y en esas prodigiosas piernas se puede hablar de amor, de desamor, de risa y de seriedad. Tomemos por ejemplo la historia de ese payaso que está perdidamente enamorado de una compañera. Él es sólo un payaso que hace reír y nada más. Está siempre escondido tras una máscara de pintura y una nariz roja y, en realidad, no cuenta para nadie salvo para los niños que se acercan hasta el circo para pasar un rato de risas desbocadas y admiración por ajenos equilibrios imposibles. Tal vez al payaso se le ha pasado algo por alto. La risa no es sólo su función…también es un arma para la conquista. Quizá nada le gusta más a una mujer que reír. Y ése puede ser el principio de un baile en pareja para el resto de la vida.

Otro ejemplo puede ser el significado de las cosas. Puede que una pulsera sea el símbolo de la unión o del odio, de pasiones pasadas y de enamoramientos futuros. Esa pulsera irá pasando de mano en mano hasta que encuentre dos corazones en los que descansar. Su andadura comienza cuando un marido enamorado se lo regala a su mujer. El destino no es muy aliado para dejar que los objetos vayan hablando por ahí y esa pulsera irá pasando de mujer a hombre y de hombre a mujer hasta que, por aquellas casualidades nunca buscadas, vuelve a ese marido que lo dio lleno de ilusión y que ha seguido un camino errante para encontrar de nuevo el sentido de su vida. Pulseras, mujeres, hombres, calles, rincones, jazz…todo se confabula para que los pies no paren quietos y la historia quede grabada como un maravilloso ballet de confusión y belleza.

El tercero es cuando el baile se alía inmisericorde con la fantasía. Sinbad, el marino, se encuentra una lámpara que, como no puede ser de otra manera, contiene a un genio en su interior. Sinbad no es ambicioso, ni está más deseoso de correr otras aventuras que las que habitualmente vive en su eterno peregrinar por los mares, pero el genio es un buen tipo y comienza a enseñarle las bondades de su propiedad. No, Sinbad no se arrepiente, porque estas aventuras sí que están llenas de fantasías. El baile se junta con los dibujos animados y tenemos otras razones para creer que la magia existe bajo el hechizo de la música.

Gene Kelly quiso llevar adelante este proyecto de una película íntegramente bailada, pero sin palabras. Quiso invitar a todos a un baile difícil, porque puede que no sea para todos los gustos, pero irremediablemente hermoso a través de unas coreografías que oscilan entre lo clásico y lo más moderno para traer tres historias de amor y pasión con los pies como alas e ilusión en el corazón. El resultado es una obra única, en la que no falta la ficción, pero tampoco la fantasía. Al fin y al cabo, una buena parte de nuestros sueños han nacido mientras hemos bailado con alguien….¿A usted también le ha pasado eso?

lunes, 6 de julio de 2026

EL TANQUE (Der Tiger) (2025), de Dennis Gansel

 

En la Segunda Guerra Mundial, un tanque era lo más parecido a un ataúd lleno de gasolina, con ruedas estruendosas y un permanente aroma a grasa y sudor en su interior. En ese ambiente, la obsesión y el miedo son plantaciones seguras para el ánimo. Ya no era sólo el mero instinto de supervivencia, sino el deseo irresistible de salir de allí, de respirar, de dejar de escuchar el atronador sonido de una maquinaria de guerra y muerte. Tal vez, por eso, a un tanque se le encomienda una misión detrás de las líneas enemigas. En principio, con la dificultad propia de tener que moverse en un terreno tan resbaladizo como la tierra de nadie, no es demasiado difícil. Se trata simplemente de recoger a un oficial que, por aquellas casualidades de la vida, es íntimo amigo del comandante al mando de ese monstruo de hierro y obuses. Es el camino, más que el objetivo. Y ese sendero, algo misterioso y emboscado, va a poner a prueba todas las capacidades de la tripulación. Por supuesto, los recuerdos y los deseos incontenibles de poner pies en polvorosa se entremezclarán entre combates, camuflajes e, incluso, una escaramuza anfibia que, por extraño que parezca, era perfectamente posible en ese tipo de tanques.

Hay una querencia popular, bastante incomprensible, hacia una película tan mediocre e, incluso, algo ingenua, como Corazones de acero y se tiende a comparar cualquier película de tanques con ella y, claro, suele servir como argumento irrefutable para echar abajo otros intentos como éste, de procedencia alemana, pero de producción muy seria. Es un error. Aparte de los muchos gazapos técnicos que colaba aquella película con Brad Pitt al mando, resultaba ciertamente increíble en su resolución con soldados haciendo la vista gorda hacia el enemigo, etcétera, etcétera. Aquí, lo que se puede discutir con algo de razón, es el final que, por supuesto, no desvelaré, porque el resto de la película resulta realizada con una factura técnica impecable, con unos actores muy creíbles, que hacen suyo el rostro de la angustia dentro de ese ataúd con ruedas. Los combates están bien rodados y se da alguna que otra pista, especialmente en esa transmisión por radio en el que se entona sin descanso el Agnus Dei y que los tanquistas dan por hecho que es una interferencia de alguna misa que se celebra con algún aparato cerca.

Lo único cierto es que, quizá, en el momento final, la imaginación cabalga a lomos del cerebro y se pueden presentar fantasías que pueden parecer delirantes. Sobre todo si se trata de hombres que están encerrados en una ratonera de acero y aceite, con las llamas tratando de traspasar los muros de lo aceptable. Hay que fijar el objetivo, saber lo que se va a hacer y disparar en el instante más oportuno. El resto sólo son debilidades que se cuelan en la vida que se escapa a cada kilómetro, cegándonos de lo verdaderamente importante, sin más consuelo que el hogar, o los sueños, o llegar al siguiente recoveco para que el impacto sea inmediato y certero. Así es la vida. Así es la muerte.

viernes, 3 de julio de 2026

RELAY (2024), de David MacKenzie

 

Es un mundo de silencio y ese individuo anónimo que pasa desapercibido entre la multitud se mueve como pez en el agua. Ha elegido esa vida porque sabe que las presiones a las que se ven sometidas las personas normales que sólo hacen su trabajo y descubren algo incómodo, merecen algo de ayuda. Él es un simple intermediario, no un guardaespaldas, pero incluso para ser eso se necesita mucha astucia y una discreción y seguridad a prueba de bombas. Ha ayudado a mucha gente que trabajaba en grandes compañías y que, movidos por la conciencia, se piensan detenidamente la posibilidad de denunciar secretos de empresa que dañarían irreparablemente la imagen de esas firmas. Su trabajo consiste en negociar entre el propietario legítimo de esa documentación y los que quieren mantener su seguridad personal a cambio de devolverla. Es así de sencillo y, a la vez, de enorme conplejidad. No es un trabajo fácil. Y más aún si el pasado de este individuo está salpicado de ambición, de alcohol y de violencia.

Una chica tiene algo que puede perjudicar mucho a una empresa en pleno proceso de fusión. A través del servicio de traducción para personas con dificultades de audición, él decide ayudarla. Ese servicio es ideal. Le provee de anonimato y le otorga la facilidad de cortar la comunicación sin más. Será su nexo de unión. Sin embargo, esta vez será algo más peligroso de lo normal. Esa compañía tiene un servicio de seguridad que también se mueve con los mejores medios y los cuidados deberán ser redoblados. Y la chica…la chica…tiene miedo, está desamparado, parece absolutamente sola. De alguna manera, recuerda la vida pasada, las dificultades que parecían insalvables. Cuidado, la identidad es lo más importante. Debe permanecer oculta. En el momento en el que se queda al descubierto, nada valdrá demasiado. Y Ash, como así parece que se llama el individuo, tendrá que poner a prueba su inteligencia y su resistencia.

Ya habíamos comprobado el buen hacer de un director como David MacKenzie en la estupenda Comanchería y, en esta ocasión, vuelve a dar en el clavo. Sirviéndose de un rostro que transmite inteligencia como el de Riz Ahmed en el papel principal, MacKenzie articula una película con elaborados momentos de suspense que siempre giran en torno a ese personaje condenado a la soledad, que se mueve con pasos etéreos y que sabe camuflarse para eludir las trampas de las grandes compañías. A su lado, Lily James también da un par de lecciones de versatilidad como la chica acosada y, en la otra acera, Sam Worthington se ocupa de dar más alma que cuerpo al villano de la función. El resultado es una película muy atractiva, basada, ante todo y sobre todo, en el uso de ese servicio para personas con problemas de audición que se convierte en el vehículo perfecto para la comunicación, para la escucha, para la discreción y que, en su ausencia, también se transforma en el refugio que nunca se debió abandonar. Al fin y al cabo, comunicarse a través de una serie de voces impersonales es una garantía que no se debe dejar de lado cuando lo que persigues es el total anonimato en una ciudad fría que no se para en consideraciones inútiles sobre las personas. Sólo las compañías importan. El dinero. La próxima operación. El siguiente escalón del poder. Personajes como Ash son un peligro para el poder en la sombra…porque él es quien mejor se mueve en ella.

jueves, 2 de julio de 2026

OBSESSION (2026), de Curry Barker

 

“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Esta frase, original de Santa Teresa de Jesús y resucitada muchos años después por Truman Capote, puede resumir a la perfección esta película. Se parte de un hechizo muy parecido al que podemos encontrar en la ya prehistórica Big, de Penny Marshall y las consecuencias de ese deseo surgido desde la frustración y la timidez son tan graves que se pasa por el pensamiento, para quedarse, la idea de que es mejor estar callado que formular lo que se quiere con tanto ímpetu. El resultado es una supuesta película de terror que parece muy aplaudida por algunos, pero que, con un poco de frialdad en el razonamiento, se sostiene menos que la palabra de un político.

Parece que, de algún modo, se busca desesperadamente la aparición de nuevos cineastas nacidos, cómo no, del universo de internet y éste es el caso de Curry Barker que consiguió más de diez millones de visionados en Youtube con uno de sus cortos de terror. Con esta película da el salto al cine y, si bien es verdad que muestra algunos momentos interesantes, se pueden encontrar bastantes incoherencias en este relato sobre un chaval que quiere conquistar a la chica de la que está platónicamente enamorado a pesar de que es más cortito que una colilla. El deseo se le concede a través de una rama de sauce comercializada en una tienda de no se sabe muy bien qué y la chica de sus sueños cae rendida en sus brazos, pero sacando los peores demonios de su alma, como el acoso, la dominación, la posesión y, finalmente, el crimen más sangriento.

Uno de los problemas de la película es que ese chico, retratado como una buena persona, como un tipo trabajador, ordenado y capaz con algo de talento para la música y para el gusto gastronómico, aguanta lo que le eche la chica, a pesar de que ella acumula comportamientos psicopáticos que harían huir a cualquiera con dos deditos de frente. No, él se queda, se autoengaña un poco, pero permanece fiel aunque, entre otras lindezas, la chica le cocina carne de gato muerto, le sella la puerta de su casa con cinta de carrocero para que se quede y no pierda el tiempo en el trabajo y sea una pesadilla con la que, verdaderamente, da miedo compartir lecho. Por otro lado, los protagonistas son extremadamente jóvenes, casi recién salidos de la adolescencia, y ya viven solos, son autosuficientes, tienen casa propia y no pasan apuros de nada. De ese modo, Barker se quita el problema de los adultos más maduros, no sea que alguno ponga un pizca de sentido común en el enredo.

A su favor, sí, hay alguna secuencia que no está mal planificada, uno o dos chistes bien colocados y la interpretación de la chica, Inde Navarrette, que se revela como una experta en transiciones de carácter opuesto con una facilidad que pasa convincentemente del candor juvenil y enamorado a la siniestralidad de un monstruo que sólo quiere amordazar a su supuesta pareja.

Y a mí, tonto que soy, se me ocurre una pregunta estúpida al ver todo esto. ¿Qué diría todo el mundo que no duda en elogiar esta película de forma perifrástica si en lugar de ser la chica la acosadora fuera el chico? Sin duda, estaríamos hablando de un rumor continuo de obra maestra a pesar de que está lejos, muy lejos de serlo.

Es cierto que la película conecta con muchas sensaciones que pueden llegar a ser familiares, como es el hecho de que te guste alguien y jamás te atrevas a decirle una palabra porque tienes miedo al ridículo, a que se vaya y cierre la puerta (aunque no con cinta de carrocero), a que, si tiene algo de mala idea, comente ese paso adelante en su círculo de amigos y todos ellos te miren como si fueras un pobre desgraciado que ha jugado sus cartas de la forma más torpe posible. Y todo, como no podía ser menos en el terror más fácil, termina con profusión bastante cruel de hemoglobina, con una violencia algo exacerbada y con la seguridad de que miedo, lo que se dice miedo, se pasa bastante poco. Llámenme soso, si les place.

miércoles, 1 de julio de 2026

SUPERDETECTIVE EN HOLLYWOOD (1984), de Martin Brest

 

Axel Foley es uno de esos detectives de policía que trabaja en una ciudad sucia, prominentemente industrial, en la que los delincuentes campan a sus anchas en los callejones, en las partes traseras de camiones de contrabando, en los robos de aquí te pillo y aquí te mato de cualquier coche de gama media-alta y en algún que otro asesinato del que más vale apartar la mirada. En realidad, Foley es un individuo al que le gusta su trabajo. Le da la oportunidad de desarrollar su sentido del humor, a pesar de que su tarea tiene poca gracia. Se introduce en ambientes en los que se ve que disfruta como un pez en el agua. De vez en cuando, toca las narices a su jefe por puro placer y, sobre todo y ante todo, sabe lo que hay que hacer en cada momento. La vida transcurre en esa ciudad de acero y gasolina en la que trabaja y eso ya es suficiente para él.

Sin embargo, alguien muy querido, probablemente un viejo compañero de correrías que pasaron al olvido por el fulgor de la placa, es asesinado y Foley no es uno de esos policías que dejan correr los casos. Las primeras pistas le llevan hasta Beverly Hills y allí un policía de Detroit destaca tanto como una mosca en una sábana blanca. Perdonen el chiste fácil. Sí, sí, ya sé, Foley es negro, pero eso no lo empequeñece ni un milímetro, todo lo contrario, lo hace aún más grande porque también sabe explotar sus racismos ocultos para montar su espectáculo particular, que es algo que le gusta más que comer con los dedos. El caso es que Foley aprovecha un corto período de incógnito para largarse a la tierra de las estrellas y de los ricos y sus métodos chocan de frente con los atildados agentes de la comisaría de Hollywood. Ya se sabe. Estos no han visto un perrito caliente en su vida.

Lo cierto es que esta película funciona. Ese personaje irremediablemente burlón como Axel Foley puede que ya esté en el Olimpo de las creaciones universales del cine y más aún con el rostro de Eddie Murphy adornado por esa ligera carcajada que oscila entre la inteligencia y lo gamberro. La dirección de Martin Brest es ágil y cargada de ritmo porque es capaz de articular una comedia de acción que resulta notable tanto en la comedia como en la acción y eso da lugar a un admirable equilibrio que se instala en lo trepidante. Es cierto que, en algún momento, puede que se carguen las tintas con esa pareja de policías trajeados encarnados por John Ashton y por Judge Reinhold en una especie de remedo de Oliver Hardy y Stan Laurel, pero se perdona porque se pasa un gran rato. Y lo que es aún mejor, la película no pretende otra cosa.

Así que no vayan dando el cante, o sí, ustedes verán. Si lo hacen, lo primero que tienen que hacer es asegurarse que conocen el terreno que pisan. Al fin y al cabo, un canalla lo es tanto en Detroit como en Beverly Hills y se mueven por móviles muy semejantes. Puede que la solución pase por un hombre como Axel Foley, que se toma su trabajo muy en serio mientras que todo lo que le rodea es un chiste de cierta calidad.

martes, 30 de junio de 2026

ANGEL (1937), de Ernst Lubitsch

Estas cosas sólo pasan en algunos matrimonios. Un tira y afloja que termina yéndose cada uno de vacaciones por su cuenta. Bueno, así se da tiempo a reflexionar un poco, a respirar, a cogerse con más ganas, pero mira tú por dónde que ella se fija en un tipo por esos mundos de Dios que es más atractivo que su marido. Bien es verdad que él se ha fijado últimamente poco en ella. Es alto representante en la Sociedad Naciones, precursora de lo que luego fue la ONU, y es una época de altísimas tensiones geopolíticas. Él quiere salvar el mundo, su matrimonio ya, si eso, tendrá que esperar. Ello no quita que él esté perdidamente enamorado de su esposa. Es una belleza de tipo recalcitrante, es inteligente, es decidida, tiene una enorme personalidad. La quiere muchísimo, pero las obligaciones son las que son, así que mientras él está en Ginebra alternando papeles y ocio, ella se coge un tren y se marcha a París, a ver a una antigua amiga cuyo pasatiempo más socorrido es presentar a gente. En una de las fiestas de esa amiga de procedencia noble, la esposa conoce a un tal Tony Halton y el tipo es tan encantador, tan atento, que ella cae en sus brazos cual burbujas en una copa de champagne. Sin nombres, por favor, así la separación será menos dolorosa. Él la llama, simplemente, Ángel. Ella tiene que resolver su situación porque está considerando seriamente irse con Tony a vivir una aventura de amor, de esas irrepetibles y locas. Por aquellas cosas de la vida y del destino, que a menudo es un bromista cruel, Tony y el marido se conocen en circunstancias de desgracia y, no sólo eso, terminan siendo grandes amigos.

Pues ya está, ya tenemos enredo Lubitsch. Y nadie dirige este tipo de comedias de equívocos y pasiones inconfesables. Para ello, tiene a tres intérpretes de su gusto y parte, Marlene Dietrich, Herbert Marshall y Melvyn Douglas. Con eso, a Lubitsch le sobra campo para sugerir con puertas cerradas lo que a otros les encanta mostrar con braguetas abiertas. Tú que sí, yo que no, él que tal vez. Y nos intercambiamos los papeles. Y el Ángel se convierte en obsesión porque, con esa luz que irradia, acaba por secuestrar los sentidos de cualquier caballero que tenga dos dedos de frente en un mundo al que le faltan entendederas por todos los lados.

El resultado es que Lubitsch aquí no deja de hacer comedia, pero rebaja en varios grados la hilaridad. En todo momento, el gran maestro se dedica a dibujar sonrisas y no tanto carcajadas, que fue uno de esos sellos tan particulares que imprimió a su cine basado en que toda persona hace el ridículo, al menos, dos veces al día. Aquí, hay un leve aroma a melodrama planeando sobre estos tres personajes zarandeados por los acontecimientos mundiales y ella, la Dietrich, es algo más que una actriz, es una presencia luminosa, convenientemente fotografiada desde los lados más favorecedores posibles, para que sea creíble que esos dos hombres, caballeros ambos, pierdan la cabeza por ella. El problema está en que aquí las soluciones nunca son a medias y lo que es un triángulo acaba por ser un polígono de derivadas de coseno.