jueves, 19 de marzo de 2026

EL TESTAMENTO DE ANN LEE (2025), de Mona Fastvold

 

Dios no habla a través de las desgracias. Si tienes cuatro hijos y los cuatro fallecen antes de cumplir un año, no quiere decir que Dios manda que se eliminen las relaciones sexuales para alcanzar la pureza y la santidad. Dios tampoco se dedica a exigir liturgias en las que los fieles cantan al unísono como si fueran un coro de cantantes profesionales o un cuerpo de baile perfectamente sincronizado. El teatro puede sustituir a la fe y, sin embargo, mantener esa apariencia de que el aliento divino se ha hecho presente  con la oración y el golpe de pecho como elementos preferentes del culto. Todo esto no es más que una tontería.

Y es que, ya de momento, sorprende que en el guion se halle Brady Corbet, que el año pasado estaba en boca de todos al ser el máximo responsable de una película como El brutalista. Por lo que se ve, a Corbet le va el tema del sexo por activa y por pasiva y el rechazo a los que piensan diferente. Con la colaboración de Mona Fastvold como directora del engendro, se nos pone en juego el nacimiento de una secta y su desarrollo posterior, pero todo está mostrado como una disculpa, como si toda esta gente abducida por una supuesta santa que, ni más ni menos, se proclama como la heredera directa de Jesucristo, no hicieran daño a nadie con su continua alabanza personal en la tal mesías y divina con los más diversos ritos. El resultado es una película que dura dos horas y cuarto con un buen puñado de canciones que, prácticamente, la convierten en un musical con más canciones de misa que un cantoral de la catedral. Y eso sí, que no falten los golpes de pecho.

En el fondo, se supone que subyace una crítica a una sociedad estadounidense que no acepta lo que parece extranjero aunque sea algo que ha arraigado con fuerza en sus creencias. Ya se sabe, quien nombra mucho a Dios es que tiene mucho que esconder como persona. En cualquier caso, aquí no hay mácula que ensombrezca la labor evangelizadora e, incluso, se describen un par de secuencias que son bastante risibles, como la del dedo loco que va señalando el lugar en el que debe asentarse la tribu de fieles, con el fulanito iluminado cambiando de brazo cuando le viene en gana, aunque me imagino que por cansancio. Al final, lo que queda es una historia que no guarda demasiado interés porque, durante las dos horas y cuarto de marras, están hablando de lo mismo. Dios, cómo debe creerse en Dios, cómo se debe evangelizar la palabra de Dios, cómo se ha de buscar a otros fieles para que se unan a la fiesta y es inevitable pensar en Dios, cuándo va a acabar esto.

Decían los supuestos expertos que la interpretación de Amanda Seyfried como la madre Ann, agitadora y principal impulsora del método de oración y culto, era digna de mención. Y sí, no lo hace mal la chica, pero tampoco es la interpretación del año. Canta, se marca unos pasos de baile que si me los hace el cura de mi barrio le propongo para el Bolshoi, y se prodiga en las consabidas miradas de ternura ante todos aquellos que no entienden la inconfundible llamada del Altísimo. Y es una época en la que el optimismo no era precisamente el pan nuestro de cada día, así que cualquier asidero que permitiera un poco de consuelo, era bienvenido. Todo ello añadido a la falta de cultura, caldo de cultivo ideal para hacer prosperar las ideas locas, las canciones angelicales y las visiones que resulta que van teniendo todos y cada uno de los personajes que van desfilando por la trama.

Así que yo, personalmente, si quiero ver un musical, prefiero decantarme por Cantando bajo la lluvia o West Side Story, que, al menos, no me dan la brasa con el asunto religioso. Si quiero ver una película sobre los engaños de la creencia y los charlatanes que se creen sus propias palabras, me pongo El fuego y la palabra, que me dice mucho más y tiene unas interpretaciones que hacen creer en la existencia de Dios. Y si el tema es verse cómo vivían las comunidades emigrantes durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos, lo mismo me pongo El crisol para que no me arrebaten el nombre. Y dejo ya de perder el tiempo porque cada vez que oigo “Amén” me entran los siete males.

miércoles, 18 de marzo de 2026

EL VIRTUOSO (2021), de Nick Stagliano

 

Una película extraña con un resultado también bastante asonante. Me explico. La idea es excelente. Un asesino profesional que ha prescindido de cualquier escrúpulo a la hora de realizar su trabajo comienza a darse cuenta de que se está desprendiendo de todo lo que le convierte en humano. En uno de sus encargos, hay una víctima colateral que muere de un modo terrible y eso le hace replantearse todo. Sin embargo, se mira al espejo y es incapaz de sonreír. No queda ni el menor indicio de ternura en su corazón. Todo lo ha ocupado la eficiencia de un trabajo que sabe que analiza y realiza como nadie. Sólo un papel con un nombre y se pone en marcha. Eso es todo.

Por otro lado, su jefe. Un misterioso personaje que, para consolarle de esa víctima colateral de su último trabajo, le cuenta cómo él mismo perdió toda la conciencia al lado del padre del asesino. Los tortuosos caminos de su mente le llevan a exigir, sin ninguna excusa, que los trabajos estén perfectamente hechos y cerrados. No hay nada que discutir. No hay nada que alegar.

Y allá que va el asesino, a un villorrio perdido para encontrar a alguien con un nombre algo intrigante. Llega, analiza, acierta, huye, lo repiensa, vuelve, encuentra a alguien y, de algún modo, también se encuentra a sí mismo sentado en un rincón esperando una última oportunidad para recordarse que tiene algo de humano en su alma. Al final, lo previsto. Algo menos que la desolación. Algo más que el aislamiento.

Aunque hay momentos de indudable tensión bien llevada, la dirección de Nick Stagliano es pausada, muy europea, sin prisas, con una voz en off que nos descubre los insondables pensamientos del protagonista y, al mismo tiempo, nos hace ver el tormento de su interior sin una palabra de más, sin una queja de menos. Sólo frases sueltas. Hay que destacar dos apartados interpretativos muy notables. Por un lado, Anson Mount, tremendamente atractivo a pesar de esa impasibilidad que no dice nada y, al mismo tiempo, dice todo en la piel del asesino profesional. Por el otro…casi se levantan los pelos como escarpias al recordarlo, Anthony Hopkins que, sin duda, ostenta un papel secundario en todo ese teatro en apariencias impostadas, pero que protagoniza una escena con un monólogo tan extraordinariamente interpretado que contiene más cine y más arte que películas enteras. Su rostro se vuelve  un mapa de sentimientos encontrados, de nostalgia hacia sensaciones que un día se tuvieron y que ya se perdieron en la memoria de las obligaciones, de intuición del abismo que se abre ante él porque su conciencia se ha vuelto implacable y la profesionalidad está por encima de todo. Sólo por ese monólogo de cinco minutos, la película merece ser vista.

Por lo demás, no olviden lo que sienten, por muy equivocados que estén. Si lo hacen, serán seres sin más destino que el encuentro con otros seres de igual incapacidad y, entonces, nadie estará a salvo. Sólo el corazón es lo que nos diferencia de las pistolas. Ellas no piensan que una bala puede causar más de una muerte.

martes, 17 de marzo de 2026

EL OJO MENTIROSO (1981), de Peter Yates

Quizás todos, en alguna ocasión, hemos querido llamar la atención de un amor que hemos convertido en platónico a pesar de ser inalcanzable. Eso es lo que pasa a un conserje de edificio que vive un tanto obsesionado por una reportera de televisión que le tiene bastante embelesado. Más que nada porque se le presenta una oportunidad sorprendente cuando ocurre un asesinato en sus dominios. Para resultar algo más interesante, el porterillo de tres al cuarto, presume de ver, oír y saber y, para añadirle algo de sal al cocido, miente. Eso, sin duda, casi resulta un plan perfecto para comenzar a hablar con esa periodista que posee un atractivo indudable y una inteligencia notoria. El plan del portero parece no tener fisuras, pero sí tiene.

El caso es que los asesinos también ven la televisión y todo lo que va revelando la reportera como resultas de lo que le cuenta el fantasioso portero se lo creen a pie juntillas y deciden hacer lo posible para eliminarlo del mapa. Ya se sabe. Un muerto vale lo mismo que dos, así que habrá que trazar un plan para que el conserje sea un fiambre y la reportera se calle. Es algo sencillo para ellos, pero no será tan fácil.

En manos de cualquier otro, esto parecería el argumento de una comedia, pero no es así. Es una película de misterio que, si tiene algún defecto, es que Peter Yates, un director británico que ya llevaba varios años asentado en los Estados Unidos, concretamente desde su monumental éxito en Bullitt, dirige la historia al mejor estilo inglés y eso va en detrimento de la agilidad de la trama. Las escenas son más lentas, más austeras, más secas. Los encuentros no tienen diálogos de réplica rápida. Cada personaje se piensa mucho lo que va a decir y cómo lo va a decir. Es cierto que, a favor de El ojo mentiroso, está en su reparto que incluye a William Hurt en el papel de ese encargado del condominio, a Sigourney Weaver como esa atractiva reportera que destaca con su mirada inteligente y, detrás de ellos, figuran nombres tan ilustres como los de James Woods, Christopher Plummer o aún un desconocido Morgan Freeman. El resultado, con sus defectos incorporados, es el de una película con un guion brillante y una dirección no tan acertada, con momentos muy logrados y algún que otro instante en el que se debería haber puesto más énfasis e impresiona de forma demasiado ligera para elevar este producto a la categoría de heredero directo del estilo Hitchcock, aunque su argumento cumple con todos los requisitos.

Y es que sentirnos más importantes de lo que realmente somos es un pecado tan viejo como la misma Humanidad y, más aún, cuando se trata de conseguir una mirada de una mujer que te ha secuestrado los sueños, se ha adueñado de tus pensamientos y está a sólo un paso de acunar tu corazón. Una mentira, al fin y al cabo,  no va a ninguna parte. Dos, tampoco. Mentir un poco no está mal. Es inherente al ser humano. Es propio de una vanidad que siempre acaba por ser el pecado favorito del diablo. ¿No lo han hecho ustedes nunca?

 

viernes, 13 de marzo de 2026

EL PECADO DEL OSCAR

 


Son unos pecadores irredentos por el nivel de las películas que optan a los premios. Creíamos, ingenuos nosotros, que aquello de darle siete estatuillas doradas a Todo a la vez en todas partes iba a ser algo aislado, pero no. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood se empeña en nominar auténticas mediocridades que, para agravar aún más el enredo, parten como favoritas para convertirse en la Academia de Partes y Carencias Cinematográficas. Lo dicho. El día de la ceremonia hay que tomárselo como “San Cine” y punto y pecado.



Para la mejor película, en esas diez candidatas no hay nivel suficiente para proclamar una ganadora indiscutible. Quizá Valor sentimental, de Joachim Trier y, quizá, Hamnet, de Chloe Zhao, sean las que están un poco por encima de las demás. ¿A quién van a premiar? Yo apostaría que van a dárselo a Los pecadores, pero por una sencilla razón que excede la exclusivamente cinematográfica. Siempre que ha habido una película de preferencia por la minoría afroamericana en los últimos años, ha ganado. Ahí están Moonlight o Doce años de esclavitud, dos mediocridades enormes de las que, además, nadie se acuerda. Y Los pecadores parte con dieciséis nominaciones, récord absoluto de los premios. Ahí es nada. Pequemos, pues, pequemos.



Para el mejor actor, parece que Timothée Chalamet con su desquiciado Marty Supreme es el mejor colocado, a pesar de sus recientes y desafortunadas declaraciones que revelan que el chico no posee demasiadas células grises. Las votaciones ya estaban prácticamente cerradas cuando se le fue la lengua y se le debe algún que otro premio con su Bob Dylan del año pasado y tal. Parece seguro. Y si no, se lo van a dar a Michael B. Jordan, maravilloso actor que merece el Oscar, el Nobel y el summun, en detrimento de Ethan Hawke que realiza una maravillosa creación del letrista Lorenz Hart en Blue Moon.



Para la mejor actriz se perfila con claridad Jesse Buckley por Hamnet. Su desgarradora esposa de William Shakespeare es una interpretación compleja y muy dramática. No va a tener demasiadas rivales esa noche porque está arrasando en toda la temporada de premios. Y, las cosas como son, merece el premio además de ser una excelente actriz.







Para el mejor actor secundario la cosa se complica. Lo merece Stellan Skarsgard porque es veterano, porque da una lección de interpretación en Valor sentimental sin acudir al histrionismo, al maquillaje, a la tortura mental y al retorcimiento conductual, aunque un poco de esto último sí que hay. Es muy posible que se lo den a Jacob Elordi por Frankenstein porque el chico es joven y se desenvuelve bastante bien en la piel de maquillaje y super-héroe que le ha puesto Guillermo del Toro. Y como se lo den a Sean Penn por Una batalla tras otra es para que los académicos se lo hagan mirar. ¿De verdad le van a dar un tercer Oscar a Penn por hacer de un tío con permanente cara de estreñido?



Para la mejor actriz secundaria, se lo van a dar a Winmi Mosaku por Los pecadores, cuando quien lo merece es Inga Ibsdotter Lilleaas, por Valor sentimental, pero, claro, con ese nombre cómo le van a dar ni las buenas noches.








Como mejor dirección, está muy claro el premio para Paul Thomas Anderson por Una batalla tras otra, uno de los directores más sobrevalorados del cine contemporáneo, pero qué sabré yo. Quien lo merece es Chloe Zhao por Hamnet aunque, probablemente, no se lo tenían que haber dado hace unos años por Nomadland, pero no van a estar para dramas y sí para recalcarnos con mucha supuesta gracia que los de derechas son unos bastardos y los de izquierdas unos chapuzas.





Para la mejor película internacional, me encanta el eufemismo, se sospecha el premio para El agente secreto, de Kleber Mendonça, aunque, por supuesto, quien lo merece es Valor sentimental, esa película tan criticada por todos aquellos que no han visto a Bergman salvo para creer que es una actriz. Y así estamos, pecando por doquier.

No acertaré ninguno, pero es que la alternativa tampoco invita al optimismo, así que hagan sus apuestas, jueguen fuerte y, cuando terminen, no se olviden de pecar. Por ejemplo, váyanse a un club nocturno como buenos blancos y chúpenle la sangre a los negros, metáfora que a nadie se nos habría podido ocurrir ni en los peores sueños.

jueves, 12 de marzo de 2026

EL ÚLTIMO VIKINGO (2025), de Anders Thomas Jensen

 

No deja de ser un problema dejar que un tipo que no está demasiado bien de la cabeza sea el depositario del secreto de un botín. Más aún si entre el momento del encargo y el del rescate se demora durante más de quince años. Ya se sabe, las neurosis van agravándose y lo mismo el fulano ya no quiere ni ser conocido por su nombre, sino por el de John en referencia a John Lennon. Esa bolsa llena de dinero y de locura va a ser muy difícil de encontrar. Poco se va a solucionar a través del método de ir haciendo agujeros por intuición y no por razón, porque razón apenas queda. A todo esto, el tema se complica porque un antiguo compinche, bastante pintoresco, quiere llevárselo todo por la vía rápida.

Y es que no hay nada para un loco darse cuenta de que no es tan diferente si se rodea de locos. Es como un vikingo que ordenó que todos se cortaran un brazo para hacer que su hijo no fuera rechazado por el resto de la tribu porque había perdido el suyo después de un ataque feroz de los enemigos. La sombra de los Coen cambiando a la nacionalidad danesa planea sobre toda la historia y hay sobradas muestras de perplejidad cómica, de sorpresas inesperadas, de traumas que vienen de muy lejos y de violencia desbocada.

Poseer una bolsa con tanto dinero es una tentación para ser perseverante en su búsqueda. Incluso allí, en el último rincón de un bosque que parece encantado, hay que tomar las debidas precauciones. El loco no es malo. Sólo ha sido diferente desde muy pequeño porque, en el fondo, creyó que era un vikingo, con una situación que siempre se ha movido en el extremo. Los Beatles, la marginación, el cuento, el dinero, la hermana, el hermano, el granero, las runas…es como para tirarse por la ventana con la esperanza de que el mundo, al fin y de una vez por todas, proclame que el problema no es tanto y que todos, en mayor o menor medida, echamos en falta algún tornillo en nuestra azarosa existencia.

Anders Thomas Jensen dirige con un buen dominio de la dosificación en las constantes sorpresas que tiene reservada la película y que, casi todas, residen en la muy particular idiosincrasia de todos los personajes. Sin embargo, no cabe duda de que el principal atractivo se halla en esos dos protagonistas, el loco y su hermano ladrón, interpretados con absoluta garantía por Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie Kaas. Ambos sobrellevan el peso de la función y son los responsables de que aparezcan algunas carcajadas que no son más que el desahogo de lo que parece imposible por parte de Mikkelsen y las sucesivas expresiones de no creerse lo que está oyendo por parte de Lie Kaas. Tanto es así, que el ladrón duda si es algo esperable dada la particular situación psiquiátrica de su hermano o si es que el mundo ha enloquecido del todo en esos quince años en los que ha permanecido en prisión. En cualquier caso, el resultado es bueno, con ciertas dosis de comedia inteligente y muy negra, casi azabache. Se pasa un rato mientras nos preguntamos en todo momento dónde está esa bolsa repleta de pasta y rebosante de insania.

Así que mucho cuidado al pensar en quién dejan la llave de su fortuna. Los bandazos de la sinrazón pueden llevar por caminos muy inesperados y, al final, incluso, puede que haya unas gotas muy leves de emoción. Mikkelsen se encarga de todo con ese personaje que, más que compasión, levanta sensaciones incontrolables de ternura. Quieres amar a ese tipo que no sabe dónde tiene el dedo y que ha elegido el sendero de la majadería para escapar de las presiones terribles de una vida que no ha sido nada amable. En el fondo, es algo que hacemos todos y que no dejamos de poner en práctica varias veces al día. Él mira, pregunta lo impensable, extrae todo el cariño del espectador y nos coloca al otro lado del cañón que nos apunta amenazador y que pregunta insistentemente dónde está el dinero. No olviden dejar los marcos de las puertas debidamente arreglados y comprar una sartén nueva para que el próximo sartenazo sea lo más limpio posible. Mientras tanto, yo me sumergiré un poco en mi locura particular de la que nadie quiere ser partícipe.

miércoles, 11 de marzo de 2026

LOS PECADORES (2025), de Ryan Coogler

 

Vale. Dos hermanos que han estado mezclados en negocios sucios vuelven a su ciudad natal para intentar olvidar el pasado que, probablemente, ha estado repleto de muertos y de giros violentos. Vale. Tratan de abrir un club en un granero. La idea es buena en ese estado del Sur, con la música negra como protagonista y rodeados de amigos que les han visto crecer y han compartido unas cuantas correrías de olor a campo y ganado suelto. Vale. Por supuesto, también hay algún reencuentro con antiguos amores blancos, algunas lujurias negras y un tipo que toca la guitarra como si hubiera hecho un pacto con el diablo. No, no se llama Robert Johnson. Vale.

A partir de aquí, en un supuesto giro de guion, se sacan los colmillos y se empieza a chupar sangre. Si dejas que esos malditos blancos se acerquen, te harán unas preciosas marcas en el cuello y serás prisionero de la noche hasta que ellos quieran. Eso sí, esos vampiros blancos y todos los reclutas que irán jurando sangre a su paso, quieren acabar con el local que han puesto los hermanos de raya diplomática. Y si es con todos los negros que se resisten dentro, mejor. Vale.

Diversos reparos se pueden poner a esta película teniendo en cuenta que lleva un envoltorio lujoso alrededor. La fotografía es excelente y la música, por supuesto, es lo mejor de largo. Sin embargo, en muy discutibles decisiones de dirección podemos apuntar los cambios de formato de pantalla a la buena de Satán. A ratos es panorámico, a ratos, no…se supone que el director Ryan Coogler quiere enfatizar algo y darle mayor énfasis a lo hermoso de este mundo, mientras que lo infernal se mueve en los márgenes estrechos de un objetivo pequeño. Vale. Por otro lado, Coogler se las da de novedoso y, lo que es aún peor y que resulta lo peor que le puede pasar a un director de cine, de autor. No duda en poner ese plano circular, supuestamente vanguardista, que resulta un homenaje atemporal a la música negra con manifestaciones artísticas que van del jazz al rock e intenta que sean los fantasmas del pasado y del futuro que se dan cita en el local donde la sangre se va a pegar a los colmillos cual hoja de lechuga seca a los incisivos.

Aún hay más. Coogler apuesta por una inevitable mezcla de géneros sin saber que tienes que ser muy, muy bueno para que eso funcione. ¿Es Los pecadores un drama? No, aunque quizá sus mejores momentos se hallen en ese terreno. ¿Es Los pecadores un musical? No, aunque su banda sonora sea, posiblemente, lo mejor de la película. ¿Es Los pecadores una película de cine negro? No, porque está claro que las posibles implicaciones turbias terrenales le importan tanto como el cambio de objetivo a capricho. ¿Es Los pecadores una película de terror? No, o al menos, yo no he pasado ni un poquito de miedo. Puede ser muy grindhouse y puede ser genial la metáfora que propone, aunque también sea más evidente que un fuera de juego de la defensa adelantada de Flick, pero miedo, lo que se dice miedo, no da. ¿Qué es Los pecadores? Pues no lo sé. Lo es todo, no es nada, levanta pasiones allí donde va y yo sigo preguntándome por qué. Puede que esa mezcla de géneros no busque la originalidad (por cierto, lo de mezclar pasado, presente y futuro en medio de una fiesta ya lo hizo Alan Rudolph en Los modernos) sino que, en realidad, sea una película complaciente que trate de contentar a todos. Bien por ella, entonces. Mal para los que somos algo picajosos y nos gusta que nos cuenten algo.

Así que ya saben, si quieren empezar de cero, lo mejor que pueden hacer es abarrotar la puerta de ajos, poner espejos allá por donde pisen y preparar unas cuantas estaquitas puntiagudas de madera para que no falte la ración gore del asunto. No se olviden de un poquito de incoherencia y de deslizar un mensaje que se suba al carro de la moda del pensamiento impuesto por el artículo treinta y tres del código infernal. Seguro que tienen el éxito asegurado. 

martes, 10 de marzo de 2026

UN GOLPE DE ALTURA (2011), de Brett Ratner

 

Josh es un profesional en lo suyo. Sabe exactamente cuáles son las necesidades de sus empleados y las costumbres de los inquilinos del edificio en el que trabaja. Maneja con soltura un ejército de trabajadores cuya única finalidad es hacer que todos los que vivan en La Torre tengan lo que demandan, prácticamente, sin pedirlo. No es fácil llegar a un dominio así. Incluso el gran jefazo lo trata con deferencia, con un punto de simpatía. Josh sabe quién vale y quién no. Y, hay que reconocerlo, está muy satisfecho con su trabajo. Hasta que ocurre lo que nadie preveía.

El gran jefe es acusado de corrupción. Y en ese delito también se hallan las pensiones de todos los trabajadores que están a las órdenes de Josh. El gran hombre, como es habitual, ha fallado, pero Josh no va a fallar a los suyos. Y si hace falta dar un par de golpes en lo mesa, lo hará, porque ese tipo que le ha tratado con deferencia y con simpatía es un cínico sobrado al que le importan un par de ceros todos los que se han dejado la piel por él.

El plan es sencillo. En algún lugar de su maravilloso e inmaculado ático, ese jefe debe tener un colchón para seguir viviendo a cuerpo de rey. Eso lo hacen todos los financieros y los que, desgraciadamente para los ciudadanos de a pie, los que se codean con el poder. Se trata de reclutar a unos cuantos descontentos y robar ese colchón de millones para restituir las pensiones a toda esa buena gente que ha sabido ver en Josh su profesionalidad y su buen hacer.

Ni corto, ni perezoso, Josh habla con un ascensorista resabiado porque antes ha trabajado en McDonald´s, a un contable que se halla en la más absoluta ruina después de haber probado las mieles del éxito, a un recepcionista necesitado porque tiene niño en camino y a una doncella metida en carnes que sabe tratar las ruedas de una caja fuerte con el mimo necesario. Falta un elemento y es, naturalmente, alguien que sepa de qué va la vaina. Lo encuentra en un vecino, uno de esos compañeros con los que coincidió en la escuela y que no dejaba de reírse de él. Ya está el equipo completo. El golpe no va a ser exactamente para robar lo que habían pensado, pero, amigos, la altura está asegurada.

Excelente película, entretenida, divertida, con un guión ingenioso y una música excelente, dirigida por Brett Ratner y que tiene en Eddie Murphy a su alma creadora. El actor se hizo con los derechos de la historia y, en un principio, quiso interpretar él a  Josh y que Chris Rock se hiciera con el papel del ratero que enseña a robar a ciudadanos normales. No pudo ser y Murphy abandonó el proyecto. Solamente cuando surgió la oportunidad de tener a Ben Stiller en el papel de Josh es cuando Murphy se animó a producir todo el complot bajo la dirección de Ratner, un director que, cuando menos, le gustaba. El resultado es ágil, con situaciones realmente buenas, con diálogos punzantes y con un atraco que acaba por sacarte una sonrisa en una película que huye de los atracos típicos y se adentra en una comedia de altura. Al fin y al cabo, quien roba a un ladrón…pues eso, altura.