martes, 25 de enero de 2022

GENTLEMAN JIM (1942), de Raoul Walsh

Quizá hubo un momento en el que hubo que dignificar un deporte y considerarlo como una cuestión entre caballeros. Para ello, no hay nada mejor que implantar unas rígidas reglas, debidas al Marqués de Queensberry y encontrar al tipo que mejor sabe llevarlas a cabo. Se trata de un tal James Corbett, un empleado de banca de físico espectacular, que boxea como los ángeles y se bate el cobre en el cuadrilátero con denuedo. En su rostro, hay simpatía, en su cuerpo, fuerza, y en sus pies, alas. Lo tiene todo. Así que es hora de auparle hacia arriba y que todo el mundo se fije en este deporte que consiste en dos seres humanos dándose fuerte y de verdad.

Lo cierto es que el ídolo de la juventud del propio Corbett es un boxeador llamado John Sullivan y ha llegado el momento de enfrentarse a él. No es fácil enfrentarse a tus propios mitos y Corbett debe saltar varias barreras físicas y, sobre todo, morales para poder golpear con precisión en el rostro y en el cuerpo de ese hombre que lo fue todo para él. Sin embargo, a pesar de la aparente brutalidad en este deporte, entre ambos hubo, ante todo, respeto y deportividad. No se puede decir de otras disciplinas. Eso es mucho. Es un ejemplo ante toda una multitud de jóvenes que quieren ver a sus ídolos, a sus ejemplos, a sus guías espirituales y físicas. Y el comportamiento de Corbett y Sullivan fue ejemplar.

Es evidente que Raoul Walsh eligió, en esta ocasión, no hacer una película particularmente profunda, pero sí profundamente entretenida. No hay más mensajes que el ruego por mantener la caballerosidad allá donde se vaya y, desde luego, el respeto por quien se dedica en cuerpo y alma en mantener todas sus facultades al límite para llegar un poco más lejos, un poco más alto y un poco más fuerte. Lo cierto es que Walsh quiso rendir homenaje a James Corbett como el padre del boxeo moderno y como iniciador de unas maneras y comportamientos siempre impecables, sin recibir ni una sola cicatriz en su rostro, con un código de conducta razonable y ejemplar. Y que también, presa de la arrogancia, no tuvo ningún problema en aceptar la humillación como lección para futuras empresas. Jim Corbett era un hombre de pies a cabeza y, para ello, nadie mejor que Errol Flynn, muy alejado de cine de capa y espada, para darle vida. No en vano, el actor sabía darle a los guantes y había sido miembro del equipo olímpico de boxeo bajo bandera australiana.

Así que, con un perfecto equilibrio entre comedia y drama, Walsh y Flynn capturan el sentir de una época en la que no estaba de moda seguir aquel axioma de que lo importante es participar. La película tiene momentos emocionantes, otros algo más detenidos, algunos realmente divertidos. Todo para que una historia sin excesivo mensaje se convierta en una estupenda cinta de deporte y el discurso final de John Sullivan, interpretado por Ward Bond, llega a los músculos más tensos. Por si fuera poco, Errol Flynn ofrece la que es, quizás, una de las mejores interpretaciones de su carrera. Pónganse los guantes. Es hora de contar hasta diez.

viernes, 21 de enero de 2022

EL ESPÍA HONESTO (2021), de Franziska Stünkel

 

La moral es un compañero incómodo si se trata de espiar. Más que nada porque es una profesión que puede incluir el chantaje, la instigación al asesinato, la destrucción de la vida de otros aunque no se acabe con su existencia y, desde luego, el exterminio de la inocencia que se instala en el pensamiento como que, en el fondo, es un servicio al Estado. Eso aún resulta más evidente y sangrante si ese Estado es totalitario, injusto y arbitrario como lo fue el de la República Democrática Alemana.

No es lo mismo dar clase que obligar a las personas a realizar determinados actos que irían en contra de las más elementales reglas de la moral. No es bueno que un futbolista de fama internacional decida cruzar el Muro y jugar para el Hamburgo. Eso, además de una deserción premeditada, es una propaganda traidora que no deja en muy buen lugar los principios del marxismo-leninismo. Lo mejor es extorsionar a un amigo cercano e inventarse, sin miramientos, una enfermedad. El resto es permitir que los acontecimientos se precipiten. Así, con personas que son conocidas, todo se convierte en un acto mutilador de la moral que, no lo olvidemos, para algunos es más importante que un automóvil de dos tiempos, un apartamento con balcón o la fría comodidad del progreso comunista que, por supuesto, se reserva a la élite.

Cuando se quiere dar marcha atrás, todo está emponzoñado. El chantaje se vuelve en contra, la amenaza permanece latente. Puede que no se realice una operación en cualquier hospital del pueblo. Puede que se insinúe la posibilidad de que el amor de tu vida sea tentado con el adulterio. Puede que los pájaros, sencillamente, dejen de volar. Entonces se empiezan a buscar razones en el fondo de una botella, aparecen los temblores, los nervios incontrolables…y todo el mundo sabe que un espía sin control acaba por ser un fracaso para los intereses del todopoderoso Estado.

Esta película tiene diversos problemas. Uno de ellos es que, en lugar de transitar los caminos del suspense y del peligro, apuesta decididamente por el drama personal y, de un modo algo prematuro, la historia se acaba. Todo el resto se reduce a la pena, al sufrimiento, a la injusticia sin conmiseración e, incluso, a la melancolía. También hay algún que otro cabo sin atar cuando son asuntos en los que se ha puesto cierto énfasis. Sin embargo, tiene una virtud indiscutible como es la interpretación, magistral, de Lars Eidinger en el papel protagonista, aguantando planos de importante duración para demostrar su dominio, pasando de la seriedad a las lágrimas sin trucaje posible y muy lejos de lo que habíamos visto de él en la notable El profesor de persa. La dirección de Franziska Stünkel es sobria, aunque algo descuidada en sus resoluciones intentando poner en pie una historia que, lejanamente, recuerda a una novela triste de John Le Carré, y la denuncia de un régimen que cometió auténticas barbaridades es evidente y sincera.

Hay que hablar al oído porque las paredes saben escuchar y, lo peor de todo, es que el secreto profesional debe ser respetado en cualquier circunstancia. Háganlo a la hora de recomendar esta película. Díganlo al oído, con pocas palabras, si es que sienten la necesidad de decirlo. Si no es así, acudan al silencio y traten de asimilar que esto ocurrió a principios de los años ochenta, poco antes de la caída del Telón de Acero. Cuando el Estado pronuncia la palabra “seguridad” la primera víctima, no lo olviden, siempre es la propia moral.

miércoles, 19 de enero de 2022

MACBETH (The tragedy of Macbeth) (2021), de Joel Coen

 

La mujer domina los sentidos cuando el alma de un hombre es débil. Una predicción desata la ambición que parecía dormida, extraviada en la espesa niebla donde se debate el poder, la corrección y el agradecimiento. Mientras tanto, el conjuro se consuma porque la vergüenza ata los sentimientos y la soberbia se adueña de una casa de austeridad expresionista. El futuro estará repleto de profecías que parecen destinadas al incumplimiento y la ira irá creciendo en la misma medida de la locura. Macbeth…Macbeth…

De esta manera que parece forjada por un destino provocado, la corona se ceñirá sobre una cabeza inmerecida, zarandeada por supuestas conspiraciones que la convierten en simple hojalata rescatada del barro. El blanco y negro sirve como la pintura coloreada de la pesadilla y, de nuevo, la vida no es más que un cuento lleno de ruido y furia que, al final, no significa nada. Las hojas del bosque entrarán salvajemente por las ventanas abiertas del corazón para inquietar con el anuncio de una muerte justa en tiempos de brutalidad de hechizos y coartadas. Mientras tanto, la traición se mueve con la lentitud propia de unos buitres que despliegan sus alas en el lienzo del cielo, gritando con sus chillidos de sangre seca. La crueldad se asemeja al mensaje de lo inevitable y lo bello y lo siniestro se alían afilando el borde de la espada. Las dagas brillan en la oscuridad, invitando a su hundimiento en la carne indefensa y el perdón vuela para no presenciar lo que nunca debió ocurrir. Y la tragedia es masticada y saboreada hasta la saciedad, llenando las conciencias de culpabilidades instigadas y ejecutadas. La posteridad espera. Y la magia de una época de tinieblas se disipa entre un pasillo de árboles que desenvaina sus ramas rindiendo homenaje al que hereda un trono de noche y estrellas caídas. La luz se desvanece y todo será una leyenda sobre la codicia y la venganza.

Las palabras del bardo se funden misteriosamente con la puesta en escena que refleja el sueño y son dichas por intérpretes del horror de los espectros. La fantasía domina la imagen de sombra y brujería y las frases se deslizan entre el fantasmagórico juego de miradas y reacciones. Las alas se tornan brazos y el agua es incapaz de lavar la mancha del asesinato cuidadosamente planeado. Ningún hombre nacido de mujer podrá acabar con el rey deshecho en su propia mentira, creída por las voces rotas de seres que surgen del infierno para convertir la nada en oro y despertar todos los pecados en aras de un amor malentendido por la insania. Cuando el arreglo se basa en el puñal por la espalda, cualquier paso en falso puede significar que lo imposible sea real. Y el sol pasa a ser el foco de la desesperación entre las piedras lisas de castillos que son como tumbas gigantescas de cualquier atisbo de humanidad. Todo se quiere cumplir para que todo sea verdad. Y, a menudo, la verdad es tan terrible, tan malvada, tan innombrable que la maldición sustituye lo predicho. La armadura no será suficiente para detener el cortante tajo que rebana lo indigno. Y la promesa de una nueva conspiración se encaramará a la montura para no olvidar que cualquier principio tendrá su inevitable final. Macbeth,  empujado tortuosamente hacia el mal, creerá que los espíritus rondarán su atrevimiento y los pobres mortales que asistan a su ascensión y caída quedarán presos de una magia que sólo los que saben contar historias saben expandir. En el horizonte, permanecerá la impresión de que todavía dura el siglo de la fuerza sin piedad porque siempre, siempre, habrá alguien que susurre la posibilidad de llegar a lo más alto utilizando los fáciles recursos de la falacia, de la apariencia y del poder que se escurre entre los dedos sólo como consecuencia de la ambición. Esa misma por la que algunos quieren llegar tan lejos que la primera víctima es su propia alma. 

KOTCH (1971), de Jack Lemmon

 

Uno de los grandes males de la tercera edad es la sensación de convertirse en un trasto inútil, que sólo estorba, viejo, que sólo puede esperar a la visitante inevitable. Kotch es un anciano que no quiere ser atendido por una enfermera a la que se paga para que le cuide, así que, cuando tiene que abandonar la casa de su hijo, decide emprender un viaje. Tal vez, durante el camino, aprenda el verdadero significado de la vida, de la vida ya vivida y de la que queda por vivir. Una persona mayor aún puede prestar mucha ayuda y Kotch se aplica a ello porque eso le da motivos para seguir adelante, para tener una ilusión. No se trata de interferir, ni de dar opiniones, ni de revolotear alrededor de quien lo necesite sólo para volcar el manojo de nervios que, muy a menudo, es la vejez. Sólo se trata de hacer algo que realmente sea útil, práctico, verdadero y preciso. Algo que salve. Algo que sea.

Es necesario pararse durante un rato y observar a la gente que se ha hecho mayor y darse cuenta de que, muchas veces, sólo hay que renovar su autoestima para que tengan una dosis suplementaria de energía. Cierto, todo depende de la salud que arrastren…pero hay muchas personas ancianas que poseen una buena forma física y mental y, aún así, las condenamos porque no queremos dedicarles tiempo, no deseamos molestarnos en estar pendientes de sus necesidades. Hay que adentrarse en el terreno de los sentimientos para saber por dónde van sus pasos y eso, demasiado a menudo, es el espantapájaros de nuestro ánimo porque, en el fondo, arriesgamos algo de nuestra valía como personas y de nuestra desnudez en la sensibilidad. La vida, ciertamente es complicada, y ninguno hemos elegido vivirla, pero nunca debemos perder el corazón. Kotch va en busca del suyo y lo tendrá tan grande que dejará a la altura de la humillación a todos los que, en teoría, deberían haber cuidado de él.

La única película dirigida por Jack Lemmon es un maravilloso equilibrio entre drama y comedia con la inestimable colaboración de Walter Matthau en el papel protagonista. En ella, podemos darnos cuenta del poder del espíritu humano para cambiar y hacer cosas mejores de las que siempre hemos querido hacer. En el fondo, es un pequeño tratado sobre qué hacer con nuestra existencia y dónde radica la verdadera felicidad.

Kotch era un viajante y ha decidido usar toda su sabiduría para hacer sonreír a alguien más. Es un personaje conmovedor, que impresiona con su valentía y emociona con su ternura. En realidad, ellos, los mayores, son los únicos que poseen suficiente experiencia como para darnos lecciones. Aunque lo expresen como niños. Aunque su lógica nos parezca algo ausente y simple. Con un final inesperado, hay que acompañar al viejo Kotch en ese viaje, en ese deseo y en esa persecución de sueños pequeños que, al fin y al cabo, forman todo el objetivo de una vida. Y llega a ser algo apasionante.

martes, 18 de enero de 2022

HOTEL RWANDA (2004), de Terry George

 

A Paul Rusesabagina, gerente del hotel Mille Colline de Kigali, le gusta imprimir un toque de estilo al negocio. Quiere que la gente se marche satisfecha de ese país que llegó a ser calificado como “la Suiza africana” por su belleza y su tranquilidad. Sin embargo, los blancos y sus colonizaciones estúpidas dejaron una herencia que acabó por estallar en la cara de todos los que vivían allí. Los belgas clasificaron a la población entre hutus y tutsis. Los hutus eran más guapos, con más clase, más europeos. Los tutsis eran africanos, atrasados, se encargaban de los oficios más bajos. Ni siquiera se atendieron a criterios de raza. Al final, el poder, que tiene demasiado de erótico, se encargó de comenzar la siempre despreciable limpieza étnica que, en este caso, ni siquiera era por raza, sino por clase y condición. Una guerra civil increíble que se origina por la ceguera asesina de los blancos.

Rusesabagina, casi sin quererlo, convierte a su hotel en un asilo para todos los tutsis, hutus y blancos que desean refugio. Llegará a los mil huéspedes en un establecimiento pensado para doscientos, se encargará de la intendencia, hará gestiones con los militares destacados de las Naciones Unidas, paupérrima representación de un Occidente que creía que esa guerra jamás le daría votos, acudirá al contrabando para contar con suministros suficientes, negociará con militares hutus, siempre al filo, en el mismo borde de perderlo todo, incluso la propia vida. El hotel Mille Colline se convertirá en un oasis para refugiados, en casi un fuerte a salvo de las brutales embestidas de una guerra que costó casi un millón de muertos mientras los blancos, como siempre, miraban hacia otro lado. Con ingenio, con decisión, con energía, creyendo en lo que se hace. Sólo en un momento parece que se rinde porque no puede luchar ya contra la sinrazón más extrema, sólo rendirse y pedir que le disparen de una vez porque es incapaz de cuidar de todos. Eso se cree él.

Don Cheadle realiza una interpretación espectacular en la piel de ese gerente que sobrepasa todas sus obligaciones y antepone el humanismo a cualquier otra creencia con tal de salvar vidas. Incluso implicando a la misma propiedad del hotel en una lucha política que no hace más que evidenciar lo despreciable de las potencias europeas mientras la gente agoniza y muere. Con escenas terribles y una psicología extraordinaria, Paul Rusesabagina llevó al máximo su capacidad de negociación, su increíble entrega por la raza humana, su mano izquierda para hablar con unos y con otros y atacar su punto más débil. Siempre habrá sitio para el débil en su corazón y, por supuesto, eso incluirá el amor más entregado hacia su familia a la que quiere salvar a toda costa. Pasen ustedes al hotel Mille Colline. Allí encontrarán algo más que una cama y un lugar donde mirar al futuro con esperanza. Encontrarán el estilo de un hombre que lo arriesgó todo por aportar algo a la gente, a la más cercana, fueran hutus o tutsis, fueran blancos o negros. Firmen en el registro. No quedará constancia.

viernes, 14 de enero de 2022

SIDNEY POITIER: EL PREJUICIO POR LOS AIRES

 

Sidney Poitier era todo un héroe en Hollywood. Poco a poco, como el viento desgastando las rocas, ha ido limando los prejuicios que la industria tenía contra los actores de color. Con él, no estuvieron sólo limitados a hacer papeles de comparsa más o menos pintorescos, dejando de tener el típico acento criollo y dando vida a una buena cantidad de personajes en los cuales, si bien el color de su piel no dejaba de tener importancia, se destacaban en su condición de hombres a secas, que desempeñaban trabajos hasta ese momento reservados únicamente a los blancos y cobrando, no sólo protagonismo, sino también manteniéndose como tal al paso de los años y siendo el primer actor de raza negra en ganar un Oscar en un papel principal.

Evolucionó de interesantes trabajos en su juventud (con tan sólo 26 años ya aparecía en la estupenda Un rayo de luz, de Joseph L. Mankiewicz y, de esta época, se pueden destacar sendos trabajos para Richard Brooks como Semilla de maldad y Sangre sobre la tierra, así como Donde la ciudad termina, de Martin Ritt) hacia papeles adultos de admirable eficacia cuyo punto de partida podría ser Fugitivos, de Stanley Kramer para pasar, luego, a interpretar el principal papel de la ópera negra Porgy y Bess, de Otto Preminger (donde fue doblado en las canciones), el drama jazzístico Un día volveré, de Martin Ritt, haciendo sombra al mismísimo Paul Newman y, por fin, la consagración total con el Oscar al mejor actor con apenas veintinueve años de edad en Los lirios del valle, de Ralph Nelson.

Su carrera, a partir de aquí, prosigue con algún que otro titubeo como, por ejemplo, Los invasores, de Jack Cardiff y algún trabajo realmente sorprendente como la conciencia del capitán de un barco que persigue obsesivamente a un submarino soviético en la excelente Estado de alarma (Incidente en el Bedford), de James Harris.

Quizá la segunda mitad de la década de los sesenta fuera la más brillante de su carrera. Ahí está el taquillazo que supuso Rebelión en las aulas, de James Clavell, versión inconfesa y mucho más blanda de Semilla de maldad y un producto muy propio de la época del swinging London para, luego, pasar al que es, con toda probabilidad, el mejor papel de su carrera: el Inspector Virgil Tibbs de En el calor de la noche, de Norman Jewison, interesantísima película sobre la investigación de un crimen en una típica ciudad racista del sur de los Estados Unidos. Su trabajo dando vida a un hombre que se muestra como mucho más inteligente que cualquiera de los blancos es fascinante (no sólo lo es, sino que se empeña en demostrarlo), con un personaje orgulloso, competente, salvajemente sospechoso por el mero hecho del color de su piel, es uno de los grandes papeles de la Historia del cine. De hecho, podemos quedarnos con ganas de saber de ese cerebral inspector obligado a colaborar con gente que le desprecia y, sabedor de ello, Poitier retomó el personaje en dos ocasiones aunque con resultados algo descoloridos en las secuelas Ahora me llaman señor Tibbs, de Gordon Douglas, y El Inspector Tibbs contra la Organización, de Don Medford, la más inferior de las tres.

La siguiente película a En el calor de la noche fue otra muestra de su enorme talento. Adivina quién viene esta noche, de Stanley Kramer, una película en la que lo fácil sería fomentar la polémica desde su personaje, pero que él convierte, sin apenas esfuerzo, en un hombre tranquilo, seguro de lo que quiere, buen entendedor de los problemas que esperan a su unión con una chica blanca, que se pone literalmente en las manos de los padres de ella (maravillosos Tracy y Hepburn), menos liberales de lo que presumen y que intenta apaciguar los exaltados ánimos de sus propios padres como signo evidente de la esperanza que guarda la nueva generación de jóvenes blancos y de color que deben olvidar sus antiguos prejuicios y radicalismos.

A partir de aquí, su carrera bandeó un tanto de un lado a otro. Pasó del notable melodrama Un hombre para Ivy, de Delbert Mann, donde compartió cartel con la gran dama del jazz Abbey Lincoln, a la olvidable El hombre perdido, de Robert Alan Arthur, un reputado guionista y productor mal pasado a la dirección. Después de intervenir en uno de los mejores documentales que se hayan rodado, King: a filmed record…Montgomery to Memphis, dirigido al alimón por Joseph L. Mankiewicz y Sidney Lumet, prueba suerte en el terreno de la dirección revelándose como un realizador sin demasiado talento, con muy poco interés a pesar de entregarse a esa faceta casi ininterrumpidamente durante nueve años en ocho películas de las que sólo cabe destacar, por decir alguna, el melodrama Un cálido diciembre. Ni siquiera su asociación con Bill Cosby en Dos tramposos con suerte y Traces funcionó y acabó dándose cuenta de que la dirección de películas no era lo suyo.

Entre medias, sólo rodó una película a las órdenes de otro director, La conspiración, de Ralph Nelson, en principio un interesante argumento que le unió a Michael Caine en un relato sobre una huida en medio de la Sudáfrica del apartheid lastrada por una dirección algo endeble que prefiere narrar la aventura en sí misma en lugar de realizar un retrato apasionante de un régimen encerrado en sus prejuicios y totalmente condenable en una época en la que el resto del mundo miraba hacia otro lado.

Después de su segundo matrimonio con la actriz blanca Joanna Shimkus y tener una prolífica descendencia, Sidney Poitier, al final de su carrera, decidió no complicarse demasiado la vida e intervenir en tres películas. Dos de ellas muy intrascendentes e, incluso, mediocres, como Espías sin identidad, de Richard Benjamin, y Dispara a matar, de Roger Spottiswoode, y una con cierta entidad al compartir cartel con un reparto de categoría encabezado por Robert Redford en Sneakers (Los fisgones), de Phil Alden Robinson aunque, aquí, desempeña un papel totalmente secundario.

Aquejado de un cáncer de piel, Poitier se retiró de toda actividad pública en sus últimos años, pero su estela y su escuela han sido ejemplo para actores tan sobresalientes como Denzel Washington (un punto más agresivo que Poitier). En cualquier caso, Sidney Poitier se encargó de dinamitar unos cuantos prejuicios haciendo saltar por los aires algunas cosas que se daban por supuestas, no sólo por la clase de trabajos que se atrevió a realizar, sino también por el éxito al que llegó en su propia vida considerando que fue uno de los mejores actores de su generación. 

jueves, 13 de enero de 2022

MUNICH EN VÍSPERAS DE LA GUERRA (2021), de Christian Schwochow

 

A pesar de ser una película de producción anglo-germana, no cabe duda de que forma parte de ese lavado de imagen que ha emprendido el cine británico para mejorar su prestigio frente al trauma que supuso el Brexit. En esta ocasión, no hay ninguna duda de que se pretende hacer pasar el efímero acuerdo de paz de Munich entre Neville Chamberlain y Adolf Hitler como una oportunidad para que Inglaterra y los aliados se preparasen para la guerra cuando, en realidad, fue justo al revés. Sirvió para que la más poderosa maquinaria de guerra que ha conocido el mundo tuviese muchos más medios y fuera aún más temible.

Así que asistimos al retrato del Primer Ministro inglés como si fuera el de un estratega que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para mantener la paz en el continente europeo y que sus cesiones y concesiones eran meras tácticas para hacer frente convenientemente a un contrincante al que se iba a enfrentar más pronto que tarde. A pesar de esta tergiversación interpretativa de la Historia, no cabe duda de que la película guarda algunas virtudes como es la interpretación de Jeremy Irons en la piel de Neville Chamberlain y la evidencia del cuidado en la producción, con un diseño exhaustivo y atrayente de aquellos días de septiembre de 1938.

Por otro lado, dejando de lado la parte más apasionante de la trama que es, sin duda, la astucia que ponen en juego los contendientes en el tablero de ajedrez político, también se introduce una narración más íntima tejida con pequeñas conspiraciones, historias de amistad y frustraciones desde la perspectiva de unos personajes que apenas pudieron ser poco más que espectadores de toda esa esperanza en entredicho. El resultado es una película que se deja ver, con momentos de tensión muy logrados, a la vez que se describen otros con diálogos infantiles para justificar motivaciones diversas, además de un actor totalmente inadecuado como Ulrich Matthes para encarnar a Adolf Hitler, al que se parece aproximadamente con la misma similitud que un huevo alemán a una castaña escocesa.

El mundo contenía el aliento cuando, de hecho, se sabía perfectamente cuál iba a ser el desenlace. Celebrar una conferencia de paz para ganar algo de tiempo y conceder la región de los Suretes a Alemania sin el concurso de los checoslovacos no era más que un teatro mal llevado porque, en el fondo, no se deseaba el enfrentamiento contra el que era la mayor de las garantías contra las potenciales ambiciones soviéticas. Todo eso se obvia porque es mejor parecer tonto que serlo y es difícil llevar la cara limpia cuando se tiene muy sucia. Aún así, un día más de paz, en aquellos días, era un triunfo, efímero y pequeño, pero triunfo, al fin y al cabo. Munich fue el escenario del asesinato de la tranquilidad para medio mundo. Y la debilidad y los intereses supranacionales fueron los autores. Sólo se pudo parar aquello cuando aparecieron hombres con determinación, capaces de parar los pies a un loco sediento de venganza y de poder que creía en un Reich que duraría mil años.

La conferencia para una paz breve fue una crónica anunciada de una declaración de guerra. El espionaje no sirvió de nada porque, ni siquiera, pudo prever el siguiente movimiento del diablo. Y el infierno duró seis años mientras todos se desangraban en el terrible y desolado campo de batalla.