Cuando una banda
organizada de profesionales del timo y el robo han realizado un golpe que ha
pasado a la historia, es muy mala idea enemistarse con uno de ellos. Y más aún
cuando, a consecuencia de ese robo burocrático, ha tenido un infarto en toda
regla que, además, le ha dejado sin ganas de hablar. Danny Ocean vuelve a
juntar a su grupo y el objetivo es claro: arruinar al enemigo. Para ello, se
vuelve a poner en marcha un juego de ceros para que ese casino que está a punto
de inaugurarse se venga abajo en la primera noche. Por supuesto, hay que
combinar cerebro, picaresca, listeza, varios frentes, idas, venidas y algún que
otro choque para dar veracidad al asunto. Y el toque final es invitar a Terry
Benedict, principal damnificado de ese mítico golpe primario, para que también
participe. Ni que decir tiene que Danny Ocean está de sobreaviso con este
individuo y tiene plena conciencia de que Benedict tratará de buscar su propia
jugada. Es un Mike Tyson. Un directo a la mandíbula. Es hacer justicia con un
buen amigo que puso el dinero para que las fuentes de Las Vegas siempre
estuvieran unidas al Claro de luna,
de Debussy.
Nuevamente, hay clase a
raudales. Incluso cuando hay que renunciar a ella. Y ese tal Willy Bank que se
ha buscado que le quiten hasta sus diamantes de hostelería se va a quedar con
tres palmos de narices en pleno desierto luminoso. Ahí están los once de Ocean
para llevarlo a cabo. Invitarán a alguno más, en plan técnico, porque el tal
Bank ha ideado un sistema de seguridad que parecen las mismísimas puertas de la
residencia del diablo, pero no hay problema. Con decisión e imaginación, los
once de Ocean saltarán todas las dificultades. Con su contorsionista, con sus
mecánicos, con el informático, con el actor, con el croupier, con el jefe y con
su segundo. Todos los elementos están ahí. La ganancia será la satisfacción.
Despedida de la saga Ocean que se rodó porque tanto George Clooney como el director Steven Soderbergh supieron desde el principio que Ocean´s twelve no estaba a la altura de lo que se esperaba y querían terminar con un golpe marca de la casa. Quizá no sea un atraco tan divertido y tan pensado como el primero, pero funciona bien porque, además de los once, salen Andy García y Al Pacino como los avariciosos propietarios de casinos y se añade a Ellen Barkin para cubrir el vacío femenino que, en esta ocasión, no pueden llenar ni Julia Roberts, ni Catherine Zeta Jones. Una pena, sí, porque hubiera estado bien verlas en acción y participando del juego, pero el resultado final es bueno, elegante, con sus disfraces, sus calmas de pajarita, sus justicias particulares (especialmente significativo es la compensación que Brad Pitt pone en marcha para el sufrido personaje de David Paymer) y con una dirección sobria y, sobre todo, ágil, se pasa un gran rato de cine entretenido, rodado con sobriedad y sentido y subiendo la apuesta aunque acierta en el manque y en el color. Yo, cuando quiero recordar todo el encanto que no tengo, siempre me pongo ésta a continuación de Ocean´s eleven, obviando la segunda, y me quedo francamente satisfecho. ¿Una manita al blackjack?






