Toda acción tiene sus
consecuencias. En esta ocasión, un líder terrorista es secretamente secuestrado
y eso hace que sus cédulas destacadas en una gran ciudad como Nueva York se
pongan en marcha. ¿Alguna vez se han planteado lo indefensos que estamos ante el
terrorismo? Cualquiera que justifique sus acciones, es un bellaco que no merece
ser ni nombrado. Al límite de sus advertencias, en esta película, el FBI y la
CIA se ponen en marcha y ya se sabe lo que pasa cuando dos agencias
gubernamentales ocupan el mismo terreno. Uno de los dos estorba bastante. En
cualquier caso, de algún modo basado en la soledad, en las horas interminables
de trabajo al pie del cañón, en la experiencia en la dirección de grupos
numerosos de personas empeñados en el mismo objetivo, los encargados del caso
de ambas agencias llegan a apreciarse. Comprenden cuán demoledora es la soledad
que experimentan. Eso, quizá, tampoco ayuda. Hay que actuar con independencia,
sabiendo lo que se hace. Puede que uno bucee demasiado en el pasado del otro y
no gusten determinadas actitudes. Puede que haya órdenes, pero siempre hay un
modo de ejecución que termina archivado en el cajón del reproche. Por otro
lado, los terroristas han dispuesto una estructura piramidal por actuación. Es
decir, actúa la primera cédula. Si cae, automáticamente la segunda cédula se
pone en marcha. Y así sucesivamente. No se sabe cuál es el próximo golpe porque
no se posee información al respecto. Incluso ellos llevan algo de ventaja
porque es posible que alguien se haya introducido en posición horizontal.
En cualquier caso, y
más allá de un puñado de escenas muy bien rodadas, no cabe duda de que la
película acaba por ser un serio aviso sobre el papel de los militares en
situaciones de caos. Cuando el orden se desmanda, no importa la consideración
humana. Cualquier cosa vale para obtener la información de quién, cuándo y
cómo. Algunos, conservarán la cabeza sobre sus hombros. Otros, preferirán
imponer el orden que más les gusta amparados por la sempiterna excusa del
cumplimiento de las órdenes. No acaba de ser creíble la parte final de esta
película, pero no cabe duda de que la traición anida en las calles y se
convierte en el peor enemigo de todos aquellos que quieren detener la barbarie.
Denzel Washington y Annette Bening se encuentran muy lejos de cualquier otro miembro del reparto. Incluso en una película de suspense activo, ofrecen interpretaciones creíbles, cercanas, verdaderas, sin dejar de regalar un lado profesional que se ajusta perfectamente a sus personajes. No así Bruce Willis, que parece incómodo en la piel de ese general de alto rango que, parapetado tras las palabras “Constitución” y “democracia”, quiere hacerse con el control del país, sin paliativos, de forma implacable. Ese retrato se desmorona en esa parte final que viene a ser el pasaje más débil de toda la película. Algo que se antoja bastante lógico habida cuenta de que el director es Edward Zwick, alguien que ya había dirigido mediocridades como Leyendas de pasión o En honor a la verdad y que siempre se ha destacado Tiempos de gloria como la cumbre de su supuesto arte. Aquí, nuevamente, demuestra que una historia que atrapa, que interesa y que engancha queda algo diluida porque no se atreve a una valentía que exige a todos sus personajes.













