viernes, 10 de abril de 2026

PROYECTO SALVACIÓN (2026), de Phil Lord y Christopher Miller

 

El destino de la Humanidad puede recaer en algún que otro héroe que nunca buscó serlo. Puede que encontrara un par de llaves para desentrañar el misterio del sol que se apaga, con todo lo que ello significa, pero eso no quiere decir que esté dispuesto a dejarse la vida para salvar a este pequeño planeta azul. Tal vez haya que forzarle de alguna manera para que ponga en práctica alguna solución para un proyecto tan delicado y, a la vez, tan fundamental para el futuro de la raza humana. Eso sí, el tipo tiene sentido del humor y eso ayuda a que la aventura sea algo más que una hazaña épica con un buen puñado de tópicos típicos. Algo de originalidad en el intento despunta en algún lado de esta historia.

Así que todo estriba en que se descubre que hay una especie celular que devora las estrellas, y el sol, qué duda cabe, lo es. Lo malo es que están devorando también otras estrellas y el mal se expande por un universo que también está al borde del cataclismo. No es un problema baladí, desde luego. Es un viaje de ida sin vuelta y se necesita mucha capacidad de sacrificio para llevarlo a buen término. Puede que la batalla de la inteligencia científica sea algo más apasionante cuando aparece un compañero de desventuras que nadie esperaba. Hasta es posible que, usando esa misma inteligencia que es la mejor y la mayor arma que puede tener la Humanidad, se desarrolle un lenguaje, se llegue a una cierta complicidad y ambos se comprometan a guardar el sueño del otro.

A los directores Phil Lord y Christopher Miller se les conoce porque fueron los responsables de aquella tronchante saga de dibujos animados que fue Ice Age, que también despuntaba por una originalidad sorprendente con algunos personajes que eran un verdadero hallazgo. Esta vez nos narran un cuento interestelar efectivo, cuyo único defecto puede ser su excesiva duración que hace pensar que con media hora menos la película podría ser mucho más redonda, especialmente en ese final que parece que se alarga poniendo en evidencia que no tienen muchas ganas de terminar. Y, desde luego, el peso de toda la trama recae en un actor al que muchos tacharon de inexpresivo como Ryan Gosling y que aquí demuestra, una vez más, que tiene la suficiente categoría para ser emocionante, cómico, patético y la encarnación perfecta de ese héroe al que llaman para los más alto deberes en contra de su voluntad. El resultado es una película divertida, simpática, con momentos realmente buenos, con algún que otro atisbo de sentido del humor brillante y con dos o tres pasajes en los que la dirección artística deja algo que desear. Mención especial merece la banda sonora de Daniel Pemberton, dueña de una variedad estupenda, de lo más frívolo o lo más trascendente, usando las más diversas melodías a su alcance y con una predominancia de la percusión utilizada con inteligencia y oportunidad. También merece mencionarse el trabajo de Sandra Hüller, que pasa de aquellos papeles arraigadamente dramáticos que interpretó en La zona de interés y en Anatomía de una caída, a protagonizar instantes verdaderamente interesantes en la piel del lado más feo de una misión que es prácticamente imposible.

Así que no dejen de mirar a su alrededor y de pensar que vivimos en un planeta que es un auténtico Edén, por su situación en nuestro sistema solar, por toda la vida que se ha desarrollado en él y que merece la pena conservarlo porque ha funcionado fielmente como nuestro hogar, por mucho que, en ocasiones, se haya revelado a través de la Naturaleza. El equilibrio universal es tan precario que unas pequeñas células a las que les encanta el calor pueden acabar con la luz, con el alimento, con el calor, con nosotros. Y, desgraciadamente, estamos sitiados por muchísimos individuos que no arriesgarían su vida por salvar a los demás. Tal vez sean esos los auténticos devoradores de soles, tal vez deberíamos ser conscientes de lo importante que son las vidas de los que nos acompañan en este planeta que tanto nos empeñamos en convertir en un lugar invivible. ¿Dentro de nosotros hay un héroe o no? Pregunto.

jueves, 9 de abril de 2026

LAPONIA (2026), de David Serrano

 

Es posible que una de nuestras principales obligaciones como padres sea mantener la magia, aunque eso implique convivir con la mentira. Es lo que se plantean estas dos parejas que se encuentran en Laponia y que, una de ellas, quiere que esa mentira maravillosa que es Papá Noel se mantenga para que la ilusión en los ojos de un niño no desaparezca. Por ahí en medio también está ese sempiterno complejo de inferioridad que nos atenaza a los españoles cuando se nos compara con otras sociedades de comportamientos y maneras más avanzados aunque, también es verdad, rematadamente más gélidos. No es una distancia entre países sino entre caracteres de raza, de educación, de tradición. Ninguna sociedad es perfecta y no es bueno meternos unos con otros. Donde las van a dar, las van a recibir.

Todo es una especie de obra de teatro trasplantada al cine mientras la cámara se mueve por el interior de una de esas mansiones de madera, especialmente preparada para soportar el frío exterior, pero que se halla sorprendentemente a la intemperie con respecto a las bajas temperaturas interiores. Salen los rencores, las naturalidades, las frustraciones, las insolencias revestidas de diálogo cordial. Y, por supuesto, y aquí se encuentra una de las grandes virtudes de la película, el sentido del humor.

David Serrano, reconocido director teatral, se ha puesto detrás de las cámaras para retratar a estos cuatro personajes que tienen mucho que decirse aunque en el arte de la escucha estén bastante retrasados. También en el de la intuición y en el de la empatía. Mentir no implica necesariamente la vileza. Puede que sea una mentira de supervivencia porque, como bien se dice en determinado momento, se trata de mantener a los hijos a salvo en un mundo que no se detiene en la piedad, ni en la misericordia. El mundo es cruel, implacable y reviste el rostro de un cazador sanguinario y queremos que accedan a esas verdades lo más tarde posible. Con la sonrisa en la cara, con la ilusión en los ojos, con esa excitación que envuelve y que pertenece sola y exclusivamente a los niños. Por eso, cuando aparece la aurora boreal, quizá es el mejor momento para mentir y decir de nuevo que eso, ése fenómeno natural y bellísimo, es magia. Y nadie va a poder replicar que no lo es.

Para poner en marcha este artefacto teatral efectivo y muy entretenido, Serrano ha contado con cuatro actores que se han implicado en la construcción de sus personajes y que lo hacen realmente bien, aunque es posible que el más acertado y creíble sea Julián Álvarez como ese profesor de lengua que acaba por ser el hombre que su pareja quiere que sea, anulando todos los rincones de su propia personalidad sólo para complacer. A su lado, excelentes y nada desentonados los trabajos de Natalia Verbeke, de Ángela Cervantes y del finlandés Vebjorn Enger que se ajusta como un guante al retrato del nórdico que desprecia el carácter español a pesar de estar casado con una nativa. El resultado es una comedia inteligente, con algunas réplicas de altura, dichas con una naturalidad impresionante y que no hacen más que elevar la categoría de todo el dilema que se mueve entre el resentimiento, el fracaso y ese juego imposible que, a veces, se plantea entre la verdad y la mentira.

Así que piénsenlo dos veces antes de mantener la falsedad de Papá Noel, de los Reyes Magos, del Ratoncito Pérez o de la existencia de un cielo para los abuelos que irremediablemente han de partir. Puede que la verdad sea demasiado dura para que unos niños sean capaces de asumirla y es mejor tratar de mantener ese entorno seguro en el que debemos, por encima de todo, transmitir la idea de que esta vida tiene un buen puñado de cosas maravillosas a pesar de que el destino se empeñe en poner grandes piedras insalvables y angustiosas por el camino. Puede que se les vea el truco, pero, quizá, eso carece de importancia. Lo verdaderamente importante es intentarlo porque es lo único y lo principal que se debe hacer. Los niños descubrirán todas las cosas feas por sí solos.

miércoles, 8 de abril de 2026

SENTIDO Y SENSIBILIDAD (1995), de Ang Lee

 

Cuando el cabeza de familia fallece, a veces, suele pasar que se destapan situaciones que estaban siendo escondidas para mantener la aparente calma. Más aún en la rígida sociedad victoriana, tan dada a la maledicencia y a pensar equivocadamente sólo por descender unos peldaños en la escalera de la consideración social. Eso es lo que pasa con los Dashwood. El padre muere y hay demasiadas deudas. Su mujer y sus tres hijas van a pasar verdaderas dificultades. Y aquí es donde se plantea la batalla sobre el sentido y la sensibilidad. Dos de las hijas son casaderas. Una de ellas está convencida de que no hay mayor problema en buscarse a un novio con posibles que les saque del atolladero. La otra, por el contrario, aún está anclada en los sentimientos, en la pureza de algo tan noble como el amor. Comienza el juego. Hay que buscar pretendientes. Sin embargo, el destino tiene reservada una broma de bastante buen gusto. Por aquellas cosas de la vida, la que no tiene ningún reparo en buscar un matrimonio de conveniencia, acabará sucumbiendo a las flechas de Cupido. La otra, mucho más romántica, sopesará con fuerza las ventajas de emparejarse con alguien que no tenga problemas en el bolsillo.

Y es que los avatares femeninos tienen estas cosas porque, si ellas mismas son un cúmulo de contradicciones, cómo no van a tener esas mismas contradicciones los vaivenes del hado. A partir de aquí, encontramos un juego brillante de intenciones y de palabras, que acabará en una fiesta porque el amor, en cualquier de sus formas, es algo para celebrar.

Mucho se ha hablado sobre a quién pertenece realmente la autoría de esta película. Es evidente que Ang Lee puso su técnica al servicio de un guion que estuvo trabajado al milímetro por Emma Thompson. Creo que, tal vez, ella tuvo algo más que ver, porque estuvo presente en todas las fases de la producción, porque su impronta se deja ver en todas y cada una de las escenas, porque todo es una exhibición del buen gusto que esta actriz y guionista ha desplegado siempre. Ang Lee, por su parte, impuso la elegancia visual que destila esta película en todas sus secuencias, perfecto acompañamiento de todo ese repertorio de sentimientos sugeridos que están esparcidos a lo largo de la trama. El resultado es una delicia, que nos lleva por los vericuetos del sentido y por los rincones de la sensibilidad, con actuaciones tremendamente ajustadas de todo el reparto, desde la propia Emma Thompson, hasta alguien que, en principio, podría no estar en consonancia como Hugh Grant, pasando por la maravillosa Kate Winslet y el adusto en apariencia Alan Rickman. Es una película que no hay que perderse y, es más, que hay que revisar de vez en cuando porque la comisura de los labios siempre tiende hacia arriba cuando se ve.

Así que no hagan planes, señoras. Todo está en manos de algún jugador celestial que echa los dados y puede salir cualquier cosa. Lo que estaba previsto, no sucede. Lo que ni siquiera estaba pensado, acontece. Y nosotros, pobres mortales sin imaginación, nos quedamos sorprendidos de algo tan simple como es el amor.

martes, 7 de abril de 2026

SU PROPIO INFIERNO (1962), de John Frankenheimer

 

A veces, las cosas están muy descolocadas. Un matrimonio de un pueblo cualquiera en un estado cualquiera de los Estados Unidos vive dentro de su acomodaticia manera de ver las cosas. Y una de esas cosas (el término “cosas” no está usado por capricho) es su hijo al que llaman Berry-Berry. Ellos consideran que ese muchacho no sirve para mucho. Y la deriva del chico no es nada halagüeña. Es violento, iracundo, malhumorado, irrespetuoso, irresponsable y muchas más palabras que empiezan por i. Sus padres consideran que no llegará nunca a ninguna parte y, quizá por eso mismo, Berry-Berry ha llegado a la conclusión que es mejor hacer lo que le apetezca en el momento en el que se presente porque, total, a sus padres no les va a parecer bien. Las cosas están muy descolocadas, sí, pero se van a estropear aún más. Berry-Berry conoce a una mujer más mayor que él y se dedica a conquistarla y, lo que es aún peor, ella no le hace ascos. Saltan las alarmas. El chico ya va a saltar definitivamente al abismo cuando, en realidad, es todo lo contrario. Esa mujer le serena, le asienta, hace que su pensamiento siempre salvaje se calme, que su rebeldía profunda hacia todo y hacia todos se aminore. Sin embargo, los padres del chico van a hacer aquello que todos hemos hecho alguna vez. Van a calentar las cosas porque no aprueban que su hijo termine de perderse por culpa de una señora que, obviamente, tiene más experiencia que él, sabe más de la vida que él y, con toda seguridad, le considera un juguete con el que perder el tiempo mientras se adentra en la madurez. No saben de la misa, la media.

Puede que esta sea una de las películas menos valoradas de su época, principios de los sesenta, cuando, en realidad, es un drama delicado, nacido de la pluma de William Inge, que también escribió dos argumentos inolvidables como Picnic, de Joshua Logan, y Esplendor en la hierba, de Elia Kazan. Quizá, es cierto, un director como John Frankenheimer se entretiene menos en la construcción y se centra más en el nudo gordiano de lo que propone la película, algo que podía ir en consonancia con su naturaleza rebelde dentro de la generación de directores a la que pertenecía, pero es una historia muy apreciable, dirigida con una admirable contención, con unos intérpretes maravillosos como Warren Beatty (puede que el peor de todos ellos), Eva Marie Saint, que ofrece una interpretación exquisita, Karl Malden y Angela Lansbury en la piel de los padres e, incluso, Brandon de Wilde en la piel del hermano pequeño del protagonista. El resultado es una película que merecería ser rescatada del olvido, un drama al mejor estilo sureño, con pasiones intensas, reacciones lógicas y expandidas, con un gran dominio de los sentimientos encendidos por situaciones que creemos manifiestamente injustas cuando, en realidad, son pulsiones humanas que a todos nos sitian. La película merece mucho la pena y no deja de ser una lección para aquellos padres que sienten predilección por ajustar mucho los nudos que atan a sus hijos a los que, en muchas ocasiones, etiquetan de perdedores. Puede que tengan razón, pero no tendrían que intervenir. Ellos deberán vivir su vida para alcanzar el fracaso o el triunfo. Aunque ese triunfo dependerá de lo que cada uno estemos dispuestos a aceptar como tal.

viernes, 27 de marzo de 2026

UN HOMBRE DE HOY (1970), de Stuart Rosenberg

 

Con este artículo, vamos a cerrar el blog debido a las vacaciones de Semana Santa, hasta el martes día 7 de abril. Espero que todos descanséis y que vayáis mucho al cine. No nos queda mucho más.

Las casualidades rumbo al destino también existen. Un periodista se dirige al que va a ser su puesto de trabajo habitual. No es gran cosa porque se va a hacer cargo de la sección de deportes de una radio estatal allí donde da la vuelta el aire. Por el camino, asiste a un incidente entre una mujer de mala vida y su chulo. Entra en liza, le quita el cuchillo al facineroso y decide invitarla a cenar. La mujer no tiene dónde ir, no tiene nada que perder y, a lo mejor, gana un filete, así que acepta. Se van juntos. Ella le acompaña hasta ese destino que parece más lejos de lo que, en un principio, podría ser. Él asume el trabajo, viven juntos…no, no se preocupen, no es una historia de amor. La radio en la que va a trabajar el periodista no es muy recomendable. Bajo su aparente normalidad, esconde las maquinaciones de la ultra derecha, decidida a retirar todas las ayudas sociales a los pobres y a los marginados. Esos, fuera. Sólo tienen cabida en la sociedad estadounidense los ciudadanos formales y honrados que, sin pensar demasiado, salen de su casa cada mañana dispuestos a ganarse el pan de la forma más honesta posible. Todos los demás, sobran. Es una guerra sin armas. Es pura propaganda.

Lo peor de todo es que el individuo en cuestión, no se va a conformar. Quiere hablar con el jefazo y hacerle ver que le han engañado y que aquello no era lo que él suponía. Que sí. Que no. Vete de aquí. Esto no quedará así. El periodista va a urdir una conspiración para acabar de una vez por todas con este rico empresario que sólo quiere empeorarlo todo. Un rifle, una bala, listo. La sombra de Kennedy, en esta ocasión, va a servir para hacer algo bueno. La respuesta estará en lo alto de un escenario.

Esta es una película que ha pasado prácticamente desapercibida dentro de la filmografía de Paul Newman. Es cierto que tiene elementos muy notables, pero la historia está arrastrada con una languidez que la hace aburrida en bastantes momentos. La presencia de Joanne Woodward es un activo más a su favor y en el banquillo de los secundarios hay nombres que dan mucho empaque como Anthony Perkins y Pat Hingle, pero no acaba de funcionar esta historia del hombre enfrentado a poderes que le sobrepasan y a los que decide declararles la guerra. Newman, como siempre, ofrece un buen trabajo aunque, quizá, en algún instante, no se cree demasiado lo que está haciendo y la dirección de Stuart Rosenberg resulta sorprendente porque siempre fue un director de vigor y cierto ritmo y, en esta ocasión, parece como que se olvida de todo lo que sabe y cuenta una historia que deja un regusto muy amargo, muy para perdedores que no tienen posibilidad de redención. Quizá es una lección sobre la capacidad de juicio para aprovechar los medios y la oportunidad de cambiar las cosas. Puede que, en ocasiones, el camino más largo sea mucho más beneficioso que el golpe en la mesa. Y estamos viviendo unos tiempos en los que cada vez se pone más de manifiesto que todo debe cambiar despacio para que nada siga igual.

jueves, 26 de marzo de 2026

AMARGA NAVIDAD (2026), de Pedro Almodóvar

 

No todo lo que escribe alguien que ha llegado muy alto en los terrenos de la creación tiene que ser necesariamente genial. En esos caminos inescrutables del escritor o cineasta, a veces se empieza hiriendo el papel con unas cuantas palabras y se acaba armando una gran historia. En ocasiones, ocurre lo contrario. El mismo autor cree que está haciendo algo que merece realmente la pena y realmente da pena. Las posibilidades de un argumento son infinitas y se piensa que es apasionante cuando resulta que es desilusionante. Perdonen tanto juego de palabras, pero es que cuando se pone en marcha una película con un reflejo entre realidad y ficción siempre parece que la realidad pierde y se empieza a jugar con la mediocridad.

Por un lado, tenemos a un director de prestigio que lleva unos cuantos años que no hace nada que aumente su prestigio salvo ir a recoger un premio allí, acudir a un homenaje allá y dar unas cuantas charlas sobre lo que hizo, lo que dejó de hacer y lo que pretende hacer. Al otro lado del papel, asistimos a la degradación por la culpabilidad de una mujer que también ha dirigido un par de películas y que está sucumbiendo a repentinos ataques de ansiedad que, por supuesto, sólo puede calmar a través de pastillas de potencia consumada. En este lado de la escena, podemos intuir a un director como Pedro Almodóvar que quiere sondear en los abismos de la creación y pone en juego un tablero de engaño hurtando la historia que quiere contar. Todo en orden.

Por mucho que Almodóvar quiera hurgar en ese inacabable orden desordenado que es la acumulación de ideas, no se puede evitar una cierta sensación de que el espectador ha sido víctima de una tomadura de pelo. ¿Por qué? Porque el manchego nos cuenta dos historias que no terminan de tener interés, precisamente porque nos quiere describir la mediocridad y, cuando por fin llega una idea, algo luminoso, brillante, que desea ser contado, aparece uno de los finales más inoportunos del cine. Y eso es así. El espectador, ese ente insaciable que está esperando los pormenores de algo, se tiene que conformar con los detalles de algo, sí, pero inane, sin demasiada gracia, sin destino, que, a todas luces, tiene que ser reescrito porque no describe nada. Es como si cualquiera de ustedes se pusiera a narrar cualquier evento de su azarosa existencia a una serie de atentos y expectantes oyentes y van cayendo en la cuenta de que lo que están diciendo no tiene gracia en ningún sentido. En definitiva, carece de interés más allá de lo que es un mero retrato de unos cuantos personajes.

Así que ándense con cuidado a la hora de ponerse delante de un teclado de un ordenador. La hoja en blanco es un loco desafiante que quiere ser rellenado con planteamientos, nudos, desenlaces, amores, rupturas, reconciliaciones, sentimientos, acciones y reacciones. No se queden sólo en un hecho puntual para que tengamos simpatía por unos personajes que ni siquiera existen. Alguien puede tener ataques de ansiedad, de acuerdo. Y los puede tener por una razón concreta, de acuerdo. Pero ¿saben qué es lo que interesante? Que esa mujer lo tiene todo mientras las amistades que la rodean se hallan heridas casi de muerte. Y no cae en ello, a pesar de que, sin duda, anida cierta bondad en su corazón que, por aquello de que el Pisuerga pasa por Valladolid, también le sirve para escribir a su vez un guion en el que blablabla… Ficción y realidad. Ficción y no realidad. No ficción y realidad. Eso es lo que baraja continuamente la película. Eso sí, Bárbara Lennie, como siempre, ofrece una interpretación maravillosa, al igual que Aitana Sánchez-Gijón, que deja entrever en su personaje los nervios de una vida que se ha visto alterada de forma imprevista. No está mal el trabajo actoral en esta película, hay que reconocerlo. Lo que puede tener más inconvenientes es que no todo lo que se escribe es genial, pero eso ya lo he dicho. Tal vez, el reflejo entre ficción y realidad en mi ordenador es más débil de lo que pensaba.

miércoles, 25 de marzo de 2026

LA MUJER ZURDA (1977), de Peter Handke

 

Todo parecía ir bien dentro de la rutina. Una mujer, un hijo, un trabajo de cierta solidez y sobradamente pagado…De repente, un hombre vuelve de un viaje de negocios en Finlandia y se encuentra con que su mujer quiere abandonarle. Quiere vivir sola con su hijo. Quiere desterrarle de su vida. Y ahí mismo, aparece con letras de neón una palabra que se enciende y se apaga continuamente en la conciencia de él. “Soledad”….”Soledad”…”Soledad”. Todo cambia y se sumerge en una nube de inconsciencia, de sueños líquidos que se antojan a algo muy parecido como a contener la respiración debajo del agua. Quizá lo más doloroso es que no hay ninguna explicación. Ella se niega a decir una palabra sobre los motivos. Se cierran todas las puertas de una sola vez y no hay posibilidad de encontrar ni un leve resquicio. Es entonces cuando empieza un diabólico juego en el espectador que trata de encontrar los motivos en la mente de esa mujer que se niega a hablar, pero que, de alguna manera, comienza una lenta y segura reconstrucción de su vida. Es como construir un edificio, pero empezando por la azotea. Con esa obra y reforma en su interior, trata de encontrar un equilibrio interior que le va a ser siempre esquivo, pero desea intentarlo. Incluso se puede llegar a pensar que es muda, pero no lo es. Por eso se construye un misterio alrededor de ella. ¿Cómo es? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Hacia dónde va? Tal vez hacer que la vida se ajuste a sus términos y no a los que le impone la vida, o su marido, o su propia existencia, o la misma sociedad. No todo van a ser aciertos. Sus pasos son inseguros y el error también existe, por mucha decisión que haya tomado. En algún momento de esta película, parece que la pantalla es una ventana por la que miramos, indiscretos, a esta mujer reconstruida, difícil, parca en comunicación, incapaz de expresarse, voluntariosa al máximo.

Esta es la principal razón del cine de Peter Handke en una de sus escasas incursiones detrás de las cámaras. Para ello, cuenta con una actriz que es una auténtica delicia como es Edith Clever, que interpreta a esta mujer zurda, Marianne, que decide dar un giro de ciento ochenta grados a su vida y que tampoco es capaz de explicar cómo ha llegado a tomar esa decisión. Al lado de ella, un espléndido plantel de secundarios, empezando por Bruno Ganz interpretando al marido, perplejo y abandonado, y siguiendo con varias sorpresas en papeles pequeños como el director de El puente, Benrhard Wicki, el actor Michael Lonsdale y, en una pequeña aparición, Gerard Depardieu. El resultado, por supuesto y sabiendo que viene de la óptica tan particular de Handke, es una película en la que resulta extremadamente difícil transitar porque todo gira en torno a entender a esta mujer que rompe con todo y, tal vez, no sabe cómo construir nada aunque lo intenta y lo hace de un modo evidentemente torpe. Puede que Handke, en el fondo, trate de decirnos que no todas nuestras decisiones son totalmente racionales, que los cambios son necesarios para seguir adelante, aunque ello signifique hacer trizas muchas cosas que son habituales. Todo estaba en la mente de ese escritor tan enigmático como contradictorio que siempre amó el cine como su segundo lenguaje.