jueves, 7 de mayo de 2026

EL DIABLO VISTE DE PRADA 2 (2026), de David Frankel

 

El diablo ya no lo domina todo. Comienza a estar sobrepasado en unos tiempos en los que las ediciones en papel están siendo parte de la historia. El mundo digital se está imponiendo a unas velocidades vertiginosas y ya no tiene ninguna importancia cuántos comprar los ejemplares de su revista, sino cuántos clicks se hacen en cada uno de sus reportajes. Aparte de eso, los emporios empresariales siguen en sus batallas en las que impera la desigualdad y se están devorando unos a otros. El diablo, tal vez, ya haya pasado de moda, aunque tenga uno o dos ases guardados en la manga de Armani.

La chica voluntariosa que soñaba con escribir en un periódico se ha quedado sin empleo. Ya no importa escribir bien, tener rigor en los reportajes, informar al público desde un punto de vista objetivo. Los diarios digitales también se están abriendo camino y están ganando sobradamente a las ediciones impresas. Sus tremendos costes a la hora de pagar a las plumas que firman artículos, columnas y editoriales están siendo reducidos porque ya no se busca la calidad, se busca la cantidad de lectores inmediatos y poco acostumbrados a leer más de tres líneas. El periodismo serio se está arrojando a la basura, igual que un diario de ayer. Volver a un antiguo empleo va a ser un desafío. Y más aún cuando el fracaso está llamando a todas las puertas que signifiquen escribir.

Con estas circunstancias, tenemos también al asesor de moda, que nunca ha tenido oportunidades porque sigue a la sombra del diablo. No ha podido dirigir nada, porque él sólo asesora. De forma muy eficiente, por supuesto, pero eso tampoco es suficiente. En una hipotética reestructuración, él va a ser el primer cordero para el sacrificio. Por otro lado, la chica que oscilaba entre la envidia y el cariño trabaja para una conocida marca y no va a dejar sus sueños arribistas por nada. En el ambiente de la alta costura, no hay lugar para los sentimientos. Ese es un axioma que, con el paso de los años, ha permanecido inmóvil, sin ceder ni un ápice.

Y ya tenemos una historia más para armar otra aventura de superación, de exhibición de recursos, con un retrato más humano y más suavizado de un diablo que no deja de serlo, pero que ya no azuza tanto las llamas del infierno. La frivolidad sigue siendo enseña y, desde luego, no deja de ser atractivo asistir al pase de modelos que nos brinda la película y, de paso, al estupendo trabajo de los cuatro protagonistas que, al fin y al cabo, pasan por ser las mejores razones para ir a verla. Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, que tiene las mejores líneas de diálogo, son cuatro portadas de primerísima clase. Si a eso añadimos a Kenneth Branagh hecho un auténtico encanto, pues ya está. Tampoco hace falta tener mucha profundidad, ni mucha más doblez para el signo del cambio de unos tiempos que han adulterado todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida. No se pide mucho más. Y en esta ocasión, el número no es más que una repetición que la primera edición.

No hay que confiarse cuando las cosas cambian de forma tan abrupta y tan rápidamente. La inteligencia, ese bien escaso, debe estar siempre en guardia y la perseverancia también se erige como un arma valiosa en unos días en los que se juega a la desesperación como ataque. Mientras tanto, las tiendas de altas marcas como Prada, Louis Vuitton, Dior, Jean Paul Gaultier o Yves Saint Laurent no dejan de abrir sus puertas, porque siempre hay sitio para valorar una creatividad que también se ha puesto en fuga, aunque hay que reconocer que algunos de los vestuarios que se exhiben con modelos de alta clase como estas estupendas actrices son realmente atractivos. Sonrían, perfúmense, no dejen de hacer la raya en el ojo, pónganse los tacones más difíciles del mercado…pero no pierdan su alma por el camino. Esa nunca querrá pasearse para mostrar un triunfo que, en realidad, no existe. Es todo. 

miércoles, 6 de mayo de 2026

EL DIABLO VISTE DE PRADA (2006), de David Frankel

 

¿De qué le sirve a una mujer ganar el éxito profesional si por el camino pierde su alma? Eso suele pasar en aquellos trabajos en los que la apariencia cuenta más que el cerebro, pero eso no quiere decir que se te exija no poseer cerebro en absoluto. Todo lo contrario. Debes saltar por encima de las demoledoras y destructivas envidias, por debajo de las continuas y severas humillaciones, de la sensación de que te están poniendo a prueba durante todo el tiempo y, además, tener la cabeza muy bien amueblada para conseguir un cierto grado de organización y de recursos más que suficientes para atender los deseos y órdenes de alguien a la que nadie, ni por asomo, le han dicho que no. Y cuando lo hacen, se deshace en lágrimas. Así que, ya en el mero hecho de conseguir el trabajo soñado por toda una pléyade de jóvenes que quieren abrirse paso en la jungla de asfalto, hay una valentía formidable. Y esa bravura se eleva aún más cuando la perseverancia y la terquedad de no abandonar se convierten en la meta.

Eso sí, mientras tanto, habrá que pagar un alto precio. Renunciar a tu imagen cómoda para abrazar al glamour sin ambages. Dejar de lado tu vida personal porque intentarán disponer de ti en todo momento y a cualquier hora. Abandonar a tus amistades, porque ellas no son importantes. Tú sólo estás y debes estar para quien da las órdenes. Y las da de una manera terriblemente arrogante, de un modo casi insoportable, sin respetar a nadie, sin tener en cuenta los problemas de nadie, sin querer explicaciones de por qué se ha conseguido algo o por qué no. El diablo, en esta ocasión, viste de Prada. Y lo es porque no sabe lo que es la educación, por mucho que crea que es la cima de las buenas maneras y de la elegancia.

Hay que reconocer que la película, que navega entre la comedia de cierta sofisticación, y la reivindicación de la mujer (casi sin saber que se reivindica por sí misma con el personaje de una espléndida Anne Hathaway), es ciertamente efectiva aunque, en realidad, este rodeada de frivolidades de altos vuelos muy propias del mundo que pretende retratar. Meryl Streep, por supuesto, adopta esa mirada casi felina, rellena de fiereza por los bordes, para mostrar el retrato de una mujer a la que no le importa nadie. Sólo ella misma. Y que desarrolla un cierto respeto por su empleada sólo cuando ella ve que es capaz de superar la ambición y mantenerse como persona, algo que su personaje es incapaz de hacer porque no tiene ni idea de lo que es la admiración por los demás. Estupendo también Stanley Tucci en la piel de ese asesor de moda que está deseando librarse el abrazo del diablo y que está condenado a permanecer en su sombra. Y muy atinada, como casi siempre, Emily Blunt como esa compañera que apenas puede dominar la envidia y el sentimiento de superioridad.

Todo esto… ¿a dónde nos lleva? Posiblemente, la conclusión sea que es una historia que, mirada con cierta frialdad, es bastante simple, pero que está muy salvada por un reparto que está muy ajustado en todos sus papeles. La demostración preclara de que una película puede guardar interés sólo para ver el desfile de unos intérpretes que dotan de carne y hueso a un mundo que huele insoportablemente a Chanel. Luego, si acaso, ya vendrán las pasiones personales.

martes, 5 de mayo de 2026

EL AMOR EN SU LUGAR (2021), de Rodrigo Cortés

 

Y el lugar puede que sea sobre las tablas de un escenario. El teatro es una caja mágica en la que caben todo tipo de sueños, toda clase de anhelos, incontables modos de esperanza, inacabables sinergias de auténticos mañanas. No sólo para el público, sino también para los que lo hacen. De algún modo, subes ahí arriba y notas que hay algo que no se puede describir porque, de una manera ignota, se conecta con un buen puñado de seres que esperan un rato de evasión, disfrutando con las reacciones en vivo de cualquier escena, por ejemplo, de una casa de vecinos con unos cuantos inquilinos que se ven obligados a convivir más de lo recomendable. Y cuando dos parejas tienen que compartir piso, entonces es cuando entra el amor y se coloca en su lugar. Sobre el escenario y tras las bambalinas.

Todo esto podría ser una perfecta introducción a cualquier obra de teatro filmada en la que glosaríamos con energía y entusiasmo las bondades de las artes escénicas. Pero es que teatro, agónico, mísero, casi inexistente, tuvo lugar entre los muros del gueto de Varsovia en plena ocupación alemana. Era un teatro de judíos para judíos. Y el silencio se impone en medio de ese gozo para el alma que es una obra cuando irrumpe un alemán al que, curiosamente, también le gusta el teatro y debe montar su propio espectáculo. Ahí entra un actor invitado como es el miedo, acompañado del horror. No obstante, se debe continuar. Se debe ofrecer la esperanza completa, no sólo un extracto interrumpido por la brutalidad. Mientras, detrás del escenario, se idea una fuga que deberá implicar necesariamente algún sacrificio.

Rodrigo Cortés realiza un ejercicio de estilo elegante, con un manejo de la cámara que, en algunos pasajes, parece recordar al Brian de Palma más virtuoso. Nos pasea por las calles aterrorizadas hasta que nos lleva al refugio de la escena, allí donde se viven los sueños y se sueña la vida. El resultado es una película irremediablemente diferente e irresistiblemente atractiva, en el que pone en juego la obra representada y la vida sin ensayos siempre con la premura que el terror impone como director. En esa fría Varsovia, asolada por la sangre y los copos de nieve, hay un espacio donde los ojos buscan la sonrisa  y aún hay tiempo para el amor, para el humor, para la verdad y para la mentira.

Así que déjense coger la mano por este estupendo director y abandónense a su guía llena de sabiduría y de amor por el teatro y por el cine. Iremos de la platea al escenario y viceversa y siempre buscaremos la belleza en los rincones más difíciles del alma humana. El teatro ha sido siempre un buen espejo de ello. Y su hermano menor, el cine, ha sido un buen gregario. No dejemos que la realidad, triste, gris y, a menudo, insoportable, se adueñe de todos los rincones de nuestro pensamiento. Allí arriba, bajo un telón que establece la frontera entre lo real y lo ficticio, hay un puñado de personas que luchan por escenificar los sueños que nunca hemos tenido.

jueves, 30 de abril de 2026

MICHAEL (2026), de Antoine Fuqua

 

Varias son las consideraciones a tener en cuenta antes de analizar con cierto rigor este pretendido biopic de la mayor estrella del pop de todos los tiempos. La primera de ellas es que ésta es sólo una primera parte. La propia película avisa en sus créditos finales de que la historia continuará con lo cual se deja un cierto regusto de que todo se queda a medias y que no es posible hacer un juicio aproximado de los agujeros que se pueden apreciar dado que no se sabe si se van a rellenar en la siguiente entrega. La segunda es que es un proyecto auspiciado, financiado y controlado por la propia familia Jackson, lo cual hace que cualquier espectador se pregunte si la verdad es lo que se está viendo o sólo es una versión edulcorada y apropiadamente parcial aprobada por el clan.

La tercera es que tampoco se puede emitir un juicio objetivo sobre la dirección de Antoine Fuqua, un realizador que ha demostrado su competencia en varias ocasiones, como es el caso de las tres partes de The Equalizer, con ese actor enorme que siempre da lo mejor como Denzel Washington. Fuqua se desenvuelve bien en los terrenos del cine de acción con un fondo interesante (si exceptuamos su penosa visión de Los siete magníficos, más atenta a cumplir con las absurdas cuotas hollywoodenses que en ofrecer un punto de vista nuevo sobre la historia) y aquí acepta este trabajo comisionado por el clan Jackson aunque cabe suponer que lo hace de buen grado dada la trascendencia del retrato de un personaje que ha hecho historia sobre los escenarios y en la música.

Con esos mimbres, vamos con lo que sí se puede concluir. Lo más llamativo es el trabajo de Jafaar Jackson, sobrino de Michael, que consigue imitarle con cierta precisión en esos bailes de pies eléctricos a los que tan acostumbrados nos tenía el cantante. No canta él en ninguno de los temas que ofrece la película y hay que reconocer que Jafaar tiene una mirada más tierna que la de su tío. Aún así, en algunos momentos, parece que sí encarna con acierto en gestos y sombras, en aspiraciones y modos. Por otro lado, Fuqua se esmera mucho en colocar algunos movimientos de cámara muy elegantes para engrandecer momentos del cantante y compositor. Y por otro lado más, tenemos algunos personajes que sí, que aparecen, pero que se quedan algo colgados como lo es una figura fundamental en la carrera artística del gran Michael como lo fue Quincy Jones, enorme músico de jazz, extraordinario compositor y avispado productor que supo darle al gigantesco rey del pop todo lo que necesitaba. También hay un par de apariciones interesantes como son las de Miles Teller y Mike Myers, pero son islas en medio de esa sensación de que esta película, casi exclusivamente, se centra en el proceso de independencia de Michael Jackson de la figura dominante y dominadora de su padre, Joe Jackson, encarnado con cierta fuerza por Colman Domingo.

Así que, por un lado, la película da algo que se espera desde el principio. Un musical con un repertorio de las mejores canciones de los Jackson Five y del propio Michael Jackson, aunque llama la atención la poca relevancia que se presta al mayor éxito de los cinco hermanos como fue Blame it on the boogie y la historia se detiene en el momento en el que el cantante presenta Bad en Londres. Hay un cierto miedo a mostrar al director del mítico vídeo Thriller, John Landis, y el retrato que se hace Michael Jackson es algo timorato, que se centra en esa sensación de su propio convencimiento de ser un elegido, alguien con un talento natural inigualable. Se muestra poco de sus procesos creativos, de una manera muy superficial y, al final, todo queda algo desdibujado, aunque los fanáticos del gran showman se irán contentos, meneando los pies aquejados del mismo alto voltaje que asolaban los de Michael, tarareando sus canciones que van desfilando una tras otra. El espectador, a poco que se pregunte, puede llegar a la conclusión de que, al fin y al cabo, la película no le ha descubierto nada o, en todo caso, muy poco acerca de Michael Jackson. Quizá, cuando llegue esa segunda parte de la que hablábamos, pasaremos del retrato del hombre que poseía unos pies eléctricos al de un hombre que se miraba en el espejo.

miércoles, 29 de abril de 2026

NUNCA PASA NADA (1963), de Juan Antonio Bardem

No, nunca pasa nada en el típico pueblo de provincias de tardes inacabables y cotilleos de tostada. Es un día tras otro, prácticamente el mismo, con todos pendientes de cualquier novedad, por mínima que sea. Y todo se convierte, se subvierte y se pervierte por culpa de una apendicitis. Una compañía de revistas francesa pasa por la localidad y allí se queda una de sus vedettes, aquejada de esa inflamación del apéndice. La compañía, que es de tercera, la deja allí mientras es operada y se recupera. El médico se queda embelesado con ella porque, al fin y al cabo, representa de alguna manera la vida que le hubiese gustado vivir, acabando su carrera en una gran ciudad, disfrutando de sus noches y de sus mesas, de las luces y de las chicas. En cambio, se ha condenado a un pueblo, más o menos grande, en el que las arpías de turno están afilando las uñas pensando en lo que se avecina.

El médico, como no podía ser menos, cae rendido a los pies de la corista. Su mujer, bellísima, pero marchita, es sitiada por el maestro del pueblo, un tipo cortés, elegante, con jovialidad, con ganas…justo lo que no es su marido. Nunca pasa nada en este pueblo. Sólo hay personas que encarnan lo que se quiso ser y es entonces cuando los sueños cabalgan a lomos del aburrimiento y de la rutina, briosos corceles con destino a una posta que siempre será temporal y, a buen seguro, casa de arrepentimiento y penitencia. Lo del médico con la corista…es caldo de cultivo para las cotorras, la voz corre, el pueblo se escandaliza. El médico con la corista. Vaya plan. ¿Ha visto usted? No, si yo ya me había dado cuenta de que ella era una lagarta. ¿Y él? Vamos, un hombre de su edad…a dónde vamos a ir a parar, esto no tiene nombre.

Juan Antonio Bardem hizo otra radiografía tremendamente corrosiva de la burguesía de provincias con la colaboración de una actriz tan maravillosa y gigantesca como Julia Gutiérrez Caba, que es la auténtica personificación del drama de frustración contemplativa que se pone en juego en esa ciudad de lluvia, de nube, de edificios grises, de humo de tabaco en los cafés y de perfume barato en la peluquería. Por supuesto, la producción francesa impuso no solo a Corinne Marchand en el lógico papel de la corista francesa, sino también a Jean Pierre Cassel en la piel del maestro que pretende los favores de la esposa del médico. Y no dejemos de mencionar a Antonio Casas, poseedor de esa voz magnética, como el galeno que aparca, en apariencia, su rectitud y seriedad para hacer realidad el sueño de vivir algo más intenso que el partido de fútbol en la televisión de los domingos.

El resultado es una película desesperanzada y demoledora, que se coloca tan sólo un peldaño por debajo de Calle Mayor, porque, en el fondo, tratan de lo mismo, de esa sociedad adocenada y adormecida que se apolillaba en una dictadura que ya se alargaba más de lo que el alma podía aguantar. Por eso las bromas, las chanzas por un lado, y los cotilleos y los despellejamientos por el otro.

martes, 28 de abril de 2026

LA CHAQUETA METÁLICA (1987), de Stanley Kubrick

La orden es crear asesinos sin compasión. No importa cómo. Si la tortura, el grito soez y tremendo, la inhumanidad bien saboreada son los instrumentos, es lo mismo. De lo que se trata es de fabricar soldados que disparen sin pestañear, que no tengan ni la más mínima duda de que el enemigo sólo entiende el lenguaje de la sangre, de que Vietnam, en el fondo, es otro patio de juegos, prolongación del período de instrucción, en el que van a poder hacer realidad todo lo que han ensayado hasta la hartura en el cuartel. No todos lo aguantan. Probablemente, el más débil se quebrará y se convertirá en el auténtico asesino que ellos desean, sólo que su voluntad de matar se manifestará con toda su violencia antes de marcharse al frente. Ha sido vilmente torturado, salvajemente humillado y violentamente castigado hasta por sus propios compañeros. Vietnam no está en el Sureste Asiático, sino que está aquí, en el patio de armas, en los dormitorios, en la vociferante autoridad del Sargento Hartmann. Y más vale estrenar el fusil con esas balas con chaqueta metálica que dejarán los sesos bien pegados en los azulejos del cuarto de baño.

Llega la hora del fregado y, tal vez, la corresponsalía de la revista oficial del Ejército sea una buena opción. La ofensiva del Tet comienza y hay que ponerse el casco y luchar por ti y por esos compañeros que comparten contigo el hipnotizador avance detrás de un tanque blindado. Un francotirador se encarga de poner las cosas bien difíciles y comienzas a plantearte cosas más profundas que la intensa fantasía sexual de la prostituta de turno. Ellos matan, dejan rastro de sangre y, por tanto, un cebo ideal para el resto de los incautos que intentan tomar una ciudad en ruinas. Tú, yo, él. Cualquiera puede ser el blanco de ese francotirador tan certero que, incluso, encuentra resquicios en las ruinas para colar una bala donde parecía imposible. Mickey Mouse en el regreso. El mundo es una mierda, pero estoy vivo y es lo que cuenta.

La particular mirada desesperanzada de Stanley Kubrick se erige en una película que, en materia de Vietnam, se coloca justo detrás de Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, sólo que desde una perspectiva diferente. Aquí no hay selvas que engullen, ni un río cuyo curso lleva inexorable al horror. Aquí hay un lavado de cerebro que engendra psicópatas ya desde el campo de instrucción. Vietnam sólo es el lugar donde esos locos prefabricados ponen en práctica lo aprendido. Y puede que el regreso sea sólo un sueño que jamás se reintegrará en la normalidad porque ha habido demasiada muerte entre los hierros desvencijados de una fábrica en medio de ninguna parte. Lo único que hay que hacer es seguir o morir. Y más vale seguir que morir. Ése es el único acicate de cuantos han ido hasta allí. No vale no saltar una valla, no está permitido ser débil. Aquí mi fusil, aquí mi pistola. El uno dispara, la otra consuela. El horror está en casa. No hace falta irse a una guerra a diez mil kilómetros para comprobar que existe, que está cerca y que sólo hace falta apretar un gatillo para acabar con todo.

viernes, 24 de abril de 2026

GLORIA (1977), de John Cassavettes

 

Gloria es una mujer que pisa fuerte allá por donde va. Ha estado con los peores y algún que otro que le hizo mantener la fe en la Humanidad. Quizá es una de esas que no ha realizado ninguno de los sueños que un día se propuso, aunque no puede negar que ha habido algunos buenos ratos, un par de juergas inolvidables, unas copas por aquí, algún arrumaco agradable. Nunca ha sido madre, a pesar de que ya ha llegado a una edad en la que le gustaría haber dejado algún rastro de su paso por el mundo. O haber llegado al corazón de algún tipo que la quisiera de verdad. No ha sido posible. Lo único que tiene es el convencimiento de que ella vale, de que nadie se ha reído de ella y que, si lo ha hecho, ha acabado pagándolo. Es una mujer de cuidado.

Un día, no es madre, pero casi. Un testigo incómodo para algunos de sus amigos acaba en sus brazos. Y Gloria puede ser muchas cosas, pero no es una asesina. Sólo mata si la atacan, como buena leona. Y eso es lo que va a hacer por ese niño. Se la va a jugar muy en serio para preservar su vida. Si sus amigos de años disipados no han sabido hacer las cosas bien, allá ellos. Gloria va a pisar más fuerte que nunca. Y va a dejar una huella que no se va a olvidar con facilidad. Es una de esas mujeres que aún guarda belleza en sus rasgos de mujer de madura, pero que conserva intacto su atractivo interior.

John Cassavettes dirigió esta película saliéndose de los cánones de su cine para mostrar el inmenso valor de una mujer que decide enfrentarse a todo y a todos con tal de salvar la vida de un niño inocente. En un principio, pensó en Barbra Streisand para el papel protagonista, pero no llegó a un acuerdo porque la actriz quería componer la banda sonora de la película. Cassavettes volvió a terreno conocido y se lo ofreció a su mujer, Gena Rowlands y, sinceramente, no se puede imaginar a nadie más que a ella interpretando a una mujer como Gloria. Es un torbellino de fuerza, de voluntad, de energía, de saber mirar y de saber estar y de saber pasear una belleza ajada con una elegancia inusitada. No es de extrañar que Gena Rowlands fuera nominada al Oscar a la mejor actriz del año por este papel.

Háganme caso y no se entretengan por el camino si encuentran por ahí la segunda versión de esta misma historia protagonizada por Sharon Stone y dirigida por Sidney Lumet. Es imposible mejorar la visión de Cassavettes y la interpretación de Gena Rowlands. Es como si Manhattan, de repente, se vistiera de mujer de negro y comenzara a mirar para todos lados buscando un desafío que todo el mundo rehúye porque, además, es uno de esos personajes a los que los más villanos parecen temer. Fue una muñequita tiempo atrás, pero, por alguna razón que se escapa a los débiles de mente y revólver, es una apisonadora que no tiene ningún problema en asesinar su propio pasado. Cuidadito con ella.