Algo muy extraño
ocurría cuando veías actuar a Manolo Solo.
Parecía que, de alguna manera, en todos y cada uno de sus personajes, se
guardaban todas las miradas posibles. Miradas de decepción, de sorpresa, de
descontento, de sabiduría, de ingenuidad, de verdad, de mentira, de búsqueda,
de rifles y ponys, de broma, de conquista, de derrota, mucha derrota. Sólo con
ese poder que atesoraba, era capaz de trazar cada una de las características de
sus encarnaciones a las que acompañaba con una voz que modulaba con
autenticidad. No en vano había sido un excelente actor de doblaje. El destino,
siempre burlón y esquivo, no ha dudado en llevarse a un intérprete de su
categoría justo cuando ya estaba dominando las películas en las que intervenía.
Injusticia nada divina.
Manolo rezumaba
autenticidad en todo lo que hacía y no es insensato pensar que comprendía, por
su experiencia y su capacidad, todas las motivaciones de los personajes a los
que interpretaba. Sabía perfectamente que Santi “El Triana”, de Tarde para la ira tenía que modelarse a
través de su voz, tan quebrada que apenas era un silbido, con esa forma de
hablar tan taleguera, tan de trullo y patio. Lo demás era construirlo a partir
de esa voz. Y con siete minutos dio vida a un personaje que ya se ha quedado en
el imaginario de todo el público. Sin embargo, no fue el único que merece la
pena ser recordado porque, si algo caracterizaba a Manolo, era su increíble
entendimiento de cualquier papel que caía en sus manos, como el de ese cineasta
en busca de respuestas, aislado en un rincón perdido de una playa que huele a
pescado y madera seca por el salitre y el agua en Cerrar los ojos, esa maravilla de Víctor Erice que también supo
guiar a Manolo por los cauces del homenaje, del verdadero sentido de contar
historias que, en el fondo, tienen mucho de realidad.
Y así podría ir
siguiendo al enumerar sus extraordinarios trabajos, como ese profesor
universitario de Una quinta portuguesa,
que elige el escondite detrás de otra entidad para dejar atrás su enorme
fracaso en la vida privada, en medio de plantas silenciosas y agradecidas en un
lugar que lo acoge con tanta ternura como lo hacía el propio Manolo con sus
personajes. O, incluso, ese periodista de El
Caso que también se pierde en las marismas del Guadalquivir alrededor de La isla mínima porque olvidar es muy
fuerte, pero permanecer en la memoria lo es aún más. O como el moderado Juez
Ruz de B, la película que hablaba de
la corrupción de traje, corbata y chulería de Luis Bárcenas, o el desenroscado
Miralles de El buen patrón que ya no
encaja en la empresa perfecta de básculas y que, queriendo dar guantazos,
encaja los golpes a pares. Da igual, podríamos seguir por la lista interminable
de secundarios memorables que nos ha regalado y seguiríamos viendo a un hombre,
a un actor, que trataba con enorme cariño a todos s los que le ha tocado
interpretar y eso define a todos aquellos que deben fingir la verdad para
hacernos creer la mentira. Manolo era uno de ellos. Siempre lo era, por pequeño
que fuera su papel.
Además, tenía otra
característica que era muy notable. Y era su naturalidad. Parecía que no
hubiera tenido que aprenderse su papel, sino que lo decía en ese momento porque
era lo que realmente pegaba. Pertenecía a una estirpe de actores españoles que
eran capaces de sobrecoger con apenas un gesto y conmover con un leve entornar
de ojos. Él iba justo detrás de Rodero, de Bódalo, de Puente, de Lemos, de
Merlo, de Delgado, de Pellicena, de Rellán, de Alonso, porque sabía decir las
cosas, poner el énfasis en el acento justo, dejarlo sobre la mesa y recoger la
réplica para utilizarla en su siguiente frase. Es una enorme pérdida que nos
haya dejado tan pronto, porque él pertenecía a esa raza de actores que no
necesitaban más que su intuición, su razón y su experiencia. Y nos quedan muy
pocos actores como él. Un par de ellos, como mucho.
Manolo, quiero dejarte estas líneas como agradecimiento por tus miradas, por tu trabajo previo antes de abordar cada uno de los papeles en los que he tenido la fortuna de verte, por continuo rebosar de calma, o de ira, o de bajeza, o de altura, según tocaba. Quiero decirte que siento no poderte disfrutar más, aunque ten por seguro que te volveré a ver muchas, muchas veces en todo lo que nos has dejado. Quiero asegurarte que pude acercarme a todas y cada una de tus miradas. Y que me llegaste allí mismo, en esa parte en la que el olvido no es una palabra de mi vocabulario y que, a pesar de no haberte conocido personalmente, estoy seguro de que, en algún lugar, hay una cañita para compartir entre nosotros para que me cuentes un par de secretos de tu trabajo. Lo espero con impaciencia. Mientras tanto, nunca estarás solo, Manolo.






