viernes, 4 de septiembre de 2026

LA CONSTELACIÓN DEL PERRO (2026), de Ridley Scott

 

Se hace muy difícil encontrar razones para seguir viviendo en medio de un final. Quizá un hombre haya seguido por inercia porque, al fin y al cabo, ha conseguido la compañía de otro y ha conservado a su perro, obediente y único. De vez en cuando, pilota su avioneta para coger gasolina, alimentos y medicinas en ciudades fantasma ocupadas por otros seres humanos que se han convertido en aves carroñeras que buscan su supervivencia a través de la violencia y el canibalismo. Vuelve, se fortifica, vive en un permanente estado de alerta y está siempre acompañado por un animal que no le falla y que le recuerda que una vez tuvo un pasado que mereció la pena vivir.

Así han ido pasando los años. Así ha conseguido seguir. Sin embargo, se le van agotando las razones cuando su mejor compañero desaparece. Quiere encontrar a otros seres humanos, que también luchan, que también siguen y, tal vez de ese modo, puede hallar alguna razón para desear ver un nuevo día. El apocalipsis no invita a nadie, coge lo que es suyo, lo agarra por la fuerza y lo desgarra sin piedad. Un oasis se puede vislumbrar en la sonrisa de unos niños, en la seguridad de que el contacto con otras personas de bien tiene la posibilidad de convertirse en un nuevo principio. Y si fracasa en el intento, entonces es más que probable que se transforme en un definitivo final.

No es un secreto para nadie que haya visto dos o tres películas que Ridley Scott hace tiempo que renunció a hacer cine para sólo mantenerse en los números de taquilla. Su cine, tiempo atrás, tuvo un valor incalculable, pero degeneró en productos facilones, vendidos con pericia, disfrazados por el aura de una comercialidad descarada y un descuido evidente. En esta ocasión, no realiza una obra maestra, ni muchísimo menos, pero no es su peor película. Scott articula una película en la que, por una vez, se preocupa de mirar en el interior de sus personajes con aire sugeridor, con cariño hacia ellos, desarrollando con cuidado sus motivaciones y sus errores. Jacob Elordi y Margaret Qualley cumplen con su función, y no pasan de ahí, de pareja de corte clásico, con sus traumas de principio y su búsqueda de final y el acierto de que el personaje de Elordi, en el fondo, es un tipo perdido lleno de esperanza. Josh Brolin acaba por ser el más interesante y el mejor de todos ellos. Y Guy Pearce, importante en algunos tramos, desaparece incomprensiblemente del todo en la parte final. Sólo está allí, sin aportar nada. La película tiene una irregularidad latente, pero no es desgraciada, incluido esa secuencia bizarra sumergida en el universo VIP que destila crueldad por naturaleza. El resultado es una cinta que consigue un aprobado más o menos holgado, sin llegar en ningún instante al notable. Cosas de Ridley.

Alejado de los ambientes brumosos que tanto ha sabido explotar, la estructura de western parece salpicar un argumento flojo, que, en el fondo, se antoja muy parecido al de Furia en la carretera, de George Miller, con mucha menos parafernalia y con los personajes vestidos. Mientras tanto, se sufre con un mundo apagado, con ligeras reminiscencias a El último hombre vivo, de Boris Sagal, con alguna que otra secuencia de cierta altura mientras se mira embelesado a las estrellas.

No dejen nunca de recordar qué es lo que hacían antes del fin del mundo. La película fecha la acción en mayo de 2035, así que nos queda bien poco. Salven al perro, porque en su mirada llena de amor y lealtad puede se encuentre toda la memoria que se pierde a velocidad de disparo entre tanto caos. No se dejen seducir por el lujo y el plástico que tanto facilita las cosas. El mundo es el que es y el secreto está en no perder la esperanza, en tener la seguridad de que comenzar de nuevo es posible y que, tal vez, encontrarse con el amor bajo las estrellas sea tan romántico como lo era antes de que todo terminara sin aire. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

EL SER QUERIDO (2026), de Rodrigo Sorogoyen

 

Con frecuencia, el abismo que se abre entre un fotograma y otro en la vida llega a ser tan profundo que sólo puede haber un insalvable rencor de película. Los errores se cometen y se dejan ahí, en un rincón de las sensaciones y de la memoria, y queda en un estado letárgico, latente y, a la vez, ausente. De repente, llega otra historia y no se puede evitar el grito de dolor que ha quedado sordo con el tiempo, dejando que la ira y la frustración salgan para arruinar la toma, para repetirla hasta la saciedad, para otra película que ni siquiera sirve para que dos caminos vuelvan a ser paralelos.

Y comienzan las excusas y las esquivas presencias. Con la naturalidad propia de un rodaje en el que todos se comprometen y, de alguna manera, también mueren. La historia sigue adelante, queriendo decir todo lo que quiere decir. Sólo con la panorámica completa, con el plano arropado por la música, con la mirada sabia, pero irremediablemente huérfana, se puede seguir con un destino que no debería haber sido así y que ha sido demasiado generoso para unas maneras cercanas al despotismo y cicatero con una búsqueda que se ha convertido en una quimera que no termina más que cuando se apagan las luces de neón y de los focos. El rencor sigue ahí porque aún hay dolor. Y el dolor no se borra, no admite segundas y terceras tomas, no se puede trucar con un montaje tramposo o precipitado.

Rodrigo Sorogoyen articula una película absorbente en su descripción de las relaciones y de las reacciones humanas a través de dos personajes que buscan la redención y la satisfacción. Javier Bardem, que demuestra una vez más el espléndido actor que puede ser cuando no se aleja tanto de sí mismo, y Vicky Luengo ofrecen un recital de interpretación, siendo precisos en sus reacciones, comprensibles en sus motivaciones, grises en sus humanidades. Mientras tanto, la película avanza y, si bien, palidece en cierto modo después de la impresionante escena de tensión máxima haciendo que el espectador ruegue por un final menos alargado, el conflicto ha sido recibido con el respeto del silencio, con la admiración del ensimismamiento y con la seguridad de que las personas existen ahí, en ese trozo de ficción que, por momento, gana un Oscar a la vida más cercana.

A medio camino entre el Ocho y medio, de Federico Fellini, y La noche americana, de François Truffaut, el director Sorogoyen nos habla de personajes que traspasan la película y de personas que se filtran por la vida. El resultado es que se llega al convencimiento de que todos queremos ser queridos y que, cuando el amor se ha negado a presentarse, sólo puede quedar rencor, sólo puede quedar dolor, sólo puede quedar decepción, por mucho que se haga lo posible para compensar de alguna manera todo lo que se ha hecho mal. El tiempo se ha encargado de que ese abismo entre dos fotogramas sea insalvable. El objetivo ya está desenfocado, el director de fotografía ha dimitido, el vestuario ya está ajado y los recuerdos ni siquiera son los mismos, entre otras cosas, porque la justificación también aparece de una forma casi esperpéntica, negada, abrumada y poco creíble. Así es el cine. Así es la vida.

No sirven de nada antiguas amistades y, menos aún, las nuevas que se hacen derivadas de la convivencia obligatoria de un largo rodaje en el que el paisaje resulta árido, salpicado de cráteres, con las sombras del sol a través de cumbres que, por mucho que se quieran escalar, sólo llevan al cansancio y a algo muy semejante a la nada. El tiempo ya se ha ido y los rencores se quedan ahí, grabados por la cámara y fijados por el corazón, como esos momentos en que la magia del cine permanece en el recuerdo. El cine evade, pero, por supuesto, también clava sus garras cuando quiere que pensemos. Y es entonces cuando nos podemos dar cuenta de que alguien nos quiere, o quizá, no.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

HACIENDO AMIGOS (2026), de David Marqués

 

A veces, es necesario camuflarse con el entorno para darse cuenta de que el mundo no es exactamente como nos lo habíamos imaginado. Puede que una pareja de atracadores de medio pelo vean el resquicio para la huida en un autobús que está esperando a una serie de personas con discapacidad y, por supuesto, uno finja ser y el otro finja acompañar. Eso da pie a una serie de situaciones cómicas que nos remiten, como no podía ser menos, a Campeones, de Javier Fesser, sólo que, en esta ocasión, se opta por una comedia algo más desatada con desarrollo menos refinado. Sin embargo, hay que reconocerlo, hay momentos desopilantes, otros menos afortunados y un desenlace que podría haberse trabajado con esmero y cariño, como hacen los personajes caprianos de esta película.

Así que ahí tenemos a Antonio Resines y a Quin Gutiérrez, dominador del tono uno, y de las miradas con significado el otro, movidos por el provecho y por el chantaje a que son sometidos por una serie de personas maravillosas que se juntan durante una semana para hacer una obra de teatro en uno de esos lugares a los que a uno le encantaría irse de vacaciones con relax. En el apartado femenino tenemos a Megan Montaner, que debería de aplicarse el famoso “menos es más”,  y la propia guionista de la historia, Marta González de Vega, que asume con oficio y sin carne su personaje de psicóloga. El resultado es una película veraniega, sin ninguna pretensión, que sólo quiere hacer reír poniendo a los protagonistas en situaciones incómodas, sin demasiado matiz argumental. Ya se sabe, eso hace que cualquier idea que se le ocurra a la guionista pueda tener cabida aunque sea con una lógica de canto. No importa. La película cumple su misión. La gente sale encantada, con la sonrisa puesta y el aire acondicionado en la piel y en los labios.

Así que ahí estamos, manejando unos cuantos estereotipos con cierta gracia, haciendo que los actores no se corten ni una guirnalda en la composición de unos personajes que tienen que pasar por el rosa, el amarillo, el blanco y el negro para llegar al convencimiento de que la vida es algo más que unas joyas robadas. Y el viaje es agradable porque, en algún pasaje, los chistes se suceden con cierta sensación de amontonamiento y son efectivos. Sin olvidar la apelación a la bondad ingenua, a los valores que nos definen como seres humanos, a la apreciación de quien no debería ser diferente, a la verdad interior de las personas, que es la que realmente cuenta. La vida debería ser un regalo para todos. Incluso para aquellos con los que nos esforzamos. Paciencia, sí, a raudales. Cariño, también. Música de moda, que no falte. Discobuses, algo que sorprende en su concepción, como tramas paralelas. Y la seguridad de que lo que conforma verdaderamente al ser humano es nuestro sentimiento de buenas personas y no los malos impulsos. Tal vez porque, si hay más de los segundo que de lo primero, entonces es que hemos perdido la partida.

Bailen, rían, gocen, actúen, amen, canten, que todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son, como diría don Pedro. Un regalo puede ser una simple patata de bolsa. Un gesto puede cambiar el día. Un cariño es el movimiento que hace que el gris se convierta en azul. Una sonrisa es el foco que ilumina la escena. Una mirada es la razón de todo. Pensar en el que está al lado, que seguro que libra sus propias batallas, es una anomalía. Ceder en la ilusión del otro, es una joya intercambiada. Y así todo. Basta con percibir que las cosas tienen muchos lados con los que considerar su finalidad. Y, ante todo y sobre todo, está el amor, que es el auténtico motor de todos nuestros actos. Desde el amor a una canción infantil hasta la pasión más desatada. Desde el aprecio a los más pequeños detalles que son los que proporcionan mucha felicidad, hasta la seguridad de que la vida merece la pena porque los buenos momentos, por pocos que sean, superan siempre a los malos. Sólo por pasar un buen rato perdemos la cabeza y, a menudo, pasamos de largo frente a ellos sin darnos cuenta de la oportunidad que perdemos.

martes, 1 de septiembre de 2026

LA ODISEA (2026), de Christopher Nolan

 

El punto más fuerte de esta versión homérica de Christopher Nolan del viaje de regreso de Ulises a Ítaca está en el interior del héroe. Es un hombre perdido, que ha quebrantado todo en lo que creía para lograr una victoria que consistió en una traición, en arrasar una ciudad, en acabar con todo lo que se ponía por delante. Y no sólo eso, sino que carga en su conciencia con la imposibilidad de enterrar y rendir honores a todos los que murieron luchando a su lado. Eso hace que su eterno peregrinaje para volver a su hogar sea una quimera, porque no es dueño de su destino, el cual pertenece únicamente a los dioses, sino que, en el fondo de su corazón, tampoco desee el regreso, lo cual le lleva al olvido, a la nada en una playa con alguien que cuida de él, al miedo de recordar que, en algún lugar del Mediterráneo, una amante esposa y un devoto vástago le esperan con impaciencia.

Luego pueden llegar las objeciones sobre la verosimilitud histórica, que se puede justificar con la idea de que el relato, en realidad, es un recuerdo confuso, probablemente en parte inventado por el propio Odiseo, o en el discutible reparto que, en efecto, choca en algunas de sus elecciones, pero eso no oscurece el hecho de que Nolan rueda escenas magníficas, con sentido de grandeza impresionante, con símbolos continuos que no hacen más que romperse a través de la voluntad. Por el contrario, también, de forma un tanto incomprensible, hay otras secuencias rodadas con una torpeza sorprendente, como la lucha final en el palacio de Ítaca, con cámara al hombro y montaje rápido, sin ese sentido de grandeza, con una elección reprochable en el encuadre, algo más propio de un principiante que de un cineasta experimentado como él.

En el apartado interpretativo, alguien destaca por encima de todos y no es otra que Anne Hathaway, que compone una Penélope creíble, tremendamente embravecida por la inexplicable tardanza de su marido, que utiliza la lógica ante todo y la furia de mujer como razón. Charlize Theron también resuelve con calma su parte en el papel de Calypso, refugio tranquilo para ese héroe perdido que interpreta Matt Damon con cierta vacilación y que no es capaz de dotar de mucha profundidad a un personaje que lo requiere. Sorprende Robert Pattinson como un villano que es un auténtico inútil, un cobarde, esquivo e interesado. Se potencia a Telémaco en la piel de Tom Holland para que tenga un mayor protagonismo que el que guarda en el relato original de Homero, pero tampoco llega a cotas inolvidables. El resultado es una película desequilibrada, con episodios muy bien resueltos, como el del descenso al Hades, aunque la voz de Agamenón se antoje inadecuada, y otros que destacan por su ausencia de explicación como el de los gigantes con armadura, que tampoco se halla en el relato original.

Y es que la culpa puede ser una energía tan potente como la ira de Poseidón en el desierto de agua y olas. El dolor se puede hacer inaguantable y haber vivido en el lado opuesto de todo lo que se ha creído y por lo que se ha vivido es una prueba de espada y fuego para cualquier ser humano. Odiseo sabe que prescindir de los seres humanos es uno de los actos más viles que se pueden achacar incluso a los héroes y eso, mal que nos pese, sigue siendo algo que hoy en día tiene una absoluta vigencia. La sangre propia no lava los pecados cometidos. La venganza, necesaria en este caso, sólo es el último tramo de un regreso que no se ha deseado por parte de ese héroe extraviado, que manipula a sus hombres y abandona sus cuerpos. El egoísmo puede ser muy poderoso e, incluso, se erige en un arma devastadora contra la desesperación. Tal vez porque el cielo no está poblado de dioses, sino de las miradas de amor de quien realmente ha amado con todas sus fuerzas. O de todos aquellos que vertieron su cariño en la espera sólo para poder asistir al derramamiento de las entrañas de todos aquellos que quisieron escalar al punto más alto del dominio sin merecerlo. El sacrificio, cuanto más grande es, más recompensa conlleva. Y eso es algo que sólo los héroes que han perdido su conciencia saben apreciar.

viernes, 17 de julio de 2026

VERANO Y HUMO (1961), de Peter Glenville

 

Con este artículo ya cerramos el blog por vacaciones. Ha sido un año durísimo y es necesario que descanse y me olvide de todo, o que piense en ello, o que llore, o que vuelva a sonreír. En cualquier caso, no me olvidaré del cine, que ha sido mi escuela y mi consuelo. No dejo de ir. Vosotros, tampoco. Un gran abrazo y hasta el martes 1 de septiembre.

La represión ha hecho nido en el interior de Alma. Desde muy joven cayó enamorada perdidamente de John. Él era guapo, era alto y, de alguna manera, representaba esa vida que parecía quedar tan lejos que podía ser hasta producto de su propia fantasía. Alma se conformó con la indiferencia del joven y, como con el resto de las cosas de su vida, dejó pasar todo por delante de la fachada de su casa. Vio pasar el tiempo, vio pasar la juventud, vio pasar al chico, vio pasar a los vecinos que iban, venían y morían. Dejó que todo atravesara su borde sin llegar a tocar ninguna de las cosas que el resto de los mortales acariciaban. John, por su parte, era todo lo contrario. Se entregó a la vida disoluta mientras acababa sus estudios de medicina. Encima era listo. Para lo que quería. Para lo que no, era un pasajero de la noche, que entregaba todas sus fuerzas a atravesarla para llegar a un día siguiente que siempre era el mismo porque también tenía su noche. Una vampiresa del pueblo, una latina algo desenfrenada, le atrae porque, para él, es otra nueva aventura que experimentar. La chica es explosiva. Es todo lo contrario de Alma que destaca, precisamente, por todo lo contrario. John se sumergerá en la noche. Alma se perderá en el día.

Se pensó que Peter Glenville sería un buen director para esta adaptación de la obra de Tennessee Williams que saltó, en un éxito sorprendente, del off-Broadway a alcanzar las luces de neón del teatro de estreno en la ciudad de Nueva York. Él mismo había dirigido la obra en el West End y podía ser una opción más que respetable. Es verdad que, lejos de estilos anteriores en parecidos dramas de Williams, Glenville se muestra un poco acartonado, como temiendo que la obra se le desboque por algún lado, pero no es así. Realiza un buen trabajo apoyándose, sobre todo, en la soberbia interpretación de Geraldine Page como Alma. Si hay que poner algún defecto al intento, se acentúa sobre la cabeza de Laurence Harvey que no acaba de poner toda la carne en el asador para su John, a pesar de haber sido siempre un actor muy competente. Eso desequilibra ligeramente toda la historia, pero el resultado es bueno, típicamente Williams, con esas pasiones reprimidas que acaban por explotar en el cielo de la frustración, con esos ambientes sudorosos que coquetean con la lujuria y la homosexualidad y, por supuesto, con el añadido de una excelente Rita Moreno en la piel de esa vampiresa, deseosa de chupar la sangre a cualquier hombre que se atreva a acercarse.

El verano pasa y el humo tarda en irse porque siempre deja un rastro de olor y día velado. Los sentimientos luchan por salir por se hallan traumáticamente taponados en el límite de la sensatez. El amor es siempre esa liebre que se escapa y que se desea atrapar por encima de todo y que, no obstante, se empeña en ser libre. El amor te besa una vez en la mejilla, sonríe y huye, porque es de naturaleza cobarde, por mucho que, a veces, nos haga ser valientes. El verano pasa y el humo se va.

jueves, 16 de julio de 2026

LA MUERTE DE ROBIN HOOD (2026), de Michael Sarnoski

 

Puede que las leyendas no sean exactamente como se nos han contado. Tal vez Robin Hood no fuera ese héroe que ha pasado a la posteridad como el adalid del justiciero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y que no tenía ningún aprecio por la corona de Ricardo Corazón de León. O puede que sí. El tiempo es un gran ejecutor y, pasados los años de gloria, es posible que todas aquellas hazañas que se contaron desde las entrañas del bosque de Sherwood no merezcan más que el olvido porque la edad, los valores, el cansancio, la decepción, el frío, la intemperie de la Historia ya no sean los mismos que los que imperaban en aquellos días de espada afilada y flecha silbante. Cuando eso ocurre, es el momento en que las leyendas deben morir. Y deben hacerlo sin mirar atrás.

Y es que el medioevo no era una época de amabilidades. Pasa por la imaginación la idea de que Robin Hood fuera ese hombre enamorado de Lady Marian, ese as con el filo y con el arco…pero la época lo arrasaba todo. Es más plausible creer que sí, que algunas de esas heroicidades ocurrieron, pero que no era tiempo de delicadezas y que también pagaran muchos inocentes, muchas víctimas que, simplemente, estaban en el lugar menos indicado en el momento más inoportuno. La mirada se vuelve vieja, sin vida y ya sólo resta esperar que alguien, en la noche del futuro, aseste el golpe oportuno o la puñalada más traicionera y ya se acabe todo, porque todo se ha acabado hace ya muchos años. Mientras llega ese instante postrero, Robin trata de hacer algo bueno porque no quiere despedirse con mal sabor de boca. Nunca se acordará de sus enemigos, pero jamás podrá olvidar a aquellos que realmente fueron sus amigos. Incluso habrá algún reencuentro inesperado escondido bajo la máscara, pero sólo será para asegurar que las almas eran gemelas y que, de algún modo, los códigos de los que se batieron de ley deben seguir en pie, pase lo que pase.

Así que ese mito que nació de viejas canciones glosadas por múltiples trovadores hasta llegar a la literatura de nuestro tiempo puede que no fuera tan puro, ni tan perfecto. Es el momento de entonar un último poema que exhale un lastimero aliento de sinceridad y de protección. La sangre sigue corriendo y quizá sea eso lo que más pese al héroe insigne. No fue capaz de cortar esas corrientes de agua roja que dejaban escapar la vida con tanta facilidad como los años en los que luchó al lado de los mejores. Siempre habrá un hijo de alguien que desee su muerte, o un padre de otro más que quisiera abrirle en canal. Son trampas de cazador que hay que esquivar y ya no quedan demasiadas fuerzas. Sólo un pequeño rastro de amor que, al fin y al cabo, es lo que merece la pena en este mundo helado, impío y desagradecido.

Hay que reconocer que La muerte de Robin Hood es una película tristemente hermosa. Se asiste al último fulgor del mito y se llora con esa flecha lanzada al aire infinito igual que hace muchos años lo asistimos de la mano de Richard Lester en la desesperanzada Robin y Marian. Aquí hay menos romanticismo, pero mucho cuidado en la recreación de una época que era durísima e implacable. En las secuencias de lucha, el director Michael Sarnoski no se anda con tonterías, pero, no obstante, resulta abrumadoramente poético a la hora de despedir al ladrón más famoso de la Historia. La emoción resulta casi incontenible en una película que no es de aventuras, aunque haya alguna que otra, sino que se convierte, prácticamente, en una elegía de redención que sólo puede terminar con la muerte. Hugh Jackman hace un espléndido trabajo metiéndose en la piel ajada de Robin Hood, alejado del mito, cercano a la ruina física, perdedor a pesar de todo y deseoso de abrazar a la muerte para dejar de sufrir y de hacer sufrir. El resultado es una película que se instala en el corazón de forma notable, aunque con lentitud. Es imposible que este poema pueda gustar al público, porque ya no se hacen películas que hablen de este modo del dolor, de la derrota, de la nada que sigue a la gloria. Dejemos que la flecha salga del arco y que una lágrima, solitaria y exploradora, surque la mejilla de quien nunca se dejó embargar por la pena.

miércoles, 15 de julio de 2026

NO SUDDEN MOVE (2021), de Steven Soderbergh

 

Sin movimientos bruscos. Suave, suave. Tres tipos de armas tomar son reclutados de un modo algo misterioso para hacer un trabajo que, en un principio, parece fácil. Se trata de entrar en una casa, retener a una familia mientras el padre se desplaza a su trabajo y coge unos documentos de vital importancia que nadie sabe en qué consisten. Sin embargo, cuando algo huele mal entre obreros que están acostumbrados a faenar en la basura, es que algo va realmente fatal. No se sabe, parece que uno de ellos tiene unas órdenes concretas y en ellas no se incluye a los otros dos individuos. No obstante, hay algo con lo que nadie cuenta y es que esos dos otros fulanos son de cuidado. Son peligrosos, de cabeza bastante fría y gatillo extremadamente caliente y comienzan a caer los cadáveres uno tras otro y, curiosamente, dentro de su ética personal no entra el hacer daño a esa familia que parece normal. Con un padre y su amante secretaria, con una madre que también tiene un lío, con un hijo en edad adolescente y rebeldía natural y una niña que aún no ha salido del cascarón. Esto es de locos, aunque las balas no atienden de razones, sólo de obras y hay que tener en cuenta que hay fuerzas muy poderosas detrás de esos documentos. Incluso el FBI, que está más despistado que una bala hincada en el hígado buscando el corazón.

El atractivo de esta película reside en su espectacular reparto. Dentro de una ambientación muy convincente y con un diseño de personajes que no se para en tonterías, hay que destacar el estupendo trabajo que realizan Don Cheadle y Benicio del Toro en los papeles principales, espléndidamente secundados por un repertorio de actores de altura como Jon Hamm, Brendan Fraser, espectacular en el papel de intermediario con unos aparentes modales delatores de que todo le da igual, Ray Liotta, David Harbour, Kieran Culkin y un apropiado Matt Damon en la parte final. Detrás de las cámaras, un tipo que suele saber lo que se hace, aunque, a veces, no, como Steven Soderbergh. Todos estos nombres conforman un bosque tupido dentro de una trama que se va enrevesando como una reunión de vecinos, sólo que los vecinos son matones de primera. Soderbergh no sólo juega con una sensación latente de violencia, sino que también pone sobre el tablero una casi permanente tendencia a la perplejidad de los personajes y del propio público. Es cierto que, tal vez, la película se resienta de haber sido rodada en plena época de pandemia y, en algún momento, es notable la idea de que los actores y actrices tienen que guardar una distancia mientras dicen sus diálogos o amartillan sus pistolas, pero el argumento es muy bueno, a un solo paso de la brillantez. Y la garantía interpretativa está asegurada, eso es irrebatible.

Así que mucho cuidado si les reclaman para algo, les juntan con otros de igual valía y fama y no les dan muchas explicaciones. Seguro que hay alguna bala en la recámara para usted. Hay que asegurarse de que el asunto es limpio y rápido y que no hay que dejar correr la sangre innecesariamente. Al fin y al cabo, hasta en el negocio del asesinato es obligatorio poseer una cierta ética.