viernes, 3 de julio de 2026

RELAY (2024), de David MacKenzie

 

Es un mundo de silencio y ese individuo anónimo que pasa desapercibido entre la multitud se mueve como pez en el agua. Ha elegido esa vida porque sabe que las presiones a las que se ven sometidas las personas normales que sólo hacen su trabajo y descubren algo incómodo, merecen algo de ayuda. Él es un simple intermediario, no un guardaespaldas, pero incluso para ser eso se necesita mucha astucia y una discreción y seguridad a prueba de bombas. Ha ayudado a mucha gente que trabajaba en grandes compañías y que, movidos por la conciencia, se piensan detenidamente la posibilidad de denunciar secretos de empresa que dañarían irreparablemente la imagen de esas firmas. Su trabajo consiste en negociar entre el propietario legítimo de esa documentación y los que quieren mantener su seguridad personal a cambio de devolverla. Es así de sencillo y, a la vez, de enorme conplejidad. No es un trabajo fácil. Y más aún si el pasado de este individuo está salpicado de ambición, de alcohol y de violencia.

Una chica tiene algo que puede perjudicar mucho a una empresa en pleno proceso de fusión. A través del servicio de traducción para personas con dificultades de audición, él decide ayudarla. Ese servicio es ideal. Le provee de anonimato y le otorga la facilidad de cortar la comunicación sin más. Será su nexo de unión. Sin embargo, esta vez será algo más peligroso de lo normal. Esa compañía tiene un servicio de seguridad que también se mueve con los mejores medios y los cuidados deberán ser redoblados. Y la chica…la chica…tiene miedo, está desamparado, parece absolutamente sola. De alguna manera, recuerda la vida pasada, las dificultades que parecían insalvables. Cuidado, la identidad es lo más importante. Debe permanecer oculta. En el momento en el que se queda al descubierto, nada valdrá demasiado. Y Ash, como así parece que se llama el individuo, tendrá que poner a prueba su inteligencia y su resistencia.

Ya habíamos comprobado el buen hacer de un director como David MacKenzie en la estupenda Comanchería y, en esta ocasión, vuelve a dar en el clavo. Sirviéndose de un rostro que transmite inteligencia como el de Riz Ahmed en el papel principal, MacKenzie articula una película con elaborados momentos de suspense que siempre giran en torno a ese personaje condenado a la soledad, que se mueve con pasos etéreos y que sabe camuflarse para eludir las trampas de las grandes compañías. A su lado, Lily James también da un par de lecciones de versatilidad como la chica acosada y, en la otra acera, Sam Worthington se ocupa de dar más alma que cuerpo al villano de la función. El resultado es una película muy atractiva, basada, ante todo y sobre todo, en el uso de ese servicio para personas con problemas de audición que se convierte en el vehículo perfecto para la comunicación, para la escucha, para la discreción y que, en su ausencia, también se transforma en el refugio que nunca se debió abandonar. Al fin y al cabo, comunicarse a través de una serie de voces impersonales es una garantía que no se debe dejar de lado cuando lo que persigues es el total anonimato en una ciudad fría que no se para en consideraciones inútiles sobre las personas. Sólo las compañías importan. El dinero. La próxima operación. El siguiente escalón del poder. Personajes como Ash son un peligro para el poder en la sombra…porque él es quien mejor se mueve en ella.

jueves, 2 de julio de 2026

OBSESSION (2026), de Curry Barker

 

“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Esta frase, original de Santa Teresa de Jesús y resucitada muchos años después por Truman Capote, puede resumir a la perfección esta película. Se parte de un hechizo muy parecido al que podemos encontrar en la ya prehistórica Big, de Penny Marshall y las consecuencias de ese deseo surgido desde la frustración y la timidez son tan graves que se pasa por el pensamiento, para quedarse, la idea de que es mejor estar callado que formular lo que se quiere con tanto ímpetu. El resultado es una supuesta película de terror que parece muy aplaudida por algunos, pero que, con un poco de frialdad en el razonamiento, se sostiene menos que la palabra de un político.

Parece que, de algún modo, se busca desesperadamente la aparición de nuevos cineastas nacidos, cómo no, del universo de internet y éste es el caso de Curry Barker que consiguió más de diez millones de visionados en Youtube con uno de sus cortos de terror. Con esta película da el salto al cine y, si bien es verdad que muestra algunos momentos interesantes, se pueden encontrar bastantes incoherencias en este relato sobre un chaval que quiere conquistar a la chica de la que está platónicamente enamorado a pesar de que es más cortito que una colilla. El deseo se le concede a través de una rama de sauce comercializada en una tienda de no se sabe muy bien qué y la chica de sus sueños cae rendida en sus brazos, pero sacando los peores demonios de su alma, como el acoso, la dominación, la posesión y, finalmente, el crimen más sangriento.

Uno de los problemas de la película es que ese chico, retratado como una buena persona, como un tipo trabajador, ordenado y capaz con algo de talento para la música y para el gusto gastronómico, aguanta lo que le eche la chica, a pesar de que ella acumula comportamientos psicopáticos que harían huir a cualquiera con dos deditos de frente. No, él se queda, se autoengaña un poco, pero permanece fiel aunque, entre otras lindezas, la chica le cocina carne de gato muerto, le sella la puerta de su casa con cinta de carrocero para que se quede y no pierda el tiempo en el trabajo y sea una pesadilla con la que, verdaderamente, da miedo compartir lecho. Por otro lado, los protagonistas son extremadamente jóvenes, casi recién salidos de la adolescencia, y ya viven solos, son autosuficientes, tienen casa propia y no pasan apuros de nada. De ese modo, Barker se quita el problema de los adultos más maduros, no sea que alguno ponga un pizca de sentido común en el enredo.

A su favor, sí, hay alguna secuencia que no está mal planificada, uno o dos chistes bien colocados y la interpretación de la chica, Inde Navarrette, que se revela como una experta en transiciones de carácter opuesto con una facilidad que pasa convincentemente del candor juvenil y enamorado a la siniestralidad de un monstruo que sólo quiere amordazar a su supuesta pareja.

Y a mí, tonto que soy, se me ocurre una pregunta estúpida al ver todo esto. ¿Qué diría todo el mundo que no duda en elogiar esta película de forma perifrástica si en lugar de ser la chica la acosadora fuera el chico? Sin duda, estaríamos hablando de un rumor continuo de obra maestra a pesar de que está lejos, muy lejos de serlo.

Es cierto que la película conecta con muchas sensaciones que pueden llegar a ser familiares, como es el hecho de que te guste alguien y jamás te atrevas a decirle una palabra porque tienes miedo al ridículo, a que se vaya y cierre la puerta (aunque no con cinta de carrocero), a que, si tiene algo de mala idea, comente ese paso adelante en su círculo de amigos y todos ellos te miren como si fueras un pobre desgraciado que ha jugado sus cartas de la forma más torpe posible. Y todo, como no podía ser menos en el terror más fácil, termina con profusión bastante cruel de hemoglobina, con una violencia algo exacerbada y con la seguridad de que miedo, lo que se dice miedo, se pasa bastante poco. Llámenme soso, si les place.

miércoles, 1 de julio de 2026

SUPERDETECTIVE EN HOLLYWOOD (1984), de Martin Brest

 

Axel Foley es uno de esos detectives de policía que trabaja en una ciudad sucia, prominentemente industrial, en la que los delincuentes campan a sus anchas en los callejones, en las partes traseras de camiones de contrabando, en los robos de aquí te pillo y aquí te mato de cualquier coche de gama media-alta y en algún que otro asesinato del que más vale apartar la mirada. En realidad, Foley es un individuo al que le gusta su trabajo. Le da la oportunidad de desarrollar su sentido del humor, a pesar de que su tarea tiene poca gracia. Se introduce en ambientes en los que se ve que disfruta como un pez en el agua. De vez en cuando, toca las narices a su jefe por puro placer y, sobre todo y ante todo, sabe lo que hay que hacer en cada momento. La vida transcurre en esa ciudad de acero y gasolina en la que trabaja y eso ya es suficiente para él.

Sin embargo, alguien muy querido, probablemente un viejo compañero de correrías que pasaron al olvido por el fulgor de la placa, es asesinado y Foley no es uno de esos policías que dejan correr los casos. Las primeras pistas le llevan hasta Beverly Hills y allí un policía de Detroit destaca tanto como una mosca en una sábana blanca. Perdonen el chiste fácil. Sí, sí, ya sé, Foley es negro, pero eso no lo empequeñece ni un milímetro, todo lo contrario, lo hace aún más grande porque también sabe explotar sus racismos ocultos para montar su espectáculo particular, que es algo que le gusta más que comer con los dedos. El caso es que Foley aprovecha un corto período de incógnito para largarse a la tierra de las estrellas y de los ricos y sus métodos chocan de frente con los atildados agentes de la comisaría de Hollywood. Ya se sabe. Estos no han visto un perrito caliente en su vida.

Lo cierto es que esta película funciona. Ese personaje irremediablemente burlón como Axel Foley puede que ya esté en el Olimpo de las creaciones universales del cine y más aún con el rostro de Eddie Murphy adornado por esa ligera carcajada que oscila entre la inteligencia y lo gamberro. La dirección de Martin Brest es ágil y cargada de ritmo porque es capaz de articular una comedia de acción que resulta notable tanto en la comedia como en la acción y eso da lugar a un admirable equilibrio que se instala en lo trepidante. Es cierto que, en algún momento, puede que se carguen las tintas con esa pareja de policías trajeados encarnados por John Ashton y por Judge Reinhold en una especie de remedo de Oliver Hardy y Stan Laurel, pero se perdona porque se pasa un gran rato. Y lo que es aún mejor, la película no pretende otra cosa.

Así que no vayan dando el cante, o sí, ustedes verán. Si lo hacen, lo primero que tienen que hacer es asegurarse que conocen el terreno que pisan. Al fin y al cabo, un canalla lo es tanto en Detroit como en Beverly Hills y se mueven por móviles muy semejantes. Puede que la solución pase por un hombre como Axel Foley, que se toma su trabajo muy en serio mientras que todo lo que le rodea es un chiste de cierta calidad.

martes, 30 de junio de 2026

ANGEL (1937), de Ernst Lubitsch

Estas cosas sólo pasan en algunos matrimonios. Un tira y afloja que termina yéndose cada uno de vacaciones por su cuenta. Bueno, así se da tiempo a reflexionar un poco, a respirar, a cogerse con más ganas, pero mira tú por dónde que ella se fija en un tipo por esos mundos de Dios que es más atractivo que su marido. Bien es verdad que él se ha fijado últimamente poco en ella. Es alto representante en la Sociedad Naciones, precursora de lo que luego fue la ONU, y es una época de altísimas tensiones geopolíticas. Él quiere salvar el mundo, su matrimonio ya, si eso, tendrá que esperar. Ello no quita que él esté perdidamente enamorado de su esposa. Es una belleza de tipo recalcitrante, es inteligente, es decidida, tiene una enorme personalidad. La quiere muchísimo, pero las obligaciones son las que son, así que mientras él está en Ginebra alternando papeles y ocio, ella se coge un tren y se marcha a París, a ver a una antigua amiga cuyo pasatiempo más socorrido es presentar a gente. En una de las fiestas de esa amiga de procedencia noble, la esposa conoce a un tal Tony Halton y el tipo es tan encantador, tan atento, que ella cae en sus brazos cual burbujas en una copa de champagne. Sin nombres, por favor, así la separación será menos dolorosa. Él la llama, simplemente, Ángel. Ella tiene que resolver su situación porque está considerando seriamente irse con Tony a vivir una aventura de amor, de esas irrepetibles y locas. Por aquellas cosas de la vida y del destino, que a menudo es un bromista cruel, Tony y el marido se conocen en circunstancias de desgracia y, no sólo eso, terminan siendo grandes amigos.

Pues ya está, ya tenemos enredo Lubitsch. Y nadie dirige este tipo de comedias de equívocos y pasiones inconfesables. Para ello, tiene a tres intérpretes de su gusto y parte, Marlene Dietrich, Herbert Marshall y Melvyn Douglas. Con eso, a Lubitsch le sobra campo para sugerir con puertas cerradas lo que a otros les encanta mostrar con braguetas abiertas. Tú que sí, yo que no, él que tal vez. Y nos intercambiamos los papeles. Y el Ángel se convierte en obsesión porque, con esa luz que irradia, acaba por secuestrar los sentidos de cualquier caballero que tenga dos dedos de frente en un mundo al que le faltan entendederas por todos los lados.

El resultado es que Lubitsch aquí no deja de hacer comedia, pero rebaja en varios grados la hilaridad. En todo momento, el gran maestro se dedica a dibujar sonrisas y no tanto carcajadas, que fue uno de esos sellos tan particulares que imprimió a su cine basado en que toda persona hace el ridículo, al menos, dos veces al día. Aquí, hay un leve aroma a melodrama planeando sobre estos tres personajes zarandeados por los acontecimientos mundiales y ella, la Dietrich, es algo más que una actriz, es una presencia luminosa, convenientemente fotografiada desde los lados más favorecedores posibles, para que sea creíble que esos dos hombres, caballeros ambos, pierdan la cabeza por ella. El problema está en que aquí las soluciones nunca son a medias y lo que es un triángulo acaba por ser un polígono de derivadas de coseno.

viernes, 26 de junio de 2026

UN BUEN MATRIMONIO (2014), de Peter Askin

 

Darcy lleva un matrimonio feliz. Tienen una bonita casa, su hija es maravillosa y el marido, Bob, es atento y considerado con ella. Se puede decir que la vida es plena para la familia. Darcy se da cuenta de que un extraño anda merodeando. Parece un tipo siniestro, con cara de enfermizo, que sólo vigila. No hace nada más. En realidad, no está cometiendo ningún delito. Sólo espera dentro de su coche en la calle y eso es todo. Sin embargo, no deja de ser inquietante. Darcy se pone nerviosa. No obstante, tal menudencia no es nada comparada con la que se le viene encima. Darcy descubre que su marido no es quien aparenta ser. En realidad, es un psicópata asesino que mata a sangre fría y que se le revela como un monstruo. Eso dinamita toda la paz familiar que uno hubiera podido soñar. Él sigue siendo atento y amable con ella, pero el trauma está ahí. Haciendo de tripas, corazón, ella le propone un trato. Deja de asesinar y aquí es como si no hubiera pasado nada. ¿De acuerdo? De acuerdo. ¿Eso es todo? No, ni mucho menos.

Basada en un relato de Stephen King, la película contiene una interpretación meritoria de la siempre eficaz Joan Allen, pero se resiente de asignar el papel del marido a un actor tan poco carismático para la ocasión como Anthony LaPaglia. Si se hubiera optado por un intérprete de más peso, capaz de sugerir, de mostrar esa amabilidad, que no es falsa, pero esconder a un verdadero monstruo tras esa capa de aparente normalidad, la película hubiera ganado muchos enteros. Aún así, funciona en algunos pasajes, porque lo que he contado es sólo el principio. Pasan muchas cosas después. King vuelve a visitar el universo familiar y el impacto que tiene sobre la unidad doméstica un descubrimiento que haría volar por los aires cualquier atisbo de felicidad. El papel de Joan Allen es, a ratos, soberbio, porque muestra en todo momento una fragilidad que llega a resultar incomprensible aunque, al final, todas las piezas encajen en una resolución que se antoja sombría y estupenda. No está mal la película, no.

Así que escruten con cautela al que se sienta a su lado en esas noches de sofá y película. Traten de asomarse al lado más oscuro de su personalidad. En la mayoría de las ocasiones, sólo es un compendio de secretos sin importancia que pueden molestar más o menos en la medida en la que no les han hecho partícipes, pero, de vez en cuando, salta la sorpresa y resulta que hay un abismo insondable de crueldad en el interior que clama por salir de vez en cuando. A algunos se les manifiesta en la búsqueda exterior de alguien que escuche sus penas, a otros por ser compradores compulsivos, a otros por apuntarse a algún tipo de club que hace que sus inquietudes intelectuales y morales tengan una vía de escape. A los menos, les da por abrir a sus víctimas en canal, pero no se preocupen. Eso no pasa a menudo. Tal vez puedan pasarlo por alto apelando al extremo cariño que se pone en el equilibrio familiar y vital.

jueves, 25 de junio de 2026

TOY STORY 5 (2026), de Andrew Stanton y McKenna Harris

 

La era de los juguetes es ya cosa del pasado. Han caducado. No sirven para nada por la sencilla razón de que los niños ya no quieren jugar, no desean utilizar su imaginación para inventarse historias y soñar. Ahora sólo quieren que unas máquinas imaginen por ellos, inventen por ellos, limiten su mundo hasta la mínima expresión a pesar de que la apariencia es la contraria. Los juguetes no sirven. Hay que moverlos, hablar, fantasear con lo que dicen y con lo que hacen. Demasiado trabajo para unas mentes que están siendo educadas para no esforzarse. Tal vez, la mejor solución sea la pacífica coexistencia. Utilizar las máquinas moderadamente y para lo bueno. Jugar con esos personajes que han poblado los pensamientos de millones de niños y que ya han desaparecido por el brillo de una pantalla. En el término medio, casi siempre, está la virtud.

Aparte de todo eso, Disney sigue con su proceso de infantilización de sus historias. Ya no existe el elemento adulto reconocible y educativo para el momento en que la luz del proyector se apaga. Ahora la heroína es Jessie. ¿Buzz y Woody? Bah, eso también es cosa del pasado. No está mal que sigan como comparsas, por mucho que se quiera compensar con la aparición de un montón de Lightyears que ya saben volar. De hecho, la presencia de Woody es tan prescindible que se podría haber contado esta historia sin él. ¿Qué más da? Lo importante es que Jessie lleve las riendas, que la pantalla sea también una chica, que las destinatarias de unos juguetes inservibles sean niñas y que el sexo enemigo esté confinado a su labor de padre y a ser un cerdo. Hasta el infinito y más allá.

Mientras tanto, somos más que conscientes de esos años maravillosos en los que nuestros hijos eran pequeños y brillaban en sus miradas todas las novedades que podían acaecer a su alrededor. Y cómo éramos sus héroes, tanto papá como mamá. Eso también es pretérito bastante imperfecto. Lo que hay que hacer es dejar bien claro que la imaginación es mujer, que la función de liderazgo está reservada para ellas y que, incluso, el antipático y voluble juguete tecnológico de primera generación sea un tipo bastante rencoroso.

Con estos mimbres, tendremos a los espectadores del futuro. No hay demasiados chistes y la fórmula parece agotarse peligrosamente. Ya deberían haberlo dejado en la tercera, con ese cierre glorioso que indicaba que un juguete siempre sería un juguete y que la diferencia estaba sólo en el niño o en la niña que los poseía, pero siempre con la imaginación desbordante en primer lugar. De ese modo, podremos apreciar cosas sin demasiada fantasía, flojas en su concepción, débiles en su desarrollo y aburridas en su desenlace. Al fin y al cabo, siempre habrá un niño o niña inadaptado que preferirá la facilidad de hacer amigos virtuales antes que seres de carne, hueso, bromas, humor, con sentido lúdico, con sentido común, con realidad.

Sí, por supuesto, hay aplausos. Sobre todo de la chiquillería. Los padres ya no salen tan entusiasmados como antes. Son esos seres que caminan siempre por el borde del aburrimiento y de la rutina más tediosa. Esos no aplauden. Sólo quieren irse cuantos antes para ir a tomar la hamburguesa en la gran cadena de turno, o el pollo frito con verrugas o el delicioso kebab recalentado. Siempre lo siguiente. Nunca lo último. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que el hecho de no parar es lo que impide ordenar los pensamientos y utilizar la razón ecuánime y serena que es lo que nos convierte en auténticos padres y madres. Lo demás es sólo ruido. Puesto ahí para que no dejemos ningún resquicio a la auténtica verdad que parece que huye a cada nueva página de internet, a cada línea estúpida de la nueva pantalla, a cada cansina idea que corre despavorida cuando nos entretenemos en cualquier red social, o en cualquier consulta para hacer un plan que haga que el niño o la niña deje de berrear, o de entablar una conversación. Mejor el silencio que otorga el brillo siempre engañoso de un móvil o de un ordenador. Juguemos a no jugar. Los cuentos vienen después.

miércoles, 24 de junio de 2026

UN ROSTRO ENTRE LA MULTITUD (1957), de Elia Kazan

 

El rostro perfecto puede encontrarse en los sitios más curiosos. En esta ocasión, esa cara de bonachón, cercana, que dice unas cuantas verdades a través de su blues rasgado con una guitarra, está en la cárcel. Ya se sabe, unas copas de más, alguna que otra pelea y al rincón unos cuantos días para enfriar los ánimos. Sin embargo, una reportera olfatea no sólo un buen reportaje, sino algo mucho más profundo y ofrece al fulano un espacio en un programa de radio para que haga llegar sus mensajes de plancha y martillo a una buena parte de la población. Sólo las palabras justas para hacer que la más oscura ama de casa o el más gris de los albañiles se sienta identificado con las ideas de un tipo que lanza su discurso en las ondas. Y la idea cuaja igual que un escorpión al sol. Ese tipo sabe lo que decir, sabe cómo decirlo y sabe cuánto hay que decir, sólo hay que proporcionarle el cómo. Así que de un espacio en un programa de radio, pasa a tener un programa propio y, de ahí, a un show televisivo y llega tanto a tantas partes que el siguiente paso no puede ser más que la política. Hasta parece que el camino a la presidencia se despeja por obra de arte y magia. Cuidado. Mucho cuidado.

Sí, porque esos mensajes que parecen tan necesarios para la población media, esconden un populismo exacerbado que se acerca peligrosamente al fanatismo. De eso, sabemos unos cuantos ejemplos en estos tiempos tan tecnológicos. Se mencionan un par de problemas que sabemos que afectan a una buena parte de los habitantes que escuchan la radio o ven la televisión y se ofrecen soluciones que parecen dichas al vuelo en el rellano de cualquier escalera o en una conversación casual en un bar. Pronto habrá patrocinadores dispuestos a invertir mucho dinero en los discursos facilones de ese tal Lonesome Rhodes. El éxito le rodea. Le sitia. Le atenaza. Se convierte en una necesidad y, por tanto, no tarda en aparecer la arrogancia. Esa enfermedad que tanto asola a los políticos de éxito, o a las promesas vacías, o al sin sentido al que arrastra la adoración de las masas. Lonesome Rhodes es un fraude, aupado por los medios de comunicación, sí, pero ideado por él mismo, que toca el cielo y, al mismo tiempo, lo desprecia. Al igual que la estima de cientos de miles de personas que creen en sus palabras y en sus promesas…esas tan cercanas.

Elia Kazan articuló aquí un ejercicio próximo a la fascinación acerca de los fanatismos, de la mentira de los medios de comunicación que sólo buscan la próxima primicia y el consiguiente flujo de caja y sobre los farsantes que intentan embaucarnos una y otra vez con mensajes simplistas que conquistan fácilmente la conciencia y las ideas de la gente buena y honrada que sólo quieren a alguien bueno y honrado haciéndose cargo del país. Para ello no duda en poner a Andy Griffith, un rostro muy popular en la televisión estadounidense, con una imagen tremendamente afable entre el vulgo, para comandar esta expedición hacia el lado más oscuro de la propaganda política, y acompañado de intérpretes tan excepcionales como Patricia Neal, Walter Matthau, Tony Franciosa o una encantadora Lee Remick.

Cuidado con esos encantos. Esta gente, cuando cae, arrastra no sólo a todos los que están a su alrededor, sino también los sueños de un buen puñado de incautos.