Las
grandes decisiones pueden depender de pequeños detalles. El desembarco de
Normandía colgaba de un hilo por aquello del tiempo que podía hacer en el
momento en el que las tropas aliadas tocaban la orilla. Y esto es algo que no
sólo trata esta película sino que hay amplia literatura acerca de ello. Tanto
es así que hubo un aplazamiento del desembarco porque había una alta
probabilidad de precipitación. No sólo en cuanto al tiempo atmosférico sino también
por la ambición de unos cuantos oficiales que buscaban la gloria mucho antes
que la victoria. Eso era algo que no se podía permitir. Y mucho menos
consentir. En ningún sentido.
Por ello, el Alto Mando
Aliado se esmeró en reclamar al mejor meteorólogo británico, el Capitán James
Stagg. Un hombre que se sintió incómodo desde el primer momento porque creía
que no debía estar allí, velando por las vidas de miles de hombres, sino al
lado de su esposa, a punto de dar a luz. Por si fuera poco, el meteorólogo americano,
el Coronel Krik, se convirtió en su enemigo en casa ya que era más amante de
los modelos que de las predicciones y eso chocaba frontalmente con la
observación científica que Stagg preconizaba. Eisenhower, como Comandante en
Jefe de las Fuerzas Expedicionarias, tuvo que elegir.
Ése es el conflicto y,
en él, se hallan debilidades humanas como condicionantes en un ambiente
opresivo, casi carcelario, en donde cualquier error podía resultar fatal en
algo tan escurridizo como el pronóstico del tiempo. Basada en una obra teatral
previa, el director Anthony Maras articula una película eficaz, algo plana
dramáticamente, bien interpretada con Andrew Scott siendo lo bastante intenso
en su tormento interior como el Capitán Stagg, con Brendan Fraser poniendo el
rostro y la caracterización convincente del General Eisenhower, con Chris
Messina poniendo palos en las ruedas como el arrogante Coronel Krik, Damian
Lewis sobreactuando como el General Bernard Montgomery y, por encima de todos
ellos, esa estupenda actriz que es Kerry Condon como la secretaria y asistente
personal de Eisenhower. El resultado es una película dinámica, redundante en
algún pasaje que otro, que puede decepcionar a aquellos que van con la
esperanza de asistir a una historia de guerra cuando es un enfrentamiento de
despachos y competencias, de deseos de precipitación y de lluvias y marejadas,
de mapas de historia meteorológica y de física atmosférica. Cojan el
chubasquero y aguarden. Hay disfrute en ella aunque, quizá, se quede corta en
algunos de sus extremos.
Y es que siempre hay que confiar en aquellos profesionales que saben hacer bien su trabajo. Puede que parezca que no están donde deben estar, al fin y al cabo, todos tienen una vida, pero saben lo que hay que hacer y, lo que es más importante, cuándo hay que hacerlo. De sus conocimientos dependen las vidas de muchos hombres y, en este caso, la libertad de Europa. De sus decisiones se derivan muchas consecuencias que las mentes ajenas apenas pueden atisbar. Puede que un meteorólogo decida que no hay que poner en riesgo nada a pesar de que el sol brille o, al contrario, que esté convencido de que es el momento adecuado para asestar un golpe decisivo a la guerra cuando está diluviando. El tiempo, con sus minutos renuentes, parece que se detiene y los pensamientos se vuelven tan pesados como un saco de trinchera. La verdad, por lo general, va en contra de la gloria. Más aún cuando esa verdad es parte de un trabajo concienzudo, en un terreno en el que la duda siempre tiene su cuota abonada. En su desempeño están todas las miradas, todos los mapas, todas las predicciones, todas las responsabilidades y todas las frustraciones. Son fáciles de reconocer. Son aquellos a los que se les echará la culpa si algo fracasa, aunque sólo han hecho su trabajo lo mejor que han podido, han informado con rigor y han expresado su conformidad o su disconformidad con algún extremo que nadie quiere asumir. Eso es algo que, hoy en día, parece haber perdido gran parte de su valor.






