viernes, 20 de febrero de 2026

FRANKENSTEIN (2025), de Guillermo del Toro

 

Cualquier intento humano por jugar a ser Dios tiene el peligro como consecuencia inmediata. Es inútil descubrir cuáles son las intenciones detrás de cada una de las adaptaciones del monstruo de Frankenstein que ha realizado el cine y ésta no puede ser menos. El doctor Víctor Frankenstein juega a crear vida y lo que se encuentra no es la derrota de la muerte, sino la muerte en vida. Además de dar a luz a una criatura que jamás podrá tener un lugar en el mundo, también se condena al eterno sufrimiento por cometer el error de querer decidir sobre la vida y sobre la muerte. Y eso es algo que nunca, en la historia de la Humanidad, ha salido bien.

Por supuesto, la criatura, nada más ver sus primeras imágenes de lo que es la vida, no recibe más que hostilidad. Algo que podríamos fácilmente trasplantar a la existencia del propio ser humano. Y sueles dar aquello que recibes. De ahí, su caída en la furia y, sobre todo, en la rabia de no tener ni idea del motivo para el que fue creado. Al igual que cualquiera de nosotros. En su corazón, anida la crueldad porque es lo único que conoce y sólo la instrucción y el cariño es lo que le convierte en un ser capaz de emanar bondad a pesar de que sigue recibiendo los ataques indiscriminados de una humanidad torpe, decidida a destruir todo lo que crea y toca, que, prácticamente, se comporta como una fiera sin razón. Y eso, el monstruo, tampoco lo entiende hasta que llega al convencimiento de que el monstruo no es él.

El director Guillermo del Toro vuelve a sus obsesiones frecuentes para retratar, de nuevo, a una criatura que se mueve en la más absoluta de las marginalidades, algo que ya ha abordado en, prácticamente, toda su filmografía. Antes de pasar a las virtudes, sería bueno enumerar cuáles son los defectos de esta adaptación del clásico de Mary Shelley como, por ejemplo, el hecho de que la manera de abordar la historia no dista mucho de la imaginación de Stan Lee para retratar a un super-héroe. Incluso del Toro no duda en otorgar al monstruo de una fuerza sideral y de una invulnerabilidad que para sí quisiera Superman o Doc Savage. Por otro lado, también hay un abuso literal de efectos generados por ordenador. Seguramente, hay muy pocas escenas que no tenga planos provenientes del todopoderoso CGI y, en algunos momentos, da una impresión falsa de una historia cuya sensibilidad llega al sobrecogimiento. Del Toro también es lobo viejo en esto del cine y no deja de saltarse algunos rincones de lógica para que su poema a la vida y a la muerte llegue a buen término. Por otro lado, la excesiva truculencia de algunas escenas hace que uno se pregunte si el director es Guillermo del Toro o Robert Aldrich aunque me hallo en los terrenos de la certeza al creer que hay muchos que aplauden esta última decisión.

Entre las virtudes, que son muy grandes, y, sin duda la primera de todas, está en esa puesta en escena absolutamente espectacular con la colaboración en la dirección artística de Tamara Deverell. Es cierto que, a veces, llega a un barroquismo algo cargante, pero no cabe duda de que el envoltorio de la película es lujoso y extremadamente efectivo. Jacob Elordi crea una interpretación sensible y cercana para poner en pie al monstruo y Oscar Isaac, un actor excelente que es capaz de transmitir mucho sin acudir al histrionismo, aquí no sabe dar con el interruptor adecuado. Mia Goth aporta poco más que rostro aunque del Toro renuncie a su resurrección, quizá, pensando en que habrá una continuación con otros mimbres y mismos intérpretes.

El resultado final es bueno, aunque podría haber sido sobresaliente. La música está llena de aciertos, el vestuario resulta espectacular, aunque poco creíble en algún modelo, la grandeza está servida aunque sea a través de gráficos. Y la mayor virtud de todas es que del Toro sirve una historia que se conoce hasta la saciedad para ofrecer una nueva visión, demasiado cercana al cómic, eso sí, que se ajusta perfectamente a nuestros tiempos.

Y ahora, maldita creación, vive. Habla. Di mi nombre.

jueves, 19 de febrero de 2026

RUTA DE ESCAPE (2026), de Bart Layton

 

Tres personajes que, por distintas razones, están llegando al final. Uno quiere dejar la vida que lleva siempre y cuando alcance esa cifra dorada que le permita un retiro desahogado. Otra que espera un ascenso definitivo en una carrera que ha esculpido a base de pico y pala y que no ha tenido el reconocimiento necesario. El tercero ha llegado al divorcio, ha perdido algo de olfato en el trabajo, un defecto fundamental y empieza a verlo todo con la distancia del desengaño. Todo gira en torno a un ladrón de guante blanco que planea sus golpes al milímetro, caracterizados por la rapidez, por la ausencia de violencia y por no dejar ni una sola pista a sus perseguidores.

Con estos mimbres, cualquiera podría pensar que estamos ante una película de acción, persecuciones, tiros y un climax cada dos minutos, pero no es así. Basándose en una novela de Don Winslow, estamos ante una historia negra áspera, narrada desde el lado de la decepción, con unos intérpretes competentes, sin ahorrar en las correspondientes persecuciones o disparos, pero que traza, con suma paciencia, una telaraña de emociones dentro de un mundo que rechaza a los que no son héroes.

Bart Layton dirige con un pulso admirable, sazonando un poco de misterio, otro poco de enredo, un poquito más de reacción e, incluso, algo de emoción. Todo el conjunto está muy bien equilibrado, con unos trabajos muy apreciables por parte del trío protagonista, Chris Hemsworth, Halle Berry y Mark Ruffalo acompañados de un odioso y muy efectivo Barry Keoghan, de una estupenda Monica Barbaro y del venerable Nick Nolte. El resultado es una buena película que no llega a los límites de una obra maestra, pero que acaba por ser efectiva, notable y curiosamente bien cerrada. No es menos cierto que aquellos que esperan la típica ensalada de acción salen decepcionados y rezongando, pero aquí hay mucho más cine que eso.

Y es que todo funciona con más soltura cuando el trabajo es realizado por unos cuantos profesionales que saben lo que hacen, aunque sus recompensas sean exiguas y un tanto tendentes al deseo de cualquiera de querer y ser queridos. En estos tiempos que corren no es poco y parece que es un bien que se escurre entre las manos sin darnos ocasión a sentir nuestros cariños y nuestras inseguridades a buen recaudo. Todo gira en torno al dinero, desde luego, pero una renuncia de vez en cuando sana algunas heridas del alma y otorga la suficiente perspectiva como para que el camino correcto pueda ser el más torcido.

En ese rompecabezas del destino, los movimientos inesperados de terceros ocupan un lugar preminente dentro de las líneas marcadas. Habrá algún desvío que acabará por ser perdonado. Al fin y al cabo, la necesidad manda y el cambio de opinión es algo inherente en cualquier ser humano. Las rutas de escape cada vez son más estrechas y puede que algo de consuelo sea otorgado a través de técnicas de meditación o del yoga, que tenga usted un hermoso día después de sentirse a sí mismo y ser consciente de cuáles son las carencias de la personalidad propia. Eso, al menos, ayuda a seguir con el día a día. O puede que la ilusión que proporciona ser importante para alguien también sea una buena piedra de toque cuando parece que todos los caminos están cortados.

Guarden el botín y salgan rápido. Asegúrense de no dejar ni un minúsculo rastro. Eso les permitirá continuar con una apariencia y una existencia más o menos normal. Todos tenemos secretos. Algunos más grandes, otros más pequeños, pero esos secretos que nunca contamos son el mejor retrato de nuestra personalidad más oscura. En todo eso estamos de acuerdo. Ahora bien, estén a uno u otro lado, no dejen de lado su propia ética privada. Sólo así se podrá ser una persona que valga la pena en medio de un mundo que se esfuerza de veras en aplastarnos y soslayarnos. Tengan un hermoso día.

miércoles, 18 de febrero de 2026

OCEAN´S THIRTEEN (2007), de Steven Soderbergh

 

Cuando una banda organizada de profesionales del timo y el robo han realizado un golpe que ha pasado a la historia, es muy mala idea enemistarse con uno de ellos. Y más aún cuando, a consecuencia de ese robo burocrático, ha tenido un infarto en toda regla que, además, le ha dejado sin ganas de hablar. Danny Ocean vuelve a juntar a su grupo y el objetivo es claro: arruinar al enemigo. Para ello, se vuelve a poner en marcha un juego de ceros para que ese casino que está a punto de inaugurarse se venga abajo en la primera noche. Por supuesto, hay que combinar cerebro, picaresca, listeza, varios frentes, idas, venidas y algún que otro choque para dar veracidad al asunto. Y el toque final es invitar a Terry Benedict, principal damnificado de ese mítico golpe primario, para que también participe. Ni que decir tiene que Danny Ocean está de sobreaviso con este individuo y tiene plena conciencia de que Benedict tratará de buscar su propia jugada. Es un Mike Tyson. Un directo a la mandíbula. Es hacer justicia con un buen amigo que puso el dinero para que las fuentes de Las Vegas siempre estuvieran unidas al Claro de luna, de Debussy.

Nuevamente, hay clase a raudales. Incluso cuando hay que renunciar a ella. Y ese tal Willy Bank que se ha buscado que le quiten hasta sus diamantes de hostelería se va a quedar con tres palmos de narices en pleno desierto luminoso. Ahí están los once de Ocean para llevarlo a cabo. Invitarán a alguno más, en plan técnico, porque el tal Bank ha ideado un sistema de seguridad que parecen las mismísimas puertas de la residencia del diablo, pero no hay problema. Con decisión e imaginación, los once de Ocean saltarán todas las dificultades. Con su contorsionista, con sus mecánicos, con el informático, con el actor, con el croupier, con el jefe y con su segundo. Todos los elementos están ahí. La ganancia será la satisfacción.

Despedida de la saga Ocean que se rodó porque tanto George Clooney como el director Steven Soderbergh supieron desde el principio que Ocean´s twelve no estaba a la altura de lo que se esperaba y querían terminar con un golpe marca de la casa. Quizá no sea un atraco tan divertido y tan pensado como el primero, pero funciona bien porque, además de los once, salen Andy García y Al Pacino como los avariciosos propietarios de casinos y se añade a Ellen Barkin para cubrir el vacío femenino que, en esta ocasión, no pueden llenar ni Julia Roberts, ni Catherine Zeta Jones. Una pena, sí, porque hubiera estado bien verlas en acción y participando del juego, pero el resultado final es bueno, elegante, con sus disfraces, sus calmas de pajarita, sus justicias particulares (especialmente significativo es la compensación que Brad Pitt pone en marcha para el sufrido personaje de David Paymer) y con una dirección sobria y, sobre todo, ágil, se pasa un gran rato de cine entretenido, rodado con sobriedad y sentido y subiendo la apuesta aunque acierta en el manque y en el color. Yo, cuando quiero recordar todo el encanto que no tengo, siempre me pongo ésta a continuación de Ocean´s eleven, obviando la segunda, y me quedo francamente satisfecho. ¿Una manita al blackjack?

martes, 17 de febrero de 2026

PARQUE JURÁSICO (1993), de Steven Spielberg

 

Construir un parque de atracciones con el principal atractivo de unas criaturas que ya tuvieron su oportunidad en la vorágine de la evolución, no deja de tener cierto riesgo. Por supuesto, será algo que maraville a niños y mayores, que les dejará con la boca abierta mientras degustan su pizza en la cafetería del complejo, pero es bastante peligroso colocar a unos cuantos animales desarrollados genéticamente en un mundo donde el hombre ha hecho su irrupción y pretende ser la clase dominante. Sí, convengamos que eso es lo que ha hecho John Hammond y pretende, de alguna manera, jugar a ser Dios. Él decide qué es lo que revive y qué es lo que muere, cuántos machos y cuántas hembras de cada especie, cómo se puede hacer un recorrido atractivo por todo el parque para que se puedan ver esas criaturas depredadoras lo más cerca posible.

Eso es algo que siempre llama la atención de la naturaleza humana. Acercarse a las bestias lo más posible aunque se tenga plena conciencia de su brutal peligrosidad. Ha ocurrido en zoos, acuarios, animalarios al aire libre y laboratorios de toca-toca. Los animales no son racionales y, por lo tanto, si les ofreces la mano es bastante posible que ellos no vean una mano, sino un filete. Más aún si resulta que esos animales son insaciables, quieren devorar todo lo que se les ponga por delante, por muy niños o muy mayores que sean las personas que se aproximan temerariamente. Una cría de león es maravillosamente hermosa, pero cuidado, sigue guardando esos instintos de fiera salvaje.

No cabe duda de que Steven Spielberg estremeció al público cuando enseñó lo que se podía hacer con gráficos informáticos en un mundo cretácico. Después de la sorpresa inicial, llega la aventura y hay que decir que lo hace con resultados francamente buenos. Después de más de treinta años desde su estreno, es bastante plausible afirmar con cierta rotundidad que lo que hizo Steven Spielberg fue regalarnos un clásico.

Además, quizá con el insuperable referente de la novela de Michael Crichton, se podría decir que el diseño de personajes es creíble y apetecible, con especial mención a ese Ian Malcolm, matemático de altura, que es consciente de la locura que es ir en contra de la evolución para hacer revivir a aquellos animales que no pueden causar otra cosa más que la destrucción. Jeff Goldblum, además, asume el papel con acierto y resulta uno de los principales atractivos de la película. Por supuesto, hay que destacar a Sam Neill, a Laura Dern y a Richard Attenborough como el inefable multimillonario John Hammond, pero Goldblum está en ese escalón que, hace años, el público no dejaba de pedir. El héroe escéptico, algo cínico, dispuesto a ser valiente y, al mismo tiempo, enormemente cabal con respecto a sus opiniones sobre la evolución.

Compren la entrada. Acomódense en el coche-raíl y disfruten del viaje. A su derecha y a su izquierda, todo está repleto de criaturas que parecen sacadas de la imaginación más calenturienta de cualquier ser mítico. Revisen su estado físico. No cambien. Escuchen. Y, háganme caso, comiencen a correr si observan un charco de agua que tiembla ante lo que parecen ser unas pisadas. No miren atrás, por favor.

viernes, 13 de febrero de 2026

WEAPONS (2025), de Zach Gregger

 

Casi no tenemos tiempo de ambientarnos dentro de esta historia de brujas y hechizos. El niño que narra nos pone en situación y, directamente, pasamos al hecho central. Diecisiete niños han desaparecido. Son todos de la misma clase. Y sólo uno asiste al colegio al día siguiente. Todas las sospechas, como no puede ser menos en cualquier civilización supuestamente avanzada, se dirigen hacia la profesora. Una docente nueva, algo extraña, pero competente a primera vista. Y entonces comienza a construirse un mosaico que va desgranando los hechos, personaje a personaje.

Ésa es la gran virtud de esta película. Su estructura a través de los diferentes personajes que terminan su punto de vista cuando ocurre un hecho que se nos explica en el siguiente cuadro referido a otro personaje. Brillante. Sin embargo, hay diversos defectos que afectan a esta película, supuestamente de terror. El primero de ellos es que, como buen relato de terror del cine de los últimos veinte años, no respeta demasiado sus propias reglas en la resolución. Al fin y al cabo, esto no es más que un cuento de brujas y de un pueblecito, aparentemente paradisíaco, que ve turbada su paz porque unos niños desaparecen y comienzan a esparcirse comportamientos inexplicables entre varios miembros. Todo se supone que desaparece al final, cuando el peligro ha pasado, pero no, parece que lo que conviene sí que se esfuma y lo que no, pues ahí se queda, camaradas. Por otro lado, otro acierto es que, en ese testimonio no declarado de cada uno de los personajes que explican la historia, subyace una crítica a algunos comportamientos ocultos de respetables ciudadanos que, sin llegar a ser terribles, sí que son, al menos, reprochables. Eso hace que la película entre en un raro equilibrio de picoteo en la curiosidad del espectador y en la innecesaria truculencia de algunas de sus escenas.

Y es que la intención no es mala. Todo tiene un cierto atractivo que remite a El pueblo de los malditos, de Wolf Rilla, versionada años más tarde por John Carpenter, y la construcción del relato es ciertamente notable. Algún comportamiento que cambia por las buenas, sin hechizo de por medio, hace que tampoco sea convincente en algunos de sus pasajes, pero es evidente que la historia es original, está bien llevada, aunque haya algunos aspectos de crítico tiquismiquis que no consigan convencer al menos avispado de la clase.

En el momento de entrar en las sombras, tenemos que preguntarnos si eso es lo que realmente queremos. Es posible que eso conlleve la posibilidad de que no sintamos, ni padezcamos, y algunos pagarán el precio con gusto. Vender el alma al Diablo (en este caso, a la bruja) acaba por ser un precio asequible si con eso se elimina toda sensación, pero el dolor no se queda en el objeto de la brujería, sino en los que aún quedan con razón. Además de eso, todo se supone que se hace para aliviar una enfermedad y eso no se trasluce en ningún momento. Ni el cómo, ni el por qué. Sólo el qué. Y es curioso comprobar cómo la exigencia del espectador medio, que se preocupa, a veces, con exceso, de que las cosas estén cerradas y bien cerradas, pasa por alto estas trampas narrativas porque, de alguna manera, la película no tiene muchos sustos, pero sí que deja al alma agitada. Todos podemos ser asesinos en nuestra indolencia. En estos tiempos eso es algo que deberíamos tener muy aprendido.

Amy Madigan hace con los ojos cerrados lo que quiere con el papel de la bruja en cuestión, que también es tía del niño que no desaparece. A Josh Brolin no se le ve cómodo como ese padre angustiado, incapaz de concentrarse en el trabajo porque el hecho de la desaparición de su hijo secuestra todo su razonamiento. Sí, hay imágenes buenas, chocantes y hermanadas con la inquietud, y, desde luego, la película mantiene un fútil interés durante todo el metraje porque quieres saber qué es lo que pasa y luego llegas a una solución escueta y bastante poco convincente, aunque, digamos, el morbo tapa cualquier otro defecto. Bien, ahora que ya han leído este artículo sin gracia, déjenme hacer un pequeño conjuro con un mechón de su pelo… 

jueves, 12 de febrero de 2026

TRAIN DREAMS (2025), de Clint Bentley

 

Robert Grainier es un hombre que vive en plena naturaleza. De ella, ha aprendido su hostilidad, su salvajismo y él trata de defenderse de la mejor manera posible porque, en realidad, es lo único que ha conocido. La vida es así. Hostil, salvaje, ofensiva. Es un leñador que trabaja duro en las temporadas de tala y que, luego, vuelve a su casa y se conforma con una pipa, un buen fuego y un buen puñado de paisajes a la vista. A pesar de su aparente tranquilidad, no le encuentra mucho sentido a la existencia. Entre otras cosas porque ella se ha encargado, bien a las claras, de arrebatarle todo lo que le importaba.

Hubo un momento, demasiado breve, demasiado fugaz, en el que pareció que, entre esa agreste naturaleza en la que se movía con cierta soltura, le daba algo más. Una compañera ideal, que siempre le apoyaba, que siempre estaba ahí para acogerle con una sonrisa cuando volvía de sus largas temporadas de trabajo. Y la naturaleza, incluso, fue un paso más allá, y le dio una hija. Grainier creyó que el cielo estaba en la tierra, porque, entre épocas de leña, era maravilloso descubrir con su hija el simple hecho físico de una taza de metal flotando en el río. Y lo era aún más si su mujer estaba ahí, con su comprensión, con su sonrisa, con su mirada, esa misma que todos hemos sentido alguna vez y que resulta insustituible. Es hora de mejorar, de prosperar un poco, de probar ligeramente los límites, pero él se resiste. No ha conocido mucho más, no necesita mucho más. Es un hombre de pies a cabeza, pero sabe que, más allá del bosque, sólo será uno entre la multitud.

De repente, lo pierde todo. Ya no tiene hija. Ya no tiene esposa. Ya no tiene casa. Y sueña con que, algún día, la misma naturaleza le vuelta a otorgar lo que un día le dio poseer. Reconstruye la casa, de forma más modesta, y pasa largos días y frías noches solo, encerrado en sus pensamientos y en la inmensa culpabilidad de no haber estado cuando más se le necesitaba Son eternos años de hablar unas pocas palabras al día y, en la mayoría de las ocasiones, consigo mismo. Y no le encuentra sentido a nada. Se prolonga por inercia. Se muere sin morir. Sólo cuando obtiene un pequeño y raudo momento de plenitud, consigue encajar el sentido de todo, consigue saber cuál es la verdad de su razón, consigue sonreír de nuevo en un mundo que le está abandonando a la marcha del progreso.

Espléndidamente fotografiada por Adolpho Veloso, Train dreams es una película que pone a prueba la paciencia de los presurosos. El director Clint Bentley imprime un ritmo exasperadamente lento en una historia en la que, prácticamente, no pasa nada y, cuando pasa, resulta fundamental para el personaje, pero no para el espectador porque la misma inercia de la película lleva a una irremediable languidez. Es cierto que Joel Edgerton es un actor superlativo, capaz de expresar un buen puñado de sentimientos sin despegar los labios y que resulta la razón esencial para ver esta historia que parte de ningún lugar para llevarte a ninguna parte. Además, Bentley cae en un estrepitoso error y es en el uso y abuso de una voz en off que resulta prescindible porque el espectador es perfectamente capaz de deducir lo que pasa al protagonista que, por otro lado, no deja de ser en ningún momento. El resultado es una película que pretende tener trasfondo y que lo único que tiene es imágenes bonitas y un gran actor dimensionando un papel que, en manos de otro, habría acabado bastante desdibujado.

Y es que, a veces, la vida cicatera, esa misma que exige que troceemos troncos con una sierra y que los callos nos ardan en las manos para arrancar algún beneficio, da poco y luego, con una burla insultante, te quita ese poquito y te deja a solas contigo mismo. Algunos creen que eso no tiene ningún propósito y otros lo encuentran como único consuelo a una hora y tres cuartos de preciosismo silvestre en un olvido que durará el resto de nuestra miserable existencia.

miércoles, 11 de febrero de 2026

SAIGÓN (1988), de Christopher Crowe

 

Asumir el papel de una pareja de policías en el Saigón de la guerra no deja de ser una tarea bastante absurda. Pensémoslo un momento. ¿Investigar unos crímenes en una guerra que se caracteriza por el asesinato indiscriminado? Digno de Samuel Beckett. En todo caso, ahí está esa pareja de policías que tiene algo de aquella otra que formaron los detectives Doyle y Russo en French Connection sólo que se cambia el Departamento de Narcóticos por el de Homicidios y pónganse a olisquear las pruebas. Se trata de cazar a un asesino en serie en esa ciudad dominada por el caos que ha ido eliminando prostitutas como si fueran soldados del frente. Las primeras pistas no dejan ningún lugar a dudas. El asesino es norteamericano y todo apunta que es un oficial de cierto rango. Para completar la tarta. La peor ciudad del mundo, los peores crímenes del mundo para cazar a un tipo inalcanzable. ¿Se puede soñar con un caso mejor?

El sudor se pega a esas camisas de civiles que lucen los suboficiales McGriff y Perkins en unos barrios en los que nada está claro, la gente se mueve con total libertad de comportamiento. Lo que es legal, no está bien visto. Lo que es ilegal, es la normalidad. Habrá que emplear la violencia en una o dos ocasiones para conseguir la información necesaria. Y sacar el arma reglamentaria si las cosas se tuercen mucho en ese universo de callejas estrechas, puestos de acera y calzada y uniformes que sólo buscan un lugar en el que hundir el vicio de la desesperación del frente. Saigón es la nueva urbe del pecado y McGriff y Perkins lo van a comprobar de primera mano.

Con la mirada más objetiva posible, la intención de la película es original y muy apreciable. La idea de dos policías militares dedicados a la investigación de una serie de asesinatos en una ciudad que se cae a pedazos, en un ambiente en el que todo está en contra, es muy buena. Sin embargo, hacía falta la dirección de alguien con más garra y proyección que Christopher Crowe, mejor guionista que director, en su única incursión tras las cámaras. Si esta misma historia hubiera caído en las manos de otro realizador como, por ejemplo, John McTiernan, estaríamos ante algo auténticamente bueno. Como no es así, crece la desazón en el público porque se espera algún acontecimiento que haga que la historia arraigue y cobre vuelo, pero eso no ocurre en ningún momento. La sensación, al final, es de una cierta decepción y de expectativas defraudadas porque es como si la película prometiera y no cumpliese.

En cualquier caso, cuando caen encargos de este tipo, más vale que llevemos a cuestas el sudor y la conciencia. Habrá que buscar en verdaderos vertederos y la confusión será toda la respuesta. El trabajo consiste en separar el grano de la paja, mantener la mirada firme entre las drogas, el vicio, la degeneración y ese puñado de locos que han decidido hacer una guerra a diez mil kilómetros de su país. Saigón tiene muchísimas preguntas y, prácticamente, ninguna respuesta.