El río nos lleva por
meandros del destino con la fuerza de una corriente que puede ser mansa, pero
también violenta. Nos empeñamos en descender por su cauce porque queremos amar
las aguas tranquilas y, al mismo tiempo, estamos deseosos de soltar la
adrenalina necesaria cuando la espuma se vuelve furia y menea la embarcación en
la que vamos subidos con las personas que más queremos. Sus orillas siempre son
descansos, pequeños intermedios que nos ofrece la existencia de vez en cuando.
Es el momento en que nos paramos para conocer a otros, para mirarnos a los ojos
y decir la verdad de un mundo que se empeña en llevarnos río abajo sin paradas
por el camino. Es ese instante que puede ser eterno porque lo compartimos con
una mirada llena de ilusión o con una sonrisa que nadie, nunca, jamás, podrá
repetir. Mientras tanto, el río llama, el río suena, el río arrastra y tenemos
que hacer frente a aquellos problemas que van saliendo, igual que rocas que,
desafiantes y orgullosas, se plantan en medio del curso y nos retan a la cara
planteando un duelo de resistencia.
En ese devenir de la
corriente, una familia intenta reconstruir algo que tiene débiles soluciones
hasta que el mismo río se convierte en un camino que conduce directamente hacia
el infierno. La travesía, comandada por una mujer que ha tenido que hacer
frente a demasiado rápidos en su vida, transitará del placer a la tortura,
dejando cadáveres por el camino e, incluso, obligando a un hombre que había
olvidado sus principales obligaciones a comportarse como tal. Algunas veces,
hay que hacer algo así para recordar que ese hombre del cual se enamoró la
mujer de tu vida, sigue estando en cualquier sitio de la convivencia. El río,
al igual que la vida, se llena de villanos que quieren coger un atajo hacia la
impunidad. Al fin y al cabo, en ese cauce, no hay controles de carretera, ni
otro tipo de jaula de centinela. Sólo agua, riscos, montañas, vegetación y,
quizá, otros despistados que también bajan por unos rápidos que, cada vez, son
más abruptos.
Río salvaje es una buena película, de claro origen ecológico, en el que destaca por derecho propio Meryl Streep como el de esa mujer que ha conocido días de gloria en el deporte de aventura y quiere arreglar las cosas dentro de una familia que, poco a poco, se va deshaciendo por los bordes. Ella está tremenda, realizando ella misma la mayor parte de las escenas arriesgadas con un descenso en rafting que no debió ser nada fácil. Está, eso sí, espléndidamente secundada con un reparto muy solvente que incluye a David Strathairn, Kevin Bacon y John J. Reilly. La fotografía es hermosa. La dirección es sencilla, pero muy elegante. Quizá, eso sí, hay un par o tres de cosas que no cuadran demasiado con la lógica y que se detienen en aras de un montaje algo tramposo en lo que a tiempos se refiere, pero es una historia con tensión, con sus momentos difíciles, con alguna que otra visita a la inquietud (la sonrisa de Kevin Bacon ayuda bastante en esas lides) y con la seguridad de que un par de horas se convierten con facilidad en un placentero discurrir de las aguas en la capacidad de volver a plantearnos ciertas cosas que sólo aparecen en el pensamiento cuando la tensión se presenta con ganas de quedarse.






