¿De qué le sirve a una
mujer ganar el éxito profesional si por el camino pierde su alma? Eso suele
pasar en aquellos trabajos en los que la apariencia cuenta más que el cerebro,
pero eso no quiere decir que se te exija no poseer cerebro en absoluto. Todo lo
contrario. Debes saltar por encima de las demoledoras y destructivas envidias,
por debajo de las continuas y severas humillaciones, de la sensación de que te
están poniendo a prueba durante todo el tiempo y, además, tener la cabeza muy
bien amueblada para conseguir un cierto grado de organización y de recursos más
que suficientes para atender los deseos y órdenes de alguien a la que nadie, ni
por asomo, le han dicho que no. Y cuando lo hacen, se deshace en lágrimas. Así
que, ya en el mero hecho de conseguir el trabajo soñado por toda una pléyade de
jóvenes que quieren abrirse paso en la jungla de asfalto, hay una valentía
formidable. Y esa bravura se eleva aún más cuando la perseverancia y la
terquedad de no abandonar se convierten en la meta.
Eso sí, mientras tanto,
habrá que pagar un alto precio. Renunciar a tu imagen cómoda para abrazar al glamour sin ambages. Dejar de lado tu
vida personal porque intentarán disponer de ti en todo momento y a cualquier
hora. Abandonar a tus amistades, porque ellas no son importantes. Tú sólo estás
y debes estar para quien da las órdenes. Y las da de una manera terriblemente
arrogante, de un modo casi insoportable, sin respetar a nadie, sin tener en
cuenta los problemas de nadie, sin querer explicaciones de por qué se ha
conseguido algo o por qué no. El diablo, en esta ocasión, viste de Prada. Y lo
es porque no sabe lo que es la educación, por mucho que crea que es la cima de
las buenas maneras y de la elegancia.
Hay que reconocer que
la película, que navega entre la comedia de cierta sofisticación, y la
reivindicación de la mujer (casi sin saber que se reivindica por sí misma con
el personaje de una espléndida Anne Hathaway), es ciertamente efectiva aunque,
en realidad, este rodeada de frivolidades de altos vuelos muy propias del mundo
que pretende retratar. Meryl Streep, por supuesto, adopta esa mirada casi
felina, rellena de fiereza por los bordes, para mostrar el retrato de una mujer
a la que no le importa nadie. Sólo ella misma. Y que desarrolla un cierto
respeto por su empleada sólo cuando ella ve que es capaz de superar la ambición
y mantenerse como persona, algo que su personaje es incapaz de hacer porque no
tiene ni idea de lo que es la admiración por los demás. Estupendo también
Stanley Tucci en la piel de ese asesor de moda que está deseando librarse el
abrazo del diablo y que está condenado a permanecer en su sombra. Y muy
atinada, como casi siempre, Emily Blunt como esa compañera que apenas puede
dominar la envidia y el sentimiento de superioridad.
Todo esto… ¿a dónde nos lleva? Posiblemente, la conclusión sea que es una historia que, mirada con cierta frialdad, es bastante simple, pero que está muy salvada por un reparto que está muy ajustado en todos sus papeles. La demostración preclara de que una película puede guardar interés sólo para ver el desfile de unos intérpretes que dotan de carne y hueso a un mundo que huele insoportablemente a Chanel. Luego, si acaso, ya vendrán las pasiones personales.






