martes, 22 de septiembre de 2026

LABIOS SELLADOS (1957), de Karl Malden

 

De acuerdo, el Mayor Cargill ha sido un traidor en Corea. Sin embargo, el Teniente Coronel Edwards, encargado de investigar los hechos para acusarle de alta traición, no está tan seguro de que el asunto permita categorizarlo todo. Cargill ha sido un héroe, pero como dice él mismo, no se puede pedir a un hombre que sea un héroe todo el tiempo. Puede romperse en mil pedazos en su último mes, o en su última semana, o en su último minuto. La presión que se soporta en combate es tan insoportable que puede trasmutarse en otra persona. El Teniente Coronel Edwards le interroga, por supuesto, pero también quiere saber la opinión de todos los que rodearon al Mayor Cargill en el frente de batalla. ¿Fue un traido? ¿Hasta qué punto? ¿Llegó a la simpatía con los comunistas? ¿Traicionó por ideales o por una sutil tortura psicológica? ¿Era un buen hombre? ¿Sus hombres le respetaban? ¿Era un tipo de carácter voluble? ¿Sabía lo que hacía?

En todo este mar de dudas que sólo tratan de esclarecer la verdad, el Mayor Cargill sólo se niega a contestar una pregunta y es ¿Por qué? Y lo peor de todo es que parece no importarle en absoluto arriesgarse a una ejecución en un futuro consejo de guerra. Edwards está impresionado con el historial de guerra de Cargill y esa pregunta, ¿por qué?, le obsesiona. No puede creer que un hombre con la determinación y la templanza del Mayor Cargill haya llegado a ese tiempo límite que todo hombre tiene antes de romperse en mil pedazos y sucumbir a la humillación del enemigo. La respuesta a esa pregunta será el sorpresivo desenlace de esta espléndida historia que, como curiosidad, resulta ser la única película dirigida por el actor Karl Malden. ¿Por qué no dirigió más? Su contestación fue rotunda: “Prefiero ser un buen actor que un director mediocre”.

No tiene nada de mediocre este espléndido drama militar en el que el misterio se reduce a las motivaciones del personaje del Mayor Cargill, interpretado con eficacia por Richard Basehart. Ahora bien, quien lleva todo el peso de la función y realiza un trabajo maravilloso, quizá uno de los mejores de su carrera, es Richard Widmark en la piel del Teniente Coronel Edwards. Incansable buscador de la verdad que intenta comprender las razones que llevan al límite a un hombre a colaborar con el enemigo, con una claridad de ideas para las que tiene siempre una respuesta, con un aplomo militar absolutamente creíble, Widmark crea un personaje de peso, casi se podría decir que memorable, con grandes matices y con un dramatismo totalmente convincente.

Así que, si se deciden por el camino de la traición, que sus buenas razones tendrán, asegúrense de contar con un investigador como ese Teniente Coronel Edwards. Sólo él se va a preocupar de contar la verdad más allá del marasmo de actuaciones propagandísticas o cara a la galería que siempre supone el anuncio del enjuiciamiento de un tipo que ha colaborado con el enemigo. Sólo así se podrán entender los porqués. Los cómos y los cuándos son sólo espejos para la opinión pública y acaban por olvidarse con la siguiente traición.

viernes, 18 de septiembre de 2026

GREYHOUND (2020), de Aaron Schneider

 

Un capitán novato debe encabezar la escolta de un convoy mercante. Su corbeta es un buen barco, manejable, con una tripulación muy profesional. Es un hombre de creencias y no es de extrañar que utilice a Dios como asidero y consuelo en un pedazo de mar al que llaman, no sin razón, “agujero negro”. En esa zona del Atlántico Norte, los alemanes hacen de las suyas a sus anchas porque no es posible proporcionar cobertura aérea a ningún barco. Los convoyes mercantes dependen sola y exclusivamente de su escolta. En esta ocasión, son veintinueve barcos que están a merced de las cuatro corbetas de guerra.

Sin embargo, lo que parece imposible, ocurre. No sólo deben atravesar con la máxima rapidez ese vacío de seguridad en un mar que ha decidido ponerse hostil, sino que también se encuentran con lo que en el argot marino se conoce como una manada de lobos, es decir, un número indeterminado de submarinos dispuestos a causar todas las bajas posibles. El agua no ayuda, sólo se dependerá de la pericia de ese capitán en su primera travesía. Y por el cuaderno de bitácora, el tipo es de lo más competente.

De esto modo y con una dirección modélica, podemos apreciar los movimientos a babor y a estribor, esquivando torpedos, corriendo en pos de echar una mano a la cola del convoy donde los alemanes están hundiendo a un carguero griego, destruyendo los nervios de acero que hay que tener cuando los lobos aúllan dispuestos a devorar la presa, haciendo un trabajo que nadie más quiere hacer. Ese Greyhound, que se podría traducir como Galgo, se multiplica para atacar, defenderse, salvaguardar a los demás, rescatar a los supervivientes y salir vivos. Y el mar, mientras tanto, no deja de golpear con su furia recargada con espuma, zarandeando a las personas y a las ideas y dejando muy poco espacio a una lógica que es complicadísimo conservar.

Excelente película centrada, prácticamente, en Tom Hanks en la piel de ese capitán que, con sus momentos de vacilación, sabe a la perfección cuáles son los pasos a seguir para hacer frente a esos malditos nazis que, por si fuera poco, también se dedican a la guerra propagandística a través de diferentes canales de radio. En su favor, no es un héroe de una sola pieza porque el miedo se dibuja en muchas de sus decisiones. Actúa, pero no está seguro de nada, aunque su deber es dar esa impresión a toda su tripulación. Si él resiste, ellos aguantarán mejor. Es así de simple. La mayoría de ellos son muy jóvenes. Y él no puede comer pensando en la inmensa responsabilidad que está a punto de ser horadada por un proyectil enviado por esos malditos nazis, lobos sin piedad, que quieren ver al galgo hundido y pidiendo socorro.

Así que prepárense para embarcarse en un viaje en el que las millas se contarán por nervios, las alarmas serán continuas, las maniobras, hábiles; las órdenes, precisas. Y todos deben estar en sus puestos y listos para acatar las indicaciones del capitán. Al fin y al cabo, la mejor manera de enfrentarse a una manada de lobos es convertirse en cazador.

jueves, 17 de septiembre de 2026

EL NIDO(2026), de Hugo Stuven

El miedo no es más que un punto de vista. Puede ser para quien haya sufrido y repetido algunos errores que cometieron sus anteriores. O. tal vez, puede ser para quien aparezca como visitante. O, incluso, puede ser para aquellos que permanecen. Adopta las más distintas formas y, casi siempre, como un auténtico velador de pensamientos, tratando de eliminar la razón, de hacer que la única guía sea el instinto, casi siempre erróneo. El miedo suele ser el enemigo a batir. Vivir con miedo es prácticamente convertirlo en un contrincante contra el que no se puede vencer. Es el dominador de ideas. Es el impulsador de arrebatos. Es el encendedor de violencias.

Y es que el miedo también puede habitar una casa en la que huele a madera mohosa y en la que el tiempo parece haberse detenido. Es un miedo sin tiempo. Allí se transformó en el detonante de vidas desperdiciadas, de desgracias que el destino se encargó de realizar a conciencia, de traumas que no suelen pasar de largo. Invade los sueños. Carcome las sensaciones. Tritura la verdad a su conveniencia. Ni siquiera cuando se presenta vestido de racionalidad es un elemento fiable. Se arrastra por los raíles hasta llegar a la encrucijada en la que hay que levantar fantasmas y hacer que jueguen a favor. Los ojos parecen salirse de sus órbitas para llegar a un hecho que se escondió en el bosque de la memoria y sólo las lágrimas de desesperación harán que vuelva para explicarse.

Interesante película la realizada por Hugo Stuven en la dirección, con una presentación modélica de personajes, con algún que otro error leve, con cierta querencia hacia Night Shyamalan, con una actriz que resulta extraordinaria en algunos pasajes como Michelle Jenner, espléndidamente secundada por Luisa Gavasa y con algunos ases en la manga que acaban por ser previsibles hasta que llega la jugada final en la que sorprende ahogando las creencias y castigando las seguridades. Casi con un solo escenario, haciendo que sea parte protagonista de una trama que ya está en marcha cuando comienza la historia, Stuven realiza una película que llega al notable, con sentido, con un buen dominio de los espacios cerrados y con una permanente pregunta flotando en el ambiente…sólo que no siempre es la misma pregunta.

Arrástrense por estos raíles de miedo y misterio en una charada psicológica rural que acaba por ser tremendamente perturbadora. La película empieza con miedo y termina con miedo. Es el mismo que experimentamos todos cuando abrimos la puerta de nuestra casa ante el incierto caos que nos espera al otro lado. El miedo toma partido y, a veces, es un viento a favor. ¿Quién sabe? Hay que decir la verdad en un macabro juego en el que todo es mentira porque la realidad también experimenta pánico. Y nada es más siniestro que el desplazamiento a través de esos hierros sujetados con fuerza al suelo de una realidad ficticia, construida con la base de una madera húmeda y traidora. Quizá sea un buen plan probar algo de playa e ir a ver el mar para que la mente pueda evadirse de un ambiente viciado, esclavizado, atormentado y rayano con la locura. Sí, porque esa es la consecuencia favorita del miedo. La locura. La seguridad de que se alteran las reglas de la vida para adecuarse a unos parámetros en los que el ser humano sea capaz de estar cómodo porque ya no quedan más salidas. Es como el cuco, que abandona sus crías en nidos ajenos. Y ya se sabe que quien lo sobrevuela termina con el trastorno servido. No lo olviden. Los raíles del miedo les conducirán por esos caminos. Por mucho que el aislamiento haga su trabajo y construya una burbuja de naturaleza. Por mucho que quieran olvidar que, un día, fueron presa de otras locuras que sólo merecen la muerte. Miren por debajo de la puerta. Tal vez lleguen a atisbar lo que nunca quisieron ver. Todo está en esta película. No hagan caso de este galimatías que es consecuencia de mi propia insania.

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL PUENTE SOBRE ESTAMBUL (1975), de Maximillian Schell

 

Un policía suizo es asesinado en extrañas circunstancias y se asigna el caso a un inspector encallecido que no lleva una vida fácil. Su conciencia no se halla muy limpia, su salud no está para abusar, ni siquiera, de la noche y, por si fuera poco, le han puesto al lado a un novato que no sabe ni sorberse los mocos. Estupendo. Además, según va avanzando el caso, el inspector se encuentra con que su superior no es todo lo expeditivo y trabajador que debería ser y que empieza a moverse con subterfugios poco recomendables el cariz político de un asesinato que sólo debería ser un caso más. La inteligencia parece ser un arma que todos rechazan. La oscuridad se cierne. Todo el mundo es culpable.

Esta pequeña y sucinta descripción de los hechos podría dar lugar a que creamos que ésta es una película más con su misterio, su búsqueda criminal y su serie de tópicos más o menos manidos en cualquier policiaco que se precie, pero hay algo más. La historia parte de un escritor tan extraordinario y atípico como Friedrich Dürrenmatt y la narración está llena de vacíos imposibles que acaban por tener su sentido siempre y cuando se tenga cierta paciencia. Las confusiones se suceden porque el crimen tiene un elemento muy importante de caos y de malvada truculencia. El ambiente en el que se desarrollan los hechos es permanentemente frío, hostil, como si quisiera rechazar cualquier investigación sobre un crimen que no tiene demasiada lógica en su planteamiento. Además de todo ello, sorprende ver en el papel del inspector resabiado a un hombre como Martin Ritt, director de la generación de la televisión y responsable de títulos como Hud, o Cartas a Iris, acompañado de Jon Voight como el novato y de Robert Shaw como el villano sin redención. El toque femenino, muy adecuado, muy motivador y muy bien interpretado, corresponde a Jacqueline Bisset. Y detrás de las cámaras, Maximillian Schell tratando de hacer que, entre tanto sin sentido, el espectador se quede enganchado intentando averiguar qué diablos está pasando.

El resultado final es una película apreciable, sin llegar al sobresaliente, con una realización apropiadamente centroeuropea, con motivaciones muy oscuras detrás de cada uno de los protagonistas y con una cierta morosidad en el avance de la trama. Schell no acierta con el ritmo, pero sí con las historia que acaba por ser realmente sorprendente e inesperada en su desenlace final.

Así que tengan mucho cuidado en esas ciudades en las que todo parece estar en orden y en las que el tiempo parece detenerse en sus limpias y húmedas aceras. Son esas urbes de aire silencioso, en las que nada parece estar fuera de lugar y todo guarda una escrupulosa tranquilidad. Por debajo de esas piedras geométricamente dispuestas, de esos paveses o de esos puentes inmaculados, transcurren corrientes de diabólica invención, que abominan de todo ello y tratan de desestabilizar lo más posible cualquier consideración moral, profesional o de convivencia. Berna es el escenario. El resto lo pone la sangre de los que van a caer. Uno a uno, en silencio, como las hojas que se depositan suavemente mecidas por el viento en el suelo impoluto de un parque suizo.

martes, 15 de septiembre de 2026

MIRANDO HACIA ATRÁS CON IRA (1956), de Tony Richardson

 

Jimmy no ha tenido demasiada suerte. Hizo muchos sacrificios para licenciarse en la universidad y ahora está trabajando como simple vendedor porque la vida no le ha dado ni la más mínima oportunidad. Simplemente, no consiguió encontrar un trabajo acorde con su valía. Se siente infeliz. Tampoco cree que haya acertado especialmente con su matrimonio. Su mujer era bonita, pero, poco a poco, lo que pudo sentir por ella se ha desvanecido. En parte, porque se mueven en entornos grisáceos, que tienden a anular cualquier atisbo de ternura en medio de una sociedad fría, que trabaja día y noche para poder pagar las letras de la nevera. Jimmy tiene algunos días buenos, pero también muchos malos. Puede que haya algo de bipolaridad en él, aunque eso, en aquella época, sonaba a término incomprensible. ¿Cómo puede ser una persona bipolar? O eres amable, o eres desagradable. No puede haber unos días de un lado y otros del contrario.

Jimmy cree que su mujer es demasiado reservada. No le cuenta nada, no le hace partícipe de nada. Es como si él estuviera al margen de la vida que ella vive. En determinado momento, Jimmy pierde los nervios y la empuja. Mal momento. Ella estaba planchando y se quema. Va al médico y, allí, se entera de que tiene una mano quemada y de que está esperando un hijo. Maldita vida enredadora. Una amiga que es actriz viene a pasar unos días y empieza a meter ideas malsanas en la esposa. Lo mejor es que Jimmy se quede solo. Las iras estallan, las diferencias se ensanchan, la vida se estira. Y Jimmy, como no puede ser menos, en un arranque de furia, acaba haciendo el amor con la visitante.

Tony Richardson dirigió esta película fundamental dentro del movimiento del Free Cinema inglés, con Richard Burton, Claire Bloom y Mary Ure en esos papeles perdidos, errantes dentro de una gran urbe que no resulta nada acogedora y que es particularmente cruel con quien no se adapta al sistema diario de frustraciones e infelicidades. Eso es lo que no querían los cineastas bien pensantes de la época. Mostrar la cantidad de desgracia que alguien normal podría acumular y hacer sentir miserable al público por asistir, impotente, a esa espiral de acontecimientos dañinos para cualquiera en unos personajes extraviados en sus comportamientos, en sus pensamientos y, también, en sus sentimientos. Pesimismo real. Cine en la calle.

Puede que, quizá, los obstáculos vitales sean insalvables o, al menos, lo parezcan, pero ya en 1956 se lanzaba un mensaje hacia la moderación del ánimo, hacia la objetividad de la mirada y hacia la serenidad de la rabia. Algo que se antoja inusualmente moderno también hoy en día. John Osborne supo trasladar todo eso a la obra teatral en la que se basa esta película y los jóvenes airados británicos de la época recogieron el testigo para mostrárselo a todo el mundo. Toda valla debe derivar en una enseñanza. Toda tranquilidad del alma debe construir al ser humano. La furia y esa rebeldía que pide a gritos tomarlo todo por la fuerza no deben ser armas para cambiar nuestros particulares microcosmos. Miremos alrededor, tenemos más de lo que nos merecemos en la mayoría de los casos.

viernes, 11 de septiembre de 2026

MARK RYDELL: PERMISO PARA RODAR EN LA ETERNIDAD

 

Echando un vistazo rápido a la filmografía de Mark Rydell, uno se puede dar cuenta de que era un director instalado en la serenidad. Graduado en Música por Julliard y en interpretación por la Escuela de Nueva York, Rydell sabía desde el principio que quería dedicarse al arte. Lo intentó con un cuarteto de jazz e, incluso, opositó para el puesto de director sinfónico en alguna pequeña orquesta de allí y de allá. Por formación y época, se le podría encuadrar en lo que se denominó como Segunda generación de la televisión al lado de nombres tan ilustres como Stuart Rosenberg, Alan Pakula o Sidney Pollack, porque allí dirigió sus primeros pasos hasta que quiso dar su salto al cine. Primero, alquiló sus servicios como actor y, más tarde, dio el paso definitivo para situarse tras las cámaras.

Su primer trabajo para el cine fue, precisamente, como actor juvenil. Se paseó al lado de John Cassavettes, James Whitmore o Sal Mineo para Crimen en las calles, de Don Siegel, una indagación sobre la delincuencia juvenil de finales de los años cincuenta. Ni mucho menos era el protagonista, pero sí que se puede apreciar que era uno de esos actores de fondo de escenario que proporcionan textura a una película. La interpretación de la que siempre se sintió más orgulloso fue la del mafioso Marty Agostino para Un largo adiós, de Robert Altman, poniéndole las cosas difíciles al Philip Marlowe interpretado por Elliott Gould. Ese mafioso que parecía amable y que escondía una crueldad sin piedad ninguna, capaz de destrozar el rostro de una chica preciosa sólo para demostrar lo que era capaz de hacer, se queda ahí, presente en la retina y dando vueltas al cerebro. Le gustó tanto ese papel que, cuando tuvo que interpretar un pequeño papel en su propia película, Permiso para amar hasta medianoche, lo hizo con el nombre artístico de Marty Agostino.

Habría que destacar un par de papeles más en su faceta interpretativa. Uno fue el del gángster Meyer Lansky de Habana, de Sidney Pollack, versión caribeña de Casablanca, con Robert Redford y Lena Olin en los principales papeles. El otro fue en la piel del sufrido agente Al de ese director ciego al que interpreta magistralmente Woody Allen en Un final made in Hollywood, un papel en las antípodas de sus mafiosos y que se acercaba mucho más a cómo era él realmente.

En el campo de la dirección, Rydell debuta tarde, casi con cuarenta años, en una historia de lesbianismo y trabajo titulada La zorra, con Sandy Dennis, Anne Heywood y Keir Dullea como elemento disruptivo. La película no tuvo un gran impacto comercial, pero sí que ya se le ven maneras a Rydell, manejando un tema difícil en una época turbulenta como finales de los sesenta.

La buena acogida de la crítica le ofrece la oportunidad de trabajar al lado de Steve McQueen en la adaptación de William Faulkner de Los rateros, desenfadada y, al mismo tiempo, algo melancólica puesta en escena de una road movie atípica, con unos héores desencantados y sin rumbo que roban el coche de su jefe para un largo viaje que se convierte en toda una iniciación.

Existe una reciente reivindicación de un western como Los cowboys, que Rydell rodó con John Wayne en un papel casi anecdótico porque su personaje desaparece a las primeras de cambio. Ese cuento de unos niños que deben madurar con rapidez para llevar un numeroso transporte de ganado ellos solos destaca por su falta de verosimilitud y por alguna espantosa interpretación que otra, pero lo que verdaderamente destaca es la extraordinaria banda sonora de John Williams que hace que todo suba un grado en calidad y en importancia.

La siguiente película de Rydell ya empieza a descubrir al director sensible, que comienza a tocar fibras delicadas de la emoción en una historia de amor con caducidad como es Permiso para amar hasta medianoche, con dos fantásticos protagonistas como James Caan y Marsha Mason. La aventura que corren ese marinero y esa prostituta, se queda a vivir en el corazón de cualquiera que se atreva a acercarse y, a pesar de que es una película de la que nadie se acuerda, todos aquellos que han tenido el privilegio de verla saben que es algo especial, algo natural, algo sentimental.

La comedia picaresca también es un terreno que Rydell domina con particular sentido en una película tan divertida como Harry y Walter van a Nueva York, con unos James Caan y Elliott Gould espectaculares y secundados por Michael Caine, Diane Keaton y Lesley Ann Warren. Cuidada hasta el máximo en la recreación del Nueva York de principios del siglo XX, la historia de dos estafadores de poca monta que, cansados de robar para seguir tirando, planean un atraco a lo grande acaba por ser una comedia de altura que no fue muy apreciada en su momento y de la que ya nadie se acuerda tampoco.

Sus cuatro siguientes películas, muy distanciadas en el tiempo entre unas y otras, marcan el punto más álgido de la carrera como director de Mark Rydell. La primera de ellas es la excelente La Rosa, biografía disimulada de la cantante de rock Janis Joplin que descubrió para el cine a una actriz que lo hacía todo bien como Bette Midler. Casi siendo un pionero, Rydell descubre el escenario de intereses que se mueve detrás de una estrella de la canción que se ve incapaz de parar su propia caída. Una estupenda película con una actriz de muchos, muchos quilates.

La siguiente fue la maravillosa En el estanque dorado, única vez que coincidieron en el cine Henry Fonda y Katharine Hepburn, extraordinarios como esa pareja de ancianos que vive un verano en una cabaña retirada al borde de un lago y que reciben el encargo de hacerse cargo del hijo de la nueva pareja de su hija. Un encargo difícil, sin duda, que se resuelve con grandes dosis de humor y aún más de humanidad, de verdad en esos personajes que están llegando al final y ya no pueden hacer lo que solían, retrato perfecto de una ancianidad que sólo es soportable si estás rodeado de los que realmente te quieren.

Una más fue Cuando el río crece, drama rural con unos acertados Mel Gibson y Sissy Spacek en los principales papeles, acosados por una crecida de un río y paliados por un instinto de superación que acaba por ser una de las marcas de fábrica del propio Rydell. Una película notable que obtuvo una mejor consideración por parte del público que de la crítica.

Una auténtica maravilla fue Ayer, hoy y por siempre, con dos de sus actores favoritos en los papeles principales, James Caan y Bette Midler, encarnando a dos cómicos que se juntan, crecen, se enamoran, pierden y siempre están a través de los años, desde los cuarenta hasta el final de sus vidas. Si bien el encargado de maquillaje que debía diseñar el envejecimiento de los dos actores a través de los años debería ser despedido y no dejar que se acercase nunca más a un plató cinematográfico, la película es una historia de tono tragicómico que hacen sentir bien, a pesar de su melancolía implícita. Midler consiguió su segunda nominación al Oscar por una película de Rydell tras La Rosa y siempre se queda en algún lugar de nuestro interior el esfuerzo de esos cómicos que no dejan de intentar entretenernos por muchos años que pasen.

Estas cuatro películas en un intervalo de diez años marcan el mejor estilo de Rydell. Considerado un valor lento, pero seguro, se le encarga un producto comercial que se estrella estrepitosamente en taquilla con Richard Gere, Sharon Stone y Lolita Davidovich como Entre dos mujeres y eso marca el ostracismo al que se ve condenado Rydell, que vuelve a la televisión y tan sólo es capaz de sacar un proyecto más como La apuesta perfecta, con Kim Basinger, Forest Whitaker, Ray Liotta, Tim Roth y Danny de Vito en un drama sobre la adicción al juego que no fue a ver nadie.

Probablemente, Rydell esté ahora sentado en una cómoda silla, al borde de un lago, al lado de su admirado Henry Fonda y tratando de discernir si lo que hizo valió la pena o no. Lo que es seguro es que, en la oficina correspondiente, habrá obtenido el permiso para rodar hasta la eternidad. No muchos son capaces de eso. De momento, nos quedamos con un puñado de sus estupendas películas para abrirnos paso.

jueves, 10 de septiembre de 2026

CRONOS (2026), de Fernando González Molina

 

Cuando el fanatismo se abre paso suele dejar un reguero de sangre que resulta muy difícil de olvidar. El 17 de agosto de 2017 es una fecha que debería perdurar en nuestra memoria. No sólo porque ese fanatismo fue asesino, traidor y brutal, sino porque un puñado de profesionales cumplieron fielmente con su obligación y cortaron de raíz cualquier posible consecuencia posterior con los autores materiales amenazando la seguridad de miles de ciudadanos. Barcelona, durante unas largas horas, fue una ciudad sin paz, salvaguardada únicamente por unos hombres y mujeres que lo dieron todo para que no volviera a ocurrir.

Por supuesto, de fondo, también hubo un ruido político molesto, con conflictos de competencias y deseos de apuntarse tantos y evadirse de fracasos. El día se hizo interminable, siguiendo multitud de pistas falsas, de pánico colectivo, de fallos propios de una emoción herida. La psicosis formó parte del imaginario público. Y la ingenuidad de creer que unos supuestos conciudadanos no podían formar parte de ese asesinato múltiple porque llevaban vidas normales e integradas también acabó malherida.

Con la excelente Día de patriotas, de Peter Berg viniendo a la cabeza constantemente, el director Fernando González Molina alterna aciertos y errores en esta descripción de los atentados de aquellas horas de agosto. Hay diálogos que resultan irremediablemente poco creíbles por evidentes y la inclusión de un helicóptero insertado en una toma aérea hace pensar en una chapuza que busca un aire de heroicidad que no necesita ser subrayado. Por otro lado, hay que destacar que Enric Auquer sigue siendo un actor intenso y cercano, fácilmente reconocible en la profesionalidad de un policía que coordina todo el dispositivo con una conveniente combinación de ira y motivación. El personaje de Mónica López es el que más sufre en esa acción paralela que, realmente, importa poco y que no la deja en buen lugar. Pablo Derqui le aporta trascendencia al Mayor Trapero y esa jefe del gabinete de prensa de los Mossos d´Esquadra, interpretada por Diana Gómez también debe cargar con unos diálogos mediocres, coronados por esa frase de “¡esto lo hemos hecho nosotros!” que deshumaniza los objetivos de servicio público para rozar peligrosamente el mensaje político.

En cualquier caso, entre los aciertos, cabría destacar que la película contiene un ritmo considerable, muy adecuado y, a ratos, brillante, en su primera mitad, cayendo un poco en la segunda parte, casualmente en el mismo momento en que el personaje de Auquer sale de servicio. Muchas reacciones buenas, muchos instante escalofriantes, un especial énfasis en la entrega total de todas esas personas que lo dieron todo y que confiaron en atrapar a los asesinos. Y un acierto total por parte de González Molina como es la decisión de no mostrar el atentado en sí mismo, sino describir un paisaje dantesco en sus consecuencias más inmediatas. Sólo así se puede acercar al público lo que es sentir verdadero terror. Puede que, en el fondo, sea una película necesaria.

Al fin y al cabo, es posible que la gran mayoría de servidores públicos sean personas cuyo estilo de vida consiste, sobre todo, en una palabra como es ayudar. Ellos no sólo intentan cuidad y minimizar las consecuencias de hechos tan deleznables, sino que también guían a una ciudadanía confusa y desorientada, harta de ser el muñeco de feria de los desaprensivos que pueblan este amargo mundo y, no obstante, resistente como sólo puede ser la buena gente. El sentimiento de culpabilidad es algo que acompaña a esos trabajadores de la seguridad, de la sanidad, de la coordinación, de la limpieza, de cualquier profesión que trata de aportar una pizca de sentido a una vida que, en demasiadas ocasiones, resulta ingrata, bestial e impía. La respuesta suele estar en esos seres anónimos que siempre se emplean a fondo, por muchos garbanzos negros que pueda haber en la olla. Y, a veces, incluso ganan.