viernes, 6 de noviembre de 2026

ORIGEN (2010), de Christopher Nolan

 

Por un lado, tenemos los sueños. Esos mundos insondables fabricados a medias por la verdad de nuestro cerebro y las impresiones de nuestra imaginación. En un sueño puede pasar cualquier cosa y parecer lógico y ni nosotros mismos podemos descender a los distintos grados del sueño de manera consciente porque el propio cerebro se encarga de poner puertas cerradas con llave de seguridad para que no nos torturemos con nuestros errores, con nuestras frustraciones, con nuestras locuras, con nuestros miedos…sobre todo, con nuestros miedos. Ése es el gran enemigo a batir porque, en el fondo, todos somos niños abandonados en medio de un bosque que nos sentimos congelados y perdidos en una noche oscura que no ofrece ningún camino. El peligro puede estar a la vuelta del siguiente tronco y las hojas secas del suelo nos recuerdan, con su crujido, que todo en la vida es sueño…pero que, indudablemente, los sueños, sueños son.

Por otro lado, tenemos a Cobb, una especie de ladrón de ideas que es capaz de introducirse dentro de la mente de cualquiera y leer sus secretos. O, mejor aún, puede implantar una idea para que el subconsciente haga su trabajo y salga a la luz como una ocurrencia luminosa que traiga determinadas consecuencias. Cobb prefiere entrar en los sueños de los demás porque teme desaforadamente los suyos propios. Y tiene un equipo de primera línea que sabe moverse por los distintos niveles del sueño porque, ya se sabe, una cosa es un sueño que luego se recuerda y otra muy distinta es sumergirse en los niveles más profundos, donde se guardan bajo cadena los misterios de nuestra propia personalidad, con todos sus amores, con todos sus dolores.

Con estos mimbres, Christopher Nolan urdió una película notable. No sólo por el argumento novedoso y ciertamente difícil de seguir para las mentes poco entrenadas en la fantasía, sino por una preocupación visual extraordinaria, con escenas que, hasta el momento de su estreno, no se habían visto nunca en un cine. Además de ello, cuenta con un reparto impresionante a la cabeza del cual se halla Leonardo di Caprio y le siguen nombres tan válidos como los de Tom Hardy, Joseph Gordon-Leavitt, Elliott Page (acreditada como Ellen Page), Marion Cotillard, Michael Caine, Cillian Murphy, Ken Watanabe o Tom Berenger. El resultado, para quien sepa seguir las múltiples trampas que se hallan en la frontera entre la realidad y la imaginación, es una película fascinante, que indaga en las motivaciones más escondidas y en aquellos muros que no sabemos franquear…aunque es posible que sí lo hagamos en sueños porque nuestra conciencia conoce perfectamente nuestros límites.

Si quieren implantar una idea de importancia infinita en la mente de una persona, no lo duden. Llamen a Cobb. No tiene otro nombre. Solo Cobb. Él sabe pasear por las calles de una ciudad diseñada especialmente para lograr sus propósitos. Él no tiene ningún problema en husmear en los rincones más recónditos de nuestro subconsciente para dejar, como quien no quiere la cosa, un mensaje que va siempre en la dirección correcta. Es un ladrón, pero tiene conciencia. La misma que se pone en juego cuando el fetiche comienza a dar vueltas sin parar.

jueves, 5 de noviembre de 2026

WICKER (2026), de Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson

 

En un lugar reservado a los terrenos de la imaginación, con una inspiración proia del siglo XVIII, pero con detalles de vestuario que harían la locura del movimiento New Romantic, existe una aldea de artesanos y damas que respiran únicamente con la idea del sexo en la mente. Sus ceremonias de boda son algo ridículas, sus costumbres son soeces, como el hecho de colgar una zanahoria al novio por debajo de la cintura, taparle los ojos y dejar que una cabra le pegue un mordisco, sus pensamientos son sucios porque sólo piensan en el tira y afloja y, por aquellas cosas de la vida, un brujo se dedica a esparcir hechizos a través de su artesanía cestera. Quizá para hacerles ver que sólo pensar en lo mismo y en la manera en que lo hacen puede que sea la mejor manera para que todos sean maestros de la podredumbre.

En medio de todos ellos, una pescadera rechazada por todos a causa de su olor y de su recalcitrante soledad encarga al cestero un marido de mimbre. Y el maestro artesano se aplica tanto en su trabajo que el individuo naciente está de toma pan y moja. Y empiezan los dimes y diretes. La pescadera alcanza la plenitud sexual, todas quieren probar y todos quieren parecerse a ese tipo que es pura dulzura y que, además, es una fiera en las labores de cama. El cuento moral para adultos está servido y, aunque resulta una historia de media sonrisa, la pena es que no alcance la sonrisa entera.

Olivia Colman está bien haga lo haga. Su papel de pescadera lo salda con un registro que vuelve a desvelar lo excelente actriz que es. Por supuesto, Alexander Skarsgard, el Lon Chaney de nuestros días, está encantado trenzando a ese hombre de mimbre de ojos azules, gesto amable y fuego íntimo. Elizabeth Debicki resulta irremediablemente atractiva como la arpía de cara amable, de arista desgraciada y de intenciones oscuras. La dirección de Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson es sobria, colorida, no demasiado cruel aunque sí evidentemente rabiosa y, sin embargo, falta algo de mordiente en la historia. Hay mucho pie para el humor, pero no se aprovecha. No hubieraLas hecho falta convertirlo en una comedia salvaje, pero sí podría haber sido una fábula muy divertida. En lugar de eso, es un muestrario de las desgracias, de las envidias, de los orgullos mancillados y de los desprecios humillantes de la gente que sólo tiene el sexo como objetivo y meta. Y, desde luego, Peter Dinklage vuelve a ser un gran dominador en el papel de ese maestro cestero que, de alguna manera, también es el narrador de todo el enredo. Como buen argumento urdido en los tejidos de mimbre, no hay mucho más que atisbar en el interior. Pasable, sí. Lejos, muy lejos, de lo que podría haber sido.

Así que mucho cuidado con la soledad. A veces, es reconfortante y, en otras, a pesar de estar acompañados, puede ser abrumadora. Las personas no son muebles, creados para dar placer a sus dueños. Todo lo que tiene alma, merece la pena. Incluso los deseos que no se cumplen. Y aquí hay unos cuantos de esos.  Las heridas y los golpes tardan en sanar y, se quiera o no, los rencores se van acumulando, por mucho que finjamos que no existen o que son disculpables. Nuestra verdadera esencia se muestra cuando se trata de ayudar a los demás, y, sin duda, también se asoma cuando sólo queremos que el resto del mundo sea desgraciado aunque estemos aupados sobre el pedestal de la felicidad. Hasta podríamos decir que, muchas veces, esa felicidad es sólo aparente y llegamos a creer en ella hasta la irritación. El sexo espinoso o, mejor, aguzado, no trae la felicidad, aunque proporcione momentos de ella. Hay que ir con mucho cuidado porque podemos acabar revolcándonos en el suelo con un muelle de clavos hendiéndose en nuestra carne inmaculada. Tal vez, lo tengamos bien merecido. Tal vez, sea el resultado de pensar sólo con ese maldito pedazo de carne que cuelga por debajo de la cintura o con esa cueva de secretos que siempre guarda apariencia de entrada al cielo cuando, en realidad, puede ser la guarida del infierno. Hay que tener la cabeza bien trenzada y los recuerdos, que nos hacen ser como somos, colocados en su sitio. Y me van a perdonar, tengo que hacer un cesto…

miércoles, 4 de noviembre de 2026

COSAS QUE HACER EN DENVER CUANDO ESTÁS MUERTO (1995), de Gary Fleder

 

Seamos sinceros. El negocio de grabaciones mortuorias de Jimmy “El Santo” no va bien. Eso de hacer que un moribundo se haga un vídeo ofreciendo consejos a sus familiares supervivientes, además de ser un poco obsceno, es poco edificante. Jimmy “El Santo” no puede hacer frente a las deudas porque, poco a poco, hay menos gente que esté dispuesta a pasar por delante de una cámara con la guadaña pendiendo sobre su cabeza y lanzar una monserga a su familia sobre si deberían hacer esto o aquello. Un tipo de mala calaña le ofrece un trabajo y Jimmy recurrirá a unos cuantos amigos para que le ayuden. Las cosas se tuercen y el encargo es un poco desastroso. Jimmy y los otros cuatro están condenados. Sólo vivirán tanto tiempo como desee el individuo que les contrató. Se trata de saber qué es lo que hay que hacer en Denver cuando ya estás muerto de antemano.

Por ahí en medio hay un misterioso asesino a sueldo que también se va a encargar de ellos y que le llaman con el enigmático nombre de “Señor Shhhh”. Más que nada porque el tipo no dice ni una palabra. Ni antes, ni durante, ni después de trabajar. Él no habla. Sólo trabaja. Y todo esto, aunque parezca mentira, es leyenda en la ciudad de Denver porque es sólo una historia que un fulano cuenta en el rincón de una cafetería. Tal vez, entre las cosas que hay que hacer en Denver cuando ya estás muerto, lo mejor sea escuchar una historia que oscila entre lo apasionante y lo sorprendente.

Excelente película de Gary Fleder con un reparto exquisito que encabeza Andy García como Jimmy “El Santo” y que completan nombres tan ilustres como Christopher Walken, Treat Williams, Christopher Lloyd, Bill Nunn, William Forsythe, un fantástico Steve Buscemi como el Señor Shhhh y un maravilloso Jack Warden como el narrador de esta compleja y alucinante historia de perdedores en una gran ciudad cubierta de sangre. El mérito, más que en la adecuada y muy ajustada dirección de Fleder, radica en el original guion de Scott Rosenberg, que nos ha regalado otros dos libretos maravillosos como los de Beautiful girls, de Ted Demme, y Alta fidelidad, de Stephen Frears y aún otro que cuenta con mucho predicamento aunque al que suscribe le parece una gamberrada de taquilla gorda como Con Air, de Simon West. Tomando algo de altura, y reconociendo sus buenos trabajos, Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto es su escritura más original, bien trabada, muy sorprendente en muchos de sus tramos y con el mejor reparto de todos, incluido el fantástico que también puebla los créditos de Beautiful girls.

Así que, cuando sepan que hay una bala o algo peor con su nombre puesto en ella, no duden en contar su historia. Es posible que sea muy útil a todos aquellos que están esperando su oportunidad cuando, en realidad, es su último suspiro. Y no se olviden de mantener un trocito del alma limpio de polvo y paja. Al final, no nos quedará mucho más. Ni siquiera a través de la boca de un formidable narrador de historias que dice nuestro nombre imposible en el rincón de una cafetería.

martes, 3 de noviembre de 2026

EL CASO DE THELMA JORDON (1950), de Robert Siodmak

 

Una forma de buscar respuestas es buscar el fondo de una botella. Al fin y al cabo, no se asimila demasiado bien que un asistente del fiscal del distrito sea abandonado por su mujer. Ha conseguido algo por lo que había luchado desde los días de la facultad de Derecho y, sin embargo, la vida se derrumba. Es como si Dios te otorgara algo deseado y, al mismo tiempo, te retirara algo querido. La burla divina es casi insultante. Ahí está Cleve, dibujando cercos con las copas en la barra de un bar, ahogando su frustración en alcohol mientras se van devorando sus entrañas ante lo que parece un fracaso irremisible. Sin embargo, olvidamos con demasiada frecuencia que las cosas, cuando van mal, pueden ir a peor. Y lo peor se llama Thelma Jordon. Es una mujer enigmática, emblemática y misteriosa y acude a la fiscalía para denunciar lo que parece un simple robo. Todo bien. Sin embargo, Cleve investiga el asunto y percibe claramente que la propia Thelma es sospechosa de ese robo y que, quizá, haya ido a denunciarlo precisamente para despistar al investigador encargado. Ella se insinúa y él, bobo perdido en las brumas de algo que no puede olvidar, cae en sus redes. Continúan los robos en la mansión familiar de Thelma e, incluso, hay un asesinato. Cleve no podrá escapar de las garras de un destino que parece haberla tomado con él.

Es cierto que, tal vez, Wendell Corey no sea un actor de primerísima línea para encarnar al desdichado Cleve, pero no cabe ninguna duda de que Barbara Stanwyck exhibe de nuevo sus dotes para hacer perder la cabeza al incauto de turno que osa acercarse a ella. Detrás de las cámaras, Robert Siodmak, constructor de atmósferas inigualables, que juega con el blanco y negro de las imágenes hasta asfixiar a sus personajes en sus propias debilidades. Diálogos brillantes y certeros, segundas y terceras intenciones, rincones que pasan desapercibidos a simple vista y que resultan fundamentales para la huida hacia adelante que emprende Cleve. La película se enreda en sí misma para ofrecer un fresco de la maldad, de la tentación y de la demostración preclara de que siempre pasará un tonto allí donde se le necesita.

Y es que el cine negro está lleno de mujeres malas que, no obstante, no hacen más que demostrar que valen doscientas cincuenta mil veces más que un hombre. La cifra no está escogida al azar. Se trata de saber esquivar aquello que es inevitable y el complot vital que se arma contra ese ayudante del fiscal resulta tan gigantesco que cualquier alma se sentiría rota y partida por la mitad antes de enfrentarse a ella. Y muchos huirían por la puerta de atrás. Lo cierto es que sólo una mujer es capaz de arrastrar a un hombre hasta la perdición con tal de satisfacer sus ambiciones sin límites. La verdad, ese bien supremo que todo defensor de la justicia debería buscar, acaba por ser un concepto muy débil en un mundo en que el humo es el aliento y lo oculto es la respiración. Veamos su caso, señora Jordon.

viernes, 30 de octubre de 2026

ULISES (1954), de Mario Camerini

 

El mito del eterno retorno que encarna Ulises es algo más que eso. Es el sueño de volver con un deber cumplido y con la obligación de traer a todos los hombres que estuvieron bajo su mando a las puertas de Troya. Muchos se quedaron allí y el mar, siempre atrayente y emboscado, espera esos quince años de regreso en los que Ulises y sus hombres vivirán una de las aventuras mejor imaginadas de toda la historia. No faltan las tentaciones y, ante todo y sobre todo, una de ellas como es la de la rendición. Sin embargo, son guerreros, están dispuestos a ir hasta el final siempre que su jefe, el rey de Ítaca, les lidere. Él también está tentado y, a pesar de que desea por encima de cualquier otra cosa regresar a su hogar, no deja de querer experimentar todo el sabor de una aventura en la que sabe que, muy posiblemente, puede perder la vida. Cuando las sirenas cantan, sus hombres se tapan los oídos. Él se ata a un mástil porque, en el fondo, desea escuchar esa canción torturante y agónica que le invita a salvar el mar y sus misterios y renunciar. Es como probar el peligro con la orilla de los labios y no querer saborearlo. Para eso, hay otras escaramuzas, como el monstruo de un solo ojo, o Circe, que vuelve a sus hombres en cerdos y les condena a una vida de engorde y sacrificio. Ulises sabe que el mar tiene secretos que nadie ha podido desvelar y que él puede ser el primero en narrar su odisea. Sabe que los héroes nunca lo fueron quedándose en casa.

Y al regreso, sólo el perro lo reconoce. Se da cuenta de todo lo que hay alrededor de su reina, Penélope, y emprende otro viaje, el del conocimiento, el de saber antes de actuar. Y cuando lo hace, resulta demoledor. Ya tiene toda la sabiduría de los dioses. Ya conoce todos los secretos. Ya sabe que su arco es sólo suyo.

Resulta un ejercicio de nostalgia ver esta película hoy en día. La producción, italo-anglo-americana, acaba por ser, en algunos momentos, bastante sonrojante aunque no cabe duda de que en el año de su rodaje, 1954, debió ser novedosa y atrayente. Si se ve hoy en día, la mejor actitud es ser conscientes de que, prácticamente, es una película casi de dibujos animados con la intervención de la acción real para narrar una de los más grandes relatos de aventuras que el hombre ha podido imaginar. Hoy se queda pequeña, con algunos decorados que destacan por su simpleza, con una continuidad algo renqueante y con un color irreal que acaba por ser un gran aliado de la fantasía. El director Georg Wilhelm Pabst era el previsto para hacerse cargo, pero, apenas unos días antes de iniciarse el rodaje, cayó enfermo, siendo sustituido por Mario Camerini que, sabiéndose incapaz de afrontar el desafío técnico que requería la película, pidió a un joven ayudante de dirección llamado Mario Bava que le echase una mano en las secuencias más complicadas. El resultado es un cuento en imágenes, muy alejado del realismo al que estamos acostumbrados hoy en día, pero, al fin y al cabo… ¿quién quiere a la realidad por encima de la fantasía en los tiempos que vivimos?

jueves, 29 de octubre de 2026

LEONES EN INVIERNO (2026), de Albert Pintó

 

Es muy distinto acudir a la violencia para esconder el miedo a la vida que invocarla para hacerle frente. Cuando la desgracia llama con fuerza y no hay ayuda, sólo queda dejar salir a la ira y volver a los lugares que ya se conocieron un día, en otra existencia, cuando el fútbol era la excusa y la sangre corría porque no se llega a la capacidad para dominar los impulsos. Mientras tanto, ese submundo de drogas, de traiciones, de situaciones impensables que siempre se mueven en el filo de lo soportable se hace más y más presente y llega el momento en el que hay que despertar al león, mal que le pese a cualquier razón.

El director Antonio Pintó, después de la notable Tierra de nadie, vuelve a hacernos pensar sobre aquellas amistades que fueron importantes un día y que son sólo recordatorios de algo que nunca debería ocurrir de nuevo. Para ello, pone en juego a tres actores de probada valía como Luis Zahera, siempre acertado en sus composiciones extremas, Roberto Álamo, como un policía al que jamás se le ve trabajar y Jesús Callejo como el típico heroinómano que sólo piensa en el próximo pico. Los dos primeros saldan con notable su trabajo. El tercero demuestra que es mucho más experto cuando domina al gran actor que hay dentro de él que en esta ocasión. Alrededor de ellos, una fauna salvaje de personajes que sólo muestran que la vida es perder, que, a veces, esa derrota continua es abrumadora y que parece que asistimos a una versión cañí de El precio del poder, con toques de Infiltrados y de un deseo irrefrenable de parecerse a Martin Scorsese sin tanta estilización.

Todo esto no estaría mal si no fuera porque en la trama hay flecos que no terminan de explicarse del todo bien y que, hacia el final, Pintó introduce un giro de guion solamente para que el personaje de Luis Zahera tenga una justificación simpática para acabar con el causante de sus desgracias. Lamentablemente, ese supuesto giro, no es demasiado creíble si nos atenemos a lo que hemos visto con anterioridad. Como tampoco es de recibo ese deseo del protagonista de acudir a la redención después de todo lo que ha hecho para calmar su sed de venganza. Quizá con más trabajo de guion y menos lugares comunes, el conjunto saldría beneficiado, pero ya se sabe, es mejor quedarse con Jordi Mollá en su composición de malvado entregado a Dios, con Inma Cuesta con su inacabable dolor y con tres o cuatro reacciones que no acabas de entender, porque hay que explicar algo más y mostrar un poquito menos.

Desde luego, el viaje de pena e ira podría llegar a ser apasionante. Por mucho que se quiera proporcionar excusas para despertar a esos leones que desahogaron su rabia desde el fondo sur del Santiago Bernabéu. Es la demostración preclara de que algo que podría dar que pensar se transforma en retazos de planicie sin demasiado recorrido. Aún así, Pintó consigue dos o tres escenas brillantes que disfrazan la impresión final, pero que no llegan a herir el pensamiento. Ya se sabe. La noche de Madrid, con mucha presencia de aquellos bajos que un día estuvieron repletos de locales de ocio y que ahora no son más que basureros humanos mientras que los de siempre campan a sus anchas por el lado más oscuro de la complicidad.

La vida es perder, desde luego. Y nadie puede controlar esa sensación de derrota. Tan sólo es posible graduar la magnitud de la pérdida y, a menudo, es imposible porque el corazón tiene razones que la razón no entiende. Los muertos se suceden. Y, cuando no queda nada, sólo está uno mismo. Y permanece esa sensación que eso tampoco es suficiente. Sólo es el espejismo de los hombres y mujeres que podríamos haber sido y que el destino se ha encargado de atropellar a toda velocidad. Para ello, hay que buscar, sea como sea y a cualquier precio, la serenidad necesaria para seguir adelante. Aunque eso nos cueste leer un artículo tan prescindible como éste. Hay que mirar hacia adelante y dejar que los demonios sigan durmiendo. Despertarlos no lleva a ningún sitio salvo al infierno.

miércoles, 28 de octubre de 2026

UN HOMBRE SOLO (1955), de Ray Milland

 

Dos millones de visitas en el blog. Ante eso, no se pueden decir muchas cosas. Sólo gracias y que intentaremos llegar a los tres millones. Un abrazo y gracias de nuevo.

Silencio. La llanura guarda muchas sorpresas en su inmensidad o en la tortuosa configuración laberíntica de sus caminos. Una diligencia ha sido masacrada y ese individuo parece el más lógico culpable. Silencio. Él trata de demostrar su inocencia, pero tiene pocos, muy pocos, medios para conseguirlo. Se refugia en algún sitio, esperando que su anonimato le proteja, pero es insuficiente y el dueño de la casa es el sheriff de los alrededores. Ese hombre está solo. Nadie le apoya. Nadie le ayuda. Nadie le comprende. Silencio. Es sólo un lobo estepario que ha viajado por muchos caminos, ha disparado unas cuantas veces, casi siempre de forma justificada, y ha dejado atrás un reguero de cierta leyenda que hace que todo el mundo le tenga miedo. Y sin embargo, no es más que un hombre. Un tipo con un arma al cinto que trata de escapar de un entorno que cada vez se le cierra más. Y ese entorno está apretando la mano alrededor de su cuello. Silencio. Todo se explica con las acciones. Todo es confuso porque, a veces, hay que emplear la violencia para evitar lo que se quiere eludir. Es como un inmenso rompecabezas moral en el que las balas son los bornes que encajan las piezas.

Ray Milland dio, una vez más, muestras de lo interesante que era como director. En esta ocasión, puso en pie una película del Oeste de presupuesto muy bajo en la que, en la primera media hora, no se dice una palabra. Todo lo explica con imágenes. Quizá la idea la copió de la que era su película favorita, El espía, de Russell Rouse, en la que el propio Milland no decía absolutamente nada en todo el metraje, a pesar de ser el protagonista. En esta ocasión, también es la estrella principal de la película y, detrás de su silencio, hay algunos actores solventes como Ward Bond, Raymond Burr, Lee Van Cleef, con Mary Muprhy aportando el lado femenino y, por supuesto, el único personaje que cree en ese forajido al que hieren su alma de hombre bueno. El resultado es una película notable, a pesar de que en la ambientación y en los decorados llega a notarse la carencia de medios, con ese primer tramo en el que no se pronuncia ni una palabra, potenciando el hecho de que las acciones son mucho más importantes que las intenciones. Puro Oeste.

Así que guarden silencio. Sólo queda asistir como espectadores a toda una escenografía de sentimientos encontrados en los que todos podemos vernos reconocidos mientras el vacío de la falsa acusación se abre a nuestro alrededor. Casi ni se van a poder oír los disparos que llevan el mensaje de que ese hombre atrapado y solo no tiene nada que ver con ninguna masacre. Y menos aún la de inocentes que simplemente viajaban a bordo de una diligencia de línea. Todo apuntará en su contra. Incluso se impondrá la duda en aquellos que han podido ver algo bueno en él. Y es que, desgraciadamente, siempre ha sido mucho más difícil demostrar la inocencia que la culpabilidad. Y ya, desde este momento, es mejor guardar silencio.