Morty es un buen chico
que es contratado por el presidente de la Paramutual Pictures para ejercer de
espía en el propio estudio. La productora no hace más que perder dinero y
quiere saber qué es lo que se cuece en los rodajes para que ese río de medios se
vaya por el sumidero y la mejor idea es poner a un chico para todo merodeando
por los platós a ver si se entera de lo que hacen los subordinados de la casa.
Todo es fácil, sólo que Morty es un buen chico que sueña con llegar a lo más
alto. No hay más que sentarse en una de esas salas de conferencias forradas de
madera noble, con sus sillones de respaldo hasta la cabeza y, al son del Blues in Hoss, de Count Basie, soñar con
que se dirige una tormenta de ideas con la última palabra en poder del que
preside. A menudo, la imaginación es más perfecta que si tiene una buena banda
sonora. Y Morty tiene una de las mejores imaginaciones.
Todo está estructurado
en pequeños chistes en los que Morty puede llegar a tocar con las manos la
hipocresía de los altos ejecutivos y la picaresca de los trabajadores más
modestos. El cine es el negocio de la mentira y, por tanto, todos los que lo
hacen, de una manera o de otra, también mienten. Nadie sabe dónde radica el
éxito, pero sí que se pueden buscar grandes profesionales. Sin embargo, toda
esa pátina dorada que recubre el negocio es falsa, porque no es más que otro
negocio más. Busca lo mismo. Escarba en lo mismo. Y lo que se quiere, al fin y
a la postre, son beneficios. Así que Morty es el encargado de hallar dónde se
encuentra el agujero de la pasta. ¿Es por incompetencia? ¿Es porque no se
trabaja bien? ¿Es porque se cede demasiado a los caprichos de la estrella o del
director de turno? ¿Es porque los ejecutivos no hacen más que encender sus
eternos puros habanos y no tienen ni idea de cuál es el producto que venden?
Morty va a encontrar la respuesta a todas estas preguntas y ninguna va a ser
del todo satisfactoria.
Jerry Lewis ha
proclamado varias veces que, de todas las películas que llegó a dirigir, esta
es la que más le gustaba de todas. Y no le falta razón porque, a pesar de no
ser la más famosa, es un bonito ejercicio de crítica teñida de carcajadas con
las diferentes situaciones del protagonista, interpretado con su ligereza
habitual por parte del propio Lewis, que en el fondo no es más que el cuento
del ingenuo en la selva. Ese elemento extraño, que no pertenece al mundo de
Hollywood, tiene que moverse como un espía indiscreto dentro de los bastidores
más rasos de toda la industria. Y su perplejidad no tendrá fin, pero tampoco su
entusiasmo. Este espía de Hollywood proporcionó unas cuantas carcajadas y,
quizá con El botones, El profesor chiflado y El terror de las chicas, forma el cuadro
de honor de la filmografía de un tipo que sólo quiso hacernos reír en un mundo
que no invitaba demasiado a ello.






