Todo parece tranquilo
en un pueblo de la campiña francesa. Por un lado, una maestra que,
prácticamente, vive recluida. Tuvo un par de desengaños amorosos tiempo atrás y
prefiere disfrutar de la soledad y de sus niños en la escuela. Es buena en eso.
Es atractiva, aunque con una belleza muy particular. No quiere al mundo y
espera que el mundo no la requiera. Por otro, un carnicero con mucha historia a
las espaldas. Fue soldado en Argelia y vivió los peores horrores, las mayores
matanzas. Es algo que, cada noche, vuelve a revivir con angustia. El desahogo
viene cuando va a trabajar a su tienda y tiene que despiezar la mercancía. Allí
da unos cuantos hachazos con su cuchillo de matarife y, parece que no, pero la
angustia se va, ayudado por un charloteo con una clienta, por un pedido que hay
que preparar o por controlar la llegada del género. La vida transcurre con
placidez en ese pueblo del que nadie se acuerda.
En una boda, estos
personajes que parecen muy perdidos en la vorágine de sus propias existencias,
se encuentran y, de alguna manera, simpatizan. Ella es atractiva y aún joven,
con unos ojos arrebatadores. Él parece un buen hombre, muy dispuesto, muy
voluntarioso y aún más amable. Puede que surja algo entre ellos, pero es algo
inasible, que los dos no se atreven a cazar, como un colibrí en la montaña. Sin
embargo, hasta en el mejor de los paraísos existen los nubarrones que impiden
la felicidad. Un asesino en serie merodea por los alrededores. Sus crímenes son
terribles, execrables, totalmente inhumanos. Los pueblos de la cercanía se han
visto manchados con la sangre que ha derramado y que aparezca por la villa de
los protagonistas es cuestión de tiempo. La policía hace averiguaciones y,
quizá, el mejor detective es siempre el silencio.
En este contexto de amargura,
sin rumbo y crueldad, el carnicero acabará demostrando a la maestra hasta dónde
puede llegar el amor. Ese mismo que ella ha visto cómo huía de su presencia y
dejaba sólo el agrio sabor de la derrota.
Claude Chabrol realizó
esta película con la habitual falta de énfasis que los miembros de la Nouvelle Vague imprimían a sus
historias. Nada tiene importancia porque la vida es veloz y, a menudo, leve,
por mucho que los acontecimientos puedan ser más graves de lo que podamos
imaginar. Articula un drama de amor y crimen desde una perspectiva de
espectador levemente implicado, pero en absoluto concernido. El resultado es
que, sin duda, hay interés en lo que cuenta, por mucho que, en algunos
momentos, parezca alejarse de los postulados del movimiento que le repudió por
desertar con premeditación y alevosía. Y su mirada es la de alguien curioso,
pero pasivo. Leal, pero proclive a la distracción. Agresivo, pero sólo en
privado. Si deciden ver esta película, entenderán a qué me refiero.
Así que, en el fondo, hay que elegir muy bien a quién queremos para que nos saque del hoyo al que nuestro ánimo nos ha condenado. Esas pequeñas elecciones, que no tienen casi importancia en nuestro día a día, muchas veces determinan nuestro devenir. Y, a veces, guardan la sorpresa del sacrificio, de la honestidad y de la sinceridad dentro de un envoltorio que no tocaríamos ni de lejos.






