viernes, 16 de octubre de 2026

EVA MARIE SAINT: LA DISTINCIÓN ES MUJER

 

Eva Marie Saint reunía todas las cualidades necesarias para ser una estrella, pero ella prefirió ser una actriz. Apasionada de su profesión, estudió en el Actor´s Studio a las órdenes de Elia Kazan. Allí aprendió la técnica, pero, siempre sabia y muy consciente de cuál era el lugar que quería desempeñar, la modeló a sus propias cualidades. Sabía que era demasiado menuda y, sin embargo, encarnó a mujeres de indudable carácter y siempre con un toque de clase, aunque su papel fuera el de un personaje humilde.

Antes de dar el salto el cine, intervino en múltiples episodios de series de televisión, un medio que nunca abandonó. Por eso, Elia Kazan no estaba muy convencido de darle el papel de Edie Doyle en La ley del silencio y, en un principio, pensaba dárselo a Elizabeth Montgomery. No obstante, Kazan decidió hacerle una prueba y se dio cuenta de que ella, a pesar de la inocencia atrevida que desprende su personaje, aportaba rasgos adultos muy interesantes al personaje, algo que no ocurría con Montgomery. Actuó al lado de Marlon Brando, que ella mismo se encargó de remarcar que, posiblemente, era el mejor actor con el que había trabajado y, ya en su primera película, ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria.

Continuó haciendo apariciones en las más variopintas producciones televisivas durante dos años más, algo muy poco frecuente en una ganadora del Oscar, hasta que se le presentó la oportunidad de demostrar su versatilidad en una comedia al lado de Bob Hope en Esa extraña sensación, de Melvin Frank y Norman Panama, un divertido enredo de equívocos que enseñó su sentido del humor, muy alejado del papel que había desempeñado para Kazan.

De ahí pasa al drama más trágico de la mano de otro director de primera línea como Fred Zinnemann en Un sombrero lleno de lluvia, al lado de Don Murray y Anthony Franciosa. Saint cosecha una excelente retahíla de buenas críticas por este melodrama de drogas y amores con traumas incluidos. A continuación, se incorpora al reparto de El árbol de la vida, de Edward Dmytrik, una película llena de dificultades motivadas por el terrible accidente que sufrió Montgomery Clift que le desfiguró la cara y que obligó al director a emplear dobles y  a enfocar al propio Clift recuperado del accidente desde lejos después de una larga suspensión. La película fue un intento de recuperar el espíritu de Lo que el viento se llevó, que acabó muy lastrado por una trama pesada, apasionada e intermitente.

Esta actriz, pura distinción, fue la mejor oponente para Cary Grant en la extraordinaria Con la muerte en los talones, del maestro Alfred Hitchcock. En ella, Saint presume de elegancia, de atractivo, de madurez, de la composición tranquila de un personaje que siempre se mueve en el filo de las simpatías. En la película, conquistó a Grant. En los cines, todo el público se enamoró de ella. La propia Saint declaró que trabajar con Hitchcock fue una de las cosas más grandes que le habían ocurrido nunca.

Ese toque de estilo inimitable que supo darle a su personaje le proporcionó la oportunidad de emparejarse con Paul Newman en Éxodo, de Otto Preminger, encarnando a una mujer profundamente preocupada por el entorno de violencia y por ejercer de madre en un país que estaba despertando desde la sangre de lo que nunca debió ocurrir. La química con Newman fue evidente, al igual que la tuvo con Brando, confirmando la suposición de que Eva Marie Saint podía ser la actriz más adecuada para cualquiera de los actores del Método.

Como no podía ser menos, también estuvo al lado de otro de los grandes galanes como Warren Beatty en Su propio infierno, de John Frankenheimer, un drama sobre gigolós, mujeres que desean ser amadas y rechazos colectivos. También fue llamada de urgencia para sustituir a la inicialmente prevista Patricia Neal en la interesante 36 horas con James Garner preso de un ataque de amnesia en un aparente hospital aliado en la Segunda Guerra Mundial. La película parte de un relato de Roald Dahl convenientemente adaptado y, aunque está bien dirigida, bien realizada y mejor interpretada, es una historia que se resiente de un montaje algo errático.

Encarna a la tercera pata del banco de Castillos en la arena, de Vincente Minnelli, dando la réplica a dos torbellinos como Richard Burton y Elizabeth Taylor en una historia sobre amores prohibidos y estilos de vida contrapuestos. Un melodrama que cosechó un rotundo fracaso, pero que también puso en evidencia que Eva Marie Saint no tenía ningún reparo en aceptar papeles algo más secundarios sin miedo. A ella lo que le importaba realmente era la calidad de lo que hacía.

Llegó el momento de intervenir en la comedia más alocada de finales de los años sesenta como fue ¡Que vienen los rusos!, de Norman Jewison, sobre la supuesta invasión de territorio norteamericano por parte de la tripulación de un submarino ruso que, realmente, sólo quiere ayuda para la reparación de su nave. Algo trasnochada por el tiempo, la película tuvo un impacto enorme, mereciendo varias nominaciones al Oscar por su descaro e histerismo. Un éxito que hizo que se viera a la actriz con los ojos de madre o de mujer madura que no abandonaba su elegancia ni siquiera ante una invasión del enemigo.

Forma parte del enorme rompecabezas que rodea al círculo de la Fórmula Uno en esa estupenda película que es Grand Prix, otra vez con Frankenheimer. Su romance con Yves Montand resulta creíble en la piel de una mujer que parece herida y que sólo está dispuesta a aguantar una carrera más para entrar en su propio destino. Una interpretación en tono menor que, sin embargo, aporta mucho estilo a una película sobre cuatro ruedas.

Ese mismo año de 1968, interviene en una estupenda película como es La noche de los gigantes, de Robert Mulligan, junto a Gregory Peck. Su interpretación de una mujer que ha sido raptada por los indios y que ha tenido un hijo con uno de sus jefes más salvajes resulta impresionante por el tremendo comedimiento con el que aborda el papel. Poseedora de silencios, ella sólo busca proteger a su hijo de ese indio que decide ir a por todas con tal de llevárselo y lo hace desde su propio desvalimiento dentro de un mundo que ya no entiende y que, sin duda, acabará por rechazarla. Una joya de película y de interpretación.

Dos años más tarde, se empareja con George Segal para trabajar en una comedia romántica sin demasiadas pretensiones como es Loving, de Irvin Kershner, sobre un artista que quiere revitalizar su carrera justo en el momento en el que todo parece que se derrumba a su alrededor. Una película estimable, pero Eva Marie Saint empieza a sentir que ya es hora ir abandonando al cine.

Con Fuera de emisión, de Pau Bogart y al lado de Bob Hope recibe el rechazo del público y de la crítica a través de una comedia de intriga que no llegó a ningún lado. Decidió retirarse a partir de este momento a la televisión, interviniendo en multitud de telefilmes y de episodios sueltos de series de todo tipo, clase y condición, regresando puntualmente catorce años después para una comedia sin mayor trascendencia de Tom Hanks titulada Nada en común, en una de esas apariciones venerables de antiguas leyendas que, de vez en cuando, aparecen por la cartelera. Después, otro parón de catorce años para hacer otra aparición en Soñé con África, a mayor gloria de Kim Basinger, o una comedia con perro con Jeff Daniels titulada con ñoñería sobrada Mi mejor amigo; o aportando arrugas de sabiduría en una película dirigida por Wim Wenders titulada Llamando a las puertas del cielo, con el matrimonio formado por Jessica Lange y Sam Shepard; o sorprendentemente encarnando a la madre terrestre de Clark Kent en Superman Returns.

De esta época data esa anécdota que contó ella misma en la que, ya dueña de unos cuantos años de edad, tuvo que pasar una de sus revisiones anuales y el médico le preguntó: “¿Cuándo te vas a retirar?”y ella respondió: “Nunca. Es que me gusta lo que hago”. Eva Marie Saint dejó un rastro de distinción que nadie ha podido igualar. Se nos ha ido el traje de gala más elegante que el cine nunca se puso, aunque ella ya andaba retirada desde 2019. Nos queda siempre esa sensación que ella sabía transmitir de que podíamos oler el rastro de un suave y discreto perfume cuando aparecía en la escena.

jueves, 15 de octubre de 2026

EL PRECIO DE LA RED (2026), de Aaron Sorkin

Básicamente, el problema es el siguiente. ¿Cuáles son los mensajes más leídos en las redes sociales? Los que polarizan. Así que si se construye un algoritmo en el que se carga de valor cualquier mensaje al que se da un “like” o, mejor aún, se comparte contenido, entonces saltan recomendaciones que redirigen la navegación hacia grupos de ultraderecha radical. De esa forma, se fabrica el pensamiento colectivo y, lo que es peor aún, se invita al comportamiento deleznable que convierte la convivencia en pura basura. Por otro lado, esas mismas redes sociales nacieron para que personas que no se conocen de nada conecten y compartan gustos, aficiones, ideas y proclamas. Fácil ¿no? Si no se verifica el contenido, todo vale.

Si, por otro lado más, los que dirigen y trabajan en las multinacionales de la red social son cuasi autistas que no tienen ni la más mínima capacidad empática y sólo piensan en la maximización del negocio, entonces ya estaría el cuadro completo. De vez en cuando, eso sí, hay algún garbanzo negro que trata de poner en conocimiento de la gente cómo se juega con la personalidad de millones de usuarios que, paulatinamente, van radicalizando su forma de pensar y, además, hay algún periodista dispuesto a contarlo, es que la esperanza no está perdida y alguna forma de decencia también se esconde en algún lugar ignoto de esa selva que es cualquier red social.

Por el camino, desde luego, hay un buen puñado de términos que no se acaban de dominar porque al consumidor final, que es el usuario, le da exactamente igual cómo funcionan los dichosos algoritmos. Es todo demasiado complicada para que un mundo dominado por las pantallas, por lo que dicen, por lo que piensan, por lo que cuelgan y por lo que muestran, se paren a pensar por un minuto cómo la manipulación también habita en el bolsillo donde se guarda el móvil o en el maldito ordenador que extiende sus cadenas y obligar a estar cuantas más horas mejor tratando de buscar algo que nos haga creer que no estamos solos, que también tenemos algo que decir aunque, desde luego, esas cosas que escribimos estén más cerca del fascismo que de otra cosa. La vida reducida a una máquina que nos dirige, nos redirige y nos aplasta sometiéndonos a una esclavitud que, casi siempre, acaba por ser algo bastante peligroso.

Con estos mimbres, el director y guionista Aaron Sorkin fabrica lo que podría ser una continuación lejana de aquella La red social, de David Fincher, que Sorkin también escribió en su momento. La figura de Mark Zuckerberg y su absoluta falta de comprensión de un mundo que no le interesa y que sólo ve como una factoría de dinero domina todo el entramado. Para ello, Sorkin realiza una película que es menos irregular que su predecesora, centrada en la delatora Mickey Madison, eficaz, y en un convincente Jeremy Allen White como el periodista ganador del Premio Pulitzer por escribir y publicar las miserias de la red. El resultado es una película curiosa, muy bien llevada, sin bajos, pero tampoco altos y con la certeza de que vivimos una generación de personas manipuladas y de cerebro más lavado que las sábanas de un fantasma ancestral.

Piénsenlo dos veces. Ese “like”, ese deseo de compartir algo que llega, esa furia desatada que se desahoga en la red social, pero que no estalla en nuestro ámbito particular, puede ser un arma letal a favor de actitudes que son absolutamente reprochables. Curiosamente, los malditos inventores que han llevado su síndrome de Asperger hasta las últimas consecuencias, son los nuevos dictadores. Aquellos que siempre están en la sombra y que ejercen su poder desde su pedestal inalcanzable de magnates sin alma, ni corazón. No lo tienen. Nunca lo tendrán. Sólo somos piezas de un juego que inventaron que terminó por acabar con nuestra privacidad, con nuestra independencia mientras no dejaban de articular trampas para atrapar nuestra débil personalidad, que se siente muy sola si no hay nadie que secunde o les invite a compartir el insulto, la propaganda, el grito y el extremismo. El puñetero algoritmo se encargará de trazar el siguiente paso. 

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

LOS CRÍMENES DE LA ACADEMIA (2022), de Scott Cooper

Falta un corazón. Tal vez sea el delator, aunque eso vendrá muchos años después. En la Academia Militar de West Point se ha encontrado a un cadete de segundo año ahorcado. Podría pensarse que es un suicidio, pero un pequeño detalle indica que no es así. Le falta el corazón. A medias para evitar el escándalo y para hallar al culpable del asesinato, la dirección de la Academia recluta a un detective privado, Augustus Landor. Tiene cierta fama de resolver bien los casos, aunque ya está prácticamente retirado. Él se encargará de buscar entre medias de todos esos muchachos bien uniformados y sujetos con cordón de plata a un código de silencio que sólo quebrantarán con la muerte.

Landor comienza su investigación y, sin duda, encuentra pistas que hacen que el rompecabezas sea aún más difícil de resolver. Traba conocimiento en la taberna con un joven cadete. Es culto, es poeta, es tremendamente observador y, desde luego, parece honesto. Se llama Edgar Allan Poe.

Los mimbres del misterio están bien sujetos. Los crímenes se suceden y Landor se va sumergiendo en certezas que, de alguna manera, ya sabía de antemano. Más cadetes muertos, elementos de brujería, la presión de los rectores académicos…todo se confabula alrededor de un detective que ha perdido lo que más quería y al que su mansedumbre acaba por ser una excelente cortina para no atisbar la verdadera naturaleza de sus sentimientos.

Notable película de Scott Cooper, que ya dio muestras de su buen hacer en la seca y estupenda Hostiles, al lado de su admirado amigo Christian Bale. En esta ocasión, Cooper pone el acento en la ambientación, absolutamente certera, en esa Academia de West Point, lugar mítico de formación de oficiales del ejército. Cooper va añadiendo capas de austeridad en su puesta en escena a la vez que no deja de visitar sus obsesiones por el dolor que nunca acaba. Es una época difícil y la vida es tan frágil que se necesita al mejor narrador de historias extraordinarias para llevarla adelante. Muy comedido Christian Bale, algo que ya viene siendo habitual en sus trabajos para Cooper y, desde luego, mención especial merece Harry Melling que, con su rostro descaradamente asimétrico hace realidad al auténtico Edgar Allan Poe, con su mirada inteligente, su hábil vocabulario y su tendencia a la autodestrucción. El resultado es una película que merece la pena, porque los misterios, ya se saben, encierran enigmas dentro de acertijos y esta vez no va a ser menos.

Laven las pruebas, realicen los ritos, arranquen los corazones, conozcan la infelicidad, ésa que puede durar toda una vida, de cerca. El detective Augustus Landor les guiará a través de sus susurros de inteligencia por una serie de pistas que irá recogiendo y descifrando ese maldito cadete que merece más procesos disciplinarios que cualquier otro. El mal suele habitar en el interior. Nunca es diáfano, ni se le considera. El miedo a la pérdida es lo que subyace detrás de todo el misterio. Y quizá una despedida sea la mejor muestra de cariño a quien se va sin acabar una frase que podría haber quedado para la historia. O, mejor aún, resérvenla para sus futuros libros.

martes, 13 de octubre de 2026

SANGRE FÁCIL (1984), de Joel Coen

 

La sangre corre fácilmente cuando el amor se convierte en odio. En algún pueblo perdido de Tejas, un matrimonio ha llegado ya al límite y comienza la aversión. Él no puede evitar maltratar a su mujer. Ella le tiene miedo y asume mansamente su condición de víctima, a la vez que tiene un amante que, por aquello de que casi es el único negocio más o menos grande del pueblo, también es empleado del marido. Ya está montado el triángulo isósceles de tantas y tantas pasiones que acaban mal. En este caso, va a ser peor. El marido contrata a un oscuro detective privado para que acabe con su esposa. Ella empieza a fantasear con la idea de matar a su marido. El amante aparece en el momento menos adecuado en la escena del crimen. El cadáver se niega a morirse. La sangre es fácil, la muerte, no.

Narrada con un ritmo parsimonioso y casi sin énfasis, los hermanos Coen consiguieron una película negra que parece rascar un poco más allá de la suciedad inherente a cualquier pasión envenenada. Sus planos son largos y los intérpretes, sin duda siguiendo las indicaciones de los dilectos hermanos, estiran sus reacciones hasta asimilar sobradamente todo lo que les está pasando. La muerte no es fácil de normalizar y menos aún en ese rincón apartado en el que se planean tantos asesinatos y tan concentrados. El dinero anda por medio, sí, pero no es el móvil fundamental. El resto es pasión, porque el amante se la juega y tiene mucha suerte. El marido se la juega y, desde luego, pierde. El detective se la juega y el dolor se instala definitivamente debajo de su sombrero tejano. La esposa mantiene toda la calma que puede porque sabe que sólo así podrá salir del lío tremendo en el que se ha metido sin proponérselo. El resultado es una película espléndida, de velocidad atípica, con estallidos de violencia, con el error como enseña, con el asesinato como fondo.

Y es que la coincidencia de ideas suele ser bastante común cuando hay tal desencuentro que sólo queda el dolor de las palizas. Enterrar a un hombre no es nada fácil, sobre todo si te está mirando a los ojos. Y, por encima de cualquier otra cosa, no se olviden nada en la escena del crimen. Creerán que son los más listos de la fiesta cuando, en realidad, el destino saldrá como una serpiente a buscarles. Es el problema de planear un asesinato calculado para que no haya coartadas. Es el problema de planear un asesinato calculado por razón de dinero y con el engaño entre medias. Es el problema de limpiar el lugar de un asesinato calculado porque te pueden encontrar con sorpresas desagradables. Es el problema de reaccionar con la suficiente sangre fría para que el asesinato se convierta en un acto de defensa propia. Demasiados problemas para un detective, un camarero, un empresario al que deberían cortar el gaznate y una mujer valiente y decidida. El ganador será una incógnita. Puede que no haya ninguno. Ustedes deciden.

viernes, 9 de octubre de 2026

GONZALO SUÁREZ: MI NOMBRE ES CINE

 

“¿Escritor que hace cine? ¿Cineasta que regresa a la Literatura? De cuando en cuando, hay mariposas que se niegan a dejarse clavar en el cartón de las bibliografías y los catálogos. De cuando en cuando, también, hay lectores o espectadores que siguen prefiriendo las mariposas vivas a las que duermen su triste sueño en las cajas de cristal”.

Julio Cortázar hablando sobre Gonzalo Suárez y su obra cinematográfica.

Gonzalo Suárez es el único cineasta de la Escuela de Barcelona que no era catalán. Este asturiano de Oviedo se trasladó a Madrid para estudiar Filología Francesa aunque no llegó a terminar sus estudios. Sin embargo, su estancia en la universidad la aprovechó para comenzar una carrera como actor en el Teatro Español Universitario (TEU), se escapa a París donde se apasiona por la pintura y regresa para pasar a la radio como periodista deportivo y descubrirse como escritor en plenos años sesenta. Algunos de sus relatos son adaptados al cine y el tránsito a la nueva disciplina fue su siguiente paso. Escribe en colaboración con Vicente Aranda el guion de Fata Morgana que también está basada en un relato suyo. Dirige el cortometraje El horrible ser nunca visto y Antxón Eceiza realiza De cuerpo presente, basada en una novela de Gonzalo Suárez. Se pasa nuevamente al corto con Ditirambo vela por nosotros y se anima a rodar la misma historia en largo con Ditirambo, con él mismo en el papel estelar y al lado de Yelena Samarina, Charo López y José María Prada. Aquí, Suárez pone en juego a un periodista que destaca por su impasibilidad, pero que es incapaz de renunciar a su honradez. El tono de Suárez en esta película es de novela negra (no, no me he equivocado) con detalles de suspense, humor y costumbrismo, enriqueciendo la historia por los cuatro costados. Un ejemplo de la inteligencia que siempre ha caracterizado a Gonzalo Suárez tras las cámaras, considerando al espectador, también, como alguien inteligente, capaz de sacar sus propias conclusiones ante lo que le están contando.

Vicente Aranda vuelve a adaptar un relato suyo, Bailando para Parker, para realizar Las crueles y él se pone detrás de las cámaras para dirigir El extraño caso del Doctor Fausto, una nueva revisión del mito con él mismo en el papel de Mefistófeles y Alberto Puig en el de Fausto. Suárez aquí dejó bien clara su marginalidad con respecto al cine más comercial y realiza un interesante estudio sobre la locura con una libertad poética y formal que deja una cierta estela de asombro. Su rebeldía ante todas las normas le colocan como un creador diferente, que ama el cine por encima de todo sin abandonar a la Literatura y que trata de hacer un cine sólido, moderno, vital y vigoroso. La película fue presentada en el Festival de Berlín, pero regresó con las manos vacías.

Deseoso de romper fronteras, se embarca en Aoom, basada también en un relato suyo, con Lex Barker y Teresa Gimpera como protagonistas. La historia de un actor que, ya de vuelta de todo, desarrolla una capacidad mental para desligarse de su propio cuerpo es el marco ideal para que Suárez desarrolle toda una ingeniosa trama salpicada de humor, amor, tragedia y aventura en la que la cámara se antoja un pincel y las imágenes son cuadros de la fantasía. No tuvo ningún éxito aunque se presentó en el Festival de San Sebastián donde no consiguió ningún premio. No obstante, durante la presentación de la película en el festival, conoció a Sam Peckinpah, una amistad que le acompañó hasta la muerte del cineasta norteamericano.

Se adentra en el mundo de la obsesión con Morbo, con un guion escrito junto a Juan Cueto y con Ana Belén y Víctor Manuel en los papeles principales. La historia de una pareja de recién casados que pasa una luna de miel de bajo presupuesto en una caravana en medio del bosque se torna en un cuento de terror a través de los ojos de la esposa, obsesionada con que alguien les observa desde una casa cercana. Detrás de ese argumento, subyace una crítica social realizada con cierta puntería hacia la pseudoprogresía que se abría paso en los estertores del franquismo, deseosa de sustituir a la burguesía sin intenciones de cambiar absolutamente nada, asumiendo sus defectos y ahogando su pretendida intelectualidad. Hoy es una película que puede quedar terriblemente desfasada pues el tiempo, bien lo saben algunos grandes cineastas, es el peor de los enemigos, pero no deja de ser una curiosidad inclasificable que llegó a ser elogiada por el mismísimo Howard Hawks.

Repite con la misma pareja protagonista con Al diablo, con amor, un guion coescrito con Antonio Drove y Carlos Suárez que trata sobre una lejana isla donde unos cuantos marineros confinados por el mal tiempo se emborrachan en una taberna mientras llega una pareja que no ve el momento de salir de allí. Ligeramente entregado al cine más comercial en esta ocasión, Suárez ve una oportunidad para la extravagancia y el alocamiento más desatado haciendo un cine en total libertad a pesar de las imposiciones del mercado y del momento. Y valiente por cuanto hay en esta película por romper con algunos clichés, resulta una de las más flojas de la filmografía de este gran director.

De nuevo en colaboración con Juan Cueto  con Carmen Sevilla y Donald Pleasance de protagonistas, rueda La loba y la paloma, famosa por contener uno de los primeros desnudos del cine español. Tampoco resulta ser una de las películas más afortunadas de Gonzalo Suárez como director en una historia sobre una muchacha traumatizada por haber presenciado la muerte de su padre y que sale del manicomio sin poder decir ni una palabra, pero que conoce el paradero de una antigua estatua de oro que se disputan unos cuantos personajes sin escrúpulos. Demasiado obvia en algunos pasajes y con una cierta propensión a la reiteración, no es una buena película. Después tiene que hacer frente a un encargo que podría haberle dado un timbre de prestigio aún mayor como fue la adaptación de la novela de Leopoldo Alas “Clarín” La regenta, con guion de Juan Antonio Porto, con Emma Penella y Nigel Davenport al frente del reparto. Las modificaciones imprescindibles impuestas por la censura y la inadecuada elección de la protagonista (en realidad un proyecto de su marido, Emiliano Piedra que impuso a Emma Penella para interpretar a la protagonista Ana Ozores) lastran una película acartonada aunque ronda el espíritu del propio Leopoldo Alas.

Después de la realización de La regenta, Peckinpah convenció a Suárez para trasladarse a Estados Unidos y escribir conjuntamente un guion basado en su novela Operación Doble Dos, la historia de una supuesta conspiración para asesinar a Franco y a Eisenhower en el mítico viaje que el presidente norteamericano realizó a España a mediados de los cincuenta. El proyecto no llegó a realizarse, pero la categoría de Gonzalo Suárez fue admirada, a través de su amistad con Peckinpah, por intelectuales y cineastas de una buena parte del mundo.

Muerto el dictador, Suárez entró en su fase de mayor creatividad con películas de una factura técnica impecable, trabajadas desde la agudeza y con un sentido visual extraordinario. No sería ninguna tontería afirmar que ha sido uno de los cineastas españoles con el sentido visual más refinado. No cabe duda de que las mejores y más depuradas películas las realiza en democracia. Baste citar Epílogo, con una fantástica actuación de los tres protagonistas, José Sacristán, Francisco Rabal y Charo López; Remando al viento, con Hugh Grant, Lizzy McInnery y José Luis Gómez, con un maravilloso y casi onírico regreso a Lord Byron, Mary Shelley y Polidori: o Don Juan en los infiernos, oscura y cuidada revisión del mito de Don Juan que, en esta ocasión, asumió la carne y la piel de Fernando Guillén.

Nunca le gustó que se le encuadrase en ninguna corriente o movimiento aunque, por lo general, se le recuerde por ser uno de los nombres más destacados de la Escuela de Barcelona. Sin embargo, sea como fuere, a Gonzalo Suárez hay que reconocerle una constante búsqueda de la libertad creativa plena de originalidad y de sentido del humor tratando de conquistar un sentido formal y argumental en su modo de hacer cine. Su nombre, en realidad, era cine.

jueves, 8 de octubre de 2026

DIGGER (2026), de Alejandro González Iñárritu

 

Cuando un cineasta cae en la autocomplacencia puede llegar a pensar que todo lo que hace es de una brillantez difícilmente igualable. Alejandro González Iñárritu ha hecho buenas películas, con estructuras narrativas osadas, con ambición y excelentes resultados. No es el caso. Primero porque todo lo que destila esta película es de una ingenuidad ya pensada. Segundo porque no es entretenido. No es más que un buen puñado de viñetas regadas con la excusa del ensayo técnico de una obra de teatro con diálogos pretendidamente mordaces y que son más simples que el mecanismo de termómetro. Tercero porque es una historia larga que tiene más Tom Cruise del que se puede digerir.

Todo gira en torno a un millonario tan rico que llega a la obscenidad y que tiene tan poca humanidad en su interior que no duda en hacer negocio a pesar de que le advierten de que puede desencadenar una catástrofe de dimensiones desconocidas en todo el planeta. Por supuesto, él prefiere seguir engordando la caja y, claro, ocurre lo inevitable. No obstante, Iñárritu no se detiene ahí y extiende la culpa a todos bajo la máscara de que hemos servido a todos sus intereses, uno por uno, mientras el mundo entero protestaba en contra de ellos. A nadie se le hubiera ocurrido. Por el camino, tenemos a Tom Cruise más sobreactuado que el exceso de maquillaje que lleva encima y se supone que el director, por aquello de ofrecer algo medianamente bueno, nos coloca una imagen aquí y otra allí que impactan con fuerza en la mente del siempre desprevenido espectador.

Al lado de Cruise está John Goodman, al que obviamente también se le ha dado rienda suelta para que sea muy gracioso todo. Sí, porque se supone que el asunto es una comedia apocalíptica con ejercicio de metateatro incluido. Por ahí anda otro desatado Michael Stuhlbarg y la chica alemana de moda, Sandra Hüller, que sale poco y, quizá, es la que más está en su sitio junto con Riz Ahmed, un excelente actor del que Iñárritu prescinde por las buenas a mitad de metraje. El resultado es una película llena de tontos fósiles, con mucha idea estereotipada, más obvia que la mano de Maradona, que reparte culpas que luego son aplaudidas, con una verborrea inacabable del personaje principal que acaba por ser cargante y bastante grotesco. De acuerdo, Iñárritu quiere que sea así, pero él es capaz de ser mucho, mucho más sutil; mucho, mucho más elegante; y mucho, mucho más cineasta.

Entonces lo que tenemos que hacer es mirar bien alrededor y fijarnos en las personas que están manejando los hilos de este valle de lágrimas y no consumir ninguno de sus posibles activos, sea cual sea porque si no, ya saben, sólo somos cómplices de la desaparición de nuestro querido planeta. Yo no lo había pensado nunca, la verdad. Iñárritu me ha descubierto la luz eléctrica en forma de película. Y encima me pone un personaje al frente que es como el guiñol listo que usa la palmeta para deshacerse de todo lo que le estorba. Con imágenes tan evidentes como las máscaras de su propio rostro colgando de las paredes de su mansión. Ah, pero no, que nada de esto es verdad, sólo son actores que están haciendo una obra sobre la distopía que están viviendo dentro de una supuesta obra que ya fue un éxito hace muchos años y, eso sí, se encarga de subrayar que esos mismos actores están a sueldo de los mismos tipos que se lo han cargado todo. El teatro dentro del teatro es puro teatro y además es demasiado teatral sin parecerlo. Algo cansino. Pretende ser salvaje y sólo es bizarro.

El fin del mundo se acerca. Nos golpean una y otra vez con las mismas ideas para convencernos de que son verdad y acabaremos alabando al Trump de turno para que la supervivencia sea sólo el acto desesperado de unos cuantos amantes del teatro de las cosas  auténticas. No me hagan ni caso. En realidad, yo estoy dentro del papel, sufriendo el impacto de estas letras que no significan nada por mucho que yo les diga que es una película de la que, me juego lo que ustedes quieran, no recordarán ni una frase diez minutos después de ver la película. 

miércoles, 7 de octubre de 2026

MI DOBLE EN LOS ALPES (1967), de Franklin J. Schaffner

 

Dan Slater ha hecho del trabajo su única ambición. En el camino ha dejado muchas cosas, pero la más importante de todas ha sido su hijo. Le dejó a cargo de un antiguo camarada en una aldea perdida de los Alpes, en medio del Tirol, y no lo ha visto en dos años. Mucho tiempo para un chaval que ya ha entrado en la adolescencia y que necesita tener alguna figura de referencia. Sin embargo, Slater, en su vorágine de espionaje y engaños, ha olvidado que el chico es un objetivo muy apetecible para las potencias extranjeras. Tanto que llegan a asesinarle con tal de que Slater salga de su confortable despacho de Langley, Virgina, y viaje hasta el Tirol para ocuparse de los consabidos trámites para el entierro. No se va a llevar el cuerpo a casa. Irá allí, se entrevistará con su viejo camarada que siempre le mira con una cara de lástima, se informará sobre lo ocurrido y volverá a los Estados Unidos. Apenas un par de horas. Eso es todo. Sin embargo, Slater se entera de que su hijo ha sido asesinado, que no ha sido un accidente, que hay algo detrás de todo ello y se va a quedar para averiguarlo. Su instinto de viejo espía no está anquilosado. Detrás de todo ello hay una compleja operación para suplantarlo con un doble que se le asemeja como dos gotas de agua y así los soviéticos tendrán a un infiltrado en la cúpula de Langley.

Tan sencillo como un rompecabezas que no encaja. El doble tiene la misma mirada severa que roza con el odio, tiene sus mismas maneras, sus idénticos gestos. Lo único que hace falta es tender una trampa a Slater, detenerlo, acabar con él y suplantarlo. Ni siquiera el viejo camarada que hacía de niñera del hijo de Slater notará la diferencia… ¿o sí?

Dirigida por Franklin Schaffner, se puede reconocer su eficacia y su estilo directo, sin concesiones que, en esta ocasión, pasa por ser seco y duro, algo que acompaña perfectamente al personaje protagonista que asume los rasgos dobles de Yul Brynner. También hay que reconocer la labor de Clive Revill en la piel de ese antiguo amigo, que conoce todos los recovecos de Slater y que sufre porque ha visto, e incluso se sugiere que ha sentido, todo su proceso hasta convertirse en un hombre que no tiene alma, que se mueve como un autómata en el proceloso mundo del espionaje y contraespionaje. Britt Ekland pone la suave y casi imperceptible gota de erotismo y una serie de secundarios con oficio otorgan textura a la historia como el inefable Anton Diffring, el alemán eterno, que, por esta vez, es ruso; o el seguro Lloyd Nolan, jefe de Dan Slater en Langley y que huele la trampa a miles de kilómetros. El resultado es una película sencilla, sin grandes alharacas, que mantiene la tensión y que en su último tercio es especialmente tensa.

Ya se sabe, estén atentos a cualquier detalle fuera de lugar. Su pareja puede decir en un momento dado algo inconveniente o que no cuadra en absoluto con todo lo que conocen de ella. Sospechen. Alguien quiere darles gato por liebre.