Muchas veces tenemos la
impresión de que los delincuentes son seres perversos, malignos, con caras de
pocos amigos, que buscan el retorcimiento de la maldad como pasatiempo
preferido y que disfrutan con lo que hacen. Y aquí resulta que tenemos a un
viejecito encantador que falsifica moneda como si fueran sellos. No hay ninguna
animadversión hacia él y sabe muy bien cómo hacer su trabajo. Sólo que no
alberga maldad ninguna. Lo hace, en muchas ocasiones, para ayudar a la gente
que le rodea. En realidad, es una persona adorable, que se preocupa por sus
vecinos y que sólo tiene el defecto de que, de vez en cuando, imprime moneda de
curso ilegal. Lo peor de todo es que la imagen que tiene el FBI del individuo
no se corresponde con la realidad. Ellos creen que se trata de un individuo muy
listo, sin ningún escrúpulo, que destaca por su inteligencia, que les esquiva a
cada paso. Cuando, por fin, le atrapan, quedarán muy sorprendidos de que, en el
fondo, el tipo cree que no ha hecho nada malo. Sólo ha procurado la felicidad
de los demás y no entiende que eso esté penado por la ley. Incluso, en algún
momento, el agente encargado de su caso le defenderá con cierta pasión. Es el
mundo al revés en este caso que sólo es un número en los archivos de la Oficina
Federal de Investigación.
A medias entre la
comedia y el drama social, Edmund Goulding dirigió esta encantadora película
con guion de Robert Riskin, el escritor habitual de las comedias de Frank
Capra, con Burt Lancaster como el agente del FBI encargado de dar caza al
malvado falsificador interpretado con una sabiduría extraordinaria por el gran
Edmund Gwenn. La habitualmente poco expresiva Dorothy McGuire (si exceptuamos
su excelente interpretación en La
escalera de caracol, de Robert Siodmak) pone el toque femenino al asunto y,
como no podía ser menos, se halla entre las aguas de la legalidad y de la
compasión. Quizá por ahí es por donde más se resiente la película, pero el
resultado final es divertido y, sí, puede que algo moralizante, pero tremendamente
satisfactorio. Es una película que habla sobre el delito y sobre las buenas
personas y cómo no son tan incompatibles una cosa y otra. Es algo bastante
difícil de conjugar y más en estos tiempos de descreimiento tan brutal, pero
por eso mismo es tan bonito y aleccionador ver una historia como ésta. No dejen
que el número de este caso pase de largo. Merece la pena.
Así que ya saben. El fin no siempre justifica los medios, pero si el delito no hace daño a nadie y beneficia a mucha gente es como para pensárselo. Más aún cuando el delincuente es un anciano de mirada bondadosa e intenciones muy pacíficas. Eso es más, mucho más, de lo que pretenden muchas personas que fingen ser honradas. Ejemplos de eso lo tenemos a millares y no nos parece tan incompatible como ser buena persona y, a la vez, un delincuente con propensión a la reincidencia. Las lecciones deben ser tomadas con la explicación completa y no con el consabido resumen de la última página.






