jueves, 23 de abril de 2026

PRIME CRIME (2026), de Gus Van Sant

 

Un hombre normal, de clase baja, harto de tanto engaño, de tanto interés creado contra los más débiles decide que ya ha llegado la hora de cobrar lo que se le debe. La vida no ha sido generosa con él y va a arremeter con todo lo que tiene contra los que cree responsables de su situación, al borde de la nada. Ya está bien de aguantar sin protestar, de que los demás se aprovechen, de no sacar nada cuando lo ha dado todo. Alguien hizo un negocio redondo con él, negándole toda posibilidad de prosperar. Y lo merece, porque ha trabajado duro, porque lo poco que tenía lo puso a disposición de un proyecto que le fue robado literalmente. Para ello, no duda en utilizar el cable del hombre muerto.

Ese pequeño truco cuya finalidad es moverse con un rehén apuntándole continuamente con una escopeta a la cabeza, consiste en atar un cable a su cuello de tal manera de que si cae él, o el rehén se mueve más de la cuenta, la escopeta se dispara. Es simple, puro, práctico y definitivo. Nadie puede hacerle daño. Sólo debe tener la oportunidad para ponérselo al cuello de quien quiere torturar. Así, esos financieros bastardos experimentarán lo que él lleva sintiendo durante años, siempre con el dinero escaso, con los medios menos que justos, con las manos encallecidas y perdedoras.

Sin embargo, él es un buen hombre. Tiene amistades que le avalan. Incluso uno de ellos es un policía con el que se ha tomado un par de copas en un bar mientras veían algún partido de la liga de fútbol americano. Es sorprendente que un tipo normal tome una decisión así, tan extrema, tan absoluta. Lástima que el rehén no es precisamente quien tenía pensado, pero es igual. Es una vida humana y tendrán que hacer uso de una diplomacia exquisita para que al perjudicado no le pase nada. Esa diplomacia es muy sencilla. Se llama mentira.

El director Gus Van Sant vuelve con otra denuncia que hace daño, inspirada en un hecho acaecido en 1977 y que llenó las primicias de todos los informativos mediáticos de Indianápolis. Hasta un afamado locutor de radio, dueño de un gusto envidiable en la elección de los temas musicales de su programa, va a ejercer de mediador para que la gente sepa exactamente qué es lo que quiere el extorsionador. Lo peor de todo es que va a levantar simpatías en todo el país. Es un hombre normal, con problemas normales, reconocibles por todo el mundo, y eso hace que la gente se sienta mucho, mucho más cerca que la víctima.

El resultado es una película que camina en algunos momentos por el área documental, con interpretaciones muy curiosas tanto de Bill Skarsgard, que ya empieza a mostrar su verdadero rostro de excelente actor, como de Carey Elwes, casi irreconocible detrás de una barba llena de experiencia, o de Colman Domingo, dueño de las mañanas de Indianápolis con su selección musical de altura. También anda por ahí Al Pacino, con sólo dos escenas, que resulta totalmente convincente como el hombre que no deja de ser arrogante ni cuando se halla frente a frente con el peligro. En algún momento, la película se detiene en exceso y eso va en contra del posible suspense, aunque se intuye cómo va a ser el final que, por otra parte, no deja de ser rocambolesco, pero totalmente auténtico. Es la locura de los tiempos que vivimos cuando estamos sumergidos en la deuda, elemento principal de cualquier sociedad capitalista que se precie.

Y es que hay que andarse con pies de plomo y escopeta de cañón recortado cuando se trata de hacer algún negocio. Siempre hay algún espabilado que cree que sus cartas son invencibles hasta que llega el hartazgo y se hinchan las narices del personal. Ante eso, no valen los informativos, siempre sesgados, ni las fuentes oficiales, siempre serviles. Sólo la verdad incómoda. Y nadie quiere hacer frente a esa verdad. Es como tener un cable atado al cuello que disparará un gatillo al menor gesto. El dinero vuela. Casi nunca vuelve.

miércoles, 22 de abril de 2026

LA BUENA SUERTE (2025), de Gracia Querejeta

 

Con este artículo sobre la buena o mala suerte, celebramos que el blog ya ha recibido un millón de visitas. Gracias a todos los que habéis entrado y, aún más, a los que habéis leído.

Hay momentos en los que un interruptor se acciona en algún lugar de nuestro interior. Es un instante en el que el cuerpo, la mente y los sentidos te piden dejarlo todo porque se te ha pasado una idea loca por la cabeza y ya está. Es lo mejor. Es un sueño que, tal vez, todos hayamos tenido una vez. Se trata de desaparecer. Se ve un cartel de venta de una casa sin ninguna gracia en medio de un pueblo en medio de la nada y se urge para cerrar la operación allí mismo y al contado. Es lo que se necesita. Un agujero en el que poder meterse…o castigarse…o rumiar una soledad que se necesita como compañera. Una decisión tonta porque la vida irá al encuentro tarde o temprano, pero es como poner la existencia en pausa y todo se detiene. Allí, en ese pueblo riojano que nadie conoce.

Por supuesto, en esa nueva vida de silencio y de vacío, hay una chica en el piso de abajo. Es atractiva y es inteligente, pero está herida. Su mirada parece la de un perro abandonado y, de alguna manera, despierta algo que estaba muy olvidado en ti después de tanto dolor, de tanta violencia y de tanta incomprensión. Es una chica que, cuando sonríe, lo hace de verdad. No se detiene en tonterías. Trabaja en un supermercado y, en sus ratos libres, cuida de un cascarrabias resabiado que vive en el bajo. Un tipo que desconfía de todo porque todo en su vida ha sido pura desconfianza, pero que sabe leer en las personas, por mucho que intuya que el daño está cerca. Es un buen hombre.

Resulta muy interesante comprobar que en esta película de Gracia Querejeta todos los personajes están perdidos y tratan desesperadamente de encontrarse. Y utilizan los más variados medios para conseguirlo. Desde el cariño hasta la violencia. Desde la cobardía de recluirse en un agujero hasta la seguridad de estar haciendo lo correcto. Desde la tentación del dinero fácil hasta la certeza de que nada en el futuro va a ser sencillo. Para ello, cuenta con tres intérpretes estupendos como Hugo Silva y, sobre todo, Megan Montaner en el que, sin lugar a ninguna duda, es el mejor papel de toda su carrera de largo. Como invitado en silla de ruedas, Miguel Rellán pone el diálogo brillante y la adivinanza definitiva y mucho cariño en su personaje de hombre que vuelve de todo, sólo que en la silla de ruedas que utiliza como descanso.

Así que, si alguna vez creen que es atractiva la vida en un pueblo en el que nunca pasa nada, con su tiempo detenido en las largas tardes finalizadas en una noche fría, piensen siempre que todos tenemos batallas secretas que librar y que no siempre ganamos. A menudo, la culpa viene de visita y, quizá, por eso, algunos se recluyen en algún lugar perdido. A medias para lavar sus pecados. A medias para evitar sus responsabilidades. Y aún a medias para que el mundo, ese bufón incansable que no deja de reírse de nosotros, se olvide de una vez de nuestra existencia.

martes, 21 de abril de 2026

EL SEXTO SENTIDO (1999), de M. Night Shyamalan

 

El miedo suele ser el origen de todos nuestros problemas interiores. Desde pequeños, hemos tenido miedo a muchas cosas. Miedo a que nos quitaran un balón. Miedo a que los compañeros nos dijeran cualquier cosa que nos apartara de la integración. Miedo a que, mañana, el profesor nos dijera algo que nos pusiera en ridículo. Miedo…miedo…sólo miedo. Esa sensación también nos acompaña de adultos. Tenemos miedo a tomar responsabilidad. Miedo a que, si la tomamos, no estemos a la altura. Miedo a que seamos la mitad de personas que soñamos con ser. Miedo a no ser un buen hijo, o un buen marido, o un buen padre. Miedo…miedo…sólo miedo.

El silencio es el mayor compañero del miedo porque es una de esas sensaciones que nos guardamos para nosotros…más que nada porque creemos que, si expresamos las razones y angustias de nuestros miedos, podemos parecer débiles e inútiles. Y puede, incluso, que lo seamos. Aquí tenemos a un niño que tiene mucho miedo y que es incapaz de superarlo hasta que un hombre, que también ha atenazado su vida con el miedo, le ayuda a ver más allá del temblor. Puede que ese miedo pueda transformarse en algo útil para los demás. Puede que no sea tan terrible lo que el niño cree ver y que no puede contar. Puede que…sí, puede que el niño también sea una especie de terapia para ese adulto que ha perdido el rumbo en su vida justo cuando ha sabido lo que era la muerte.

No se puede contar mucho de esta película sin desvelar muchas de las sorpresas que guarda en su interior. Los que la han visto sabrán a lo que me refiero. Los que no la han visto se quedarán, tal vez, con ciertas ganas de agarrarla de algún sitio y verla. Si no es suficiente con el anzuelo que he puesto, pondré un par más. Está primorosamente dirigida por M. Night Shyamalan, un director que ha sido constantemente machacado por la crítica y que, aquí, realiza la que posiblemente sea su mejor película. Está soberbiamente interpretada por Bruce Willis, por el niño Haley Joel Osment y por Toni Collette. Tiene secuencias que son pura emoción y, si nos asomamos, puro miedo. Sí, más miedo. Miedo a descubrir lo que somos realmente. Miedo a que se pierda el amor porque la incomunicación es su mayor enemigo. Miedo…miedo…sólo miedo. De alguna manera mágica, esta película marca el encuentro entre el miedo real, ese que nos agarra de la garganta todos los días, y el miedo sobrenatural que habita en nuestro mundo de percepciones y de sueños. Ambos son igualmente temibles, pero hay que saber manejarlos. En el primer caso, nos hará personas. En el segundo, nos hará seres con experiencia, porque puede que, en algún lugar de nuestro interior, sí que hayamos hablado con alguien con el que no podíamos hablar. No quiero decir más porque no quiero hacer disfrutar de menos. Sólo apuntar, como última idea, que, en ocasiones, el cine nos regala cosas que van más allá de nuestro entendimiento y de nuestra razón y, con una historia de fantasía, el pensamiento vuela en pos de una vida más soportable.


viernes, 17 de abril de 2026

PUNTO DE RESTAURACIÓN (2023), de Robert Holz

En un futuro de un año cualquiera, aunque no muy lejano, en la Europa Central, se ha garantizado un derecho constitucional. Las personas, con la tecnología existente, pueden ser resucitadas si su muerte no ha sido natural. Todo es consecuencia de un incremento masivo de la delincuencia en una sociedad que se mueve insegura por calles de arquitectura imposible y edificios que desafían la lógica y la gravedad. Por supuesto, esto hace que sea muy difícil cometer un asesinato, porque la propia víctima puede delatar a su asesino. No obstante, no todo es maravilloso. Aparte del hecho de vivir en una sociedad en la que todo el mundo está expuesto a la violencia, hay que hacer actualizaciones periódicas de la existencia para que, llegado el caso, se pueda recargar con las experiencias y sensaciones vividas. Y sólo hay un tiempo determinado para poder resucitar. Pasado ese período, la muerte es lo que siempre ha sido.

Una mujer policía, tremendamente eficiente, tiene que vérselas con un crimen difícil. Una pareja ha sido asesinada, pero sólo uno de ellos ha conseguido resucitar y no recuerda quién fue el criminal. Le han devuelto a la vida con una actualización ya caducada seis meses atrás. La investigación se complica cuando se sabe que el tipo en cuestión era el socio preferente de la empresa que se va a hacer cargo de todas las resurrecciones. Tal vez, haya algo por ahí. Y, como siempre, va a estar muy velado, muy vetado, muy votado, porque todo se somete a votación en una democracia que no es tal dado el nivel de vigilancia que se ha desarrollado. El misterio está ahí, en esos puntos de restauración de la vida que son guardados como prueba evidente de quién ha cometido tal cantidad de monstruosidades.

Interesante película, que plantea una distopía diferente, jugando con ese punto de restauración que consiste en devolver a la vida a quien haya muerto de forma violenta. Sorprende que su nacionalidad sea checa porque, en realidad, es una película que tiene buenas formas, tiene un argumento de cierta convicción, su desarrollo llega a ser notable y, si bien es verdad que su resolución es algo acomodaticia, deja un regusto bueno, aunque algo breve, en el paladar de cualquier cinéfilo. Buena la dirección de Robert Holz, y convincente la interpretación de los principales actores. Música muy absorbente y diseños gráficos para los decorados que resultan irremediablemente novedosos. No es Blade Runner, pero no está mal.

Así que ya saben. No olviden actualizar sus sensaciones, sus recuerdos y sus sentimientos. Todo se puede perder cuando los asesinatos están prohibidos…hasta cierto punto. Todo lo que amenace al sistema podrá ser objeto de reajuste. Y en eso también se incluyen las personas. Mientras tanto, no olviden cumplir con su deber, por mucho dolor que lleven en su mochila. Al fin y al cabo, es sólo un dolor más en una sociedad que apenas mira por nadie, lo cual hace mucho más complicado el trabajo policial. Seamos sinceros. Todo es mucho más subjetivo cuando el cadáver está vivo. También se puede acusar a alguien a quien queremos fastidiar la vida. 

 

jueves, 16 de abril de 2026

INCONTROLABLE (I swear) (2025), de Kirk Jones

 

El doctor George Gilles de la Tourette fue el responsable de encontrar una enfermedad de tipo neurológico que bautizó con su propio nombre y cuyos síntomas presentaban la aparición de movimientos involuntarios y repentinos en cuello, cabeza, hombros y extremidades y la disfunción coprolálica, es decir, exhalar barbaridades de forma totalmente incontrolada. Esta enfermedad fue diagnosticada por primera vez a principios del siglo XIX en una dama de la alta alcurnia francesa, pero, aún así, era una completa desconocida hasta principios de los años ochenta. Incluso había dudas de que fuera una dolencia como tal.

Así pues tenemos a un joven de quince años, bueno en los estudios y brillante en la portería de su equipo de cadetes. Comienza a tener síntomas que, por supuesto, trata de esconder lo más posible en una época de la vida en la que las inseguridades presiden todos y cada uno de sus actos. Cuando el problema se hace evidente, nadie lo comprende. Pierde a los amigos, no puede tener una simple cita con una chica, sus padres creen que sus comportamientos obedecen a su rebeldía. Está condenado por su lengua y sus tics espasmódicos. No tiene muchas salidas.

Y eso es lo más doloroso de esta enfermedad. No menoscaba la inteligencia, no discapacita al paciente, pero sufre el rechazo de todos porque creen que sus insultos procaces, sus nervios a flor de aparato motor son formas de llamar la atención. Sus profesores acuden incluso al castigo físico para tratar de dominar sus exabruptos, se pelea con el primero que pasa porque le suelta un manotazo en la cara. Puede que él tenga algo que pensar y decir, pero… ¿a quién?

El director Kirk Jones, a pesar de haber hecho algunos productos de descarada comercialidad, ya demostró sus dotes para dirigir con brío y acierto en una película de tan agradable recuerdo como Despertando a Ned, con Ian Bannen, excelente actor, llevando el peso de aquella función en busca de un billete de lotería premiado en los bolsillos de un muerto y enterrado. En esta ocasión, vuelve a dirigir con extraordinario acierto a un joven actor llamado Robert Aramayo que realiza una interpretación fantástica, haciendo que acompañemos al protagonista de esta historia a través de estupendos momentos de humor, tremendos instantes de tristeza y maravillosos pasajes de superación. Él es la principal razón para ver esta película que puede llegar perfectamente a la categoría de notable.

Y es que, en una sociedad presurosa, que sólo busca el ocio como forma de desahogo, que apenas presta atención a los problemas ajenos, no es el mejor sitio para alguien que es incontrolablemente diferente, y lo es para siempre porque el Síndrome de Tourette no tiene cura, y que, sin embargo, quiere ser aceptado como uno más, quiere hacer las cosas que los demás hacen y, desde luego, en ese largo y difícil caminar también hay un lugar reservado para el error.

No es fácil ponerse en la piel de John Davidson, personaje en el que se basa toda la película, que, sin desvelar nada, soltó un exabrupto escandaloso en la ceremonia de entrega de la Orden del Imperio Británico en presencia de la reina. No podemos imaginar la cantidad de rechazo que ha acumulado en su corazón y la inmensa capacidad para ser competente en lo suyo y ayudar a todos los que sufren esta lastimosa enfermedad, que arruina vidas antes de ser vividas, que destroza a las familias porque no aceptan que nadie se comporte de una manera tan radicalmente poco educada. Estamos llenos de prejuicios y, a cada día que pasa, estamos dispuestos a conceder muy pocas oportunidades a todos aquellos que realmente lo merecen. John Davidson era uno de ellos. Y Robert Aramayo tendrá una carrera absolutamente brillante si sabe elegir los proyectos en los que intervendrá. Suya es una de las mejores interpretaciones de los últimos años. Maldita sea.

miércoles, 15 de abril de 2026

UN LOCO MARAVILLOSO (1966), de Irvin Kershner

 

A todos los escritores les llega esa terrible hora del bloqueo. Es como si la mente no sólo se quedara en blanco, sino que se ha ocupado, por alguna mágica manera, de colocar un buen montón de sacos de arena en la inspiración para que sea imposible traspasar las puertas de la imaginación. Se intenta todo, desde la distracción hasta la concentración, pero, a menudo, es todo inútil. Ese bloqueo, en apariencia tomado como un descanso de un cerebro cuyo estado normal es la ebullición, va degenerando en otras patologías psicológicas de síntomas más que preocupantes. Una de ellas, es la angustia. Otra, es el complejo de inferioridad. Si vamos sumando, todo se traduce en el temor, casi insalvable, de que se ha acabado la capacidad de creación. Y el escritor comienza a tener pensamientos de suicidio.

Bien, ya hemos establecido un cuadro clínico del paciente. Ahora vamos con su resolución. Quizá, la esposa del poeta tenga la piedra filosofal para vislumbrar una salida. Se trata de algo tan sencillo como visitar a un psiquiatra. Es fácil. Vas allí, cuentas tus problemas, etcétera, etcétera. La cuestión se complica mucho cuando aparece por allí la esposa del psiquiatra. Otro buen montón de paranoias atascadas en la mente. La cosa se complica. Y la inspiración sigue de vacaciones.

Esta película es una rareza dentro de la filmografía de Sean Connery. El actor, empeñado en salir de la sempiterna etiqueta del más famoso agente secreto del mundo, quiso hacer una comedia loca interpretando, precisamente, a un loco. El resultado fue muy desigual porque Connery, en la comedia, nunca se manejado como pez en el agua. Su encarnación del poeta Samson Sillitoe resulta, a ratos, disparatada, a ratos, cargante y, a ratos, encantadora. La película apenas llega al aprobado y, si lo hace, es por el impresionante reparto que tiene Connery detrás de él y que incluyen nombres como Joanne Woodward, Jean Seberg, Clive Revill o Patrick O´Neal. La dirección de Irvin Kershner es algo…podríamos decir, aséptica y lo que podría haber sido una divertida comedia sobre el bloqueo de ideas se queda en una exhibición de las locuras desatadas y un punto desquiciadas que Connery despliega a lo largo y ancho de Nueva York.

Así que, si ustedes se dedican al mundo de las letras, traten de enfocar el problema como lo harían con una novela. Establezcan los personajes, imaginen sus pasados y describan sus destinos, traten de pensar como lo harían ellos y, luego, dénles formas a través de diálogos y actitudes. La historia irá fluyendo con mucha lentitud al principio, pero luego, las letras saltarán, bromistas y burlonas, del cerebro a los dedos y, de ahí, al teclado y al folio. Todo lo demás es ruido y, precisamente, eso es lo que hay que aislar en algún lugar del cuarto de pensar. Y como ruido podemos enumerar los problemas rutinarios, la cañería que pierde agua, el colegio de los niños, la disputa con el vecino del tercero y, por supuesto, no lo olviden, la mujer del psiquiatra porque ella se convierte en la ventana de fuga y, por ahí, no van a querer pasar…siempre que estén en sus cabales, claro.

martes, 14 de abril de 2026

EL CASO 880 (1950), de Edmund Goulding

 

Muchas veces tenemos la impresión de que los delincuentes son seres perversos, malignos, con caras de pocos amigos, que buscan el retorcimiento de la maldad como pasatiempo preferido y que disfrutan con lo que hacen. Y aquí resulta que tenemos a un viejecito encantador que falsifica moneda como si fueran sellos. No hay ninguna animadversión hacia él y sabe muy bien cómo hacer su trabajo. Sólo que no alberga maldad ninguna. Lo hace, en muchas ocasiones, para ayudar a la gente que le rodea. En realidad, es una persona adorable, que se preocupa por sus vecinos y que sólo tiene el defecto de que, de vez en cuando, imprime moneda de curso ilegal. Lo peor de todo es que la imagen que tiene el FBI del individuo no se corresponde con la realidad. Ellos creen que se trata de un individuo muy listo, sin ningún escrúpulo, que destaca por su inteligencia, que les esquiva a cada paso. Cuando, por fin, le atrapan, quedarán muy sorprendidos de que, en el fondo, el tipo cree que no ha hecho nada malo. Sólo ha procurado la felicidad de los demás y no entiende que eso esté penado por la ley. Incluso, en algún momento, el agente encargado de su caso le defenderá con cierta pasión. Es el mundo al revés en este caso que sólo es un número en los archivos de la Oficina Federal de Investigación.

A medias entre la comedia y el drama social, Edmund Goulding dirigió esta encantadora película con guion de Robert Riskin, el escritor habitual de las comedias de Frank Capra, con Burt Lancaster como el agente del FBI encargado de dar caza al malvado falsificador interpretado con una sabiduría extraordinaria por el gran Edmund Gwenn. La habitualmente poco expresiva Dorothy McGuire (si exceptuamos su excelente interpretación en La escalera de caracol, de Robert Siodmak) pone el toque femenino al asunto y, como no podía ser menos, se halla entre las aguas de la legalidad y de la compasión. Quizá por ahí es por donde más se resiente la película, pero el resultado final es divertido y, sí, puede que algo moralizante, pero tremendamente satisfactorio. Es una película que habla sobre el delito y sobre las buenas personas y cómo no son tan incompatibles una cosa y otra. Es algo bastante difícil de conjugar y más en estos tiempos de descreimiento tan brutal, pero por eso mismo es tan bonito y aleccionador ver una historia como ésta. No dejen que el número de este caso pase de largo. Merece la pena.

Así que ya saben. El fin no siempre justifica los medios, pero si el delito no hace daño a nadie y beneficia a mucha gente es como para pensárselo. Más aún cuando el delincuente es un anciano de mirada bondadosa e intenciones muy pacíficas. Eso es más, mucho más, de lo que pretenden muchas personas que fingen ser honradas. Ejemplos de eso lo tenemos a millares y no nos parece tan incompatible como ser buena persona y, a la vez, un delincuente con propensión a la reincidencia. Las lecciones deben ser tomadas con la explicación completa y no con el consabido resumen de la última página.