El rostro perfecto
puede encontrarse en los sitios más curiosos. En esta ocasión, esa cara de
bonachón, cercana, que dice unas cuantas verdades a través de su blues rasgado
con una guitarra, está en la cárcel. Ya se sabe, unas copas de más, alguna que
otra pelea y al rincón unos cuantos días para enfriar los ánimos. Sin embargo,
una reportera olfatea no sólo un buen reportaje, sino algo mucho más profundo y
ofrece al fulano un espacio en un programa de radio para que haga llegar sus
mensajes de plancha y martillo a una buena parte de la población. Sólo las
palabras justas para hacer que la más oscura ama de casa o el más gris de los
albañiles se sienta identificado con las ideas de un tipo que lanza su discurso
en las ondas. Y la idea cuaja igual que un escorpión al sol. Ese tipo sabe lo
que decir, sabe cómo decirlo y sabe cuánto hay que decir, sólo hay que
proporcionarle el cómo. Así que de un espacio en un programa de radio, pasa a
tener un programa propio y, de ahí, a un show televisivo y llega tanto a tantas
partes que el siguiente paso no puede ser más que la política. Hasta parece que
el camino a la presidencia se despeja por obra de arte y magia. Cuidado. Mucho
cuidado.
Sí, porque esos
mensajes que parecen tan necesarios para la población media, esconden un
populismo exacerbado que se acerca peligrosamente al fanatismo. De eso, sabemos
unos cuantos ejemplos en estos tiempos tan tecnológicos. Se mencionan un par de
problemas que sabemos que afectan a una buena parte de los habitantes que
escuchan la radio o ven la televisión y se ofrecen soluciones que parecen
dichas al vuelo en el rellano de cualquier escalera o en una conversación
casual en un bar. Pronto habrá patrocinadores dispuestos a invertir mucho
dinero en los discursos facilones de ese tal Lonesome Rhodes. El éxito le
rodea. Le sitia. Le atenaza. Se convierte en una necesidad y, por tanto, no
tarda en aparecer la arrogancia. Esa enfermedad que tanto asola a los políticos
de éxito, o a las promesas vacías, o al sin sentido al que arrastra la adoración
de las masas. Lonesome Rhodes es un fraude, aupado por los medios de
comunicación, sí, pero ideado por él mismo, que toca el cielo y, al mismo
tiempo, lo desprecia. Al igual que la estima de cientos de miles de personas
que creen en sus palabras y en sus promesas…esas tan cercanas.
Elia Kazan articuló
aquí un ejercicio próximo a la fascinación acerca de los fanatismos, de la
mentira de los medios de comunicación que sólo buscan la próxima primicia y el
consiguiente flujo de caja y sobre los farsantes que intentan embaucarnos una y
otra vez con mensajes simplistas que conquistan fácilmente la conciencia y las
ideas de la gente buena y honrada que sólo quieren a alguien bueno y honrado
haciéndose cargo del país. Para ello no duda en poner a Andy Griffith, un
rostro muy popular en la televisión estadounidense, con una imagen
tremendamente afable entre el vulgo, para comandar esta expedición hacia el
lado más oscuro de la propaganda política, y acompañado de intérpretes tan
excepcionales como Patricia Neal, Walter Matthau, Tony Franciosa o una
encantadora Lee Remick.
Cuidado con esos encantos. Esta gente, cuando cae, arrastra no sólo a todos los que están a su alrededor, sino también los sueños de un buen puñado de incautos.






