martes, 5 de mayo de 2026

EL AMOR EN SU LUGAR (2021), de Rodrigo Cortés

 

Y el lugar puede que sea sobre las tablas de un escenario. El teatro es una caja mágica en la que caben todo tipo de sueños, toda clase de anhelos, incontables modos de esperanza, inacabables sinergias de auténticos mañanas. No sólo para el público, sino también para los que lo hacen. De algún modo, subes ahí arriba y notas que hay algo que no se puede describir porque, de una manera ignota, se conecta con un buen puñado de seres que esperan un rato de evasión, disfrutando con las reacciones en vivo de cualquier escena, por ejemplo, de una casa de vecinos con unos cuantos inquilinos que se ven obligados a convivir más de lo recomendable. Y cuando dos parejas tienen que compartir piso, entonces es cuando entra el amor y se coloca en su lugar. Sobre el escenario y tras las bambalinas.

Todo esto podría ser una perfecta introducción a cualquier obra de teatro filmada en la que glosaríamos con energía y entusiasmo las bondades de las artes escénicas. Pero es que teatro, agónico, mísero, casi inexistente, tuvo lugar entre los muros del gueto de Varsovia en plena ocupación alemana. Era un teatro de judíos para judíos. Y el silencio se impone en medio de ese gozo para el alma que es una obra cuando irrumpe un alemán al que, curiosamente, también le gusta el teatro y debe montar su propio espectáculo. Ahí entra un actor invitado como es el miedo, acompañado del horror. No obstante, se debe continuar. Se debe ofrecer la esperanza completa, no sólo un extracto interrumpido por la brutalidad. Mientras, detrás del escenario, se idea una fuga que deberá implicar necesariamente algún sacrificio.

Rodrigo Cortés realiza un ejercicio de estilo elegante, con un manejo de la cámara que, en algunos pasajes, parece recordar al Brian de Palma más virtuoso. Nos pasea por las calles aterrorizadas hasta que nos lleva al refugio de la escena, allí donde se viven los sueños y se sueña la vida. El resultado es una película irremediablemente diferente e irresistiblemente atractiva, en el que pone en juego la obra representada y la vida sin ensayos siempre con la premura que el terror impone como director. En esa fría Varsovia, asolada por la sangre y los copos de nieve, hay un espacio donde los ojos buscan la sonrisa  y aún hay tiempo para el amor, para el humor, para la verdad y para la mentira.

Así que déjense coger la mano por este estupendo director y abandónense a su guía llena de sabiduría y de amor por el teatro y por el cine. Iremos de la platea al escenario y viceversa y siempre buscaremos la belleza en los rincones más difíciles del alma humana. El teatro ha sido siempre un buen espejo de ello. Y su hermano menor, el cine, ha sido un buen gregario. No dejemos que la realidad, triste, gris y, a menudo, insoportable, se adueñe de todos los rincones de nuestro pensamiento. Allí arriba, bajo un telón que establece la frontera entre lo real y lo ficticio, hay un puñado de personas que luchan por escenificar los sueños que nunca hemos tenido.

jueves, 30 de abril de 2026

MICHAEL (2026), de Antoine Fuqua

 

Varias son las consideraciones a tener en cuenta antes de analizar con cierto rigor este pretendido biopic de la mayor estrella del pop de todos los tiempos. La primera de ellas es que ésta es sólo una primera parte. La propia película avisa en sus créditos finales de que la historia continuará con lo cual se deja un cierto regusto de que todo se queda a medias y que no es posible hacer un juicio aproximado de los agujeros que se pueden apreciar dado que no se sabe si se van a rellenar en la siguiente entrega. La segunda es que es un proyecto auspiciado, financiado y controlado por la propia familia Jackson, lo cual hace que cualquier espectador se pregunte si la verdad es lo que se está viendo o sólo es una versión edulcorada y apropiadamente parcial aprobada por el clan.

La tercera es que tampoco se puede emitir un juicio objetivo sobre la dirección de Antoine Fuqua, un realizador que ha demostrado su competencia en varias ocasiones, como es el caso de las tres partes de The Equalizer, con ese actor enorme que siempre da lo mejor como Denzel Washington. Fuqua se desenvuelve bien en los terrenos del cine de acción con un fondo interesante (si exceptuamos su penosa visión de Los siete magníficos, más atenta a cumplir con las absurdas cuotas hollywoodenses que en ofrecer un punto de vista nuevo sobre la historia) y aquí acepta este trabajo comisionado por el clan Jackson aunque cabe suponer que lo hace de buen grado dada la trascendencia del retrato de un personaje que ha hecho historia sobre los escenarios y en la música.

Con esos mimbres, vamos con lo que sí se puede concluir. Lo más llamativo es el trabajo de Jafaar Jackson, sobrino de Michael, que consigue imitarle con cierta precisión en esos bailes de pies eléctricos a los que tan acostumbrados nos tenía el cantante. No canta él en ninguno de los temas que ofrece la película y hay que reconocer que Jafaar tiene una mirada más tierna que la de su tío. Aún así, en algunos momentos, parece que sí encarna con acierto en gestos y sombras, en aspiraciones y modos. Por otro lado, Fuqua se esmera mucho en colocar algunos movimientos de cámara muy elegantes para engrandecer momentos del cantante y compositor. Y por otro lado más, tenemos algunos personajes que sí, que aparecen, pero que se quedan algo colgados como lo es una figura fundamental en la carrera artística del gran Michael como lo fue Quincy Jones, enorme músico de jazz, extraordinario compositor y avispado productor que supo darle al gigantesco rey del pop todo lo que necesitaba. También hay un par de apariciones interesantes como son las de Miles Teller y Mike Myers, pero son islas en medio de esa sensación de que esta película, casi exclusivamente, se centra en el proceso de independencia de Michael Jackson de la figura dominante y dominadora de su padre, Joe Jackson, encarnado con cierta fuerza por Colman Domingo.

Así que, por un lado, la película da algo que se espera desde el principio. Un musical con un repertorio de las mejores canciones de los Jackson Five y del propio Michael Jackson, aunque llama la atención la poca relevancia que se presta al mayor éxito de los cinco hermanos como fue Blame it on the boogie y la historia se detiene en el momento en el que el cantante presenta Bad en Londres. Hay un cierto miedo a mostrar al director del mítico vídeo Thriller, John Landis, y el retrato que se hace Michael Jackson es algo timorato, que se centra en esa sensación de su propio convencimiento de ser un elegido, alguien con un talento natural inigualable. Se muestra poco de sus procesos creativos, de una manera muy superficial y, al final, todo queda algo desdibujado, aunque los fanáticos del gran showman se irán contentos, meneando los pies aquejados del mismo alto voltaje que asolaban los de Michael, tarareando sus canciones que van desfilando una tras otra. El espectador, a poco que se pregunte, puede llegar a la conclusión de que, al fin y al cabo, la película no le ha descubierto nada o, en todo caso, muy poco acerca de Michael Jackson. Quizá, cuando llegue esa segunda parte de la que hablábamos, pasaremos del retrato del hombre que poseía unos pies eléctricos al de un hombre que se miraba en el espejo.

miércoles, 29 de abril de 2026

NUNCA PASA NADA (1963), de Juan Antonio Bardem

No, nunca pasa nada en el típico pueblo de provincias de tardes inacabables y cotilleos de tostada. Es un día tras otro, prácticamente el mismo, con todos pendientes de cualquier novedad, por mínima que sea. Y todo se convierte, se subvierte y se pervierte por culpa de una apendicitis. Una compañía de revistas francesa pasa por la localidad y allí se queda una de sus vedettes, aquejada de esa inflamación del apéndice. La compañía, que es de tercera, la deja allí mientras es operada y se recupera. El médico se queda embelesado con ella porque, al fin y al cabo, representa de alguna manera la vida que le hubiese gustado vivir, acabando su carrera en una gran ciudad, disfrutando de sus noches y de sus mesas, de las luces y de las chicas. En cambio, se ha condenado a un pueblo, más o menos grande, en el que las arpías de turno están afilando las uñas pensando en lo que se avecina.

El médico, como no podía ser menos, cae rendido a los pies de la corista. Su mujer, bellísima, pero marchita, es sitiada por el maestro del pueblo, un tipo cortés, elegante, con jovialidad, con ganas…justo lo que no es su marido. Nunca pasa nada en este pueblo. Sólo hay personas que encarnan lo que se quiso ser y es entonces cuando los sueños cabalgan a lomos del aburrimiento y de la rutina, briosos corceles con destino a una posta que siempre será temporal y, a buen seguro, casa de arrepentimiento y penitencia. Lo del médico con la corista…es caldo de cultivo para las cotorras, la voz corre, el pueblo se escandaliza. El médico con la corista. Vaya plan. ¿Ha visto usted? No, si yo ya me había dado cuenta de que ella era una lagarta. ¿Y él? Vamos, un hombre de su edad…a dónde vamos a ir a parar, esto no tiene nombre.

Juan Antonio Bardem hizo otra radiografía tremendamente corrosiva de la burguesía de provincias con la colaboración de una actriz tan maravillosa y gigantesca como Julia Gutiérrez Caba, que es la auténtica personificación del drama de frustración contemplativa que se pone en juego en esa ciudad de lluvia, de nube, de edificios grises, de humo de tabaco en los cafés y de perfume barato en la peluquería. Por supuesto, la producción francesa impuso no solo a Corinne Marchand en el lógico papel de la corista francesa, sino también a Jean Pierre Cassel en la piel del maestro que pretende los favores de la esposa del médico. Y no dejemos de mencionar a Antonio Casas, poseedor de esa voz magnética, como el galeno que aparca, en apariencia, su rectitud y seriedad para hacer realidad el sueño de vivir algo más intenso que el partido de fútbol en la televisión de los domingos.

El resultado es una película desesperanzada y demoledora, que se coloca tan sólo un peldaño por debajo de Calle Mayor, porque, en el fondo, tratan de lo mismo, de esa sociedad adocenada y adormecida que se apolillaba en una dictadura que ya se alargaba más de lo que el alma podía aguantar. Por eso las bromas, las chanzas por un lado, y los cotilleos y los despellejamientos por el otro.

martes, 28 de abril de 2026

LA CHAQUETA METÁLICA (1987), de Stanley Kubrick

La orden es crear asesinos sin compasión. No importa cómo. Si la tortura, el grito soez y tremendo, la inhumanidad bien saboreada son los instrumentos, es lo mismo. De lo que se trata es de fabricar soldados que disparen sin pestañear, que no tengan ni la más mínima duda de que el enemigo sólo entiende el lenguaje de la sangre, de que Vietnam, en el fondo, es otro patio de juegos, prolongación del período de instrucción, en el que van a poder hacer realidad todo lo que han ensayado hasta la hartura en el cuartel. No todos lo aguantan. Probablemente, el más débil se quebrará y se convertirá en el auténtico asesino que ellos desean, sólo que su voluntad de matar se manifestará con toda su violencia antes de marcharse al frente. Ha sido vilmente torturado, salvajemente humillado y violentamente castigado hasta por sus propios compañeros. Vietnam no está en el Sureste Asiático, sino que está aquí, en el patio de armas, en los dormitorios, en la vociferante autoridad del Sargento Hartmann. Y más vale estrenar el fusil con esas balas con chaqueta metálica que dejarán los sesos bien pegados en los azulejos del cuarto de baño.

Llega la hora del fregado y, tal vez, la corresponsalía de la revista oficial del Ejército sea una buena opción. La ofensiva del Tet comienza y hay que ponerse el casco y luchar por ti y por esos compañeros que comparten contigo el hipnotizador avance detrás de un tanque blindado. Un francotirador se encarga de poner las cosas bien difíciles y comienzas a plantearte cosas más profundas que la intensa fantasía sexual de la prostituta de turno. Ellos matan, dejan rastro de sangre y, por tanto, un cebo ideal para el resto de los incautos que intentan tomar una ciudad en ruinas. Tú, yo, él. Cualquiera puede ser el blanco de ese francotirador tan certero que, incluso, encuentra resquicios en las ruinas para colar una bala donde parecía imposible. Mickey Mouse en el regreso. El mundo es una mierda, pero estoy vivo y es lo que cuenta.

La particular mirada desesperanzada de Stanley Kubrick se erige en una película que, en materia de Vietnam, se coloca justo detrás de Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, sólo que desde una perspectiva diferente. Aquí no hay selvas que engullen, ni un río cuyo curso lleva inexorable al horror. Aquí hay un lavado de cerebro que engendra psicópatas ya desde el campo de instrucción. Vietnam sólo es el lugar donde esos locos prefabricados ponen en práctica lo aprendido. Y puede que el regreso sea sólo un sueño que jamás se reintegrará en la normalidad porque ha habido demasiada muerte entre los hierros desvencijados de una fábrica en medio de ninguna parte. Lo único que hay que hacer es seguir o morir. Y más vale seguir que morir. Ése es el único acicate de cuantos han ido hasta allí. No vale no saltar una valla, no está permitido ser débil. Aquí mi fusil, aquí mi pistola. El uno dispara, la otra consuela. El horror está en casa. No hace falta irse a una guerra a diez mil kilómetros para comprobar que existe, que está cerca y que sólo hace falta apretar un gatillo para acabar con todo.

viernes, 24 de abril de 2026

GLORIA (1977), de John Cassavettes

 

Gloria es una mujer que pisa fuerte allá por donde va. Ha estado con los peores y algún que otro que le hizo mantener la fe en la Humanidad. Quizá es una de esas que no ha realizado ninguno de los sueños que un día se propuso, aunque no puede negar que ha habido algunos buenos ratos, un par de juergas inolvidables, unas copas por aquí, algún arrumaco agradable. Nunca ha sido madre, a pesar de que ya ha llegado a una edad en la que le gustaría haber dejado algún rastro de su paso por el mundo. O haber llegado al corazón de algún tipo que la quisiera de verdad. No ha sido posible. Lo único que tiene es el convencimiento de que ella vale, de que nadie se ha reído de ella y que, si lo ha hecho, ha acabado pagándolo. Es una mujer de cuidado.

Un día, no es madre, pero casi. Un testigo incómodo para algunos de sus amigos acaba en sus brazos. Y Gloria puede ser muchas cosas, pero no es una asesina. Sólo mata si la atacan, como buena leona. Y eso es lo que va a hacer por ese niño. Se la va a jugar muy en serio para preservar su vida. Si sus amigos de años disipados no han sabido hacer las cosas bien, allá ellos. Gloria va a pisar más fuerte que nunca. Y va a dejar una huella que no se va a olvidar con facilidad. Es una de esas mujeres que aún guarda belleza en sus rasgos de mujer de madura, pero que conserva intacto su atractivo interior.

John Cassavettes dirigió esta película saliéndose de los cánones de su cine para mostrar el inmenso valor de una mujer que decide enfrentarse a todo y a todos con tal de salvar la vida de un niño inocente. En un principio, pensó en Barbra Streisand para el papel protagonista, pero no llegó a un acuerdo porque la actriz quería componer la banda sonora de la película. Cassavettes volvió a terreno conocido y se lo ofreció a su mujer, Gena Rowlands y, sinceramente, no se puede imaginar a nadie más que a ella interpretando a una mujer como Gloria. Es un torbellino de fuerza, de voluntad, de energía, de saber mirar y de saber estar y de saber pasear una belleza ajada con una elegancia inusitada. No es de extrañar que Gena Rowlands fuera nominada al Oscar a la mejor actriz del año por este papel.

Háganme caso y no se entretengan por el camino si encuentran por ahí la segunda versión de esta misma historia protagonizada por Sharon Stone y dirigida por Sidney Lumet. Es imposible mejorar la visión de Cassavettes y la interpretación de Gena Rowlands. Es como si Manhattan, de repente, se vistiera de mujer de negro y comenzara a mirar para todos lados buscando un desafío que todo el mundo rehúye porque, además, es uno de esos personajes a los que los más villanos parecen temer. Fue una muñequita tiempo atrás, pero, por alguna razón que se escapa a los débiles de mente y revólver, es una apisonadora que no tiene ningún problema en asesinar su propio pasado. Cuidadito con ella.

jueves, 23 de abril de 2026

PRIME CRIME (2026), de Gus Van Sant

 

Un hombre normal, de clase baja, harto de tanto engaño, de tanto interés creado contra los más débiles decide que ya ha llegado la hora de cobrar lo que se le debe. La vida no ha sido generosa con él y va a arremeter con todo lo que tiene contra los que cree responsables de su situación, al borde de la nada. Ya está bien de aguantar sin protestar, de que los demás se aprovechen, de no sacar nada cuando lo ha dado todo. Alguien hizo un negocio redondo con él, negándole toda posibilidad de prosperar. Y lo merece, porque ha trabajado duro, porque lo poco que tenía lo puso a disposición de un proyecto que le fue robado literalmente. Para ello, no duda en utilizar el cable del hombre muerto.

Ese pequeño truco cuya finalidad es moverse con un rehén apuntándole continuamente con una escopeta a la cabeza, consiste en atar un cable a su cuello de tal manera de que si cae él, o el rehén se mueve más de la cuenta, la escopeta se dispara. Es simple, puro, práctico y definitivo. Nadie puede hacerle daño. Sólo debe tener la oportunidad para ponérselo al cuello de quien quiere torturar. Así, esos financieros bastardos experimentarán lo que él lleva sintiendo durante años, siempre con el dinero escaso, con los medios menos que justos, con las manos encallecidas y perdedoras.

Sin embargo, él es un buen hombre. Tiene amistades que le avalan. Incluso uno de ellos es un policía con el que se ha tomado un par de copas en un bar mientras veían algún partido de la liga de fútbol americano. Es sorprendente que un tipo normal tome una decisión así, tan extrema, tan absoluta. Lástima que el rehén no es precisamente quien tenía pensado, pero es igual. Es una vida humana y tendrán que hacer uso de una diplomacia exquisita para que al perjudicado no le pase nada. Esa diplomacia es muy sencilla. Se llama mentira.

El director Gus Van Sant vuelve con otra denuncia que hace daño, inspirada en un hecho acaecido en 1977 y que llenó las primicias de todos los informativos mediáticos de Indianápolis. Hasta un afamado locutor de radio, dueño de un gusto envidiable en la elección de los temas musicales de su programa, va a ejercer de mediador para que la gente sepa exactamente qué es lo que quiere el extorsionador. Lo peor de todo es que va a levantar simpatías en todo el país. Es un hombre normal, con problemas normales, reconocibles por todo el mundo, y eso hace que la gente se sienta mucho, mucho más cerca que la víctima.

El resultado es una película que camina en algunos momentos por el área documental, con interpretaciones muy curiosas tanto de Bill Skarsgard, que ya empieza a mostrar su verdadero rostro de excelente actor, como de Carey Elwes, casi irreconocible detrás de una barba llena de experiencia, o de Colman Domingo, dueño de las mañanas de Indianápolis con su selección musical de altura. También anda por ahí Al Pacino, con sólo dos escenas, que resulta totalmente convincente como el hombre que no deja de ser arrogante ni cuando se halla frente a frente con el peligro. En algún momento, la película se detiene en exceso y eso va en contra del posible suspense, aunque se intuye cómo va a ser el final que, por otra parte, no deja de ser rocambolesco, pero totalmente auténtico. Es la locura de los tiempos que vivimos cuando estamos sumergidos en la deuda, elemento principal de cualquier sociedad capitalista que se precie.

Y es que hay que andarse con pies de plomo y escopeta de cañón recortado cuando se trata de hacer algún negocio. Siempre hay algún espabilado que cree que sus cartas son invencibles hasta que llega el hartazgo y se hinchan las narices del personal. Ante eso, no valen los informativos, siempre sesgados, ni las fuentes oficiales, siempre serviles. Sólo la verdad incómoda. Y nadie quiere hacer frente a esa verdad. Es como tener un cable atado al cuello que disparará un gatillo al menor gesto. El dinero vuela. Casi nunca vuelve.

miércoles, 22 de abril de 2026

LA BUENA SUERTE (2025), de Gracia Querejeta

 

Con este artículo sobre la buena o mala suerte, celebramos que el blog ya ha recibido un millón de visitas. Gracias a todos los que habéis entrado y, aún más, a los que habéis leído.

Hay momentos en los que un interruptor se acciona en algún lugar de nuestro interior. Es un instante en el que el cuerpo, la mente y los sentidos te piden dejarlo todo porque se te ha pasado una idea loca por la cabeza y ya está. Es lo mejor. Es un sueño que, tal vez, todos hayamos tenido una vez. Se trata de desaparecer. Se ve un cartel de venta de una casa sin ninguna gracia en medio de un pueblo en medio de la nada y se urge para cerrar la operación allí mismo y al contado. Es lo que se necesita. Un agujero en el que poder meterse…o castigarse…o rumiar una soledad que se necesita como compañera. Una decisión tonta porque la vida irá al encuentro tarde o temprano, pero es como poner la existencia en pausa y todo se detiene. Allí, en ese pueblo riojano que nadie conoce.

Por supuesto, en esa nueva vida de silencio y de vacío, hay una chica en el piso de abajo. Es atractiva y es inteligente, pero está herida. Su mirada parece la de un perro abandonado y, de alguna manera, despierta algo que estaba muy olvidado en ti después de tanto dolor, de tanta violencia y de tanta incomprensión. Es una chica que, cuando sonríe, lo hace de verdad. No se detiene en tonterías. Trabaja en un supermercado y, en sus ratos libres, cuida de un cascarrabias resabiado que vive en el bajo. Un tipo que desconfía de todo porque todo en su vida ha sido pura desconfianza, pero que sabe leer en las personas, por mucho que intuya que el daño está cerca. Es un buen hombre.

Resulta muy interesante comprobar que en esta película de Gracia Querejeta todos los personajes están perdidos y tratan desesperadamente de encontrarse. Y utilizan los más variados medios para conseguirlo. Desde el cariño hasta la violencia. Desde la cobardía de recluirse en un agujero hasta la seguridad de estar haciendo lo correcto. Desde la tentación del dinero fácil hasta la certeza de que nada en el futuro va a ser sencillo. Para ello, cuenta con tres intérpretes estupendos como Hugo Silva y, sobre todo, Megan Montaner en el que, sin lugar a ninguna duda, es el mejor papel de toda su carrera de largo. Como invitado en silla de ruedas, Miguel Rellán pone el diálogo brillante y la adivinanza definitiva y mucho cariño en su personaje de hombre que vuelve de todo, sólo que en la silla de ruedas que utiliza como descanso.

Así que, si alguna vez creen que es atractiva la vida en un pueblo en el que nunca pasa nada, con su tiempo detenido en las largas tardes finalizadas en una noche fría, piensen siempre que todos tenemos batallas secretas que librar y que no siempre ganamos. A menudo, la culpa viene de visita y, quizá, por eso, algunos se recluyen en algún lugar perdido. A medias para lavar sus pecados. A medias para evitar sus responsabilidades. Y aún a medias para que el mundo, ese bufón incansable que no deja de reírse de nosotros, se olvide de una vez de nuestra existencia.