A todos los escritores
les llega esa terrible hora del bloqueo. Es como si la mente no sólo se quedara
en blanco, sino que se ha ocupado, por alguna mágica manera, de colocar un buen
montón de sacos de arena en la inspiración para que sea imposible traspasar las
puertas de la imaginación. Se intenta todo, desde la distracción hasta la
concentración, pero, a menudo, es todo inútil. Ese bloqueo, en apariencia
tomado como un descanso de un cerebro cuyo estado normal es la ebullición, va degenerando
en otras patologías psicológicas de síntomas más que preocupantes. Una de
ellas, es la angustia. Otra, es el complejo de inferioridad. Si vamos sumando,
todo se traduce en el temor, casi insalvable, de que se ha acabado la capacidad
de creación. Y el escritor comienza a tener pensamientos de suicidio.
Bien, ya hemos
establecido un cuadro clínico del paciente. Ahora vamos con su resolución.
Quizá, la esposa del poeta tenga la piedra filosofal para vislumbrar una
salida. Se trata de algo tan sencillo como visitar a un psiquiatra. Es fácil.
Vas allí, cuentas tus problemas, etcétera, etcétera. La cuestión se complica
mucho cuando aparece por allí la esposa del psiquiatra. Otro buen montón de
paranoias atascadas en la mente. La cosa se complica. Y la inspiración sigue de
vacaciones.
Esta película es una
rareza dentro de la filmografía de Sean Connery. El actor, empeñado en salir de
la sempiterna etiqueta del más famoso agente secreto del mundo, quiso hacer una
comedia loca interpretando, precisamente, a un loco. El resultado fue muy
desigual porque Connery, en la comedia, nunca se manejado como pez en el agua.
Su encarnación del poeta Samson Sillitoe resulta, a ratos, disparatada, a
ratos, cargante y, a ratos, encantadora. La película apenas llega al aprobado
y, si lo hace, es por el impresionante reparto que tiene Connery detrás de él y
que incluyen nombres como Joanne Woodward, Jean Seberg, Clive Revill o Patrick
O´Neal. La dirección de Irvin Kershner es algo…podríamos decir, aséptica y lo
que podría haber sido una divertida comedia sobre el bloqueo de ideas se queda
en una exhibición de las locuras desatadas y un punto desquiciadas que Connery
despliega a lo largo y ancho de Nueva York.
Así que, si ustedes se dedican al mundo de las letras, traten de enfocar el problema como lo harían con una novela. Establezcan los personajes, imaginen sus pasados y describan sus destinos, traten de pensar como lo harían ellos y, luego, dénles formas a través de diálogos y actitudes. La historia irá fluyendo con mucha lentitud al principio, pero luego, las letras saltarán, bromistas y burlonas, del cerebro a los dedos y, de ahí, al teclado y al folio. Todo lo demás es ruido y, precisamente, eso es lo que hay que aislar en algún lugar del cuarto de pensar. Y como ruido podemos enumerar los problemas rutinarios, la cañería que pierde agua, el colegio de los niños, la disputa con el vecino del tercero y, por supuesto, no lo olviden, la mujer del psiquiatra porque ella se convierte en la ventana de fuga y, por ahí, no van a querer pasar…siempre que estén en sus cabales, claro.






