jueves, 29 de diciembre de 2022

I WANNA DANCE WITH SOMEBODY (2022), de Kasi Lemmons

 

Con este artículo, quisiera desear a todos una feliz salida y entrada de año y que 2023 sea mucho mejor en todo. No dejéis de ir al cine.

Hay voces que nunca deberían apagarse. Una, por ejemplo, podría ser Frank Sinatra. Otra, Michael Jackson. En esta ocasión se trata de rendir homenaje, porque eso es lo que trata esta película, a Whitney Houston. Es verdad que todos ellos podremos oírlos en la radio o en cualquier otro soporte. Sin embargo, son voces que perviven en nuestros recuerdos, en nuestras nostalgias y son los encargados de subrayar muchos de los momentos más fundamentales de nuestras vidas. Son voces que no dejan de señalarnos que somos personas y que hemos hecho cosas maravillosas y otras que no lo son tanto. Son parte de nosotros mismos.

En el caso de Whitney, recuerdo cómo a algunos les dejaba con la boca abierta con su dominio vocal, al alcance de muy pocos. Ella convertía las canciones en una confesión, en algo irrepetible, en la banda sonora de esos instantes en los que los ojos parecían desvanecerse porque era así como nos gustaría decir a otras personas lo que sentíamos y lo que queríamos. Detrás de ella, hubo una carencia total de autoconfianza porque siempre se sintió exigida, estafada en la vida aunque las partituras no dejaran de atestiguar muchísimos regalos. Su entorno no fue el más adecuado porque, en la terrible vorágine del éxito, su padre quiso aprovecharse, su marido no dejó de demostrar su recalcitrante estupidez, sus asideros se desvanecían y no tardó en llegar el autoengaño, la seguridad de que poseía el control de todo cuando nada estaba en su órbita. Siempre la amaremos. Y siempre la echaremos de menos.

Sin duda, Naomi Ackie se acerca físicamente a la cantante ya que vocalmente es poco menos que imposible y se dejó caer con sólo dos temas mientras que en los demás se conformó con ser doblada. La dirección de Kasi Lemmons tiene momentos de enorme elegancia y otros, aparentemente más sencillos, están resueltos con sorprendente torpeza. El guión no deja de tener sus trampas porque, en toda la trama, se presenta a Whitney como una víctima, como una mujer de cierta debilidad, pero que fue así debido a las circunstancias. Se pasa de puntillas por algunos pasajes espinosos, se obvian otros, como su relación con el actor Robert de Niro (así se salva la inconveniencia de una posible demanda por su parte) y se presenta a la cantante como un juguete zarandeado que, en el fondo, lo que delata es una latente carencia de personalidad. Mención especial merece Stanley Tucci, productor de mirada cansada y de intenciones limpias, honestidad y apoyo en la carrera de ella y trazas de equilibrio en incesante búsqueda de la felicidad. El resto, por supuesto, son pentagramas de disfrute que se vuelve en emoción cuando Lemmons se detiene con tiempo y ganas. Aún así, queda una cierta sensación de que se podría haber extraído más de una historia con tantas aristas y que tanto daño ha hecho al mundo de la música.

Ella quiso bailar con alguien, sentirse acompañada, tener algo más que nada y se hundió en notas negras de irresponsabilidad y huida. Su don fue maltratado igual que un Stradivarius abandonado bajo la lluvia y su paso por el cine fue muy comercial y mediocre, como si no se hubiera podido vender la imagen de una voz con un rostro precioso, que buscaba la felicidad que brindaba con sus inimitables quiebros, que trataba de realizarse renunciando a sus auténticos sueños, que se miraba en espejos deformantes que llegaron a bajar su rango vocal como si quisieran apagar ese maravilloso sonido que salía de su garganta. No cabe duda de que hay voces que nunca deberían apagarse. 

jueves, 22 de diciembre de 2022

EL LEÓN EN INVIERNO (1968), de Anhony Harvey

 

Con este artículo, quiero desear a todos una feliz Navidad. como ya todo el mundo está mirando escaparates, comidas y regalos, el blog permanecerá cerrado hasta el martes 10 de enero, publicándose sólo los artículos relativos a los estrenos que, como siempre, se colgarán los jueves 29 de diciembre y 5 de enero. Mientras tanto, no dejéis de ver cine. Es la vida de repuesto de la que nos habló Garci. Feliz Navidad a todos y un abrazo muy grande a los que se acercan a estas líneas.

Es hora de volver a poner en juego la corona. Más que nada porque ninguno la merece y el problema de la sucesión resulta más grave a cada día que pasa. El Rey Enrique II de Plantagenet no es ningún jovenzuelo aunque aún tiene algunas Navidades para que su juego favorito se desarrolle entre las frías paredes de Chinon. Allí reunirá a sus hijos, Ricardo Corazón de León, Godofredo de Bretaña y Juan Sin Tierra. A cada cual más ambicioso, más retorcido, más preparado para llevar adelante todo tipo de intrigas. Por supuesto, ninguno de ello es un rival de entidad para el Rey Enrique. La única que le puede hacer frente y que es capaz de ganarle es su mujer, la maravillosa y adorada Leonor de Aquitania, presa en la Torre de Londres por orden de su majestad porque ella, además de hermosa, de elegante y de reina, también conspira. Ama y odia a Enrique a partes iguales. Es lógico, están en 1187 y son bárbaros. Pero entre Enrique y Leonor se pone en juego un apasionando entramado de inteligencias, intereses y astucia para dirimir quién es el heredero al trono.

No faltan los invitados de lujo. Allí estarán Alais, la amante del rey, que será manejada como peón de intercambio en los distintos pactos que entren en juego. Y, por supuesto, el monarca del más peligroso enemigo de Inglaterra, el rey Felipe, antiguo compañero de juegos de juventud de Ricardo, el del corazón de león. También tendrán que jugar sus piezas si no quieren quedar atrapados en las intrigas ciertamente retorcidas de Enrique y de Leonor que, con su grandeza, ponen de manifiesto su astuta rifa de la corona. Puede ser uno, puede ser otro, puede ser el de más allá, se puede tener otro hijo con Alais, se puede acudir al chantaje emocional, al real, al noble, al rastrero, al homosexual, al liberal, al dictatorial y, sin duda, al religioso. Y todo en una noche de Navidad tan agradable, rodeados de sus hijos, al calor de la lumbre y de la conspiración repleta de puñales por la espalda.

Peter O´Toole y Katharine Hepburn se elevan con impresionante fuerza en esta película de claro origen teatral en la que siempre existe el mismo ganador del juego porque, al fin y al cabo, mientras la corona pasa de unas manos a otras, se descubren las fortalezas y debilidades de los contendientes.

-. ¿Sabes? Ojalá fuésemos inmortales.

-. Ojalá.

-. ¿Crees que eso podría hacernos cambiar?

Y el barco parte por el río, en un abrazo de entrañables enemigos en los que va incluido el amor como parte muy importante de sus vidas. Ojalá fueran inmortales porque lo que venga, sea lo que sea, seguro que será peor. Y las ambiciones también marcarán el devenir de la Historia, como un elemento vivo más entre la Creación. Mientras tanto, en el pequeño universo de las piedras mudas de palacio, se continuará discutiendo si la corona merece llevarla Ricardo, o Godofredo, o Juan, o dejarla tirada en cualquier sitio para que la usurpe cualquier rey títere aficionado a cortar cabezas y trocear reinos. Ojalá fuésemos inmortales. A pesar de las peleas y de las amarguras, ahí quedan, para siempre, los retazos de un amor que se renueva a través del enfrentamiento.

AVATAR 2: EL SENTIDO DEL AGUA (2022), de James Cameron

Te veo, amigo Cameron. Sí, te veo con nitidez porque vuelves a servirnos una historia de las tuyas. Una de esas con un acabado visual apabullante, casi perfecto, con un argumento más que discutible y, por supuesto, no dando mucha importancia a todo aquello que causaba un cierto impacto en la primera entrega de esta serie de aventuras digitales. Ya no importa tanto el vínculo, fundamental, salvo para un personaje. Puestos a prescindir, dejemos de lado a los actores, que sólo salen ocasionalmente en plan onírico o en uno de los personajes que, casualmente, es uno de los peor trazados. Centras tus esfuerzos en poner en juego una serie de tópicos algo caducos, pero siempre funcionales para que haya algo de premio para el paciente espectador. Y todo, desde luego, se esconde detrás de un puñado de mensajes ecológicos de menos fuerza, contra el racismo y con un compendio de otras historias para que el universo de Pandora sea un poco más invivible.

Así pues, amigo Cameron, tenemos elementos de Abyss, de Titanic, de Liberad a Willy, de Tiburón y de Moby Dick mientras nos vas mostrando de lo que eres capaz con esos seres azulados y ese planeta tan bonito. Te tomas tres horas para hacerlo. Una para el planteamiento, otra para pararlo todo y detenerte con premeditación y alevosía en los usos y costumbres de esa nueva clase de Na´vis que nos presentas y otra más para servir el espectáculo de acción que se espera con sus peleas, sus rehenes, sus seres cetáceos, sus increíbles combates y su apoteosis entre los hierros oxidados. De eso que no falte.

Es evidente que el show es resultón, que visualmente se vuelve a tener una sensación de festín, que el agua es algo que te obsesiona y que, casi, casi, se está volviendo una marca de fábrica. Eso lo puede tapar todo y, estoy seguro, no faltarán espectadores que saquen a la luz sus campanillas mientras, boquiabiertos, se quedan extasiados ante tanta perfección natural. Todo para mostrar que la vida que no existe puede ser tan maravillosa como cualquier otra. Y estás en tu derecho y estoy seguro de que te irá bien. Sin embargo, se nota que algún que otro corte se te ha quedado en la sala de montaje porque no te paras a dar muchas explicaciones sobre determinadas cosas, algunos personajes están dibujados de aquella manera sin resolver, quizá para guardarte algo para esas terceras, cuartas, quintas y sextas partes que has anunciado,  y tampoco te importa mucho que alguno que otro cambie de opinión de buenas a primeras. Al fin y al cabo, el público estará entretenido mirando cómo se queda el agua en la piel cielo de tus criaturas y el que hace la película, sin duda, también hace la trampa.

Amigo Cameron, es difícil hablar de una historia que basa todo en lo visual cuando todo está plagado de tópicos, con comportamientos más que vistos y alguno más que envejecido. Te agradecería que tuvieras la bondad de ser algo más complejo en la próxima entrega. Cuéntame algo. No te repitas. No vuelvas a acudir a ciertos trucos sólo para alargar la película. No me entiendas mal. Yo también he disfrutado. Se pasa realmente bien aunque crea que, en esta ocasión, seas menos eficaz y mucho más espectacular. Sin embargo, esa espectacularidad tiene un problema y es que no es nueva. Para compensar eso, sería conveniente que escribieras un guión mejor trenzado, con más empuje y no tan típico. Al fin y al cabo, no puedes hacer un tebeo porque te veo con una película de dibujos animados de lujo. Eso sí, un padre está para proteger y eso lo cubre todo. Y tú lo haces con tu creación. Una vez más. El resto sólo bajamos la cabeza y creemos que sería muy bonito vivir esa existencia que nos propones, en comunión con la Naturaleza y con los animales, huyendo de los peligros para preservar las hermosuras del mundo. No sólo los Na´vi merecen eso. Te veo, amigo Cameron. Te veo. 

                                                                                                

                               

miércoles, 21 de diciembre de 2022

EL SOPLO AL CORAZÓN (1971), de Louis Malle

Cuando llega la edad en la que existen más preguntas que respuestas y nada parece claro, siempre hay alguien que parece tomarte de la mano y guiarte en medio de las tinieblas. Esas mismas que confunden, desorientan, desmoralizan y agobian. Y, por supuesto, está la llamada del sexo que siempre es un bombardeo hormonal en el que se experimentan cambios físicos y psíquicos cuya peor parte es, quizá, la misma conciencia de que existen. Puede que los hermanos, con su habitual falta de tacto, traten de ayudar de alguna forma. Puede que los amigos, con su habitual lejanía, también intenten algo. Sin embargo, la única persona que, de verdad, puede saber lo que sientes, lo que deseas y, aún mejor, formularlo, es tu madre. ¿Quién mejor para enseñar lo que no sabes? ¿Quién mejor para adiestrarte para el futuro? Sí, es el incesto, pero no hay juicio sobre ello. Sólo una relación tierna, sin obligaciones, esporádica y puramente didáctica. Lo demás, sólo cabe en la misma ética del espectador.

Así es como Louis Malle lo presentaba. Con maestría, con calma, con una total ausencia de sordidez en la exposición, con elegancia, sin mostrar, pero diciéndolo. Sin enseñar, pero sugiriéndolo. Quizá con la sabiduría de esa sensación de que no hay nada como acurrucarse en el pecho de una madre y sentir su olor, su tacto, su vida. Sin más necesidad que la protección. Sin más intención que la naturaleza.

Es el momento de hacer las maletas y pasar unos días en el balneario porque allí, con todas las experiencias que esperan, también se halla el enfrentamiento con la normalidad, el juego del cortejo ingenuo e inocente de un joven con otra chica, la seguridad de que el tiempo que pasa no siempre se pierde entre las rendijas de la espera. Puede que haya tardes de quietud que merezcan la pena pasarse en la habitación, viendo el movimiento del sol mientras las preguntas no dejan de acudir a la mente y se ponen en un papel que, con toda probabilidad, no llegará mucho más allá de la papelera. Allí, en el ambiente sano e impoluto, se puede mejorar de ese soplo al corazón que, sin tener mayor importancia, tanto preocupa a las madres cuando el médico pronuncia el diagnóstico. El sol sonríe cuando la vida comienza a llamar a la puerta como si fuera el servicio de habitaciones y todo parece una tostada con mantequilla y un croissant recién hecho. Es el instante en el que hay que guardar la experiencia conseguida para que, cuando sea menester, se tire de ella para reaccionar con la humanidad necesaria, con el ímpetu justo, con la mirada sabia y serena y con la seguridad de que todo se puede aprender de un modo natural, sin tapujos, pero sin falsedades. Sin forzar nada. Sin hacer nada prohibido por los rincones. Sólo con la tranquilidad de que es algo que no saldrá del polígono del deseo, de las sábanas de telón, del día en que todo ese mundo de secretos ha alzado su velo para mostrarse y para que el joven que un día será hombre vea que no hay nada de especial en todo ello. 

 

martes, 20 de diciembre de 2022

DE LA VIDA DE LAS MARIONETAS (1980), de Ingmar Bergman

 

Apenas se puede mantener la vista ante un crimen horrible. Sin embargo, puede llegar a ser apasionante introducirse en los rincones de la personalidad para averiguar por qué un aparentemente respetable hombre de negocios decide cometer un asesinato. Habrá que unir todas las piezas del rompecabezas compuesto por los sueños del asesino, su situación personal y la investigación policial. Las tres vías para conocer las razones de la barbarie tendrán que confluir en algún momento. Por el camino, diseccionaremos al crimen y al propio asesino. Y habrá que discernir cuándo es antes y cuándo es después. En el fondo, también tendremos que ser marionetas manejadas por un director que quiere que miremos en determinada dirección.

Ingmar Bergman nos coloca en medio de una película que se concentra en el dilema moral y en el permanente juego de lógica e ilógica cuando la sangre se expande. Incómoda, difícil, considerando siempre al espectador inteligente, Bergman nos explica la terrible y densa complejidad psicológica del ser humano el cual, aunque en muchas ocasiones no lo parezca, siempre tiene razones para actuar como lo hace. Lo único que hay que hacer es valorar si esas razones son justas, racionales y verdaderas. Si son o no son disquisiciones de la mente que sólo quiere ver lo que le conviene. El asesinato, la mentira y la locura están continuamente a nuestro alrededor y el director sueco convierte esos elementos en algo abrumadoramente cercano, trampas insalvables y letales para cualquiera que intente mantener la cordura en un mundo frío, cruel, despiadado y subyugador. Ingmar Bergman, una vez más, a través de algo que no se quiere ver, roza lo sublime.

La mezcla de drama, documental, estudio de caracteres, recuerdos y ensoñaciones, lejos de confundir, exige una constante atención paralela al usual control disciplinario de todas las películas del gran director. Puede que haya una mirada fría hacia sus personajes, pero, en esta ocasión, el realismo preside la trama. El corazón se dejó atrás y lo que propone aquí es que las marionetas no tienen voluntad propia y son manejadas por diferentes manos. El engaño, la infidelidad, la homosexualidad, la decepción, Freud, la ausencia de control sobre la existencia de cada uno, la inseguridad, la ruptura. Con una lejana conexión con Secretos de un matrimonio, Bergman va mostrando pequeños bocados de psicología que están extrañamente interconectados siempre bajo la luz de su magistral microscopio y con la fatalidad como final del camino. Quizá esas almas sin Dios que ha manejado durante toda su filmografía encuentren aquí la esencia de su maldita personalidad. La oscuridad se cierne sobre todos ellos y, sencillamente, son incapaces de distinguir la claridad de sus vidas. Como Otelo en plena Venecia, sólo que aquí es Peter en Berlín. La psicopatía va haciéndose sitio y todo razonamiento comienza a ser alarmantemente difuso, impreciso, vago, apenas intuido. La angustia es el móvil. El ser humano se esfuerza por conectar y, algunas veces, no lo consigue. A pesar de moverse en el mismo espacio, en las mismas inquietudes, en las mismas formaciones. Sólo cabe esperar un último acto de rabia descontrolada, de protesta, de vocación hacia la nada.

viernes, 16 de diciembre de 2022

EL MENÚ (2022), de Mark Mylod

 

Un cocinero de élite debe soportar una continua presión por parte de todo aquel que desea inundar de sabor sus papilas gustativas. Es posible que siempre se espere alguna genialidad, alguna innovación que haga que el plato, aunque puede que no sea nada del otro tenedor, parezca un invento sabroso e inigualable. Además, está la despiadada crítica que siempre se inventa nuevos e incomprensibles términos para describir su esmerada cocina, o la exigente y nada confiable opinión de personajillos de moda, o la fingida pose de excelencia de unos cuantos ejecutivos que no saben en qué gastar su dinero. Por supuesto, todo ello aderezado con la presión propia del negocio, sometido a los vaivenes del traicionero mundo de las finanzas.

Por si fuera poco, puede que asome la cabeza el típico estúpido que no deja de proferir gemidos de placer y de alabar sin ambages la labor del chef cuando él no sabe ni juntar un cordero con su salsa. O el bobo con diploma que sigue la corriente de quien se supone que sabe cuando nadie sabe realmente cuánto sabe. Si a eso añadimos la ciega obediencia de unos cuantos ayudantes que son capaces de arrastrarse por los suelos y restregar la lengua por el suelo por el buen nombre del restaurante, no faltará mucho para que el cocinero en cuestión llegue a su punto de ebullición. Y eso se manifiesta en un menú de auténtico lujo en una isla apartada al sur en el que, por una vez, los comensales servirán de plato fuerte con su primero, su segundo, su tercero, su cuarto, su vino y su postre. Al café no llegan.

Todo esto está servido con una sensación casi inaprensible de que algo turbio se mueve por debajo de los fogones tras un menú formidablemente fuera del alcance de los bolsillos de cualquier mortal. La rabia que siente el cocinero va a requerir un servicio de carne bien sangrante. No todo va a ser finura, con los clientes pronunciando palabras como “palatizar”, con una inusual disciplina en el personal que recuerda más a un cuartel militar que a un laboratorio gastronómico. Será cuestión de preparar los estómagos y leer con mucha atención una carta en la que figuran todos y cada uno de los pecados de los que van a tener la fortuna de degustar el menú más revolucionario del chef más prestigioso y excéntrico del mundo. Todo un placer para los sentidos.

Con estos mimbres, El menú pasa por ser una mezcla un tanto delirante entre La isla del Doctor Moreau y Diez negritos con un Ralph Fiennes dirigiendo cada una de las copas que se sirven en pequeños sorbitos para dar buena cuenta de la tontería de un mundo que ya empieza a gustar a muy pocos. La dirección es sobria, aunque cuenta con algunos momentos de violencia arrebatada, con algún que otro error que corta esa atmósfera de tensión que requiere una cena en la que puede pasar cualquier cosa. La noche es larga y Nicholas Hoult tiene tiempo más que suficiente como para resultar convincente como el más necio de todos los comensales y Anya Taylor-Joy alimenta su dramatismo como el único ser humano que realmente está pegado a los problemas de la gente común y que, desde su baja condición, desprecia con razón a todo ese ambiente de nuevos ricos, de viejos ricos con ínfulas, de ricos ambiciosos, de ricos platos y de ricos vinos. El resultado es una película con algunos momentos originales que, puntualmente, llegan a la sorpresa, pero que, en aras de la sinceridad, se olvida tan rápidamente como un plato mediocre que sólo ha servido para llenar el estómago durante el rato que media entre la cena y el desayuno. Nada suculento. Todo adrenalina. 

jueves, 15 de diciembre de 2022

MANTÍCORA (2022), de Carlos Vermut

 

Una mantícora es una criatura de origen mitológico que, por lo general, mantiene una cabeza humana, un cuerpo de felino y una cola de dragón o escorpión, letal con sus presas a las que abate con espinas venenosas que lanza con precisión. Su procedencia persa aumenta el misterio que siempre se ha cernido sobre ella aunque su leyenda fuera heredada por los griegos. Lo cierto es que hay personas, conocidas por todos, que pueden revestir la forma equívoca de vecino o amigo, que también son mantícoras de espíritu y de vocación. Y a menudo, no lo saben ni ellos.

Así que después de esta pomposa introducción, ideal para poner al abajo firmante a caer un burro por obra y gracia de los dioses de la opinión, hay que dejar sentado que uno de los peligros de las películas que pretenden ser trascendentes es que, en realidad, sean un cúmulo de obviedades revestidas con cuerpo de genialidad. Eso destapa un ejercicio de autocomplacencia bastante descarado porque se requiere de una particular forma de pensar que considera que cualquier cosa que se haga va a estar fuera de las fronteras de lo común, cuando, mirando un poco más fijamente, no es así. Y eso es lo que le pasa a la película de Carlos Vermut, brillante en otras ocasiones, enfermizo siempre en su obsesión volcada en su trabajo, pero que, en esta ocasión, sirve un cuento de mito que resulta cargante, irritante y arrogante.

Por su parte, Nacho Sánchez realiza una interpretación comedida dentro de un personaje incómodo, mitad humano, mitad monstruo, con algunas reacciones bastante incomprensibles e, incluso, con un punto alucinado que sienta bien a un carácter que merece mejor dibujo porque casi es más interesante cuando es consciente de su bondad que al caer en la monstruosidad. Es difícil escribir este artículo porque lo más fácil sería describir ese supuesto cúmulo de obviedades que pone en juego Carlos Vermut, pero eso tendría vocación de carnicero de argumentos y hay que respetar el misterio que levanta cualquier título en cartelera. Sólo señalar que hay degeneración, inadaptación, androginia, pedofilia, síndrome de cuidados intensivos, monstruos que luchan por salir y conciencias intranquilas que intentan poner fin a deformaciones morales. El resultado, además de algo plomizo, es ligeramente pedante, pretendida y falsamente turbador y sólo se mueve bien en el resbaladizo terreno de la ambigüedad, que acaba por acentuarse con una puesta en escena seca y sin más melodía que la de los móviles que no dejan de sonar. Eso sí, todo es muy natural, como la vida misma.

El recorrido comienza con una descripción de las virtudes del monstruo porque, en el fondo, todo ser horriblemente deforme tiene algún talento de proporciones impresionantes. Son esas mismas virtudes las que precipitan la aparición de la podredumbre más rechazable que puede albergar el alma humana y el camino para ello suele ser tortuoso. Y casi siempre es traumático. Tal vez porque todo lo importante deja de importar. Tal vez porque todo lo asumible deja de ser posible. Mientras tanto, es mejor soñar con todas aquellas criaturas que anegan nuestra imaginación porque, en el fondo, son depositarios de las frustraciones, de las decepciones, de las derrotas y de los desolados vaivenes de la vida ingrata. Y lo es porque cuando todo parece ir bien, los cimientos se tambalean y alguna criatura de las tinieblas convierte toda la existencia en un error que sólo podrá sanar el silencio y la piedad egoísta.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

LA TIENDA (1993), de Fraser Heston

 

Las cosas no son necesarias hasta que hay algo en el interior de las personas que enciende la propia necesidad. Y esa parece ser la estrategia de venta de ese señor vestido de oscuro que ha abierto una tienda en medio de Castle Rock y en la que parece haber un repertorio inaudito de cosas necesarias. Lo peor de todo es que no lo son hasta que se entra en la tienda. Como parte del precio, el señor pide pequeños actos que, en sí mismos, no significan nada. Sólo bromas, tonterías sin importancia. Sin embargo, pronto la broma sube un escalón, la maldad se va abriendo paso, la violencia suple las carencias, el asesinato, la muerte, el diablo…. Todo eso se va desarrollando delante de un atónito comisario que cree que todo parte de ese pequeño comercio insignificante que un venerable señor de edad avanzada regenta con indudable prosperidad. El policía tendrá que quitar las etiquetas a los productos y darse cuenta de que, tras la fachada del respetable comerciante, se halla un enviado del infierno.

Y es que los favores como medio de pago siempre son sospechosos. Las reglas de la buena vecindad imperan en un pueblo tranquilo y bonito, con todos conociéndose desde hace muchos años y sabiendo que, en caso de apuro, pueden recurrir al otro. No obstante, este oscuro individuo, de nombre Leland Gaunt, se hace pasar por forastero, por alguien que necesita de la integración a través de la venta. Terriblemente raro. Horriblemente influyente. No es normal. Todos consiguen lo que necesitan cuando entran en la tienda. Y se llevan siempre un recado para cumplir. Cada vez más exigente, cada vez más difícil, cada vez más maligno. Tal vez, de esa manera, ya no haya buena vecindad, ni sonrisas cada mañana, ni el deseo de ayudar. Sólo destruir. Sólo avaricia. Sólo el ser humano desnudo. Sin cortesías. Sin educaciones.

No es la más conocida de las adaptaciones sobre una novela de Stephen King, y, aún así, no es nada despreciable. Con un reparto muy competente que incluye a Ed Harris, Bonnie Bedelia, Max von Sydow, Amanda Plummer y J. T. Walsh, el director Fraser Heston, hijo de Charlton, articula una película aceptable, realizada con cierto gusto y con cierta falta de pegada, pero bastante eficaz en algunos tramos, mesurando la tensión creciente en la población que se acerca hasta esa tienda que exhibe algunos productos extraídos con la materia prima del pecado. Quizá Walsh esté más histriónico de lo habitual y Heston combine secuencias de altura con otras resueltas torpemente. Al fondo, la debilidad humana, lo que nos pierde, lo que nos rebaja a la altura de simples animales capaces de eliminar a cualquiera sólo para satisfacer nuestras necesidades más primarias y más prescindibles. Satanás pone en juego su propio efecto dominó para descubrir lo frágiles que somos, lo atractivo de la tentación en nuestra idiosincrasia. Y lo peor de todo es que nosotros, los espectadores, estamos hipnotizados observando hasta dónde puede llegar el alma corrompida. Ya se sabe. El Diablo es un experto en estas cosas y, en esta ocasión, regenta un local pequeño y encantador en pleno centro de Castle Rock. Pásense por allí. Lo mismo necesitan algo.

martes, 13 de diciembre de 2022

BREAKDOWN (1997), de Jonathan Mostow

 

A veces, un nuevo comienzo, sin desearlo, es el principio del fin. Un coche en medio de la inmensidad de una carretera interminable y, de repente, todo se tuerce. Todo resulta ser un puñado de gasolina derramado en la calzada. La mujer desaparece. Y hay que actuar contrarreloj porque el secuestro está basado en un error. Los malditos se han dejado engañar porque el coche es nuevo y es posible que ese matrimonio que cruzaba el desierto en el infinito sendero de asfalto tenga algo de dinero convertible en efectivo en alguna de sus múltiples cuentas. No es así, porque, precisamente, se trata de empezar de nuevo, de un nuevo trabajo, de tratar de construir un futuro que se ha visto levemente truncado. Hay que correr, muchacho. A tu mujer no le queda tiempo y, seguramente, ha tenido que mentir para que la mantengan viva. Y lo increíble de todo es que esos tipos funcionan como una mafia corrupta hasta las cejas que se dedica a extorsionar a matrimonios solitarios que cruzan con buena fe y derrota asegurada por unas vías que conducen directamente hacia el infierno.

Así que va a haber que navegar por un mar de polvo y dudas, porque nadie es capaz de echar una mano a Jeff Taylor. Él pregunta, va de un lado a otro, interpone una denuncia y lo único que obtiene son buenas palabras, apelaciones a la serenidad, aseveraciones rotundas de que se va a hacer todo lo posible o, por el contrario, silencio e indiferencia. Y mientras, el asfalto espera. Todo está machacado por las ruedas de los camiones en un páramo perdido en algún lugar entre Boston y San Diego. Y eso, amigos, es estar en medio de ninguna parte. ¿Cómo es posible encontrar a alguien en ninguna parte? Jeff Taylor va a tomar decisiones muy duras, muchas de ellas basadas en la inteligencia. Esa misma que le ha faltado para encontrar una felicidad más o menos estable.

Excelente película de acción e intriga con Kurt Russell perdido en el desierto tratando de encontrar a una esposa que nadie ha visto, que nadie conoce y de la que no se tiene el menor rastro. Todo porque se subió a un camión para pedir ayuda en una decisión tonta, bastante estúpida, para algo que tenía fácil arreglo aunque no a primera vista. La dirección de Jonathan Mostow es muy hábil, centrándose en muchas persecuciones sobre las líneas discontinuas y poniendo un punto de suspense creciente a una película ágil, bastante imprevisible y realizada con claridad. La red de secuestros y extorsiones que llevan a cabo unos cuantos al borde mismo de la carretera se antoja peligrosamente posible y hace falta mucha determinación para que no pase nada.

La huella del neumático quemado dejará un olor inconfundible y parece como si cada una de las piedras que forman el conglomerado del suelo decida guardar silencio sobre una desaparición que sólo se explica el propio Jeff Taylor. La carga resulta pesada en camiones de alto tonelaje y el secreto está en tener la paciencia suficiente como para actuar como un hombre de acción cuando sólo se posee un volante y ninguna prueba. Es el punto de ruptura. Ese mismo que hace que, al final, sólo se desee la muerte de aquellos que han construido un desvío que nadie debería tomar.

viernes, 2 de diciembre de 2022

EL ESPÍA (1952), de Russell Rouse

 

Con esta sorprendente película, que recomiendo encarecidamente, vamos a cerrar el blog hasta el martes 13 de diciembre debido al macropuente de la Constitución y la Inmaculada. No dejéis de buscarla. Es una estupenda y desconocida película. Mientras la buscáis, sentid que os doy un abrazo por el interés.


El silencio rodea todos los actos de un espía. En este caso, es un científico que ha decidido robar secretos tecnológicos, evidentemente, para los rusos. Todo lo debe hacer en silencio. Su trabajo como científico, su introducción en las estancias universitarias donde se guardan las fórmulas, donde se realizan los experimentos. Sus contactos con el enlace que siempre le deja un mensaje dentro de un paquete de tabaco vacío tirado en la acera de la calle. Su salida subrepticia de cualquier estancia. Su modo de enviar los documentos. Incluso cuando ya tiene una ligera sospecha de que andan tras él, debe aliviar toda su angustia en silencio. Debe salir del país en secreto y tiene que esperar unas horas para que los papeles y las gestiones sean tramitados. Quizá deba abandonar para siempre ese oficio para el que tanto estudió. Y, tal vez, la deserción no merezca la pena y sea más conveniente pasar unos cuantos años en la cárcel. Pero todos esos pensamientos, todas esas acciones, todas esas dudas y todo ese agobio, lo pasará en silencio. Sólo gritará como un loco cuando tenga que derramar sangre, porque él no es un asesino. Es sólo un espía. Con todo lo que eso significa.

Intensa y cuidada, esta película es un interesante experimento al ser totalmente sin diálogos, pero, ni mucho menos, muda. Ray Milland realiza un trabajo excelente porque debe suplir la carencia verbal con un buen puñado de miradas, de gestos y de expresiones que signifiquen todo lo que quiere decir. Llega un momento en que, a pesar de que se sabe que ese científico sin nombre y sin vida está traicionando a su país, se desea que escape, porque lo pasa realmente mal. Acosado, perseguido, en una situación en la que cualquier error puede ser fatal, el científico debe moverse como una serpiente, sinuosamente callada, con total seguridad en todo lo que hace y siempre tratando de andar un paso por delante de sus perseguidores. Aún así, está muy cerca de no tener salidas, de sucumbir a la tentación de una mujer hermosa que, por supuesto en silencio, se le insinúa en el pasillo de una pensión de mala muerte, de rendirse y entregarse porque la huida puede que no merezca la pena. Siempre hay que mirar por encima del hombro para realizar continuas comprobaciones de posibles seguimientos. Y ellos están allí. Con la mirada detrás de un periódico abierto al azar, al otro lado del reflejo de un escaparate, distraídos en cualquier cosa mientras el espía se vuelve para escrutar. Hay muy poca distancia entre la traición y la derrota. Casi es una línea difuminada que no se debe cruzar.

La dirección de Russell Rouse es inteligencia, comedida, siempre sugerente, todo un ejercicio de astucia para este silencio de película que consigue estrechar las paredes de la imagen para que el protagonista no tenga escapatoria. Interesante de principio a fin, con escenas realmente complicadas y estructuradas en largos planos-secuencia, El espía es una de esas películas terriblemente desconocidas que deberían introducirse en silencio en nuestras preferencias. Para que nadie lo sepa. Para que nadie lo compruebe. Sólo aquellos que están verdaderamente interesados en lo que es el cine en estado puro. Tanto es así que se podría decir que esta es la película soñada por Alfred Hitchcock.

jueves, 1 de diciembre de 2022

LA MUJER REY (2022), de Gina Prince-Bythewood

 

Puede que las mujeres tengan algunos aspectos meramente físicos en los que sean inferiores a los hombres, pero no cabe duda de que tienen otros en los que los superan ampliamente. Y son más valiosos. Uno de ellos es el tamaño de sus agallas. Son infinitamente más valientes, más arrojadas y mucho, mucho más sacrificadas. Todos esos valores son más eficaces en tantas facetas que la fuerza bruta se queda en un mero atributo de la testosterona que reduce al hombre a la categoría de ser inferior, limitado, ingenuo y tristemente patético.

En los confines de África, unas guerreras de élite conforman un ejército temible que arrasa con furia y cuyo empuje femenino hace que sean imparables porque están dispuestas a todo con tal de defender aquello en lo que realmente creen. Las tribus rivales pasan a ser, como enemigas, simples comparsas en unas contiendas en las que terminan acuchilladas a sangre y fuego. Por supuesto, en el siglo XIX, aparece el hombre blanco, con sus alargadas manos de avaricia y conquista y la esclavitud forma parte del comercio habitual que ha arruinado vidas, sembrado desesperaciones, cosechado rabias y fructificado en odios que aún perduran.

En todo este entramado moral, La mujer rey funciona razonablemente bien como película de aventuras, pero también, aprovechando el mensaje antirracista y violentamente feminista, carece de coherencia en algunos pasajes, realiza retratos, cuando menos, discutibles y insiste, con cierto machaque, en el verdadero valor de las mujeres. En medio de todo ello, no deja de deslizar la seguridad de que ellas también tienen cicatrices muy difíciles de cerrar y que los tormentos morales hacen mella en su corazón y en su alma con mayor encarnizamiento haciendo que esas agallas inigualables se mezclen peligrosamente con heridas profundas, cerradas con lágrimas, curadas con huidas hacia adelante que se empeñan en abrirse en cuanto al destino se le ocurre alguna finta burlona.

Al lado de coreografías de acción realmente originales, conviven algunas secuencias resueltas de forma algo torpe. Si se muestra a alguna aguerrida soldado experta en el ataque con lanza, lo lógico es que se vean con claridad todas sus evoluciones y se evite el montaje fragmentado para que se rellenen los espacios vacíos en lo que es un instante de enorme espectacularidad. En el apartado interpretativo, destaca, como siempre, Viola Davis que no huye de esos papeles atrapados en encrucijadas morales a pesar de su carácter eminentemente épico. Reprochable resulta el amaneramiento totalmente prescindible de un eunuco y llena de sonrojo la interpretación infantil que realiza John Boyega en la piel de un rey que no se sabe muy bien de qué corona cojea.

Así que mucho cuidado con todas estas chicas dispuestas a morir en el intento porque hay momentos de calidad y otros que parecen extraídos de la factoría Marvel, con las consabidas escenas de cámara lenta y buscando el efectismo, en determinadas ocasiones, con acierto. En un descuido, te abren en canal y dejan tu cuerpo como aperitivo para los buitres. Los hombres, confiados, las desprecian porque, ya se sabe, el músculo siempre peca de arrogancia mientras que el cerebro es el gran despreciado de toda comparación, de toda descripción y de toda sinceridad. Y es el músculo más importante del cuerpo humano. En ese es en el que hay que fijarse. Todo lo demás es sólo ruido, una maniobra de distracción que cae, una y otra vez, en lo más vulgar del pensamiento. 

lunes, 28 de noviembre de 2022

LA ÚLTIMA CARGA (1968), de Tony Richardson

 

El miércoles 30 de noviembre no habrá artículo en el blog porque la Biblioteca Regional de Murcia ha tenido a bien invitarme para una charla en compañía de Antonio Rentero para homenajear a unas cuantas películas que cumplen aniversario señalado en el 2022. Mil gracias a ellos por la invitación. Habrá artículo puntualmente el 1 de diciembre. Por supuesto, todos aquellos que lean estas líneas y estén en las cercanías de Murcia capital están invitados y estaré encantado de darles un abrazo.

A veces, algunos hechos que se consideran heroicos porque conllevaron el sacrificio de muchos no son más que el producto de la mera incompetencia. Y más aún si nos estamos refiriendo al arrogante y elitista ejército británico con aquella carga de una brigada ligera que, en realidad, fue la consecuencia de una horrible planificación en la misma batalla. Los nobles oficiales, embebidos de su propio código de conducta, más despreciable que admirable, combatían entre ellos pugnando por la mayor cuota de poder posible. Los que salían de una academia militar y habían abrazado la carrera castrense por pura pasión, soñaban con una acción heroica, que los elevase a los altares de la loa sin ambages y de los mitos. Incluso, cegados por sus ínfulas épicas, ordenaban la carga sin caer en la cuenta de que enfrente había cañones y que ellos sólo tenían caballos, porque la lucha iba a ser desigual y eso, sin duda, escribiría páginas de gloria en la historia británica. Sólo eran unos ignorantes que no sabían que la muerte tiene muy poco de heroico, aún menos de útil, y prácticamente nada de ejemplar.

Así que los galones, en esta ocasión, casi son motivo de hilaridad. Los comportamientos se rigen por normas absurdas que se basan, principalmente, en el concepto de caballerosidad que poseen los mandos. Y, por supuesto, como corresponde a miembros que han tenido muy poco que ver con la tropa, con la razón y con la mesura justa y ordenada, esas normas suelen ser ridículas, incomprensibles, vanas. La frivolidad de algunas damas que pierden la cabeza a la vista de un uniforme tampoco ayuda demasiado y el amor resulta algo bastante prescindible e intercambiable por el sexo en épocas de guerra. No hay gloria después de desenvainar una espada. No hay nada más que la constatación de la inutilidad militar de unos cuantos desaprensivos que decidieron enfrentar caballos contra cañones porque así les salía la cuenta de efectivos para la batalla. Y la moral debería haber dictado una eterna condena contra ellos.

El director Tony Richardson encontró enormes dificultades para llevar a cabo esta versión sombría y pesimista de la carga de la Brigada Ligera, pero consiguió una película esplendorosamente fotografiada por David Watkin, otorgando texturas de alta alcurnia y lujo a una película que se centra, principalmente, en denigrar a la alta oficialidad británica que, por simple inutilidad, enviaron a la muerte a un puñado de hombres que tampoco merecían ni un solo ápice de admiración. Richardson, con aires de originalidad, también plantea los entreactos con unos dibujos satíricos, poniendo en solfa el patriotismo victoriano y la búsqueda de fulgor postrero por parte de unos individuos que, analizados con frialdad, mueven hacia el desprecio mucho más que hacia la hazaña.

Con un reparto muy competente que incluía a David Hemmings (las crónicas de la época tildaron su comportamiento en rodaje de insoportable en grado máximo), John Gielgud, Trevor Howard, Vanessa Redgrave o Harry Andrews, lo único que se puede pensar después de ver esta película es que habría que agradecer mucho que aquel aciago día que los británicos se han empeñado en considerar heroico, fuera el de una última carga. Ya corrió bastante sangre por no saber hacer las cosas bien.

viernes, 25 de noviembre de 2022

AFLICCIÓN (1997), de Paul Schrader

 

No hay nada que pueda ser más poderoso que un asesinato. O sí. Tal vez un drama de una familia disfuncional, que ha vivido entre el terror y la huida. La sombra del padre es demasiado alargada y eso parece planear sobre todas las vidas de los que tienen contacto con él. Incluso la de su hijo, el sheriff Wade Whitehouse, que también bebe, como su padre, y trata de huir de sí mismo, como su madre. Wade acabará rompiendo sus nervios cuando la tensión sea insoportable. No puede más. Y es incapaz de construir una existencia al lado de nadie porque enseguida se dan cuenta de que la figura del padre le domina, le aflige, le secuestra y le anula. El final será trágico aunque el asesinato sea resuelto. Demasiado ruido alrededor. Demasiadas jugadas en el mismo filo de lo éticamente aceptable. Demasiado alcohol para calentarse en un ambiente congelado.

Glen Whitehouse, el padre, es uno de esos hombres que pueden hacer que el estómago se te vuelva agua. Y esa agua, por supuesto, se vuelve hielo. Todo está contaminado y detenido. No ha habido cariño, ni buenos consejos, ni nada parecido. Sólo la tortura mental como única meta con los miembros de su propia familia. Ha conseguido que todos tengan un trozo de su propio corazón hibernado, incapaz de latir con normalidad, muerto en vida. El frío penetra en los pulmones con tanta fuerza que parece que hay un cuchillo clavado en ellos. Y Glen aumenta esa sensación mil veces. Mil y una. Mil y dos…

Paul Schrader, como siempre, se movió en la incomodidad para dirigir esta pieza de introspección cruel hacia el interior de una familia con la excusa de un asesinato ocurrido en una pequeña localidad de New Hampshire. Aunque el crimen queda en un segundo plano por las terribles tensiones familiares, la película parece convertirse en un arma cortante, desasosegada, intranquila, sin muchos agarraderos a los que asirse. James Coburn demostró que era un actor que estaba mucho más allá de una sonrisa lacónica y una presencia, y Nick Nolte es el hombre ideal para representar la carne hundida en un camino interminable hacia el infierno. En esta ocasión, un infierno helado. Sissy Spacek no puede con lo que ocurre alrededor de su personaje y Willem Dafoe lo narra todo con un dolor que parece que no existe. El resultado es una película incómoda, difícil de tragar, extraordinariamente bien interpretada en todo su reparto y que deja al espectador colgando de un precipicio en el que no sabe muy bien si debe arrojarse.

Y es que cada familia es un mundo que, en muchas ocasiones, no merece la pena ser descubierto. Es cierto que la historia original de Russell Banks no deja que el melodrama doméstico sobrepase al crimen que sirve como punto de partida, móvil y resolución y que Schrader prefiere que todo sea al revés, pero aún así, hay momentos en que el cine te hace preguntarte algunas cosas y sientes como si engulleras una bola de nieve sin dar tiempo a que se derrita. Tal vez porque, en muchas ocasiones, no hay ninguna respuesta.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

ARMAGEDDON TIME (2022), de James Gray

 

La adolescencia es esa edad en la que se dibujan los mejores sueños en el cielo y, según van pasando los días, algunos caen y se estrellan contra el suelo, mientras otros permanecen. Tal vez porque han sido diseñados mejor, o con más convicción, o con más ganas de que se queden ahí, como guía, como meta a alcanzar. La vida, mientras tanto, se encarga de mostrar sus lados más feos, haciendo perder todo rastro de inocencia que se manifiesta de las maneras más raras. Desobedeciendo las reglas. Desafiando a los mayores. Saltándose lo razonable. La infancia quiere quedarse y no sabe que está condenada a morir.

Entre medias, deambularán las ilusiones de los padres, los consejos sabios de los abuelos, las tentaciones perdidas de los amigos e, incluso, los compañeros que, muy pronto, dejarán de serlo. Los profesores, mientras tanto, prosiguen con su labor incansable de intentar educar cercenando, a veces sin piedad, todo rastro de creatividad. Quizá porque el creativo puede llegar a ser el enemigo en una sociedad a la que hay que enseñar a pensar. Quizá porque el que se atreve a crear también osa amar la libertad.

No cabe duda de que, por otro lado, cuando se intentan otros caminos, surgen nuevas tentaciones. Y no faltan nuevas ideas educativas dirigidas exclusivamente a una clase elitista destinada a dominar al resto de los mortales a través de enormes torres de cristal donde se toman las grandes decisiones. Y es posible también que haya algunos que crean que eso está edificado sobre la mayor de las falsedades y que todos aquellos que aspiren a ocupar el último piso son los que, precisamente, merecen mayor desprecio. Luchar no es fácil. Los atajos son siempre callejones sin salida. No hay otra salida más que ponerse de pie y seguir caminando hacia ese dibujo que se ha quedado en el cielo, como un deseo más en el terrible rompecabezas de un niño que ha empezado a dejar de serlo.

Después de ese intento de trasladar Apocalypse now al espacio con Ad Astra, el director James Gray nos coloca este melodrama semiautobiográfico con referencias muy evidentes a Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut, pero sustituyendo la huida de Antoine Doinel por la renuncia de Paul Graff, notablemente bien interpretado por Banks Repeta y bien acompañado por Anne Hathaway y Jeremy Strong y, por supuesto, dominando la escena en cada secuencia por Anthony Hopkins, sabio y sereno, dulce y experimentado. A pesar de la solvencia del elenco, el resultado en conjunto es corto, sin suficiente sabor, desequilibrado en su intento de descrédito de la América trumpista, dirigido a una élite de racismo latente y nunca evidente, despreciativa en maneras, injusta en actitudes tácitas, nunca culpable, siempre acusadora. La película, en sí misma, es bienintencionada, a pesar de sus trazas folletinescas, pero sin poso, con una sensación de vacío que no lleva a ninguna parte salvo, tal vez, a una cabaña en el jardín donde se depositan los sueños de una niñez que se escapa a golpe de realidad. Demasiado poco para tanta ambición.

Así que es posible que haya que adentrarse en los temores de una edad en la que se quiere ser todo y se cree que se puede ser todo y en la que se atisba la fealdad de la edad adulta, con sus debilidades y sus crueldades, sus injusticias y sus silencios. Algo que resulta abrumadoramente difícil de asumir cuando se trata de unos años en los que se quiere hablar aunque no se tenga ninguna vergüenza hacia el error o la equivocación.

EL ENEMIGO SILENCIOSO (1958), de William Fairchild

 

La guerra está ahí abajo, en las profundidades del océano. Tras la cortina de agua, se mueven hombres-torpedo dispuestos a sabotear cualquier convoy que decida pasar del Atlántico al Mediterráneo. Basta con saber dónde están fondeados los barcos y se colocan las minas que harán que todo vuele por los aires. Hasta Gibraltar, punto neurálgico de la navegación de ambos mares, llega el Teniente Lionel Crabb, un arrogante e iracundo oficial británico que debe parar esa avalancha de sabotajes perpetrados por los intrépidos italianos que se la juegan desde el puerto amigo de Algeciras. No tiene muchos medios como para parar a esos hombres-rana dispuestos a todo, pero es listo y sabe colocarse dentro del agua. Instruirá a sus hombres en poco tiempo, ideará una red de interceptación, intentará lo imposible en un mar oscuro y poco amigable. Los vehículos de desplazamiento bajo el mar son auténticos cacharros de diseño imposible, pero servirán para colocar un par de trampas y poner a los italianos en algún que otro aprieto. El enemigo silencioso ya no lo será tanto. Y Crabb tratará de pararlos por todos los medios.

No cabe duda de que un destino como ese, manejando torpedos tripulados, resulta altamente peligroso. Y más aún si se trata de evitar que entre el enemigo entre el enjambre de embarcaciones que fondean en el Peñón. Falta de material, falta de hombres adecuadamente preparados, falta de entusiasmo… Crabb va a arreglar todo eso porque sabe cómo atajar el problema. Se sufrirán pérdidas, se lamentarán derrotas, pero esos italianos que viven y perviven en el nido de espías español acabarán por pagarlo caro. Puede que Crabb sea el hombre necesario en el momento preciso. Y eso lo van a saber los malditos hijos de Mussolini.

No cabe duda de que la originalidad preside esta historia al narrar la guerra que se libraba bajo el agua a cuerpo limpio. Pocas películas se han ocupado de ello y, quizá, ésta sea la mejor de todas. También es verdad que el heroísmo era común entre británicos e italianos navegando bajo las aguas del Estrecho de Gibraltar y que no siempre los ingleses eran tan listos. Sin embargo, hay escenas solventes, descubrimientos sorprendentes, como el diseño de esos torpedos que desplazaban a los hombres-rana hasta sus objetivos y que dejaban sus hocicos como regalo. Y Laurence Harvey se ocupa de dotar de solvencia al personaje del Teniente Lionel Crabb, tozudo lobo de mar que pretende ganar al enemigo con sus mismas armas. El suspense está bien dosificado y, siendo conscientes de que es una película pequeña, se puede llegar a la conclusión de que no es una obra maestra, pero no está nada mal.

Así que es el momento de decir las verdades, como, por ejemplo, que en un destino de agua no se sabe nadar, o que es conveniente capturar un vehículo enemigo para devolver la pelota en su propio campo. Crabb contará con la animadversión de sus oficiales y la típica arrogancia británica creyéndose superiores en todo a cualquier enemigo que se ponga por delante. Error de té, caballeros. Más vale tomar precauciones y navegar junto al mismísimo diablo.

lunes, 21 de noviembre de 2022

MÁS ALLÁ DEL SOL (1975), de Robert Parrish

 

Puede que haya un planeta Tierra al otro lado de esa esfera ardiente que nos calienta y nos alumbra. Y merece la pena ir a investigarlo. Sin embargo, la nave que va hacia allá sufre un accidente y los astronautas vuelven, sanos y salvos, al hogar… ¿o no? Quizá haya un interruptor en el lado contrario de donde solía estar, o las cosas no son exactamente iguales que antes. Puede que la hibernación a la que se han tenido que someter los tripulantes haya influido en su percepción del entorno. El futuro también ha cambiado muchas de las cosas que solían ser cotidianas y, cuando la desorientación se adueña de la razón, entonces es cuando comienza a entrar el pánico. Y, en esta ocasión, el miedo tiene su fundamento.

En el espacio se plantean temas que podrían ser bastante atípicos en este valle de lágrimas. El adulterio, la infertilidad, la corrupción… En el futuro, si realmente es un futuro, no deberían existir esos conceptos. El hombre ha evolucionado no sólo para conseguir una vida más cómoda, sino para superar vetustas limitaciones morales que deben formar parte del pasado. Esas pequeñas diferencias que van notando los astronautas construyen un halo de inquietud que se instala en algún lugar de la incomodidad. No es terror, es ciencia-ficción que causa una sensación de rechazo, de nerviosismo escondido, nunca latente. Tal vez, haya que creer en el absurdo para poder adaptarse de nuevo a un lugar en el que nunca se estuvo antes.

La sombra de 2001: Una odisea en el espacio se dibuja claramente al fondo de esta película, pero hay elementos que resultan interesantes en su concepción e intento de trascender. La tragedia forma parte del destino del ser humano y en el universo hay múltiples posibilidades para ello. Roy Thinnes, un actor que nunca destacó demasiado, realiza un excelente trabajo como ese hombre desorientado, que busca sin encontrar del todo, que camina por el abismo sin saberlo. Robert Parrish da cuenta de su sabiduría tras una cámara, soltando información al espectador en muy pequeñas dosis para que el rompecabezas encaje con la tristeza. Y el juego de simetrías resulta apasionante, como en un espejo con la imagen separada por toda una galaxia. Puede que, incluso, haya una especie de anticipación de un cineasta como M. Night Shyamalan en esta historia.

Y es que también es posible que el espacio no esté en el exterior y que la visión de las cosas sólo sea un reflejo de la propia imaginación. También hay un universo que descubrir en el interior, sondeando las profundidades del pensamiento y de los sueños. O no. La realidad también es pura fascinación mientras el hombre rompe fronteras con sus descubrimientos y sus deseos de ir un poco más allá, un poco más lejos, un poco más cerca del infinito. Ese mismo que se abre en un viaje que no termina nunca aunque no haya más días. Se llama vida. Y debemos ser conscientes de que siempre existe un chiste entre nosotros y nosotros mismos.

viernes, 18 de noviembre de 2022

SEÑORA DOUBTFIRE (1993), de Chris Columbus

 

Mucho se habla del coraje de las mujeres, pero los hombres también tienen su porción de empuje. Quizá un padre cualquiera, algo atolondrado y bohemio, se disponga a hacer lo que sea con tal de seguir viendo a sus hijos. Al fin y al cabo, es lo mejor que ha hecho en su vida y no va a dejar que se escapen así como así para verlos una vez cada quince días en horario pactado. Puede que lo mejor sea actuar como una madre. Sí. Es actor y puede darse unos retoques aquí y allá, ponerse una peluca, fabricarse una máscara de látex, agenciarse unos pechos redondos y grandes de abuela y un buen trasero, unos tacones, algo de ropa de mujer…y ya está. Es la niñera perfecta. Sus hijos no tendrán ninguna mejor. Él mismo se contrataría a sí mismo. Claro que se va a tropezar con unos cuantos problemas más. Su ex mujer también quiere rehacer su vida y el guapo de turno se va a cruzar por el camino. Los niños crecen y se van dando cuenta de algunas cosas. Cocinar es pasar un apuro. Y lo último es que él y ella, que son el mismo, tienen que coincidir en el mismo lugar y en el mismo momento. Agotador. Imposible.

Así que la Señora Doubtfire, una amable dama inglesa, de educación exquisita y paciencia interminable, se hará un hueco en un hogar del que fue echada no hace demasiado tiempo. Lo hará con enorme cariño y, de paso, también aprenderá un par de lecciones de por qué aquello no funcionó, qué es lo que falló, dónde se encontraban sus debilidades como hombre y, desde luego, dónde se escondían sus fortalezas como mujer. En situaciones de necesidad, sin duda, los hombres tienen su coraje. Algo especial. Algo escondido. Algo tímido. Pero coraje, al fin y al cabo.

Robin Williams realiza un esfuerzo extraordinario en una película que, sin duda, recorre mucho de los tópicos de cualquier historia que toca cómicamente el travestismo. Es notable su tendencia a la improvisación y cómo Chris Columbus, el director, le da una cierta carta blanca para expandirla a su gusto y conveniencia. Los mejores momentos de la película están a su cargo, con unos diálogos agudos, ingeniosos, en los que el doble sentido se pone el delantal y trabaja con ahínco entre fogones y deberes. La película se deja ver muy bien, es amable y entretenida y, sin duda, guarda un par de carcajadas para quien se atreva a acercarse.

Así que no dejen de contratar a una señora Doubtfire en sus casas. Ella nunca tiene una sílaba más alta que la otra. Siempre con la palabra justa y el gesto suave. Se ofrece como confidente, como niñera, como mujer para todo porque tratará a sus hijos como si fueran propios. Lo mismo lo son. Estarán encantados con ella para pasar un gran rato de apuros, tensiones, risas, ridiculeces y tópicos que siempre funcionan. No cabe duda de que el torturador que inventó los tacones altos tendrá que pasar por la guillotina, pero eso es apenas un detalle entre tanto cariño y tanto deseo de estar con quien más se quiere. Y tenemos muy pocas oportunidades.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

AS BESTAS (2022), de Rodrigo Sorogoyen

 

Quizá haya personas que se despierten de repente en algún lugar perdido y piensen que merece la pena empezar un proyecto de vida allí. Las montañas parecen anuncios de Dios, el verde campea por la mirada, la lluvia es la verdad y puede que no esté nada mal rehabilitar algunas casas para ver si alguien se anima a repoblar el paraíso. El viento también sopla y, por supuesto, las energías renovables alquilan terrenos para instalar sus enormes molinos. Es la lucha entre lo tradicional y lo nuevo, el deseo de conservar la esencia del sabor de vivir y la certeza de que ya es hora de salir del sacrificio y mirar al cielo con sensación de libertad. Y allí, en el mismo centro del paraíso, la tensión puede ser el abono de toda la ira.

Y es que siempre subyace un cierto sentimiento de inferioridad en las profundidades del territorio cuando algún extraño viene con ideas nuevas, como si ellos fueran los únicos con derecho a cambiar las cosas. Y, tal vez, los lugareños sientan que el derecho se lo han ganado ellos a base de sudor, de limpiar corrales, de años y años de encallecerse las manos, de trabajo dura y ninguna satisfacción porque no ha habido más diversión que las partidas de dominó, el chato de vino en la única taberna del pueblo y marcharse de caza de vez en cuando. Sin embargo, hay que entender el otro punto de vista, el del forastero que creyó ver allí, en la inmensidad de la misma Naturaleza, una oportunidad para vivir en consonancia con sus ambiciones de tranquilidad, de trabajo duro, sí, pero también de satisfacción. Esa misma que da el devorar un buen plato de jamón serrano con pan gallego mientras se admira la huella de un monte que siempre regala un amanecer tras sus laderas.

Impresionante trabajo de Rodrigo Sorogoyen a la dirección de una película que destaca por la virtud de la contención, midiendo con precisión los tiempos y contando con la colaboración de un actor con la convicción y la solidez de Luis Zahera, que transforma cada palabra en una sentencia y que hace de la virtud, precisamente, la peor debilidad de la película porque, sencillamente, cuando él no está en escena, la trama muere levemente. Sin duda, también hay que destacar el papel desempeñado por Marina Fois, dominadora de miradas, también enormemente contenidas en todo momento, con un momento cumbre en la terrible y emocionante discusión con su hija en la cocina de la casa en el que se pone de manifiesto el salto generacional casi insalvable que se ha construido entre una juventud que ni admite, ni quiere ser aconsejada, que desprecia a sus mayores y que sólo la experiencia puede curar de sus males. Mención especial también para Denis Menochet, el recordado señor Lapatite de Malditos bastardos, de Quentin Tarantino, pusilánime aunque decidido; y para Diego Anido, penetrante con su forma de mirar pétrea que esconde todos los rencores que luchan por salir y rapar a la bestia que impide su progreso.

Este extraño cruce de Perros de paja, de Sam Peckinpah, y de Conspiración de silencio, de John Sturges, nos sumerge en el miedo rural, en la belleza siniestra que se puede esconder en tierras que han sido labradas y heridas, en animales que se han dado mil paseos y han pastado en el verde del Edén para dar la mejor leche y la carne más sabrosa mientras la rabia por el sacrificio diario puede crecer dentro de personas que, más allá de todo lo que puede inspirar un paisaje bucólico y abrumadoramente sano, quieren dejar de levantarse a las cinco de la mañana, no les apetece seguir oliendo a estiércol y no pueden ver más allá del hecho de que cada día es exactamente igual al anterior. 

ACCIÓN EJECUTIVA (1973), de David Miller

 

De repente, es como si una familia real de izquierdas se hubiera instalado en los alrededores de la Casa Blanca. Se supone que ya es suficiente con un solo Kennedy en la Casablanca. Cuando llegue el momento, ya nos ocuparemos de los otros dos. Un tipo que quiere regalar nuestras posiciones en el Sudeste Asiático, llegar a un ramillete de acuerdos en materia nuclear con Kruschev y permitir el ascenso de los derechos civiles de los negros no es bueno para el país, ni para nuestra causa. Y no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que nuestra causa es el dinero. Nuestros negocios, nuestros mercados potenciales corren un gran peligro con este traidor en la presidencia. Así que lo mejor es que se planeen bien las cosas. Y consultar con auténticos especialistas sobre el arte del francotirador. El fuego cruzado triangular es la clave. Cuando Kennedy esté en Elm Street, es hombre muerto.

Así que no hay que reparar en gastos. Lo primero es ganarse a nuestro favor a unos cuantos infiltrados dentro de las altas esferas. En la CIA, en el FBI y en la misma Casa Blanca. Lo segundo, es practicar con los mejores tiradores del país que, por aquellas cosas de la política de restricciones en los servicios de espionaje, están disponibles. Blancos móviles sobre vehículos descubiertos. Lo tercero, es permanecer bien atentos a la agenda política del presidente y elegir cuidadosamente el lugar. Lo cuarto, es preparar a un tal Lee Harvey Oswald como cordero preparado para el sacrificio. Es un hombre de los servicios secretos, eso está claro. Lo único que hay que hacer es servir su cabeza en una bandeja para que nadie meta las narices en el mundo de las finanzas. Kennedy, esté donde esté, será un hombre muerto.

Muchos, muchos años antes de que Oliver Stone se decidiera a hacer una película tan extraordinaria como JFK, el guionista Dalton Trumbo se aventuró a construir su propia teoría de la conspiración sobre el magnicidio más famoso de toda la historia metiendo el mundo de la alta empresa, aquellos que verdaderamente manejan los hilos, en la cúspide del complot. Hay alguna que otra teoría nueva, algún dato rematadamente erróneo, posiblemente desmentido con el tiempo, algún modus operandi que coincide plenamente con Stone, motivos idénticos, y un interrogante muy interesante al final sobre la coincidencia de la muerte de dieciocho testigos directos del asesinato que murieron, muchos en extrañas circunstancias, en los cuatro años siguientes a la consumación de los hechos. La película, por supuesto, se resiente del paso del tiempo. Lo que entonces parecería novedoso, hoy resulta irremediablemente antiguo e, incluso, barato. Por supuesto, se rehúye el estilo documental, a excepción del rescate de algunas imágenes televisivas de la época, y se deja sin explicación alguna la acción de Jack Ruby sobre Oswald. Al frente, Burt Lancaster y Robert Ryan, que planean milimétricamente todos los pasos con la introducción de errores de pura lógica. Aún así, la película resulta interesante, descriptiva en cuanto a la visión que se tenía a principios de los setenta sobre el hecho y, desde luego, valiente, porque fue la primera que se atrevió a hablar de este tema de forma abierta. Dalton Trumbo era así. No se pensaba demasiado a las teclas lo que iba a decir, pero lo decía sin ningún tapujo. Allí, el 22 de noviembre de 1963, se llevó a cabo una acción ejecutiva al más alto nivel empresarial.

martes, 15 de noviembre de 2022

QUIERO LA CABEZA DE ALFREDO GARCIA (1974), de Sam Peckinpah

Nunca es fácil viajar al infierno. Descender todos los peldaños hasta allí mismo, donde el diablo espera  con el tenedor y el cuchillo preparados, es duro y va a ser necesario sortear distintas pruebas ideadas por alguna mente más perversa que el mismo Lucifer. Al fin y al cabo, ¿qué puede hacer un simple pianista? Sí, es verdad, la cabeza de ese tipo que preñó a la hija de un todopoderoso mafioso mexicano, es bastante fácil de localizar, pero el trayecto va a ser muy extraño. Sobre todo porque, por ahí en medio, están esperando dos asesinos profesionales muy particulares que creen que las balas son las sílabas con las que se debe hablar. Y es entonces cuando esta odisea con cabeza se convierte en un periplo descabezado, feo, violento y, aún así, fascinante. La crueldad se transforma en el móvil de los protagonistas. Y no cabe duda de que, al final, habrá sangre. La recompensa es que, en el fondo, hay algo que no se dice, que no es y que, además, no parece. Eso es algo inevitable cuando hay que tratar con el mismísimo diablo.

A la interpretación áspera y difícil de Warren Oates en la piel de ese pianista atribulado, incauto y más listo de lo que, en principio, parece, hay que sumar esa atípica pareja de asesinos sanguinarios que incorporan dos actores tan poco cercanos a estos registros como Robert Webber y Gig Young. Pareja más allá del par de gatillos que manejan, en sus breves apariciones resultan magnéticos y misteriosos, a la par que evidentes en muchos de sus gestos. Un millón de dólares es un buen montón de motivos para ser ligero con el percutor y llevarse por delante a cualquiera. Y detrás de la cámara se halla un director salvaje y desatado como Sam Peckinpah. Sí, por supuesto, en algún momento parece que Peckinpah resulta algo chapucero en el acabado formal de la película, pero la historia parece incardinarse dentro de su piel, como si fuera parte de su personalidad puesta en celuloide. La impresión final es de un título hecho con ira, sin contemplaciones, en la línea de lo que él sentía en su indomable corazón, con la vileza propia del combate a bocajarro, con los días abrasadores de México en el ojo, con el rojo intenso de la violencia desbocada en su legendaria cámara lenta.

Bennie va a ser el catalizador de toda esta búsqueda y de este regreso. Y dentro de esta poesía de muerte, con sabor a polvo y a pólvora, parece que algo intrínsecamente hermoso que rellena sólo parte de las expectativas, como si Peckinpah quisiera enviar el mensaje de que esto no es lo más heroico del mundo, pero que, entre tanta orgía de sangre, es lo mejor que se puede ofrecer en una época a la que él ya no pertenece. Esa tierra de perdedores hartos de derrota sólo puede inundarse de rabia y venganza. La ferocidad forma parte del ser humano y también es hora de que el maligno se dé cuenta de que, de alguna manera, es un enemigo temible si decide enfrentarse a él. Y todo eso sin olvidar de que existe la camaradería, la amistad, el amor…Complicado, muy complicado. No todo el mundo es capaz de acompañar a Bennie mientras trae la cabeza de Alfredo García.