martes, 6 de octubre de 2026

FAUSTO (1926), de Friedrich Wilhelm Murnau

 

La guerra permanente entre Dios y el Diablo puede ser dirimida a través del alma de un hombre incorruptible. Ésa es la apuesta. Dos seres supremos jugando como niños con la única apuesta del mundo. Fausto es el objetivo. Se trata de corromperle hasta el rechazo, que venda su alma al Diablo solamente para conservar su eterna juventud. Fausto es un hombre preminentemente bueno, pero, como todo hombre, es débil. Su voluntad no suele ir acompasada de sus actos. No quiere hacer mal a nadie, sólo quiere probar algo parecido a la inmortalidad, ya que con su alquimia no puede hacerlo. La frustración inherente a todo ser humano resulta ser el arma definitiva para Satán. No hay nada que pueda mover más las voluntades que la decepción interior. Nada es como se sueña. Nada se realiza de forma ideal. El Diablo extiende su mirada por los pueblos y domina el cielo porque es el ángel de la maldad y eso es algo que corre como la pólvora por todos los rincones. Es más fácil, no lo dude usted, ser malo que ser bueno. Al fin y al cabo, ser un malvado implica la ausencia de conciencia. Fausto tiene que ser malo. De eso se va a encargar el maligno.

Friedrich Wilhelm Murnau realizó una película sorprendente en su estética. Venía ya de hacer algo casi demencial para la época con Nosferatu y decidió dar una vuelta más al más oscuro expresionismo realista con El último. El éxito de esta película hizo que los productores alemanes tuvieran una confianza ciega en el director y le concedieron un presupuesto prácticamente ilimitado para realizar Fausto. ¿Murnau vendió su alma al Diablo para poder hacer una película? Es posible, habida cuenta el terrible accidente que se lo llevó antes de tiempo, privándonos al resto de un genio que estaba revolucionando la ética y la estética del cine. O puede que sólo fuera una burla del destino, urdida por Dios. ¿Quién sabe? Lo cierto es que con Fausto se acercó mucho a la obra maestra y ha quedado solapada por otros títulos del director. Y es algo totalmente inmerecido.

No cabe duda de que gran parte del arte que reside en esta película también se halla en la interpretación de Emil Jannings como Mefistófeles, por mucho que, en algunos pasajes, sea excesivo en sus tics propios del cine mudo. Sin embargo, la estética que pone en juego Murnau, con unas ideas visuales tan innovadoras que aún hoy no han sido superadas, es lo que resulta más atractivo de este impresionante largometraje. No es sólo volver a recrear el relato más que sabido de Goethe, es sumergirse en un mundo salido directamente de la sala de máquinas de un creador que estaba enseñando fantasías en lugar de imágenes, ambientes en lugar de sensaciones, incomodidades en lugar de folletines, arte en lugar de cine.

Mucho cuidado si, en alguna ocasión, algún extraño viene a susurrarles halagadores palabras en el oído cuando el desánimo cunde en el corazón. Ése es el primer paso para empezar a pudrirse por dentro, aunque, muchas, muchas veces, no nos demos cuenta. Piensen que detrás de cada frase, siempre se esconde una intención. Y ahí es donde deben indagar. Más que en su alma.

viernes, 2 de octubre de 2026

DESPUÉS DEL SUEÑO (1992), de Mario Camus

 

A veces, el regreso de un largo exilio resulta algo que ha sido soñado en tantas ocasiones que nunca llega a producirse. Puede que la muerte salga al encuentro en el último momento y entonces todo queda reducido a un recuerdo nebuloso, propio de una ciudad marítima como Santander. Allí es donde vive Amós, un marinero que sueña con ver a su tío regresando de la Unión Soviética, donde fue deportado como uno de los niños de la guerra. El tío fallece y Amós trata de encontrar retazos de historia entre sus efectos personales. Sin embargo, hay un hilito que Amós va a seguir. Parece que, sorprendentemente, su tío era propietario de un cuadro original de Pablo Picasso. Así que en ese paraíso de humedad y sal, Amós se adentrará en un mar repleto de hipocresías, pistas falsas y fingimientos. Lo hará por una cuestión sentimental. Nada más. Nada menos.

Muchos despreciaron esta película de Mario Camus porque encerraba un ritmo exasperadamente lento que, en algún momento, puede incluso sacrificar el suspense de una película que atrapa en su argumento. Camus dirige con parsimonia, es cierto, pero no deja de seguir el hilo que lleva a descubrir una vida entera en el exilio y un aroma de misterio envuelve casa paso que da ese protagonista que encarna de forma absolutamente creíble Carmelo Gómez. Camus, sin embargo, no se queda ahí. Rodea a Gómez de un plantel fantástico para arroparle en sus pesquisas y por ahí tenemos apariciones como Antonio Valero, Lluis Homar, Fernando Rey, Fiorella Faltoyano, Ana Belén, Eulalia Ramón, Judit Mascó, Agustín González o Helio Pedregal y, con todos ellos, Camus consigue articular un mosaico de sensaciones en las que supera al supuesto misterio que encierra la llave de toda una existencia de dolor y distancia.

Puede que los mayores tesoros que conservemos en nuestra vida sean los recuerdos de aquellos a los que queremos y, también, a los que debíamos haber querido. La memoria suele ser traicionera en ese aspecto, y lo que hay que guardar como oro en paño es ese objeto, ese detalle, esa mirada, asociada a un instante que se quedó suspendido en el aire de nuestro almacén particular. Hay que clasificarlo, guardarlo y volver a él e, incluso, luchar por él. Algunos sabios sostienen que las cosas no las recordamos tal y como sucedieron, sino tal y como las recordamos la última vez. Puede que, después del sueño, haya que abrir los ojos y saber a ciencia cierta quiénes nos precedieron y qué hicieron, aunque nunca nos hablaran de ello. Nos llevaríamos más de una sorpresa, agradable o no. Lo cierto es que todas las respuestas acaban en el mar. Ese mismo que se presenta gris y apacible, expeliendo partículas de humedad para inundar el ánimo y saber que, a cubierto, siempre habrá un consuelo y que sólo los que afrontan la tempestad tienen muchas, muchas historias que contar. Y la vida, por cierto, también es parsimoniosa en su enorme e interminable plano secuencia. Tal vez por eso la criticamos.

jueves, 1 de octubre de 2026

LA BOLA NEGRA (2026), de Javier Calvo y Javier Ambrossi

 

Puede que el espacio en blanco se haya hecho un hueco dentro del alma herida. Lo fácil se ha abierto paso, buscando relaciones con la superficialidad de este mundo de redes y contactos esporádicos, huyendo de un pasado que jamás ha gustado porque la sensación de abandono se convirtió en una costumbre y, cuando ocurre lo impensable, se busquen respuestas con desesperación. En el fondo, la sorpresa de un texto que salió del poeta y que nadie ha podido leer. Un manuscrito muerto en vida. Y entonces, con todos los defectos humanos a cuestas, se empieza a mirar el mundo con los ojos de alguien que juró cumplir una promesa sólo para hacer que el amor fuera eterno, más allá de las balas, más allá de los odios, más allá de la incomprensión que siempre guarda el atraso.

En otro tiempo, un soldado comienza un viaje para descubrir lo que esconde su corazón. En medio de la muerte y del caos, halla cielos en lugares de infierno. Tal vez porque ya hay, también, otras llagas que siguen abiertas y que le obligan a escalar y sobrepasar sus propias flechas clavadas. La belleza es algo incomprensible en tiempos de destrucción y el destino, tan fatal como siempre lo imaginó el poeta, se gastará para apretar por última vez el gatillo que acaba con todo aunque se inicie un camino de redención que culminará otra generación. La muerte silba en un rincón y el caballo golpea el tambor de la llanura con la fuerza de las bombas. Y las letras fluyen para decir, una vez más, que nunca se podrá entender lo que se llega a querer.

En otro plano, más irreal, más hundido en el papel, un chico experimenta el rechazo de una sociedad que espera de él un comportamiento determinado. El orgullo herido también será un motor para que el niño de nieve hable con la voz a él debida y, entonces, todo se vuelve blanco y cristalino, haciendo que un manto de olvido, cruel y desagradecido, le cubra con voces de piedad que nunca podrán salir de una gente que se esconde tras la pompa de su propio aspecto. Apariencias y realidades, nieves en verano y lluvias de hospital, deseos ocultos y revoluciones calladas. Todo se une para que nunca se pueda entender lo que se llega a querer.

Javier Calvo y Javier Ambrossi encajan las piezas del rompecabezas con precisión, con un gran sentido visual, no siempre necesario, pero sí extraordinariamente efectivo, con una utilización de la banda sonora, en algunos momentos, bastante discutible, pero construyendo un gran fresco sobre reconciliación, sobre injusticias, sobre prejuicios que ya deberían estar superados, con sus errores y con muchos aciertos. No existían los ceniceros en los cafés de la República, la revista de corte de pelo en el ejército era bastante permisiva, quizá el poeta no era tan amanerado según las pocas imágenes que nos han quedado de él, pero hay una buena base a partir de esas poquísimas páginas que han quedado de una obra inacabada de Federico García Lorca para armar una historia que acaba por entrar en el imaginario de quien deja sus ideas políticas en el hall del cine. Sin duda, Guitarricadelafuente realiza un excelente papel, lleno de inseguridades y de miradas que quieren atisbar más allá de las trincheras, Glenn Close resulta elegante y liberal como los salones del Ateneo en su breve aparición, Milo Quifes coloca esos ojos inquietos en su personaje, tan extraviado que no deja de buscar una salida a su inquietud. Un escalón más abajo, Miguel Bernardeau, como siempre corto dramáticamente, pero presta un físico imponente y, hay que decirlo, bastante improbable en la época, Lola Dueñas, excesiva y casi rechazable, Penélope Cruz, breve, pero impensablemente con buena dicción cuando se esfuerza con el acento castizo. El resultado es que la emoción llama a la puerta, sin entrar del todo, pero lo hace con convicción, con vocación de buen cine, con alguna que otra idea visual muy interesante y con la certeza de que va a gustar mucho en otros lares. Por eso, tal vez, el cine nunca entenderá cuánto le queremos.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA (1955), de Billy Wilder

 

La picazón de los siete años. Ya se sabe, es ese gusanillo que entra al ciudadano medio, casado, posiblemente con hijos y bordeando la cuarentena con el que empiezan a entrar pensamientos tales como que hay vida más allá del rellano de su casa, que se ha perdido demasiado tiempo en las preocupaciones propias del hogar y que, sin buscarlo ni pretenderlo, pero aprovechando, sueñan con alguien que se pone a tiro, por ejemplo, en las típicas vacaciones en las que se envía a la mujer y al hijo a un lago mientras se queda trabajando en la ciudad con los rigores del calor y el asfalto. Lo que se ha llamado toda la vida “de Rodríguez”. Al principio, todo es liberación. Una cenita ligera en algún sitio, llegar a casa, dejar los zapatos en cualquier rincón, ponerse cómodo, servirse una copa y disfrutar de los placeres de la televisión o de cualquier buen libro. Ni se busca, ni se pretende. Hasta que se entera de que la vecina de arriba está como un queso y que un poco de compañía para tontear nunca viene mal.

El relato se complica porque la imaginación suele correr más rápido que la realidad y se empieza fantasear con situaciones, con músicas, con veladas repletas de romanticismo, o de pasión desenfrenada, o de elegancia suma, o de veleidades propias de esos cuarenta años, siete de los cuales se han pasado siendo el esposo obediente y tan útil como cualquier mueble de los que adornan el apartamento. Se preparan los cócteles, se ensaya al piano, se coloca en el tocadiscos el Concierto número dos para piano y orquesta de Sergei Rachmaninov y ese físico mediocre que se ve todas las mañanas en el espejo…resulta igual de mediocre en una realidad deformada por los sueños. Sí, los hombres también juguetean con el pensamiento, pero no lo suelen decir. Es un fenómeno muy curioso que se multiplica con los años.

Billy Wilder dirigió una comedia sin pretensiones, trasladando con extraordinaria inteligencia el original teatral de George Axelrod y haciendo que la tentación viviera arriba con el rostro y la figura de Marilyn Monroe. Así cualquiera. Bien es cierto que Wilder lamentó durante toda su vida que no le dejaran contar con Walter Matthau para el papel del “Rodríguez” en cuestión y que le impusieron a Tom Ewell como protagonista porque había sido el actor que había llevado a buen puerto la obra teatral. Ewell no lo hace mal, cumple y, en algunos pasajes, resulta realmente adecuado, pero llega a asustar la posibilidad de haber podido realizar esta película con un hombre tan extraordinario en los terrenos cómicos como Walter Matthau. Muchos consideran esta película como una obra casi intrascendente dentro de la filmografía de un director como Billy Wilder, pero el resultado es bueno, muy bueno, con escenas terroríficamente reales porque esa imaginación que despliega el protagonista se introduce en muchos secretos de todos aquellos que, alguna vez , se han quedado solos en los rigores del verano con ese cigarrillo que la parienta te prohíbe, con esa copa que no te deja nunca tomar y con esa tranquilidad silenciosa que se adueña del hogar cuando hijos y mujer están fuera. Es lógico que se presente esa picazón…ni querida, ni pretendida.

martes, 29 de septiembre de 2026

REY Y PATRIA (1964), de Joseph Losey

 

El olor del barro pegajoso parece que impregna el aire mientras las bombas parecen no tener fin a lo lejos. En medio de tanta barbarie, parece de locos convocar un Consejo de Guerra para juzgar una deserción. El acusado es el soldado Arthur Hamp, un chico sencillo que se ha visto envuelto en esa estúpida y estática guerra de trincheras en la que cada avance es una invitación a la muerte. En esa atmósfera gris y fúnebre se designa al Capitán Hargreaves para defenderle. Y casi todos los compañeros del chico han muerto. ¿Cómo se puede perseguir a un desertor que, prácticamente, se quedó sin unidad? El soldado en cuestión no tiene muchas luces, no cree que le vayan a ejecutar. Sería estúpido prescindir de él, que es la perfecta carne de cañón para cualquiera que tenga un grado. Hargreaves, como corresponde a un oficial y caballero, al principio lo desprecia, pero, poco a poco, se va dando cuenta de que hay algo más detrás de ese chico que parece apocado, obediente y que no responde en absoluto al perfil del típico desertor. En el Consejo de Guerra se descubrirá la negligencia de algunos oficiales y parece que es posible que el chico se libre del pelotón de fusilamiento…pero no hay que olvidar que el estamento militar es muy amante de dar ejemplo con los más indefensos. El Capitán Hargreaves luchará hasta el último momento por demostrar que ese pobre chaval no merece ser ejecutado.

Es inevitable pensar en Senderos de gloria, de Stanley Kubrick, al hablar de esta película. Tiene muchos puntos de contacto con ella, aunque es una producción más modesta, dirigida por un hombre de probada competencia como Joseph Losey y que no oculta su intención de mostrar el lado más feo de la guerra. Por supuesto, desliza una crítica feroz al ejército inglés, inflexible con sus normas, que no se pueden saltar bajo ningún concepto, incluso aunque esté en juego la vida de un ser humano. El resultado es una película inusualmente áspera, que mira al barro que se acumula, pero también al rostro de todos los intérpretes entre los que destacan, por derecho propio, Tom Courtenay en la piel del soldado Hamp y Dirk Bogarde, impecable en el rol del Capitán Hargreaves encargado de su defensa. Especialmente ilustrativo en ese oficial impoluto y casi impasible es esa caída en el barro por culpa de un resbalón que hace probar el sabor del fango a quien usa galones.

Cuando todo está perdido, lo más seguro es que, efectivamente, todo esté perdido. Más aún si la decisión de vivir o morir depende de unos tipos que no hacen más que mandar corderos al matadero sin calcular el riesgo y la posible pérdida de vidas humanas en masa. Lo cierto es que es difícil luchar contra todo ello porque, aunque tienen oídos, no los utilizan. Aunque tienen razón, no la ponen en práctica. Aunque haya un rastro de fingida humanidad en sus diletantes personalidades, no la rescatan. Así, lo único que queda es echarse un buen trago y abrazar la inconsciencia. No merece mucho la pena seguir viviendo cuando se derrumba absolutamente todo a tu alrededor y ni siquiera queda la esperanza.

viernes, 25 de septiembre de 2026

LA SEÑORA PARKER Y EL CÍRCULO VICIOSO (1994), de Alan Rudolph

 

El círculo vicioso del Hotel Algonquin. Una mesa llena de intelectuales de la época que se reunían allí para discutir sus proyectos, parlotear sobre la actualidad y conocer las inquietudes de los demás. Entre ellos, nombres muy señalados como Alan Campbell, Donald Ogden Stewart, Ben Hecht, Robert Benchley, Charles McArthur, Edna Ferber o Dorothy Parker. Sí, todo eso se ponía sobre la mesa del Algonquin, pero también había un ingrediente más y es que todos coqueteaban peligrosamente con la desesperación. En el fondo, no veían mucha solución a un mundo  que se encaminaba ineluctablemente hacia el extremismo, hacia posiciones encontradas que harían imposible cualquier entendimiento, incluso, entre ellos. Y aún había algo más de postre y es que el amor saltaba de silla en silla, porque todos, lo que más deseaban en el mundo era ser amados. Y el amor siempre se vende muy caro y, lo que es aún peor, se hunde en medio de los océanos de la desesperación. Eran mentes privilegiadas, brillantes, agudas, cultas, casi perfectas, pero sufrían porque, en parte por sus propios errores, no conseguían encontrar lo que más querían en ese mundo que marchaba hacia el caos a paso de la oca.

Entre ellos, una mujer independiente, libre, autodestructiva, más brillante que muchos de los componentes de la mesa del Algonquin. Dorothy Parker sabía de las debilidades humanas, de hombres y mujeres, pero era bastante incapaz de lidiar con las suyas propias. Su día empezaba cuando se reunían en esa mesa de ideas superlativas y se terminaba con una resaca bien entrada la tarde después de haberse ido a la cama con algún espejismo del amor que tanto quería dar y recibir. Dorothy vivió hasta los setenta y cuatro años, pero, seguramente, murió mucho, mucho antes.

Excelente película del ya olvidado Alan Rudolph, aquel director que revolucionó las carteleras de medio mundo con Elígeme, con Lesley Ann Warren y Keith Carradine, o con Inquietudes, con Kris Kristofferson y Genevieve Bujold. Aquí se fija en una mujer admirable que perdió parte de su norte porque nunca tuvo la estabilidad sentimental que anhelaba. Los ambientes están perfectamente retratados, las tramas paralelas fluyen con facilidad y los destinos de cada uno de los integrantes de la mesa del Algonquin parecen coincidir en esa tabla redonda que la prensa no dudó en bautizar como “el círculo vicioso del Algonquin” y que marcó una época en cuanto a la intelectualidad, a la creación y a la imposibilidad de conseguir herederos que supieran continuar con la tradición de reunirse para hablar de todo un poco y de nada un mucho. El resultado es una película ágil, en la que se mueven los sentimientos como cubos de hielo en el fondo de un vaso de whisky y en la que se sienten los dolores de una vida que, estando llena de belleza, se empeña en ser fea para aquellos que miran más allá de la siguiente esquina.

Asómense a estas tertulias y a estas desesperaciones. Hay más lecciones en ellas de las que podemos aprender. El círculo vicioso, en el fondo, fue un ágora de olores calientes y sabores fuertes. Y Dorothy Parker era una mujer con toda la extensión de la palabra.

jueves, 24 de septiembre de 2026

TIEMPO DE VICTORIA (2026), de Anthony Maras

 

Las grandes decisiones pueden depender de pequeños detalles. El desembarco de Normandía colgaba de un hilo por aquello del tiempo que podía hacer en el momento en el que las tropas aliadas tocaban la orilla. Y esto es algo que no sólo trata esta película sino que hay amplia literatura acerca de ello. Tanto es así que hubo un aplazamiento del desembarco porque había una alta probabilidad de precipitación. No sólo en cuanto al tiempo atmosférico sino también por la ambición de unos cuantos oficiales que buscaban la gloria mucho antes que la victoria. Eso era algo que no se podía permitir. Y mucho menos consentir. En ningún sentido.

Por ello, el Alto Mando Aliado se esmeró en reclamar al mejor meteorólogo británico, el Capitán James Stagg. Un hombre que se sintió incómodo desde el primer momento porque creía que no debía estar allí, velando por las vidas de miles de hombres, sino al lado de su esposa, a punto de dar a luz. Por si fuera poco, el meteorólogo americano, el Coronel Krik, se convirtió en su enemigo en casa ya que era más amante de los modelos que de las predicciones y eso chocaba frontalmente con la observación científica que Stagg preconizaba. Eisenhower, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Expedicionarias, tuvo que elegir.

Ése es el conflicto y, en él, se hallan debilidades humanas como condicionantes en un ambiente opresivo, casi carcelario, en donde cualquier error podía resultar fatal en algo tan escurridizo como el pronóstico del tiempo. Basada en una obra teatral previa, el director Anthony Maras articula una película eficaz, algo plana dramáticamente, bien interpretada con Andrew Scott siendo lo bastante intenso en su tormento interior como el Capitán Stagg, con Brendan Fraser poniendo el rostro y la caracterización convincente del General Eisenhower, con Chris Messina poniendo palos en las ruedas como el arrogante Coronel Krik, Damian Lewis sobreactuando como el General Bernard Montgomery y, por encima de todos ellos, esa estupenda actriz que es Kerry Condon como la secretaria y asistente personal de Eisenhower. El resultado es una película dinámica, redundante en algún pasaje que otro, que puede decepcionar a aquellos que van con la esperanza de asistir a una historia de guerra cuando es un enfrentamiento de despachos y competencias, de deseos de precipitación y de lluvias y marejadas, de mapas de historia meteorológica y de física atmosférica. Cojan el chubasquero y aguarden. Hay disfrute en ella aunque, quizá, se quede corta en algunos de sus extremos.

Y es que siempre hay que confiar en aquellos profesionales que saben hacer bien su trabajo. Puede que parezca que no están donde deben estar, al fin y al cabo, todos tienen una vida, pero saben lo que hay que hacer y, lo que es más importante, cuándo hay que hacerlo. De sus conocimientos dependen las vidas de muchos hombres y, en este caso, la libertad de Europa. De sus decisiones se derivan muchas consecuencias que las mentes ajenas apenas pueden atisbar. Puede que un meteorólogo decida que no hay que poner en riesgo nada a pesar de que el sol brille o, al contrario, que esté convencido de que es el momento adecuado para asestar un golpe decisivo a la guerra cuando está diluviando. El tiempo, con sus minutos renuentes, parece que se detiene y los pensamientos se vuelven tan pesados como un saco de trinchera. La verdad, por lo general, va en contra de la gloria. Más aún cuando esa verdad es parte de un trabajo concienzudo, en un terreno en el que la duda siempre tiene su cuota abonada. En su desempeño están todas las miradas, todos los mapas, todas las predicciones, todas las responsabilidades y todas las frustraciones. Son fáciles de reconocer. Son aquellos a los que se les echará la culpa si algo fracasa, aunque sólo han hecho su trabajo lo mejor que han podido, han informado con rigor y han expresado su conformidad o su disconformidad con algún extremo que nadie quiere asumir. Eso es algo que, hoy en día, parece haber perdido gran parte de su valor.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

DILLINGER (1973), de John Milius

 

Nunca hubo un gángster más cinéfilo que John Dillinger. Sin disculpar su brutalidad en absoluto, era un amante de las películas. No se perdía una y cuenta la leyenda que su actor favorito era Douglas Fairbanks al que le gustaba imitar entre sus compinches, saltando de un lado a otro simulando estar enfrascado en una lucha a espada. De hecho, su muerte vino dada porque el FBI sabía exactamente cuáles eran sus gustos cinéfilos y le tendieron sendas trampas en los dos cines en los que creían que podría estar. Fue en el cine Biograph, saliendo de ver a Clark Gable, Myrna Loy y William Powell en El enemigo público número uno, de W. S. Van Dyke. El FBI le acribilló por la espalda después de identificarse.

Con estos mimbres, John Milius escribió y dirigió esta película y se ocupó personalmente de convencer a Warren Oates para que interpretase al malvado criminal porque, además de ser un excelente actor, también guardaba un cierto parecido físico con él. La película está espléndidamente ambientada en los años treinta y no ahorra críticas hacia el villano, aunque tampoco se queda corto con los métodos del FBI a través del personaje de Melvin Purvis, el hombre que lo cazó y al que le presta su expresión el actor Ben Johnson (curiosamente Oates y Johnson interpretaron a los hermanos Gorch en la mítica Grupo salvaje, de Sam Peckinpah). El caso es que Dillinger y su banda aterrorizaron a todo el medio Oeste de Estados Unidos perpetrando doce atracos en distintos bancos en apenas un año. Por supuesto, sin escatimar violencia y llevándose por delante a los que osasen interponerse en su camino, entre ellos, un agente del propio FBI.

El resultado es una película llena de vigor, de mirada algo lejana, con una fotografía muy contrastada, ligeramente acelerada en algunos pasajes, pero que está a años luz por delante del intento más moderno de Michael Mann en su casi infame Enemigos públicos, con Johnny Depp. Aún así, Milius no deja de ser truculento en algunos pasajes aunque, más que truculento, podríamos decir que es descarnado, precisamente, porque no quiere presentar a John Dillinger como un santo, sino que era un asesino y un ladrón sin conciencia a pesar de ser un amante del cine que el propio director también ama.

Es mejor no olvidar que las personas, por malvadas que sean, tienen múltiples facetas que hacen que nunca estén hechas de una sola pieza. Un hombre puede sonreír y seguir siendo un canalla. Un hombre puede matar y admirar algo que también nos secuestra el pensamiento. La belleza no está vedada a nadie, ni siquiera a aquellos que se empeñan en destruirla. Y esa dualidad es la que Milius quiere resaltar en ésta película, que fue la primera vez que se puso tras las cámaras. Rodeado de un equipo competente y la intromisión del mismísimo John Edgar Hoover que le exigió cambios en el final para presentar una imagen más amable del FBI, Milius ofreció una buena película que se halla lejos de la obra maestra, pero que resulta estimable. Ah, y si deciden verla, esperen a que terminen los créditos finales. Eso no tiene precio.

martes, 22 de septiembre de 2026

LABIOS SELLADOS (1957), de Karl Malden

 

De acuerdo, el Mayor Cargill ha sido un traidor en Corea. Sin embargo, el Teniente Coronel Edwards, encargado de investigar los hechos para acusarle de alta traición, no está tan seguro de que el asunto permita categorizarlo todo. Cargill ha sido un héroe, pero como dice él mismo, no se puede pedir a un hombre que sea un héroe todo el tiempo. Puede romperse en mil pedazos en su último mes, o en su última semana, o en su último minuto. La presión que se soporta en combate es tan insoportable que puede trasmutarse en otra persona. El Teniente Coronel Edwards le interroga, por supuesto, pero también quiere saber la opinión de todos los que rodearon al Mayor Cargill en el frente de batalla. ¿Fue un traido? ¿Hasta qué punto? ¿Llegó a la simpatía con los comunistas? ¿Traicionó por ideales o por una sutil tortura psicológica? ¿Era un buen hombre? ¿Sus hombres le respetaban? ¿Era un tipo de carácter voluble? ¿Sabía lo que hacía?

En todo este mar de dudas que sólo tratan de esclarecer la verdad, el Mayor Cargill sólo se niega a contestar una pregunta y es ¿Por qué? Y lo peor de todo es que parece no importarle en absoluto arriesgarse a una ejecución en un futuro consejo de guerra. Edwards está impresionado con el historial de guerra de Cargill y esa pregunta, ¿por qué?, le obsesiona. No puede creer que un hombre con la determinación y la templanza del Mayor Cargill haya llegado a ese tiempo límite que todo hombre tiene antes de romperse en mil pedazos y sucumbir a la humillación del enemigo. La respuesta a esa pregunta será el sorpresivo desenlace de esta espléndida historia que, como curiosidad, resulta ser la única película dirigida por el actor Karl Malden. ¿Por qué no dirigió más? Su contestación fue rotunda: “Prefiero ser un buen actor que un director mediocre”.

No tiene nada de mediocre este espléndido drama militar en el que el misterio se reduce a las motivaciones del personaje del Mayor Cargill, interpretado con eficacia por Richard Basehart. Ahora bien, quien lleva todo el peso de la función y realiza un trabajo maravilloso, quizá uno de los mejores de su carrera, es Richard Widmark en la piel del Teniente Coronel Edwards. Incansable buscador de la verdad que intenta comprender las razones que llevan al límite a un hombre a colaborar con el enemigo, con una claridad de ideas para las que tiene siempre una respuesta, con un aplomo militar absolutamente creíble, Widmark crea un personaje de peso, casi se podría decir que memorable, con grandes matices y con un dramatismo totalmente convincente.

Así que, si se deciden por el camino de la traición, que sus buenas razones tendrán, asegúrense de contar con un investigador como ese Teniente Coronel Edwards. Sólo él se va a preocupar de contar la verdad más allá del marasmo de actuaciones propagandísticas o cara a la galería que siempre supone el anuncio del enjuiciamiento de un tipo que ha colaborado con el enemigo. Sólo así se podrán entender los porqués. Los cómos y los cuándos son sólo espejos para la opinión pública y acaban por olvidarse con la siguiente traición.

viernes, 18 de septiembre de 2026

GREYHOUND (2020), de Aaron Schneider

 

Un capitán novato debe encabezar la escolta de un convoy mercante. Su corbeta es un buen barco, manejable, con una tripulación muy profesional. Es un hombre de creencias y no es de extrañar que utilice a Dios como asidero y consuelo en un pedazo de mar al que llaman, no sin razón, “agujero negro”. En esa zona del Atlántico Norte, los alemanes hacen de las suyas a sus anchas porque no es posible proporcionar cobertura aérea a ningún barco. Los convoyes mercantes dependen sola y exclusivamente de su escolta. En esta ocasión, son veintinueve barcos que están a merced de las cuatro corbetas de guerra.

Sin embargo, lo que parece imposible, ocurre. No sólo deben atravesar con la máxima rapidez ese vacío de seguridad en un mar que ha decidido ponerse hostil, sino que también se encuentran con lo que en el argot marino se conoce como una manada de lobos, es decir, un número indeterminado de submarinos dispuestos a causar todas las bajas posibles. El agua no ayuda, sólo se dependerá de la pericia de ese capitán en su primera travesía. Y por el cuaderno de bitácora, el tipo es de lo más competente.

De esto modo y con una dirección modélica, podemos apreciar los movimientos a babor y a estribor, esquivando torpedos, corriendo en pos de echar una mano a la cola del convoy donde los alemanes están hundiendo a un carguero griego, destruyendo los nervios de acero que hay que tener cuando los lobos aúllan dispuestos a devorar la presa, haciendo un trabajo que nadie más quiere hacer. Ese Greyhound, que se podría traducir como Galgo, se multiplica para atacar, defenderse, salvaguardar a los demás, rescatar a los supervivientes y salir vivos. Y el mar, mientras tanto, no deja de golpear con su furia recargada con espuma, zarandeando a las personas y a las ideas y dejando muy poco espacio a una lógica que es complicadísimo conservar.

Excelente película centrada, prácticamente, en Tom Hanks en la piel de ese capitán que, con sus momentos de vacilación, sabe a la perfección cuáles son los pasos a seguir para hacer frente a esos malditos nazis que, por si fuera poco, también se dedican a la guerra propagandística a través de diferentes canales de radio. En su favor, no es un héroe de una sola pieza porque el miedo se dibuja en muchas de sus decisiones. Actúa, pero no está seguro de nada, aunque su deber es dar esa impresión a toda su tripulación. Si él resiste, ellos aguantarán mejor. Es así de simple. La mayoría de ellos son muy jóvenes. Y él no puede comer pensando en la inmensa responsabilidad que está a punto de ser horadada por un proyectil enviado por esos malditos nazis, lobos sin piedad, que quieren ver al galgo hundido y pidiendo socorro.

Así que prepárense para embarcarse en un viaje en el que las millas se contarán por nervios, las alarmas serán continuas, las maniobras, hábiles; las órdenes, precisas. Y todos deben estar en sus puestos y listos para acatar las indicaciones del capitán. Al fin y al cabo, la mejor manera de enfrentarse a una manada de lobos es convertirse en cazador.

jueves, 17 de septiembre de 2026

EL NIDO(2026), de Hugo Stuven

El miedo no es más que un punto de vista. Puede ser para quien haya sufrido y repetido algunos errores que cometieron sus anteriores. O. tal vez, puede ser para quien aparezca como visitante. O, incluso, puede ser para aquellos que permanecen. Adopta las más distintas formas y, casi siempre, como un auténtico velador de pensamientos, tratando de eliminar la razón, de hacer que la única guía sea el instinto, casi siempre erróneo. El miedo suele ser el enemigo a batir. Vivir con miedo es prácticamente convertirlo en un contrincante contra el que no se puede vencer. Es el dominador de ideas. Es el impulsador de arrebatos. Es el encendedor de violencias.

Y es que el miedo también puede habitar una casa en la que huele a madera mohosa y en la que el tiempo parece haberse detenido. Es un miedo sin tiempo. Allí se transformó en el detonante de vidas desperdiciadas, de desgracias que el destino se encargó de realizar a conciencia, de traumas que no suelen pasar de largo. Invade los sueños. Carcome las sensaciones. Tritura la verdad a su conveniencia. Ni siquiera cuando se presenta vestido de racionalidad es un elemento fiable. Se arrastra por los raíles hasta llegar a la encrucijada en la que hay que levantar fantasmas y hacer que jueguen a favor. Los ojos parecen salirse de sus órbitas para llegar a un hecho que se escondió en el bosque de la memoria y sólo las lágrimas de desesperación harán que vuelva para explicarse.

Interesante película la realizada por Hugo Stuven en la dirección, con una presentación modélica de personajes, con algún que otro error leve, con cierta querencia hacia Night Shyamalan, con una actriz que resulta extraordinaria en algunos pasajes como Michelle Jenner, espléndidamente secundada por Luisa Gavasa y con algunos ases en la manga que acaban por ser previsibles hasta que llega la jugada final en la que sorprende ahogando las creencias y castigando las seguridades. Casi con un solo escenario, haciendo que sea parte protagonista de una trama que ya está en marcha cuando comienza la historia, Stuven realiza una película que llega al notable, con sentido, con un buen dominio de los espacios cerrados y con una permanente pregunta flotando en el ambiente…sólo que no siempre es la misma pregunta.

Arrástrense por estos raíles de miedo y misterio en una charada psicológica rural que acaba por ser tremendamente perturbadora. La película empieza con miedo y termina con miedo. Es el mismo que experimentamos todos cuando abrimos la puerta de nuestra casa ante el incierto caos que nos espera al otro lado. El miedo toma partido y, a veces, es un viento a favor. ¿Quién sabe? Hay que decir la verdad en un macabro juego en el que todo es mentira porque la realidad también experimenta pánico. Y nada es más siniestro que el desplazamiento a través de esos hierros sujetados con fuerza al suelo de una realidad ficticia, construida con la base de una madera húmeda y traidora. Quizá sea un buen plan probar algo de playa e ir a ver el mar para que la mente pueda evadirse de un ambiente viciado, esclavizado, atormentado y rayano con la locura. Sí, porque esa es la consecuencia favorita del miedo. La locura. La seguridad de que se alteran las reglas de la vida para adecuarse a unos parámetros en los que el ser humano sea capaz de estar cómodo porque ya no quedan más salidas. Es como el cuco, que abandona sus crías en nidos ajenos. Y ya se sabe que quien lo sobrevuela termina con el trastorno servido. No lo olviden. Los raíles del miedo les conducirán por esos caminos. Por mucho que el aislamiento haga su trabajo y construya una burbuja de naturaleza. Por mucho que quieran olvidar que, un día, fueron presa de otras locuras que sólo merecen la muerte. Miren por debajo de la puerta. Tal vez lleguen a atisbar lo que nunca quisieron ver. Todo está en esta película. No hagan caso de este galimatías que es consecuencia de mi propia insania.

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL PUENTE SOBRE ESTAMBUL (1975), de Maximillian Schell

 

Un policía suizo es asesinado en extrañas circunstancias y se asigna el caso a un inspector encallecido que no lleva una vida fácil. Su conciencia no se halla muy limpia, su salud no está para abusar, ni siquiera, de la noche y, por si fuera poco, le han puesto al lado a un novato que no sabe ni sorberse los mocos. Estupendo. Además, según va avanzando el caso, el inspector se encuentra con que su superior no es todo lo expeditivo y trabajador que debería ser y que empieza a moverse con subterfugios poco recomendables el cariz político de un asesinato que sólo debería ser un caso más. La inteligencia parece ser un arma que todos rechazan. La oscuridad se cierne. Todo el mundo es culpable.

Esta pequeña y sucinta descripción de los hechos podría dar lugar a que creamos que ésta es una película más con su misterio, su búsqueda criminal y su serie de tópicos más o menos manidos en cualquier policiaco que se precie, pero hay algo más. La historia parte de un escritor tan extraordinario y atípico como Friedrich Dürrenmatt y la narración está llena de vacíos imposibles que acaban por tener su sentido siempre y cuando se tenga cierta paciencia. Las confusiones se suceden porque el crimen tiene un elemento muy importante de caos y de malvada truculencia. El ambiente en el que se desarrollan los hechos es permanentemente frío, hostil, como si quisiera rechazar cualquier investigación sobre un crimen que no tiene demasiada lógica en su planteamiento. Además de todo ello, sorprende ver en el papel del inspector resabiado a un hombre como Martin Ritt, director de la generación de la televisión y responsable de títulos como Hud, o Cartas a Iris, acompañado de Jon Voight como el novato y de Robert Shaw como el villano sin redención. El toque femenino, muy adecuado, muy motivador y muy bien interpretado, corresponde a Jacqueline Bisset. Y detrás de las cámaras, Maximillian Schell tratando de hacer que, entre tanto sin sentido, el espectador se quede enganchado intentando averiguar qué diablos está pasando.

El resultado final es una película apreciable, sin llegar al sobresaliente, con una realización apropiadamente centroeuropea, con motivaciones muy oscuras detrás de cada uno de los protagonistas y con una cierta morosidad en el avance de la trama. Schell no acierta con el ritmo, pero sí con las historia que acaba por ser realmente sorprendente e inesperada en su desenlace final.

Así que tengan mucho cuidado en esas ciudades en las que todo parece estar en orden y en las que el tiempo parece detenerse en sus limpias y húmedas aceras. Son esas urbes de aire silencioso, en las que nada parece estar fuera de lugar y todo guarda una escrupulosa tranquilidad. Por debajo de esas piedras geométricamente dispuestas, de esos paveses o de esos puentes inmaculados, transcurren corrientes de diabólica invención, que abominan de todo ello y tratan de desestabilizar lo más posible cualquier consideración moral, profesional o de convivencia. Berna es el escenario. El resto lo pone la sangre de los que van a caer. Uno a uno, en silencio, como las hojas que se depositan suavemente mecidas por el viento en el suelo impoluto de un parque suizo.

martes, 15 de septiembre de 2026

MIRANDO HACIA ATRÁS CON IRA (1956), de Tony Richardson

 

Jimmy no ha tenido demasiada suerte. Hizo muchos sacrificios para licenciarse en la universidad y ahora está trabajando como simple vendedor porque la vida no le ha dado ni la más mínima oportunidad. Simplemente, no consiguió encontrar un trabajo acorde con su valía. Se siente infeliz. Tampoco cree que haya acertado especialmente con su matrimonio. Su mujer era bonita, pero, poco a poco, lo que pudo sentir por ella se ha desvanecido. En parte, porque se mueven en entornos grisáceos, que tienden a anular cualquier atisbo de ternura en medio de una sociedad fría, que trabaja día y noche para poder pagar las letras de la nevera. Jimmy tiene algunos días buenos, pero también muchos malos. Puede que haya algo de bipolaridad en él, aunque eso, en aquella época, sonaba a término incomprensible. ¿Cómo puede ser una persona bipolar? O eres amable, o eres desagradable. No puede haber unos días de un lado y otros del contrario.

Jimmy cree que su mujer es demasiado reservada. No le cuenta nada, no le hace partícipe de nada. Es como si él estuviera al margen de la vida que ella vive. En determinado momento, Jimmy pierde los nervios y la empuja. Mal momento. Ella estaba planchando y se quema. Va al médico y, allí, se entera de que tiene una mano quemada y de que está esperando un hijo. Maldita vida enredadora. Una amiga que es actriz viene a pasar unos días y empieza a meter ideas malsanas en la esposa. Lo mejor es que Jimmy se quede solo. Las iras estallan, las diferencias se ensanchan, la vida se estira. Y Jimmy, como no puede ser menos, en un arranque de furia, acaba haciendo el amor con la visitante.

Tony Richardson dirigió esta película fundamental dentro del movimiento del Free Cinema inglés, con Richard Burton, Claire Bloom y Mary Ure en esos papeles perdidos, errantes dentro de una gran urbe que no resulta nada acogedora y que es particularmente cruel con quien no se adapta al sistema diario de frustraciones e infelicidades. Eso es lo que no querían los cineastas bien pensantes de la época. Mostrar la cantidad de desgracia que alguien normal podría acumular y hacer sentir miserable al público por asistir, impotente, a esa espiral de acontecimientos dañinos para cualquiera en unos personajes extraviados en sus comportamientos, en sus pensamientos y, también, en sus sentimientos. Pesimismo real. Cine en la calle.

Puede que, quizá, los obstáculos vitales sean insalvables o, al menos, lo parezcan, pero ya en 1956 se lanzaba un mensaje hacia la moderación del ánimo, hacia la objetividad de la mirada y hacia la serenidad de la rabia. Algo que se antoja inusualmente moderno también hoy en día. John Osborne supo trasladar todo eso a la obra teatral en la que se basa esta película y los jóvenes airados británicos de la época recogieron el testigo para mostrárselo a todo el mundo. Toda valla debe derivar en una enseñanza. Toda tranquilidad del alma debe construir al ser humano. La furia y esa rebeldía que pide a gritos tomarlo todo por la fuerza no deben ser armas para cambiar nuestros particulares microcosmos. Miremos alrededor, tenemos más de lo que nos merecemos en la mayoría de los casos.

viernes, 11 de septiembre de 2026

MARK RYDELL: PERMISO PARA RODAR EN LA ETERNIDAD

 

Echando un vistazo rápido a la filmografía de Mark Rydell, uno se puede dar cuenta de que era un director instalado en la serenidad. Graduado en Música por Julliard y en interpretación por la Escuela de Nueva York, Rydell sabía desde el principio que quería dedicarse al arte. Lo intentó con un cuarteto de jazz e, incluso, opositó para el puesto de director sinfónico en alguna pequeña orquesta de allí y de allá. Por formación y época, se le podría encuadrar en lo que se denominó como Segunda generación de la televisión al lado de nombres tan ilustres como Stuart Rosenberg, Alan Pakula o Sidney Pollack, porque allí dirigió sus primeros pasos hasta que quiso dar su salto al cine. Primero, alquiló sus servicios como actor y, más tarde, dio el paso definitivo para situarse tras las cámaras.

Su primer trabajo para el cine fue, precisamente, como actor juvenil. Se paseó al lado de John Cassavettes, James Whitmore o Sal Mineo para Crimen en las calles, de Don Siegel, una indagación sobre la delincuencia juvenil de finales de los años cincuenta. Ni mucho menos era el protagonista, pero sí que se puede apreciar que era uno de esos actores de fondo de escenario que proporcionan textura a una película. La interpretación de la que siempre se sintió más orgulloso fue la del mafioso Marty Agostino para Un largo adiós, de Robert Altman, poniéndole las cosas difíciles al Philip Marlowe interpretado por Elliott Gould. Ese mafioso que parecía amable y que escondía una crueldad sin piedad ninguna, capaz de destrozar el rostro de una chica preciosa sólo para demostrar lo que era capaz de hacer, se queda ahí, presente en la retina y dando vueltas al cerebro. Le gustó tanto ese papel que, cuando tuvo que interpretar un pequeño papel en su propia película, Permiso para amar hasta medianoche, lo hizo con el nombre artístico de Marty Agostino.

Habría que destacar un par de papeles más en su faceta interpretativa. Uno fue el del gángster Meyer Lansky de Habana, de Sidney Pollack, versión caribeña de Casablanca, con Robert Redford y Lena Olin en los principales papeles. El otro fue en la piel del sufrido agente Al de ese director ciego al que interpreta magistralmente Woody Allen en Un final made in Hollywood, un papel en las antípodas de sus mafiosos y que se acercaba mucho más a cómo era él realmente.

En el campo de la dirección, Rydell debuta tarde, casi con cuarenta años, en una historia de lesbianismo y trabajo titulada La zorra, con Sandy Dennis, Anne Heywood y Keir Dullea como elemento disruptivo. La película no tuvo un gran impacto comercial, pero sí que ya se le ven maneras a Rydell, manejando un tema difícil en una época turbulenta como finales de los sesenta.

La buena acogida de la crítica le ofrece la oportunidad de trabajar al lado de Steve McQueen en la adaptación de William Faulkner de Los rateros, desenfadada y, al mismo tiempo, algo melancólica puesta en escena de una road movie atípica, con unos héores desencantados y sin rumbo que roban el coche de su jefe para un largo viaje que se convierte en toda una iniciación.

Existe una reciente reivindicación de un western como Los cowboys, que Rydell rodó con John Wayne en un papel casi anecdótico porque su personaje desaparece a las primeras de cambio. Ese cuento de unos niños que deben madurar con rapidez para llevar un numeroso transporte de ganado ellos solos destaca por su falta de verosimilitud y por alguna espantosa interpretación que otra, pero lo que verdaderamente destaca es la extraordinaria banda sonora de John Williams que hace que todo suba un grado en calidad y en importancia.

La siguiente película de Rydell ya empieza a descubrir al director sensible, que comienza a tocar fibras delicadas de la emoción en una historia de amor con caducidad como es Permiso para amar hasta medianoche, con dos fantásticos protagonistas como James Caan y Marsha Mason. La aventura que corren ese marinero y esa prostituta, se queda a vivir en el corazón de cualquiera que se atreva a acercarse y, a pesar de que es una película de la que nadie se acuerda, todos aquellos que han tenido el privilegio de verla saben que es algo especial, algo natural, algo sentimental.

La comedia picaresca también es un terreno que Rydell domina con particular sentido en una película tan divertida como Harry y Walter van a Nueva York, con unos James Caan y Elliott Gould espectaculares y secundados por Michael Caine, Diane Keaton y Lesley Ann Warren. Cuidada hasta el máximo en la recreación del Nueva York de principios del siglo XX, la historia de dos estafadores de poca monta que, cansados de robar para seguir tirando, planean un atraco a lo grande acaba por ser una comedia de altura que no fue muy apreciada en su momento y de la que ya nadie se acuerda tampoco.

Sus cuatro siguientes películas, muy distanciadas en el tiempo entre unas y otras, marcan el punto más álgido de la carrera como director de Mark Rydell. La primera de ellas es la excelente La Rosa, biografía disimulada de la cantante de rock Janis Joplin que descubrió para el cine a una actriz que lo hacía todo bien como Bette Midler. Casi siendo un pionero, Rydell descubre el escenario de intereses que se mueve detrás de una estrella de la canción que se ve incapaz de parar su propia caída. Una estupenda película con una actriz de muchos, muchos quilates.

La siguiente fue la maravillosa En el estanque dorado, única vez que coincidieron en el cine Henry Fonda y Katharine Hepburn, extraordinarios como esa pareja de ancianos que vive un verano en una cabaña retirada al borde de un lago y que reciben el encargo de hacerse cargo del hijo de la nueva pareja de su hija. Un encargo difícil, sin duda, que se resuelve con grandes dosis de humor y aún más de humanidad, de verdad en esos personajes que están llegando al final y ya no pueden hacer lo que solían, retrato perfecto de una ancianidad que sólo es soportable si estás rodeado de los que realmente te quieren.

Una más fue Cuando el río crece, drama rural con unos acertados Mel Gibson y Sissy Spacek en los principales papeles, acosados por una crecida de un río y paliados por un instinto de superación que acaba por ser una de las marcas de fábrica del propio Rydell. Una película notable que obtuvo una mejor consideración por parte del público que de la crítica.

Una auténtica maravilla fue Ayer, hoy y por siempre, con dos de sus actores favoritos en los papeles principales, James Caan y Bette Midler, encarnando a dos cómicos que se juntan, crecen, se enamoran, pierden y siempre están a través de los años, desde los cuarenta hasta el final de sus vidas. Si bien el encargado de maquillaje que debía diseñar el envejecimiento de los dos actores a través de los años debería ser despedido y no dejar que se acercase nunca más a un plató cinematográfico, la película es una historia de tono tragicómico que hacen sentir bien, a pesar de su melancolía implícita. Midler consiguió su segunda nominación al Oscar por una película de Rydell tras La Rosa y siempre se queda en algún lugar de nuestro interior el esfuerzo de esos cómicos que no dejan de intentar entretenernos por muchos años que pasen.

Estas cuatro películas en un intervalo de diez años marcan el mejor estilo de Rydell. Considerado un valor lento, pero seguro, se le encarga un producto comercial que se estrella estrepitosamente en taquilla con Richard Gere, Sharon Stone y Lolita Davidovich como Entre dos mujeres y eso marca el ostracismo al que se ve condenado Rydell, que vuelve a la televisión y tan sólo es capaz de sacar un proyecto más como La apuesta perfecta, con Kim Basinger, Forest Whitaker, Ray Liotta, Tim Roth y Danny de Vito en un drama sobre la adicción al juego que no fue a ver nadie.

Probablemente, Rydell esté ahora sentado en una cómoda silla, al borde de un lago, al lado de su admirado Henry Fonda y tratando de discernir si lo que hizo valió la pena o no. Lo que es seguro es que, en la oficina correspondiente, habrá obtenido el permiso para rodar hasta la eternidad. No muchos son capaces de eso. De momento, nos quedamos con un puñado de sus estupendas películas para abrirnos paso.

jueves, 10 de septiembre de 2026

CRONOS (2026), de Fernando González Molina

 

Cuando el fanatismo se abre paso suele dejar un reguero de sangre que resulta muy difícil de olvidar. El 17 de agosto de 2017 es una fecha que debería perdurar en nuestra memoria. No sólo porque ese fanatismo fue asesino, traidor y brutal, sino porque un puñado de profesionales cumplieron fielmente con su obligación y cortaron de raíz cualquier posible consecuencia posterior con los autores materiales amenazando la seguridad de miles de ciudadanos. Barcelona, durante unas largas horas, fue una ciudad sin paz, salvaguardada únicamente por unos hombres y mujeres que lo dieron todo para que no volviera a ocurrir.

Por supuesto, de fondo, también hubo un ruido político molesto, con conflictos de competencias y deseos de apuntarse tantos y evadirse de fracasos. El día se hizo interminable, siguiendo multitud de pistas falsas, de pánico colectivo, de fallos propios de una emoción herida. La psicosis formó parte del imaginario público. Y la ingenuidad de creer que unos supuestos conciudadanos no podían formar parte de ese asesinato múltiple porque llevaban vidas normales e integradas también acabó malherida.

Con la excelente Día de patriotas, de Peter Berg viniendo a la cabeza constantemente, el director Fernando González Molina alterna aciertos y errores en esta descripción de los atentados de aquellas horas de agosto. Hay diálogos que resultan irremediablemente poco creíbles por evidentes y la inclusión de un helicóptero insertado en una toma aérea hace pensar en una chapuza que busca un aire de heroicidad que no necesita ser subrayado. Por otro lado, hay que destacar que Enric Auquer sigue siendo un actor intenso y cercano, fácilmente reconocible en la profesionalidad de un policía que coordina todo el dispositivo con una conveniente combinación de ira y motivación. El personaje de Mónica López es el que más sufre en esa acción paralela que, realmente, importa poco y que no la deja en buen lugar. Pablo Derqui le aporta trascendencia al Mayor Trapero y esa jefe del gabinete de prensa de los Mossos d´Esquadra, interpretada por Diana Gómez también debe cargar con unos diálogos mediocres, coronados por esa frase de “¡esto lo hemos hecho nosotros!” que deshumaniza los objetivos de servicio público para rozar peligrosamente el mensaje político.

En cualquier caso, entre los aciertos, cabría destacar que la película contiene un ritmo considerable, muy adecuado y, a ratos, brillante, en su primera mitad, cayendo un poco en la segunda parte, casualmente en el mismo momento en que el personaje de Auquer sale de servicio. Muchas reacciones buenas, muchos instante escalofriantes, un especial énfasis en la entrega total de todas esas personas que lo dieron todo y que confiaron en atrapar a los asesinos. Y un acierto total por parte de González Molina como es la decisión de no mostrar el atentado en sí mismo, sino describir un paisaje dantesco en sus consecuencias más inmediatas. Sólo así se puede acercar al público lo que es sentir verdadero terror. Puede que, en el fondo, sea una película necesaria.

Al fin y al cabo, es posible que la gran mayoría de servidores públicos sean personas cuyo estilo de vida consiste, sobre todo, en una palabra como es ayudar. Ellos no sólo intentan cuidad y minimizar las consecuencias de hechos tan deleznables, sino que también guían a una ciudadanía confusa y desorientada, harta de ser el muñeco de feria de los desaprensivos que pueblan este amargo mundo y, no obstante, resistente como sólo puede ser la buena gente. El sentimiento de culpabilidad es algo que acompaña a esos trabajadores de la seguridad, de la sanidad, de la coordinación, de la limpieza, de cualquier profesión que trata de aportar una pizca de sentido a una vida que, en demasiadas ocasiones, resulta ingrata, bestial e impía. La respuesta suele estar en esos seres anónimos que siempre se emplean a fondo, por muchos garbanzos negros que pueda haber en la olla. Y, a veces, incluso ganan.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

MANOLO SOLO: EL ACTOR QUE CONTENÍA TODAS LAS MIRADAS

 

Algo muy extraño ocurría cuando veías actuar a Manolo Solo.  Parecía que, de alguna manera, en todos y cada uno de sus personajes, se guardaban todas las miradas posibles. Miradas de decepción, de sorpresa, de descontento, de sabiduría, de ingenuidad, de verdad, de mentira, de búsqueda, de rifles y ponys, de broma, de conquista, de derrota, mucha derrota. Sólo con ese poder que atesoraba, era capaz de trazar cada una de las características de sus encarnaciones a las que acompañaba con una voz que modulaba con autenticidad. No en vano había sido un excelente actor de doblaje. El destino, siempre burlón y esquivo, no ha dudado en llevarse a un intérprete de su categoría justo cuando ya estaba dominando las películas en las que intervenía. Injusticia nada divina.

Manolo rezumaba autenticidad en todo lo que hacía y no es insensato pensar que comprendía, por su experiencia y su capacidad, todas las motivaciones de los personajes a los que interpretaba. Sabía perfectamente que Santi “El Triana”, de Tarde para la ira tenía que modelarse a través de su voz, tan quebrada que apenas era un silbido, con esa forma de hablar tan taleguera, tan de trullo y patio. Lo demás era construirlo a partir de esa voz. Y con siete minutos dio vida a un personaje que ya se ha quedado en el imaginario de todo el público. Sin embargo, no fue el único que merece la pena ser recordado porque, si algo caracterizaba a Manolo, era su increíble entendimiento de cualquier papel que caía en sus manos, como el de ese cineasta en busca de respuestas, aislado en un rincón perdido de una playa que huele a pescado y madera seca por el salitre y el agua en Cerrar los ojos, esa maravilla de Víctor Erice que también supo guiar a Manolo por los cauces del homenaje, del verdadero sentido de contar historias que, en el fondo, tienen mucho de realidad.

Y así podría ir siguiendo al enumerar sus extraordinarios trabajos, como ese profesor universitario de Una quinta portuguesa, que elige el escondite detrás de otra entidad para dejar atrás su enorme fracaso en la vida privada, en medio de plantas silenciosas y agradecidas en un lugar que lo acoge con tanta ternura como lo hacía el propio Manolo con sus personajes. O, incluso, ese periodista de El Caso que también se pierde en las marismas del Guadalquivir alrededor de La isla mínima porque olvidar es muy fuerte, pero permanecer en la memoria lo es aún más. O como el moderado Juez Ruz de B, la película que hablaba de la corrupción de traje, corbata y chulería de Luis Bárcenas, o el desenroscado Miralles de El buen patrón que ya no encaja en la empresa perfecta de básculas y que, queriendo dar guantazos, encaja los golpes a pares. Da igual, podríamos seguir por la lista interminable de secundarios memorables que nos ha regalado y seguiríamos viendo a un hombre, a un actor, que trataba con enorme cariño a todos s los que le ha tocado interpretar y eso define a todos aquellos que deben fingir la verdad para hacernos creer la mentira. Manolo era uno de ellos. Siempre lo era, por pequeño que fuera su papel.

Además, tenía otra característica que era muy notable. Y era su naturalidad. Parecía que no hubiera tenido que aprenderse su papel, sino que lo decía en ese momento porque era lo que realmente pegaba. Pertenecía a una estirpe de actores españoles que eran capaces de sobrecoger con apenas un gesto y conmover con un leve entornar de ojos. Él iba justo detrás de Rodero, de Bódalo, de Puente, de Lemos, de Merlo, de Delgado, de Pellicena, de Rellán, de Alonso, porque sabía decir las cosas, poner el énfasis en el acento justo, dejarlo sobre la mesa y recoger la réplica para utilizarla en su siguiente frase. Es una enorme pérdida que nos haya dejado tan pronto, porque él pertenecía a esa raza de actores que no necesitaban más que su intuición, su razón y su experiencia. Y nos quedan muy pocos actores como él. Un par de ellos, como mucho.

Manolo, quiero dejarte estas líneas como agradecimiento por tus miradas, por tu trabajo previo antes de abordar cada uno de los papeles en los que he tenido la fortuna de verte, por continuo rebosar de calma, o de ira, o de bajeza, o de altura, según tocaba. Quiero decirte que siento no poderte disfrutar más, aunque ten por seguro que te volveré a ver muchas, muchas veces en todo lo que nos has dejado. Quiero asegurarte que pude acercarme a todas y cada una de tus miradas. Y que me llegaste allí mismo, en esa parte en la que el olvido no es una palabra de mi vocabulario y que, a pesar de no haberte conocido personalmente, estoy seguro de que, en algún lugar, hay una cañita para compartir entre nosotros para que me cuentes un par de secretos de tu trabajo. Lo espero con impaciencia. Mientras tanto, nunca estarás solo, Manolo.

martes, 8 de septiembre de 2026

SPIDERMAN: BRAND NEW DAY (2026), de Destin Daniel Cretton

 

¡Qué necesario es que alguien te diga, de vez en cuando, que estás haciendo un buen trabajo! Si eso falta, no tarda en aparecer una ansiedad muy parecida a la soledad. Sientes que nadie más que tú te importa, que no afecta a los demás nada de que lo que puedas hacer, que, al fin y al cabo, podrías desaparecer y ni un alma te echaría en falta. Es como sentir que, más allá de ti mismo, hay un insondable abismo que produce vértigo con el más mínimo asomo. Todos necesitamos de alguien. Todos necesitamos a alguien. Todos somos alguien.

Y eso no podía ser menos en un super héroe. Ya se sabe, un tipo, más o menos simpático que no abandona su humor en medio de cualquier refriega, que se juega la cara por todos los demás con tal de poner un poco de orden en su ciudad. No es tarea fácil. Y, si se me apura, hasta es posible que, si miramos un poco a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que los super héroes existen. No son ubicuos, ni siquiera son infalibles y, por supuesto, no destruyen la urbe cada vez que a algún pirado se le ocurre hacer un ejercicio de dominación y ruina, pero sí, existen. Por eso, hay que recordar eso de que cuando ayudas a alguien, en realidad, estás ayudando a todos. Primero, porque, aunque no lo veamos, tus acciones afectan a unas cuantas personas que giran en su propia constelación alrededor de ti. Segundo, porque es lo que nos hace humanos. Tercero, porque todos poseemos un gran poder y, por tanto, también cargamos con una gran responsabilidad. Cuarto, porque es lo que hay que hacer. Son razones de peso. No llevamos máscaras para proteger nuestro anonimato, ni somos tan inteligentes como para fabricar artilugios que nos ayuden a luchar contra el mal y sus derivados, pero sí que ponemos en juego muchas de nuestras habilidades más escondidas si, de verdad, queremos ayudar a alguien. Hagan la prueba. Se quedarán sorprendidos.

Después de esta optimista introducción, hay que reconocer que la última entrega del héroe arácnido no está mal. Es muy entretenida y, desde luego, hay secuencias admirablemente diseñadas. Por si eso fuera poco, hay unas cuantas apariciones especiales que le dan algo de textura a la historia que, quizá, se antoja algo alargada hacia el final, pero que eso no empaña la sensación de pasar un buen rato lanzando telas de araña, recuperando el pasado, enfrentándose a la terrible soledad, con un par de chistes que no están mal y con el bien sobreponiéndose a las trampas de un mal que habita mucho más cerca de lo que pensamos. Al igual que, con toda seguridad, hay super héroes a nuestro alrededor, hay que pensar que los super villanos están igual de cerca. Y esos suelen llevar traje de malvado adornado con una corbata.

Vale, vale, que me pongo aleccionador para una película que no lo pretende, pero hay que reconocer que el artículo tiene tanta originalidad como un impacto en la espalda. No se preocupen, vuelvo al tema. La dirección no es mala, aunque tampoco es de una brillantez inusual, y la interpretación de Tom Holland comienza a tener algún que otro atisbo de profundidad. Zendaya pone belleza e inteligencia y Jon Bernthal pasa por ahí para castigar, que es lo suyo. El resto, lo iremos descubriendo poco a poco con este paulatino regreso de los héroes de Marvel, que ya anuncian a bombo y platillo la última entrega de los Vengadores con el título de Doomsday, con resurrecciones incluidas.

Si ustedes están llamado a la ayuda, hay que ser plenamente consciente de que, en la mayoría de las ocasiones, la ingratitud es lo que espera al día siguiente. Nadie va a dar una palmadita en la espalda. Nadie va premiarte con una sonrisa. Nadie. Hay que tener un aguante propio de super héroe. Y eso no lo tiene todo el mundo. Ténganlo por seguro. Hay que alimentarse de esas cosas buenas que hacemos que, aunque no lo notemos, hacen que el mundo sea un poco mejor, por mucho que pesen nuestros actos anteriores o el olvido esté acechando cuál escorpión en busca de su presa. Cuando ayudas a alguien, ayudas a todos. Eso es una gran verdad que conviene no archivar en el cajón de objetos perdidos de la memoria. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

LA CONSTELACIÓN DEL PERRO (2026), de Ridley Scott

 

Se hace muy difícil encontrar razones para seguir viviendo en medio de un final. Quizá un hombre haya seguido por inercia porque, al fin y al cabo, ha conseguido la compañía de otro y ha conservado a su perro, obediente y único. De vez en cuando, pilota su avioneta para coger gasolina, alimentos y medicinas en ciudades fantasma ocupadas por otros seres humanos que se han convertido en aves carroñeras que buscan su supervivencia a través de la violencia y el canibalismo. Vuelve, se fortifica, vive en un permanente estado de alerta y está siempre acompañado por un animal que no le falla y que le recuerda que una vez tuvo un pasado que mereció la pena vivir.

Así han ido pasando los años. Así ha conseguido seguir. Sin embargo, se le van agotando las razones cuando su mejor compañero desaparece. Quiere encontrar a otros seres humanos, que también luchan, que también siguen y, tal vez de ese modo, puede hallar alguna razón para desear ver un nuevo día. El apocalipsis no invita a nadie, coge lo que es suyo, lo agarra por la fuerza y lo desgarra sin piedad. Un oasis se puede vislumbrar en la sonrisa de unos niños, en la seguridad de que el contacto con otras personas de bien tiene la posibilidad de convertirse en un nuevo principio. Y si fracasa en el intento, entonces es más que probable que se transforme en un definitivo final.

No es un secreto para nadie que haya visto dos o tres películas que Ridley Scott hace tiempo que renunció a hacer cine para sólo mantenerse en los números de taquilla. Su cine, tiempo atrás, tuvo un valor incalculable, pero degeneró en productos facilones, vendidos con pericia, disfrazados por el aura de una comercialidad descarada y un descuido evidente. En esta ocasión, no realiza una obra maestra, ni muchísimo menos, pero no es su peor película. Scott articula una película en la que, por una vez, se preocupa de mirar en el interior de sus personajes con aire sugeridor, con cariño hacia ellos, desarrollando con cuidado sus motivaciones y sus errores. Jacob Elordi y Margaret Qualley cumplen con su función, y no pasan de ahí, de pareja de corte clásico, con sus traumas de principio y su búsqueda de final y el acierto de que el personaje de Elordi, en el fondo, es un tipo perdido lleno de esperanza. Josh Brolin acaba por ser el más interesante y el mejor de todos ellos. Y Guy Pearce, importante en algunos tramos, desaparece incomprensiblemente del todo en la parte final. Sólo está allí, sin aportar nada. La película tiene una irregularidad latente, pero no es desgraciada, incluido esa secuencia bizarra sumergida en el universo VIP que destila crueldad por naturaleza. El resultado es una cinta que consigue un aprobado más o menos holgado, sin llegar en ningún instante al notable. Cosas de Ridley.

Alejado de los ambientes brumosos que tanto ha sabido explotar, la estructura de western parece salpicar un argumento flojo, que, en el fondo, se antoja muy parecido al de Furia en la carretera, de George Miller, con mucha menos parafernalia y con los personajes vestidos. Mientras tanto, se sufre con un mundo apagado, con ligeras reminiscencias a El último hombre vivo, de Boris Sagal, con alguna que otra secuencia de cierta altura mientras se mira embelesado a las estrellas.

No dejen nunca de recordar qué es lo que hacían antes del fin del mundo. La película fecha la acción en mayo de 2035, así que nos queda bien poco. Salven al perro, porque en su mirada llena de amor y lealtad puede se encuentre toda la memoria que se pierde a velocidad de disparo entre tanto caos. No se dejen seducir por el lujo y el plástico que tanto facilita las cosas. El mundo es el que es y el secreto está en no perder la esperanza, en tener la seguridad de que comenzar de nuevo es posible y que, tal vez, encontrarse con el amor bajo las estrellas sea tan romántico como lo era antes de que todo terminara sin aire.