viernes, 22 de mayo de 2026

CAMINO DE LA JUNGLA (1962), de Robert Mulligan

 

Un médico se traslada a la selva de Indonesia con el único objetivo de avanzar y cuidar en los tratamientos contra la lepra. En 1936, la enfermedad corre como la pólvora entre los nativos y cree que el esfuerzo merece la pena. Es joven, algo impulsivo, muy responsable y un excelente doctor. Se le destina como ayudante de un tipo algo cascarrabias, con métodos poco frecuentes, que admira el trabajo bien hecho, pero también es capaz de hacer cualquier cosa con tal de que le salga su cuenta. Al principio, desprecia a ese joven que parece llevar en la mirada los principios de la razón, pero, más tarde, la admiración llega a ser parte de su rutina. Sólo tiene un defecto y es que el novato no cree en Dios. Está comprometido con una mujer de carácter, una encantadora dama que hace que las palmeras se estremezcan a su paso y el viejo médico no duda en tender una trampa para que la damisela salga por piernas de Indonesia y vuelva a Holanda y lo único que consigue es que ella se quede y se case con el amor de su vida. A partir de ahí es cuando comienza el peligro.

En alguna de las múltiples islas de Indonesia, se halla un brujo que no duda en emplear los trucos de la magia negra para quitarse de encima a los competidores y, por supuesto, esos galenos europeos lo son. El joven médico verá con sus propios ojos cómo otro colega se abalanza sobre él en actitud notoriamente agresiva con la locura en sus ojos y el descuido en su rostro. No se lo puede explicar. Si él no cree en Dios, evidentemente, tampoco puede creer en la magia negra. Eso son supersticiones acompañadas de cierto poder de sugestión. Eso y el calor de la jungla, que golpea sin piedad en la piel y en los sentidos, como una tortura ideada por algún ser superior.

Y así, empieza a aparecer la infelicidad en la vida de este joven doctor impulsivo, algo idealista y ateo. Cae en el engaño, en conseguir las cosas a través de atajos no demasiado éticos, en la propia infidelidad con su esposa que no duda en perdonarle si cuida su salud mental. La selva puede ser muy cruel con el ser humano. Lo rechaza poco a poco hasta que se hace insoportable vivir en ella. Se convierte en un enemigo que ha confabulado el calor, el agua, la vegetación y la soledad para que actúen como armas implacables contra todo aquel que ose enfrentarse a la naturaleza.

Robert Mulligan consiguió una película interesante que trata, fundamentalmente, de la búsqueda de Dios a través del reverso más tenebroso de la condición humana. En algún momento, se hace morosamente larga, pero no es una película de aventuras al uso debido a ese fuerte componente moral que impregna todos los actos del protagonista, un Rock Hudson que alcanza cotas dramáticas interesantes y que está muy bien acompañado por Gena Rowlands y Burl Ives. El resultado es el de una historia que fracasó estrepitosamente en su momento debido, probablemente, a su atipicidad, a su condición de aventura interior más que física. Al fin y al cabo, la moral es algo que nos persigue, a veces como una enfermedad y, en otras, como un salvavidas. Es algo que decidimos por nuestra cuenta… ¿no?

jueves, 21 de mayo de 2026

JUGADA MAESTRA (2026), de John Patton Ford

 

La ambición y la venganza nunca han sido una buena pareja. Cuando el fin principal es el arribismo y la escala en la posición social, tener el pensamiento nublado por una idea de venganza siempre hará que el objetivo se difumine y se puedan cometer errores. Si la venganza es ese plato que ha de servirse frío, la ambición es capaz de desdibujar las metas. En este caso, tenemos al típico trepa al que se le han negado unos cuantos derechos por el comportamiento díscolo de su madre y pergeña un plan alocado que consiste en eliminar a todos aquellos que obstaculizan su lugar en la línea de sucesión hacia una fortuna incalculable. Por el camino, se cruzarán sus pasiones y sus desaires y, claro, al final se construye su propia cárcel basada en un asesinato que nunca llegó a cometer.

Con estos mimbres, el director y guionista John Patton Ford se dedica a inventarse una nueva versión de aquella obra maestra de la Ealing que se llamó Ocho sentencias de muerte, cuyo mayor atractivo residía en mostrar la maravillosa versatilidad de un actor como Alec Guinness que se atrevía a interpretar a todas las víctimas del protagonista, encarnando hasta ocho papeles distintos, con caracterizaciones totalmente diferentes y con un trabajo de dicción extraordinario, dotando a cada uno de sus personajes de una personalidad variada y variable de una entidad que se mostraba, prácticamente, por sí sola. En esta ocasión, esto no ocurre y hay un actor o actriz diferente para cada asesinado así que Patton Ford se aplica en la realización de los asesinatos, bastante alejados de sus originales, siendo algunos realmente ocurrentes. El problema está en que el protagonista es un actor tan limitado y tan carente de cinismo como Glen Powell que está a años luz de la arrogancia que mostraba un intérprete experto en las tablas como Dennis Price que, además al estar ambientada su versión en la época victoriana, contaba con la ventaja de la ridiculización de unos tiempos en los que un asesinato podía ser considerado como un signo de distinción.

Es cierto que aquí la película se beneficia de una actriz capaz de transmitir sensualidad y mala baba como Margaret Qualley, pero al conjunto se le puede reprochar la carencia de colmillos afilados, perdiendo gran parte de su carga de profundidad crítica, aunque, por supuesto, no duda en atacar con fiereza a la burguesía y al ambiente ejecutivo de las altas finanzas. Mientras en Ocho sentencias de muerte hay una permanente sonrisa repleta de cinismo, aquí persiste una cierta indiferencia que condena a la historia al aprobado muy, muy justo.

Por otro lado, también hay una diferencia que se antoja casi fundamental y es el final. Sin descubrir nada, podemos decir que la película de la Ealing contaba con un último giro brillante, acorde con la acidez del relato, mientras que aquí se cierra todo al estilo típicamente americano, sin alejarse demasiado del original, pero dejando en el aire una sensación de maldición, de destino escrito de antemano. Y la expresión “escrito de antemano” no es casual. Tiene su aquel. Sobre todo, si han visto la primera versión.

Así, pues, tengan mucho cuidado con ese joven que parece tan majo a simple vista. Detrás de cada hombre (o mujer y esto tampoco está escrito por capricho) hay un infierno de  ambiciones desmedidas, de envidias escondidas, de deseos incumplidos que pueden dominar la totalidad de sus comportamientos. Lo que puede ser una jugada maestra se queda en una broma infantil si se sucumbe a la ambición desmedida o a la venganza fermentada. El resultado puede ser una cruz insalvable, rodeada de rejas, de confesiones poco acertadas o de versiones descafeinadas al cincuenta por ciento. Piensen bien los pasos a dar y no duden en abandonar lo que resulte altamente sospechoso. Por el camino que se han trazado para que alguien les considere algo, un abandono no es una derrota. Ni siquiera si deciden no ir a ver esta película. 

miércoles, 20 de mayo de 2026

MIMIC (1997), de Guillermo del Toro

 

En muchas ocasiones, un avance científico puede derivar en algo monstruoso. Esta vez, la doctora Susan Tyler creó genéticamente a una criatura para acabar con los portadores de una enfermedad. Fue una solución rápida y de urgencia que funcionó. Sin embargo, todo invento tiene consecuencias inesperadas y esa criatura genética ha crecido, ha sobrevivido, ha matado todo lo que se ha encontrado y su siguiente víctima, como no puede ser de otra manera, es el ser humano. Quizá sean los únicos que están por encima en la cadena alimenticia. Cuando la amenaza es patente, la doctora Susan Tyler será de inestimable ayuda porque sólo ella sabe cuáles son los puntos vulnerables de esos insectos creados para matar y desinfectar. Al fin y al cabo, siguen pensando lo mismo. Hay que desinfectar el planeta y el principal bicho es el hombre.

Habrá que bajar a las alcantarillas para que la limpieza sea efectiva. También hay un niño que es muy capaz de imitar los ruidos de esos puñeteros insectos y va a ser de mucha ayuda, a pesar de sus tremendas dificultades de comunicación. La ciudad subterránea va a convertirse en una trinchera en la que el enemigo ya se ha introducido. Será sin cuartel. El fuego, las culpas, el enfrentamiento, los insecticidas, la resistencia. La especie, debido a su procedencia genética, ha evolucionado y no es tan fácil de exterminar. Aplastar, vencer. No cabe el empate, ni la cesión. O ellos o nosotros.

La primera aventura americana de Guillermo del Toro en la dirección es más que notable. Agarrando elementos propios del cine de terror más clásico, del Toro convierte la historia en un cuento de horror y supervivencia dentro de un entorno urbano, alejándose de mansiones malditas, campos aterrorizados y vísceras descontroladas. A su lado, tiene una baza inmejorable como es Mira Sorvino, mucho mejor actriz de lo que el cine ha tenido a bien concederle, como esa doctora que, dentro de su maravilloso atractivo, debe luchar contra los demonios de su propia creación y su capacidad natural para afrontar los nuevos desafíos, como corresponde a cualquiera que se apasione por la investigación científica. La mirada infantil, algo muy propio del cine del mexicano, también está presente en la película, con un tinte entrañable y siempre con la amenaza presente. A pesar de que el propio del Toro renegó de ella debido a las continuas interferencias de los hermanos Weinstein, queriendo alterar el guion escrito a pie de campo. Sólo la intervención de Mira Sorvino junto con la de su pareja de entonces, Quentin Tarantino, solventó una situación que llegó a ser realmente tensa.

Los inventos…ah, los inventos…suelen tener consecuencias imprevisibles y eso es algo que del Toro pudo experimentar en sus propias carnes. Mientras tanto, nos regaló una historia que, literalmente, supone un descenso a los infiernos de la ciencia, de lo que, en un principio, estaba matemáticamente previsto y que luego se desata por un orden natural que se ve alterado por esa plaga que invade cada rincón de la Tierra y la contamina con su comportamiento, casi siempre tóxico. Se llama ser humano.

martes, 19 de mayo de 2026

ROCKNROLLA (2008), de Guy Ritchie

 

Vivir en Londres, trabajar en los bajos fondos y moverse dentro de un ambiente de especulación inmobiliaria entre gente del hampa resulta un ejercicio de equilibrismo bastante peligroso. Además, no sólo es eso, sino que también tenemos un elemento tan corrosivo como es la venganza por en medio. Curiosamente, tal vez, la venganza sea lo necesario para salvarse. Sólo hace falta que los distintos jugadores coincidan en un pozo cercano al Támesis y entonces todo quedará en orden. El Grupo Salvaje que se acumula en los billares necesita algo de acción y entre entradas y salidas de la cárcel se hará algún descubrimiento sorpresivo. Al fin y al cabo, lo menos que se puede hacer por un amigo que va a ingresar en el trullo es concederle un deseo que siempre ha querido hacer realidad. Sólo que eso no lo sabremos hasta el final, no sea que la reputación de malo quede arrastrada por los suelos. En fin, toda esta gente oscila entre lo pintoresco y lo patético. Y, claro, con pistolas, cuchillos, drogas, dinero, malas intenciones y buenas perspectivas es complicado llegar a un sitio más o menos despejado en esa ciudad que esconde maldades como puños.

Y es que nadie es lo que dice ser, ni siquiera cuando no lo dice, así que resulta muy difícil saber cuáles son las intenciones de cada uno. Sólo el que se solaza con las drogas, a pesar de un temperamento violento que arranca de mucho tiempo atrás, va de frente. Ese ya se sabe por dónde va, pero los demás…caramba, ni siquiera el menos malo se muestra tal cual es. Esto es la jungla y hay que ser el más fuerte…no, no, no…hay que ser el más listo.

Quizá con algo menos de sorna, Guy Ritchie articuló una película de malos contra malísimos que alterna momentos brillantes con algunos otros más arrastrados. No es una película elegante, pero sí muy efectiva y, su mayor virtud, más allá de las violencias desatadas y desquiciadas y de las situaciones perplejas, es el diseño de personajes que van desde lo razonablemente malvado hasta lo impensablemente maléfico. En esa ensalada de enfermos por saltarse la ley, se hallan momentos de alta comedia, secuencias algo desagradables y resoluciones que coquetean peligrosamente con la curiosidad. Eso sí, mención aparte merece el excepcional elenco que Ritchie pone en juego, con Gerard Butler, Thandie Newton, Tom Hardy, Idris Elba, un estupendo Mark Strong y Tom Wilkinson que, por una vez, resulta un tanto sobreactuado sin empañar al conjunto en general.

Así que, cuando se les presente una oportunidad única, piénsenlo dos veces. Toda acción tiene muchas ramificaciones y hay que meditar concienzudamente cuáles son los jugadores que van a querer mover ficha. Mucho cuidado, no siempre se muestra el lado más favorecido de cada personalidad, hay que tener una delicadeza situada en la punta de lo imposible para hacer frente las sucesivas trampas de cualquier entramado que se pudiera presentar. Ojo. Los bolsillos llenos suelen ser cepos de los que es muy difícil salir. Rock and Roll. Y no dejen de bailar. Próxima parada: sudores fríos.

jueves, 14 de mayo de 2026

RECREACIÓN DE UN ASESINATO (2026), de Jim Sheridan y David Merriman

 

La sombra de Doce hombres sin piedad es demasiado alargada para que no se recuerde una vez más. Esta vez, no es en Nueva York, sino en Belfast. Y no son doce hombres sino siete acompañados de cinco mujeres. El asesinato es diferente, porque se trata de la revisión de un crimen ocurrido muchos años antes y decidir si procede la extradición al ser la víctima una ciudadana francesa que pasaba sus vacaciones en la lluviosa Irlanda del Norte. Aún así, sigue siendo la jurado número ocho quien planta la idea de la duda razonable, sigue siendo el jurado número tres el que la cuestiona, aprovechando la hartura de las políticas falsamente feministas. Y, sobre todo, es el propio director, Jim Sheridan, quien lleva la voz organizativa del jurado, imponiendo su autoridad y también su innegable serenidad. No es casual.

Es evidente que ante este modelo tan nombrado y mitificado, Recreación de un asesinato pierde, por mucho que repita algunos momentos álgidos de la película de Sidney Lumet, pero Sheridan, cineasta experimentado y de calado cuando nos regaló obras punteras como Mi pie izquierdo, En el nombre del padre o The bóxer, es capaz de sacar un par de escenas llenas de inquietud. Una de ellas a base de sombras, luces fugaces, unas botas con cordón y el rostro de Vicky Krieps, la número ocho. Ahí es donde Sheridan parece empeñado en demostrar que aún hay algo en él del cineasta que fue y que también consigue algún otro pasaje que puede quedarse en la memoria. No obstante, el conjunto flojea porque el director opta por renunciar al tiempo real e incluye elipsis que desdibujan un tanto la tensión de esa habitación donde doce personas deciden la culpabilidad o la inocencia de un imputado. Los personajes principales están bien trazados, descubriéndose debilidades personales que hacen que su voto no sea totalmente imparcial, pero hay otros que los descuida inexplicablemente, como la mujer mayor, que, más allá de un puñado de miradas, apenas es poseedora de una línea de diálogo.

Todo ello se sustenta en una historia que fue verdadera, es decir, el asesinato existió, pero nunca se reunió una corte para decidir la extradición de aquel que consideraron culpable. Quizá eso beneficie a la película, porque, en algún momento aislado, se llega a sentir el terror de un crimen que fue, recreado por un cineasta que también fue, en una película que, a su vez, recrea a otra que fue mucho.

Así que no se precipiten en su veredicto. No es una película de acción, sino de diálogo. Es una historia para degustar y para ser conscientes de que también hay investigaciones que pueden llegar a la categoría de chapuza con tal de evitar un posible escándalo internacional. Por instantes, puede que se pierdan un poco con el baile de unos nombres sin cara, pero nunca se le pone rostro al asesinato. Y menos aún a la sensación de terror cuando la sangre está a punto de brotar y de salir en busca de un culpable. Los diálogos llegan a ser muy hirientes, las reacciones, desmedidas, las opiniones, desechables, los votos, cambiantes, pero aún así, es difícil clarificar la mirada para decidir una condena. No, no tiene ese exuberante repertorio de planos que están dentro de Doce hombres sin piedad, ni esa tensión de ambiente sobrecargado y ánimo a punto de rasgarse, pero alguna lección de buen cine sí que da porque la delgada línea que separa la culpabilidad sin concesiones a la duda razonable es más que fina. Alguien dijo una vez que si los jurados se fijaran en las dudas razonables que plantea cualquier caso, no habría ni una sola condena. Tal vez, se trata de poner todas las pruebas en una balanza y comprobar qué lado pesa más. No es fácil tomar decisiones sobre la vida de los demás. No es fácil salir de una tragedia personal como le ocurrió a Jim Sheridan y aparecer diez años después tratando de hacer un homenaje tan sentido a una película como Doce hombres sin piedad. Posiblemente, no quisiera ganar. Sólo seguir estando.

martes, 12 de mayo de 2026

EL HÉROE DE BERLÍN (2016), de Stephen Hopkins

 

Al principio, sólo se trata de correr. Correr más rápido que el viento, más rápido que el pensamiento, más rápido que la vida. Es como adelantar en unos segundos al mismo tiempo y tratar de derrotar lo imposible. Jesse Owens no soñaba con ninguna Olimpiada, ni con ningún triunfo a escala mundial. Sólo corría para derrotar a los rivales con los que le tocaba medirse y ya está. Eso es todo. Arañar un segundo más en cada carrera era un premio adicional, porque se acercaba poco a poco al récord mundial y eso siempre es un orgullo, especialmente para alguien negro en un país que todavía estaba hundido en la infamia de la segregación. Sin embargo, llega una oportunidad. Owens es el más rápido. Debe ir a las Olimpiadas representando a Estados Unidos, un país que, en el fondo, está dividido por sus luchas raciales, que no acepta a los negros…pero bien que les reclama cuando se trata de colgarse alguna medalla…en este caso, de oro.

Hay algo más. Las Olimpiadas no son en cualquier sitio. Se celebrarán en Alemania y, en ese momento, la nación teutona se distingue por proclamar la superioridad de la raza aria en todos los órdenes, también en el físico. Por supuesto, un ser inferior no puede vencer a ningún ario, es imposible. Eso dejaría como mentiroso a ese tipo del bigotito. Por otro lado, también se plantea un posible boicot de los Estados Unidos al evento, debido a la prohibición de llevar atletas judíos, por ahí no van a pasar los centroeuropeos. Judíos, no. De ningún modo. Todo esos empresarios que han hecho un buen dinero participando en la construcción del estadio olímpico y en otras instalaciones ahora van a tener que reunirse para decidir si esa nación de libertad como Estados Unidos va a ir a los Juegos Olímpicos, evento deportivo que también funcionará como aparato de propaganda del régimen más deleznable que ha conocido la Humanidad.

Debo confesar que navego entre dos aguas con esta película. Tiene grandes momentos, realizados con un mimo excepcional por su director, Stephen Hopkins. Sin embargo, hay otros en los que, pudiendo lucirse, se quedan mediocres, cortos, sin demasiada sustancia en su interior. Eso hace que la película sea tremendamente irregular cuando detrás tiene una historia tan poderosa como la de Jesse Owens, probablemente la primera estrella olímpica de todos los tiempos. Es conmovedor el inicio de esa amistad basada en el respeto mutuo que inicia Owens con su competidor Lutz Long, Jeremy Irons como el presidente del Comité Olímpico Estadounidense tiene momentos realmente brillantes y dota a su personaje de una evolución muy interesante desde la reticencia hasta el apoyo sin fisuras a su atleta. William Hurt también conserva su instante de lucimiento y, no obstante, la película no acaba de funcionar en algunos pasajes. Tal vez porque uno espera que coja la velocidad que el propio Owens alcanzaba en sus distintas pruebas y nunca llega a levantar el vuelo del todo. De todas formas, sería injusto no reconocer que esta historia, la de Jesse Owens, merecía ser contada. Tal vez, como ejemplo para que futuras generaciones aprendan algo sobre la resiliencia, sobre la verdadera heroicidad, sobre el valor del respeto. No es poco. Es casi un récord.

LA VIDA DE BRIAN (1979), de Terry Gilliam

 

Hay cosas en esta vida que son malas,

que te pueden volver loco.

Otras cosas sólo te hacen maldecir y maldecir.

Cuando estés lidiando con las cosas difíciles de la vida,

no te quejes, silba,

eso ayudará a que las cosas mejoren.

 

Mira siempre el lado positivo de la vida.

Mira siempre el lado luminoso de la vida.

 

Como último chiste no está mal. Un puñado de tipos crucificados, padeciendo el peor de los tormentos y cantando que hay que mirar el lado positivo de la vida. Ya se sabe, los martirios son un poco rollo mientras se pasan, así que lo que hay que hacer es conservar la individualidad y ponerse a reír. Y eso no quiere decir que haya poco respeto, ni que se ponga en ridículo nada. Si no, hagamos una prueba. Esa conversación que el Frente Popular de Judea mantiene en las gradas del circo, sí que pone en ridículo lo que hablan (y pongo este ejemplo por la enorme vigencia del contenido de la discusión), pero aquí no hay risas, ni nada de eso. Podríamos decir que es, simplemente, un deseo de mirar el lado luminoso de la vida, de despojarlo todo de la solemnidad a la que somos tan proclives. Tan ridículos son esos supuestos liberadores que se esconden detrás de unas sábanas, como Poncio Pilatos haciendo ver a sus guardias que su amigo Pijus Magníficus tiene un nombre estupendo, al igual que el de su mujer, Incontinencia Suma. Según eso, también ridiculiza la enseñanza en latín con la pintada de “Romanus ite domus” en los muros de palacio, o las masas informes que desean ser guiadas a través del primer profeta que pillan por la calle. Vamos, vamos, un poco de seriedad, caballeros.

Así pues, tenemos esta película rodada por el quinteto más gamberro que ha podido dar el mundo del espectáculo en la historia reciente. El humor absurdo obtiene carta de naturaleza con la mezcla de anacronismos y costumbres de la época y asistimos a las aventuras y desventuras de Brian, un nazareno que nace en el pesebre que está junto enfrente de otro que, al fin y a la postre, también ha sido bastante famoso. Las hechuras de la película, seamos sinceros, son bastante chapuceras, pero la sucesión de chistes, tanto físicos como verbales, hacen que nos sintamos liberados de cualquier obligación moral autoimpuesta. Los centuriones no destacan por su inteligencia (Roma, ridícula), el asceta es un inútil que se pone a hablar a las primeras de cambio (ascetas, ridículos), la reglamentación de la tortura lapidaria resulta un desahogo para las mujeres (las mujeres, ridículas y violentas), Brian asomándose desnudo sin vergüenza a la ventana invita a pensar que es un liberado (desnudo, ridículo), los resistentes no pueden ser más inútiles (resistencia, ridícula), el mazmorrero es una bestia sin demasiada forma (carceleros, ridículos) y, por supuesto, el tipo que destaca por una educación exquisita en el reparto de cruces para el sacrificio está fuera de lugar (crucifixión, ridícula).

Hay que dejarse de prejuicios, y disfrutar de la vida. Mirar el lado luminoso de la existencia y dejarse de escuadrones suicidas, amores que no lo son, frentes resistentes que apelan a la camaradería de una forma tan ingenua que levantan vergüenza ajena y centuriones que confunden identidades porque el primero que pasa dice que es fulanito de tal. En el fondo… ¿la vida no es un ridículo espectáculo en la que el ser humano sólo tiene la única labor de despojarla de crueldad? Si no, ya saben…atraviesen la puerta, pónganse a la derecha y cojan una cruz cada uno. El camino del calvario estará lleno de carcajadas.

viernes, 8 de mayo de 2026

LOS PADRES DE ELLA (2000), de Jay Roach

 

No deja de ser una papeleta difícil ir a conocer a los padres de tu novia. Más que nada porque es la típica situación en la que quieres agradar, quieres que tus posibles futuros suegros vean que eres digno de su hija. Sin embargo, en esta ocasión, Greg va a tener que esforzarse de verdad, entre otras cosas porque los suegros son de armas tomar con polígrafo. La excusa es la boda de la hermana y, claro, no sólo son los suegros, son los amigos de toda la vida, aquellos con los que tu novia guarda una camaradería y una complicidad que lo único que consigue es hacer que te sientas fuera, excluido y, frecuentemente, torpe. Todos los elementos se juntan en ese maldito fin de semana que parece no tener fin. Para terminar el pastel, también está el puñetero ex novio de tu novia. Un tipo que parece perfecto. Se lleva bien con tus posibles futuros suegros, es guapo, es encantador, tiene dinero y, por si fuera poco, guarda un montón de habilidades recónditas. Perfecto.

Las desgracias se van sucediendo para Greg, desde el descubrimiento de su verdadero nombre hasta la rotura del recipiente para las cenizas de la abuela de tu futura prometida. Y el suegro es un paranoico de libro. Quiere proteger a su hija, de acuerdo, pero ha sido un chupatintas de la CIA y eso se le ha quedado adherido a la piel como una característica más de su propia personalidad. Incluso somete a Greg a la humillante prueba de un detector de mentiras para mostrar la fidelidad inquebrantable hacia su hija. Y, por supuesto, pone una cámara en el despacho donde va a dormir el incauto, así sabe a qué se dedica cuando las noches caen, el gato quiere ir al baño y su hija debe dormir en su camita porque todo lo demás es indecente.

Hay que reconocer que es una buena comedia, heredera de las screwball comedies de los años treinta y cuarenta, con un ritmo infernal, con situaciones estrambóticas y con una premisa manida, pero brillantemente resuelta. En principio, pensada para ser dirigida por Steven Spielberg e interpretada por Jim Carrey y Al Pacino, el proyecto se quedó parado hasta que Ben Stiller vio grandes posibilidades en la película y lo movió lo suficiente como para que el propio Spielberg estuviera en la producción y Robert de Niro se hiciera con el papel del suegro inaguantable. A la dirección, Jay Roach, un experto director de televisión, especialista en las sit com del momento, que supo dónde se encontraban los momentos más cómicos del enredo. El resultado es una comedia en la que la carcajada asoma con frecuencia…lo bastante alta como para llamar la atención del suegro, si es que se vive en casa ajena…

Ya saben, si van a afrontar esa papeleta tan incómoda, se trata de mostrarse tal cual uno es. Si se aparenta algo más, seguro que las cosas irán mal. Seguro que las cosas irán fatal. Seguro que las cosas irán a peor. La catástrofe puede llegar en cualquier momento cuando te mueves en un tiempo y en un espacio tan abrumadoramente inseguro. Más vale ser cauto, sonriente y agradable. Lo que se espera de uno. Y las ganas de caer bien déjalas en la puerta.

jueves, 7 de mayo de 2026

EL DIABLO VISTE DE PRADA 2 (2026), de David Frankel

 

El diablo ya no lo domina todo. Comienza a estar sobrepasado en unos tiempos en los que las ediciones en papel están siendo parte de la historia. El mundo digital se está imponiendo a unas velocidades vertiginosas y ya no tiene ninguna importancia cuántos comprar los ejemplares de su revista, sino cuántos clicks se hacen en cada uno de sus reportajes. Aparte de eso, los emporios empresariales siguen en sus batallas en las que impera la desigualdad y se están devorando unos a otros. El diablo, tal vez, ya haya pasado de moda, aunque tenga uno o dos ases guardados en la manga de Armani.

La chica voluntariosa que soñaba con escribir en un periódico se ha quedado sin empleo. Ya no importa escribir bien, tener rigor en los reportajes, informar al público desde un punto de vista objetivo. Los diarios digitales también se están abriendo camino y están ganando sobradamente a las ediciones impresas. Sus tremendos costes a la hora de pagar a las plumas que firman artículos, columnas y editoriales están siendo reducidos porque ya no se busca la calidad, se busca la cantidad de lectores inmediatos y poco acostumbrados a leer más de tres líneas. El periodismo serio se está arrojando a la basura, igual que un diario de ayer. Volver a un antiguo empleo va a ser un desafío. Y más aún cuando el fracaso está llamando a todas las puertas que signifiquen escribir.

Con estas circunstancias, tenemos también al asesor de moda, que nunca ha tenido oportunidades porque sigue a la sombra del diablo. No ha podido dirigir nada, porque él sólo asesora. De forma muy eficiente, por supuesto, pero eso tampoco es suficiente. En una hipotética reestructuración, él va a ser el primer cordero para el sacrificio. Por otro lado, la chica que oscilaba entre la envidia y el cariño trabaja para una conocida marca y no va a dejar sus sueños arribistas por nada. En el ambiente de la alta costura, no hay lugar para los sentimientos. Ese es un axioma que, con el paso de los años, ha permanecido inmóvil, sin ceder ni un ápice.

Y ya tenemos una historia más para armar otra aventura de superación, de exhibición de recursos, con un retrato más humano y más suavizado de un diablo que no deja de serlo, pero que ya no azuza tanto las llamas del infierno. La frivolidad sigue siendo enseña y, desde luego, no deja de ser atractivo asistir al pase de modelos que nos brinda la película y, de paso, al estupendo trabajo de los cuatro protagonistas que, al fin y al cabo, pasan por ser las mejores razones para ir a verla. Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, que tiene las mejores líneas de diálogo, son cuatro portadas de primerísima clase. Si a eso añadimos a Kenneth Branagh hecho un auténtico encanto, pues ya está. Tampoco hace falta tener mucha profundidad, ni mucha más doblez para el signo del cambio de unos tiempos que han adulterado todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida. No se pide mucho más. Y en esta ocasión, el número no es más que una repetición que la primera edición.

No hay que confiarse cuando las cosas cambian de forma tan abrupta y tan rápidamente. La inteligencia, ese bien escaso, debe estar siempre en guardia y la perseverancia también se erige como un arma valiosa en unos días en los que se juega a la desesperación como ataque. Mientras tanto, las tiendas de altas marcas como Prada, Louis Vuitton, Dior, Jean Paul Gaultier o Yves Saint Laurent no dejan de abrir sus puertas, porque siempre hay sitio para valorar una creatividad que también se ha puesto en fuga, aunque hay que reconocer que algunos de los vestuarios que se exhiben con modelos de alta clase como estas estupendas actrices son realmente atractivos. Sonrían, perfúmense, no dejen de hacer la raya en el ojo, pónganse los tacones más difíciles del mercado…pero no pierdan su alma por el camino. Esa nunca querrá pasearse para mostrar un triunfo que, en realidad, no existe. Es todo. 

miércoles, 6 de mayo de 2026

EL DIABLO VISTE DE PRADA (2006), de David Frankel

 

¿De qué le sirve a una mujer ganar el éxito profesional si por el camino pierde su alma? Eso suele pasar en aquellos trabajos en los que la apariencia cuenta más que el cerebro, pero eso no quiere decir que se te exija no poseer cerebro en absoluto. Todo lo contrario. Debes saltar por encima de las demoledoras y destructivas envidias, por debajo de las continuas y severas humillaciones, de la sensación de que te están poniendo a prueba durante todo el tiempo y, además, tener la cabeza muy bien amueblada para conseguir un cierto grado de organización y de recursos más que suficientes para atender los deseos y órdenes de alguien a la que nadie, ni por asomo, le han dicho que no. Y cuando lo hacen, se deshace en lágrimas. Así que, ya en el mero hecho de conseguir el trabajo soñado por toda una pléyade de jóvenes que quieren abrirse paso en la jungla de asfalto, hay una valentía formidable. Y esa bravura se eleva aún más cuando la perseverancia y la terquedad de no abandonar se convierten en la meta.

Eso sí, mientras tanto, habrá que pagar un alto precio. Renunciar a tu imagen cómoda para abrazar al glamour sin ambages. Dejar de lado tu vida personal porque intentarán disponer de ti en todo momento y a cualquier hora. Abandonar a tus amistades, porque ellas no son importantes. Tú sólo estás y debes estar para quien da las órdenes. Y las da de una manera terriblemente arrogante, de un modo casi insoportable, sin respetar a nadie, sin tener en cuenta los problemas de nadie, sin querer explicaciones de por qué se ha conseguido algo o por qué no. El diablo, en esta ocasión, viste de Prada. Y lo es porque no sabe lo que es la educación, por mucho que crea que es la cima de las buenas maneras y de la elegancia.

Hay que reconocer que la película, que navega entre la comedia de cierta sofisticación, y la reivindicación de la mujer (casi sin saber que se reivindica por sí misma con el personaje de una espléndida Anne Hathaway), es ciertamente efectiva aunque, en realidad, este rodeada de frivolidades de altos vuelos muy propias del mundo que pretende retratar. Meryl Streep, por supuesto, adopta esa mirada casi felina, rellena de fiereza por los bordes, para mostrar el retrato de una mujer a la que no le importa nadie. Sólo ella misma. Y que desarrolla un cierto respeto por su empleada sólo cuando ella ve que es capaz de superar la ambición y mantenerse como persona, algo que su personaje es incapaz de hacer porque no tiene ni idea de lo que es la admiración por los demás. Estupendo también Stanley Tucci en la piel de ese asesor de moda que está deseando librarse el abrazo del diablo y que está condenado a permanecer en su sombra. Y muy atinada, como casi siempre, Emily Blunt como esa compañera que apenas puede dominar la envidia y el sentimiento de superioridad.

Todo esto… ¿a dónde nos lleva? Posiblemente, la conclusión sea que es una historia que, mirada con cierta frialdad, es bastante simple, pero que está muy salvada por un reparto que está muy ajustado en todos sus papeles. La demostración preclara de que una película puede guardar interés sólo para ver el desfile de unos intérpretes que dotan de carne y hueso a un mundo que huele insoportablemente a Chanel. Luego, si acaso, ya vendrán las pasiones personales.

martes, 5 de mayo de 2026

EL AMOR EN SU LUGAR (2021), de Rodrigo Cortés

 

Y el lugar puede que sea sobre las tablas de un escenario. El teatro es una caja mágica en la que caben todo tipo de sueños, toda clase de anhelos, incontables modos de esperanza, inacabables sinergias de auténticos mañanas. No sólo para el público, sino también para los que lo hacen. De algún modo, subes ahí arriba y notas que hay algo que no se puede describir porque, de una manera ignota, se conecta con un buen puñado de seres que esperan un rato de evasión, disfrutando con las reacciones en vivo de cualquier escena, por ejemplo, de una casa de vecinos con unos cuantos inquilinos que se ven obligados a convivir más de lo recomendable. Y cuando dos parejas tienen que compartir piso, entonces es cuando entra el amor y se coloca en su lugar. Sobre el escenario y tras las bambalinas.

Todo esto podría ser una perfecta introducción a cualquier obra de teatro filmada en la que glosaríamos con energía y entusiasmo las bondades de las artes escénicas. Pero es que teatro, agónico, mísero, casi inexistente, tuvo lugar entre los muros del gueto de Varsovia en plena ocupación alemana. Era un teatro de judíos para judíos. Y el silencio se impone en medio de ese gozo para el alma que es una obra cuando irrumpe un alemán al que, curiosamente, también le gusta el teatro y debe montar su propio espectáculo. Ahí entra un actor invitado como es el miedo, acompañado del horror. No obstante, se debe continuar. Se debe ofrecer la esperanza completa, no sólo un extracto interrumpido por la brutalidad. Mientras, detrás del escenario, se idea una fuga que deberá implicar necesariamente algún sacrificio.

Rodrigo Cortés realiza un ejercicio de estilo elegante, con un manejo de la cámara que, en algunos pasajes, parece recordar al Brian de Palma más virtuoso. Nos pasea por las calles aterrorizadas hasta que nos lleva al refugio de la escena, allí donde se viven los sueños y se sueña la vida. El resultado es una película irremediablemente diferente e irresistiblemente atractiva, en el que pone en juego la obra representada y la vida sin ensayos siempre con la premura que el terror impone como director. En esa fría Varsovia, asolada por la sangre y los copos de nieve, hay un espacio donde los ojos buscan la sonrisa  y aún hay tiempo para el amor, para el humor, para la verdad y para la mentira.

Así que déjense coger la mano por este estupendo director y abandónense a su guía llena de sabiduría y de amor por el teatro y por el cine. Iremos de la platea al escenario y viceversa y siempre buscaremos la belleza en los rincones más difíciles del alma humana. El teatro ha sido siempre un buen espejo de ello. Y su hermano menor, el cine, ha sido un buen gregario. No dejemos que la realidad, triste, gris y, a menudo, insoportable, se adueñe de todos los rincones de nuestro pensamiento. Allí arriba, bajo un telón que establece la frontera entre lo real y lo ficticio, hay un puñado de personas que luchan por escenificar los sueños que nunca hemos tenido.

jueves, 30 de abril de 2026

MICHAEL (2026), de Antoine Fuqua

 

Varias son las consideraciones a tener en cuenta antes de analizar con cierto rigor este pretendido biopic de la mayor estrella del pop de todos los tiempos. La primera de ellas es que ésta es sólo una primera parte. La propia película avisa en sus créditos finales de que la historia continuará con lo cual se deja un cierto regusto de que todo se queda a medias y que no es posible hacer un juicio aproximado de los agujeros que se pueden apreciar dado que no se sabe si se van a rellenar en la siguiente entrega. La segunda es que es un proyecto auspiciado, financiado y controlado por la propia familia Jackson, lo cual hace que cualquier espectador se pregunte si la verdad es lo que se está viendo o sólo es una versión edulcorada y apropiadamente parcial aprobada por el clan.

La tercera es que tampoco se puede emitir un juicio objetivo sobre la dirección de Antoine Fuqua, un realizador que ha demostrado su competencia en varias ocasiones, como es el caso de las tres partes de The Equalizer, con ese actor enorme que siempre da lo mejor como Denzel Washington. Fuqua se desenvuelve bien en los terrenos del cine de acción con un fondo interesante (si exceptuamos su penosa visión de Los siete magníficos, más atenta a cumplir con las absurdas cuotas hollywoodenses que en ofrecer un punto de vista nuevo sobre la historia) y aquí acepta este trabajo comisionado por el clan Jackson aunque cabe suponer que lo hace de buen grado dada la trascendencia del retrato de un personaje que ha hecho historia sobre los escenarios y en la música.

Con esos mimbres, vamos con lo que sí se puede concluir. Lo más llamativo es el trabajo de Jafaar Jackson, sobrino de Michael, que consigue imitarle con cierta precisión en esos bailes de pies eléctricos a los que tan acostumbrados nos tenía el cantante. No canta él en ninguno de los temas que ofrece la película y hay que reconocer que Jafaar tiene una mirada más tierna que la de su tío. Aún así, en algunos momentos, parece que sí encarna con acierto en gestos y sombras, en aspiraciones y modos. Por otro lado, Fuqua se esmera mucho en colocar algunos movimientos de cámara muy elegantes para engrandecer momentos del cantante y compositor. Y por otro lado más, tenemos algunos personajes que sí, que aparecen, pero que se quedan algo colgados como lo es una figura fundamental en la carrera artística del gran Michael como lo fue Quincy Jones, enorme músico de jazz, extraordinario compositor y avispado productor que supo darle al gigantesco rey del pop todo lo que necesitaba. También hay un par de apariciones interesantes como son las de Miles Teller y Mike Myers, pero son islas en medio de esa sensación de que esta película, casi exclusivamente, se centra en el proceso de independencia de Michael Jackson de la figura dominante y dominadora de su padre, Joe Jackson, encarnado con cierta fuerza por Colman Domingo.

Así que, por un lado, la película da algo que se espera desde el principio. Un musical con un repertorio de las mejores canciones de los Jackson Five y del propio Michael Jackson, aunque llama la atención la poca relevancia que se presta al mayor éxito de los cinco hermanos como fue Blame it on the boogie y la historia se detiene en el momento en el que el cantante presenta Bad en Londres. Hay un cierto miedo a mostrar al director del mítico vídeo Thriller, John Landis, y el retrato que se hace Michael Jackson es algo timorato, que se centra en esa sensación de su propio convencimiento de ser un elegido, alguien con un talento natural inigualable. Se muestra poco de sus procesos creativos, de una manera muy superficial y, al final, todo queda algo desdibujado, aunque los fanáticos del gran showman se irán contentos, meneando los pies aquejados del mismo alto voltaje que asolaban los de Michael, tarareando sus canciones que van desfilando una tras otra. El espectador, a poco que se pregunte, puede llegar a la conclusión de que, al fin y al cabo, la película no le ha descubierto nada o, en todo caso, muy poco acerca de Michael Jackson. Quizá, cuando llegue esa segunda parte de la que hablábamos, pasaremos del retrato del hombre que poseía unos pies eléctricos al de un hombre que se miraba en el espejo.

miércoles, 29 de abril de 2026

NUNCA PASA NADA (1963), de Juan Antonio Bardem

No, nunca pasa nada en el típico pueblo de provincias de tardes inacabables y cotilleos de tostada. Es un día tras otro, prácticamente el mismo, con todos pendientes de cualquier novedad, por mínima que sea. Y todo se convierte, se subvierte y se pervierte por culpa de una apendicitis. Una compañía de revistas francesa pasa por la localidad y allí se queda una de sus vedettes, aquejada de esa inflamación del apéndice. La compañía, que es de tercera, la deja allí mientras es operada y se recupera. El médico se queda embelesado con ella porque, al fin y al cabo, representa de alguna manera la vida que le hubiese gustado vivir, acabando su carrera en una gran ciudad, disfrutando de sus noches y de sus mesas, de las luces y de las chicas. En cambio, se ha condenado a un pueblo, más o menos grande, en el que las arpías de turno están afilando las uñas pensando en lo que se avecina.

El médico, como no podía ser menos, cae rendido a los pies de la corista. Su mujer, bellísima, pero marchita, es sitiada por el maestro del pueblo, un tipo cortés, elegante, con jovialidad, con ganas…justo lo que no es su marido. Nunca pasa nada en este pueblo. Sólo hay personas que encarnan lo que se quiso ser y es entonces cuando los sueños cabalgan a lomos del aburrimiento y de la rutina, briosos corceles con destino a una posta que siempre será temporal y, a buen seguro, casa de arrepentimiento y penitencia. Lo del médico con la corista…es caldo de cultivo para las cotorras, la voz corre, el pueblo se escandaliza. El médico con la corista. Vaya plan. ¿Ha visto usted? No, si yo ya me había dado cuenta de que ella era una lagarta. ¿Y él? Vamos, un hombre de su edad…a dónde vamos a ir a parar, esto no tiene nombre.

Juan Antonio Bardem hizo otra radiografía tremendamente corrosiva de la burguesía de provincias con la colaboración de una actriz tan maravillosa y gigantesca como Julia Gutiérrez Caba, que es la auténtica personificación del drama de frustración contemplativa que se pone en juego en esa ciudad de lluvia, de nube, de edificios grises, de humo de tabaco en los cafés y de perfume barato en la peluquería. Por supuesto, la producción francesa impuso no solo a Corinne Marchand en el lógico papel de la corista francesa, sino también a Jean Pierre Cassel en la piel del maestro que pretende los favores de la esposa del médico. Y no dejemos de mencionar a Antonio Casas, poseedor de esa voz magnética, como el galeno que aparca, en apariencia, su rectitud y seriedad para hacer realidad el sueño de vivir algo más intenso que el partido de fútbol en la televisión de los domingos.

El resultado es una película desesperanzada y demoledora, que se coloca tan sólo un peldaño por debajo de Calle Mayor, porque, en el fondo, tratan de lo mismo, de esa sociedad adocenada y adormecida que se apolillaba en una dictadura que ya se alargaba más de lo que el alma podía aguantar. Por eso las bromas, las chanzas por un lado, y los cotilleos y los despellejamientos por el otro.

martes, 28 de abril de 2026

LA CHAQUETA METÁLICA (1987), de Stanley Kubrick

La orden es crear asesinos sin compasión. No importa cómo. Si la tortura, el grito soez y tremendo, la inhumanidad bien saboreada son los instrumentos, es lo mismo. De lo que se trata es de fabricar soldados que disparen sin pestañear, que no tengan ni la más mínima duda de que el enemigo sólo entiende el lenguaje de la sangre, de que Vietnam, en el fondo, es otro patio de juegos, prolongación del período de instrucción, en el que van a poder hacer realidad todo lo que han ensayado hasta la hartura en el cuartel. No todos lo aguantan. Probablemente, el más débil se quebrará y se convertirá en el auténtico asesino que ellos desean, sólo que su voluntad de matar se manifestará con toda su violencia antes de marcharse al frente. Ha sido vilmente torturado, salvajemente humillado y violentamente castigado hasta por sus propios compañeros. Vietnam no está en el Sureste Asiático, sino que está aquí, en el patio de armas, en los dormitorios, en la vociferante autoridad del Sargento Hartmann. Y más vale estrenar el fusil con esas balas con chaqueta metálica que dejarán los sesos bien pegados en los azulejos del cuarto de baño.

Llega la hora del fregado y, tal vez, la corresponsalía de la revista oficial del Ejército sea una buena opción. La ofensiva del Tet comienza y hay que ponerse el casco y luchar por ti y por esos compañeros que comparten contigo el hipnotizador avance detrás de un tanque blindado. Un francotirador se encarga de poner las cosas bien difíciles y comienzas a plantearte cosas más profundas que la intensa fantasía sexual de la prostituta de turno. Ellos matan, dejan rastro de sangre y, por tanto, un cebo ideal para el resto de los incautos que intentan tomar una ciudad en ruinas. Tú, yo, él. Cualquiera puede ser el blanco de ese francotirador tan certero que, incluso, encuentra resquicios en las ruinas para colar una bala donde parecía imposible. Mickey Mouse en el regreso. El mundo es una mierda, pero estoy vivo y es lo que cuenta.

La particular mirada desesperanzada de Stanley Kubrick se erige en una película que, en materia de Vietnam, se coloca justo detrás de Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, sólo que desde una perspectiva diferente. Aquí no hay selvas que engullen, ni un río cuyo curso lleva inexorable al horror. Aquí hay un lavado de cerebro que engendra psicópatas ya desde el campo de instrucción. Vietnam sólo es el lugar donde esos locos prefabricados ponen en práctica lo aprendido. Y puede que el regreso sea sólo un sueño que jamás se reintegrará en la normalidad porque ha habido demasiada muerte entre los hierros desvencijados de una fábrica en medio de ninguna parte. Lo único que hay que hacer es seguir o morir. Y más vale seguir que morir. Ése es el único acicate de cuantos han ido hasta allí. No vale no saltar una valla, no está permitido ser débil. Aquí mi fusil, aquí mi pistola. El uno dispara, la otra consuela. El horror está en casa. No hace falta irse a una guerra a diez mil kilómetros para comprobar que existe, que está cerca y que sólo hace falta apretar un gatillo para acabar con todo.

viernes, 24 de abril de 2026

GLORIA (1977), de John Cassavettes

 

Gloria es una mujer que pisa fuerte allá por donde va. Ha estado con los peores y algún que otro que le hizo mantener la fe en la Humanidad. Quizá es una de esas que no ha realizado ninguno de los sueños que un día se propuso, aunque no puede negar que ha habido algunos buenos ratos, un par de juergas inolvidables, unas copas por aquí, algún arrumaco agradable. Nunca ha sido madre, a pesar de que ya ha llegado a una edad en la que le gustaría haber dejado algún rastro de su paso por el mundo. O haber llegado al corazón de algún tipo que la quisiera de verdad. No ha sido posible. Lo único que tiene es el convencimiento de que ella vale, de que nadie se ha reído de ella y que, si lo ha hecho, ha acabado pagándolo. Es una mujer de cuidado.

Un día, no es madre, pero casi. Un testigo incómodo para algunos de sus amigos acaba en sus brazos. Y Gloria puede ser muchas cosas, pero no es una asesina. Sólo mata si la atacan, como buena leona. Y eso es lo que va a hacer por ese niño. Se la va a jugar muy en serio para preservar su vida. Si sus amigos de años disipados no han sabido hacer las cosas bien, allá ellos. Gloria va a pisar más fuerte que nunca. Y va a dejar una huella que no se va a olvidar con facilidad. Es una de esas mujeres que aún guarda belleza en sus rasgos de mujer de madura, pero que conserva intacto su atractivo interior.

John Cassavettes dirigió esta película saliéndose de los cánones de su cine para mostrar el inmenso valor de una mujer que decide enfrentarse a todo y a todos con tal de salvar la vida de un niño inocente. En un principio, pensó en Barbra Streisand para el papel protagonista, pero no llegó a un acuerdo porque la actriz quería componer la banda sonora de la película. Cassavettes volvió a terreno conocido y se lo ofreció a su mujer, Gena Rowlands y, sinceramente, no se puede imaginar a nadie más que a ella interpretando a una mujer como Gloria. Es un torbellino de fuerza, de voluntad, de energía, de saber mirar y de saber estar y de saber pasear una belleza ajada con una elegancia inusitada. No es de extrañar que Gena Rowlands fuera nominada al Oscar a la mejor actriz del año por este papel.

Háganme caso y no se entretengan por el camino si encuentran por ahí la segunda versión de esta misma historia protagonizada por Sharon Stone y dirigida por Sidney Lumet. Es imposible mejorar la visión de Cassavettes y la interpretación de Gena Rowlands. Es como si Manhattan, de repente, se vistiera de mujer de negro y comenzara a mirar para todos lados buscando un desafío que todo el mundo rehúye porque, además, es uno de esos personajes a los que los más villanos parecen temer. Fue una muñequita tiempo atrás, pero, por alguna razón que se escapa a los débiles de mente y revólver, es una apisonadora que no tiene ningún problema en asesinar su propio pasado. Cuidadito con ella.

jueves, 23 de abril de 2026

PRIME CRIME (2026), de Gus Van Sant

 

Un hombre normal, de clase baja, harto de tanto engaño, de tanto interés creado contra los más débiles decide que ya ha llegado la hora de cobrar lo que se le debe. La vida no ha sido generosa con él y va a arremeter con todo lo que tiene contra los que cree responsables de su situación, al borde de la nada. Ya está bien de aguantar sin protestar, de que los demás se aprovechen, de no sacar nada cuando lo ha dado todo. Alguien hizo un negocio redondo con él, negándole toda posibilidad de prosperar. Y lo merece, porque ha trabajado duro, porque lo poco que tenía lo puso a disposición de un proyecto que le fue robado literalmente. Para ello, no duda en utilizar el cable del hombre muerto.

Ese pequeño truco cuya finalidad es moverse con un rehén apuntándole continuamente con una escopeta a la cabeza, consiste en atar un cable a su cuello de tal manera de que si cae él, o el rehén se mueve más de la cuenta, la escopeta se dispara. Es simple, puro, práctico y definitivo. Nadie puede hacerle daño. Sólo debe tener la oportunidad para ponérselo al cuello de quien quiere torturar. Así, esos financieros bastardos experimentarán lo que él lleva sintiendo durante años, siempre con el dinero escaso, con los medios menos que justos, con las manos encallecidas y perdedoras.

Sin embargo, él es un buen hombre. Tiene amistades que le avalan. Incluso uno de ellos es un policía con el que se ha tomado un par de copas en un bar mientras veían algún partido de la liga de fútbol americano. Es sorprendente que un tipo normal tome una decisión así, tan extrema, tan absoluta. Lástima que el rehén no es precisamente quien tenía pensado, pero es igual. Es una vida humana y tendrán que hacer uso de una diplomacia exquisita para que al perjudicado no le pase nada. Esa diplomacia es muy sencilla. Se llama mentira.

El director Gus Van Sant vuelve con otra denuncia que hace daño, inspirada en un hecho acaecido en 1977 y que llenó las primicias de todos los informativos mediáticos de Indianápolis. Hasta un afamado locutor de radio, dueño de un gusto envidiable en la elección de los temas musicales de su programa, va a ejercer de mediador para que la gente sepa exactamente qué es lo que quiere el extorsionador. Lo peor de todo es que va a levantar simpatías en todo el país. Es un hombre normal, con problemas normales, reconocibles por todo el mundo, y eso hace que la gente se sienta mucho, mucho más cerca que la víctima.

El resultado es una película que camina en algunos momentos por el área documental, con interpretaciones muy curiosas tanto de Bill Skarsgard, que ya empieza a mostrar su verdadero rostro de excelente actor, como de Carey Elwes, casi irreconocible detrás de una barba llena de experiencia, o de Colman Domingo, dueño de las mañanas de Indianápolis con su selección musical de altura. También anda por ahí Al Pacino, con sólo dos escenas, que resulta totalmente convincente como el hombre que no deja de ser arrogante ni cuando se halla frente a frente con el peligro. En algún momento, la película se detiene en exceso y eso va en contra del posible suspense, aunque se intuye cómo va a ser el final que, por otra parte, no deja de ser rocambolesco, pero totalmente auténtico. Es la locura de los tiempos que vivimos cuando estamos sumergidos en la deuda, elemento principal de cualquier sociedad capitalista que se precie.

Y es que hay que andarse con pies de plomo y escopeta de cañón recortado cuando se trata de hacer algún negocio. Siempre hay algún espabilado que cree que sus cartas son invencibles hasta que llega el hartazgo y se hinchan las narices del personal. Ante eso, no valen los informativos, siempre sesgados, ni las fuentes oficiales, siempre serviles. Sólo la verdad incómoda. Y nadie quiere hacer frente a esa verdad. Es como tener un cable atado al cuello que disparará un gatillo al menor gesto. El dinero vuela. Casi nunca vuelve.

miércoles, 22 de abril de 2026

LA BUENA SUERTE (2025), de Gracia Querejeta

 

Con este artículo sobre la buena o mala suerte, celebramos que el blog ya ha recibido un millón de visitas. Gracias a todos los que habéis entrado y, aún más, a los que habéis leído.

Hay momentos en los que un interruptor se acciona en algún lugar de nuestro interior. Es un instante en el que el cuerpo, la mente y los sentidos te piden dejarlo todo porque se te ha pasado una idea loca por la cabeza y ya está. Es lo mejor. Es un sueño que, tal vez, todos hayamos tenido una vez. Se trata de desaparecer. Se ve un cartel de venta de una casa sin ninguna gracia en medio de un pueblo en medio de la nada y se urge para cerrar la operación allí mismo y al contado. Es lo que se necesita. Un agujero en el que poder meterse…o castigarse…o rumiar una soledad que se necesita como compañera. Una decisión tonta porque la vida irá al encuentro tarde o temprano, pero es como poner la existencia en pausa y todo se detiene. Allí, en ese pueblo riojano que nadie conoce.

Por supuesto, en esa nueva vida de silencio y de vacío, hay una chica en el piso de abajo. Es atractiva y es inteligente, pero está herida. Su mirada parece la de un perro abandonado y, de alguna manera, despierta algo que estaba muy olvidado en ti después de tanto dolor, de tanta violencia y de tanta incomprensión. Es una chica que, cuando sonríe, lo hace de verdad. No se detiene en tonterías. Trabaja en un supermercado y, en sus ratos libres, cuida de un cascarrabias resabiado que vive en el bajo. Un tipo que desconfía de todo porque todo en su vida ha sido pura desconfianza, pero que sabe leer en las personas, por mucho que intuya que el daño está cerca. Es un buen hombre.

Resulta muy interesante comprobar que en esta película de Gracia Querejeta todos los personajes están perdidos y tratan desesperadamente de encontrarse. Y utilizan los más variados medios para conseguirlo. Desde el cariño hasta la violencia. Desde la cobardía de recluirse en un agujero hasta la seguridad de estar haciendo lo correcto. Desde la tentación del dinero fácil hasta la certeza de que nada en el futuro va a ser sencillo. Para ello, cuenta con tres intérpretes estupendos como Hugo Silva y, sobre todo, Megan Montaner en el que, sin lugar a ninguna duda, es el mejor papel de toda su carrera de largo. Como invitado en silla de ruedas, Miguel Rellán pone el diálogo brillante y la adivinanza definitiva y mucho cariño en su personaje de hombre que vuelve de todo, sólo que en la silla de ruedas que utiliza como descanso.

Así que, si alguna vez creen que es atractiva la vida en un pueblo en el que nunca pasa nada, con su tiempo detenido en las largas tardes finalizadas en una noche fría, piensen siempre que todos tenemos batallas secretas que librar y que no siempre ganamos. A menudo, la culpa viene de visita y, quizá, por eso, algunos se recluyen en algún lugar perdido. A medias para lavar sus pecados. A medias para evitar sus responsabilidades. Y aún a medias para que el mundo, ese bufón incansable que no deja de reírse de nosotros, se olvide de una vez de nuestra existencia.

martes, 21 de abril de 2026

EL SEXTO SENTIDO (1999), de M. Night Shyamalan

 

El miedo suele ser el origen de todos nuestros problemas interiores. Desde pequeños, hemos tenido miedo a muchas cosas. Miedo a que nos quitaran un balón. Miedo a que los compañeros nos dijeran cualquier cosa que nos apartara de la integración. Miedo a que, mañana, el profesor nos dijera algo que nos pusiera en ridículo. Miedo…miedo…sólo miedo. Esa sensación también nos acompaña de adultos. Tenemos miedo a tomar responsabilidad. Miedo a que, si la tomamos, no estemos a la altura. Miedo a que seamos la mitad de personas que soñamos con ser. Miedo a no ser un buen hijo, o un buen marido, o un buen padre. Miedo…miedo…sólo miedo.

El silencio es el mayor compañero del miedo porque es una de esas sensaciones que nos guardamos para nosotros…más que nada porque creemos que, si expresamos las razones y angustias de nuestros miedos, podemos parecer débiles e inútiles. Y puede, incluso, que lo seamos. Aquí tenemos a un niño que tiene mucho miedo y que es incapaz de superarlo hasta que un hombre, que también ha atenazado su vida con el miedo, le ayuda a ver más allá del temblor. Puede que ese miedo pueda transformarse en algo útil para los demás. Puede que no sea tan terrible lo que el niño cree ver y que no puede contar. Puede que…sí, puede que el niño también sea una especie de terapia para ese adulto que ha perdido el rumbo en su vida justo cuando ha sabido lo que era la muerte.

No se puede contar mucho de esta película sin desvelar muchas de las sorpresas que guarda en su interior. Los que la han visto sabrán a lo que me refiero. Los que no la han visto se quedarán, tal vez, con ciertas ganas de agarrarla de algún sitio y verla. Si no es suficiente con el anzuelo que he puesto, pondré un par más. Está primorosamente dirigida por M. Night Shyamalan, un director que ha sido constantemente machacado por la crítica y que, aquí, realiza la que posiblemente sea su mejor película. Está soberbiamente interpretada por Bruce Willis, por el niño Haley Joel Osment y por Toni Collette. Tiene secuencias que son pura emoción y, si nos asomamos, puro miedo. Sí, más miedo. Miedo a descubrir lo que somos realmente. Miedo a que se pierda el amor porque la incomunicación es su mayor enemigo. Miedo…miedo…sólo miedo. De alguna manera mágica, esta película marca el encuentro entre el miedo real, ese que nos agarra de la garganta todos los días, y el miedo sobrenatural que habita en nuestro mundo de percepciones y de sueños. Ambos son igualmente temibles, pero hay que saber manejarlos. En el primer caso, nos hará personas. En el segundo, nos hará seres con experiencia, porque puede que, en algún lugar de nuestro interior, sí que hayamos hablado con alguien con el que no podíamos hablar. No quiero decir más porque no quiero hacer disfrutar de menos. Sólo apuntar, como última idea, que, en ocasiones, el cine nos regala cosas que van más allá de nuestro entendimiento y de nuestra razón y, con una historia de fantasía, el pensamiento vuela en pos de una vida más soportable.


viernes, 17 de abril de 2026

PUNTO DE RESTAURACIÓN (2023), de Robert Holz

En un futuro de un año cualquiera, aunque no muy lejano, en la Europa Central, se ha garantizado un derecho constitucional. Las personas, con la tecnología existente, pueden ser resucitadas si su muerte no ha sido natural. Todo es consecuencia de un incremento masivo de la delincuencia en una sociedad que se mueve insegura por calles de arquitectura imposible y edificios que desafían la lógica y la gravedad. Por supuesto, esto hace que sea muy difícil cometer un asesinato, porque la propia víctima puede delatar a su asesino. No obstante, no todo es maravilloso. Aparte del hecho de vivir en una sociedad en la que todo el mundo está expuesto a la violencia, hay que hacer actualizaciones periódicas de la existencia para que, llegado el caso, se pueda recargar con las experiencias y sensaciones vividas. Y sólo hay un tiempo determinado para poder resucitar. Pasado ese período, la muerte es lo que siempre ha sido.

Una mujer policía, tremendamente eficiente, tiene que vérselas con un crimen difícil. Una pareja ha sido asesinada, pero sólo uno de ellos ha conseguido resucitar y no recuerda quién fue el criminal. Le han devuelto a la vida con una actualización ya caducada seis meses atrás. La investigación se complica cuando se sabe que el tipo en cuestión era el socio preferente de la empresa que se va a hacer cargo de todas las resurrecciones. Tal vez, haya algo por ahí. Y, como siempre, va a estar muy velado, muy vetado, muy votado, porque todo se somete a votación en una democracia que no es tal dado el nivel de vigilancia que se ha desarrollado. El misterio está ahí, en esos puntos de restauración de la vida que son guardados como prueba evidente de quién ha cometido tal cantidad de monstruosidades.

Interesante película, que plantea una distopía diferente, jugando con ese punto de restauración que consiste en devolver a la vida a quien haya muerto de forma violenta. Sorprende que su nacionalidad sea checa porque, en realidad, es una película que tiene buenas formas, tiene un argumento de cierta convicción, su desarrollo llega a ser notable y, si bien es verdad que su resolución es algo acomodaticia, deja un regusto bueno, aunque algo breve, en el paladar de cualquier cinéfilo. Buena la dirección de Robert Holz, y convincente la interpretación de los principales actores. Música muy absorbente y diseños gráficos para los decorados que resultan irremediablemente novedosos. No es Blade Runner, pero no está mal.

Así que ya saben. No olviden actualizar sus sensaciones, sus recuerdos y sus sentimientos. Todo se puede perder cuando los asesinatos están prohibidos…hasta cierto punto. Todo lo que amenace al sistema podrá ser objeto de reajuste. Y en eso también se incluyen las personas. Mientras tanto, no olviden cumplir con su deber, por mucho dolor que lleven en su mochila. Al fin y al cabo, es sólo un dolor más en una sociedad que apenas mira por nadie, lo cual hace mucho más complicado el trabajo policial. Seamos sinceros. Todo es mucho más subjetivo cuando el cadáver está vivo. También se puede acusar a alguien a quien queremos fastidiar la vida. 

 

jueves, 16 de abril de 2026

INCONTROLABLE (I swear) (2025), de Kirk Jones

 

El doctor George Gilles de la Tourette fue el responsable de encontrar una enfermedad de tipo neurológico que bautizó con su propio nombre y cuyos síntomas presentaban la aparición de movimientos involuntarios y repentinos en cuello, cabeza, hombros y extremidades y la disfunción coprolálica, es decir, exhalar barbaridades de forma totalmente incontrolada. Esta enfermedad fue diagnosticada por primera vez a principios del siglo XIX en una dama de la alta alcurnia francesa, pero, aún así, era una completa desconocida hasta principios de los años ochenta. Incluso había dudas de que fuera una dolencia como tal.

Así pues tenemos a un joven de quince años, bueno en los estudios y brillante en la portería de su equipo de cadetes. Comienza a tener síntomas que, por supuesto, trata de esconder lo más posible en una época de la vida en la que las inseguridades presiden todos y cada uno de sus actos. Cuando el problema se hace evidente, nadie lo comprende. Pierde a los amigos, no puede tener una simple cita con una chica, sus padres creen que sus comportamientos obedecen a su rebeldía. Está condenado por su lengua y sus tics espasmódicos. No tiene muchas salidas.

Y eso es lo más doloroso de esta enfermedad. No menoscaba la inteligencia, no discapacita al paciente, pero sufre el rechazo de todos porque creen que sus insultos procaces, sus nervios a flor de aparato motor son formas de llamar la atención. Sus profesores acuden incluso al castigo físico para tratar de dominar sus exabruptos, se pelea con el primero que pasa porque le suelta un manotazo en la cara. Puede que él tenga algo que pensar y decir, pero… ¿a quién?

El director Kirk Jones, a pesar de haber hecho algunos productos de descarada comercialidad, ya demostró sus dotes para dirigir con brío y acierto en una película de tan agradable recuerdo como Despertando a Ned, con Ian Bannen, excelente actor, llevando el peso de aquella función en busca de un billete de lotería premiado en los bolsillos de un muerto y enterrado. En esta ocasión, vuelve a dirigir con extraordinario acierto a un joven actor llamado Robert Aramayo que realiza una interpretación fantástica, haciendo que acompañemos al protagonista de esta historia a través de estupendos momentos de humor, tremendos instantes de tristeza y maravillosos pasajes de superación. Él es la principal razón para ver esta película que puede llegar perfectamente a la categoría de notable.

Y es que, en una sociedad presurosa, que sólo busca el ocio como forma de desahogo, que apenas presta atención a los problemas ajenos, no es el mejor sitio para alguien que es incontrolablemente diferente, y lo es para siempre porque el Síndrome de Tourette no tiene cura, y que, sin embargo, quiere ser aceptado como uno más, quiere hacer las cosas que los demás hacen y, desde luego, en ese largo y difícil caminar también hay un lugar reservado para el error.

No es fácil ponerse en la piel de John Davidson, personaje en el que se basa toda la película, que, sin desvelar nada, soltó un exabrupto escandaloso en la ceremonia de entrega de la Orden del Imperio Británico en presencia de la reina. No podemos imaginar la cantidad de rechazo que ha acumulado en su corazón y la inmensa capacidad para ser competente en lo suyo y ayudar a todos los que sufren esta lastimosa enfermedad, que arruina vidas antes de ser vividas, que destroza a las familias porque no aceptan que nadie se comporte de una manera tan radicalmente poco educada. Estamos llenos de prejuicios y, a cada día que pasa, estamos dispuestos a conceder muy pocas oportunidades a todos aquellos que realmente lo merecen. John Davidson era uno de ellos. Y Robert Aramayo tendrá una carrera absolutamente brillante si sabe elegir los proyectos en los que intervendrá. Suya es una de las mejores interpretaciones de los últimos años. Maldita sea.