viernes, 31 de marzo de 2023

FRAUDE (F for fake) (1972), de Orson Welles

 

Con este artículo, cerramos el blog hasta el martes día 11 de abril con motivo de las vacaciones de Semana Santa. No dejéis de ir al cine. Es la mejor de las mentiras. La mayor de las verdades.

Verdadero. Falso. Lo falso puede convertirse en verdadero y lo verdadero en falso. Depende de la maestría de quien lo cuente. Se puede decir la verdad durante un tiempo determinado para que el abismo del engaño sea aún más pronunciado. Todo puede ser falso y la firma, verdadera. Al fin y al cabo, el cine es un muestrario de falsedades. Escribir sobre cine es la petulancia elevada a la falacia. Amar el cine quizá sea la mentira de amar algo que no existe. Vivir el cine es la instalación de una mentira que, por puro arte, tiene una lógica verdadera. Lo que se escribe puede ser una pose. Lo que se lee, algo que se quiere ver. Lo que se ve hace que salten algunos resortes de nuestro mecanismo mental en busca de una comprensión escurridiza. A veces no creamos, queremos creer. A veces no queremos creer y cerramos los ojos para urdir una mentira a nuestra medida. Mentir es creer. Ser sincero es huir. Lo que es evidente puede estar sostenido con hilos de pura ambigüedad. En ocasiones, incluso creer la mentira es bonito. Asciendes creyéndola. Te hace mejor. Te hace más mentiroso en un mundo de mentiras. Drogadicción de la vorágine. Somos simple mentira respirando aires de verdad. Todo el mundo miente. Eso es una verdad. ¿Qué es la verdad? ¿Lo que no es mentira? ¿Qué es la mentira? ¿El estado natural del hombre? ¿Qué es el hombre? ¿Una completa dualidad de mentiras y verdades? Todo esto que he escrito…es mentira…pero ¿quién puede asegurar que no es verdad?

F for fake, conocida en España como Fraude, es uno de los testamentos cinematográficos de Orson Welles, una obra maestra de un hombre que no cejó en su búsqueda de nuevas formas de lenguaje cinematográfico y, para ello, realizó un falso documental que tiene mucho de verdad para que tuviéramos bien claro que fraude, falso, falacia y fruslería…se escriben con efe…cruces de verdad en la mentira de nuestras propias letras. Como un tal Elmyr D´Hory que falsificó las mayores obras de arte y muchos expertos la dieron por buenas. Como Clifford Irving que se inventó una biografía del millonario Howard Hughes sin haber hablado ni una vez con él. Como Oja Kodar que fue el objeto del deseo de Pablo Picasso mientras, todos los días, caminaba por delante de su ventana para ir a la playa, dando lugar a una colección de veintidós pinturas. Algo de todo esto no es verdad. Es un truco de magia. Es sólo lo que las comprensiones quieren ver y construyen en un imaginario castillo de ilusiones. Es la certeza de que hay que desconfiar de todo cuando la historia viene de un mentiroso profesional. Y eso siempre ocurre cuando detrás de la cámara, hay un director. No hay que dejarse embaucar por la dulce voz de un tipo que timó a todo un país haciéndoles creer que los extraterrestres llegaban para quedarse. Eso también fue falso. Como cualquier película. Como cualquier artículo.

jueves, 30 de marzo de 2023

65 (2023), de Scott Beck y Brian Woods

 

Puede que hace sesenta y cinco millones de años algún extraterrestre pisara la Tierra y se encontrase con unos habitantes muy hostiles, con garras y colmillos muy afilados, dispuestos a hacerse con unos buenos jirones de carne persiguiendo a cualquier cosa que se moviera. Puede que, además, eso fuera en las vísperas de la más absoluta de las desolaciones porque se acercaba un día que fue el final, aunque también significó un principio. La supervivencia estaba por encima de todo y había que sortear una vegetación salvaje y atrapante, una Naturaleza inhóspita y un cielo que se estaba desplomando piedra a piedra.

Y es que la desolación no sólo era exterior, sino que también formaba parte del paisaje interior de esos seres que, por alguna razón ignota, poseían forma humana. Esa misma que aún no había hollado sobre la ciénaga de fango y peligro que abundaba en este planeta. Conservaban una última esperanza, pero, naturalmente, entrañaba mucho riesgo y había que atravesar quince kilómetros de selva sinuosa, de trampas cubiertas de hojas flotantes, de cuevas como ratoneras y de no perder nunca el punto cardinal de tener una razón para vivir, aunque ya no quede ninguna. Puede que caminar entre las fauces de la desolación sea una aventura que también signifique un final y un principio.

No cabe duda de que el trabajo en el guión de Scott Beck y Brian Woods, que ya habían dado alguna muestra de talento en Un lugar tranquilo, de John Krasinski, es notable porque resuelven con rasgos de originalidad algunas situaciones sin abandonar en ningún momento la lógica. Tampoco hay que albergar zozobras cuando se comprueba que un hombre como Sam Raimi está detrás de la producción. Y se asienta con cierta seguridad cuando el protagonista es un actor que destaca por su sabiduría como Adam Driver porque aquí encarna a un héroe vulnerable, nada convencido de lo que hace porque se enfrenta a situaciones totalmente desconocidas y va aprendiendo sobre la marcha. El resultado es una película eficaz, entretenida, con algún que otro susto de mérito, con un detalle que no tiene demasiado sentido y con una serie de apuros que colocan la tensión flotando en el ambiente más salvaje.

Mención especial merece la banda sonora compuesta por Chris Bacon y el legendario Danny Elfman que sirve como cuerda a la que atarse con la trama. Es cierto que la presencia de Raimi en la producción también asegura algún momento que entra de refilón en la serie B, pero eso carece de importancia porque la película no pretende ser una obra maestra de la ciencia ficción, sino una película de aventuras con toques de terror entretenida, una odisea de acción y tiesura. Tal vez porque recuerda ligeramente a After Earth, de M. Night Shyamalan, ha cosechado críticas muy duras, pero no quiere ser una hermana menor, sólo un amigo que guiña el ojo y conduce hacia las estrellas.

Y es que, en ocasiones, el ser humano, aunque venga de un lugar muy lejano, hace lo necesario con tal de sobrevivir aunque no comprenda demasiado el entorno en el que le ha tocado batirse. Es necesario caerse muchas veces para levantarse de nuevo y demostrar que la inteligencia es el arma más poderosa. Mucho más que un rifle de proyectiles electrónicos. Muchísimo más que unos explosivos esféricos de eficacia controlada. Sólo hay que hacer lo imposible para que el alma consiga algo de descanso. Las pérdidas siempre dejan una herida que nunca cicatriza, pero también son experiencias vitales que espolean el ánimo tratando de encontrar una nueva razón para seguir luchando, para seguir, para seguir avanzando.

miércoles, 29 de marzo de 2023

SAL Y PIMIENTA (1968), de Richard Donner

 

Charles Salt y Christopher Pepper son dos viejos crápulas que regentan un club nocturno para seguir divirtiéndose. Son un par de tipos simpáticos, que han vivido lo suyo, que no se han tomado nunca la vida demasiado en serio y que ahora están en el meollo del Swinging London tratando de ganarse una clientela de cierta clase, de esa que suele ir a los garitos de smoking y fumar cigarrillos con boquilla. Todo se complica cuando descubren el cuerpo de una espía en el local. Y los señores Salt and Pepper van a tener que ponerse a investigar si no quieren el negocio cerrado a cal y canto. La policía está sobre ellos porque al malhumorado Inspector Crabbe no le caen nada bien desde hace algún tiempo. Y va a ser la excusa perfecta para que esos dos americanos incrustados en las calles londinenses se vayan por donde han venido. Sin embargo, Crabbe es el menor de sus problemas en una investigación que Salt y Pepper comienzan a tientas.

El asesinato va a tener más capas que una cebolla y esos individuos de nombre estrambótico estarán en el centro porque lo que descubren es tan gordo como los bolsillos de los de siempre. Todo ello estará aderezado por las lenguas viperinas de Salt y Pepper y, aunque en ocasiones, los escenarios y los vestuarios están ligeramente recargados en conjunción con la época, los tipos sueltan unas perlas lingüísticas que merecen la pena. La química entre Sammy Davis Jr. como Charles Salt y Peter Lawford como Christopher Pepper es evidente. Eran amigos y se lo estaban pasando en grande en medio de chicas, largas melenas y pantalones de campana. Mientras tanto, el gobierno británico puede llegar a tambalearse si no intervienen estos propietarios de night-club con chulería y estilo, algo que, quizá, ya ha caído en desuso.

Richard Donner dirige con su habitual sobriedad, un tanto sometido a las modas y maneras, pero, a pesar de que es una película que ha caído totalmente en el olvido y casi nadie la conoce, es divertida, con algún que otro momento en el que se extravía el sentido, pero que deja una sonrisa en los labios. Y debió de obtener un cierto éxito, porque dos años después Jerry Lewis dirigió una secuela titulada Una vez más, única película en la que el cómico se reservó labores detrás de las cámaras sin actuar. Y es que estos personajes, aunque su estética nos parezca muy anticuada, eran atractivos como una buena melodía de jazz bañada en whisky.

El tono satírico, incluso haciendo broma del habitual estilo del Rat Pack al que pertenecían tanto Lawford como Davis, es evidente en todo momento. La película no pretende engañar. Sólo pretende pasar un buen rato. Es un encuentro raro y amable entre el vodevil y James Bond. Y, por supuesto, la trama es algo delirante porque se trata de mezclar las ansias de conquistar las islas con lo nuclear. Lo cierto es que si te pones en el punto de mira de estos dos individuos, te vas a llevar un directo a la cara que vas a alucinar en copas.

martes, 28 de marzo de 2023

UN MAGNÍFICO BRIBÓN (1966), de Jack Smight

 

Barney Lincoln es un tipo endiabladamente listo. Se ha metido en una fábrica de naipes y ha marcado todas las cartas de fábrica. ¿Para qué? Sabe que esa fábrica es la proveedora principal de los juegos de cartas que se utilizan en los casinos de media Europa. Lo único que tiene que hacer Barney después de su incursión nocturna, silenciosa y de guante marcado, es ir y jugar, leer las marcas y ganar. Por eso, a pesar de que es un hombre atractivo a espuertas, usa unas gafas cada vez que juega. Las necesita para ver las cartas de los contrarios. Es así de simple. Es un magnífico bribón.

Los problemas aparecen cuando la avispada hija de un inspector de Scotland Yard sabe que Barney es Barney. Entonces las cosas se empiezan a complicar. Más que nada porque la chica también se ve irresistiblemente atraída por el tahúr. Ser o no ser, esa es la complicada cuestión que hay que responder. Delatarle o quedárselo. Y lo segundo es algo demoledoramente atractivo porque el muchacho se dispone a saltar las bancas de media Europa, en los mejores casinos, con los mejores hoteles y dándose la mejor vida a la que nadie pudiera aspirar. ¿Barney a la cárcel o al tapete? Sin embargo, las ideas, a veces, son tan sencillas que dan miedo. ¿Qué tal si Barney colabora con Scotland Yard? Con esa habilidad para leer las cartas por el lomo, puede, no sólo ganar dinero, sino también arruinar a quien se lo proponga. Y el Yard está interesado en que determinado personaje se quede sin recursos. Barney va a tener que jugar para los buenos, aunque también saque pingües beneficios del lance. E, incluso, va a tener que usar la vista para algo más que leer.

Excelente película, llena de momentos entretenidos, suspense y con un ligero recuerdo al Casino Royale, de Ian Fleming, en su versión verdadera, por supuesto, bajo la dirección de Richard Donner y con Warren Beatty dando el palo como Barney Lincoln y Susannah York como la avezada hija de la policía. El resultado es una historia de listos, de esas que dejan un buen sabor de boca y de mano, con el verde prado de las mesas luciendo su descaro y, por supuesto, un malvado a la altura. No hay nada como acudir al origen para causar estragos. Y Beatty, además, tira de atractivo y de saber estar, dejando un poco de lado su aire más trascendente, para ofrecer el retrato de un tipo que se sabe mover por las mesas de juego de medio mundo.

Así que ya saben, apuesten con moderación y esperen el momento adecuado. Puede que los malvados sean malvados, pero no son tontos. Y eso es algo que no hay que olvidar nunca. El resto es poner cara de poste y jugar con inteligencia. Incluso sabiendo lo que tiene el contrario. A veces, es más rentable golpear en el instante más indicado que lanzarse a ganar todo en las primeras manos. Y manos no le faltan a Barney. Pasen y vean. Y, si tienen lo que hay que tener, apuesten unas cuantas fichas de las gordas.

viernes, 24 de marzo de 2023

CONFIDENCIAS (1974), de Luchino Visconti

 

Quizá, entre la quietud de las paredes de un vetusto palacete italiano, con la intrusión de unos cuantos extraños que han alquilado un par de habitaciones para que sea sostenible esa antigualla casi contemplativa, haya una oportunidad para repasar lo que pasó hace muchos años con el encuentro del amor, el reconocimiento de errores, algunos de ellos forzados y que no se pudieron evitar, o la memoria de la entrada en la decadencia, en el silencio, en ese ambiente cargado de un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. El Profesor ha tenido que devorar cada uno de los minutos de su soledad, encerrándose en ese palacete descolorido y, a la vez, elegante. Y sus conclusiones siempre llevan a callejones de moral sin salida. Tal vez esos extraños, esa gente que, con toda probabilidad, no saben estar en sitios de cierta clase, sean una ventana para que la conciencia llegue a la tranquilidad, la memoria a la paz, el recuerdo a lo entrañable. Dentro del marco de una vida que se siente desperdiciada, las confidencias irán conformando un mosaico en el que el Profesor se dará cuenta de que el amor fue y es lo más necesario en la vida de cualquiera.

Las conversaciones, como piezas de una colección de arte, se suceden, en parte, en terreno de la imaginación porque, por allí, por las desvaídas paredes de rojos ajados, aparece esa chica que se llevó todo y no dejó nada. Tan hermosa como era. Tan sincera como fue. La clase y el estilo puede que sea algo que se lleve en la sangre y no tiene por qué ser necesariamente azul. Puede que, en el fondo, toda esa aventura de alojar en casa a unos nuevos ricos sea una elegía, una última reflexión sobre la soledad, sobre la familia, sobre la política…todo ello pasado por el amor, por la oscuridad, por la amargura y por la crueldad. Cuando se enfila la recta final es posible echar una mirada a los demás, a la herencia dejada y recibida, a la fuerza de los desafíos. Sólo para llegar a una definición clara y concisa de sí mismo. Un camino difícil plagado de diálogo estático. Una meta que, en ningún momento, se quiere alcanzar.

Luchino Visconti dirigió esta película profundamente reflexiva, con la colaboración de Burt Lancaster en el papel de ese viejo Profesor de lengua clásica que trata de poner en orden todo lo vivido mientras lo nuevo invade sus últimos días. Y la última palabra es que todo era mejor antes. El futuro se presenta incestuoso, perverso, intranquilo, zigzagueante. Es como si el Príncipe de Salina ajustara cuentas con el destino mientras ya quedan pocos días. La inteligencia, el arte y la razón pasarán a ser piezas de museo en un mundo que se complica más aliándose con el tiempo. El hedonismo se encargará de pesar más en ese ambiente que se abre con las mañanas y ya no hay sitio para lo que, un día, importó. Puede que las confidencias sirvan de poco cuando la muerte ya está llamando a la puerta. Y es que siempre hay que abrirla.

jueves, 23 de marzo de 2023

BAJO TERAPIA (2022), de Gerardo Herrero

 

Gerardo Herrero es, tal vez, uno de los mejores directores y productores de cine de género que hay en España y, lamentablemente, no es demasiado reconocido. A él le debemos pequeñas joyas como aquella extrañísima y fascinante Desvío al paraíso, o las fascinantes memorias bosnias de Arturo Pérez Reverte en Territorio comanche, o la excelente incursión en la incoherencia del homicidio en plena batalla de la División Azul en Silencio en la nieve y, por supuesto, la coproducción de una película de leyenda como es El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella. En esta ocasión, adapta con precisión y descaro la obra de Matías del Federico con la colaboración de unos intérpretes que parecen hechos a medida para someterse al psicoanálisis más crudo bajo la forma de la problemática de pareja.

El resultado llega a ser fascinante porque todos ellos ponen la carne al asador, convenciendo desde el principio con sus hastíos, sus vergüenzas, sus frustraciones, sus ilusiones, sus desvaríos, sus amarguras y sus rencores. En poco tiempo, podemos asistir a un compendio bastante detallado de actitudes que deterioran la vida en pareja hasta hacerla aburrida, prescindible e, incluso, absurda. No hay nada de comedia en todo ello, aunque haya alguna muestra de humor que entra de lleno en la propia idiosincrasia latinoamericana. Predomina una sensación de desengaño, de aires de vuelta en unas parejas que ya se han dicho de todo y que, pese a todo y contra todo, aún quieren seguir unidas…o no. Por eso, quizá, a Freud no le gustaba demasiado el psicoanálisis, porque era mejor pasar a la acción y hacer que el verdadero enfermo, el que está encallado en su propia obcecación basada en la negatividad y en el tancredismo, pague por sus pecados, que suelen ser muchos y graves.

Y es que no hay nada como sincerarse como extraños porque, entre tanta verdad, siempre suele colarse alguna mentira. Ése es el gran mal enfermizo que atenaza a una buena parte de la Humanidad. Nos gusta mentir. Estamos como locos por mentir. Nos hace parecer mejor de lo que somos, nos coloca en un lugar privilegiado, nos construye toda una barricada en contra de los ataques exteriores. En algún sitio de un interior huidizo, siempre hay un hálito de verdad, pero no quiere salir porque esa verdad, escondida en una mazmorra, tiene miedo de la luz. Y a Freud le encantaba la luz, aunque para llegar a ella hubiera que recorrer el largo túnel del psicoanálisis, tratamiento que consiste en reconocer las razones de la oscuridad.

Todo se concentra en unas cuantas maniobras de distracción que, a su vez, van poblando de mensajes en un entorno totalmente controlado. Es como si la frustración y la rabia oculta fuera un cerdo al que se le pincha una y otra vez hasta que gruñe y suelta toda la porquería. Y es terrible. Es insana. Es rechazable. Es penosa. Y hay que extirparla con urgencia porque esa porquería es la que corrompe toda base de convivencia y de respeto, todo rincón de raciocinio en una situación que ha dejado de ser razonable desde hace mucho tiempo. Tomemos una copa y vayamos con calma. Es hora de dejar que la gente hable con libertad y que los demás veamos hasta dónde se llega con determinadas actitudes. La fría y atónita verdad era el verdadero objetivo de Freud porque en ella se encierran todas las respuestas. Y Gerardo Herrero, una vez más, vuelve a demostrar por qué es tan buen director, cómo mima a sus elencos y consigue que nos sintamos parte de una terapia que conseguirá extraer lo mejor de nosotros mismos. 

miércoles, 22 de marzo de 2023

ATRÁPAME SI PUEDES (2002), de Steven Spielberg

 

No hay muchos alicientes en una vida honesta y habitual, así que lo mejor es convertirse en ratón dentro de un bidón de leche y, a base de patalear, convertir la leche en queso. Falsificar, en el fondo, es un arte y este chico que apenas está saliendo de la adolescencia trae en jaque a medio FBI porque es un artista de la doble cara. Ha conseguido viajar por todo el mundo sin pagar un centavo echándole bemoles. Sin más. Tiene talento. Todo el mundo tiene talento para algo sólo que, a menudo, no se descubre para qué. Y este fulanito lo tiene para que nada sea verdad sin dejar de tener la apariencia de serlo. Puede conseguir lo que quiera. Cuando quiera. Como quiera. El FBI, si lo pilla, será por un golpe de suerte y porque el agente Hanratty es un perro de presa lleno de paciencia y de calma, que sólo espera el momento adecuado mientras va cerrando cuidadosamente todas las salidas posibles y extiende la red para que el individuo caiga por sí solo. No, no es nada fácil atrapar a un tipo que es más escurridizo que una anguila y que es capaz de imitar cualquier firma, de encontrar los puntos más débiles de cualquier sistema de autenticación y que, además, le gusta vivir bien. Atrápalo si puedes.

Con una puesta en escena que se acerca con premeditación y alevosía a Stanley Donen, Steven Spielberg articuló una película apasionante que se inspira en buena medida en El gran impostor, de Robert Mulligan, que, en aquella ocasión, tuvo a Tony Curtis como protagonista. Sin embargo, Spielberg es más elegante, más certero, más apasionante en el desarrollo de la historia de este fuera de la ley que tomó el pelo al más pintado y llegó a trabajar para el FBI como experto en falsificaciones. Los cheques, las tarjetas de crédito, las tarjetas de fidelidad, los títulos universitarios…nada tenía secretos para él así que es mejor unirse al diablo antes que combatirlo. Se lo pensó y se lo repensó, pero, al final, decidió estar en el lado correcto. Mientras tanto, buscarlo se convirtió en una tortura a través de todo el país y buena parte del extranjero. Tom Hanks incorpora al agente del FBI en un deliberado tono menor, con una interpretación basada en sugerir, en describir que, en el fondo, ese agente tiene una vida por mucho que esté entregado a su trabajo. Leonardo di Caprio convence como ese experto en falsificaciones con cara de niño que aprende rápido, huye con ligereza y se escapa por los pelos. La película, por otro lado, es un prodigio de ritmo, de situaciones, de diálogos y de mentiras y, sin mayores pretensiones, trata de entretener con altura y firmeza.

Y es que el oficio de falsificador, eso sí, sin pertenecer a ninguna organización mafiosa, trabajando sólo para sí mismo, no deja de tener un lado apasionante porque se comprueban los resquicios por los que se puede introducir el individuo que siempre quiere vivir al margen. Todos ellos son ratoncitos que, a base de pataleo, convierten la leche en queso y que trepan, trepan, suben, suben y que, como Ícaro, acaban derritiendo la cera de sus alas. Fírmeme este cheque, por favor…

martes, 21 de marzo de 2023

LA TAPADERA (The front) (1976), de Martin Ritt

 

Es tiempo de canallas. Y, en esos días, no se podía escribir con libertad. Y si lo hacías, era más que probable que fueras citado por el maldito Comité de Actividades Antiamericanas para que delatases a cuantos compañeros pudieras. Para un simple trabajador de un restaurante, con deudas de juego, es fácil prestar el nombre para recibir un dinero sin esfuerzo y sin apenas compromiso. Sólo hay que acceder a hacer un favor a un amigo para que pueda seguir escribiendo, luego vendrá otro, y luego, quizá, otro más. Así, un don nadie se convierte en el mejor escritor de guiones de Hollywood. Sólo para que la infamia no se adueñe de las líneas. Howard Prince es ese no-escritor que tiene que mantener la apariencia de intelectual cuando, en realidad, no sabe ni quién escribió Hamlet. Sólo para que unos cuantos valientes que están incluidos en las listas negras puedan sobrevivir. No saben hacer otra cosa y, además, han luchado mucho para poder firmar sus propias páginas. Sin embargo, cuando el fascismo se mueve, se siente y actúa, la primera víctima siempre es el libre pensamiento. Hasta un paleto como Howard Prince lo sabe.

Y, por el camino, habrá también algún cómico que pierda las ganas de hacer reír porque ya nadie le da trabajo. Total, en los años treinta fue a alguna reunión del Partido Comunista, o, por ligarse a una chica, participó en una manifestación de trabajadores. ¿Qué más da? Sólo hay una ventana abierta cuando todas las puertas están cerradas y el silencio abre un abismo que no se puede salvar cuando la gente sólo mira y calla. Ya no valen las viejas amistades, las viejas carcajadas, los viejos chistes. Todo se ha ensuciado y la risa aparece con una horrible mueca de amargura. El derecho al trabajo es inalienable y en aquellos tiempos, tiempos de canallas, ni siquiera eso era algo seguro.

Woody Allen protagoniza una película basada en un material ajeno y dirigida por Martin Ritt. Lejos de la comedia, aunque contiene momentos de humor de cierta clase, se puede sentir, con una realización suavemente triste, la desesperación de aquellos hombres que veían descubiertas sus creencias en aras de un supuesto control de ideas para los medios de comunicación de masas. La televisión y el cine lo eran en aquellos días. Y muchos de ellos se quedaron por el camino. Pero, yendo un poco más lejos, coloca la situación en la piel de un hombre normal, sin formación, sin más preocupaciones que las habituales de un ciudadano cualquiera, por mucho que le guste el juego. Al final, Howard Prince, tendrá que tomar partido sin tener en cuenta el próximo cheque y, lo que es aún más difícil, su inmerecido prestigio entre la profesión. No en vano, era supuestamente el autor de unos cuantos guiones que, en realidad, era el producto de varios cerebros trabajando como siempre lo hicieron. Y es que la libertad es tan escurridiza y manipulable como un argumento de película. En esta ocasión, el hombre deberá ser…un hombre de verdad. Y dirá lo que es necesario decir. Breve, conciso, certero y definitivo.

viernes, 17 de marzo de 2023

CLIENTE MUERTO NO PAGA (1982), de Carl Reiner

 

Todo empieza como siempre. Una mujer que parece inacabable que entra en el despacho porque cree que la muerte de su padre no fue un accidente. Es la misma historia una y otra vez. Por eso, Rigby Reardon tendrá que husmear en un montón de teléfonos que hace mucho tiempo que dejaron de funcionar, y hablar con una retahíla de personajes que pueblan la imaginación de quienes tuvieron la suerte de estar con ellos en alguna ocasión. Parece mentira, pero esta es la única oficina de detectives en la que el cliente muerto, no paga. Reardon se mete en un lío que tiene muchos agujeros, igual que un queso Gruyere. Incluso tendrá que llamar a algún amigo para que le eche una mano, un tal Philip Marlowe. El ambiente se diluyó en los sueños. El humo de los cigarrillos nunca fue real. Y, sin embargo, Reardon volverá a aspirarlo porque, al fin y al cabo, es un placer volver con humor a los lugares que uno conoce. Hablar con gente que ya pateó esas calles no deja de ser un privilegio. Y esta historia, por mucho que uno quiera odiar, lo es.

Steve Martin asume los rasgos de Rigby Reardon, y Rachel Ward es la vertiginosa cliente del detective privado. En los interminables callejones, Martin se encontrará con Humphrey Bogart, con Barbara Stanwyck, con James Cagney, con Alan Ladd, ese hombre que se llama a sí mismo “El Exterminador”…. Son cheques en blanco para pagar ese trabajo tremendo, de horas y horas en la sala de montaje y en el plató que realizó Carl Reiner para rendir un homenaje con sonrisa al cine negro. Ese mismo de sombreros de ala ancha, maldades sugeridas, pistolas que encajan como un guante en la mano y bultos sospechosos bajo la americana. La turbiedad asola por todas partes y se agradece el tono, en ocasiones, demasiado grueso que imprime Reiner a una historia que asoma la cabeza por originalidad, inteligencia y amor por el cine. Es imposible dejar de ver esta película, porque en cualquier momento puede salir Vincent Price paseando figura, o Cary Grant con su mirada ambigua, o Bette Davis con sus andares que parecían pisar al mundo entero, o Ingrid, o Veronica, o Ava, o Burt, o Ray…da igual. Son rostros que se movieron por los bajos fondos del ánimo con soltura y que aparecen de nuevo, precisamente, para levantarlo. Porque, en el fondo, todos sabemos que son tiempos que no volverán, que puede que haya otra chica de curvas tan pronunciadas que den ganas de gritar y que entre en un despacho mugriento de cualquier edificio con limpiadora arrodillada en los pasillos y nos deje un encargo que capte nuestra atención. Sólo hace falta una sonrisa cínica, un vaso lleno hasta el borde y revisar las balas del tambor del revólver. El resto se hace en las calles.

No deja de ser un chiste contado con cierta clase, con un punto de locura y con un trabajo de muchas horas en la moviola y en el guión. Ya se sabe, las frases significan una cosa u otra dependiendo del contexto. Y yo ya me estoy enrollando demasiado. Tengo que dejarles. Es posible que alguna chica esté en apuros al otro lado del hilo telefónico.

jueves, 16 de marzo de 2023

MARIDOS (2022), de Lucía Alemany

 

Un accidente en los Pirineos y se descubre el pastel con dos guindas. Eso no sería nada malo si no fuera porque el pastel sólo debería tener una porque se corre el riesgo de que las guindas se conozcan y formen su propio pastel. Ya se sabe, uno se pierde entre la nata, no sabe hacia dónde tirar y resulta que la guinda amarga consigue almacenar algo de dulzura. Por otro lado, la dulce no se deja mangonear tanto. Moraleja: el carácter agrio y los desengaños de la vida no deben ensuciar lo que es un bonito adorno de amistad. Cielos, si todo ocurre en una ciudad llamada Malpaso, y entre risa y buen rollo, hay un cierto aire de película del Oeste.

En el engaño está lo común. Ahí está el meollo de la cuestión. Dejar de gruñir y abandonar esa actitud de tragar con todo es fundamental para recuperar la autoestima y llegar a tener certezas como que se ha querido y se ha sido un padre de aprobado justito. Y todo se escribe en la nieve. En ese sitio donde los chascarrillos se desparraman en el telesilla, donde lo bueno parece que dura poco, donde los quitanieves nunca quitan nada y donde las iras deben dejarse en el gorro de lana. La lógica es para los machotes y más vale hallar una solución que sea cómoda para todos. Al fin y al cabo, el elemento de disensión tiene más cara que espalda y una media colgada en el pomo de la puerta para hacerse un Carradine. ¿No saben lo que es? Mejor buscarlo por el móvil.

Así que ahí, en plena montaña oscense, en un pueblo de nombres míticos donde la gente tuvo que vivir sin perdón y donde los ríos míticos se juntan con chicas de un millón de dólares, tenemos a dos actores que saben decir la frase más vulgar de la forma más graciosa, como si fuera lo más natural del mundo, y que se llaman Ernesto Alterio y Paco León. Con bata blanca se encuentra Raúl Cimas, que también le pone gracia al asunto. Y la dirección de Lucía Alemany es simpática y muy precisa. El resultado es una película con cierta clase en sus carcajadas, con algo de estilo en sus risas y con alguna elegancia en sus sonrisas. Y se deja ver con los esquíes en la mano y el frío húmedo en los pies.

Así que hay que ir preparando esos interiores de madera acogedora para que los niños se sientan como en casa. De paso, toda esa temporada en las alturas va a servir para dejar atrás unas cuantas frustraciones que estorban un poco, caray. Al fin y al cabo, el dialogo no fluye cuando uno se agarra al limón y otro sólo quiere naranjas. La culpa es de quien se aprovechó con premeditación y alevosía y que se tomó una temporada de vacaciones en tierra de abrigo y forfait. Aludes, dibujos, peleas de bar, presentaciones a ras de suela, doctoras sabihondas, unas ganas de reírse de lo políticamente correcto que resulta arrebatadoramente sano, alguna que otra parada de ritmo, un conato de que la historia se va de las manos y vuelta, unas botas de nieve que quitan el sentido, unas miradas que hablan por sí solas…y la comedia deja de ser tonta porque exhibe algunos rasgos de ocurrencia. Es que no hay nada como reírse de lo que uno se tiene que reír mientras se hace barbacoa con carne de jabalí.

Ah, y hay que ser buenos y no montar un escándalo por un engañito de nada. No sea que les tomen por locos y suene alguna melodía de desierto y revólver con pitido de prolegómeno. Al día siguiente, lo mismo todo vuelve a la normalidad y sólo quede el suave rastro de un perfume de hombre. Hay que darse cuenta de que si se tiene un amigo, se tiene una montaña de afecto. Aunque el nexo de unión haya sido la engañifa de creerse únicos en la vida de alguien. 

miércoles, 15 de marzo de 2023

IMPACTO (1949), de Arthur Lubin

 

Todo parece ir bien en el matrimonio de Walter Williams hasta que las evidencias son acusadoras. Su mujer, siempre tan adorable y tan dispuesta, no le ama. Tanto es así que ha tejido toda una trama para eliminarle y quedarse con su dinero y con su amante. Sin embargo, el destino suele ser un caprichoso burlón y las cosas no salen como estaban previstas. Parece que Walter ha muerto, pero el amante ha desaparecido. Un accidente, las llamas, un terraplén demasiado acentuado…es mejor esconder la cabeza y olvidarse de que el mundo existe. Puede que la belleza se halle en unas manos engrasadas y el placer esté en apretar unas cuantas tuercas. Tal y como se hizo en una juventud que pasó rápidamente porque cabalgaba a lomos de la ambición. Luego ya vinieron los triunfos, los negocios bien cerrados, el lujo e Irene. Todo lo que un hombre puede desear. Lo malo es que también puede ser todo lo que otro hombre puede desear, por supuesto, con la colaboración de su esposa. El fuego puede haberlo destruido todo y se hace muy atractiva la idea de comenzar de nuevo arreglando cualquier motor de coche en una gasolinera perdida en un precioso y tranquilo pueblo de Idaho.

El pasado no llama a la puerta. No le hace falta. Quizá ha comprendido que se arrebató todo a Walter y que merece la oportunidad de ser feliz en otro lado, con otra mujer que destaca por su decisión y coraje. Puede que ése sea el problema. Con esa decisión y ese coraje, convencerá a Walter para volver y salvar a su maldita esposa, ahora encarcelada porque está acusada de un crimen que, en realidad, no ha cometido. Todo se embrolla porque, entonces, el acusado pasa a ser Walter. Menos mal que aún hay policías como el Teniente Quincy, capaces de robar un beso a la mujer más atractiva de la ciudad, utilizar la inteligencia como arma definitiva y tener la capacidad de resolver un enredo de muerte y engaño que parece no tener fin. Walter merece esa oportunidad. Aunque quizá no sea en Idaho.

Excelente película de serie B, con Brian Donlevy, Helen Walker, Ella Raines y, por encima de todos ellos, un maravilloso Charles Coburn en la piel del Teniente Quincy, aportando, más que humor, brillantez a cada una de sus acciones. Su profesionalidad y dedicación y sus tronchantes diálogos con su jefe inmediato hacen de él, con mucho, el personaje más atractivo de este título dirigido por Arthur Lubin, un realizador muy competente, responsable de una película como Pasos en la niebla y que vio acabada su carrera por culpa del uso y el abuso del alcohol. En cualquier caso, aquí, hace un trabajo excelente, construyendo la historia con paciencia y dejando que el espectador junte unas cuantas piezas que, en principio, parecen rozar la incongruencia. Eso, de todas formas, es bastante normal cuando hay alguna muerte de por medio. La incoherencia acaba traicionando a los culpables y siempre hay algún oído indiscreto que escucha lo que no debe o que da la pista definitiva para que el impacto se sienta en los causantes de la conspiración. Es la ley. Es la vida.

martes, 14 de marzo de 2023

ESCALA EN HAWAI (1955), de John Ford y Mervyn Le Roy

No es fácil hacerse con la tripulación de un barco. El Teniente Roberts lo sabe. A pesar de sus buenas intenciones al querer que todos estén unidos antes de entrar en acción para que cada uno dé lo mejor de sí mismo, tiene que enfrentarse a un capitán que le gustan las tiranteces, a un médico que le gusta echar un traguito de vez en cuando y a un alférez algo díscolo que le gusta hacer las cosas a su manera. En realidad, Roberts tiene su principal campo de batalla en ese maldito capitán que le disfruta humillando a la gente con sus órdenes. Ése no es el mejor estado de ánimo para que, bajo el fuego de los cañones, la tripulación lo haga mejor. Todo lo contrario. Estarán con la presión en la espalda y con el enemigo enfrente. Hay que facilitarles la vida.

Por otro lado, Roberts trata de enlazar los deseos del capitán con las inquietudes de la marinería. Se trata de encajar dos piezas de dimensiones muy diferentes. La vida a bordo tiene algo de comedia y también algún que otro momento para el drama. No es fácil navegar entre dos aguas y salir airoso del asunto. Sin duda, ese barco zarpará para cumplir con su obligación, pero no se sabe muy bien cómo. No hay que preocuparse demasiado por lo que se dijo antes, es posible que ahora las cosas hayan cambiado y se diga lo contrario. La película trata de ir un poco más allá y ofrecer un lado divertido y, también, una cara triste. La vida militar tiene esos momentos. Nada es invariablemente simpático. Y aún así tiene sus compensaciones, sus instantes de relajación donde la risa aparece como por arte de magia. Es lo que tiene si hay un alférez a bordo durante catorce meses y el capitán no recuerda de ninguna manera quién es.

Mucha historia se halla detrás de esta película. Nacida de un éxito en Broadway que el propio Henry Fonda representó durante dos años sobre los escenarios, los productores quisieron que Marlon Brando o Tyrone Power interpretaran el papel principal, pero Ford batalló porque fuera el propio Fonda el protagonista. Estaba convencido de que lo pasarían bien, eran viejos camaradas y todo iría como la seda. Nada más lejos de la realidad. El punto de vista de Fonda, más cercano a la obra de teatro, opositaba fieramente con el de Ford, que pretendía ofrecer algo más nuevo. La ruptura total entre ambos se dio cuando, en una reunión, Ford golpeó en el rostro a Fonda con un puñetazo. El director dimitió en ese mismo instante y la película naufragó porque nunca se decide sobre el camino a tomar. Estuvo nominada a los Oscars de aquel año y significó el primero para Jack Lemmon como mejor actor secundario. El reparto era de auténtico lujo porque, además de Fonda y Lemmon, se hallaba James Cagney en la piel del capitán y William Powell en su última aparición en el cine. Mervyn Le Roy, con la ayuda de Joshua Logan que había dirigido la versión teatral, acabó la película. El resultado está lleno de amabilidad, de diálogos brillantes, de actuaciones estupendas y, sin embargo, algo de alma falta en esta adaptación. Como si, en algún lugar del barco, se hubieran dejado las risas que podrían haber hecho de ella un gran éxito. Es una especie de estación intermedia entre El motín del Caíne y Operación Pacífico. Y es una lástima. Porque el sol sí que aparece en el horizonte de esta historia. Pudo llegar muy alto.

viernes, 10 de marzo de 2023

EL OSCAR EN FAMILIA



Éste es uno de esos años en los que no has comprendido muy bien las nominaciones porque incluir entre las candidatas y una de las favoritas a una película como Todo a la vez en todas partes es una señal de que al cine le queda muy poco tiempo de vida. Por eso, es bastante posible que nada de lo que yo pueda decir aquí se haga realidad. Entre otras cosas porque uno se niega a creer que algo tan maravilloso pueda desaparecer, así que no me queda más remedio que intentar una entrega de premio en el salón de mi propia casa y grabarla con mi video casero. Sólo así podrán salir los que verdaderamente lo merecen.

Y es que no merece la pena ni siquiera hacer la distinción sobre lo que va a salir según los gustos habituales de los académicos y lo que uno mismo prefiere porque no coincide en prácticamente ninguna categoría. Señal inequívoca de que quien les escribe es un lerdo con gafas y que el mundo se ha vuelto tan sabio que apenas llega para el entendimiento.



Así, tenemos en la categoría de mejor actor a Brendan Fraser por La ballena. Dejando aparte que Darren Aronofsky es uno de los directores más sobrevalorados del panorama actual y que la película es justita, la interpretación de Fraser es mayúscula. El mayor competidor va a ser Austin Butler por su encarnación del ídolo del rock en Elvis, pero es que ni siquiera debería ir en segundo lugar porque Colin Farrell da un par de lecciones en Almas en pena de Inisherin, pero qué sabré yo.



Para la mejor actriz, para mí está muy claro el tercer Oscar para Cate Blanchett, que da un recital en una película que sí merece estar ahí, a pesar de su excesiva duración, como es Tár. Los sabios de medio mundo otorgan el premio a Michelle Yeoh, una mujer que siempre me ha caído muy bien, pero que está en una de las peores películas del año, un sin sentido que sólo los marginados consiguen entender.



En la división de mejor actriz en un papel secundario, parece bastante favorita Jamie Lee Curtis por el engendro de Todo a la vez en todas partes, teniendo en cuenta su veteranía, que es hija de Tony Curtis (al que se le debieron en su día, un par de nominaciones como, por ejemplo, aquella interpretación insuperable que hizo en El estrangulador de Boston) y de Janet Leigh, mito del cine y de la imaginación de muchos. La verdad es que aquí no está nada claro y es posible que a Jamie Lee le perjudique el voto dividido al estar también nominada Estefanía Hsu por esa misma película, si es que se le puede llamar así. ¿Quién lo merecería? Desde luego, Kerry Condon en Almas en pena de Inisherin.



Para el mejor actor secundario, las apuestas se inclinan por Ke Huy Quan por la cosa esa tan graciosa que tiene tanto sentido como la luna de miel de un saltamontes, a mí me encantaría que lo ganase Brendan Gleeson por Almas en pena de Inisherin, pero quien está ganando últimamente muchos enteros en Barry Keoghan por esa misma película, en el papel del vecino que ruega por amistad y por amor de la forma más torpe posible. Sería justo.



Para la dirección, sería un atraco a mano armada que no se lo dieran a Steven Spielberg por Los Fabelman. ¿Causas? Porque rueda como los mismísimos ángeles, porque sabe lo que cuenta y cómo contarlo. ¿Que no es tan espectacular como otras obras suyas? ¿Y qué? ¿John Ford hizo una superproducción para contar lo que quería contar en El hombre tranquilo o en ¡Qué verde era mi valle!? Todo lo que no sea eso, es una invitación para dejar de creer en la calidad.



En esa categoría nombrada de forma tan políticamente correcta como mejor película internacional (no sea que “extranjera” haga que se ofendan los de fuera), no cabe duda de que The quiet girl es un prodigio de sensibilidad y de que Sin novedad en el frente entra dentro del gusto académico como una superproducción europea basada en un libro ampliamente adaptado por el cine y que, además, se beneficia de la situación con la guerra de Ucrania, pero la que merece llevarse el gato al agua es Argentina 1985 por lo que cuenta, cómo lo cuenta y porque no deberíamos olvidar lo que pasó durante la dictadura de la Junta Militar en ese país.





Para el guión adaptado, ahí es donde deberían premiar Sin novedad en el frente y así se van contentos los alemanes. Para el guión original está mucho más abierto y me temo que se lo va a llevar la supuesta originalidad que les hace tanta gracia de Todo a la vez en todas partes cuando Steven Spielberg y Tony Kushner son los que hacen el guión modélico para Los Fabelman.



Por último, creo que ha quedado bastante claro que la mejor película es y debe ser Los Fabelman. No, no es la mejor película de Steven Spielberg. Es que lo que se está dirimiendo es la mejor película del año entre diez precandidatas. Y es la mejor. Y ya puede venir el mismísimo François Truffaut a decir que es Todo a la vez en todas partes cuando es una película que, si viviéramos en un mundo menos desquiciado y más racional, estaría entre las favoritas para ganar un Razzie. Pero esto son sólo las opiniones de un pobre loco, que sólo ha visto dos o tres películas y que, desgraciadamente, cada vez se rebela más contra el gusto de la mayoría. Mira, con eso, hasta yo podría hacer una película y presentarla a los Oscars. Le pongo un donuts como receptor de mis frustraciones y seguro que dicen que es una genialidad…

jueves, 9 de marzo de 2023

TO LESLIE (2022), de Michael Morris

 

Leslie una vez tuvo suerte, pero se la bebió. No todo fue culpa suya porque, ya se sabe, cuando el hado viene a visitarte te crecen los amigos y un favor por aquí, otro por allá…El caso es que el dinero se esfumó. Y el alcohol comenzó a tener todos los números para la siguiente rifa. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo. La dejación de responsabilidades, el desprecio de la gente, el hijo que siempre se ha preguntado el por qué y nunca ha tenido respuesta…Leslie va cayendo y cayendo por el gollete de la botella. Y lo peor es que no ve el fondo.

De repente, alguien tiende una cuerda. Es delgada, deshilachada, no tiene mucha consistencia, pero es algo. Se hace por compasión y porque ese alguien tiene alma. Es una ayuda pequeña, casi insignificante, pero es algo porque otorga una pequeña luz al final del túnel de Leslie. Ella, al principio, como todos los adictos, no la verá. Es incapaz de atisbar cualquier brillo de claridad. Prefiere hundirse más y más, tratando de recuperar algo, quizá afecto, quizá autoestima, pero no lo consigue. Eso hace que vuelva a su amigo el vaso y éste siempre está lleno para ella. La sensación de garganta quemada mortifica y, a la vez, alivia. Esa dulce sensación de visión nublada y sentido abotargado puede con ella. Y una voz de su interior le dice que debe agarrarse a esa cuerda ínfima que alguien le ofrece porque va a ser su última oportunidad.

A pesar de que estamos ante otro de esos dramas recientes que están deseando parecerse al neorrealismo italiano, el director Michael Morris yerra constantemente al acercar tanto la cámara a esta historia de caída y redención, poniendo el alcohol y sus problemas en primer plano constantemente. No cabe duda de que, en ciertos pasajes, Andrea Riseborough consigue alturas interpretativas de interés, pero también se equivoca con algunas gesticulaciones excesivas, tratando de expresar en todo momento lo que siente su personaje antes de hacer cualquiera de sus actos. El resultado es algo parecido a lo que se siente viendo películas como The Florida Project o Precious, dramas de compasión que acaban por ofrecer un resquicio de esperanza en medio de una historia que carece de humor, de respiro e, incluso, de simpatía hacia el personaje principal.

Así que aclaren bien sus gaznates, tengan a mano los pañuelos, prepárense para surcar mares de incomprensión para, luego, sentirse galvanizados con el intento de búsqueda de la felicidad (que no es más que estabilidad) con la sombra de la petaca amenazando a cada instante. El resentimiento también tiene un papel destacado y nada, tranquilos, que a Leslie le sobran fuerzas en un giro final que tampoco tiene demasiado sentido. Por mucho que sea un aviso sobre el exceso de sufrimiento que llega a saturar y a buscar la paz por los mejores medios al alcance. Quizá todo se reduzca a encontrar a una persona que sepa ver las razones y llegue a ver las respuestas no forzadas. A demostrar que, a pesar de todo, de todas las crueldades a las que nos somete la vida ingrata, siempre hay una salida a la izquierda. A creer que el frío de la noche pasa y que, en algún lugar del día siguiente, hay una oportunidad que suele pasar desapercibida. Y, desde luego, a ajustar cuentas con uno mismo, siendo consciente de los enormes errores que se han cometido y del cataclismo que se ha causado a todos los que estaban alrededor. Cada vez lo olvidamos más cuando tomamos una decisión que va en contra nuestra, por mucho que no sepamos ver que así es. Ningún camino de los que podemos elegir se abrirá sin consecuencias. Por eso, deberíamos pisar con mucho cuidado, porque pisamos sueños y esperanzas de los demás.

miércoles, 8 de marzo de 2023

LOS DIABLOS DEL PACÍFICO (1956), de Richard Fleischer

 

En el Sur, es muy fácil dar órdenes y despreciar a todos los que te rodean. En el frente del Pacífico, las cosas cambian radicalmente. Tu vida depende de los demás. Tus órdenes deben ser firmes, pero ponderadas. Lo razonable debe presidir hasta la última bala porque los nervios aparecen cuando menos se les espera. Los hombres, allí, deben moverse entre el cielo y el infierno, en selvas plagadas de mosquitos, en aguas infectas, en ametralladoras que sólo escupen muerte. Eso es lo que le ocurre a Sam Gifford. Él ya tenía todo lo que se podía desear. Una hacienda productiva, una mujer excepcional y el poder para hacer o deshacer la dignidad de todos aquellos que trabajaban para él. Su pensamiento cambiará cuando comprueba que la valentía no es una cuestión de clase y que no hay nada más importante que salvar vidas. Al fin y al cabo, la gente humilde tiene la misma dignidad que él, niño bonito de herencia fácil. Y más aún cuando morir es algo que apenas tiene valor en medio de la guerra.

Sam, en el frente, también comete errores porque, en el fondo, siente miedo. Y eso le cuesta una degradación. Sin embargo, eso no es más que un camino para el aprendizaje porque, si creía que la guerra era horrible, aún no había estado al lado del Capitán Grimes, un individuo psicótico que no se lo piensa dos veces a la hora de enviarle a una misión suicida. Mientras tanto, Sam verá cómo algunos con los que ha compartido cigarrillos y aprecio, vuelan por los aires. Lejos de amilanarse, eso afianzará, dentro de él, al verdadero hombre que lleva dentro. Grimes es sólo un obstáculo más que deberá saltar. Y regresará al Sur con la conciencia de haber hecho lo correcto, de que ése sí que es el camino, de que trabajar para él no le da derecho a aplastar, a arrasar, a aniquilar. Ya ha habido bastante de eso en las selvas de Guadalcanal.

Excelente película bélica bajo los mandos de Richard Fleischer, que fotografía con verdadero mimo las aventuras de este joven que debe enfrentarse a la destrucción de todos sus prejuicios a golpe de ráfaga mientras aprende que la lucha por la supervivencia es algo inherente al ser humano. Robert Wagner realiza un papel muy destacable, pero quien se lleva el máximo honor es Broderick Crawford en la piel de ese capitán desquiciado, que supera sus miedos a través de la ira y descarga sobre los demás, siendo una versión agigantada del propio Wagner cuando comandaba sus plantaciones. El resultado es una película espléndidamente rodada, con algunas secuencias extraordinariamente bien dirigidas que, en ningún momento, opta por esa moda que imperó durante algunos años de salpicar con continuos flashbacks los temores del protagonista de turno.

Y es que las escarpadas colinas de las Filipinas se yerguen como testigos incólumes de la forja de una personalidad que merece ser modelada. Sam Gifford-Robert Wagner no es un mal hombre, sólo tiene equivocados unos cuantos conceptos morales que darán lugar a un ser humano noble y mucho más justo. Es el aprendizaje de la muerte cercana. Es la certeza de que, en cualquier momento, una bala puede acabar con el grito más humillante.

martes, 7 de marzo de 2023

EL BESO DE LA MUJER ARAÑA (1985), de Héctor Babenco

 

En las paredes desnudas de una cárcel lóbrega, vacía y desoladora, se consumen las esperanzas como si fueran pábilos de vela. Allí no hay libertades, ni derecho a pedirlas. Sólo horas que se deslizan sinuosas por el alma y charlas interminables entre reclusos que no pueden soñar con otro presente. Uno hubiera deseado ser una mujer y su conducta ha sido encontrada inmoral por el régimen dictatorial ligeramente abierto en el que vive. El otro es un preso político que se atrevió a decir lo que nadie y pasea arriba y abajo en busca de su error y de una razón para desear que el día siguiente llegue. La imaginación es la ventanilla de escape y esos dos hombres, de un modo inescrutable, llegan a un entendimiento imposible porque, en el fondo, anhelan lo que no pueden conseguir. Las palabras se intercambian, los pensamientos toman forma, los sueños parecen tomar una forma corpórea porque se desea que la realidad sea otra. Molina y Valentín son seres perdidos en el universo de un espacio cerrado, muy cerrado. No ven en el otro la posibilidad de salir de allí y, sin embargo, es posible que el deseo de muerte sea el principio de la vida y donde termine uno de ellos, empiece el otro. Mientras tanto, la fantasía y la realidad se entrelazarán extrañamente, como si fuera algo natural, como si fuera la impensable mixtura de dos pócimas que no son compatibles.

No cabe duda de que el gran activo de esta película es el inmenso trabajo que realiza William Hurt en la piel de Molina, el homosexual, el inadaptado, el que ha estado todo el tiempo al margen. Y eso le da una cierta ventaja moral al prejuicio que está arraigado en Valentín porque, en el fondo, Molina es un rebelde que ha estado mucho más en primera línea, luchando por una libertad que, aunque ajena para Valentín, es también un paso para todas las demás. Sólo hay que dejar que la mujer araña se acerque para dejar un beso en el campo arado de los labios resecos. Y los pensamientos van aflorando porque Molina, en su inmensa desgracia de ser diferente, también tiene un rincón reservado para el tímido optimismo porque cree que el amor existe, algo que Valentín ha olvidado en su activismo político. Y, tal vez, haya tragedia entre los barrotes, pero también habrá una sensación para salir con la mirada nueva.

Basada en la obra de teatro de Manuel Puig, El beso de la mujer araña fue estrenada en España con Pepe Martín y Juan Diego y, después de convertirse en un éxito, el director brasileño Héctor Babenco quiso hacer la adaptación cinematográfica respetando al máximo su origen escénico y añadiendo, tan sólo, las secuencias oníricas nacidas de la imaginación de Molina, suficientes como para sobrellevar de la mejor manera posible el encarcelamiento injusto y arbitrario de dos seres sin mañana, olvidados en una celda tenebrosa y húmeda que, de alguna manera, nos recuerda que esta misma historia de libertad encerrada podría no ser admisible en unos días como los nuestros.

viernes, 3 de marzo de 2023

LA NOCHE QUE NUNCA TUVIMOS (1993), de Warren Leight

Cada uno tiene sus manías. Y compartir un apartamento en diferentes horas para distintos propósitos no tiene más que ventajas. No tienes por qué conocer a tus co-inquilinos, no debes dar explicaciones a nadie de lo que haces dentro de tu espacio y el alquiler sale notoriamente más barato. Uno es Sam, un individuo raro que quiere el rincón para organizar cenas románticas y, ocasionalmente y si se tercia, algo de sexo. Otra es Ellen, una chica con temperamento artístico que quiere crear sus lienzos sin interferencias, pero que también tiene sus necesidades sexuales. El tercero es Brian, el típico individuo sin ruta fija que quiere un cubículo para compartir alcohol con sus colegas y ver partidos de baloncesto. Las áreas están perfectamente delimitadas y no tiene por qué haber interferencias de unos con otros. El problema sobreviene cuando Ellen, en un error de bulto, hace saber a Brian que quiere sexo con él cuando, en realidad, su objetivo es Sam. Adiós al buen rollito.

Y es que tres es una multitud y más aún si estamos hablando de un apartamento en el Greenwich Village. Ese sistema de dejarse notas unos a otros, alguna llamada esporádica de teléfono y las inevitables huellas de haber estado antes, tiene muchos inconvenientes. Y esta historia sólo podría desarrollarse en un cajón desastre como es Nueva York. En el equívoco, sin lugar a ninguna duda, hay situaciones divertidas, momentos de humor con cierta clase, frivolidades a granel y, sí, es una comedia romántica con un punto más de locura. Al fin y al cabo, no deja de ser sarcástico proponerle plan a un tipo que parece ideal al tipo menos ideal de toda la ciudad. A ver cómo resuelves eso sin que uno se enfade y el otro se ofenda. La convivencia salta por los aires, como suele ser habitual. Y Matthew Broderick, en la piel de Sam, realiza una interpretación excepcional que, además, no suele ser recordada debido a la naturaleza modesta de la película. Y, de vez en cuando, hay que recordar cuál fue la noche que nunca tuvimos.

Sí, porque oportunidades no faltan, miradas tampoco, y sin embargo, el miedo, que siempre es muy moralista, se encarga de construir unas barreras recién pintadas, muy monas, que hacen que todo sea mucho más difícil y la intención se transforme en arrepentimiento por no haberse realizado. Puede que el destino también tenga algo que ver y que el ruido de la vida cotidiana propicie que las oportunidades pasen de largo. Sin embargo, esa noche, esa noche en la que sientes una conexión especial con alguien, no debería pasar por encima de los sentimientos. Nada es correcto. Y todo lo es. Eso sí, mientras tanto hay que dejar las cosas bien colocadas para que los lados de la pared comprueben que todo está en orden. El sexo, ya se sabe, está muy sobrevalorado y puede que esa noche no tenga que existir nunca. Ni siquiera un acercamiento. Ni siquiera nada. La noche que nunca tuvimos es esa misma que se construye como se quiere porque pertenece a los territorios exclusivos de la imaginación.

jueves, 2 de marzo de 2023

THE QUIET GIRL (2022), de Colm Bairead

Por aquellas cosas del destino, una niña debe cambiar de casa y vivir, durante las vacaciones de verano, en la casa de una prima de su madre. Ella es tranquila, observadora, expectante. Es como si estuviera esperando que la vida saliera a su encuentro y no la encontrase por ninguna parte. Quizá allí, en un hogar en el que el cariño sufrió más de lo soportable, pueda darse cuenta de que la felicidad reside en las pequeñas cosas. En un pastel hecho con dulzura. En una galleta dejada en una mesa para que ella la recoja. En un tren que parece no partir nunca en la pared de su habitación. En la claridad pura y saciante de un poco de agua. En la mirada alzada al cielo para ver las ramas de unos árboles que quieren protegerla.

Todo es extraño, nuevo y, a la vez, con un poso de amor. En algún momento, las cosas no son fáciles porque ella, de alguna manera, viene a llenar un hueco que jamás se podrá tapar, pero la rutina, el trabajo compartido, la palabra justa en el momento adecuado hace que se saboree la felicidad a pequeños sorbos. Tanto es así que, cuando llega el fatídico instante de la despedida, ella es capaz de pronunciar la palabra mágica en un abrazo que no debería acabar nunca porque en él están todas las preguntas, todas las respuestas, todos los sentidos y todas las certidumbres.

En el camino hacia esa seguridad que nunca sabrá expresar, se hallará el lenguaje de la Naturaleza, la maledicencia inquisitiva de quien no debería más que guardar silencio, la tristeza de la adolescencia que ya llama insistentemente a la puerta, el inmenso sabor de un zumo recién exprimido, el inconfundible sabor de un helado comprado con todo el cariño que, como todo el mundo sabe, se recrea en las papilas gustativas con más fruición que el que se adquiere por compromiso. También el innegable valor de la educación, de no decir nunca una palabra disonante, de pagar con sinceridad todo lo que se recibe. Y, sobre todo, de comenzar a diferenciar lo que es la bondad del corazón de la crueldad del alma, algo que se pondrá de manifiesto mientras se dice esa palabra mágica que a todos nos hace volar por lo que significa y por lo que es.

Notable película irlandesa hablada casi íntegramente en gaélico que destila un trabajo realizado con mimo, con poco presupuesto, pero con el pensamiento muy bien colocado. Para paladares sin prisa, dispuestos a dejarse llevar por una historia de verde y relax. Y con una cierta predisposición a la inevitable emoción que acaba por aparecer en medio de la rabia y de la contrariedad. El destino desgraciado parece empecinarse en su permanencia aunque, al menos, esa niña ha probado algo que ninguno de su familia ha llegado a oler. Esa niña será más. Esa niña será mejor. Y, desde luego, en cuanto tenga capacidad e independencia, saldrá de aquella casa en la que la palabra nunca es mágica porque siempre está cargada de amargura y de ofensa para irse a los lugares donde probó el elixir de la sonrisa más espontánea. Tal vez porque allí, donde todos hemos probado algo parecido, es el lugar al que siempre regresamos. Una y mil veces. Físicamente y en el recuerdo. Moralmente y en el pensamiento. Volviendo a sentir, repetidamente, ese olor a verano, a leche recién ordeñada, a ternero alimentado, a agua pura y cristalina, a zumo y a pastel, a noche fría en el borde de la playa, a luces que brillan en el horizonte, a hierba y a hoja, al sonido del viento entre las ramas, a las interminables carreras en busca del correo, a papá y a mamá. 

miércoles, 1 de marzo de 2023

LA LEY DEL HAMPA (1960), de Budd Boetticher

 

-. Tú no puedes matarme. Soy Legs Diamond.

Todo empieza con un trabajo a tiempo parcial para sacarse unos dólares extra. Jack, en el fondo, no es más que un pobre chico descarriado que se mueve con comodidad por malos barrios, pero su futuro no parece el mejor. Seguramente deambulará por las calles haciendo trabajos de tres al cuarto, de ratero, de timador, nada. Sin embargo, la gente no conoce a Jack. Tiene ambición. Quiere trepar. Y cuanto más deprisa, mejor. Es un chico listo, eso nadie lo puede negar, y tiene iniciativa. Y además, por si fuera poco, tiene bemoles. Así que de la cazadora callejera pasará a la americana de salón. Las corbatas blancas asomarán por su pechera y seguirá siendo implacable para subir, subir, subir…hasta que la caída sea totalmente definitiva. Jack “Legs” Diamond se convertirá en un gángster de altos vuelos, tendrá todas las chicas que quiera, irá a todos los sitios rompiendo las reglas y caerá porque su arrogancia tampoco dejará de crecer. Creerá que es inmortal, que las balas no están hechas para él porque la suerte está de su lado y la sangre siempre corre por el cuerpo de sus enemigos. Demasiado para tragar. Jack morirá y nadie lo sentirá demasiado. Ha dejado muchos cadáveres por el camino y no todos murieron. Las balas darán la vuelta. Y se sentirán como en casa hendiendo la carne de “Legs” Diamond, ese gángster que un día se creyó alguien.

Budd Boetticher, sin salirse del presupuesto exiguo, dejó por un momento los polvorientos caminos del Oeste para adentrarse en el duro asfalto de la gran ciudad, con una pistola en la sobaquera y cierto estilo a ritmo de metralleta. Son los años en los que la Mafia creció sin control y “Legs” Diamond es la eterna historia de la paloma que se creyó halcón. La ley del hampa cayó sobre él con toda su fuerza y las matanzas se sucedieron mientras que la moral, como siempre, era la primera víctima. Ray Danton incorpora al gángster y no deja de estar dibujado en su rostro el sentimiento de superioridad, de que él es mejor, de que sobrevivirá a todo y a todos porque él ha nacido para triunfar. Su personaje salió de un arrabal y no volverá allí…vivo. Así que cachéenle a conciencia. En cualquier momento, a la vuelta de la esquina, saldrá alguien con ganas de apretar el gatillo y dejar el cañón humeante. Unos dólares aquí, otros allá. El cariño no se compra con sobornos. Hay que ganárselo. Y, probablemente, “Legs” Diamond no tiene ni idea de cómo hacerlo. Es una de las pocas cosas que no sabe hacer. Tampoco le preocupa porque está en la cumbre y, desde ahí arriba, se ve a la gente muy pequeña. Mira bien su cadáver, chico, porque es “Legs” Diamond y nunca le vas a olvidar. Él fue el rey de la ciudad y creyó que nadie le alcanzaría. Sus piernas eran muy largas y su inteligencia, muy aguda. Sólo unas balas irían tras él. Y tendrían que ser rápidas como la luz de la noche y la maldad de su alma.