Un suicidio que deja
muchos cabos sueltos. Una niña de quince años que quiere averiguar cueste lo
que cueste qué es lo que paso, porque no puede creer que su padre, un hombre de
éxito en el campo de la psiquiatría, quisiera quitarse la vida. Un reportero
que ha sido paciente del médico y comienza a investigar qué es lo que pasó. La
lista se reduce a cuatro pacientes. Son los que atendía el médico de modo
habitual porque el resto del tiempo lo ocupaba con su dedicación al campo
académico e investigador. El periodista pregunta, inquiere y, siempre, tras
cada una de sus palabras, parece que hay una especie de temor a descubrir que
él mismo ha sido el asesino o, al menos, el instigador del suicidio. La tensión
se pone en guardia cada vez que él aparece y, de alguna manera, la hija del
muerto tiene una cierta tendencia a la manipulación. Mundos mentales muy
oscuros, citas de Shakespeare en un muro al borde de un río que es mitad paz,
mitad infierno, cuadros inopinados, una casa como centro neurálgico de todo. La
turbiedad de la psique acaba por contaminar toda idea e, incluso, la sombra de
la pederastia acaba por coger forma en las sospechas de los que se hallan fuera
de la teoría de la conspiración.
No cabe duda de que
Charles Crichton articula un misterio de interés, arropado por un reparto de
primer orden que incluye nombres tan ilustres como los de Richard Attenborough,
Diane Cilento o Jack Hawkins. Es cierto que un actor de renombre como Stephen
Boyd asume el papel protagonista, pero, de alguna manera, se antoja falto de
recursos como para abordar con garantías un personaje de cierta complejidad
mental. Aborda las transiciones confusas de su personaje con demasiada
urgencia, no da tiempo a comprender del todo a su personaje que, en un principio,
se hunde en la violencia para ir evolucionando hacia una especie de
enamoramiento de esa niña que guía sus pasos para terminar en un sacrificio
para curarse a sí mismo. También es cierto que la niña, Pamela Franklin, con un
año más de los que tenía cuando interpretó a la turbadora y ladina alumna y
protegida de Deborah Kerr en Suspense,
de Jack Clayton, realiza un buen trabajo porque oscila con maestría entre la
ingenuidad, la inquietud, la belleza adolescente y el temor por ese tercer
secreto que acaba por ser la verdad.
Entre oscuridades personales y reflejos de comportamiento, Londres acaba por ser el escenario de un misterio que casi se revela como un asesinato del cariño y una celebración por la sanidad mental. Todos los personajes revelan rincones muy escondidos de su personalidad y eso añade un velo de misterio a la intriga de qué es lo que pasó para que un psiquiatra modélico decidiera acabar con su vida. Tal vez, no soportaba el tercer secreto. Tal vez, no quería que nadie supiera hasta qué punto llegó a equivocarse en un diagnóstico que nunca quiso ver. Túmbense en el diván y siéntanse dispuestos a contar sus más escondidas inquietudes. Puede que tengan que pasar antes por el secreto de la mentira, de la mentira que nos contamos a nosotros mismos y de la verdad.
