martes, 3 de marzo de 2026

EL TERCER SECRETO (1964), de Charles Crichton

 

Un suicidio que deja muchos cabos sueltos. Una niña de quince años que quiere averiguar cueste lo que cueste qué es lo que paso, porque no puede creer que su padre, un hombre de éxito en el campo de la psiquiatría, quisiera quitarse la vida. Un reportero que ha sido paciente del médico y comienza a investigar qué es lo que pasó. La lista se reduce a cuatro pacientes. Son los que atendía el médico de modo habitual porque el resto del tiempo lo ocupaba con su dedicación al campo académico e investigador. El periodista pregunta, inquiere y, siempre, tras cada una de sus palabras, parece que hay una especie de temor a descubrir que él mismo ha sido el asesino o, al menos, el instigador del suicidio. La tensión se pone en guardia cada vez que él aparece y, de alguna manera, la hija del muerto tiene una cierta tendencia a la manipulación. Mundos mentales muy oscuros, citas de Shakespeare en un muro al borde de un río que es mitad paz, mitad infierno, cuadros inopinados, una casa como centro neurálgico de todo. La turbiedad de la psique acaba por contaminar toda idea e, incluso, la sombra de la pederastia acaba por coger forma en las sospechas de los que se hallan fuera de la teoría de la conspiración.

No cabe duda de que Charles Crichton articula un misterio de interés, arropado por un reparto de primer orden que incluye nombres tan ilustres como los de Richard Attenborough, Diane Cilento o Jack Hawkins. Es cierto que un actor de renombre como Stephen Boyd asume el papel protagonista, pero, de alguna manera, se antoja falto de recursos como para abordar con garantías un personaje de cierta complejidad mental. Aborda las transiciones confusas de su personaje con demasiada urgencia, no da tiempo a comprender del todo a su personaje que, en un principio, se hunde en la violencia para ir evolucionando hacia una especie de enamoramiento de esa niña que guía sus pasos para terminar en un sacrificio para curarse a sí mismo. También es cierto que la niña, Pamela Franklin, con un año más de los que tenía cuando interpretó a la turbadora y ladina alumna y protegida de Deborah Kerr en Suspense, de Jack Clayton, realiza un buen trabajo porque oscila con maestría entre la ingenuidad, la inquietud, la belleza adolescente y el temor por ese tercer secreto que acaba por ser la verdad.

Entre oscuridades personales y reflejos de comportamiento, Londres acaba por ser el escenario de un misterio que casi se revela como un asesinato del cariño y una celebración por la sanidad mental. Todos los personajes revelan rincones muy escondidos de su personalidad y eso añade un velo de misterio a la intriga de qué es lo que pasó para que un psiquiatra modélico decidiera acabar con su vida. Tal vez, no soportaba el tercer secreto. Tal vez, no quería que nadie supiera hasta qué punto llegó a equivocarse en un diagnóstico que nunca quiso ver. Túmbense en el diván y siéntanse dispuestos a contar sus más escondidas inquietudes. Puede que tengan que pasar antes por el secreto de la mentira, de la mentira que nos contamos a nosotros mismos y de la verdad.