Sí, primero fue la
locura. Una joven de veintiún años se enamora locamente de un chaval de
dieciséis. ¿Cómo es posible? Ella se siente atraída hacia él e inician una
aventura que debe ser llevada en secreto porque no todo el mundo podría entender
una relación así. No, no es suficiente. La locura siempre se muestra
insaciable, siempre busca un giro más de tuerca para hacer de lo imposible, lo
impensable. La chica se enamora del padre del joven. La tormenta de
sentimientos se desata. Todo ocurre en el interior de los personajes porque, a
través del rostro, no hay que dejar ver nada de lo que está ocurriendo en las
entrañas del alma. Así, de una manera algo tortuosa e irremediablemente
elegante, asistimos a la pérdida de la juventud, del amor y de la inocencia.
Los desengaños serán otro protagonista más y el destino, cruel y bromista, se
encargará de poner el punto final a esta historia de amores que van más allá de
lo comprensible. La fotografía de Sven Nykvist es tan exquisita que parece
dirigido por Ingmar Bergman, pero no, sorprendentemente, detrás de las cámaras,
se halla Maximillian Schell, que también interpreta al padre.
El trabajo de Schell se
inclina por la poética, levemente manierista, pero, en ningún momento, se mueve
en lo evidente. Aquí hay que suponer lo que está ocurriendo porque Schell no
nos cuenta la trastienda, sólo se muestra lo que la gente ve, lo demás se deja
al terreno de la imaginación. Un terreno ciertamente resbaladizo porque, por
experiencia propia, sabemos que muchas veces lo que imaginamos no es la verdad.
Schell se encuentra cómodo dentro de las líneas de Ivan Turgueniev puesto que
de ellas sale el original literario en el que se basa la película, pero no se
atiene tanto a la letra como al espíritu emanado de ellas. En el fondo, entre
tanta turbulencia sentimental que lleva a los personajes a situaciones al
límite de su capacidad emocional, también subyace una cierta atmósfera de
decepción, como si esa historia de amor imposible fuera consecuencia directa
del fin de una época. El paisaje ruso se funde con el alma de los personajes y
las lágrimas pueden aflorar en algún que otro insensato que se acerque a esta
historia. Schell es un poeta. Y en la poesía siempre aletea con más o menos
fuerza el pájaro del dolor. Especialmente si hay algo de adolescencia escondida
en el corazón fugitivo del espectador.
Dominique Sanda, el propio Schell, el joven y atractivo John Moulder Brown y una espléndida reata de secundarios encabezados por Valentina Cortese, Marius Göring y Richard Warwick conforman el variopinto reparto de esta producción multinacional aunque con mayoría de capital suizo que estuvo nominada al Oscar a la mejor película extranjera en 1970 y que, desgraciadamente, ha caído en el más lastimoso de los olvidos. No se preocupen. Muchos de nosotros no recordamos bien aquel primer amor, aquel primer roce de los labios, aquella sensación de estar volando sin levantar los pies del suelo. Luego ya la noche, o el tiempo, o el entorno se encargaron de que nunca más volviéramos a sentir igual. Es como si hubiéramos visto esta película y, más tarde, huyéramos de lo que nos ha recordado con insistencia.

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