martes, 3 de febrero de 2026

UNA VIDA MARCADA (1948), de Robert Siodmak

Si se comete un crimen, hay que reconocer que nadie estará más interesado en conocer la verdad que un amigo que te ha acompañado toda la vida. El Teniente Candella pateó las calles al lado de Martin Rome y, un buen día, decidió llevar una placa. El destino ha querido que Martin fuera acusado de matar a un policía y que, en la refriega, esté recuperándose en un hospital. Mientras tanto, Candella visita a la familia de su amigo, aquella con la que, de pequeño, compartía pequeñas tartas, juegos en la habitación y saludos en la calle. Quizá las motivaciones de Martin sean distintas de las que se piensan. Quizá sea aún ese amigo de toda la vida que se torció con las malas compañías. Sin embargo, el terror del Teniente Candella es que sea culpable porque, si es así, tendrá que llevárselo del hospital para responder ante la justicia.

Robert Siodmak nos baja a las calles que aún huelen a aquel asfalto recalentado y que guarda la humedad de las bocas de incendios. En esas mismas calzadas en las que se pueden freír unos buenos filetes, jugaron estos dos personajes que se erigen como el centro de una trama que reúne ese pasado que no se quiere borrar porque, muy posiblemente, fue la única época en la que fueron plenamente felices, con ese presente feo en el que hay que buscarse la vida y ya no hay tiempo para juegos, ni para complicidades. La vida se ha encargado de golpear duro a los dos y han ido dando tumbos. Uno en el lado correcto, el otro, en el lado que le han dejado.

La pareja protagonista tiene, eso sí, un claro desequilibrio. Richard Conte, sin ser un adalid indiscutible de la interpretación, es bastante mejor actor que Victor Mature y no faltaron voces para que, en su día, se dijera que el reparto de papeles estuvo muy equivocado, que tendría que haber sido al revés. Conte incorpora a Martin Rome, un tipo que tiene muy clara su frontera ética a pesar de estar coqueteando con el lado más oscuro de las calles. Mature es el Teniente Candella, que trata de rescatar a un viejo amigo de las fauces de la tentación más ignominiosa, pero no sabe muy bien cómo hacerlo. El resultado es una película que hunde sus entrañas en el cine negro, pero con dos héroes inseguros, que tratan de llegar al día siguiente y no siempre lo consiguen. La calle, al fin y al cabo, siempre está ahí. Para bien o para mal. Para recordarnos el niño que fuimos y el adulto en el que nos convertimos. Menos mal que directores como Robert Siodmak fueron capaces de recoger el testigo para contarnos la historia de dos muchachos cualquiera que se han ido del centro de juegos y ya están en el cruce donde termina la calzada. La pregunta es quién se saldrá con la suya, porque la vida sigue apretando por mucho que aquellos niños hayan cumplido ya años y lleven armas en la sobaquera. Es el momento de dejar que uno de los dos viva. Es la vida marcada de los que no tienen muchas más mañanas.