Si se comete un crimen,
hay que reconocer que nadie estará más interesado en conocer la verdad que un
amigo que te ha acompañado toda la vida. El Teniente Candella pateó las calles
al lado de Martin Rome y, un buen día, decidió llevar una placa. El destino ha
querido que Martin fuera acusado de matar a un policía y que, en la refriega,
esté recuperándose en un hospital. Mientras tanto, Candella visita a la familia
de su amigo, aquella con la que, de pequeño, compartía pequeñas tartas, juegos
en la habitación y saludos en la calle. Quizá las motivaciones de Martin sean
distintas de las que se piensan. Quizá sea aún ese amigo de toda la vida que se
torció con las malas compañías. Sin embargo, el terror del Teniente Candella es
que sea culpable porque, si es así, tendrá que llevárselo del hospital para
responder ante la justicia.
Robert Siodmak nos baja
a las calles que aún huelen a aquel asfalto recalentado y que guarda la humedad
de las bocas de incendios. En esas mismas calzadas en las que se pueden freír
unos buenos filetes, jugaron estos dos personajes que se erigen como el centro
de una trama que reúne ese pasado que no se quiere borrar porque, muy
posiblemente, fue la única época en la que fueron plenamente felices, con ese
presente feo en el que hay que buscarse la vida y ya no hay tiempo para juegos,
ni para complicidades. La vida se ha encargado de golpear duro a los dos y han
ido dando tumbos. Uno en el lado correcto, el otro, en el lado que le han
dejado.
La pareja protagonista
tiene, eso sí, un claro desequilibrio. Richard Conte, sin ser un adalid
indiscutible de la interpretación, es bastante mejor actor que Victor Mature y
no faltaron voces para que, en su día, se dijera que el reparto de papeles
estuvo muy equivocado, que tendría que haber sido al revés. Conte incorpora a
Martin Rome, un tipo que tiene muy clara su frontera ética a pesar de estar
coqueteando con el lado más oscuro de las calles. Mature es el Teniente
Candella, que trata de rescatar a un viejo amigo de las fauces de la tentación
más ignominiosa, pero no sabe muy bien cómo hacerlo. El resultado es una
película que hunde sus entrañas en el cine negro, pero con dos héroes
inseguros, que tratan de llegar al día siguiente y no siempre lo consiguen. La
calle, al fin y al cabo, siempre está ahí. Para bien o para mal. Para
recordarnos el niño que fuimos y el adulto en el que nos convertimos. Menos mal
que directores como Robert Siodmak fueron capaces de recoger el testigo para
contarnos la historia de dos muchachos cualquiera que se han ido del centro de
juegos y ya están en el cruce donde termina la calzada. La pregunta es quién se
saldrá con la suya, porque la vida sigue apretando por mucho que aquellos niños
hayan cumplido ya años y lleven armas en la sobaquera. Es el momento de dejar
que uno de los dos viva. Es la vida marcada de los que no tienen muchas más
mañanas.

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