Lorenz
Hart fue uno de los más brillantes letristas del teatro musical americano. Con
una prolija obra a sus espaldas, su asociación con Richard Rodgers fue
extraordinariamente fecunda e, incluso, algunas de sus canciones han pasado al
acervo popular por derecho propio. Entre ellas, posiblemente, la que más
destacó fue Pal Joey, interpretada
sobre las tablas por Gene Kelly y en el cine, por Frank Sinatra, un musical que
contiene clásicos imperecederos como Bewitched,
My funny Valentine y, sobre todo, esa
maravillosa tonada, llena de burla y agudeza, que es The lady is a tramp.
Lorenz Hart va, ebrio
de abandono, a un bar de Nueva York donde se va a celebrar el ágape posterior
al estreno de Oklahoma, el primer
musical que Richard Rodgers, compañero de siempre, estrenó sin su colaboración,
con Oscar Hammerstein en su lugar. Hart trata de superar la irreparable
sensación de que ya no sirve para nada y, lo que es peor, para nadie. Su amigo
y paño de lágrimas, ya no quiere trabajar con él. Sabe que está a las mismas
puertas del olvido y se hunde en un infierno de tabaco, de alcohol y de
autocompasión que hace que no le quede mucho tiempo en esta tierra. Hace gala
de buen humor y, sin duda, derrama brillantez en sus diálogos con el camarero,
con el escritor que busca un rincón de silencio, con el pianista aficionado a
punto de ser destinado en alguna base perdida de la Coste Este… Su lamento es
original, es nostálgico, es, también, un grito de socorro porque está perdiendo
sitio a pasos agigantados en un mar de adulaciones que no le llevan a ninguna
parte. Lorenz Hart tiene un pie dentro del ataúd y se resiste a ser uno más
entre la multitud. Incluso aboga por un musical más dramático y menos
almibarado. Y eso, quizá, en tiempo de guerra no es precisamente lo que la gente
está demandando en el teatro.
Richard Linklater mueve
la cámara con gusto y elegancia a través del amplio escenario de ese bar que
destaca por su elegancia y comodidad. Prácticamente, es una obra de teatro
filmada, pero hay una razón muy poderosa para ver esta película y se llama
Ethan Hawke. La interpretación matizada y extraordinaria que ofrece el actor
destaca más por lo que no dice que por lo que pronuncia, consiguiendo así una
atractiva metáfora para un momento en concreto de la vida de un letrista
irrepetible. Y no sé si utilizar este adjetivo porque estoy seguro de que
Lorenz Hart no me lo hubiese permitido. El caso es que Hawke realiza una de las
interpretaciones del año, pasando por los todos los estados de ánimo posibles,
escondiéndose detrás de su caracterización para sacar al gran actor que
demuestra ser. Actúa con el cuerpo, acentuando la baja talla del letrista, se
expresa con la mirada y con el gesto y habla con absoluta autoridad, dominando
al personaje y haciéndolo suyo a la vez que es él. Una interpretación que,
casi, casi, podríamos decir que entra en la leyenda.
Así que no olviden nunca que el éxito es efímero. Hoy puedes ser el mejor letrista del mundo y, a la mañana siguiente, eres un apestado porque el mejor compositor posible te ha dejado de lado. Por mucho que en tu vida privada seas un degustador de la vida, un hombre que prueba todas las esquinas posibles y que has dejado suficientes muestras de bondad, que has tratado de vivir sin molestar dejando un rastro de arte en tus poemas cantados, el olvido siempre merodea sin piedad, tratando de cazar su siguiente presa. Y nadie mejor para ello que un tipo que ha visto cómo sus propias obras han sido anunciadas en enormes carteles de neón en pleno Broadway, Nada podrá hacer que tu nombre no sea borrado aunque, eventualmente, el destino se burle haciendo que alguien, en algún lugar, mientras pasea por la calle, silbe una melodía conocida y, después, acompañe su silbido con una letra que podría empezar, por ejemplo con “She gets too hungry…for dinner at eight. She loves the theater and never comes late…”

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