Cuando no hay
conciencia, los peores deseos salen a relucir en plena oscuridad. Stephen es un
escritor que no tiene éxito. Muchas frustraciones anidan en su interior. A
pesar de todo, él no lo ha dejado de intentar…y ha fracasado una y otra vez. Su
mujer va a ausentarse unos días y Stephen no puede desahogar su frustración más
que intentando propasarse con la doncella. Y se propasa. Y se pasa…porque la
mata. El pánico se apodera de Stephen de una forma contenida, pero debe borrar
todo rastro del asesinato. Para ello, se sirve de su hermano, que no parece que
tenga muchas luces. Sin embargo, la desaparición del cuerpo de la criada les
plantea una serie de problemas de tamaño considerable. Entre otras cosas, la
esposa de Stephen está embarazada. Maldito seas, escritorzuelo. Casi lo tienes
todo menos el éxito profesional y has ido a estrangular a una pobre chica que
servía en tu casa. El río que corre al lado será la tumba de agua de la infeliz
sirvienta.
No obstante, la felonía
de Stephen no se detiene ahí. Se arma un cierto revuelo con la desaparición de
Emily, que así se llamaba la chica. Y un buen escritor no deja de aprovechar
ese tipo de oportunidades y, de paso que sale en prensa por la extraña
volatilización de una persona que vivía en su casa, Stephen promociona su
último libro. Y, en último caso, seamos sinceros, su hermano le ayudó a
deshacerse del cuerpo. Si la policía lo encuentra y empieza a husmear, no puede
haber un sospechoso más adecuado.
Fritz Lang dirigió esta
película para la Republic Pictures, una productora de bajísimo presupuesto. No
cabe duda de que esa carencia de fondos puede notarse en el reparto, lleno de
nombres de segunda fila que no figuran en ninguna enciclopedia del cine salvo,
quizá, el del protagonista Louis Hayward que saltó con capa y espada por allí y
por aquí y adquirió cierta fama también de segunda fila. Para compensar, Lang
pone en juego un argumento bastante pueril pero rodeado de una magnética puesta
en escena que le lleva de nuevo a los tiempos del expresionismo alemán más
estilizado. Resultan fascinantes algunas de sus escenas y, de alguna manera,
parece que Charles Laughton recordó su estética a la hora de abordar su ópera
única La noche del cazador. Luces
sobre el agua, ambiente de pesadilla, la soga que se va cerrando, el destino,
ese personaje que siempre sale a relucir en todas las películas del maestro
alemán…La casa del río no tuvo ningún
éxito, fue estrenada en un programa doble y nunca se nombra como una de las
mejores obras de Fritz Lang y, sin embargo, está repleta de magia y de sombras,
de milagros de luz con la ayuda del director de fotografía Edward Cronjager,
que ya había trabajado con Ernst Lubitsch anteriormente.
Así que no desesperen. A menudo, se ha comparado el éxito con el acto sexual, pero no es así. Es una brisa que, a veces, te toca en la cara y luego huye porque es cobarde y no se quiere quedar. En todo caso, si no lo tienen, no se les ocurra navegar por los oscuros estrechos del deseo porque la vida ya no les pertenecerá y estarán sometidos a los continuos vaivenes de un destino que nunca se muestra complaciente.

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