Es
posible que una de nuestras principales obligaciones como padres sea mantener
la magia, aunque eso implique convivir con la mentira. Es lo que se plantean
estas dos parejas que se encuentran en Laponia y que, una de ellas, quiere que
esa mentira maravillosa que es Papá Noel se mantenga para que la ilusión en los
ojos de un niño no desaparezca. Por ahí en medio también está ese sempiterno
complejo de inferioridad que nos atenaza a los españoles cuando se nos compara
con otras sociedades de comportamientos y maneras más avanzados aunque, también
es verdad, rematadamente más gélidos. No es una distancia entre países sino
entre caracteres de raza, de educación, de tradición. Ninguna sociedad es
perfecta y no es bueno meternos unos con otros. Donde las van a dar, las van a
recibir.
Todo es una especie de
obra de teatro trasplantada al cine mientras la cámara se mueve por el interior
de una de esas mansiones de madera, especialmente preparada para soportar el
frío exterior, pero que se halla sorprendentemente a la intemperie con respecto
a las bajas temperaturas interiores. Salen los rencores, las naturalidades, las
frustraciones, las insolencias revestidas de diálogo cordial. Y, por supuesto,
y aquí se encuentra una de las grandes virtudes de la película, el sentido del
humor.
David Serrano,
reconocido director teatral, se ha puesto detrás de las cámaras para retratar a
estos cuatro personajes que tienen mucho que decirse aunque en el arte de la
escucha estén bastante retrasados. También en el de la intuición y en el de la
empatía. Mentir no implica necesariamente la vileza. Puede que sea una mentira
de supervivencia porque, como bien se dice en determinado momento, se trata de
mantener a los hijos a salvo en un mundo que no se detiene en la piedad, ni en
la misericordia. El mundo es cruel, implacable y reviste el rostro de un
cazador sanguinario y queremos que accedan a esas verdades lo más tarde
posible. Con la sonrisa en la cara, con la ilusión en los ojos, con esa excitación
que envuelve y que pertenece sola y exclusivamente a los niños. Por eso, cuando
aparece la aurora boreal, quizá es el mejor momento para mentir y decir de
nuevo que eso, ése fenómeno natural y bellísimo, es magia. Y nadie va a poder
replicar que no lo es.
Para poner en marcha
este artefacto teatral efectivo y muy entretenido, Serrano ha contado con
cuatro actores que se han implicado en la construcción de sus personajes y que
lo hacen realmente bien, aunque es posible que el más acertado y creíble sea Julián
Álvarez como ese profesor de lengua que acaba por ser el hombre que su pareja
quiere que sea, anulando todos los rincones de su propia personalidad sólo para
complacer. A su lado, excelentes y nada desentonados los trabajos de Natalia
Verbeke, de Ángela Cervantes y del finlandés Vebjorn Enger que se ajusta como
un guante al retrato del nórdico que desprecia el carácter español a pesar de
estar casado con una nativa. El resultado es una comedia inteligente, con
algunas réplicas de altura, dichas con una naturalidad impresionante y que no
hacen más que elevar la categoría de todo el dilema que se mueve entre el
resentimiento, el fracaso y ese juego imposible que, a veces, se plantea entre
la verdad y la mentira.
Así que piénsenlo dos veces antes de mantener la falsedad de Papá Noel, de los Reyes Magos, del Ratoncito Pérez o de la existencia de un cielo para los abuelos que irremediablemente han de partir. Puede que la verdad sea demasiado dura para que unos niños sean capaces de asumirla y es mejor tratar de mantener ese entorno seguro en el que debemos, por encima de todo, transmitir la idea de que esta vida tiene un buen puñado de cosas maravillosas a pesar de que el destino se empeñe en poner grandes piedras insalvables y angustiosas por el camino. Puede que se les vea el truco, pero, quizá, eso carece de importancia. Lo verdaderamente importante es intentarlo porque es lo único y lo principal que se debe hacer. Los niños descubrirán todas las cosas feas por sí solos.

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