A veces, las cosas
están muy descolocadas. Un matrimonio de un pueblo cualquiera en un estado
cualquiera de los Estados Unidos vive dentro de su acomodaticia manera de ver
las cosas. Y una de esas cosas (el término “cosas” no está usado por capricho)
es su hijo al que llaman Berry-Berry. Ellos consideran que ese muchacho no
sirve para mucho. Y la deriva del chico no es nada halagüeña. Es violento,
iracundo, malhumorado, irrespetuoso, irresponsable y muchas más palabras que
empiezan por i. Sus padres consideran que no llegará nunca a ninguna parte y,
quizá por eso mismo, Berry-Berry ha llegado a la conclusión que es mejor hacer
lo que le apetezca en el momento en el que se presente porque, total, a sus
padres no les va a parecer bien. Las cosas están muy descolocadas, sí, pero se
van a estropear aún más. Berry-Berry conoce a una mujer más mayor que él y se
dedica a conquistarla y, lo que es aún peor, ella no le hace ascos. Saltan las
alarmas. El chico ya va a saltar definitivamente al abismo cuando, en realidad,
es todo lo contrario. Esa mujer le serena, le asienta, hace que su pensamiento
siempre salvaje se calme, que su rebeldía profunda hacia todo y hacia todos se
aminore. Sin embargo, los padres del chico van a hacer aquello que todos hemos
hecho alguna vez. Van a calentar las cosas porque no aprueban que su hijo
termine de perderse por culpa de una señora que, obviamente, tiene más
experiencia que él, sabe más de la vida que él y, con toda seguridad, le
considera un juguete con el que perder el tiempo mientras se adentra en la
madurez. No saben de la misa, la media.
Puede que esta sea una de las películas menos valoradas de su época, principios de los sesenta, cuando, en realidad, es un drama delicado, nacido de la pluma de William Inge, que también escribió dos argumentos inolvidables como Picnic, de Joshua Logan, y Esplendor en la hierba, de Elia Kazan. Quizá, es cierto, un director como John Frankenheimer se entretiene menos en la construcción y se centra más en el nudo gordiano de lo que propone la película, algo que podía ir en consonancia con su naturaleza rebelde dentro de la generación de directores a la que pertenecía, pero es una historia muy apreciable, dirigida con una admirable contención, con unos intérpretes maravillosos como Warren Beatty (puede que el peor de todos ellos), Eva Marie Saint, que ofrece una interpretación exquisita, Karl Malden y Angela Lansbury en la piel de los padres e, incluso, Brandon de Wilde en la piel del hermano pequeño del protagonista. El resultado es una película que merecería ser rescatada del olvido, un drama al mejor estilo sureño, con pasiones intensas, reacciones lógicas y expandidas, con un gran dominio de los sentimientos encendidos por situaciones que creemos manifiestamente injustas cuando, en realidad, son pulsiones humanas que a todos nos sitian. La película merece mucho la pena y no deja de ser una lección para aquellos padres que sienten predilección por ajustar mucho los nudos que atan a sus hijos a los que, en muchas ocasiones, etiquetan de perdedores. Puede que tengan razón, pero no tendrían que intervenir. Ellos deberán vivir su vida para alcanzar el fracaso o el triunfo. Aunque ese triunfo dependerá de lo que cada uno estemos dispuestos a aceptar como tal.

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