Al principio, sólo se
trata de correr. Correr más rápido que el viento, más rápido que el
pensamiento, más rápido que la vida. Es como adelantar en unos segundos al
mismo tiempo y tratar de derrotar lo imposible. Jesse Owens no soñaba con
ninguna Olimpiada, ni con ningún triunfo a escala mundial. Sólo corría para
derrotar a los rivales con los que le tocaba medirse y ya está. Eso es todo.
Arañar un segundo más en cada carrera era un premio adicional, porque se
acercaba poco a poco al récord mundial y eso siempre es un orgullo,
especialmente para alguien negro en un país que todavía estaba hundido en la
infamia de la segregación. Sin embargo, llega una oportunidad. Owens es el más
rápido. Debe ir a las Olimpiadas representando a Estados Unidos, un país que,
en el fondo, está dividido por sus luchas raciales, que no acepta a los
negros…pero bien que les reclama cuando se trata de colgarse alguna medalla…en
este caso, de oro.
Hay algo más. Las
Olimpiadas no son en cualquier sitio. Se celebrarán en Alemania y, en ese
momento, la nación teutona se distingue por proclamar la superioridad de la
raza aria en todos los órdenes, también en el físico. Por supuesto, un ser
inferior no puede vencer a ningún ario, es imposible. Eso dejaría como
mentiroso a ese tipo del bigotito. Por otro lado, también se plantea un posible
boicot de los Estados Unidos al evento, debido a la prohibición de llevar
atletas judíos, por ahí no van a pasar los centroeuropeos. Judíos, no. De
ningún modo. Todo esos empresarios que han hecho un buen dinero participando en
la construcción del estadio olímpico y en otras instalaciones ahora van a tener
que reunirse para decidir si esa nación de libertad como Estados Unidos va a ir
a los Juegos Olímpicos, evento deportivo que también funcionará como aparato de
propaganda del régimen más deleznable que ha conocido la Humanidad.
Debo confesar que navego entre dos aguas con esta película. Tiene grandes momentos, realizados con un mimo excepcional por su director, Stephen Hopkins. Sin embargo, hay otros en los que, pudiendo lucirse, se quedan mediocres, cortos, sin demasiada sustancia en su interior. Eso hace que la película sea tremendamente irregular cuando detrás tiene una historia tan poderosa como la de Jesse Owens, probablemente la primera estrella olímpica de todos los tiempos. Es conmovedor el inicio de esa amistad basada en el respeto mutuo que inicia Owens con su competidor Lutz Long, Jeremy Irons como el presidente del Comité Olímpico Estadounidense tiene momentos realmente brillantes y dota a su personaje de una evolución muy interesante desde la reticencia hasta el apoyo sin fisuras a su atleta. William Hurt también conserva su instante de lucimiento y, no obstante, la película no acaba de funcionar en algunos pasajes. Tal vez porque uno espera que coja la velocidad que el propio Owens alcanzaba en sus distintas pruebas y nunca llega a levantar el vuelo del todo. De todas formas, sería injusto no reconocer que esta historia, la de Jesse Owens, merecía ser contada. Tal vez, como ejemplo para que futuras generaciones aprendan algo sobre la resiliencia, sobre la verdadera heroicidad, sobre el valor del respeto. No es poco. Es casi un récord.

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