Con
frecuencia, el abismo que se abre entre un fotograma y otro en la vida llega a
ser tan profundo que sólo puede haber un insalvable rencor de película. Los
errores se cometen y se dejan ahí, en un rincón de las sensaciones y de la
memoria, y queda en un estado letárgico, latente y, a la vez, ausente. De
repente, llega otra historia y no se puede evitar el grito de dolor que ha
quedado sordo con el tiempo, dejando que la ira y la frustración salgan para
arruinar la toma, para repetirla hasta la saciedad, para otra película que ni
siquiera sirve para que dos caminos vuelvan a ser paralelos.
Y comienzan las excusas
y las esquivas presencias. Con la naturalidad propia de un rodaje en el que
todos se comprometen y, de alguna manera, también mueren. La historia sigue
adelante, queriendo decir todo lo que quiere decir. Sólo con la panorámica
completa, con el plano arropado por la música, con la mirada sabia, pero
irremediablemente huérfana, se puede seguir con un destino que no debería haber
sido así y que ha sido demasiado generoso para unas maneras cercanas al
despotismo y cicatero con una búsqueda que se ha convertido en una quimera que
no termina más que cuando se apagan las luces de neón y de los focos. El rencor
sigue ahí porque aún hay dolor. Y el dolor no se borra, no admite segundas y
terceras tomas, no se puede trucar con un montaje tramposo o precipitado.
Rodrigo Sorogoyen
articula una película absorbente en su descripción de las relaciones y de las
reacciones humanas a través de dos personajes que buscan la redención y la
satisfacción. Javier Bardem, que demuestra una vez más el espléndido actor que
puede ser cuando no se aleja tanto de sí mismo, y Vicky Luengo ofrecen un
recital de interpretación, siendo precisos en sus reacciones, comprensibles en
sus motivaciones, grises en sus humanidades. Mientras tanto, la película avanza
y, si bien, palidece en cierto modo después de la impresionante escena de
tensión máxima haciendo que el espectador ruegue por un final menos alargado,
el conflicto ha sido recibido con el respeto del silencio, con la admiración
del ensimismamiento y con la seguridad de que las personas existen ahí, en ese
trozo de ficción que, por momento, gana un Oscar a la vida más cercana.
A medio camino entre el
Ocho y medio, de Federico Fellini, y La noche americana, de François
Truffaut, el director Sorogoyen nos habla de personajes que traspasan la
película y de personas que se filtran por la vida. El resultado es que se llega
al convencimiento de que todos queremos ser queridos y que, cuando el amor se
ha negado a presentarse, sólo puede quedar rencor, sólo puede quedar dolor,
sólo puede quedar decepción, por mucho que se haga lo posible para compensar de
alguna manera todo lo que se ha hecho mal. El tiempo se ha encargado de que ese
abismo entre dos fotogramas sea insalvable. El objetivo ya está desenfocado, el
director de fotografía ha dimitido, el vestuario ya está ajado y los recuerdos
ni siquiera son los mismos, entre otras cosas, porque la justificación también
aparece de una forma casi esperpéntica, negada, abrumada y poco creíble. Así es
el cine. Así es la vida.
No sirven de nada antiguas amistades y, menos aún, las nuevas que se hacen derivadas de la convivencia obligatoria de un largo rodaje en el que el paisaje resulta árido, salpicado de cráteres, con las sombras del sol a través de cumbres que, por mucho que se quieran escalar, sólo llevan al cansancio y a algo muy semejante a la nada. El tiempo ya se ha ido y los rencores se quedan ahí, grabados por la cámara y fijados por el corazón, como esos momentos en que la magia del cine permanece en el recuerdo. El cine evade, pero, por supuesto, también clava sus garras cuando quiere que pensemos. Y es entonces cuando nos podemos dar cuenta de que alguien nos quiere, o quizá, no.

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