martes, 30 de junio de 2026

ANGEL (1937), de Ernst Lubitsch

Estas cosas sólo pasan en algunos matrimonios. Un tira y afloja que termina yéndose cada uno de vacaciones por su cuenta. Bueno, así se da tiempo a reflexionar un poco, a respirar, a cogerse con más ganas, pero mira tú por dónde que ella se fija en un tipo por esos mundos de Dios que es más atractivo que su marido. Bien es verdad que él se ha fijado últimamente poco en ella. Es alto representante en la Sociedad Naciones, precursora de lo que luego fue la ONU, y es una época de altísimas tensiones geopolíticas. Él quiere salvar el mundo, su matrimonio ya, si eso, tendrá que esperar. Ello no quita que él esté perdidamente enamorado de su esposa. Es una belleza de tipo recalcitrante, es inteligente, es decidida, tiene una enorme personalidad. La quiere muchísimo, pero las obligaciones son las que son, así que mientras él está en Ginebra alternando papeles y ocio, ella se coge un tren y se marcha a París, a ver a una antigua amiga cuyo pasatiempo más socorrido es presentar a gente. En una de las fiestas de esa amiga de procedencia noble, la esposa conoce a un tal Tony Halton y el tipo es tan encantador, tan atento, que ella cae en sus brazos cual burbujas en una copa de champagne. Sin nombres, por favor, así la separación será menos dolorosa. Él la llama, simplemente, Ángel. Ella tiene que resolver su situación porque está considerando seriamente irse con Tony a vivir una aventura de amor, de esas irrepetibles y locas. Por aquellas cosas de la vida y del destino, que a menudo es un bromista cruel, Tony y el marido se conocen en circunstancias de desgracia y, no sólo eso, terminan siendo grandes amigos.

Pues ya está, ya tenemos enredo Lubitsch. Y nadie dirige este tipo de comedias de equívocos y pasiones inconfesables. Para ello, tiene a tres intérpretes de su gusto y parte, Marlene Dietrich, Herbert Marshall y Melvyn Douglas. Con eso, a Lubitsch le sobra campo para sugerir con puertas cerradas lo que a otros les encanta mostrar con braguetas abiertas. Tú que sí, yo que no, él que tal vez. Y nos intercambiamos los papeles. Y el Ángel se convierte en obsesión porque, con esa luz que irradia, acaba por secuestrar los sentidos de cualquier caballero que tenga dos dedos de frente en un mundo al que le faltan entendederas por todos los lados.

El resultado es que Lubitsch aquí no deja de hacer comedia, pero rebaja en varios grados la hilaridad. En todo momento, el gran maestro se dedica a dibujar sonrisas y no tanto carcajadas, que fue uno de esos sellos tan particulares que imprimió a su cine basado en que toda persona hace el ridículo, al menos, dos veces al día. Aquí, hay un leve aroma a melodrama planeando sobre estos tres personajes zarandeados por los acontecimientos mundiales y ella, la Dietrich, es algo más que una actriz, es una presencia luminosa, convenientemente fotografiada desde los lados más favorecedores posibles, para que sea creíble que esos dos hombres, caballeros ambos, pierdan la cabeza por ella. El problema está en que aquí las soluciones nunca son a medias y lo que es un triángulo acaba por ser un polígono de derivadas de coseno.

viernes, 26 de junio de 2026

UN BUEN MATRIMONIO (2014), de Peter Askin

 

Darcy lleva un matrimonio feliz. Tienen una bonita casa, su hija es maravillosa y el marido, Bob, es atento y considerado con ella. Se puede decir que la vida es plena para la familia. Darcy se da cuenta de que un extraño anda merodeando. Parece un tipo siniestro, con cara de enfermizo, que sólo vigila. No hace nada más. En realidad, no está cometiendo ningún delito. Sólo espera dentro de su coche en la calle y eso es todo. Sin embargo, no deja de ser inquietante. Darcy se pone nerviosa. No obstante, tal menudencia no es nada comparada con la que se le viene encima. Darcy descubre que su marido no es quien aparenta ser. En realidad, es un psicópata asesino que mata a sangre fría y que se le revela como un monstruo. Eso dinamita toda la paz familiar que uno hubiera podido soñar. Él sigue siendo atento y amable con ella, pero el trauma está ahí. Haciendo de tripas, corazón, ella le propone un trato. Deja de asesinar y aquí es como si no hubiera pasado nada. ¿De acuerdo? De acuerdo. ¿Eso es todo? No, ni mucho menos.

Basada en un relato de Stephen King, la película contiene una interpretación meritoria de la siempre eficaz Joan Allen, pero se resiente de asignar el papel del marido a un actor tan poco carismático para la ocasión como Anthony LaPaglia. Si se hubiera optado por un intérprete de más peso, capaz de sugerir, de mostrar esa amabilidad, que no es falsa, pero esconder a un verdadero monstruo tras esa capa de aparente normalidad, la película hubiera ganado muchos enteros. Aún así, funciona en algunos pasajes, porque lo que he contado es sólo el principio. Pasan muchas cosas después. King vuelve a visitar el universo familiar y el impacto que tiene sobre la unidad doméstica un descubrimiento que haría volar por los aires cualquier atisbo de felicidad. El papel de Joan Allen es, a ratos, soberbio, porque muestra en todo momento una fragilidad que llega a resultar incomprensible aunque, al final, todas las piezas encajen en una resolución que se antoja sombría y estupenda. No está mal la película, no.

Así que escruten con cautela al que se sienta a su lado en esas noches de sofá y película. Traten de asomarse al lado más oscuro de su personalidad. En la mayoría de las ocasiones, sólo es un compendio de secretos sin importancia que pueden molestar más o menos en la medida en la que no les han hecho partícipes, pero, de vez en cuando, salta la sorpresa y resulta que hay un abismo insondable de crueldad en el interior que clama por salir de vez en cuando. A algunos se les manifiesta en la búsqueda exterior de alguien que escuche sus penas, a otros por ser compradores compulsivos, a otros por apuntarse a algún tipo de club que hace que sus inquietudes intelectuales y morales tengan una vía de escape. A los menos, les da por abrir a sus víctimas en canal, pero no se preocupen. Eso no pasa a menudo. Tal vez puedan pasarlo por alto apelando al extremo cariño que se pone en el equilibrio familiar y vital.

jueves, 25 de junio de 2026

TOY STORY 5 (2026), de Andrew Stanton y McKenna Harris

 

La era de los juguetes es ya cosa del pasado. Han caducado. No sirven para nada por la sencilla razón de que los niños ya no quieren jugar, no desean utilizar su imaginación para inventarse historias y soñar. Ahora sólo quieren que unas máquinas imaginen por ellos, inventen por ellos, limiten su mundo hasta la mínima expresión a pesar de que la apariencia es la contraria. Los juguetes no sirven. Hay que moverlos, hablar, fantasear con lo que dicen y con lo que hacen. Demasiado trabajo para unas mentes que están siendo educadas para no esforzarse. Tal vez, la mejor solución sea la pacífica coexistencia. Utilizar las máquinas moderadamente y para lo bueno. Jugar con esos personajes que han poblado los pensamientos de millones de niños y que ya han desaparecido por el brillo de una pantalla. En el término medio, casi siempre, está la virtud.

Aparte de todo eso, Disney sigue con su proceso de infantilización de sus historias. Ya no existe el elemento adulto reconocible y educativo para el momento en que la luz del proyector se apaga. Ahora la heroína es Jessie. ¿Buzz y Woody? Bah, eso también es cosa del pasado. No está mal que sigan como comparsas, por mucho que se quiera compensar con la aparición de un montón de Lightyears que ya saben volar. De hecho, la presencia de Woody es tan prescindible que se podría haber contado esta historia sin él. ¿Qué más da? Lo importante es que Jessie lleve las riendas, que la pantalla sea también una chica, que las destinatarias de unos juguetes inservibles sean niñas y que el sexo enemigo esté confinado a su labor de padre y a ser un cerdo. Hasta el infinito y más allá.

Mientras tanto, somos más que conscientes de esos años maravillosos en los que nuestros hijos eran pequeños y brillaban en sus miradas todas las novedades que podían acaecer a su alrededor. Y cómo éramos sus héroes, tanto papá como mamá. Eso también es pretérito bastante imperfecto. Lo que hay que hacer es dejar bien claro que la imaginación es mujer, que la función de liderazgo está reservada para ellas y que, incluso, el antipático y voluble juguete tecnológico de primera generación sea un tipo bastante rencoroso.

Con estos mimbres, tendremos a los espectadores del futuro. No hay demasiados chistes y la fórmula parece agotarse peligrosamente. Ya deberían haberlo dejado en la tercera, con ese cierre glorioso que indicaba que un juguete siempre sería un juguete y que la diferencia estaba sólo en el niño o en la niña que los poseía, pero siempre con la imaginación desbordante en primer lugar. De ese modo, podremos apreciar cosas sin demasiada fantasía, flojas en su concepción, débiles en su desarrollo y aburridas en su desenlace. Al fin y al cabo, siempre habrá un niño o niña inadaptado que preferirá la facilidad de hacer amigos virtuales antes que seres de carne, hueso, bromas, humor, con sentido lúdico, con sentido común, con realidad.

Sí, por supuesto, hay aplausos. Sobre todo de la chiquillería. Los padres ya no salen tan entusiasmados como antes. Son esos seres que caminan siempre por el borde del aburrimiento y de la rutina más tediosa. Esos no aplauden. Sólo quieren irse cuantos antes para ir a tomar la hamburguesa en la gran cadena de turno, o el pollo frito con verrugas o el delicioso kebab recalentado. Siempre lo siguiente. Nunca lo último. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que el hecho de no parar es lo que impide ordenar los pensamientos y utilizar la razón ecuánime y serena que es lo que nos convierte en auténticos padres y madres. Lo demás es sólo ruido. Puesto ahí para que no dejemos ningún resquicio a la auténtica verdad que parece que huye a cada nueva página de internet, a cada línea estúpida de la nueva pantalla, a cada cansina idea que corre despavorida cuando nos entretenemos en cualquier red social, o en cualquier consulta para hacer un plan que haga que el niño o la niña deje de berrear, o de entablar una conversación. Mejor el silencio que otorga el brillo siempre engañoso de un móvil o de un ordenador. Juguemos a no jugar. Los cuentos vienen después.

miércoles, 24 de junio de 2026

UN ROSTRO ENTRE LA MULTITUD (1957), de Elia Kazan

 

El rostro perfecto puede encontrarse en los sitios más curiosos. En esta ocasión, esa cara de bonachón, cercana, que dice unas cuantas verdades a través de su blues rasgado con una guitarra, está en la cárcel. Ya se sabe, unas copas de más, alguna que otra pelea y al rincón unos cuantos días para enfriar los ánimos. Sin embargo, una reportera olfatea no sólo un buen reportaje, sino algo mucho más profundo y ofrece al fulano un espacio en un programa de radio para que haga llegar sus mensajes de plancha y martillo a una buena parte de la población. Sólo las palabras justas para hacer que la más oscura ama de casa o el más gris de los albañiles se sienta identificado con las ideas de un tipo que lanza su discurso en las ondas. Y la idea cuaja igual que un escorpión al sol. Ese tipo sabe lo que decir, sabe cómo decirlo y sabe cuánto hay que decir, sólo hay que proporcionarle el cómo. Así que de un espacio en un programa de radio, pasa a tener un programa propio y, de ahí, a un show televisivo y llega tanto a tantas partes que el siguiente paso no puede ser más que la política. Hasta parece que el camino a la presidencia se despeja por obra de arte y magia. Cuidado. Mucho cuidado.

Sí, porque esos mensajes que parecen tan necesarios para la población media, esconden un populismo exacerbado que se acerca peligrosamente al fanatismo. De eso, sabemos unos cuantos ejemplos en estos tiempos tan tecnológicos. Se mencionan un par de problemas que sabemos que afectan a una buena parte de los habitantes que escuchan la radio o ven la televisión y se ofrecen soluciones que parecen dichas al vuelo en el rellano de cualquier escalera o en una conversación casual en un bar. Pronto habrá patrocinadores dispuestos a invertir mucho dinero en los discursos facilones de ese tal Lonesome Rhodes. El éxito le rodea. Le sitia. Le atenaza. Se convierte en una necesidad y, por tanto, no tarda en aparecer la arrogancia. Esa enfermedad que tanto asola a los políticos de éxito, o a las promesas vacías, o al sin sentido al que arrastra la adoración de las masas. Lonesome Rhodes es un fraude, aupado por los medios de comunicación, sí, pero ideado por él mismo, que toca el cielo y, al mismo tiempo, lo desprecia. Al igual que la estima de cientos de miles de personas que creen en sus palabras y en sus promesas…esas tan cercanas.

Elia Kazan articuló aquí un ejercicio próximo a la fascinación acerca de los fanatismos, de la mentira de los medios de comunicación que sólo buscan la próxima primicia y el consiguiente flujo de caja y sobre los farsantes que intentan embaucarnos una y otra vez con mensajes simplistas que conquistan fácilmente la conciencia y las ideas de la gente buena y honrada que sólo quieren a alguien bueno y honrado haciéndose cargo del país. Para ello no duda en poner a Andy Griffith, un rostro muy popular en la televisión estadounidense, con una imagen tremendamente afable entre el vulgo, para comandar esta expedición hacia el lado más oscuro de la propaganda política, y acompañado de intérpretes tan excepcionales como Patricia Neal, Walter Matthau, Tony Franciosa o una encantadora Lee Remick.

Cuidado con esos encantos. Esta gente, cuando cae, arrastra no sólo a todos los que están a su alrededor, sino también los sueños de un buen puñado de incautos.

martes, 23 de junio de 2026

EL LABERINTO MORTAL (1978), de Claude Chabrol

 

La noche es fría y parece pintada de negro con tonalidades rojas. Una chica corre desesperada. Está cubierta de sangre y, por fin, llega a una comisaria. Allí relata cómo se ha cometido un terrible crimen. Ella iba con su prima y la lluvia les obligó a meterse en un portal. Un desconocido las abordó y se propasó, asesina a su prima, ella escapa. El horror ha pasado muy cerca. La chica posee una ligera ventaja y es que uno de los inspectores de la policía también es familiar suyo. Parece todo muy claro. Es como uno de esos crímenes impulsivos realizados por un degenerado. Lo único que hay que hacer es pasar el aviso y detenerle. Pero…la chica cambia la versión. Ya no es un desconocido. De repente, pasa a acusar a su propio hermano. ¿Cómo es eso? El pariente inspector sospecha que ninguna de las dos versiones es la verdad, pero ya no es un caso espontáneo que se resuelve con una simple orden de búsqueda y captura. Ahora hay que investigar y ponerse muy serio. El inspector se aplica y la noche parece abrirse para mostrar sus propios secretos.

Excelente película dirigida por Claude Chabrol a partir de un relato del novelista Evan Hunter, con Donald Sutherland en la piel de ese inspector que se ve atrapado por un proceloso mar de emociones del que no sabrá muy bien cómo escapar. Comenzando con un misterio de poco calado, Chabrol se va empapando de las motivaciones de cada personaje hasta conformar un notable rompecabezas en el que el misterio no es el hecho en sí, sino los propios protagonistas. Sutherland, como siempre, ofrece una interpretación impecable, moviéndose en los límites del cine europeo con la soltura que siempre le ha caracterizado. Y la sorpresa se mantiene hasta el final, así que no desistan a la mitad. Dejen que el ambiente, la neurosis y la noche invadan su estado de ánimo y conviértanse en un personaje más de este drama criminal de cierta altura que, por otra parte, se ha olvidado por completo dentro de la filmografía de Chabrol, ese fugitivo de la Nouvelle Vague, que prefirió hacer películas más estudiadas y deudoras de la cultura americana que el resto de sus compañeros de generación.

¡Ah! Se me olvidaba. Si tienen la costumbre de escribir un diario, tengan mucho cuidado con lo que vierten en él. Puede que sea la pieza clave para descubrir todo el misterio en el que quieren envolver su vida e, incluso, puede que su muerte. Lo importante es que esos pensamientos íntimos que nadie más debe ver, son una prueba irrefutable de un buen puñado de motivaciones y de movimientos de los más cercanos. Ya saben. Hay que ser discretos incluso en la intimidad, si no, corren el riesgo de ser descubiertos y todo el juego quedará a campo abierto. Y con una mente con la de un policía algo despierto, se va a destapar todo lo que pretenden, o lo que han pretendido, o lo que han urdido…no dejen que la rutina y los secretos familiares sean los dominadores de su vida. Son sólo dos días.

viernes, 19 de junio de 2026

PRESENCE (2024), de Steven Soderbergh

 

El experimento tiene su interés. Se trata de narrar, desde el punto de vista de un espíritu, el embrujamiento de una casa. La cámara, en todo momento, es subjetiva y sólo sabemos lo que el supuesto fantasma ve. Toda la historia está estructurada en largas secuencias en las cuales esa presencia etérea es testigo de la dinámica familiar que llega bastante debilitada a esa casa donde, un día, hubo un asesinato. El espectro no alberga malas intenciones, aunque exprese sus enfados. De alguna manera volátil, quiere proteger a las personas que allí viven. Tal vez, porque ocupan algo tan querido como su casa. Sin embargo, hay varias razones que hacen que el experimento no sea del todo redondo.

De forma un tanto especulativa, se llega a decir que el espíritu es el de una antigua amiga de la hija del matrimonio que compra la casa, probablemente víctima de un suicidio como consecuencia de los tormentos propios de una adolescencia difícil, pero eso no se confirma en ningún momento. Por otro lado, el supuesto pánico que debe despertar una historia de fantasmas no acaba de aparecer. El espectro es bastante pacífico con escasos fenómenos paranormales, aunque, sin duda, interesante. El tercer reparo es meramente formal. Al ser una historia narrada desde el punto de vista subjetivo de la presencia, no hay ni un solo primer plano. El fantasma no se acerca mucho, aunque es testigo de conversaciones que le provocan una reacción. La conclusión está algo suspendida. Es interesante el intento por parte del director Steven Soderbergh y del guionista, uno de los mejores, David Koepp, pero la película en ningún momento llega a despegar.

Dentro de su argumento en el que, con cierto tino, nos describe el comportamiento familiar, vemos cómo el padre está agobiado y ve que las cosas empiezan a ir mal con su mujer y tiene una misteriosa conversación con un amigo en el que sugiere que uno de los dos, él o su mujer, está dedicándose a algo ilegal, pero ahí se queda. La madre, una diletante que sólo tiene ojos para su ordenador de trabajo, no esconde su predilección por el hijo varón, proyecto de deportista de élite que, cuando habla, resulta bastante cortito y delata la influencia que los amigos tienen en él. La chica, la menor de la casa, se halla en una marea de sentimiento y confusión y no tiene ningún reparo en acostarse con el mejor amigo del hermano, un tipo que dice las palabras exactas para encandilar a cualquier joven en su situación. El resultado de todo el embrollo es confuso, es como algo inconcluso, una especie de proyecto que no termina de estar suficientemente pulido a pesar de la prometedora idea. Puede que hubiera hecho falta una presencia sobre el hombro de Koepp para hacerla más inquietante, más áspera, algo menos cercano a la reciente Here, de Robert Zemeckis, y más propio de Un lugar tranquilo, pero sin monstruos alrededor.

Ah, y cuando terminen de leer este artículo, no se olviden de echar un vistazo a su armario. Parece ser que es el sitio favorito de los fantasmas. Desde allí, lo oyen todo, lo ven todo y no delatan su presencia. Yo ya lo he hecho y ahí dentro están todos mis fantasmas.

jueves, 18 de junio de 2026

EL DÍA DE LA REVELACIÓN (2026), de Steven Spielberg

 

El hombre sigue empeñándose en resolver sus diferencias a través de guerras y conflictos, escarbando en sus propios defectos para hacerlos aún más evidentes y delatando su condición de raza inferior, poco merecedora de formar parte del orden universal. Más aún en estos tiempos en los que ha olvidado desarrollar su empatía para concentrarlo en algo que no necesita ninguna como las redes sociales, las pantallas y los avances tecnológicos que, aunque aparentemente, nos han acercado más, sólo han conseguido que sea un ser más solitario, más aislado, más egoísta. Si hubiera un ser superior, probablemente, tenga esa virtud consolidada, como una de las mejores maneras para alcanzar la felicidad como seres, la plenitud como partes integrantes de la verdad y la seguridad entendida como elemento esencial de la convivencia entre los millones que integramos este pequeño y hermoso planeta.

Quizá, en algún lugar, haya un par de ejemplares humanos que sean capaces de manifestar una empatía mostrada como una ventaja evolutiva, sabiendo cuáles son los problemas del otro y siendo voluntarios natos para preocuparse por los demás. Eso hace que, en un momento dado, esos seres superiores hablen por sus bocas, les doten de la facultad de traducir lo ininteligible, les faculten para dar a conocer uno de los grandes secretos que atenaza a los hombres y a las mujeres y se despeje la incertidumbre si somos los únicos seres de toda la creación. Y seguro que Dios no tiene nada que decir a todo ello.

Mientras tanto, los gobiernos no dejarán de tratar al ser humano como si fueran niños que necesitan ser guiados en sus creencias y en sus temores. Tal vez porque, de ese modo, sean más fáciles de manipular y de servir a las estúpidas propuestas para hacer la vida más fácil cuando, en realidad, la complican muchísimo más. No dudarán en emplear toda su fuerza y sus medios en tapar la verdad…porque la verdad es enemiga acérrima del poder y, si se vive y se habita en un mundo de mentiras, el ser humano se perderá en sus propios complejos, en sus inferioridades, en sus miedos. El principio organizador de cualquier sociedad es la guerra y siempre tiene que haber alguna. Es imposible que haya un mensaje de paz, de sinceridad, de comprensión…sobre todo, de comprensión. No nos podemos comprender, olvidamos que todos tenemos nuestras guerras propias, nuestros remordimientos, nuestros fallos difícilmente reparables. Se dedican a aumentar todas esas sensaciones sólo para que tengamos la conciencia no expresada de que somos ganado. Imprescindible para sus objetivos. Innecesario para sus beneficios.

De repente, llega Steven Spielberg y nos pone en la mesa una película de aventuras que recuerda mucho a Encuentros en la tercera fase, pero que es mucho más ambiciosa en su capacidad de alcance. Parte de una situación que ya está en marcha y obliga al espectador a ponerse al día porque así es la vida misma. Y sumerge al espectador en un abismo de silencio absorbente, atento a cada una de las acciones cinematográficas. Nos encontramos con el cine y no sabemos muy bien qué hacer después de asistir a tanta mediocridad. Él no nos manipula, no quiere que creamos más que en nosotros mismos. Es la confianza lo que salva al ser humano y no el pánico. Los seres superiores, si realmente lo son, no podrán venir para castigarnos, sino para orientarnos. Así de sencillo. Y lo harán con riesgo porque seguro que saben sobradamente que somos depredadores de lo distinto. Cuenta con un reparto competente con Emily Blunt, Josh O´Connor, Colin Firth, Colman Domingo y, por supuesto, con el que puede ser el último trabajo de John Williams en la banda sonora. Y caemos en su trampa de acción, en su camino de teoría, en su misiva de buena voluntad. Quiere que creamos que, igual que somos portadores de muerte, también lo somos de esperanza y que la solución no se halla en otro lugar más que en nosotros mismos. Y nos deja otra certeza reservada para los que de verdad apreciamos lo que resulta valioso. Spielberg habla. Los demás, escuchamos. 

miércoles, 17 de junio de 2026

LOS PECES ROJOS (1955), de José Antonio Nieves Conde

 

La noche es infernal y llegar al hotel es un respiro. Tres personas. Padre, novia e hijo. Y desean ver el mar furioso. Están locos. Con el temporal ponerse a ver el mar por la noche. Pasa lo que tiene que pasar. Alguien resbala y cae. La muerte es el cuarto huésped. La policía llega para investigar si ha sido suicidio o accidente. Marcha atrás. Volvemos a la historia de amor entre el padre y su novia. Él es un niño de papá, que sueña con triunfar como escritor, a pesar de que no ha conseguido publicar ni una línea. Las editoriales le rechazan porque es un tipo que destila fantasía, demasiada en tiempos en los que parece que la esperanza asoma por el fondo. Ella es una corista de tercera, que trabaja en una revista y que, al contrario de lo que se pudiera pensar, es bastante lista, pero que se une al deseo de todas las coristas de todos los teatros de tercera del mundo. Ese deseo no es otro que pescar a un marido con posibles. Alguien que le saque de ese pozo de pellizcos, de piropos retrecheros y no tan castizos, de babosos que sólo quieren ver sus piernas y soñar con su piel. Ella desea su abrigo de visón, su relación estable, ser considerada una señora y no una cualquiera.

Sin embargo, ese padre tiene un hijo. Parece ser que es bastante guapo y está estudiando arquitectura y, por aquello de los líos de familia y de las herencias, va a heredar una cantidad nada despreciable para la época. Más de tres millones de pesetas. Tela marinera. El chico tiene un futuro que para sí lo quisiera cualquier corista de tres al cuarto (o del cuatro al quinto para no ser redundante). El caso es que la tía que debe dejarle todo ese dinero, fallece y entonces hay que tomar decisiones drásticas. Una de ellas, es emprender un viaje a algún lugar de la costa, allí donde las olas se enfurecen más de lo debido y el mar ruge con ira. Una decisión extraña, se mire por donde se mire.

Excelente película española con inspiración hitchockiana debida al genio de un director como José Antonio Nieves Conde, que ya había hecho sus dos obras maestras anteriores: Surcos y El inquilino. En esta ocasión, nos disfraza de melodrama criminal una historia de suspense y preguntas sin contestación posible que acaba por secuestrar el sentido y formar parte de una conspiración que nunca existió. La obsesión acaba por ser también protagonista de la película y se cierne sin piedad sobre Arturo de Córdova y Emma Penella, inmensos y desgraciados en sus papeles principales. No hay película española de calidad que se precie sin unos buenos secundarios y, en esta ocasión, tenemos a Félix Dafauce como el policía encargado del extraño accidente, Pilar Soler como la corista compañera de la protagonista y Manuel de Juan como el conserje del hotel que acaba por ser el lugar de los hechos. El guion de Carlos Blanco está lleno de inteligencia porque sortea todas las trampas propias de una historia muy delicada, a la que se le puede ver el engaño en cualquier momento y se mantiene incólume en su pétreo misterio. Una película que, al fin y al cabo, te deja con un buen puñado de peces rojos dando vueltas a la pecera.

martes, 16 de junio de 2026

ROMA, CIUDAD ABIERTA (1945), de Roberto Rossellini

 

En el gris plomizo de una ciudad ocupada, se puede oler el heroísmo rutinario de una serie de personajes que lo único que quieren es vivir en libertad. Hay que tener mucho cuidado con lo que se habla y con quién se habla y no esperar nada del enemigo. Los nazis no son partidarios de la compasión, así que rogar por los prisioneros e ir a interceder por ellos no acaba de ser una buena idea porque el emisario puede acabar con los huesos partidos o con su propia vida. La crueldad se adueña de esas calles que parecen abandonadas y que exhiben la mala fortuna de una ciudad que ha pasado de la dictadura a la ocupación y en la que hay que buscar comida en los rincones más mugrientos, siempre con la camaradería y la solidaridad como únicos aliados que, además, no se encuentran en cualquier sitio. Los alemanes se encargan de instaurar el miedo como la única coacción. Ayudas, mueres. Resistes, mueres. Te enfrentas, mueres. Hay pocas salidas para lo que es la supervivencia. Y no sólo de pan vive el hombre, unas saludables gotas de idealismo también van muy bien en una ciudad en la que la tristeza apaga el esplendor de sus inigualables monumentos o de sus antaño encantadoras calles. La esperanza no se ha detenido en Roma.

Sólo la fuerza de voluntad puede mitigar en algo el ruido de las botas que golpean sin conmiseración los adoquines de las calles. La desesperación se instala como un ingrediente casi sustitutivo de la comida, porque el hambre también parece aliarse con los teutones. Quizá, en algún sitio, haya algún líder que merezca la pena salvar, o un sacerdote que decide que ya es hora de dejar las palabras y que Jesús sería el primero en ayudar a los necesitados. Ejecuciones, humillaciones, indiferencias. El dolor ajeno no es de nadie. Simplemente, es ajeno. Es de otros. Que luchen, si quieren. No hay nada que hacer ante el ruido del que es manifiestamente superior. Roma es una ciudad abierta, pero tiene cerrado el paso a cualquier atisbo de mejora.

Roberto Rossellini cambió la forma de ver el cine con esta película. Aunque no es la primera película neorrealista (posiblemente, ese honor le correspondería a Jean Renoir con Toni), sí que otorgó carta de naturaleza a ese movimiento que ha sido origen y razón de muchos otros cineastas que quisieron coger a unos cuantos actores, la mayoría de ellos no profesionales, y ponerlos delante de una cámara a ver qué es lo que pasaba. Y lo que pasaba, en muchas ocasiones, era un milagro. Eso sí, sería injusto no reconocer el trabajo de los dos intérpretes que sí eran profesionales como Anna Magnani y ese sacerdote que da la vida encarnado por Aldo Fabrizi. No puedo evitar las lágrimas viendo a los dos, luchando hasta el final por lo que creen justo. Algo de lo que no todos pueden presumir. Tal vez porque conceptos como la solidaridad o el convencimiento de que los que sufren también son hermanos tuyos, ya están anticuados. Ahora sólo se ven amistades a través de las pantallas y así, muy posiblemente, no pasamos ningún peligro.

viernes, 12 de junio de 2026

EL DRAMA (2026), de Kristoffer Borgli

 

No voy a desvelar el hecho central de esta película. Sólo voy a decir que es una de esas cosas que, supuestamente, hacen que todo lo que piensas y sientes acerca de otra persona a la que amas con todas tus fuerzas se convierta en una duda permanente. Una duda peligrosa, alienante y latente. Y ése es el drama. Lo que parecía seguro, indestructible e irreductible se convierte en algo volátil, que depende de las actitudes, que reclama un nuevo principio, que hace que puedas sentirte solo a pesar de que estás acompañado. Y, además, voy a decir otra cosa desde una perspectiva meramente humana. Mirado fríamente, es una bobada.

Con estos mimbres, el director Kristoffer Borgli articula una historia de amor, que ya de por sí es una valentía en estos tiempos que corren, bajo producción de un cineasta tan dudoso como Ari Aster. El resultado es que se puede asistir a una buena interpretación por parte de los dos protagonistas porque Robert Pattinson se ajusta perfectamente al papel de esa especie de ratón de biblioteca, tímido, abrumadoramente inseguro, que no sabe si el siguiente paso que va a dar es el correcto, y, desde luego, Zendaya demuestra que hay actriz bajo esa atractiva fachada dando, por un lado, la imagen celestial de una chica muy cercana a lo ideal y, por otro, a una especie de inadaptada que, un día, pudo mandar todo al infierno.

Vale, ya no puedo contar más. No sea que alguien decida jugar conmigo a contar cosas inconfesables que demuestren lo cobarde, cicatero y voluble que soy. El resto es una película que empieza, prácticamente, como una comedia romántica que se deja ver con cierto interés y va tornándose en un áspero sendero donde las auténticas personalidades afloran hasta llegar a un drama que se apoya, fundamentalmente, en muchas de las enfermedades que padecemos como sociedad.

Y es que podemos tener la seguridad de que es posible que las amistades, no lo sean tanto; que siempre haya alguien que quiera sacar provecho de la situación, que los acontecimientos, mirados desde cierta óptica, puedan ser ambientaciones perfectas de pasos normales, o bien sean ocurrencias ridículas que ponen de manifiesto la carencia personal de cada uno. Ya se sabe, nos pueden gustar muchas cosas de aquel o aquella que va a compartir el resto de su vida contigo, pero también se presentan unas cuantas facetas que hacen que, en otras circunstancias, jamás pensarías en esa persona como el amor de tu vida. Son las cosas que no me gustan de ti.

Todo es una balanza explosiva, que no se inclina hacia ningún lado salvo que se haga para que el final sea lo que realmente se desea. Somos seres sitiados por la incertidumbre y la vida se encarga de poner palos en las ruedas a cada paso. Nada es como lo pensamos, como casi siempre es lo que nos pasa. Y es posible que ni siquiera esté cerca de ser así, pero ahí es donde tiene que entrar nuestra categoría como hombres y como mujeres para que eso no importe demasiado mientras tengamos a alguien que nos acompañe en las lágrimas, en las risas, en los deseos, en las frustraciones, en los días negros y en los días rojos. Hay muchos de cada uno de ellos en una vida en común. Y sólo el amor y el cariño, el auténtico amor y el verdadero cariño, son las alzas que nos permiten salvar esos miserables obstáculos humanos que no llevan a ninguna parte y que, sin embargo, nos atenazan en nuestras decisiones y en nuestros comportamientos. No es fácil vivir. Nadie dijo nunca que lo fuera. Lo realmente duro es permanecer.

Así que ahora, mientras escribo estas líneas, me pregunto cuáles son los acontecimientos de mi vida de los cuales me puedo avergonzar más. Seguro que tengo alguno. Seguro que lo tiene usted. Seguro que lo tiene mi vecina de enfrente. Y es posible de que, a pesar de ese error garrafal, soy un ser humano que puedo merecer la pena. Pregúnteselo. ¿Usted diría lo mismo? El dilema, desde luego, es interesante. El error, posiblemente, no.

jueves, 11 de junio de 2026

BACKROOMS (2026), de Kane Parsons

 

En algunas personas, el complejo de culpabilidad puede ser tan intenso que lleva a la búsqueda imposible de un escape casi onírico. La conciencia es ese mecanismo, compuesto de éticas, educaciones y recuerdos que es capaz de paralizar a cualquiera en su capacidad para reaccionar y construir de nuevo una vida sobre las ruinas de la anterior. Eso es lo que le pasa a este vendedor de muebles que está sometido a una férrea dictadura de conciencia que le golpea sin conmiseración porque sus recuerdos le destrozan, sus errores le atenazan y no puede seguir con su vida. La solución es fabricarse una vida en el mismo refugio de su conciencia.

Al mismo tiempo, la psiquiatra que lo trata tiene algún que otro problema de ansiedad porque asume los problemas de los demás y arrastra un recuerdo indeleblemente doloroso relacionado con su madre. También se introducirá en ese laberinto de habitaciones vacías en donde yacen los recuerdos deformados porque esa memoria no es un notario de nuestro pasado. Nuestros recuerdos están hechos de la forma en la que los recordamos. Es todo un poco mirarse al ombligo continuamente y perderse en el jeroglífico de nuestro interior. El terror no está ahí fuera. Está dentro de nosotros.

Con estos mimbres y basándose en su propio cortometraje, el director Kane Parsons fabrica una película que juega con la confusión y que trata de aterrorizar cuando, en realidad, lo que consigue es una permanente sensación de incomodidad. No hay sustos, no hay momentos de pánico, es sólo la certeza de que, en nuestro propio edificio de oficinas vacío, hay cosas que nos cuidamos de enterrar con esmero mientras que hay otras que, simplemente, no queremos recordar porque nos descubre la posibilidad de que seamos unos monstruos por haber sido unos cobardes, o unos insidiosos, o unos desidiosos, o unos interesados, o unos crueles, o unos impresentables, o unos seres dañinos que no queremos reconocer. En el fondo, la película tiene un elemento de brillantez aunque embarulla a propósito algunas de sus propuestas para que el público pueda vender la película con la etiqueta comercial del terror. Y, en realidad, es un drama en el que los monstruos salen, los agobios se manifiestan, las persecuciones se extienden y, al final, lo que queda, es una parábola de nuestra propia deformidad mental.

Es bueno el trabajo de sus protagonistas con los rostros de Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, la música es inaguantable y digamos que, la principal secuencia de supuesto horror, se rueda con la ilusión de una cámara de vídeo casera, lo que hizo que me aparecieran unos sudores repentinos por el mareo que me provocó. Cosas mías. En todo caso, el respetable prorrumpió en aplausos al final, lo cual quiere decir que todos y cada uno de ellos descifraron perfectamente el mensaje y el simbolismo de la propuesta y que se mordieron las uñas con fruición en vídeo o en película. El oficio de crítico de cine cada vez es más duro.

Así que tengan mucho cuidado si deciden inspeccionar sus conciencias. Es posible que encuentren algo con lo que se sientan muy a gusto. También alguno de sus socorridos recuerdos puede salvarlos del infierno. O, incluso, la alucinación culpable puede llevarles a la locura. Elijan ustedes. Lo increíble pasa ahí dentro, en ese cuarto oscuro, perdón, amarillo, donde almacenan sus experiencias y quedan pendientes del cedazo inconsciente o su contrario. De ello pende su salud mental, o su grado de adaptación, o su forma de superar los problemas derivados de sus propios errores, porque todos los cometemos. Grandes, pequeños, inconfesables, dichos en voz baja, guardados para siempre tras la cortina reparadora del silencio, latentes, evidentes, aleccionadores, inútiles…yo qué sé. Puede que el recuerdo que tenga mi conciencia de esta película sea ese mareo de una noche de primavera calurosa que me llevó a ninguna parte y que luego traté de explicar en unas cuantas líneas amontonadas como sillas desechadas por algún vendedor de muebles que ha caído en el ridículo y en el olvido.

miércoles, 10 de junio de 2026

ARISE, MY LOVE (1940), de Mitchell Leisen

 

Extraña película. Está llena de sentimientos encontrados y, aún así, funciona maravillosamente bien. Todo empieza de manera especialmente dramática porque el principio, es un final. Una ejecución en una cárcel española. Se trata de deshacerse de los miembros de las Brigadas Internacionales que han caído prisioneros y, una vez acabada la guerra, el gobierno de Franco trata de ajustar las cuentas. En una celda, bien pegada al paredón (tanto que resulta bastante insegura si hay alguna bala perdida disparada por alguna cabeza extraviada), un hombre espera su final. Un fraile ha acudido a consolarle en sus últimas horas y al tipo no se le ocurre otra cosa que liarle para que juegue una partida de póker con él. Es un aviador derribado que ha pasado varios meses en prisión y ya sólo le quedan horas de vida. De repente, llega el indulto. Su mujer, una atractiva americana, ha pedido clemencia y se lo han concedido. El fraile es el primero que se alegra. El segundo es el reo, pero no porque sea un agorero ni nada por el estilo. Es sólo que nunca se ha casado, así que no tiene ni idea de quién puede ser esa mujer que ha puesto tanto empeño en liberarle.

Así, lo que empieza de forma desoladoramente dramática, comienza a transformarse en una comedia. Al principio, se mueve con soltura en los intrincados y no siempre bien transitados caminos de la comedia romántica, pero es que, luego, de forma sorpresiva, deriva en una screwball comedy. Todo girando, claro está, en torno al juego del cortejo que comienzan ese aviador idealista, que quiere luchar donde se hace falta, y esa periodista que busca el titular con ansia. Hay situaciones verdaderamente graciosas, desencuentros, tropiezos, máquinas de escribir y deseos incontenibles de acabar el uno junto al otro…pero, en un nuevo giro de tuerca, estalla la guerra en Europa y la trama se retuerce y pasamos a un dilema moral de altos vuelos… ¿Merece la pena luchar por la libertad en Europa cuando acabas de conocer al amor de tu vida que, sin duda, camina hacia el éxito en Estados Unidos que, en ese momento, siente la guerra como algo ajeno? El hundimiento del Atenea en el Atlántico y en el que viajan los dos protagonistas, ayudará a clarificar las cosas. Puede que, por un lado, estés al lado de quien más quieres y que, no obstante, creas que has traicionado todo aquello en lo que creíste y que, al fin y a la postre, puede cambiar el mundo. O puede que, por otro lado, estés luchando con ahínco para desterrar la amenaza fascista de Europa y que no pienses más que en ella mientras te salpica la gasolina del motor de un caza. Por parte de ella, puede que disfrute de un éxito que ya tiene ganado y que renuncie a contar la mayor noticia del siglo XX como es la guerra, o puede que su vida sea un titular y que el Pulitzer esté a la vuelta de la esquina mientras, con el ruido de las teclas, se recuerdan los mejores momentos que han podido ocurrir en su vida. Decidan ustedes.

Por cierto, Mitchell Leisen dirige y el guion es de dos señores llamados Charles Brackett y Billy Wilder. No está a la altura de Medianoche, pero es una buena película que sorprende a cada vuelta de la esquina. Prepárense para reir, para llorar y para preocuparse.

martes, 9 de junio de 2026

EL MAESTRO DEL CRIMEN (2024), de Simon West

 

Danny Dolinski todavía cree que es el mejor. Son muchos años llevando a cabo los encargos más sucios y aún piensa que, en su interior, sigue habitando ese maestro del crimen que rara vez se ha equivocado. Sin embargo, hay síntomas que llevan a pensar que Danny está ya al final del camino. Físicamente ha decaído, ya no piensa con la claridad de antes. Danny es consciente de que está pasando una mala racha, pero no abandona la idea de que eso es temporal, de que volverá a apretar el gatillo con fuerza y vigor. Todo lo demás son habladurías. Sólo necesita una oportunidad por parte de la organización para que todo vuelva a su cauce. Y el encargo cae y no es tan fácil. Se trata de adiestrar a su propio sustituto. Un impulsivo joven que tiene que aprender todos los trucos del oficio. Danny se emociona con la oportunidad, pero también sabe que debe ganar los suficientes puntos como para que sus superiores no quieran jubilarlo. A ello también le ayudará una joven oriental que también tiene lo suyo. La fauna y la flora de la ciudad asoman la cabeza en una noche que parece más larga que la trayectoria de una bala en pos de su objetivo. Eso es un período que puede parecer muy corto, pero sólo si no eres la bala.

El caso es que alguna de las carencias físicas de Danny parece que van desapareciendo mientras enseña las malas artes al advenedizo de turno. Y Danny,  por supuesto, va a tener que tomar algunas cartas en el asunto que se trae entre manos mientras va dejando algún cadáver por aquí y por allá. Incluso su pupilo también se emociona y empieza a contribuir al fondo de pensiones de vendedores de pompas fúnebres. El negocio es duro, bien lo sabe Danny. Un día estás arriba, viviendo por todo lo alto y, al siguiente, caes por un precipicio empujado por todos aquellos en quienes confías. El secreto está en mantener el equilibrio por el mismo borde de la cima.

No es una gran película. Casi, casi, entraría en la categoría de mediocre, pero aún así tiene elementos interesantes. Uno de ellos, sin lugar a ninguna duda, es la interpretación de Christoph Waltz en la piel de ese asesino de vuelta que trata de recuperar su lugar en el escalafón de sicarios. Otro es el delicioso papel de Lucy Liu. Y el argumento no deja de tener una cierta originalidad. No obstante, en algunos momentos, parece como si la energía que una película de estas características debe tener, se tomara un respiro. Como si después de un par de secuencias brillantes, hubiera que meter algo rematadamente mediocre para no brillar tanto. En cualquier caso, entre esas irregularidad un tanto inexplicable, se pasa el rato con cierta ligereza y con un sentimiento palpable de pena porque podría haber sido una película más que estimable y se queda en algo de aprobado justo. En cualquier caso, no olviden hacer su gimnasia de dedos, cuidarse de la artrosis y dejar bien claro que la pistola es una buena prolongación de sí mismos siempre y cuando se dediquen a este negocio, claro. Si no, siéntense y esperen a que la bala les alcance.