Siempre me gustó esta película de Billy Wilder, Traidor en el infierno. Es como una sonrisa en medio del barro. Es William Holden encarnando un personaje que no tiene nada de amable y todo de cínico. Sé también que es una película con muchos detractores por los trazos de humor un tanto grueso que destilan algunos personajes pero que, en mi opinión, Wilder dibuja como una amarga evasión de la cruel realidad. En ocasiones, en manos de los verdugos, sólo queda el sueño de intentar hacer el payaso en un mundo que no sirve para reír. Con el personaje de Sefton, contrabandista, jugador de ventaja, despreciable cínico que no cree más que en servirse a sí mismo en un lugar donde el individualismo es pura traición, Holden compone un carácter de mirada descreída al que Wilder no dio ni una sola pincelada de patriotismo o de idealismo o de nada terminado en “ismo” salvo “yo mismo”. A nadie caería bien una persona como Sefton, siempre sería un candidato para el odio en un lugar donde los carceleros alimentan la humillación sutil, la tortura refinada y el duro taconazo de unas botas lustrosas calzadas por Otto Preminger.
Y es que, tal vez, no se pueden poner alambradas al sonido de una ocarina soplada por un trastornado, y tampoco se pueden poner en un barracón los terribles deseos que se deben sentir de coger a alguien como culpable para hacer que la frustración sea un arma menos afilada. A veces, sólo unas piernas bonitas consiguen hacerte soñar, o un poco de sentido del humor, o una canción que recuerda quién eres, o una búsqueda a lomos de la paciencia puede demostrar la luz de una cerilla encendiendo un cigarro puro que no merece ser apagado a golpes de rabia.
La esperanza es el peor enemigo en un campo de concentración porque es la espita que enciende la sospecha caída del lado de la antipatía. Wilder era así. Mucha acidez para contar la historia de unos héroes encerrados.






