El plan, realmente, es
muy sencillo. Los Indians de Cleveland son un equipo deficitario, que nunca ha
ganado ningún torneo. Son malos, en dos palabras. Con los resultados
paupérrimos que suelen cosechar, la mejor solución es su traslado a otra
ciudad, con otro equipo técnico, con otros jugadores, con otra infraestructura.
Y Rachel Phelps es lo que pretende con la llegada a la presidencia del club.
Sólo hay un problema, no muy grande. Los jugadores, hasta ahora, han jugado con
cierta desmotivación, sin ganas, de ahí sus pobres resultados. En cuanto salta
el rumor de que el club puede ser trasladado porque no gana ni a las chapas,
adivinen qué pasa. Sí, los chicos se alían unos con otros y, de repente,
empiezan a jugar como los ángeles. Sólo para fastidiar a esa pretendida
ejecutiva brillante que no piensa más que en maximizar beneficios y echar a
todos a la calle. Además, los Indians tienen a un lanzador de ensueño, sólo que
es un poco irregular. Le llaman “Wild thing” y tiene su sintonía propia cada
vez que entra al campo. El lío, el lanzamiento, el bateo y la carrera están
servidos. A ver quién gana en esta carrera contra los intereses creados.
David S. Ward dirigió
su mejor película en esta ocasión y, curiosamente, es una de las que menos se
recuerdan. No es una comedia tronchante, no es, ni mucho menos, un drama, es
una curiosa disección del mundo del béisbol, con sus ejecutivos preocupados por
llenar estadios y rentabilizar publicidades, con sus jugadores de altos y
bajos, que muestran hastío y, a la vez, son capaces de poner a las gradas de
pie. Con sus técnicos, que creen tener fórmulas mágicas y dependen, sobre todo,
de que los jugadores quieran jugar de verdad. La película es buena, agradable,
se deja ver y con algunas líneas de diálogo de cierta agudeza. No en vano David
S. Ward fue ese guionista que algunos años antes había ganado un Oscar con El golpe, de George Roy Hill.
En el apartado
interpretativo habría que destacar a Charlie Sheen, en una de sus escasas
interpretaciones meritorias, al lado de Corbin Bernsen, que por aquel entonces
estaba muy de moda, Tom Berenger, que posiblemente sea el actor más mediocre de
la época y que sólo se salvó por su prodigiosa interpretación en Platoon, de Oliver Stone, Wesley Snipes,
con el que tuvieron serios problemas porque de béisbol sabía tanto como yo de
física cuántica, Margaret Whitton en la piel de esa ejecutiva que se pasa de
lista, y una René Russo maravillosa y radiante sosteniendo por debajo al
plantel femenino.
Así que ya saben, pidan la seña, lancen una bola curva, traten de batear con fuerza y corran, corran como el viento porque las oportunidades pasan de largo y, a veces, es porque nos hemos dejado ir por pereza, desmotivación o vaya usted a saber. Lo cierto es que, cuando hay problemas, es muy bueno tener a un “Wild thing” en el equipo. Saldrá por una de las puertas del césped y la gente se volverá loca porque creerán que las bolas llevan música incorporada.

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