La
sombra de Doce hombres sin piedad es
demasiado alargada para que no se recuerde una vez más. Esta vez, no es en
Nueva York, sino en Belfast. Y no son doce hombres sino siete acompañados de
cinco mujeres. El asesinato es diferente, porque se trata de la revisión de un
crimen ocurrido muchos años antes y decidir si procede la extradición al ser la
víctima una ciudadana francesa que pasaba sus vacaciones en la lluviosa Irlanda
del Norte. Aún así, sigue siendo la jurado número ocho quien planta la idea de
la duda razonable, sigue siendo el jurado número tres el que la cuestiona,
aprovechando la hartura de las políticas falsamente feministas. Y, sobre todo,
es el propio director, Jim Sheridan, quien lleva la voz organizativa del
jurado, imponiendo su autoridad y también su innegable serenidad. No es casual.
Es evidente que ante
este modelo tan nombrado y mitificado, Recreación
de un asesinato pierde, por mucho que repita algunos momentos álgidos de la
película de Sidney Lumet, pero Sheridan, cineasta experimentado y de calado
cuando nos regaló obras punteras como Mi
pie izquierdo, En el nombre del padre o The
bóxer, es capaz de sacar un par de escenas llenas de inquietud. Una de
ellas a base de sombras, luces fugaces, unas botas con cordón y el rostro de
Vicky Krieps, la número ocho. Ahí es donde Sheridan parece empeñado en
demostrar que aún hay algo en él del cineasta que fue y que también consigue
algún otro pasaje que puede quedarse en la memoria. No obstante, el conjunto
flojea porque el director opta por renunciar al tiempo real e incluye elipsis
que desdibujan un tanto la tensión de esa habitación donde doce personas
deciden la culpabilidad o la inocencia de un imputado. Los personajes
principales están bien trazados, descubriéndose debilidades personales que
hacen que su voto no sea totalmente imparcial, pero hay otros que los descuida
inexplicablemente, como la mujer mayor, que, más allá de un puñado de miradas,
apenas es poseedora de una línea de diálogo.
Todo ello se sustenta
en una historia que fue verdadera, es decir, el asesinato existió, pero nunca
se reunió una corte para decidir la extradición de aquel que consideraron
culpable. Quizá eso beneficie a la película, porque, en algún momento aislado,
se llega a sentir el terror de un crimen que fue, recreado por un cineasta que
también fue, en una película que, a su vez, recrea a otra que fue mucho.
Así que no se precipiten en su veredicto. No es una película de acción, sino de diálogo. Es una historia para degustar y para ser conscientes de que también hay investigaciones que pueden llegar a la categoría de chapuza con tal de evitar un posible escándalo internacional. Por instantes, puede que se pierdan un poco con el baile de unos nombres sin cara, pero nunca se le pone rostro al asesinato. Y menos aún a la sensación de terror cuando la sangre está a punto de brotar y de salir en busca de un culpable. Los diálogos llegan a ser muy hirientes, las reacciones, desmedidas, las opiniones, desechables, los votos, cambiantes, pero aún así, es difícil clarificar la mirada para decidir una condena. No, no tiene ese exuberante repertorio de planos que están dentro de Doce hombres sin piedad, ni esa tensión de ambiente sobrecargado y ánimo a punto de rasgarse, pero alguna lección de buen cine sí que da porque la delgada línea que separa la culpabilidad sin concesiones a la duda razonable es más que fina. Alguien dijo una vez que si los jurados se fijaran en las dudas razonables que plantea cualquier caso, no habría ni una sola condena. Tal vez, se trata de poner todas las pruebas en una balanza y comprobar qué lado pesa más. No es fácil tomar decisiones sobre la vida de los demás. No es fácil salir de una tragedia personal como le ocurrió a Jim Sheridan y aparecer diez años después tratando de hacer un homenaje tan sentido a una película como Doce hombres sin piedad. Posiblemente, no quisiera ganar. Sólo seguir estando.

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