martes, 16 de junio de 2026

ROMA, CIUDAD ABIERTA (1945), de Roberto Rossellini

 

En el gris plomizo de una ciudad ocupada, se puede oler el heroísmo rutinario de una serie de personajes que lo único que quieren es vivir en libertad. Hay que tener mucho cuidado con lo que se habla y con quién se habla y no esperar nada del enemigo. Los nazis no son partidarios de la compasión, así que rogar por los prisioneros e ir a interceder por ellos no acaba de ser una buena idea porque el emisario puede acabar con los huesos partidos o con su propia vida. La crueldad se adueña de esas calles que parecen abandonadas y que exhiben la mala fortuna de una ciudad que ha pasado de la dictadura a la ocupación y en la que hay que buscar comida en los rincones más mugrientos, siempre con la camaradería y la solidaridad como únicos aliados que, además, no se encuentran en cualquier sitio. Los alemanes se encargan de instaurar el miedo como la única coacción. Ayudas, mueres. Resistes, mueres. Te enfrentas, mueres. Hay pocas salidas para lo que es la supervivencia. Y no sólo de pan vive el hombre, unas saludables gotas de idealismo también van muy bien en una ciudad en la que la tristeza apaga el esplendor de sus inigualables monumentos o de sus antaño encantadoras calles. La esperanza no se ha detenido en Roma.

Sólo la fuerza de voluntad puede mitigar en algo el ruido de las botas que golpean sin conmiseración los adoquines de las calles. La desesperación se instala como un ingrediente casi sustitutivo de la comida, porque el hambre también parece aliarse con los teutones. Quizá, en algún sitio, haya algún líder que merezca la pena salvar, o un sacerdote que decide que ya es hora de dejar las palabras y que Jesús sería el primero en ayudar a los necesitados. Ejecuciones, humillaciones, indiferencias. El dolor ajeno no es de nadie. Simplemente, es ajeno. Es de otros. Que luchen, si quieren. No hay nada que hacer ante el ruido del que es manifiestamente superior. Roma es una ciudad abierta, pero tiene cerrado el paso a cualquier atisbo de mejora.

Roberto Rossellini cambió la forma de ver el cine con esta película. Aunque no es la primera película neorrealista (posiblemente, ese honor le correspondería a Jean Renoir con Toni), sí que otorgó carta de naturaleza a ese movimiento que ha sido origen y razón de muchos otros cineastas que quisieron coger a unos cuantos actores, la mayoría de ellos no profesionales, y ponerlos delante de una cámara a ver qué es lo que pasaba. Y lo que pasaba, en muchas ocasiones, era un milagro. Eso sí, sería injusto no reconocer el trabajo de los dos intérpretes que sí eran profesionales como Anna Magnani y ese sacerdote que da la vida encarnado por Aldo Fabrizi. No puedo evitar las lágrimas viendo a los dos, luchando hasta el final por lo que creen justo. Algo de lo que no todos pueden presumir. Tal vez porque conceptos como la solidaridad o el convencimiento de que los que sufren también son hermanos tuyos, ya están anticuados. Ahora sólo se ven amistades a través de las pantallas y así, muy posiblemente, no pasamos ningún peligro.

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