La noche es infernal y
llegar al hotel es un respiro. Tres personas. Padre, novia e hijo. Y desean ver
el mar furioso. Están locos. Con el temporal ponerse a ver el mar por la noche.
Pasa lo que tiene que pasar. Alguien resbala y cae. La muerte es el cuarto
huésped. La policía llega para investigar si ha sido suicidio o accidente.
Marcha atrás. Volvemos a la historia de amor entre el padre y su novia. Él es
un niño de papá, que sueña con triunfar como escritor, a pesar de que no ha
conseguido publicar ni una línea. Las editoriales le rechazan porque es un tipo
que destila fantasía, demasiada en tiempos en los que parece que la esperanza
asoma por el fondo. Ella es una corista de tercera, que trabaja en una revista
y que, al contrario de lo que se pudiera pensar, es bastante lista, pero que se
une al deseo de todas las coristas de todos los teatros de tercera del mundo.
Ese deseo no es otro que pescar a un marido con posibles. Alguien que le saque
de ese pozo de pellizcos, de piropos retrecheros y no tan castizos, de babosos
que sólo quieren ver sus piernas y soñar con su piel. Ella desea su abrigo de
visón, su relación estable, ser considerada una señora y no una cualquiera.
Sin embargo, ese padre
tiene un hijo. Parece ser que es bastante guapo y está estudiando arquitectura
y, por aquello de los líos de familia y de las herencias, va a heredar una
cantidad nada despreciable para la época. Más de tres millones de pesetas. Tela
marinera. El chico tiene un futuro que para sí lo quisiera cualquier corista de
tres al cuarto (o del cuatro al quinto para no ser redundante). El caso es que
la tía que debe dejarle todo ese dinero, fallece y entonces hay que tomar
decisiones drásticas. Una de ellas, es emprender un viaje a algún lugar de la
costa, allí donde las olas se enfurecen más de lo debido y el mar ruge con ira.
Una decisión extraña, se mire por donde se mire.
Excelente película española con inspiración hitchockiana debida al genio de un director como José Antonio Nieves Conde, que ya había hecho sus dos obras maestras anteriores: Surcos y El inquilino. En esta ocasión, nos disfraza de melodrama criminal una historia de suspense y preguntas sin contestación posible que acaba por secuestrar el sentido y formar parte de una conspiración que nunca existió. La obsesión acaba por ser también protagonista de la película y se cierne sin piedad sobre Arturo de Córdova y Emma Penella, inmensos y desgraciados en sus papeles principales. No hay película española de calidad que se precie sin unos buenos secundarios y, en esta ocasión, tenemos a Félix Dafauce como el policía encargado del extraño accidente, Pilar Soler como la corista compañera de la protagonista y Manuel de Juan como el conserje del hotel que acaba por ser el lugar de los hechos. El guion de Carlos Blanco está lleno de inteligencia porque sortea todas las trampas propias de una historia muy delicada, a la que se le puede ver el engaño en cualquier momento y se mantiene incólume en su pétreo misterio. Una película que, al fin y al cabo, te deja con un buen puñado de peces rojos dando vueltas a la pecera.

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