Cuando
el fanatismo se abre paso suele dejar un reguero de sangre que resulta muy
difícil de olvidar. El 17 de agosto de 2017 es una fecha que debería perdurar
en nuestra memoria. No sólo porque ese fanatismo fue asesino, traidor y brutal,
sino porque un puñado de profesionales cumplieron fielmente con su obligación y
cortaron de raíz cualquier posible consecuencia posterior con los autores
materiales amenazando la seguridad de miles de ciudadanos. Barcelona, durante
unas largas horas, fue una ciudad sin paz, salvaguardada únicamente por unos
hombres y mujeres que lo dieron todo para que no volviera a ocurrir.
Por supuesto, de fondo,
también hubo un ruido político molesto, con conflictos de competencias y deseos
de apuntarse tantos y evadirse de fracasos. El día se hizo interminable,
siguiendo multitud de pistas falsas, de pánico colectivo, de fallos propios de
una emoción herida. La psicosis formó parte del imaginario público. Y la
ingenuidad de creer que unos supuestos conciudadanos no podían formar parte de
ese asesinato múltiple porque llevaban vidas normales e integradas también
acabó malherida.
Con la excelente Día de patriotas, de Peter Berg viniendo
a la cabeza constantemente, el director Fernando González Molina alterna
aciertos y errores en esta descripción de los atentados de aquellas horas de
agosto. Hay diálogos que resultan irremediablemente poco creíbles por evidentes
y la inclusión de un helicóptero insertado en una toma aérea hace pensar en una
chapuza que busca un aire de heroicidad que no necesita ser subrayado. Por otro
lado, hay que destacar que Enric Auquer sigue siendo un actor intenso y
cercano, fácilmente reconocible en la profesionalidad de un policía que
coordina todo el dispositivo con una conveniente combinación de ira y
motivación. El personaje de Mónica López es el que más sufre en esa acción
paralela que, realmente, importa poco y que no la deja en buen lugar. Pablo
Derqui le aporta trascendencia al Mayor Trapero y esa jefe del gabinete de
prensa de los Mossos d´Esquadra, interpretada por Diana Gómez también debe
cargar con unos diálogos mediocres, coronados por esa frase de “¡esto lo hemos hecho nosotros!” que
deshumaniza los objetivos de servicio público para rozar peligrosamente el
mensaje político.
En cualquier caso,
entre los aciertos, cabría destacar que la película contiene un ritmo
considerable, muy adecuado y, a ratos, brillante, en su primera mitad, cayendo
un poco en la segunda parte, casualmente en el mismo momento en que el
personaje de Auquer sale de servicio. Muchas reacciones buenas, muchos instante
escalofriantes, un especial énfasis en la entrega total de todas esas personas
que lo dieron todo y que confiaron en atrapar a los asesinos. Y un acierto
total por parte de González Molina como es la decisión de no mostrar el
atentado en sí mismo, sino describir un paisaje dantesco en sus consecuencias
más inmediatas. Sólo así se puede acercar al público lo que es sentir verdadero
terror. Puede que, en el fondo, sea una película necesaria.
Al fin y al cabo, es posible que la gran mayoría de servidores públicos sean personas cuyo estilo de vida consiste, sobre todo, en una palabra como es ayudar. Ellos no sólo intentan cuidad y minimizar las consecuencias de hechos tan deleznables, sino que también guían a una ciudadanía confusa y desorientada, harta de ser el muñeco de feria de los desaprensivos que pueblan este amargo mundo y, no obstante, resistente como sólo puede ser la buena gente. El sentimiento de culpabilidad es algo que acompaña a esos trabajadores de la seguridad, de la sanidad, de la coordinación, de la limpieza, de cualquier profesión que trata de aportar una pizca de sentido a una vida que, en demasiadas ocasiones, resulta ingrata, bestial e impía. La respuesta suele estar en esos seres anónimos que siempre se emplean a fondo, por muchos garbanzos negros que pueda haber en la olla. Y, a veces, incluso ganan.
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