jueves, 10 de septiembre de 2026

CRONOS (2026), de Fernando González Molina

 

Cuando el fanatismo se abre paso suele dejar un reguero de sangre que resulta muy difícil de olvidar. El 17 de agosto de 2017 es una fecha que debería perdurar en nuestra memoria. No sólo porque ese fanatismo fue asesino, traidor y brutal, sino porque un puñado de profesionales cumplieron fielmente con su obligación y cortaron de raíz cualquier posible consecuencia posterior con los autores materiales amenazando la seguridad de miles de ciudadanos. Barcelona, durante unas largas horas, fue una ciudad sin paz, salvaguardada únicamente por unos hombres y mujeres que lo dieron todo para que no volviera a ocurrir.

Por supuesto, de fondo, también hubo un ruido político molesto, con conflictos de competencias y deseos de apuntarse tantos y evadirse de fracasos. El día se hizo interminable, siguiendo multitud de pistas falsas, de pánico colectivo, de fallos propios de una emoción herida. La psicosis formó parte del imaginario público. Y la ingenuidad de creer que unos supuestos conciudadanos no podían formar parte de ese asesinato múltiple porque llevaban vidas normales e integradas también acabó malherida.

Con la excelente Día de patriotas, de Peter Berg viniendo a la cabeza constantemente, el director Fernando González Molina alterna aciertos y errores en esta descripción de los atentados de aquellas horas de agosto. Hay diálogos que resultan irremediablemente poco creíbles por evidentes y la inclusión de un helicóptero insertado en una toma aérea hace pensar en una chapuza que busca un aire de heroicidad que no necesita ser subrayado. Por otro lado, hay que destacar que Enric Auquer sigue siendo un actor intenso y cercano, fácilmente reconocible en la profesionalidad de un policía que coordina todo el dispositivo con una conveniente combinación de ira y motivación. El personaje de Mónica López es el que más sufre en esa acción paralela que, realmente, importa poco y que no la deja en buen lugar. Pablo Derqui le aporta trascendencia al Mayor Trapero y esa jefe del gabinete de prensa de los Mossos d´Esquadra, interpretada por Diana Gómez también debe cargar con unos diálogos mediocres, coronados por esa frase de “¡esto lo hemos hecho nosotros!” que deshumaniza los objetivos de servicio público para rozar peligrosamente el mensaje político.

En cualquier caso, entre los aciertos, cabría destacar que la película contiene un ritmo considerable, muy adecuado y, a ratos, brillante, en su primera mitad, cayendo un poco en la segunda parte, casualmente en el mismo momento en que el personaje de Auquer sale de servicio. Muchas reacciones buenas, muchos instante escalofriantes, un especial énfasis en la entrega total de todas esas personas que lo dieron todo y que confiaron en atrapar a los asesinos. Y un acierto total por parte de González Molina como es la decisión de no mostrar el atentado en sí mismo, sino describir un paisaje dantesco en sus consecuencias más inmediatas. Sólo así se puede acercar al público lo que es sentir verdadero terror. Puede que, en el fondo, sea una película necesaria.

Al fin y al cabo, es posible que la gran mayoría de servidores públicos sean personas cuyo estilo de vida consiste, sobre todo, en una palabra como es ayudar. Ellos no sólo intentan cuidad y minimizar las consecuencias de hechos tan deleznables, sino que también guían a una ciudadanía confusa y desorientada, harta de ser el muñeco de feria de los desaprensivos que pueblan este amargo mundo y, no obstante, resistente como sólo puede ser la buena gente. El sentimiento de culpabilidad es algo que acompaña a esos trabajadores de la seguridad, de la sanidad, de la coordinación, de la limpieza, de cualquier profesión que trata de aportar una pizca de sentido a una vida que, en demasiadas ocasiones, resulta ingrata, bestial e impía. La respuesta suele estar en esos seres anónimos que siempre se emplean a fondo, por muchos garbanzos negros que pueda haber en la olla. Y, a veces, incluso ganan.

No hay comentarios: