martes, 3 de noviembre de 2026

EL CASO DE THELMA JORDON (1950), de Robert Siodmak

 

Una forma de buscar respuestas es buscar el fondo de una botella. Al fin y al cabo, no se asimila demasiado bien que un asistente del fiscal del distrito sea abandonado por su mujer. Ha conseguido algo por lo que había luchado desde los días de la facultad de Derecho y, sin embargo, la vida se derrumba. Es como si Dios te otorgara algo deseado y, al mismo tiempo, te retirara algo querido. La burla divina es casi insultante. Ahí está Cleve, dibujando cercos con las copas en la barra de un bar, ahogando su frustración en alcohol mientras se van devorando sus entrañas ante lo que parece un fracaso irremisible. Sin embargo, olvidamos con demasiada frecuencia que las cosas, cuando van mal, pueden ir a peor. Y lo peor se llama Thelma Jordon. Es una mujer enigmática, emblemática y misteriosa y acude a la fiscalía para denunciar lo que parece un simple robo. Todo bien. Sin embargo, Cleve investiga el asunto y percibe claramente que la propia Thelma es sospechosa de ese robo y que, quizá, haya ido a denunciarlo precisamente para despistar al investigador encargado. Ella se insinúa y él, bobo perdido en las brumas de algo que no puede olvidar, cae en sus redes. Continúan los robos en la mansión familiar de Thelma e, incluso, hay un asesinato. Cleve no podrá escapar de las garras de un destino que parece haberla tomado con él.

Es cierto que, tal vez, Wendell Corey no sea un actor de primerísima línea para encarnar al desdichado Cleve, pero no cabe ninguna duda de que Barbara Stanwyck exhibe de nuevo sus dotes para hacer perder la cabeza al incauto de turno que osa acercarse a ella. Detrás de las cámaras, Robert Siodmak, constructor de atmósferas inigualables, que juega con el blanco y negro de las imágenes hasta asfixiar a sus personajes en sus propias debilidades. Diálogos brillantes y certeros, segundas y terceras intenciones, rincones que pasan desapercibidos a simple vista y que resultan fundamentales para la huida hacia adelante que emprende Cleve. La película se enreda en sí misma para ofrecer un fresco de la maldad, de la tentación y de la demostración preclara de que siempre pasará un tonto allí donde se le necesita.

Y es que el cine negro está lleno de mujeres malas que, no obstante, no hacen más que demostrar que valen doscientas cincuenta mil veces más que un hombre. La cifra no está escogida al azar. Se trata de saber esquivar aquello que es inevitable y el complot vital que se arma contra ese ayudante del fiscal resulta tan gigantesco que cualquier alma se sentiría rota y partida por la mitad antes de enfrentarse a ella. Y muchos huirían por la puerta de atrás. Lo cierto es que sólo una mujer es capaz de arrastrar a un hombre hasta la perdición con tal de satisfacer sus ambiciones sin límites. La verdad, ese bien supremo que todo defensor de la justicia debería buscar, acaba por ser un concepto muy débil en un mundo en que el humo es el aliento y lo oculto es la respiración. Veamos su caso, señora Jordon.