Hay que reparar
demasiadas cosas cuando la edad llama con fuerza. Un bulto en el pecho, un niño
que no quiere hablar, una pierna averiada…y, quizá, una amistad que se truncó
por un amor mal entendido y un cotorreo malsano que provocó un destierro. Por
ello, lo mejor es ir a Lourdes y confiar en que la Virgen María se ocupe de los
problemas. Sin embargo, eso no funciona exactamente así. Puede que los milagros
no existan y sólo haya años encima y que lo que se puede solucionar sea con la
base de la fuerza de voluntad. Salir de ese villorrio de Inglaterra,
acompañadas del cura, es ya un paso adelante en unas mujeres que lo mejor que
han sabido hacer ha sido cuidar a los suyos y que, por el contrario, nadie se
ha dedicado a cuidarlas a ellas. Ellas han criado a los niños, han cocinado,
han limpiado la casa, han vigilado la vejez de otros, han sido muy amigas, eso
sí. Tanto que no tienen ningún inconveniente en cantar una canción sesentera
para recaudar fondos para el viaje. Lástima que una de ellas haya preferido ir
a encontrarse con Dios un poco antes. Si no, el viaje hubiera sido inolvidable.
No importa. La hija aparece después de cuarenta años. Estará representada.
Es verdad que parece
como si el reparto de esta película no estuviera muy ajustado. Kathy Bates es
amiga de parecida edad a Laura Linney y, no obstante, es decididamente mayor.
Al mismo tiempo, ella y Stephen Rea tienen un buen ramillete de hijos…demasiado
jóvenes para lo mayores que son ellos. Esto se debe a que fue un proyecto que
se gestó hace muchos años y que nunca encontró financiación. Cuando el director
Thaddeus O´Sullivan consiguió el dinero suficiente, decidió mantener los
nombres de los intérpretes, aunque ya habían pasado unos cuantos años desde que
fueron pensados. Además de todo ello, no puede haber más que una sonrisa al ver
la última aparición en pantalla de la grandísima Maggie Smith, que pasea su
sabiduría oscilando entre la comedia y el drama y en ambos terrenos parece dar
unas cuantas bofetadas de superioridad.
El resultado es una película amable, una de esas que te deja buen sabor de boca, aunque no se produzcan los milagros… ¿o sí? Bueno, eso es mejor dejarlo al libre albedrío de cada uno. Lo cierto es que acompañamos a estas buenas señoras hasta Lourdes, nos alojamos en ese hotel coqueto, compartimos esa copa que termina como un trago de vinagre y deseamos fervientemente que el milagro se produzca. En ellas se pueden apreciar las arrugas del sufrimiento, pero también de sus propios errores, y se intuye que sí, que merecen ese don del cielo, esa leve mirada que lo cura todo y que hace que puedan volver un poco más felices a ese villorrio lleno de dimes y diretes y que, en realidad, salvo el privilegio de haberse conocido entre ellas, apenas ha aportado nada a sus vidas. Así que sumérjanse en estas aguas milagrosas. De algún modo, las comprendemos tanto que nosotros también nos subimos a ese autobús que es casi de museo. Y, aunque no seamos creyentes, sabemos que ahí hay actrices que son un auténtico milagro.

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