Un accidente oportuno y
ligeramente turbio. Un profesor cita a dos alumnos suyos en su propia casa para
terminar un trabajo y preparar un examen. Cuando van a llegar, sufren un
accidente con el coche y el profesor consigue rescatar a la chica. El
acompañante muere. Hasta ahí todo bien. O relativamente bien dentro de la
desgracia, pero es que todo ha sido una finta del destino. El muerto estaba
liado con la chica. El profesor desea a la chica. La chica desea al profesor.
Todo se complica de forma casi onírica porque la chica ha salido anteriormente
con otro profesor que, para más confusión, también lleva un delirante programa
de televisión local. Y todo se entremezcla de tal forma que muy pocos saben
cómo descifrarlo. El chico, la chica, el profesor-tutor, su mujer, el profesor
mediático, el ambiente enfermizo de la universidad, el accidente, la
memoria…Puede que todo sea un flashback,
pero será el espectador será el encargado de darse cuenta. No lo sé. ¿Ustedes
qué opinan?
Joseph Losey dirigió
con su evidente profundidad una película pequeña que le dejó enormemente
satisfecho. El dramaturgo y amigo del cineasta Harold Pinter colaboró en el
guion y juntos adaptaron la novela de Nicholas Mosley, vehículo perfecto para
mostrar las turbiedades del impoluto ambiente académico inglés. Dirk Bogarde
aporta sus habituales dobleces escondidas tras un rostro agradable y que
resulta ideal para mostrar el progresivo y tortuoso camino hacia el desastre
personal con el que se enfrentan todos los personajes. Aquí no hay
triunfadores. No hay más que perdedores. Todos se enfrentan a la derrota de sus
propósitos porque no hay ninguna salida moral que les permita llegar a una
conclusión satisfactoria. Algunos podrán pensar que el asunto que plantea la
película es nimio, pero no lo es si nos adentramos en estos personajes
perdidos, presos de la melancolía y del fracaso. Por supuesto, tanto Losey como
Pinter aprovechan que el Támesis pasa por todas partes para incluir un retrato
aburrido y muy crítico de la burguesía británica, anclada en una vida cómoda e
irremisiblemente rutinaria, con predominio de la hipocresía, la envidia y la
represión moral. Algo que, si nos fijamos un poco, puede estar posado sobre los
inamovibles tomos de cualquier biblioteca sesuda de un profesor universitario
sin mañana.
Tengan mucho cuidado al acercarse a esta película. Quiere decir muchas cosas y, en realidad, se abstiene de pronunciar una palabra. Todo hay que deducirlo porque todo está muy sugerido y obliga a trabajar al espectador. La inversión de valores, la comodidad de una posición desahogada (dando rienda suelta a las ideas militantes de Losey), la certeza de que lo que hemos visto no es actual, sino pasado, la cámara se acerca, la cámara se aleja. Hemos entrado, hemos salido. La muerte es sólo un espejo de lo que nos ocurrirá a todos. La tensión se puede cortar en alguna escena porque el deseo es el verdadero motor que mueve todas las pasiones. Puede que acostarse con alguien sea la meta para que todo parezca que está en orden. Igual que ese profesor que, amablemente, invita a unos estudiantes a su casa para terminar un trabajo y preparar un examen. Accidente.

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