martes, 28 de abril de 2026

LA CHAQUETA METÁLICA (1987), de Stanley Kubrick

La orden es crear asesinos sin compasión. No importa cómo. Si la tortura, el grito soez y tremendo, la inhumanidad bien saboreada son los instrumentos, es lo mismo. De lo que se trata es de fabricar soldados que disparen sin pestañear, que no tengan ni la más mínima duda de que el enemigo sólo entiende el lenguaje de la sangre, de que Vietnam, en el fondo, es otro patio de juegos, prolongación del período de instrucción, en el que van a poder hacer realidad todo lo que han ensayado hasta la hartura en el cuartel. No todos lo aguantan. Probablemente, el más débil se quebrará y se convertirá en el auténtico asesino que ellos desean, sólo que su voluntad de matar se manifestará con toda su violencia antes de marcharse al frente. Ha sido vilmente torturado, salvajemente humillado y violentamente castigado hasta por sus propios compañeros. Vietnam no está en el Sureste Asiático, sino que está aquí, en el patio de armas, en los dormitorios, en la vociferante autoridad del Sargento Hartmann. Y más vale estrenar el fusil con esas balas con chaqueta metálica que dejarán los sesos bien pegados en los azulejos del cuarto de baño.

Llega la hora del fregado y, tal vez, la corresponsalía de la revista oficial del Ejército sea una buena opción. La ofensiva del Tet comienza y hay que ponerse el casco y luchar por ti y por esos compañeros que comparten contigo el hipnotizador avance detrás de un tanque blindado. Un francotirador se encarga de poner las cosas bien difíciles y comienzas a plantearte cosas más profundas que la intensa fantasía sexual de la prostituta de turno. Ellos matan, dejan rastro de sangre y, por tanto, un cebo ideal para el resto de los incautos que intentan tomar una ciudad en ruinas. Tú, yo, él. Cualquiera puede ser el blanco de ese francotirador tan certero que, incluso, encuentra resquicios en las ruinas para colar una bala donde parecía imposible. Mickey Mouse en el regreso. El mundo es una mierda, pero estoy vivo y es lo que cuenta.

La particular mirada desesperanzada de Stanley Kubrick se erige en una película que, en materia de Vietnam, se coloca justo detrás de Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, sólo que desde una perspectiva diferente. Aquí no hay selvas que engullen, ni un río cuyo curso lleva inexorable al horror. Aquí hay un lavado de cerebro que engendra psicópatas ya desde el campo de instrucción. Vietnam sólo es el lugar donde esos locos prefabricados ponen en práctica lo aprendido. Y puede que el regreso sea sólo un sueño que jamás se reintegrará en la normalidad porque ha habido demasiada muerte entre los hierros desvencijados de una fábrica en medio de ninguna parte. Lo único que hay que hacer es seguir o morir. Y más vale seguir que morir. Ése es el único acicate de cuantos han ido hasta allí. No vale no saltar una valla, no está permitido ser débil. Aquí mi fusil, aquí mi pistola. El uno dispara, la otra consuela. El horror está en casa. No hace falta irse a una guerra a diez mil kilómetros para comprobar que existe, que está cerca y que sólo hace falta apretar un gatillo para acabar con todo.

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