Echando un vistazo
rápido a la filmografía de Mark Rydell, uno se puede dar cuenta de que era un
director instalado en la serenidad. Graduado en Música por Julliard y en
interpretación por la Escuela de Nueva York, Rydell sabía desde el principio
que quería dedicarse al arte. Lo intentó con un cuarteto de jazz e, incluso,
opositó para el puesto de director sinfónico en alguna pequeña orquesta de allí
y de allá. Por formación y época, se le podría encuadrar en lo que se denominó
como Segunda generación de la televisión
al lado de nombres tan ilustres como Stuart Rosenberg, Alan Pakula o Sidney
Pollack, porque allí dirigió sus primeros pasos hasta que quiso dar su salto al
cine. Primero, alquiló sus servicios como actor y, más tarde, dio el paso
definitivo para situarse tras las cámaras.
Su primer trabajo para
el cine fue, precisamente, como actor juvenil. Se paseó al lado de John
Cassavettes, James Whitmore o Sal Mineo para Crimen en las calles, de Don Siegel, una indagación sobre la
delincuencia juvenil de finales de los años cincuenta. Ni mucho menos era el
protagonista, pero sí que se puede apreciar que era uno de esos actores de
fondo de escenario que proporcionan textura a una película. La interpretación
de la que siempre se sintió más orgulloso fue la del mafioso Marty Agostino
para Un largo adiós, de Robert
Altman, poniéndole las cosas difíciles al Philip Marlowe interpretado por
Elliott Gould. Ese mafioso que parecía amable y que escondía una crueldad sin
piedad ninguna, capaz de destrozar el rostro de una chica preciosa sólo para
demostrar lo que era capaz de hacer, se queda ahí, presente en la retina y
dando vueltas al cerebro. Le gustó tanto ese papel que, cuando tuvo que
interpretar un pequeño papel en su propia película, Permiso para amar hasta medianoche, lo hizo con el nombre artístico
de Marty Agostino.
Habría que destacar un
par de papeles más en su faceta interpretativa. Uno fue el del gángster Meyer
Lansky de Habana, de Sidney Pollack,
versión caribeña de Casablanca, con
Robert Redford y Lena Olin en los principales papeles. El otro fue en la piel
del sufrido agente Al de ese director ciego al que interpreta magistralmente
Woody Allen en Un final made in Hollywood,
un papel en las antípodas de sus mafiosos y que se acercaba mucho más a cómo
era él realmente.
En el campo de la
dirección, Rydell debuta tarde, casi con cuarenta años, en una historia de
lesbianismo y trabajo titulada La zorra,
con Sandy Dennis, Anne Heywood y Keir Dullea como elemento disruptivo. La
película no tuvo un gran impacto comercial, pero sí que ya se le ven maneras a
Rydell, manejando un tema difícil en una época turbulenta como finales de los
sesenta.
La buena acogida de la
crítica le ofrece la oportunidad de trabajar al lado de Steve McQueen en la
adaptación de William Faulkner de Los
rateros, desenfadada y, al mismo tiempo, algo melancólica puesta en escena
de una road movie atípica, con unos
héores desencantados y sin rumbo que roban el coche de su jefe para un largo
viaje que se convierte en toda una iniciación.
Existe una reciente
reivindicación de un western como Los
cowboys, que Rydell rodó con John Wayne en un papel casi anecdótico porque
su personaje desaparece a las primeras de cambio. Ese cuento de unos niños que
deben madurar con rapidez para llevar un numeroso transporte de ganado ellos
solos destaca por su falta de verosimilitud y por alguna espantosa
interpretación que otra, pero lo que verdaderamente destaca es la
extraordinaria banda sonora de John Williams que hace que todo suba un grado en
calidad y en importancia.
La siguiente película
de Rydell ya empieza a descubrir al director sensible, que comienza a tocar
fibras delicadas de la emoción en una historia de amor con caducidad como es Permiso para amar hasta medianoche, con
dos fantásticos protagonistas como James Caan y Marsha Mason. La aventura que
corren ese marinero y esa prostituta, se queda a vivir en el corazón de
cualquiera que se atreva a acercarse y, a pesar de que es una película de la
que nadie se acuerda, todos aquellos que han tenido el privilegio de verla
saben que es algo especial, algo natural, algo sentimental.
La comedia picaresca
también es un terreno que Rydell domina con particular sentido en una película
tan divertida como Harry y Walter van a
Nueva York, con unos James Caan y Elliott Gould espectaculares y secundados
por Michael Caine, Diane Keaton y Lesley Ann Warren. Cuidada hasta el máximo en
la recreación del Nueva York de principios del siglo XX, la historia de dos
estafadores de poca monta que, cansados de robar para seguir tirando, planean
un atraco a lo grande acaba por ser una comedia de altura que no fue muy
apreciada en su momento y de la que ya nadie se acuerda tampoco.
Sus cuatro siguientes
películas, muy distanciadas en el tiempo entre unas y otras, marcan el punto
más álgido de la carrera como director de Mark Rydell. La primera de ellas es
la excelente La Rosa, biografía
disimulada de la cantante de rock Janis Joplin que descubrió para el cine a una
actriz que lo hacía todo bien como Bette Midler. Casi siendo un pionero, Rydell
descubre el escenario de intereses que se mueve detrás de una estrella de la
canción que se ve incapaz de parar su propia caída. Una estupenda película con
una actriz de muchos, muchos quilates.
La siguiente fue la
maravillosa En el estanque dorado,
única vez que coincidieron en el cine Henry Fonda y Katharine Hepburn,
extraordinarios como esa pareja de ancianos que vive un verano en una cabaña
retirada al borde de un lago y que reciben el encargo de hacerse cargo del hijo
de la nueva pareja de su hija. Un encargo difícil, sin duda, que se resuelve
con grandes dosis de humor y aún más de humanidad, de verdad en esos personajes
que están llegando al final y ya no pueden hacer lo que solían, retrato
perfecto de una ancianidad que sólo es soportable si estás rodeado de los que
realmente te quieren.
Una más fue Cuando el río crece, drama rural con
unos acertados Mel Gibson y Sissy Spacek en los principales papeles, acosados
por una crecida de un río y paliados por un instinto de superación que acaba
por ser una de las marcas de fábrica del propio Rydell. Una película notable
que obtuvo una mejor consideración por parte del público que de la crítica.
Una auténtica maravilla
fue Ayer, hoy y por siempre, con dos
de sus actores favoritos en los papeles principales, James Caan y Bette Midler,
encarnando a dos cómicos que se juntan, crecen, se enamoran, pierden y siempre
están a través de los años, desde los cuarenta hasta el final de sus vidas. Si
bien el encargado de maquillaje que debía diseñar el envejecimiento de los dos
actores a través de los años debería ser despedido y no dejar que se acercase
nunca más a un plató cinematográfico, la película es una historia de tono
tragicómico que hacen sentir bien, a pesar de su melancolía implícita. Midler
consiguió su segunda nominación al Oscar por una película de Rydell tras La Rosa y siempre se queda en algún
lugar de nuestro interior el esfuerzo de esos cómicos que no dejan de intentar
entretenernos por muchos años que pasen.
Estas cuatro películas
en un intervalo de diez años marcan el mejor estilo de Rydell. Considerado un
valor lento, pero seguro, se le encarga un producto comercial que se estrella
estrepitosamente en taquilla con Richard Gere, Sharon Stone y Lolita Davidovich
como Entre dos mujeres y eso marca el
ostracismo al que se ve condenado Rydell, que vuelve a la televisión y tan sólo
es capaz de sacar un proyecto más como La
apuesta perfecta, con Kim Basinger, Forest Whitaker, Ray Liotta, Tim Roth y
Danny de Vito en un drama sobre la adicción al juego que no fue a ver nadie.
Probablemente, Rydell esté ahora sentado en una cómoda silla, al borde de un lago, al lado de su admirado Henry Fonda y tratando de discernir si lo que hizo valió la pena o no. Lo que es seguro es que, en la oficina correspondiente, habrá obtenido el permiso para rodar hasta la eternidad. No muchos son capaces de eso. De momento, nos quedamos con un puñado de sus estupendas películas para abrirnos paso.

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