A veces, el regreso de
un largo exilio resulta algo que ha sido soñado en tantas ocasiones que nunca
llega a producirse. Puede que la muerte salga al encuentro en el último momento
y entonces todo queda reducido a un recuerdo nebuloso, propio de una ciudad
marítima como Santander. Allí es donde vive Amós, un marinero que sueña con ver
a su tío regresando de la Unión Soviética, donde fue deportado como uno de los
niños de la guerra. El tío fallece y Amós trata de encontrar retazos de historia
entre sus efectos personales. Sin embargo, hay un hilito que Amós va a seguir.
Parece que, sorprendentemente, su tío era propietario de un cuadro original de
Pablo Picasso. Así que en ese paraíso de humedad y sal, Amós se adentrará en un
mar repleto de hipocresías, pistas falsas y fingimientos. Lo hará por una
cuestión sentimental. Nada más. Nada menos.
Muchos despreciaron
esta película de Mario Camus porque encerraba un ritmo exasperadamente lento
que, en algún momento, puede incluso sacrificar el suspense de una película que
atrapa en su argumento. Camus dirige con parsimonia, es cierto, pero no deja de
seguir el hilo que lleva a descubrir una vida entera en el exilio y un aroma de
misterio envuelve casa paso que da ese protagonista que encarna de forma
absolutamente creíble Carmelo Gómez. Camus, sin embargo, no se queda ahí. Rodea
a Gómez de un plantel fantástico para arroparle en sus pesquisas y por ahí
tenemos apariciones como Antonio Valero, Lluis Homar, Fernando Rey, Fiorella
Faltoyano, Ana Belén, Eulalia Ramón, Judit Mascó, Agustín González o Helio
Pedregal y, con todos ellos, Camus consigue articular un mosaico de sensaciones
en las que supera al supuesto misterio que encierra la llave de toda una
existencia de dolor y distancia.
Puede que los mayores tesoros que conservemos en nuestra vida sean los recuerdos de aquellos a los que queremos y, también, a los que debíamos haber querido. La memoria suele ser traicionera en ese aspecto, y lo que hay que guardar como oro en paño es ese objeto, ese detalle, esa mirada, asociada a un instante que se quedó suspendido en el aire de nuestro almacén particular. Hay que clasificarlo, guardarlo y volver a él e, incluso, luchar por él. Algunos sabios sostienen que las cosas no las recordamos tal y como sucedieron, sino tal y como las recordamos la última vez. Puede que, después del sueño, haya que abrir los ojos y saber a ciencia cierta quiénes nos precedieron y qué hicieron, aunque nunca nos hablaran de ello. Nos llevaríamos más de una sorpresa, agradable o no. Lo cierto es que todas las respuestas acaban en el mar. Ese mismo que se presenta gris y apacible, expeliendo partículas de humedad para inundar el ánimo y saber que, a cubierto, siempre habrá un consuelo y que sólo los que afrontan la tempestad tienen muchas, muchas historias que contar. Y la vida, por cierto, también es parsimoniosa en su enorme e interminable plano secuencia. Tal vez por eso la criticamos.

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