martes, 17 de marzo de 2026

EL OJO MENTIROSO (1981), de Peter Yates

Quizás todos, en alguna ocasión, hemos querido llamar la atención de un amor que hemos convertido en platónico a pesar de ser inalcanzable. Eso es lo que pasa a un conserje de edificio que vive un tanto obsesionado por una reportera de televisión que le tiene bastante embelesado. Más que nada porque se le presenta una oportunidad sorprendente cuando ocurre un asesinato en sus dominios. Para resultar algo más interesante, el porterillo de tres al cuarto, presume de ver, oír y saber y, para añadirle algo de sal al cocido, miente. Eso, sin duda, casi resulta un plan perfecto para comenzar a hablar con esa periodista que posee un atractivo indudable y una inteligencia notoria. El plan del portero parece no tener fisuras, pero sí tiene.

El caso es que los asesinos también ven la televisión y todo lo que va revelando la reportera como resultas de lo que le cuenta el fantasioso portero se lo creen a pie juntillas y deciden hacer lo posible para eliminarlo del mapa. Ya se sabe. Un muerto vale lo mismo que dos, así que habrá que trazar un plan para que el conserje sea un fiambre y la reportera se calle. Es algo sencillo para ellos, pero no será tan fácil.

En manos de cualquier otro, esto parecería el argumento de una comedia, pero no es así. Es una película de misterio que, si tiene algún defecto, es que Peter Yates, un director británico que ya llevaba varios años asentado en los Estados Unidos, concretamente desde su monumental éxito en Bullitt, dirige la historia al mejor estilo inglés y eso va en detrimento de la agilidad de la trama. Las escenas son más lentas, más austeras, más secas. Los encuentros no tienen diálogos de réplica rápida. Cada personaje se piensa mucho lo que va a decir y cómo lo va a decir. Es cierto que, a favor de El ojo mentiroso, está en su reparto que incluye a William Hurt en el papel de ese encargado del condominio, a Sigourney Weaver como esa atractiva reportera que destaca con su mirada inteligente y, detrás de ellos, figuran nombres tan ilustres como los de James Woods, Christopher Plummer o aún un desconocido Morgan Freeman. El resultado, con sus defectos incorporados, es el de una película con un guion brillante y una dirección no tan acertada, con momentos muy logrados y algún que otro instante en el que se debería haber puesto más énfasis e impresiona de forma demasiado ligera para elevar este producto a la categoría de heredero directo del estilo Hitchcock, aunque su argumento cumple con todos los requisitos.

Y es que sentirnos más importantes de lo que realmente somos es un pecado tan viejo como la misma Humanidad y, más aún, cuando se trata de conseguir una mirada de una mujer que te ha secuestrado los sueños, se ha adueñado de tus pensamientos y está a sólo un paso de acunar tu corazón. Una mentira, al fin y al cabo,  no va a ninguna parte. Dos, tampoco. Mentir un poco no está mal. Es inherente al ser humano. Es propio de una vanidad que siempre acaba por ser el pecado favorito del diablo. ¿No lo han hecho ustedes nunca?

 

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