No
deja de ser un problema dejar que un tipo que no está demasiado bien de la
cabeza sea el depositario del secreto de un botín. Más aún si entre el momento
del encargo y el del rescate se demora durante más de quince años. Ya se sabe,
las neurosis van agravándose y lo mismo el fulano ya no quiere ni ser conocido
por su nombre, sino por el de John en referencia a John Lennon. Esa bolsa llena
de dinero y de locura va a ser muy difícil de encontrar. Poco se va a
solucionar a través del método de ir haciendo agujeros por intuición y no por
razón, porque razón apenas queda. A todo esto, el tema se complica porque un
antiguo compinche, bastante pintoresco, quiere llevárselo todo por la vía
rápida.
Y es que no hay nada
para un loco darse cuenta de que no es tan diferente si se rodea de locos. Es
como un vikingo que ordenó que todos se cortaran un brazo para hacer que su
hijo no fuera rechazado por el resto de la tribu porque había perdido el suyo
después de un ataque feroz de los enemigos. La sombra de los Coen cambiando a
la nacionalidad danesa planea sobre toda la historia y hay sobradas muestras de
perplejidad cómica, de sorpresas inesperadas, de traumas que vienen de muy
lejos y de violencia desbocada.
Poseer una bolsa con
tanto dinero es una tentación para ser perseverante en su búsqueda. Incluso
allí, en el último rincón de un bosque que parece encantado, hay que tomar las
debidas precauciones. El loco no es malo. Sólo ha sido diferente desde muy
pequeño porque, en el fondo, creyó que era un vikingo, con una situación que
siempre se ha movido en el extremo. Los Beatles, la marginación, el cuento, el
dinero, la hermana, el hermano, el granero, las runas…es como para tirarse por
la ventana con la esperanza de que el mundo, al fin y de una vez por todas,
proclame que el problema no es tanto y que todos, en mayor o menor medida,
echamos en falta algún tornillo en nuestra azarosa existencia.
Anders Thomas Jensen
dirige con un buen dominio de la dosificación en las constantes sorpresas que
tiene reservada la película y que, casi todas, residen en la muy particular
idiosincrasia de todos los personajes. Sin embargo, no cabe duda de que el
principal atractivo se halla en esos dos protagonistas, el loco y su hermano
ladrón, interpretados con absoluta garantía por Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie
Kaas. Ambos sobrellevan el peso de la función y son los responsables de que
aparezcan algunas carcajadas que no son más que el desahogo de lo que parece
imposible por parte de Mikkelsen y las sucesivas expresiones de no creerse lo
que está oyendo por parte de Lie Kaas. Tanto es así, que el ladrón duda si es
algo esperable dada la particular situación psiquiátrica de su hermano o si es
que el mundo ha enloquecido del todo en esos quince años en los que ha
permanecido en prisión. En cualquier caso, el resultado es bueno, con ciertas
dosis de comedia inteligente y muy negra, casi azabache. Se pasa un rato
mientras nos preguntamos en todo momento dónde está esa bolsa repleta de pasta
y rebosante de insania.
Así que mucho cuidado al pensar en quién dejan la llave de su fortuna. Los bandazos de la sinrazón pueden llevar por caminos muy inesperados y, al final, incluso, puede que haya unas gotas muy leves de emoción. Mikkelsen se encarga de todo con ese personaje que, más que compasión, levanta sensaciones incontrolables de ternura. Quieres amar a ese tipo que no sabe dónde tiene el dedo y que ha elegido el sendero de la majadería para escapar de las presiones terribles de una vida que no ha sido nada amable. En el fondo, es algo que hacemos todos y que no dejamos de poner en práctica varias veces al día. Él mira, pregunta lo impensable, extrae todo el cariño del espectador y nos coloca al otro lado del cañón que nos apunta amenazador y que pregunta insistentemente dónde está el dinero. No olviden dejar los marcos de las puertas debidamente arreglados y comprar una sartén nueva para que el próximo sartenazo sea lo más limpio posible. Mientras tanto, yo me sumergiré un poco en mi locura particular de la que nadie quiere ser partícipe.

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