No, nunca pasa nada en
el típico pueblo de provincias de tardes inacabables y cotilleos de tostada. Es
un día tras otro, prácticamente el mismo, con todos pendientes de cualquier
novedad, por mínima que sea. Y todo se convierte, se subvierte y se pervierte
por culpa de una apendicitis. Una compañía de revistas francesa pasa por la
localidad y allí se queda una de sus vedettes, aquejada de esa inflamación del
apéndice. La compañía, que es de tercera, la deja allí mientras es operada y se
recupera. El médico se queda embelesado con ella porque, al fin y al cabo,
representa de alguna manera la vida que le hubiese gustado vivir, acabando su
carrera en una gran ciudad, disfrutando de sus noches y de sus mesas, de las
luces y de las chicas. En cambio, se ha condenado a un pueblo, más o menos
grande, en el que las arpías de turno están afilando las uñas pensando en lo
que se avecina.
El médico, como no
podía ser menos, cae rendido a los pies de la corista. Su mujer, bellísima,
pero marchita, es sitiada por el maestro del pueblo, un tipo cortés, elegante,
con jovialidad, con ganas…justo lo que no es su marido. Nunca pasa nada en este
pueblo. Sólo hay personas que encarnan lo que se quiso ser y es entonces cuando
los sueños cabalgan a lomos del aburrimiento y de la rutina, briosos corceles
con destino a una posta que siempre será temporal y, a buen seguro, casa de
arrepentimiento y penitencia. Lo del médico con la corista…es caldo de cultivo
para las cotorras, la voz corre, el pueblo se escandaliza. El médico con la
corista. Vaya plan. ¿Ha visto usted? No, si yo ya me había dado cuenta de que
ella era una lagarta. ¿Y él? Vamos, un hombre de su edad…a dónde vamos a ir a
parar, esto no tiene nombre.
Juan Antonio Bardem
hizo otra radiografía tremendamente corrosiva de la burguesía de provincias con
la colaboración de una actriz tan maravillosa y gigantesca como Julia Gutiérrez
Caba, que es la auténtica personificación del drama de frustración
contemplativa que se pone en juego en esa ciudad de lluvia, de nube, de
edificios grises, de humo de tabaco en los cafés y de perfume barato en la
peluquería. Por supuesto, la producción francesa impuso no solo a Corinne
Marchand en el lógico papel de la corista francesa, sino también a Jean Pierre
Cassel en la piel del maestro que pretende los favores de la esposa del médico.
Y no dejemos de mencionar a Antonio Casas, poseedor de esa voz magnética, como
el galeno que aparca, en apariencia, su rectitud y seriedad para hacer realidad
el sueño de vivir algo más intenso que el partido de fútbol en la televisión de
los domingos.
El resultado es una película desesperanzada y demoledora, que se coloca tan sólo un peldaño por debajo de Calle Mayor, porque, en el fondo, tratan de lo mismo, de esa sociedad adocenada y adormecida que se apolillaba en una dictadura que ya se alargaba más de lo que el alma podía aguantar. Por eso las bromas, las chanzas por un lado, y los cotilleos y los despellejamientos por el otro.

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