martes, 14 de julio de 2026

EL MALVADO ZAROFF (1932), de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack

 

Todo parece ir bien en un crucero de placer. Unos cuantos amigos y amigas, charlan relajadamente en el salón del yate. El día ha sido placentero y ahora parece que la mar se pone un poco impertinente, pero nada preocupante. La conversación discurre por senderos de inanidad y de pasar el rato. De pronto, el barco zozobra, empieza a entrar agua, todo se va al fondo. Hay que nadar, ganar la salida, luchar por la vida. Del todo al cero en apenas unos minutos.

Una isla en medio del desierto de agua. Parece la salvación para sólo un superviviente. Hay una mansión. Es mejor ir hasta allí y pedir ayuda. Esto va a ser un trauma que no será fácil de superar para el hombre. Llegan a la casa. Es recibido por un tipo enorme que parece tártaro o mogul, o ninguna de las dos cosas. Sólo escruta con unos ojos que llegan a ser agresivos, pero no dice una palabra. ¿Dónde estamos? ¿Quién es el señor de la casa? ¿Nos pueden ayudar?

Una voz desde lo alto de la escalera se deshace en amabilidades. Posee un delicado acento centroeuropeo y sus ademanes están llenos de finura y cortesía. Se presenta como el conde Zaroff y, sí, es una pena lo del naufragio, pero es algo habitual en los alrededores de esta isla. Todos vienen a pedir ayuda y el conde Zaroff trata de hospedar a todos. Ahora mismo hay otros dos huéspedes, víctima de un naufragio anterior, que están esperando alguna clase de transporte para volver a la civilización. Es realmente mala suerte. Ropa, comida, conversación siempre desde los límites de las buenas maneras…incluso parece un buen lugar para quedarse y disfrutar de unas cortas vacaciones.

Eso sí, el conde no deja pasar la oportunidad de cantar las gestas de sus cacerías. Es algo que le encanta. Perseguir a la presa hasta que cae en sus manos. Quizá más tarde pueda enseñar su sala de trofeos. Ahora, descanse. Todo llegará. Zaroff lo tiene todo planeado…pero hay un elemento disruptivo en su plan. Ese recién llegado, no es un cualquiera. Es un aventurero que se las ha visto con todo tipo de fieras, en toda clase de situaciones, se conoce los secretos de la selva, las angustias de las arenas del desierto, las trampas de la sabana africana. Es un ejemplar único. En todos los sentidos.

No cabe duda. El tiempo pasa implacablemente sobre esta película del año 1932. Lo que entonces podía ser el mejor escenario para una película de terror y huida, ahora se nos antoja como algo tan ingenuo que casi causa sonrojo…y, sin embargo, algo tiene esta película. Quizá sea su esfuerzo por crear un ambiente fronterizo con la muerte, o la siempre apasionante historia que se destila a través de las cacerías de todo tipo de presas, pero exhala un hechizo del que otras películas modernas carecen. Es corta, es precipitada, es bisoña y es algo embriagadora. Esto hay que verlo con los ojos de un joven de la década de los treinta y pensar que lo más cercano a Indiana Jones que tenían en la época, era esto. Y que los gritos y el disfrute se sucedían en el cine a través de una historia de infinita crueldad y que ha sido reproducida con eficacia en otras películas como la excelente La presa desnuda, de Cornel Wilde, o Caza humana, de Joseph Losey, con otros motivos y otras excusas. Es hora de ser más puros y empezar a correr. Zaroff es un enemigo a tener en cuenta, por mucho que ya haya sido superado.

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