martes, 6 de octubre de 2026

FAUSTO (1926), de Friedrich Wilhelm Murnau

 

La guerra permanente entre Dios y el Diablo puede ser dirimida a través del alma de un hombre incorruptible. Ésa es la apuesta. Dos seres supremos jugando como niños con la única apuesta del mundo. Fausto es el objetivo. Se trata de corromperle hasta el rechazo, que venda su alma al Diablo solamente para conservar su eterna juventud. Fausto es un hombre preminentemente bueno, pero, como todo hombre, es débil. Su voluntad no suele ir acompasada de sus actos. No quiere hacer mal a nadie, sólo quiere probar algo parecido a la inmortalidad, ya que con su alquimia no puede hacerlo. La frustración inherente a todo ser humano resulta ser el arma definitiva para Satán. No hay nada que pueda mover más las voluntades que la decepción interior. Nada es como se sueña. Nada se realiza de forma ideal. El Diablo extiende su mirada por los pueblos y domina el cielo porque es el ángel de la maldad y eso es algo que corre como la pólvora por todos los rincones. Es más fácil, no lo dude usted, ser malo que ser bueno. Al fin y al cabo, ser un malvado implica la ausencia de conciencia. Fausto tiene que ser malo. De eso se va a encargar el maligno.

Friedrich Wilhelm Murnau realizó una película sorprendente en su estética. Venía ya de hacer algo casi demencial para la época con Nosferatu y decidió dar una vuelta más al más oscuro expresionismo realista con El último. El éxito de esta película hizo que los productores alemanes tuvieran una confianza ciega en el director y le concedieron un presupuesto prácticamente ilimitado para realizar Fausto. ¿Murnau vendió su alma al Diablo para poder hacer una película? Es posible, habida cuenta el terrible accidente que se lo llevó antes de tiempo, privándonos al resto de un genio que estaba revolucionando la ética y la estética del cine. O puede que sólo fuera una burla del destino, urdida por Dios. ¿Quién sabe? Lo cierto es que con Fausto se acercó mucho a la obra maestra y ha quedado solapada por otros títulos del director. Y es algo totalmente inmerecido.

No cabe duda de que gran parte del arte que reside en esta película también se halla en la interpretación de Emil Jannings como Mefistófeles, por mucho que, en algunos pasajes, sea excesivo en sus tics propios del cine mudo. Sin embargo, la estética que pone en juego Murnau, con unas ideas visuales tan innovadoras que aún hoy no han sido superadas, es lo que resulta más atractivo de este impresionante largometraje. No es sólo volver a recrear el relato más que sabido de Goethe, es sumergirse en un mundo salido directamente de la sala de máquinas de un creador que estaba enseñando fantasías en lugar de imágenes, ambientes en lugar de sensaciones, incomodidades en lugar de folletines, arte en lugar de cine.

Mucho cuidado si, en alguna ocasión, algún extraño viene a susurrarles halagadores palabras en el oído cuando el desánimo cunde en el corazón. Ése es el primer paso para empezar a pudrirse por dentro, aunque, muchas, muchas veces, no nos demos cuenta. Piensen que detrás de cada frase, siempre se esconde una intención. Y ahí es donde deben indagar. Más que en su alma.

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