Por un lado, tenemos
los sueños. Esos mundos insondables fabricados a medias por la verdad de
nuestro cerebro y las impresiones de nuestra imaginación. En un sueño puede
pasar cualquier cosa y parecer lógico y ni nosotros mismos podemos descender a
los distintos grados del sueño de manera consciente porque el propio cerebro se
encarga de poner puertas cerradas con llave de seguridad para que no nos
torturemos con nuestros errores, con nuestras frustraciones, con nuestras
locuras, con nuestros miedos…sobre todo, con nuestros miedos. Ése es el gran
enemigo a batir porque, en el fondo, todos somos niños abandonados en medio de
un bosque que nos sentimos congelados y perdidos en una noche oscura que no
ofrece ningún camino. El peligro puede estar a la vuelta del siguiente tronco y
las hojas secas del suelo nos recuerdan, con su crujido, que todo en la vida es
sueño…pero que, indudablemente, los sueños, sueños son.
Por otro lado, tenemos
a Cobb, una especie de ladrón de ideas que es capaz de introducirse dentro de
la mente de cualquiera y leer sus secretos. O, mejor aún, puede implantar una
idea para que el subconsciente haga su trabajo y salga a la luz como una
ocurrencia luminosa que traiga determinadas consecuencias. Cobb prefiere entrar
en los sueños de los demás porque teme desaforadamente los suyos propios. Y
tiene un equipo de primera línea que sabe moverse por los distintos niveles del
sueño porque, ya se sabe, una cosa es un sueño que luego se recuerda y otra muy
distinta es sumergirse en los niveles más profundos, donde se guardan bajo
cadena los misterios de nuestra propia personalidad, con todos sus amores, con
todos sus dolores.
Con estos mimbres,
Christopher Nolan urdió una película notable. No sólo por el argumento novedoso
y ciertamente difícil de seguir para las mentes poco entrenadas en la fantasía,
sino por una preocupación visual extraordinaria, con escenas que, hasta el
momento de su estreno, no se habían visto nunca en un cine. Además de ello,
cuenta con un reparto impresionante a la cabeza del cual se halla Leonardo di
Caprio y le siguen nombres tan válidos como los de Tom Hardy, Joseph
Gordon-Leavitt, Elliott Page (acreditada como Ellen Page), Marion Cotillard,
Michael Caine, Cillian Murphy, Ken Watanabe o Tom Berenger. El resultado, para
quien sepa seguir las múltiples trampas que se hallan en la frontera entre la
realidad y la imaginación, es una película fascinante, que indaga en las
motivaciones más escondidas y en aquellos muros que no sabemos franquear…aunque
es posible que sí lo hagamos en sueños porque nuestra conciencia conoce
perfectamente nuestros límites.
Si quieren implantar una idea de importancia infinita en la mente de una persona, no lo duden. Llamen a Cobb. No tiene otro nombre. Solo Cobb. Él sabe pasear por las calles de una ciudad diseñada especialmente para lograr sus propósitos. Él no tiene ningún problema en husmear en los rincones más recónditos de nuestro subconsciente para dejar, como quien no quiere la cosa, un mensaje que va siempre en la dirección correcta. Es un ladrón, pero tiene conciencia. La misma que se pone en juego cuando el fetiche comienza a dar vueltas sin parar.

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