El mensaje está ahí flotando en
el aire. Solo hace falta descifrarlo. Todo empieza con una melodía. Puede ser
bonita, banal, melosa, agresiva, con estilo…pero, de repente, algún elemento
irrumpe en ese orden premeditado y comienza a hacer una música que se mueve
alrededor de la melodía principal pero que no la repite. Es como coger las
notas que se hallan perfectamente dibujadas sobre el pentagrama y mezclarlas
con un sentido que hace que el oyente desee escuchar exactamente la nota siguiente.
Así la música se convierte en un interminable coqueteo con la melodía que se
nos ha expuesto. Hasta que, al final, cuando la fiesta ha sido inolvidable, hay
una convergencia que, en muchas ocasiones, se antoja genial entre todos los
instrumentos que han ido fragmentando la línea lógica de toda una canción.
Algo así es lo que le ocurre a
este profesor-investigador de música con una chica que dinamita todos los
rígidos esquemas académicos con los que vive el clasicismo. Una luz seductora
sobre los rubios cabellos, un cosquilleo imparable y el ritmo se adueña del
cuerpo haciendo que los labios busquen la percusión en el chasquido de un beso,
las manos golpeen en el beat
siguiendo un compás imparable, las piernas se muevan inquietas tratando de
encontrar el acomodo justo para lo que es una provocación para la danza. Es la
música, que también llama con fuerza cuando el amor dirige.
Con los mimbres de ese
maravilloso guión que Billy Wilder escribió con el título de Bola de fuego, Howard Hawks cambió
palabras por corcheas y se puso a juntar unos cuantos instrumentos de probada
eficacia. Puso a Lionel Hampton al vibráfono, a Mel Powell al piano, a Benny
Goodman al clarinete, a Louis Armstrong a la trompeta, a Tommy Dorsey al
trombón, a Louis Bellson a la batería y al Golden Gate Quartet a cantar y,
claro, quizá la película en sí misma no sea más que una repetición pero el
valor intrínseco de tener en unos cuantos metros de película a esa cantidad de
ases acaparando toda la atmósfera hace que Nace
una canción tenga un valor incalculable. Más que nada porque, además del
aire de comedia que planea sobre una historia de amor a ritmo de jazz, hay
mucha música, mucho alarde, mucha capacidad para maravillar en sus fotogramas.
E incluso hay que reconocer que una actriz tan limitada como Virginia Mayo no lo hace nada mal cantando I´m gonna teach you some blues.
Así que es tiempo de dejarse
inundar por la neblina de un club nocturno que, alrededor de la medianoche,
pone a su gente a lanzar esos mensajes solo que, en lugar de poderlos ver en
vivo, tendremos que conformarnos con disfrutarlos en cine. El sudor se nota en
sus frentes y la sonrisa y los ojos brillantes se adueñan de los entregados
espectadores que saben que esto, más que cine, es música. Y si no, que se lo
pregunten a Blancanieves, que comprobó que sus siete enanitos sabían vivir
dentro de una melodía y se quedó a vivir con ellos.






