miércoles, 8 de enero de 2014

EL HOBBIT 2: LA DESOLACIÓN DE SMAUG (2013), de Peter Jackson

Empieza a ser costumbre el hecho de que a Peter Jackson se le den bastante mejor las segundas partes que las primeras o las terceras. Es muy curioso porque, muy a menudo, las segundas partes tienen que bailar con la más fea. Son la continuación de las primeras y, además, tienen que sentar las bases de las terceras y, por si fuera poco, deben tener identidad propia. No quiero decir con esto que Peter Jackson haya hecho una película excepcional, no. Es más de lo mismo. Es una y otra vez volver al mismo universo para asistir a batallas, a escaramuzas, a coge la espada que yo cojo la flecha y vamos a armar la de San Elfo. Ahora bien, como tiene que explicar diversas cosas, el ritmo no es tan continuo ni tan abrumador, lo cual hace que la película sea un poco más llevadera, a pesar de su duración. Eso sí, se toma unas cuantas licencias con la inclusión de Légolas (Orlando Bloom tira mucho) y la historia de amor, bastante increíble, por cierto, mientras, por otro lado, maravilla con la puesta en escena, con la fantasía de los decorados y el uso de los espacios que siempre ha resultado uno de los fuertes de este director.
Por otro lado, muchas prótesis en las caras de muchos actores, Martin Freeman como Bilbo resulta mucho, mucho más aceptable que Elijah Wood como Frodo (y además cae bastante mejor) y Jackson no tiene ningún problema en que el dragón Smaug sea uno de los mayores atractivos de la película haciendo de él un charlatán que pierde el tiempo con jueguecitos dialécticos resistiéndose, una y otra vez, en ir al fuego granado. Eso sí, cuando va, aquí no se ahorran espectacularidades.
El problema de todo esto, de tanto señor de los anillos y tantas peripecias de personajes de corta estatura, es que Jackson quiere revestir todo de tanta acción, de tanto asombro y de tanta leyenda que hay una ligera sensación de que todo huele a trampa. Las reglas se van imponiendo según avanza la historia, como no hay profundidad en los caracteres parece que todo reside en hacer la siguiente secuencia aún más grande, más alta y más apabullante, algún que otro personaje cambia su actitud porque así hay algo más de trama…Quizá sean intentos de hacer una larguísima trilogía de un librito bastante corto y de embolsarse los suficientes millones a costa de todos los frikifans que defienden todo el tinglado a capa y a espada, y nunca mejor dicho.
El caso es que, como entretenimiento, esta segunda parte no está mal. Pero es que Las dos torres, tampoco lo estaba y, sin embargo, luego ya vinieron los alargados finales y la hartura de tanto paisaje con afán de impresionar. Y me temo que aquí va a pasar lo mismo.

Y es que no es fácil hacer que una historia que nació de la palabra impresa llegue con igual exactitud en la imagen visual. Tal vez porque se quieren contar demasiadas cosas o porque se quiere alargar lo que no es más que un cuento hasta una historia épica de proporciones gigantescas. Yo siempre he dicho que lo que Peter Jackson hace no es que sean buenas películas, son buenas producciones. Y me ratifico en ello. Luego, por supuesto, siempre hay alguien que me mira torcido y me trata como si fuera un saqueador. Menos mal que mi corazón es puro y que siempre tendré algo de magia detrás. 

jueves, 2 de enero de 2014

LA VIDA SECRETA DE WALTER MITTY (2013), de Ben Stiller

Es fácil caer en la ensoñación cuando, día tras día, la mirada se inunda de gris y no se atisban motivaciones para desear que llegue la mañana siguiente. Es la única escapatoria posible para evadirse de la mediocridad, de la cercana seguridad de que la vida que se está viviendo, no le importa a nadie. No hay luz en los actos que se puedan realizar y, por tanto, nadie va a mirar. Y eso, inevitablemente, lleva al aislamiento, a esconderse en un rincón oscuro, a salvo de cualquier riesgo, más allá de la equivocación.

Así que es sencillo creer que se es el héroe deseado para la chica que jamás ha posado sus ojos en ti. Basta con cerrar los ojos y dejar que la imaginación vuele inútilmente, sin más propósito que vivir una vida que no es real, que no existe y que nunca va a existir. Sin embargo, si una diezmillonésima parte de esos sueños resulta ser realidad, entonces todo parece que se aclara, que toma forma delante de esos ojos que antes estaban cerrados, porque la esperanza es algo que está ahí delante y solo quiere que la persigan.
De esa forma, lo que antes era gris se vuelve azul aunque el paisaje, milagrosamente, sea gris. Lo que antes era puro aburrimiento se torna una aventura sin final en la que la improvisación y la capacidad de pensar a través de la imaginación son los mayores forjadores de destinos. Lo que antes era una timidez basada en la decepción y en la certeza de ser parte de la nada se convierte en la absoluta verdad de ser parte del todo. Más que nada porque todo el mundo, todo el mundo sin excepción, es el centro de la vida para otro, o es alguien importante, o es el perfecto complemento, o es el sueño de alguien más. Y eso nadie es capaz de verlo. Pasamos a su lado sin prestar la más mínima atención a la idea de que el mundo nos necesita y seguimos con nuestras prisas, nuestras preocupaciones, nuestro eterno error de mirar demasiado para adentro para perdernos el instante que vivimos hacia fuera. Es como cuando nos empeñamos en tomar una fotografía para inmortalizar un instante del que no formamos parte por el mero hecho de estar detrás del objetivo. En ocasiones, hay que olvidarse de la foto y mirar a través de nuestros propios ojos porque nosotros somos parte del paisaje, de la belleza de ese momento, de la enorme sinceridad que la vida ofrece sin sueños de por medio.
Lo único que hace falta es aplicar el sueño a la vida, porque, en el fondo, ése es el propósito de los sueños: prepararnos para la vida. Y si rehusamos enfrentarnos a ella es cuando los sueños no sirven, cuando las intenciones son humo, cuando la verdad se diluye y el ánimo no cuenta. Es como si soñar fuera el prólogo de todo lo que está a punto de ocurrir. Y hay que ir hacia delante con empuje, con decisión y sin miedo de decir las cosas porque, quien no pierde, simplemente, no puede ganar.

Da la impresión de que Ben Stiller ha sabido dirigir e interpretar esta película con las ideas bien claras, sabiendo en cada momento lo que quería contar y cómo quería hacerlo. Sabiamente se ha rodeado de un compositor que ha puesto música a la vida como Theodore Shapiro y de un fotógrafo de leyenda como Stuart Dryburgh y le ha salido una historia que no llega a ser comedia aunque la sonrisa esté siempre ahí, que es aventura aunque sea crítica, que es certera aunque esté bien sujeta. Y es que ha debido saber, desde siempre, que no ser ni la mitad de lo que se ha imaginado cuando uno llega a cierta edad es la mejor prueba de que somos mucho más de lo que creemos, de que creemos mucho menos de lo que merecemos y de que merecemos siempre mucho más de lo que tenemos. Solamente porque hay una razón definitiva para que todo eso sea cierto, más allá de rutinas, de frustraciones o de decepciones de cariños interrumpidos. Y es que lo hermoso no necesita llamar la atención. Así de simple.

jueves, 26 de diciembre de 2013

SOBRAN LAS PALABRAS (2013), de Nicole Holofcener

Con esta deliciosa película, día a día del amor que todos necesitamos, quiero desearos a todos un Feliz Año Nuevo. Que esté lleno de cine, de cariño, de ilusión, de ganas, de que las palabras nunca sobren y las expresiones siempre hablen. La vida está llena de momentos buenos aunque, a menudo, no sepamos verlos. Busquemos esos instantes. Son los que nos hacen personas. Feliz Año Nuevo a todos.

Puede que algún día, en un sitio cualquiera, nos encontremos con alguien que, por alguna extraña razón, sabe hacernos sonreír. Esa química necesaria para iniciar algo se encuentra detrás de una noche y de unas cuantas palabras dichas al azar. Y entonces profundizamos un poco más dentro del océano de intenciones y sentimientos de esa persona, simplemente para ver si coincide con nosotros o, cuanto más sabemos de ella, más nos alejamos.

Quizá esa persona sea divertida, amable, educada y se acerque bastante a la comodidad sentimental que todos buscamos. Está ahí, delante de nosotros y no hacemos más que reír, pasarlo bien, saborear los momentos, encontrar, después de unos cuantos desengaños, la verdad dentro de una pareja. Y nos encanta. Hacemos que la luz del día sea una delicia y las luces de la noche, una suavidad. Hay complicidad. Hay ternura. Hay un deseo nunca pronunciado de que la mañana siguiente tenga el olor de su piel.
Sin embargo, por las razones que sean, llega un momento en que se pierde la perspectiva y entonces comenzamos a fijarnos en las cosas que más provocan nuestro rechazo. Ese gesto que no nos gusta. Esa costumbre que encontramos deleznable. Esa manía que, a estas alturas, nadie va a ser capaz de suprimir. Y entonces viene ese tipo de broma veraz que empieza a hacer herida. Apenas nos damos cuenta de ello. Todo se inicia con una chanza divertida, con una levedad que llega a ser insultante sin ser capaces de ver que, en ese mismo instante, es cuando empezamos a perder a esa otra persona. No nos gusta esa barriga. No nos gusta que juegue con la comida. No nos gusta que se lave de determinada manera ni que esté tan mal acostumbrado que algunas cosas de su vida sean un pequeño desastre a pesar de que la felicidad quiere quedarse.
En ese momento, es cuando no somos capaces de proteger lo que hay en medio de los dos. Sea amor, o un embrión de amor, o apenas un apunte. Y eso es pura cobardía. Lo es porque, en el fondo, estamos intentando cuidar de nuestros propios sentimientos porque ya hemos sufrido mucho, ya hemos derramado muchas lágrimas, ya hemos sentido demasiado dolor y así espantamos el fantasma de la sinceridad, de la comunicación que nunca debe dejar de fluir, de la certeza de que esa otra persona es la indicada para seguir riendo, para seguir sintiéndose seguros, para seguir viviendo.

Excelente película, con un sentido del humor saludable, que nos regala la última interpretación de James Gandolfini, un hombre que tenía el talento en el trabajo y el infierno en la cara y, sobre todo, de Julia Louis-Dreyfus, enormemente expresiva, adorablemente atractiva y conquistadora en todas y cada una de sus inseguridades. Detrás de las cámaras, la directora Nicole Holofcener ofrece todo un repertorio de buen gusto; de palabras bien pensadas que, sin duda, sobran; de miradas relajadas hacia las debilidades de dos seres que buscan el amor como terapia. El resultado es muy agradable, simpático, con acompañamientos notables como el de Toni Collette y Catherine Keener, que completan el cuadro sentimental haciendo que nos sintamos tan irresponsables y tan deseosos de encontrar la felicidad como todos los personajes que pueblan la película y, de paso, disfrutando del enredo que nos propone. Y es que hay ocasiones en las que se nos tendría que haber dado el don de decirlo todo con la mirada para dejarlo todo bien claro. Las palabras son lentas, laboriosas, equívocas y, muy a menudo, traicioneras. Algunas veces, no lo neguemos, vemos a alguien con quien podríamos emparejarnos y nos cuesta trabajo hablar, presentarnos, jugar al interminable cortejo y hacer de las horas un deseo casi nunca alcanzado de conseguir un simple beso. Y cuando ese sonido de amor inconfundible invade nuestros labios, es cuando las palabras tienen que hacer su aparición. 

viernes, 20 de diciembre de 2013

JOAN FONTAINE: DULCE SEÑORA SIN NOMBRE


Con este artículo dedicado a Joan Fontaine, quisiera desearos a todos una Feliz Navidad. Durante estos días estaremos con el agobio navideño y seguro que estaréis mirando hacia otro lado, así que vamos a interrumpir la actividad del blog. Para teneros informados, publicaremos los estrenos correspondientes los jueves 26 de diciembre y 2 de enero y retomaremos la actividad habitual el miércoles 8 de enero. Mientras tanto, sed todo lo felices que podáis porque así vosotros y yo también seremos cine. Un abrazo para ellos y un beso con achuchón para ellas. 

Un peldaño más abajo que su hermana, Olivia de Havilland, Joan Fontaine no tuvo, ni mucho menos, una carrera impecable. En una filmografía de 48 películas solo merecen destacarse un puñado de ellas y, desde luego, ha pasado a la historia por un único personaje que marcó todos sus trabajos posteriores: la segunda señora de Winter de la espléndida Rebeca, de Alfred Hitchcock, la dulce señora sin nombre que ama apasionadamente a su marido bajo la terrible amenaza de la difunta primera esposa a la que cree que jamás podrá igualar. Tímidamente hermosa, la interpretación de Joan Fontaine fue de una gran calidad, a la altura de su prestigioso compañero de reparto Laurence Olivier y como Hitchcock no era tonto, volvió a repetir con ella en Sospecha, colocándola al lado de Cary Grant. En esta ocasión, su atormentado papel (nuevamente una sufrida esposa que no sabe qué pensar de su ambiguo marido), le reportó el Oscar que le habían negado el año anterior. Pero en Rebeca, Joan Fontaine se mueve con maestría en un difícil equilibrio de sentimientos mientras que en la segunda, la progresión de su personaje es más clara, se puede perfilar con mayor nitidez un papel de menor identidad psicológica aunque externamente no lo parezca.
A partir de ahí (anteriormente a éstas solo había destacado en Gunga Din, de George Stevens, como la recatada prometida de Douglas Fairbanks Jr.), su carrera fue de una irregularidad pasmosa pues combinó, justo después del premio de la Academia, películas perfectamente olvidables (como la muy mediocre Sé fiel a ti mismo, de Anatole Litvak) con otras de mayor calidad como La ninfa constante, de Edmund Goulding, o Alma rebelde, de Robert Stevenson que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo la mejor versión rodada hasta ahora de la novela Jane Eyre.
Intentó el prestigio con Billy Wilder en El vals del emperador resultando ser uno de los peores trabajos del gran director y, luego, consigue encandilarnos en un papel único como es el de la obra maestra indiscutible que es Carta de una desconocida, de Max Ophüls.
Basada en el extraordinario relato corto de Stefan Zweig, la actriz consigue aquí una interpretación a la misma altura que la de Rebeca (si no superior) en esta historia sobre una mujer enamorada de un hombre que no merece más que la indiferencia con el que mantiene una solitaria noche de pasión que, para él, no pasa de ser una más de sus múltiples conquistas. La maestría de Ophüls hace que la película se eleve por encima de otros melodramas propios de la época y Joan Fontaine tiene en el reflejo de su rostro el paso de la adolescencia a la madurez con una gran credibilidad. Tanto es así que la pasión de la niña es revivida con singular acierto por la mujer que ansía un amor esquivo y engañoso. Una verdadera maravilla del cine de obligada visión.
Sin embargo, a partir de este año, 1948, su carrera empieza un lento y triste declive bajando a papeles secundarios después de trabajar con directores de cierto prestigio como Nicholas Ray, William Dieterle, Mitchell Leiden o George Stevens en algunos de sus títulos más desafortunados. Actúa en Ivanhoe como mero contrapunto a Elizabeth Taylor y  se presta a intervenir en Dos pasiones y un amor, de Anthony Mann, vehículo para Mario Lanza y Sara Montiel en la que pasa por ser una de las peores películas de su director.
Una isla en medio de tanto desatino fue su trabajo en la particular Más allá de la duda, de Fritz Lang, una película sobre la pena de muerta de la que el mismo director reniega y que tiene un buen desarrollo y un pésimo desenlace, una vuelta de tuerca innecesaria en la que ella tiene un papel fundamental aunque algo insípido en su ejecución y ciertamente erróneo en cuanto a su edad.
Aún intenta llevar un atisbo de dignidad a su alicaída carrera con trabajos para Robert Rossen en Isla al sol, Robert Wise en Mujeres culpables, Joshua Logan en Al sur del Pacífico (en un papel claramente secundario) y Jean Negulesco en Una cierta sonrisa pero ninguna de ellas destaca como una obra digna de su talento. Para rematar, se jugó el todo por el todo con la adaptación de la compleja novela de Francis Scott Fitzgerald Suave es la noche pero Henry King no era el director adecuado para llevar adelante tan estupendo material y todo se vino abajo con ella dentro.
Solo hizo una aparición más, cinco años después, en Las brujas, de Cyril Frankel, una delirante producción de la Hammer, ya en franco declive, que nadie recuerda y que solo sirvió para retirarla definitivamente del cine a la edad de 49 años para dedicarse al mundo de la alta sociedad al que siempre perteneció.

No fue una mala actriz (aunque, por lo visto, sí fue una mala hermana) pero su forma de interpretar no era espectacular, siempre en tono menor. En cualquier caso, cada vez que veo una película suya sueño con regresar a Manderley y eso ya es mucho para una dama sin nombre que, un día, escribió una carta sin firmar.

jueves, 19 de diciembre de 2013

DOCE AÑOS DE ESCLAVITUD (2013), de Steve McQueen

Perder la libertad es el mayor crimen que se puede cometer contra un hombre. Es peor incluso que perder la propia vida porque convertirse en esclavo es la condena permanente a estar muerto mientras se sigue respirando, se sigue sintiendo y se sigue asistiendo al grado de crueldad que llega a anidar en el corazón del ser humano. Durante mucho tiempo, ha habido asesinos de la libertad. Aún continúan existiendo. Basta con darse cuenta de lo que algunos pagan y exigen.

Quizá hubo un tiempo en que la verdad no tenía ningún valor. Y menos si era dicho por un hombre de distinta raza. No era creíble que un ser con la piel de otro color pudiera ser culto, con estudios, o que tuviera, simplemente, la capacidad de leer y escribir. Más que nada porque si un negro tenía capacidad para esas habilidades, tal vez, era alguien que podía pensar. Y más vale mantener en la ignorancia a la fuerza de trabajo no sea que esa sangre que se saca a latigazo limpio se vuelva en contra del potentado y todopoderoso empresario.
Uno podría pensar, antes de entrar en el cine, que esta película va a hablarnos con dureza del inquebrantable espíritu de alguien que supo resistir a los embates de la muerte y de la torturante crueldad. Quizá una historia épica con el fondo de la esclavitud sea algo atractivo, con un fuerte estudio de personajes y de motivaciones que fueran más allá del blanco-malo-tortura-negro bueno. Pero, teniendo a la gente de su parte, la película se empeña en mostrar, una y otra vez, las distintas vejaciones físicas, morales, intelectuales y emocionales a las que fue sometido un hombre que nació libre y que fue convertido en esclavo. Los maniqueísmos aparecen con facilidad, el espectador se remueve inquieto en la butaca porque de los latigazos, pasamos a las palizas, de ahí a las violaciones, luego a los linchamientos y, más tarde, a la tortura que supone ver en plano continuado que alguien, durante unos cuantos minutos de cinta, está pasando verdaderos apuros por mantenerse con vida y no viene nadie a cortar la cuerda.
Así, el director Steve McQueen nos habla de la hipocresía blanca, que reza con la Biblia en la mano y no duda en destrozar a cuantos les sirven, de la indiferencia de algunos negros que, asidos con ganas a su instinto de supervivencia, no quieren pasar del lamento en su rebelión. Los personajes no son más que estereotipos sacados directamente de La cabaña del Tío Tom y, por paradójico que parezca, casi parecen más interesantes los carteles explicativos del final que la misma historia en sí, echando a perder una maravillosa oportunidad de darle al espectador la confianza de imaginarse, por sí mismo, que los blancos del sur de Estados Unidos no se andaban con tonterías precisamente con sus esclavos. Sin embargo, con abrumadora terquedad, McQueen se empeña en ser explícito en sus vilezas y en decirnos, repetidamente, que los del Sur eran verdaderos diablos y que, incluso, algunos del Norte, también.

El punto fuerte de la película reside en el apartado interpretativo. Es excelente el trabajo de Chiwetel Ejiofor, comedido y emocionante en algunos pasajes aunque también algo plano en unas motivaciones que apenas se apuntan y que no dejan más que entrever la superficie del personaje. Michael Fassbender consigue hechizar con una mirada que nada en la misma erótica del poder y que se siente permanentemente insatisfecha porque tiene muy poco de hombre. Benedict Cumberbatch (que se va pareciendo peligrosamente a Dennis Quaid) cumple con su cometido de blanco piadoso más de apariencia que de intensidad; a Brad Pitt se le ve tranquilo y a gusto con su breve cometido; y a Paul Dano no hay quien le aguante. El resultado es que se pasa un mal rato siguiendo las aventuras de este hombre de color sin esperanza (una palabra que no se nombra en toda la película) y que apañados vamos si esta es la apuesta que va directa a ganar en la próxima ceremonia de los Oscars. 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

PETER O´TOOLE: LA TABERNA DEL IRLANDÉS

Fue un gran compañero de la infancia. Sí, porque Peter O´Toole fue casi un amigo en muchas de las tardes en las que mis padres me llevaban al cine de barrio que estaba más cerca de mi casa, el Aragón. Allí me quedaba fascinado con sus ojos, con su tormento interior, sufría con él y sabía que, a pesar de todo, era un hombre en el que se podía confiar. Uno de los grandes se nos ha ido. Ya estoy llenando mi copa, Peter. 

A la vez que escribo estas líneas, estoy saboreando una copa de buen whisky irlandés. Quizá sea un modesto homenaje a Peter O´Toole, no lo sé. Lo cierto es que siempre le consideré un irlandés de talento prodigioso que, sin duda, se nos ha ido con una rutilante taberna en su maltrecho hígado. Michael Caine decía que, cuando empezó en el teatro de segundo suplente del protagonista “yo rezaba para que nadie se pusiera enfermo. El protagonista era Peter O´Toole y el primer suplente, Richard Harris y yo sabía que no era capaz de igualar a ninguno de los dos”. Luego añadía que “con Peter O´Toole inicié una buena amistad pero tuve que distanciarme de él porque mi cuerpo no aguantaba tal cantidad de bebida”.
Puede ser que el color del whisky me recuerde también al cabello de este inigualable actor de estilo tan sumamente particular, de mirada aviesa y cuerpo delgado, que ayudaba al dominio expresivo tan extraordinario que siempre destiló en una carrera que destacaba por la enorme complejidad de su galería de personajes interpretados con una característica intensidad trémula, muy significativa de la espantosa tormenta interior que se desata en todos ellos, incluso en los más intrascendentes.
Él siempre sostuvo que “cada día que me levanto, con resaca o no, lo primero que hago es dar gracias a Dios por Lawrence de Arabia” donde nos muestra, de forma increíble, los recovecos del alma de un espía militar que luchó contra el desierto aprendiendo a amarlo, contra los intereses de las tribus árabes y las balas de los turcos al mismo tiempo que se enfrentaba al ejercito inglés por ir más allá de lo que el deber le exigía. La tortura moral y física del personaje, que ya para siempre asumió los rasgos de Peter O´Toole, adquirió en sus manos una grandeza épica, espiritual y humana que, sin duda, hace que sea una interpretación histórica.
Todo el mundo dijo, en la época, que le sería imposible mantener un nivel parecido y que su siguiente trabajo sería una decepción con toda seguridad. El genial irlandés volvió a dar en el clavo con Becket, de Peter Glenville, estupenda adaptación de la obra teatral de Jean Anouilh dando vida a Enrique II de Inglaterra caracterizándolo como un rey caprichoso, irascible, voluble, tramposo y traicionado por el honor de Dios. En un memorable duelo con Richard Burton, que concentró su actuación en la insinuante modulación de su privilegiada voz, O´Toole consigue encarnar con enorme coherencia los vaivenes de un monarca débil en una película que fue muy famosa  debido a que ambos protagonistas realizaron una escena totalmente ebrios (al parecer la de la audiencia con los Obispos, casi al principio de la película) y la amistad que surgió entre ellos fue tal que O´Toole llegó a declarar en cierta ocasión que “Richard Burton ha sido la persona con la que he tenido el mayor de los privilegios de emborracharme junto a él a más de 10.000 metros de altura”.
Su primer fracaso lo afronta con Lord Jim, una película en la que tenía puestas fundadas esperanzas al trabajar con un director de la talla de Richard Brooks, pero ni siquiera su interpretación, atormentada al máximo, fue muy acertada y, a continuación, prueba el terreno de la comedia más disparatada con ¿Qué tal, Pussycat?, de Clive Donner, un rodaje del que siempre ha dicho que “fue uno de los más divertidos de mi vida”. La astracanada escrita por Woody Allen (a años-luz del estilo de hoy en día) no funciona ni al nivel más grotesco pero fue un éxito no solo por el multiestelar reparto sino también por la canción del título original que interpretó Tom Jones sobre un tema del, por entonces, muy de moda Burt Bacharach.
Trabaja con Wyler, uno de sus deseos hechos realidad, en Cómo robar un millón y… pero es un fracaso artístico y económico y empieza a perder el rumbo de su carrera. Acepta el papel de los tres ángeles que se aparecen a Abraham que le propone John Huston en su adaptación de La Biblia. El propio Huston llegó a confesar que eligió expresamente a O´Toole por su quieta y apolínea belleza y aunque su interpretación no aporta nada a su carrera, su presencia llega a ser tan enigmática que, entre lo irreal y lo sagrado, apenas hay diferencia.
Tenía ganas de interpretar a un malvado y lo consigue en la excelente La noche de los generales, de Anatole Litvak, en el papel del General Tanz, un perfecto y brillante ario de tendencias psicopáticas y esquizoides que desembocan en una incontrolable violencia que no hace sino calmar su traumática fatiga de guerra. Una estupenda película en la que el actor acapara protagonismo a través de un fascinante y complejo personaje que se ve algo descompensado ante un improbable Omar Sharif como el Mayor Grau, el oficial encargado de investigar los brutales crímenes contra prostitutas en el París de la ocupación.
Después de una episódica aparición en Casino Royale, horroroso delito contra la primera novela de Ian Fleming sobre la saga Bond, O´Toole borda uno de los papeles de su vida. A nadie sorprende cuando se anuncia que, por segunda vez en su carrera, va a interpretar a Enrique II de Inglaterra en la adaptación que Anthony Harvey prepara de la obra de James Goldman El león en invierno pero su poderosa y avasalladora actuación sobre un rey astuto e imprevisible que le gusta, de vez en cuando, poner en juego su corona entre sus tres hijos, Juan Sin Tierra, Ricardo Corazón de León y Godofredo de Bretaña en el lúdico y algo cruel duelo por su sucesión y que saca de prisión a su mujer, Leonor de Aquitania (impresionante Katharine Hepburn) porque es la única rival que está a su altura, contrasta notablemente con el Enrique de Becket, probablemente más cercano a la realidad histórica. En cualquier caso, realiza una memorable e inteligente creación en un legendario duelo con la gran Kate Hepburn que nos hace pensar que, tal vez, los dos sean ya inmortales y que eso, en medio de una gran carcajada, no podrá hacerles cambiar.
Todo el mundo le da como seguro ganador del Oscar, incluso él mismo cree que por fin lo va a conseguir cuando, contra todo pronóstico, pierde frente a Cliff Robertson por su trabajo en la muy mediocre Charly, de Ralph Nelson. Sin embargo, el terco irlandés nunca se rindió y al año siguiente, volvió a ser nominado por la nueva versión de Adiós, Míster Chips volviendo a perder, en esta ocasión, frente al veterano poderío de John Wayne en Valor de ley.
Hay una estupenda película suya, algo olvidada: La guerra de Murphy, la obsesión de un hombre acosado por la muerte de todos sus compañeros y que convierte la guerra en una lucha personal contra un buque alemán sin más ayuda que un barco-grúa y buenas dosis de ingenio. Un extraño y bastante desconocido estudio sobre la paranoia obsesiva y el triunfo pagado a cualquier precio, incluso con la vida.
Aunque, sin dudarlo ni por un momento, él es el actor extranjero que físicamente más se acerca a nuestra imagen de Don Quijote de la Mancha, imaginarse a Sophia Loren como Aldonza Lorenzo ya es todo un ejercicio de contorsionismo mental. El hombre de La Mancha, basada en el famoso musical de Broadway, fue un rotundo fracaso en parte porque Arthur Hiller no era el director más adecuado para llevar un musical a buen término pero fue notable el esfuerzo de un O´Toole que, además, declaró con profesionalidad que conocía a la perfección la inmortal obra de Cervantes y que esperaba poder interpretarla algún día tal y como había sido escrita. Más tarde, O´Toole cosecha todo un éxito de crítica y público con una película muy desconocida como es La clase dirigente, de Peter Medak, un aviso muy británico sobre un lord con responsabilidades políticas que llega a creer que es el mismo Jesucristo.
La década de los setenta marcan su decadencia en personajes de interés muy escaso. Trabajó con Preminger en el fiasco de Rosebud y en una nueva versión del clásico Robinson Crusoe narrada desde el punto de vista de su compañero negro en Yo, Viernes, de Jack Gold. Un film curioso fue la producción canadiense Asalto al poder que contaba minuciosamente todos los detalles de un hipotético golpe de estado militar en un país imaginario. Al final, el sentido supuestamente patriótico es reemplazado por la irresistible erótica del poder sabiamente expresada en el vicioso rostro del Coronel Zeller, interpretado por O´Toole. Una película con un punto de interés.
La década de los ochenta, se presenta con dos papeles maravillosos para el actor. Uno es El especialista, de Richard Rush, en el papel de un excéntrico director de cine (vagamente inspirado en Stanley Kubrick) que rueda una película de amor y guerra y maltrata a un especialista en escenas de acción hasta límites insospechados en aras de un mayor realismo de tinte sádico. Nueva nominación y nueva derrota a manos del insuperable Robert de Niro de Toro salvaje. El otro es una tronchante comedia al viejo estilo titulada Mi año favorito, de Richard Benjamín, sobre los divertidos avatares de un ayudante de dirección televisivo que debe cuidar para que la estrella invitada (y, normalmente, ebria) de su programa, no se desmande. La película es divertidísima con el actor interpretando a la estrella con un cruce de sí mismo y de Errol Flynn y está simplemente fantástico haciendo reír a carcajada limpia y diciendo, de un modo que ningún otro podría igualar, aquella frase entre el enfado y el terror de “¡Yo no soy un actor! ¡Soy una estrella de cine!”. Otra nominación al Oscar que pierde ante Ben Kingsley por Gandhi.
En El último Emperador, de Bernardo Bertolucci, en la que da vida al preceptor del joven monarca chino, O´Toole, en un papel secundario, viste de una inusual y elegante serenidad desprovista de dobleces a su personaje, como máscara del aprecio y de la amistad que siente hacia su joven discípulo.
En el año 2003, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood le concede un Oscar especial por el conjunto de su carrera y para compensar santísimas derrotas. Su inmediata reacción fue la de un luchador nato: “No deberían dármelo. Aún estoy en la carrera y puedo ganar alguno en competición”. Casi lo consigue. Aún obtuvo una nominación más por su sabio papel en Venus, perdiendo, por última vez, ante Forest Whitaker por la discutible El último rey de Escocia.

Su filosofía fue la de considerarse un afortunado ciudadano del mundo al que le encantaba “despertarse en un hotel después de una buena borrachera y no saber si estoy en París, Londres, Berlín o Madrid”. Lo cierto es que se nos ha ido y estoy seguro que el mejor homenaje que se le puede hacer a su inmenso talento es beber un buen trago de whisky a la salud del Comandante Lawrence, de Enrique de Plantagenet o del General Tanz, Comandante en Jefe de la División Nibelungen…brumas de genialidad depositadas en la barra de la taberna de este terco irlandés.

martes, 17 de diciembre de 2013

LOVE ACTUALLY (2003), de Richard Curtis

El amor realmente está a nuestro alrededor. Basta con echar un vistazo y comprobar que se halla en el despacho de los altos políticos, en la grotesca excentricidad de una estrella del rock venida a menos, en el corazón desolado de un hombre que lo ha perdido todo, en el comportamiento diario de un ama de casa que ya ha emprendido la cuesta abajo, en el loco viaje de un joven más superficial que el efecto de una cerveza americana, en la rutina aburrida de un jefe que es torpe hasta la irritación, encima de la mesa de una secretaria que ansía un poco de amor porque ella lo da todos los días sin descanso, en los golpes furiosos en una batería para llamar la atención de una niña que canta como los ángeles, en el viaje de vuelta de un escritor mediocre que cree que su página ya ha sido escrita o en ese amigo que siempre ha permanecido en silencio pero que es mucho más divertido, más ocurrente y más cariñoso que cualquiera de sus amistades. Vaya, vaya, pero si parece estar hasta en las impensables conversaciones de una pareja que se dedica al porno más blando…
Y es que el amor es muy caprichoso. Se pasea, vuela, se distrae, vuelve, se va, se posa, se queda, huye, se dilata, se encoge, se manifiesta, se avergüenza…Nada hay en el mundo que pueda sacar del ser humano reacciones tan tontas como la timidez a la hora de decir que se ama a alguien. Creemos que el ridículo está ahí y es posible. Y somos unos necios porque, realmente, si alguien nos dice que nos ama deberíamos sentirnos halagados, privilegiados y únicos. Somos merecedores de que una persona haya posado sus ojos y sus esperanzas sobre nosotros y, en muchas ocasiones, el miedo a la negativa o a la furtiva sonrisa que destroza ilusiones nos mutila el impulso para ser presas de la soledad y, muy a menudo, de la desesperación. El amor, incluso, se puede disfrazar para que no lo veamos cuando está ahí mismo, en todos los actos, en todas las sonrisas, en todos los gestos y en todas las miradas. Es el instinto natural del hombre. Y cada vez somos menos capaces de asirlo, acariciarlo y aprovecharlo. Porque el amor, sí, está deseando ser aprovechado.

Con sus altos y sus bajos, sus idas y venidas, ese cine amable y optimista, sin más pretensiones que el de transmitir sentimientos de forma leve y tenue, Richard Curtis articula este Love actually que se roza en las historias y cae como una hoja mecida por el viento en medio de los incautos corazones que creen que el amor ha pasado de largo. Y no es así. El amor nunca pasa. Es juguetón. Es trágico. Es el motor que mueve muchas vidas pero también es el causante de muchos estatismos. Es el elemento que hace a los débiles, fuertes y a los fuertes, débiles. Es tan inalcanzable como posible. Es el día luminoso y la noche llena de estrellas. Es lo único capaz de ponernos alas en los pies y hacernos sentir realmente diferentes. Algo curioso si tenemos en cuenta que el amor está a nuestro alrededor. Puede tocarle a cualquiera y, es más, a todos nos ha tocado. Aunque luego creamos que fue un sueño delirante con final irremediablemente feliz.