martes, 21 de enero de 2014

ANNIE HALL (1977), de Woody Allen

Tal vez mirar a la cámara y contar una historia de amor sea como ir a un confesionario. El espectador sabe y el espectador entiende. Sin embargo, es lógico que el pobre Alvy no pueda sacarse de la cabeza a Annie. Quizá no supo vivir el momento o la complicidad que tuvo con ella. No quedan muchas mujeres como la mujer de tu vida. Eso está muy claro. Lo que pasa es que no te das cuenta hasta que la ausencia se apodera de tus días y lo que antes era divertido se ha convertido en algo sin gracia, sin espíritu, sin langosta.
Sexo, jazz, psicoanálisis y muerte. Ése es el cóctel judío que le gusta a Alvy. Ir de mirón a una librería y comprar unos cuantos libros que no pegan ni con cola simplemente porque crees que a tu pareja le gustarían. Eso es el amor. O también levantarse a las tres de la mañana para matar a una araña del tamaño de un coche y que ella pueda dormir un poco más tranquila. Claro que ella es un poco nerviosa y Alvy un poco neurótico. Pero eso son sensaciones pasajeras que siguen su camino si hay amor alrededor. Un amor parlanchín y analista. Un amor que solo se da una vez en la vida. Sí, ése es el peligro. ¿Cómo se reconoce el amor de tu vida? Es imposible. Es como una apuesta en la ruleta. Si pones los sentimientos en rojo y resulta que sale negro, estás arruinado. Si, por el contrario, aciertas, eres millonario…pero ¿cómo saberlo? La respuesta está en la ausencia. Porque ella no está y sabes que te falta algo ¿verdad, Alvy? Falta lo más importante. Es aquello que te ponía la sonrisa en la boca y la ilusión en el corazón. ¡Qué pocas veces escuchamos a nuestro corazón! ES un mentiroso compulsivo, y cuando dice la verdad, no le creemos. Es como un niño que no quiere comer nunca más y, de repente, salta con que quiere ponerse hasta las cachas. Maldito corazón, ya podrías crecer y ser más responsable.
Película clave en la filmografía de Woody Allen, donde comienza a mover intensamente piezas que luego serían claves a lo largo de su filmografía. Brecht en Nueva York, perdido en la gran ciudad mientras los sentimientos saltan y se empeñan en no aparecer, y cuando aparecen, en no llamar la atención; y cuando llaman la atención, en no hacerse costumbre; y cuando se hacen costumbre, en resultar indispensables. No hay quien les entienda. Con la fácil que sería llevar un cartel luminoso anunciando: “Soy el amor de tu vida”. Así, al menos, sabríamos cuándo dar la vuelta y decir que no y, claro, también cuándo decir que sí.
Y es que el caso es que Annie, a lo mejor, no sintió lo mismo. Se fugó al oropel y se refugió entre las luces de neón y el fulgor de las fiestas y el brillo de las copas y la charla intrascendente, vacía y pedante de los intelectuales que pretenden que todo sea lo más importante y que todo sobre lo que opinan está bien pensado y más que pensado. Hay que adorar mucho Nueva York para aguantar las colas. Pero Alvy, creo, solo las puede aguantar con Annie.


viernes, 17 de enero de 2014

LA GRAN REVANCHA (2013), de Peter Segal

Narices rotas con gesto ceñudo que nunca han disputado el combate de sus vidas. Tal vez porque siempre esperaron la cuenta hasta diez, o, simplemente, porque arrojaron la toalla con vehemencia después de que la sangre inundara sus rostros. Treinta años después, las arrugas, tan parecidas ellas, han reemplazado a las cicatrices y los ojos que antaño guardaban la mirada agresiva se han quedado en inofensivas ventanas del fracaso personal que se arrastra, implacable, sobre una lona que no supieron pisar. Lo cierto es que todo vale en una sociedad que convierte cualquier hecho en un espectáculo así que más vale que cualquier espectáculo se convierta en un acontecimiento.
No hay nada como disputar esa revancha pendiente en la que, por fin, se decidan a proclamar quién es más fuerte, quién aguanta más, quién ha ido un poco más allá en la ambición y en la pegada. Y la verdad es que nadie lo es, nadie aguanta y la ambición y la pegada han quedado retiradas en algún rincón de la experiencia.
Muchos podrían pensar que esta película es un intento de juntar a los dos actores que han encarnado dos tipos de boxeadores tan populares como opuestos, es decir, organizar un combate de fondo Stallone-de Niro para que se vea quién tiene mejor estilo y ver si lo que hicieron hace tantos años sigue encerrado entre sus talentos. Otros podrían pensar que, en realidad, es montar un duelo imaginario entre Rocky Balboa y Jake La Motta aún saltándose el detalle de que el primero fue un héroe de ficción y el segundo existió en realidad y que es algo que el destino no hubiese podido hacer pero el cine sí. Lo cierto es que, aunque el boxeador que encarna Stallone sí tiene algunos rasgos de su inmortal personaje, el que da vida Robert de Niro no tiene nada que ver con aquel toro salvaje que, ya para siempre, está en la mente de cualquier amante del cine que se precie. La confrontación interpretativa la gana de largo y por K. O técnico de Niro porque él crea de nuevo y sigue haciendo que, durante algunos instantes, nos metamos detrás de su piel y podamos sentir esa mirada que tantas veces nos ha cautivado y que sigue haciéndonos caer en la trampa. Como muestra, basta citar ese momento en que, ataviado con un batín verde, sale del vestuario para afrontar su último combate, concentrando toda la fuerza y todas las ganas en su mirada, que no es un primer plano, y que, entre sus movimientos de calentamiento, exhala verdaderas bocanadas de intensidad.

Por lo demás, la película no es una comedia, aunque tiene momentos de humor, sobre todo, a cargo de Alan Arkin, impagable en sus diálogos; hay un toque de elegancia con el placer de volver a ver a Kim Basinger, muy atractiva en su madurez y muy intuida en sus gestos; hay momentos muertos que hacen que la película no avance y no deja de ser un intento comercial basado exclusivamente en el atractivo de sus protagonistas. Stallone, sí, está un par de peldaños por encima de lo que suele ser habitual en él, probablemente espoleado por la altura de su oponente pero, sinceramente, organizar un combate de boxeo entre sesentones (de Niro ya tiene los setenta y Stallone los sesenta y siete) no deja de ser un ejercicio de crueldad que coquetea peligrosamente con el ridículo. Si, además, añadimos la circunstancia de que el instante más esperado de la película, que, naturalmente, es el combate, no está especialmente bien dirigido y parece más la retransmisión televisiva de Geriatria vs. Gerontología, con un actor de talento y otro que nunca lo tuvo. Y es que las revanchas nunca suelen ser buenas porque siempre hay alguno que queda decepcionado al comprobar que no era tan bueno como creía, que el tiempo es el verdadero enemigo y que es el espíritu, eso que nunca se arruga, ni sufre de los huesos, el que permanece incólume ante los ganchos del minuto. Y, a veces, ni eso. Maldita cuenta atrás...

jueves, 16 de enero de 2014

AGOSTO (2013), de John Wells

En medio de la llanura, donde no hay ondulaciones del terreno, donde el horizonte se pierde en un ensueño plano, es el lugar donde los sentimientos más ocultos salen a relucir. Y el más doloroso de todos ellos es el fracaso, la seguridad de que el amor ha acabado por rebelarse y convertirse en crueldad porque siempre se tiene la sensación de que no se ha amado lo suficiente, de que ha llegado desnaturalizado, descreído, desdeñoso. Es lo que tienen las llanuras, que se puede ver demasiado.

Y así el cansancio en el ánimo comienza a ser algo tangible que coquetea peligrosamente con la rendición. Nada de lo que se ha soñado se ha cumplido. Nada de lo que se ha cumplido se ha soñado. El desequilibrio es la única salida para aguantar un buen puñado de secretos que parecían rocas que se desmenuzaban en la moral. El amor puede llevar al odio. El amor es cruel. El amor es el preludio de la soledad.
Se intuyen los interiores de cuatro mujeres que han perdido el rumbo porque siempre han escogido los atajos más cortos. Sin embargo, una de ellas, es la única que se atreve a decir la verdad porque no tiene otra cosa que ofrecer. El cariño se quedó olvidado en alguna esquina azotada por el viento y el espíritu se ennegreció como la noche oscura que hunde los valores en el fango y siembra la permanente inquietud. Son demasiadas sensaciones agolpadas alrededor de la tristeza, son demasiados silencios que luchan por hablar. Es verano y el sudor empaña la visión aunque, tal vez, solo tal vez, puedan ser las lágrimas.
Una última reunión para que los extraños invadan, para que los tímidos se lancen, para que la felicidad vuelva a huir. Al fin y al cabo, nadie se va a despedir de ella porque todos están demasiado acostumbrados a la desgracia, a mirar hacia el lado equivocado y no apreciar lo que se posee. Una llanura. Un gesto contenido que solo pide ternura en un grito ahogado y agonizante. El recuerdo se diluye. Ni siquiera eso merece la pena.
Mucho se ha dicho sobre el pretendido duelo entre dos actrices de la talla de Meryl Streep y Julia Roberts. Y no hay nada de eso. Meryl Streep quizá es la más grande actriz viva y eso es muy difícil de vencer y Julia Roberts queda empequeñecida, sin demasiados recursos ante ese torrente de fuerza y sentimientos que despliega su oponente. Ella gana y los demás pierden si vamos a la comparación, aunque el reparto, en general, brilla a buena altura.
Lo demás son una sucesión de diálogos dolorosos, que hieren el corazón de una familia que hace mucho tiempo que dejó de serlo y que se prodiga en primeros planos bajo la dirección de John Wells. Todos tienen su momento de lucimiento porque es como subir al escenario y estar al lado de estos seres atormentados que buscan no morir en vida y no revolcarse en sus suciedades aunque les chorreen por los costados. Nada es tan bueno como el amor y, no obstante, ninguno de ellos ha sabido amar.

Las arrugas se empeñan en ahondar en la piel cuando nada ha sido como se ha imaginado. Allí, en lo alto, la madre y un par de peldaños más abajo, la hija fuerte, la hija débil y la hija atolondrada. Todas tienen algo en común en la llanura de su espíritu y es la frustración más desoladora. Ninguna ha querido como debía. Ninguna ha sido querida como debía. Y no se puede negar que, bajo esa capa de piel que se han construido, hecha de cicatrices y durezas, laten corazones de mujeres con ansia, con deseo, con días de viento refrescante porque quieren romper los lazos con un pasado que no les deja respirar. La solución para la falta de amor es encontrar unos brazos que sean acogedores y que se conviertan en el mejor rincón de la Tierra. Solo así se podrá encontrar la paz necesaria para que el espíritu quede dominado bajo lo único que tiene capacidad para ser lo más importante. Eso es el amor.

miércoles, 15 de enero de 2014

JOHN FORD: EL ÚLTIMO HURRA

Harry Carey Jr., dijo que lo último que dijo John Ford en esta Tierra fue cuando un sacerdote le estaba dando la extremaunción. En medio de la letanía del cura, el viejo maestro abrió los ojos y, tan fuerte como pudo, dijo: "¡Corten!"...y después murió.
John Ford no fue director de cine, fue un poeta que recitaba sus versos en imágenes, que hacía que se nos removiera la víscera de nuestra ternura para contarnos cosas privadas de unos personajes que se movían en el terreno de la épica con baldosas de leyenda. Aún hoy, en unos tiempos en los que, quizá, defender su cine esté dentro de lo políticamente incorrecto, no se ha hecho todavía una película tan demoledoramente obrera, tan preocupada por la miseria en medio de una taza de polvo como es Las uvas de la ira; ni a nadie se le ocurre pensar que El sargento negro se creó para defender al hombre de color dentro de una historia llena de racismo como es la de los Estados Unidos; y pocos, muy pocos se acuerdan de que El gran combate es, tal vez, el film más devastadoramente proindio que se haya hecho nunca asumiendo las culpas del hombre blanco y, sobre todo, de los hombres sin piedad que, por definición, agarran las riendas y el destino de una nación sin importarles quiénes son los auténticos propietarios de una tierra regada de sangre y de un otoño cheyenne que nunca estará en manos del piel roja sino en las del rostro pálido insaciable de ambición y masacre; y nadie cae en la cuenta de que Siete mujeres, posiblemente, sea la película más feminista de todos los tiempos al describir el heroísmo de unas protagonistas que se debaten en el dilema de elegir entre ética y religión con el sacrificio por salvar vidas de fondo y con esa valentía que sólo las mujeres son capaces de poseer.
No, algunos prefieren refugiarse en el Ethan Edwards de Centauros del desierto, como si Ford, al contarnos esa maravillosa historia de la búsqueda de una niña y de una razón para seguir existiendo cuando te han arrebatado todo lo que más quieres, incluida la cordura, nos dijera que la conducta del héroe es la ejemplar, que eso es lo que hay que hacer, que es un reflejo de sus ideas sobre el racismo cuando, en realidad, Ford no duda en castigarle y dejarle a la intemperie alejado de la institución familiar porque no tiene cabida allí donde hay cariño en ríos y amor en valles...O, mejor aún, cuando en Fort Apache, después de una matanza eleva a la leyenda a unos hombres que fueron a morir sabiendo lo que les esperaba cuando no duda en mostrarnos la enésima traición del invasor blanco ante los que creen en la paz basada en la confianza...cuando nos está diciendo que así se construye la historia...a base de leyendas que nunca fueron verdad...O, incluso, con ese retrato de la ambición aupada a través del embuste sobre El hombre que mató a Liberty Valance porque los grandes hombres son aquellos que mueren en la nada de un ataúd de pino y los hombres pequeños son los que aprovechan el resquicio de la mentira para aparentar una grandeza que nunca poseyeron...
Su amor a Irlanda quedó grabado en nuestra memoria a través de La salida de la luna y de El hombre tranquilo La madre de John Huston fue a verla diez veces al cine. Su hijo, extrañado, le preguntó por qué iba tantas veces a ver una película que ni siquiera era suya. La madre le contestó: “Es que me gusta ver a gente que conozco de toda la vida”.
 Y ahí nos damos cuenta de la inmensa pasión por una tierra que puede tener un contador de historias que nunca quiso hablar de su obra con un mínimo de seriedad pero que puso en los sueños que realizaba todo el cariño de quien quiere decirnos algo directamente al corazón...
Frank Capra dijo de él: “A Ford no se le puede definir ni analizar. Él era John Ford: mitad tirano, mitad revolucionario; mitad santo, mitad demonio; mitad posible, mitad imposible; mitad genio, mitad irlandés…pero era un director completo…y para siempre”. Elia Kazan llegó a conocerle bien y dijo que en una ocasión “le pregunté de dónde tomaba sus ideas en la preparación de las escenas. Me dijo que del escenario. No del guión, ni de los actores. Del escenario. Los escenarios que escogió ya eran pura poesía. Mejoraba la acción para que encajara. Le adoraba, aunque él odiaba que pudiera decírselo”. Stanley Kramer, por su parte, opinaba que “cualquier comentario sobre el cine de John Ford es gratuito. Sus películas hablan por sí solas. No hay nada que decir porque esas películas que hizo atraviesan nuestras vidas”.
Valor, dignidad, libertad, fortaleza. El lado sublime de lo cotidiano. Y aún así, no podríamos encontrar algo que definiera en toda su extensión a un hombre de cine como John Ford.
"Mi nombre es John Ford...y hago películas del Oeste"
Hip, Hip...

martes, 14 de enero de 2014

EL MANANTIAL (1949), de King Vidor

Un edificio es como una enorme escultura en la que nadie tiene que poner la mano. Tal vez porque la arquitectura no es un oficio sino un arte. Y pocos se dan cuenta de ello. Los amantes de la industria de masas, los mediocres, los potentados que prefieren ir sobre seguro son los que arremeten en contra de la creatividad y del individualismo. Todo tiene que pasar por el filtro de lo comúnmente aceptado. Así, adocenando las opiniones del pueblo, se puede controlar el brote revolucionario que siempre aporta lo nuevo.
No importa bajar escalones si con ello se consigue coger impulso para llegar más alto. Y la meta no es la mitad de la cúspide, ni la cercanía. Es la misma cima. Para ello, no hay más remedio que defender a muerte lo que uno cree que debe de ser el comportamiento humano cuando se tiene que crear. Una pintura no se modifica a gusto del espectador, una partitura no cambia sus notas porque a determinado crítico malintencionado no le guste la melodía. Un edificio tiene que asentar sus cimientos, elevar sus fronteras, clavar la personalidad del genio creador porque si no, no es más que una enorme masa sin forma, sin fuerza, sin intención...y eso es lo que distingue al artista, la misma intención a la hora de elevar su obra y permanecer ahí, para desempeñar una función pero también para recordar a todo el que mire que hay que sentir lo que se hace para transmitir la honestidad del trabajo que pretende ser algo más que oficio.

Mucho se ha hablado sobre la polémica novela de Ayn Rand, sobre la complaciente dirección de King Vidor, sobre los discutibles preceptos que esta película pone sobre la mesa pero lo cierto es que no deja de ser un monumento al individualismo más radical entendido como una forma de vida que debe presidir los movimientos del artista. Tal vez no se puede estar de acuerdo con algunas de las cosas que transmite, pero es verdad que es la película esencial y primaria de cualquier arquitecto que se precie porque el protagonista, Howard Roark, es ése hombre que lucha igual contra paredes de granito que contra la incomprensión y los intereses creados de cualquier forma de revelación artística. Y, ya se sabe, dentro de cada arquitecto, hay un artista, aunque muy pocos sepan verlo. Al lado de la trama principal, existe también el retrato de una historia de amor y un atípico dibujo de la mujer fuerte e independiente que sucesivamente pasa por los estados de destrucción, de seducción, de aprendizaje y de complicidad. Gary Cooper y Raymond Massey, quizá, sean los mejores de un reparto que se mueve entre diseños y decorados casi futuristas, entre miles de ventanas y toneladas de hormigón que directamente acusan a los mediocres, desprecian a los que se rinden sin luchar y arrojan su odio hacia los que pretenden influir en las opiniones ajenas. Aunque, claro, pensándolo bien yo no debería escribir esto porque estoy dinamitando mis propias obras. Cosas del ego.

viernes, 10 de enero de 2014

FUTBOLÍN (2013), de Juan José Campanella

Maldito fútbol que fabrica falsos ídolos a través de la falaz admiración, que transmite la idea de que el triunfo debe de ganarse mediante la humillación, que perder solo es algo reservado para los fracasados, que el éxito fácil está ahí a la vuelta de la esquina, esperando a que alguien llegue y se llene los bolsillos a base de carisma, suciedad moral y patadas un poco más arriba de lo normal. Ése no es el camino de la victoria.

Y ese es un sendero que no es fácil de ver. Puede que consista básicamente en jugar y estar de acuerdo con el juego, en algo tan sencillo como divertirse y dejar que el triunfo venga solo. Los dientes apretados como signo de la rabia propia de quien se cree el mejor son tres puntos que no valen. Ganar así no tiene ningún valor. Cualquiera puede hacerlo con un poco de suerte, con la mirada de algún que otro cazador de cabezas que quiere tener a su cargo a todos los que tengan el instinto de asesinos del área. El fútbol no es eso. Y si lo es, ya no es un deporte. Es un negocio que, inevitablemente, corrompe todos los principios basados en el concepto de equipo.
Un equipo es ese batallón que lucha hombro con hombro, poniendo la amistad por encima de los resultados. Es esa roca que no se puede arrollar porque cada uno sabe cuál es su función y que todos los demás dependen de que ese trabajo se haga bien. Es la certeza de que el balón está deseando ser acariciado por los pies de unos futbolistas que saben ser caballeros, que tienen humanidad en su corazón de hierba, que hacen que el viento sude para seguir su estela. Un equipo, si de verdad lo es, tiene que estar formado por once amigos que ponen su fantasía para un servicio común y que, si bien hay algunos que destacan más que otros, todo está en función del resto. Y esas son las  primeras banderas que se despliegan en busca del triunfo.
Juan José Campanella se ha lanzado a hacer su primera película de animación con entusiasmo, con interés y tratando de poner de manifiesto todos los valores positivos que se pueden abrazar rodando un balón. Aunque ha tenido algún error que otro, como dar excesivo protagonismo a un personaje que, luego, apenas tiene importancia, ha salido más que airoso del intento. Los caracteres son reconocibles en esos jugadores de futbolín que forman una camarilla de amigos y que es imposible que se lleven mal a pesar de los rasgos de ídolo que algunos guardan, o de que el líder también quiera destacar. Campanella tiene la inteligencia de decirnos que los jugadores galácticos también son humanos pero que no son útiles si no piensan en el equipo mucho, mucho antes que en ellos mismos. También se ocupa de demostrar, bien a las claras, que el fútbol es un negocio y, como tal, se reviste de ciertos aspectos oscuros que adulteran al deporte y que ahogan cualquier atisbo de valores que se quieran transmitir a la juventud. Fábula moral sobre tapetes verdes que resulta una jugada arriesgada, aunque bien ensayada, que resulta muy difícil de defender. Los engranajes funcionan y su equipo trabaja a la perfección, haciendo que sea mucho más interesante el partido que se disputa en el campo, sin público ni griterío, que el mucho más mediático y alienante que se dirime en un estadio. El fútbol, como cualquier otro deporte, ha crecido demasiado y ya no existen los sentimientos que se deberían tener hacia él, ya es solo un pozo de rabia, de adrenalina a chorro para quien lo practica y para quien lo ve, y así ya no sirve de nada.
Perder también es una forma de ganar cuando el objetivo no es el negocio, sino las personas. El balón puede que no quiera entrar, que la jugada haya sido un error o que los jugadores no sean, precisamente, los más indicados. Eso poco importa. Todo juego es entretenimiento y diversión, por eso es un juego. En el momento en que se convierte en negocio y humillación comienza a ser un circo que no tiene ganadores.

jueves, 9 de enero de 2014

A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS (2013), de Joel y Ethan Coen

Las cuerdas de la guitarra ya están demasiado rasgadas como para seguir sonando. El frío aprieta y el fracaso permanece. El humo ciega los ojos y la oscuridad es solo un refugio pasajero, una invitación para sentir la música que nunca llegará a ser escuchada. Todo es un golpe que se repite, todo es una derrota que vuelve, todo es un simple deseo de descansar haciendo una pasión que se esconde. El retrato del perdedor. La instantánea de una noche que nunca acaba.

La oportunidad no existe porque no hay salidas rápidas hacia el éxito. Alguien se despide y, justo a continuación, otro se despide de otra manera y gusta más. Y no hay causas ni explicaciones. Solo es el triunfo que se va, como un gato callejero, con quien le da la gana. No tiene por qué ser el que más lo merezca. Basta con que sea el más escuchado. Y de ahí nacen los mitos. De la suerte y del aire que transporta los acordes al más indicado, en el momento justo, en el ambiente más favorable. Lo demás son solo viajes de ida y vuelta, darse contra un muro que se empeña en permanecer incólume, asumir la perplejidad de un entorno que es absurdo por sí mismo y que, cuando no lo es, uno mismo lo convierte en esperpento. Es como estar perdido en medio de una tormenta y empecinarse en nadar. Todo es inútil. La corriente se llevará todo y, al que menos puede, lo hunde hacia abajo.
La vida es un reflejo de esa música que merece tener un sitio, que nace con la vocación de decir algo bueno. Porque, como bien marca una partitura, habrá un principio que tendrá que ser tocado otra vez para finalizar, existirán notas sostenidas que quieran ser disonantes para que todo tenga un cierto sentido, habrá errores en la ejecución y claves de sol que busquen el fa. Subsistir con un pentagrama condenado ya es un éxito pero nunca es suficiente, no...nunca lo es. Porque cuando uno hace lo que le gusta desea un lugar allí arriba, bajo los focos, con el aplauso como compañía, con el reconocimiento como recompensa y durmiendo en una cama que hace mucho que ya huyó hacia mañanas más calientes.
Una vez más, los hermanos Coen han hecho una película excepcional a través de una radiografía de un fracaso que nunca llegó a ser ni el germen del éxito. Han conseguido que haya una cejilla en la cara del espectador que le obligue a una sonrisa esporádica incluso cuando la amargura es la tónica dominante. Han sacado lo mejor de Oscar Isaac para ofrecer a un actor que sabe en qué registro moverse y en qué momentos lucirse. Y, sobre todo, han dejado una mirada de cariño hacia todo ese talento que está ahí, en esas calles mojadas y frías y que nunca podrá ver la luz porque no hay nadie que quiera verlo, ni escucharlo, ni sentirlo, ni presentirlo. Dentro de ese Llewyn Davis al que da vida Oscar Isaac podemos atisbar la ilusión, el descuido, la tristeza, la rabia, la bondad, la ingenuidad, el aburrimiento, el cansancio, la verdad, la mentira, la humillación, el orgullo maltrecho, la nada repetida. Él es esa guitarra que se lamenta con una canción diciendo que ha caminado por todos los senderos y que más vale que le cuelguen porque ya no tiene a dónde ir, pobre muchacho, ya no tiene a dónde ir.

Y es entonces cuando nos damos cuenta de la belleza que posee el fracaso porque en él reside el instinto del que sabe que no importa que la cara se restriegue contra una acera mojada. La partitura está ahí y es lo que queda, aunque nadie se agache a recogerla, aunque nadie le dé más importancia que dos o tres minutos de sentirse bien gracias a unos acordes que han sonado para ganar por mucho que la vida se haya obsesionado con no conceder ni un respiro. El éxito, al fin y al cabo, viene y se va. El fracaso siempre vuelve en una interminable rueda del destino. Y aún así no hay que dejar de tocar esa melodía que a alguien, una vez, le hizo sentir diferente.