Dos seres perdidos en
medio de una vida que ha sido bastante ingrata para ellos. Nelly está casada
con un idiota, que la ha hundido en deudas y que se ve incapaz de pagar. El
divorcio es la única salida para ella y, aún así, no es la solución definitiva.
Tiene que pagar y pagar y no dejar de pagar. Por aquellas casualidades de la
vida, se encuentra con el señor Arnaud. Un viejo vendedor jubilado que, aunque
no está divorciado, sí que se encuentra separado de su mujer, que ha preferido
irse a vivir con un petimetre suizo a Ginebra. Estas dos almas perdidas
encajarán perfectamente en el rompecabezas vital de cada uno. El señor Arnaud,
un tipo que ya está de vuelta de todo, le propone a Nelly que sea su
secretaria, de alguna manera. Pretende escribir sus memorias y Nelly parece la
muchacha perfecta para pasarlas a limpio y mecanografiarlas. Bueno, quizá sea
el último gesto de un hombre que ha visto impasible cómo su vida se ha
malgastado. O puede que sólo desee un poco de compañía entre tecleo y tecleo.
El caso es que el trato es que ella trabaje para él y el señor Arnaud, con
mucho gusto, se hará cargo de sus deudas y de su sueldo. Son esos paréntesis
que la vida, de vez en cuando, concede. Como una isla en calma en medio de un
mar embravecido. Lástima que las cosas perfectas duren muy poco.
Nelly es bonita, es
detallista y trabajadora. El señor Arnaud ha aprendido a observar y, también, a
demostrar que sus intenciones son honestas. No pretende aprovecharse de una
belleza como la de Nelly. Un poco rotunda e infantil al mismo tiempo. Sólo
desea un epílogo digno, del que pueda sentirse más o menos orgulloso. Sin
embargo, las cosas cambian. Nelly intenta una reconciliación. La mujer de
Arnaud se presenta de improviso. Lo que parecía perfecto, se vuelve enrarecido.
Las cosas no pueden ser como antes. Habrá que cambiar. El señor Arnaud tiene
mucha experiencia y ahí se van a agarrar unos cuantos sentimientos.
El director Claude Sautet dirigió esta película en 1995 y se sintió tan satisfecho de ella y de la cálida recepción que obtuvo por parte de la crítica y del público, que no sintió ya ninguna necesidad de volver a dirigir otra película. Una decisión que podría haber tomado sin sonrojo el mismo señor Arnaud. Ah, pero es que esta película contiene más que la satisfacción de su director. Están Emmanuelle Beart y Michel Serrault. Ella aporta presencia, luz en la mirada, deseos irresistibles de abrazarla y hacerle partícipe de tus más profundas confesiones. Él es un actor extraordinario, que dice mucho más con la mirada que con la palabra y que domina la escena como muy pocos han conseguido hacerlo en el cine francés. La película es una auténtica delicia que es difícil de describir porque es un drama que no es demasiado dramático, pero que nunca se inclina por la comedia. En ese terreno ambiguo, casi inexistente, se mueve una película excepcional que, a buen seguro, deja un regusto dulce en el paladar de los que aman el cine.

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