La
vida estira, estira y estira y, a veces, parece que la goma se va a romper. El
destino ha dictado sentencia y quizá no es suficiente con hacer todo y más y el
devenir de los acontecimientos hace que se exija más porque hay que llegar
antes, hay que llegar mejor y hay que llegar más alto. Cuando la situación se
prolonga, entonces es cuando se entra en estado de pánico. Sobre todo porque no
hay vías de escape lo suficientemente compensatorias y comienza el tonteo con
las drogas, con un lingotazo de vez en cuando para disfrutar de una soledad
que, prácticamente, acaba por ser un consuelo y con la insistencia de los
sueños, que hacen oposiciones al acoso y derribo de la conciencia.
Así es cómo nace el sentimiento
irreprimible de culpa. Las presiones se suceden y nadie, absolutamente nadie,
echa una mano. La sensación es la de golpearse contra un muro y ninguno de los
impactos es suficiente como para echarlo abajo. Eres tú quien se viene abajo. Y
el proceso no es repentino y veloz, no. Es una continua excavación del ánimo
hasta que ya no queda nada. Ni siquiera la voluntad.
Rose Byrne realiza una
interpretación impresionante. Una mujer sumergida en la más desoladora
desesperación en la que todos los aspectos de su vida son una ruina y a la que
la cámara sigue obsesivamente, en una discutible decisión de dirección de la
realizadora Mary Bronstein, que también hace el papel de una médico que acaba
por ser puro acoso. Eso hace que, tal vez, la película sea un cansino
repertorio de desgracias que no da ni un solo respiro al público. No hay un
momento de comedia, ni de relajación, ni de compensación a la protagonista.
Sólo una sucesión de situaciones, a cual más decepcionante y desesperada, que
coloca al espectador en una situación tan incómoda que acaba por pedir a gritos
el final. Por cierto, sin desvelar nada. Abran los ojos al terminar.
El resultado es una
película que apuesta por un falso neorrealismo casi narrado en primera persona.
El único que se compadece y acompaña a la protagonista en sus inacabables
avatares es el espectador que, por otro lado, es el más incompetente para
ayudar. Y puede que, en el fondo, también haya un cierto instinto de
identificación porque vivimos una época en la que a todos se nos estira la goma
hasta límites casi insoportables, a todos nos invade una sensación de culpa
porque creemos que no hacemos lo suficiente cuando estamos al borde del
derrumbamiento psicológico, a todos nos aplasta una vida que no hemos elegido
por mucho que, en algún lugar de nuestro interior, supiéramos que eso iba en el
paquete de la existencia. La rabia se apodera, buscamos obsesivamente una vía
de escape porque sabemos que las salidas están selladas, rogamos por el apoyo
externo y nos encontramos con puertas herméticamente cerradas que, incluso en
alguna ocasión, nos han sonreído y han ofrecido una amistad que no se mantiene
a cualquier precio. Y los golpes, como decía la canción, siguen cayendo. ¿Hasta
dónde podremos aguantar?
No hay descanso, no hay
recompensa. Sólo lo que queda de nuestro equilibrio será capaz de exhalar la
idea de que hicimos lo que debíamos y eso, única y exclusivamente, vendrá si
podemos distinguir algo de sol entre las nubes. Los seres humanos tenemos un
límite, aunque creamos que no. Y, tal vez, ese límite esté en los sueños.
Si deciden verla, ya saben. Arrellánense bien en la butaca, dejen que les muestren el repertorio de contratiempos que va sorteando o aplazando la protagonista y puede que tengan un minuto o dos de reflexión, pero yo, personalmente, si pudiera, le daría una patada a esta película. Soy demasiado viejo y me acosan demasiados problemas para perder una hora y tres cuartos de mi vida asumiendo los apuros de una mujer que no merece tanto olvido.

1 comentario:
Como ya he dicho en otras ocasiones, tal vez sea un síntoma de que entro en una edad menos juvenil que la anterior, pero cada vez soporto menos el sufrimiento. El mío lo he soportado muy mal siempre, pero el ajeno ahora me parece terrible. Y aun soporto menos el ajeno en pantalla.
Y me refiero al dolor, a la angustia, a la pena real o que puede ser real. Acepto sin problema el terror fantástico o, con reparos, los contratiempos aventureros o románticos, si terminan en un final más o menos feliz. Pero llevo de mala manera, los terribles momentos que nos depara o nos puede deparar la vida a cualquiera, las perdidas, el daño gratuito, el acoso, la violencia, la injusticia, la intolerancia, la falta de empatía.
Y así, tengo pendiente quizá de forma definitiva "Sirat" que me promete situaciones terribles que para mi. ahora, pesan más que su bondad cinematográfica, si la tiene....o al menos eso dicen casi todos. También puede esperar hasta el fin de los tiempos esta patada que comentas.
Estoy yo muy blando, si hasta paso un mal trago cuando licencian sin honores a Dawson y Downey en "Algunos hombres buenos". ¿Me estaré volviendo mejor persona o un simple ya sin remedio?...Seguro que lo segundo, mejor ya no puedo ser.
Abrazos huyendo de las tragedias.
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