Construir un parque de
atracciones con el principal atractivo de unas criaturas que ya tuvieron su
oportunidad en la vorágine de la evolución, no deja de tener cierto riesgo. Por
supuesto, será algo que maraville a niños y mayores, que les dejará con la boca
abierta mientras degustan su pizza en la cafetería del complejo, pero es
bastante peligroso colocar a unos cuantos animales desarrollados genéticamente
en un mundo donde el hombre ha hecho su irrupción y pretende ser la clase
dominante. Sí, convengamos que eso es lo que ha hecho John Hammond y pretende,
de alguna manera, jugar a ser Dios. Él decide qué es lo que revive y qué es lo
que muere, cuántos machos y cuántas hembras de cada especie, cómo se puede
hacer un recorrido atractivo por todo el parque para que se puedan ver esas
criaturas depredadoras lo más cerca posible.
Eso es algo que siempre
llama la atención de la naturaleza humana. Acercarse a las bestias lo más
posible aunque se tenga plena conciencia de su brutal peligrosidad. Ha ocurrido
en zoos, acuarios, animalarios al aire libre y laboratorios de toca-toca. Los
animales no son racionales y, por lo tanto, si les ofreces la mano es bastante
posible que ellos no vean una mano, sino un filete. Más aún si resulta que esos
animales son insaciables, quieren devorar todo lo que se les ponga por delante,
por muy niños o muy mayores que sean las personas que se aproximan
temerariamente. Una cría de león es maravillosamente hermosa, pero cuidado,
sigue guardando esos instintos de fiera salvaje.
No cabe duda de que
Steven Spielberg estremeció al público cuando enseñó lo que se podía hacer con
gráficos informáticos en un mundo cretácico. Después de la sorpresa inicial,
llega la aventura y hay que decir que lo hace con resultados francamente buenos.
Después de más de treinta años desde su estreno, es bastante plausible afirmar
con cierta rotundidad que lo que hizo Steven Spielberg fue regalarnos un
clásico.
Además, quizá con el
insuperable referente de la novela de Michael Crichton, se podría decir que el
diseño de personajes es creíble y apetecible, con especial mención a ese Ian
Malcolm, matemático de altura, que es consciente de la locura que es ir en
contra de la evolución para hacer revivir a aquellos animales que no pueden
causar otra cosa más que la destrucción. Jeff Goldblum, además, asume el papel
con acierto y resulta uno de los principales atractivos de la película. Por
supuesto, hay que destacar a Sam Neill, a Laura Dern y a Richard Attenborough
como el inefable multimillonario John Hammond, pero Goldblum está en ese
escalón que, hace años, el público no dejaba de pedir. El héroe escéptico, algo
cínico, dispuesto a ser valiente y, al mismo tiempo, enormemente cabal con
respecto a sus opiniones sobre la evolución.
Compren la entrada. Acomódense en el coche-raíl y disfruten del viaje. A su derecha y a su izquierda, todo está repleto de criaturas que parecen sacadas de la imaginación más calenturienta de cualquier ser mítico. Revisen su estado físico. No cambien. Escuchen. Y, háganme caso, comiencen a correr si observan un charco de agua que tiembla ante lo que parecen ser unas pisadas. No miren atrás, por favor.

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