Una película extraña
con un resultado también bastante asonante. Me explico. La idea es excelente.
Un asesino profesional que ha prescindido de cualquier escrúpulo a la hora de
realizar su trabajo comienza a darse cuenta de que se está desprendiendo de
todo lo que le convierte en humano. En uno de sus encargos, hay una víctima
colateral que muere de un modo terrible y eso le hace replantearse todo. Sin
embargo, se mira al espejo y es incapaz de sonreír. No queda ni el menor
indicio de ternura en su corazón. Todo lo ha ocupado la eficiencia de un
trabajo que sabe que analiza y realiza como nadie. Sólo un papel con un nombre
y se pone en marcha. Eso es todo.
Por otro lado, su jefe.
Un misterioso personaje que, para consolarle de esa víctima colateral de su
último trabajo, le cuenta cómo él mismo perdió toda la conciencia al lado del
padre del asesino. Los tortuosos caminos de su mente le llevan a exigir, sin
ninguna excusa, que los trabajos estén perfectamente hechos y cerrados. No hay
nada que discutir. No hay nada que alegar.
Y allá que va el
asesino, a un villorrio perdido para encontrar a alguien con un nombre algo
intrigante. Llega, analiza, acierta, huye, lo repiensa, vuelve, encuentra a
alguien y, de algún modo, también se encuentra a sí mismo sentado en un rincón
esperando una última oportunidad para recordarse que tiene algo de humano en su
alma. Al final, lo previsto. Algo menos que la desolación. Algo más que el
aislamiento.
Aunque hay momentos de
indudable tensión bien llevada, la dirección de Nick Stagliano es pausada, muy
europea, sin prisas, con una voz en off que nos descubre los insondables
pensamientos del protagonista y, al mismo tiempo, nos hace ver el tormento de
su interior sin una palabra de más, sin una queja de menos. Sólo frases
sueltas. Hay que destacar dos apartados interpretativos muy notables. Por un
lado, Anson Mount, tremendamente atractivo a pesar de esa impasibilidad que no
dice nada y, al mismo tiempo, dice todo en la piel del asesino profesional. Por
el otro…casi se levantan los pelos como escarpias al recordarlo, Anthony
Hopkins que, sin duda, ostenta un papel secundario en todo ese teatro en
apariencias impostadas, pero que protagoniza una escena con un monólogo tan
extraordinariamente interpretado que contiene más cine y más arte que películas
enteras. Su rostro se vuelve un mapa de
sentimientos encontrados, de nostalgia hacia sensaciones que un día se tuvieron
y que ya se perdieron en la memoria de las obligaciones, de intuición del
abismo que se abre ante él porque su conciencia se ha vuelto implacable y la
profesionalidad está por encima de todo. Sólo por ese monólogo de cinco
minutos, la película merece ser vista.
Por lo demás, no olviden lo que sienten, por muy equivocados que estén. Si lo hacen, serán seres sin más destino que el encuentro con otros seres de igual incapacidad y, entonces, nadie estará a salvo. Sólo el corazón es lo que nos diferencia de las pistolas. Ellas no piensan que una bala puede causar más de una muerte.

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