martes, 26 de mayo de 2026

EL RASTRO DE LA PANTERA (1954), de William Wellman

 

Allá arriba, donde la tierra pierde su nombre y empieza a llamarse cielo, el viento y la nieve pueden trastornar los sentidos. La soledad se hace un sitio en el hogar y puede que ya no se distinga con claridad dónde está el cariño en un paisaje inhóspito. El único enemigo es la naturaleza y eso desgasta porque ella es mucho más poderosa, mucho más constante y mucho más implacable. Para complicar aún más las cosas, una pantera merodea en los alrededores y hay que darle caza. Por un lado, la familia, harta de tanto aislacionismo. Por el otro, la fiera, buscando pelea. Los rifles se cargan, las malas intenciones, también. Y el disparo que se efectúe tendrá un eco que las mismas montañas se encargarán de no acallar en su eterna reverberación.

El blanco y negro se funde con el rojo. Parece como si la sangre estuviera deseando salir de algún pecho para delatar hasta dónde llega la ira. La comida y el calor de una chimenea no son suficientes como para acallar las diferencias y la verdad de una contienda que parece no tener fin. Si la Naturaleza no da tregua… ¿por qué va a darla el ser humano? Las pasiones no significan nada cuando el frío resulta tan hiriente y los copos caen de las ramas de los árboles buscando alguna cabeza a la que golpear. El rastro de la pantera es nítido y, tal vez, es ella quien tiene todas las respuestas a esas preguntas que ya no se formulan porque la soledad es compañera inseparable del silencio. Carguemos las armas. El felino ruge. La Naturaleza muerde. El ser humano pierde.

Variados son los atractivos de esta atípica película dentro de la filmografía de un director como William Wellman. Uno de ellos es su concepción visual. Está rodada en color y se puede apreciar con claridad en las escenas del interior de la cabaña de los Bridges, pero cuando se tienen que enfrentar con el exterior, parece que todo está fotografiado en un cuidadoso blanco y negro que sólo está roto por el color de la cazadora que luce el protagonista, Robert Mitchum. Por otro lado, esa contraposición entre la tensión familiar y la caza que se inicia para atrapar a la fiera resulta más que interesante. Sí, es cierto, no es una película para todo el mundo porque se espera una trepidante historia de aventuras y, en realidad, es un drama como la cima de una cordillera. Eso puede llevar a la decepción de algunos o al júbilo de otro porque es una de esas pocas películas que gustará o no dependiendo de la personalidad que cada uno pueda poseer. Eso también hace respetables todas las críticas y todas las alabanzas, pero de lo que no cabe duda es que es una cinta dirigida primorosamente e interpretada con la habitual eficacia de Robert Mitchum, secundado por otro gran nombre como Teresa Wright en una aparición mucho menos importante porque la función la domina Mitchum de principio a fin en la piel de ese hombre que quiere dominar a la Naturaleza y se enfrente con el enemigo más poderoso que se pueda imaginar. No sólo de panteras vive el odio.

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