viernes, 17 de julio de 2026

VERANO Y HUMO (1961), de Peter Glenville

 

Con este artículo ya cerramos el blog por vacaciones. Ha sido un año durísimo y es necesario que descanse y me olvide de todo, o que piense en ello, o que llore, o que vuelva a sonreír. En cualquier caso, no me olvidaré del cine, que ha sido mi escuela y mi consuelo. No dejo de ir. Vosotros, tampoco. Un gran abrazo y hasta el martes 1 de septiembre.

La represión ha hecho nido en el interior de Alma. Desde muy joven cayó enamorada perdidamente de John. Él era guapo, era alto y, de alguna manera, representaba esa vida que parecía quedar tan lejos que podía ser hasta producto de su propia fantasía. Alma se conformó con la indiferencia del joven y, como con el resto de las cosas de su vida, dejó pasar todo por delante de la fachada de su casa. Vio pasar el tiempo, vio pasar la juventud, vio pasar al chico, vio pasar a los vecinos que iban, venían y morían. Dejó que todo atravesara su borde sin llegar a tocar ninguna de las cosas que el resto de los mortales acariciaban. John, por su parte, era todo lo contrario. Se entregó a la vida disoluta mientras acababa sus estudios de medicina. Encima era listo. Para lo que quería. Para lo que no, era un pasajero de la noche, que entregaba todas sus fuerzas a atravesarla para llegar a un día siguiente que siempre era el mismo porque también tenía su noche. Una vampiresa del pueblo, una latina algo desenfrenada, le atrae porque, para él, es otra nueva aventura que experimentar. La chica es explosiva. Es todo lo contrario de Alma que destaca, precisamente, por todo lo contrario. John se sumergerá en la noche. Alma se perderá en el día.

Se pensó que Peter Glenville sería un buen director para esta adaptación de la obra de Tennessee Williams que saltó, en un éxito sorprendente, del off-Broadway a alcanzar las luces de neón del teatro de estreno en la ciudad de Nueva York. Él mismo había dirigido la obra en el West End y podía ser una opción más que respetable. Es verdad que, lejos de estilos anteriores en parecidos dramas de Williams, Glenville se muestra un poco acartonado, como temiendo que la obra se le desboque por algún lado, pero no es así. Realiza un buen trabajo apoyándose, sobre todo, en la soberbia interpretación de Geraldine Page como Alma. Si hay que poner algún defecto al intento, se acentúa sobre la cabeza de Laurence Harvey que no acaba de poner toda la carne en el asador para su John, a pesar de haber sido siempre un actor muy competente. Eso desequilibra ligeramente toda la historia, pero el resultado es bueno, típicamente Williams, con esas pasiones reprimidas que acaban por explotar en el cielo de la frustración, con esos ambientes sudorosos que coquetean con la lujuria y la homosexualidad y, por supuesto, con el añadido de una excelente Rita Moreno en la piel de esa vampiresa, deseosa de chupar la sangre a cualquier hombre que se atreva a acercarse.

El verano pasa y el humo tarda en irse porque siempre deja un rastro de olor y día velado. Los sentimientos luchan por salir por se hallan traumáticamente taponados en el límite de la sensatez. El amor es siempre esa liebre que se escapa y que se desea atrapar por encima de todo y que, no obstante, se empeña en ser libre. El amor te besa una vez en la mejilla, sonríe y huye, porque es de naturaleza cobarde, por mucho que, a veces, nos haga ser valientes. El verano pasa y el humo se va.

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