Un capitán novato debe
encabezar la escolta de un convoy mercante. Su corbeta es un buen barco,
manejable, con una tripulación muy profesional. Es un hombre de creencias y no
es de extrañar que utilice a Dios como asidero y consuelo en un pedazo de mar al
que llaman, no sin razón, “agujero
negro”. En esa zona del Atlántico Norte, los alemanes hacen de las suyas a
sus anchas porque no es posible proporcionar cobertura aérea a ningún barco.
Los convoyes mercantes dependen sola y exclusivamente de su escolta. En esta
ocasión, son veintinueve barcos que están a merced de las cuatro corbetas de
guerra.
Sin embargo, lo que
parece imposible, ocurre. No sólo deben atravesar con la máxima rapidez ese
vacío de seguridad en un mar que ha decidido ponerse hostil, sino que también
se encuentran con lo que en el argot marino se conoce como una manada de lobos,
es decir, un número indeterminado de submarinos dispuestos a causar todas las
bajas posibles. El agua no ayuda, sólo se dependerá de la pericia de ese
capitán en su primera travesía. Y por el cuaderno de bitácora, el tipo es de lo
más competente.
De esto modo y con una
dirección modélica, podemos apreciar los movimientos a babor y a estribor,
esquivando torpedos, corriendo en pos de echar una mano a la cola del convoy
donde los alemanes están hundiendo a un carguero griego, destruyendo los
nervios de acero que hay que tener cuando los lobos aúllan dispuestos a devorar
la presa, haciendo un trabajo que nadie más quiere hacer. Ese Greyhound, que se podría traducir como Galgo, se multiplica para atacar,
defenderse, salvaguardar a los demás, rescatar a los supervivientes y salir
vivos. Y el mar, mientras tanto, no deja de golpear con su furia recargada con
espuma, zarandeando a las personas y a las ideas y dejando muy poco espacio a
una lógica que es complicadísimo conservar.
Excelente película
centrada, prácticamente, en Tom Hanks en la piel de ese capitán que, con sus
momentos de vacilación, sabe a la perfección cuáles son los pasos a seguir para
hacer frente a esos malditos nazis que, por si fuera poco, también se dedican a
la guerra propagandística a través de diferentes canales de radio. En su favor,
no es un héroe de una sola pieza porque el miedo se dibuja en muchas de sus
decisiones. Actúa, pero no está seguro de nada, aunque su deber es dar esa
impresión a toda su tripulación. Si él resiste, ellos aguantarán mejor. Es así
de simple. La mayoría de ellos son muy jóvenes. Y él no puede comer pensando en
la inmensa responsabilidad que está a punto de ser horadada por un proyectil
enviado por esos malditos nazis, lobos sin piedad, que quieren ver al galgo
hundido y pidiendo socorro.
Así que prepárense para embarcarse en un viaje en el que las millas se contarán por nervios, las alarmas serán continuas, las maniobras, hábiles; las órdenes, precisas. Y todos deben estar en sus puestos y listos para acatar las indicaciones del capitán. Al fin y al cabo, la mejor manera de enfrentarse a una manada de lobos es convertirse en cazador.

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